Capítulo II
Arnold se congeló en la puerta de la casa de huéspedes. Por un momento Stella estuvo a punto de asomarse a ver qué ocurría con su hijo, pero al distinguir a la persona que lo esperaba afuera, simplemente sonrió y se apartó de su camino, sin querer interrumpir a los jóvenes.
Lo que la mujer no observó fue el asombro en el rostro de su hijo, los labios entreabiertos y la manera dificultosa que tragó. Tampoco observó como el chico se jaló el cuello de su camisa, desabotonándose el almidonado botón, porque repentinamente se sentía ahogado.
En la gruesa baranda que por tantos años se habían sentado Gerald y él a conversar, se encontraba Helga, con los ojos fijos en un pequeño libro con el nombre de Mina Loy. Pero si bien encontrarla fuera de su casa había sido una sorpresa, muy en el fondo Arnold debía admitir que le había dejado sin palabras encontrarla ahí, tranquila, sin nerviosas defensivas o agresiones. Cada vez que miraba a Helga se sentía incómodo ¿Dónde había quedado la niña de rosa que había despedido tan dolorosamente en San Lorenzo cuando él decidió quedarse?
Helga apartó la mirada del libro e hizo un indiferente gesto en forma de saludo antes de volver a su lectura. El chico intentó hablar, pero notó el índice femenino levantado, señalándole con una orden que guardara silencio. Arnold se cruzó de brazos, hasta que Helga terminó la hoja, la giró y puso un marcador de páginas antes de guardar el libro en su mochila.
- ¿A qué debo el honor? –preguntó, cuidando sus palabras. No quería sonar como si le pareciera mal que ella estuviese ahí o le molestara su presencia.
- Vine a mi revisión personalizada de vestimenta ¿Qué tal? –respondió la chica, dando un salto desde el barandal en el que se había sentado y cayendo frente al chico.
Arnold hizo una rápida revisión en ella… convers púrpuras, jeans de basta ancha, descoloridos, una blusa blanca con escote en corte kimono que se amarraba en su cintura y una chaqueta negra. El cabello lo llevaba como siempre, suelto, bien peinado, controlado en una gorra de lana gris.
- Estas…
Helga golpeó la palma de su mano contra su frente.
- Era sarcasmo, cabeza de balón. –aclaró, deslizando su mano fuera de su rostro, con notorio fastidio.
- Oh… -sonrió apenado, tocándose donde fue golpeado- Lo siento ¿Entonces…?
- ¿Y qué traes con ese atuendo? Desde que eres del comité estudiantil te vistes así. –la chica apartó la mirada y se rascó la punta de su nariz con su pulgar ocultando el resto de su boca con su mano- No que lo notara… simplemente estás en todos lados, fastidiándome.
- ¿Qué tiene de malo el cómo me visto? –el chico se observó alarmado, buscando una mancha, un botón mal colocado o algo.
Pero Helga solo señaló la camisa del chico, con una expresión escéptica.
- ¿Por qué usas camisas de asistente gubernamental últimamente? Me exaspera. –acusó, cruzándose de brazos.
Arnold le observó extrañado, siempre usa zapatos deportivos, jeans oscuros y camisas arremangadas hasta los codos, ese día llevaba una negra, pero el día anterior había sido verde y antes de esa azul. Le parecía ilógico que alguien se vistiera siempre con un mismo tono, ya no eran niños.
- Seo Yi Soo solía decir que parte de ser presidente del consejo estudiantil es la presencia. –explicó, arreglándose el cuello de la camisa- Algo más formal para hacer notar la diferencia de responsabilidades…
- Y poder. –apuntó la chica, llevando su mano a su mentón, mirándolo fijamente- Bueno… si lo pones así…
- ¿Qué opinas? Me gustaría. –preguntó Arnold, sin poder evitarlo y ella dio un ligero respingón, apartándose.
- ¿Y a ti que te importa? –replicó automáticamente, mientras se ajustaba su mochila- Mejor camina, cabeza de balón o te dejaré atrás. –bajó los escalones y siguió calle abajo, sin regresarlo a ver.
Arnold negó ligeramente, cerrando la puerta de su casa por fin y corrió hasta alcanzarla. Siempre le había sorprendido la manera en que la chica rápidamente agarraba ventaja del resto, pero cuando se puso a su lado, se juró no perder el paso. Siempre estar a su altura. Siempre.
- ¿Sabes? –comentó el chico, usando su tono más tranquilo- Por si lo habías olvidado, no debes usar esa actitud conmigo. –le recordó, mirándola con una pequeña sonrisa- Tú y yo sabemos que ese es un mecanismo de defensa, pensé que ya lo habíamos superado y podíamos saltarnos esa parte.
Helga se detuvo tan bruscamente que Arnold se giró y regresó un par de pasos para quedar frente a la chica. La rubia tenía el rostro inclinado hacia abajo y los puños cerrados, mientras temblaba ligeramente.
- ¿Qué…? –por un momento se preocupó por ella.
…al siguiente, cuando Helga lo miró, se preocupó por sí mismo.
La chica lo observó con furia contenida y lo tomo del cuello de su camisa, empujándolo abruptamente hacia atrás, hasta que Arnold sintió una pared en su espalda. En momentos como esos, con la rubia aprestada contra su cuerpo y mirándolo peligrosamente cerca, Arnold reparaba en que ella aún era más alta. No tanto, pero se notaba si estaban así de cerca. Y con solo tres semanas en la ciudad, curiosamente se encontraba en esa posición algunas veces.
- Vamos a dejar las cosas claras, Shortman. –Helga ladeó el rostro, apretando sus dientes entre sí.
Pero Arnold se distrajo en la forma en que parpadeaba y sus largas pestañas tocaban su rostro, como un batir de alas ¿Acaso alguien le había dicho que perdía todo poder de intimidación por culpa de sus femeninas pestañas? Hasta lucía dulce, como una niña a punto de hacer berrinche.
Algo en su rostro debió delatarlo, porque sintió los nudillos femeninos clavados contra su cuello y la rodilla de Helga incrustada contra su pierna, inmovilizándolo. En ese sentido, debía darle crédito, sabía hacer su rol de brabucona mil veces mejor que en la infancia.
- ¿Crees que estoy bromeando, pelmazo? –preguntó, fastidiada- Porque no lo estoy haciendo. Si vamos a pasar tiempo juntos, vas a tener que obedecer mis reglas ¿Oíste?
- Helga…
- ¿Oíste? –repitió, pero Arnold solo suspiró cansado y asintió, dejándola desahogarse… obviamente estaba enojada por su comentario tan fuera de lugar, se lo tenía merecido- Bien… -aflojó sutilmente el agarre en la camisa del chico- No te metas con mi personalidad, lo que ves es lo que soy. Y no vas a usar información de cuando éramos niños como si aún fuese válida. No porque seas el presidente del consejo estudiantil significa que podrás darme órdenes, yo hago lo que me da la gana y si me atrapan y debo pagar por ello, no es de tu incumbencia. A veces te vas a tener que acomodar a mi horario porque tengo una vida después de la preparatoria. –lo soltó sorpresivamente y se sacudió las manos- No te odio, no me molesta tu presencia, ni me desagradas, Arnold. Ya no soy la niña que necesitaba alguien que la salvara. Después de siete años, hasta una loca obsesionada como lo fui yo, puede superar a su primer amor. –se apartó y retomó su ruta- Y las veces que vayamos juntos a clases, será a pie. –comentó, mucho más tranquila.
Arnold se apartó de la pared y se sacudió el polvo de encima, antes de alcanzarla rápidamente y le sonrió con ánimo.
- Te extrañé. –admitió, sin intención de que sonara raro, simplemente era sincero.
Si no fuese porque Helga había dejado en claro que le gustaba tener su espacio personal intacto, la hubiese abrazado. No le molestaba el acto de brabucona, sabía que si en verdad estuviese molesta lo hubiese dejado atrás y no estuviese ahí, caminando hombro con hombro.
- Y yo a ti, cabezón. –la chica le desordenó el cabello rápidamente y se apartó a tiempo, esquivándolo, con una pequeña sonrisa- No es lo mismo fastidiar a Geraldo que a ti. –levantó las manos al cielo, quitándose la presa de encima- Por cierto, nunca me quedó claro ¿Cómo terminaste siendo presidente? Hay miles de teorías y una de ellas incluye una gallina.
- ¿Una gallina? –preguntó el chico, extrañado, pero sin poder evitar sonreír divertido.
- Si, pero no quieres conocerla ¿Entonces…? -le dio un codazo, animándolo- Habla, cabeza de balón. Admito que se me hace raro que esa chica te uniera a su campaña y como vicepresidente.
- En realidad a mí también me sorprendió.
Arnold se animó al recordar sus primeros días en clases, reencontrándose con viejos amigos y compañeros. No le costó nada explicarle toda la situación a la chica.
Todos se habían sorprendido cuando, a un mes de iniciadas las clases, un chico nuevo llegaba de una ciudad que quedaba en la selva. Las especulaciones de como luciría y que idioma hablaría, había dejado a todos con el chisme por días.
Cuando por fin el chico arribó, se decepcionaron ligeramente al ver que era un chico muy poco… selvático y más bien, lucía como cualquier estadounidense promedio. Pero la emoción volvió a hervir cuando la mayoría de los estudiantes Junior reconocieron al chico y corrieron a lanzarse sobre él. No tardó mucho tiempo para que la gente se enterarse que el chico de la jungla en realidad había sido el famoso Arnold Shortman, el chico que de niño había logrado que toda la ciudad viera una lluvia de meteoritos o había defendido un barrio entero de la destrucción, entre tantas otras hazañas. Ese mismo chico había casi arrastrado a todos sus compañeros a los 10 años de edad a San Lorenzo para posteriormente rescatar a sus padres perdidos y quedarse con ellos a vivir ahí. Arnold se había vuelto toda una celebridad, la gente no paraba de preguntarle cosas e interesarse por sus años viviendo en un lugar que ¡Sorprendentemente! No tenía internet. Todo el mundo lo veía como un temerario, arriesgado y valiente sujeto.
A los pocos días de haber vuelto e igualarse en sus clases, se sorprendió cuando una estudiante que no conocía lo interceptó a la salida. La chica tenía un rostro redondeado y ojos rasgados, su piel era completamente blanca, como la leche y hacía fuerte contraste con su lacio cabello negro que caía hasta sus hombros con las puntas onduladas hacia adentro en un perfecto peinado. Arnold no la conocía, pero por la manera en que le observaba atrás de sus lentes rectangulares de marco rojo y su pose autoritaria y segura, supo que era alguien que no estaba acostumbrada a escuchar una negativa por respuesta.
- ¿Arnold Shortman? –preguntó la chica, en un perfecto inglés que apenas traslucía su acento asiático.
- Si… -el chico observó a Gerald y le hizo un gesto para que se adelantara, lo cual la joven agradecido.
- Soy Seo Yi Soo, tengo dieciocho años y soy estudiante Senior. –se presentó, inclinando el rostro de manera respetuosa.
Por alguna razón, Arnold imitó la reverencia, pero le observó extrañado. Aun no se acostumbraba a los términos que dividían las clases.
- ¿Senior? –preguntó, sin comprender y la chica se sorprendió pero luego le sonrió de lado.
- Si, yo tampoco entendí bien cuando vine con mi familia a Hillwood. Senior son los de doceavo, es decir, del último año. Los de tu clase y tú son Junior, de onceavo. –los gestos rígidos de la chica se suavizaron levemente al darle la explicación pero rápidamente volvió a observarle con seriedad- Me gustaría proponerte algo, Arnold Shortman.
- Puedes llamarme Arnold, mucho gusto. –extendió su mano hacia ella, pero esta solo lo observó y negó en silencio.
- No me gusta tocar a la gente. Lo siento. –le hizo un gesto para que la siguiera hacia el patio de la preparatoria- Voy a ir al grano, Arnold. Las elecciones van a comenzar la próxima semana y me estoy postulando para presidenta del consejo estudiantil. –la chica se detuvo abruptamente y lo encaró- Me gustaría pedirte que seas mi vicepresidente.
- No.
- ¿Qué? –la chica abrió los ojos con sorpresa al notar la simpleza con la que él la había rechazado, sin ser grosero- Creo que no entiendes…
- Seyi…
- Seo Yi Soo. Seo-Yi-Soo. –aclaró la chica, acostumbrada a que la gente de ese país no supiera decir su nombre.
- Seo Yi Soo. –repitió el chico- No me interesa la política estudiantil. Además… -sonrió apenado- en realidad, es un concurso de popularidad. Por lo menos aquí, en este país, no gana el más apto, sino el más popular.
- Lo sé. –la chica se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared- Por eso te quiero como vicepresidente. –buscó en su bolso unos papeles y se los entregó- Mi competencia es Wolfgang Gartner y su binomio, Maria Torres. Ambos son extremadamente notorios entre diversas facciones de la preparatoria. Los populares, los deportistas, las porristas y demás… Pero su plan de trabajo es decepcionable. Por favor, míralo. –le señaló los papeles.
Arnold no tardó en darse cuenta que lo que Seo Yi Soo decía era verdad, proponían cosas que ya tenía la preparatoria, sin dar mejoras. No, mentira, al parecer iban a darle muchos más ingresos monetarios a los deportes y a los bailes. Por supuesto, eso iba a hacer que actividades culturales y festivales se quedaran sin financiamiento. Eso hasta él lo sabía.
- Yo quiero proponer un cumplimiento real de las normas estudiantiles. Un sistema mensual de competencia entre cursos usandossus calificaciones para estimular el aprendizaje y trabajo en grupo. Varias salidas estudiantiles a laboratorios, a Washington... –señaló los otros papeles que le había entregado a Arnold- Un sistema de reciclaje, abrir el horario de la biblioteca más allá de las clases para los estudiantes que desean hacer sus deberes en un lugar tranquilo, magnificar los festivales para tener ingresos que costeen el resto de proyectos… -respiró hondo- Y un soporte igualitario a los clubs deportivos como culturales. Pero lamentablemente no cuento con la popularidad que Wolfgang Gartner y Maria Torres. –bajó suavemente la mirada, decepcionada.
- Eso es terrible… -el chico se encontró sumergido en el problema antes de darse cuenta, interesándose en las buenas propuestas y las injusticias que estaba viviendo- Espera… ¿Maria no era dos años mayor a mí? –recordó.
- Oh… perdió un año cuando iniciamos la preparatoria. –explicó Seo Yi Soo, sin darle importancia- Eso no afecta su popularidad.
- Sorprendente…
- Por eso te pido ayuda a ti, Arnold. Te voy a ser sincera, no te conozco, pero por lo que he investigado, tu huella en las personas te señala como un chico amable y dedicado. Además, constas de una popularidad mucho más fuerte que el de mi competencia. Si te vuelves mi binomio, tendría posibilidades de ganar las elecciones. –la chica apoyó su mano sobre su pecho, haciendo una reverencia- Te aseguro que me encargaré de lo más pesado. Voy a apreciar tu consejo y el trato será igualitario. Si observas con atención, Phoebe Heyerdahl, de tu año, aceptó ser secretaria y Siobhan Andrews, de mi año, va a ser la tesorera. –parpadeó un par de veces- Siobhan Andrews, para tener dieciséis años, es una genio con los números.
Arnold pudo ver otros nombres para los comités deportivos, culturales y recreativos.
- ¿Lorenzo va a dirigir las trasmisiones de radio? –preguntó sorprendido.
- Lorenzo Stoner tiene una agradable voz, fluido tono, sabe priorizar información y tiene un don con las computadoras y sus programas. –explicó la chica, sin darle importancia- ¿Entonces…?
- Seo Yi Soo…
- Arnold Shortman. –la chica juntó sus manos a sus costados e hizo una profunda reverencia, haciendo que su cabello casi barriera el suelo- Por favor, se mi vicepresidente.
El chico se sorprendió por la manera tan servicial en que la chica le pedía aquello. En verdad debía desear llegar al consejo estudiantil. Además, él se conocía, sabía lo que iba a responder desde el inicio de la conversación. Por mucho que luchara al respecto, el simple hecho de saber que la chica quería hacer las cosas bien, lo empujaba a una sola y única respuesta:
- Está bien.
Seo Yi Soo no había mentido sobre su nivel de popularidad. Aun así, en las campañas previas a las votaciones, habían tenido que regalar cientos de cosas y conseguir publicidad de varias marcas de comidas y bebidas para engatusar a los votantes. Nadie podía negar que la gente estaba fascinada con el chico de la selva. A la semana de elecciones, habían ganado rotundamente y Seo Yi Soo se encargó de hacer la transición de su equipo de la manera más cómoda posible. Hasta ofreció a Wolfgang unirse al comité deportivo y a Maria a que liderara el comité de recreación. Arnold se sintió cómodo, con dos semanas en la preparatoria, era feliz de lo activo que se había vuelto todo y lo mucho que aprendía junto a Seo Yi Soo.
Pero sorpresivamente, un día, a final de clases, la chica lo mandó a llamar, mientras limpiaba su casillero. Arnold se sorprendió al verla guardar tantas cosas y no se extrañó de los guantes de látex que usaba para no ensuciarse.
- Arnold, me voy. –explicó, directamente, como era su costumbre.
- ¿Disculpa…?
- La visa de trabajo de mi padre no fue renovada esta vez. Así que mi familia y yo debemos volver a Corea del Sur inmediatamente. –la chica cerró su casillero y le entregó al chico una bolsa de plástico roja llena de basura.
- ¿Qué…? Pero el consejo… -Arnold tuvo que alcanzarla, cuando la chica comenzó a caminar hacia la salida.
- He hablado con la directora sobre este asunto. Ella sugirió hacer reelecciones pero me negué. Aunque eres nuevo, confío plenamente en tus capacidades y en que mantendrás mi plan para esta preparatoria. –la chica se detuvo en la acera que daba a la calle y se giró hacia él- Lamento mucho ponerte en esta situación, pero ya lo acordé con la directora y el resto del comité. Todos estuvieron a favor.
- ¿Qué…? –el chico casi soltó la bolsa de basura.
- Desde hoy, eres el nuevo presidente del consejo estudiantil. –la chica se quitó los guantes de látex y los lanzó dentro de la bolsa de basura- Felicidades.
Un auto se estacionó atrás de ella y sin mirar, abrió la puerta de atrás y se sentó ahí dentro.
- Realmente fue un gusto trabajar contigo, Arnold Shortman. Y recuerda: Has que respeten las reglas, ten una presencia digna de un presidente del consejo estudiantil y no dudes en poner en su lugar a la gente. –cerró la puerta y el auto se fue.
Arnold se quedó ahí, sorprendido, mirando el vacío, sin poder creerlo. Hasta que una pelota de beisbol lo golpeó en la cabeza.
El chico concluyó su explicación a Helga justo cuando llegaban a la preparatoria, la chica se reía animada por lo último, mientras este le fulminaba con la mirada.
- Pelota que te pertenecía. –acusó el rubio.
Aunque recordando a Seo Yi Soo, debía admitir que su antigua presidenta y colega de trabajo había sido muy particular, hablando cosas puntuales, de manera despersonalizada y estricta. Pero en el fondo, Arnold la extrañaba, Seo Yi Soo le había demostrado que era muy apto para el puesto, lo había tratado como un igual y considerado su opinión. Cuando Arnold terminó encargado de la presidencia, tuvo que admitir que estaba preparado para el puesto y sabía que debía hacer y cómo. Eso se lo debía a la joven inteligente pero peculiar coreana.
- Te repito, no fue mi intención. Aunque fue graciosa la manera en que tu cabeza rebotó. –la chica sonrió de lado y sacó del bolsillo de su chaqueta una paleta redonda que al quitarle la envoltura mostró un color rosa. Cuando el sol reflejó en el caramelo, Arnold notó ligeros puntos de colores.
No había duda de que Helga disfrutaba esas pequeñas golosinas, la manera en que sonreía como si acabase de surgir en su mente un plan maestro para volver a todos sus esclavos y la sutil manera en que se relamía la comisura de su labio. Arnold aún estaba buscando formas de decirle a la chica que, la forma en que ella lanzaba su rostro ligeramente hacia atrás, sacaba la punta de su lengua para tocar la paleta y luego cerraba sus labios sobre la misma era algo terriblemente peligroso. Porque lograba que los chicos se quedaran sin aliento, esperando que abriera suavemente su boca y dejara ir a su presa para luego pasar su lengua por su labio inferior.
- ¿Chico de la jungla? –Helga pasó su mano en frente del rostro del chico y este agitó el rostro rápidamente- Te estabas poniendo azul. –le acusó, enmarcando una ceja.
- ¿Qué? –su voz sonó ahogada y respiró hondo, sintiendo a sus pulmones agradecerle a su cerebro tomar por fin control sobre su cuerpo lleno de hormonas- Oh… lo siento.
- El agua de San Lorenzo te volvió más tonto… -masculló la chica y sorpresivamente levantó la mano, mirando sobre el hombro del rubio- ¡Geraldo! ¿Sacando tu trasero de las sábanas tan temprano en la mañana?
- ¿Y yo debo señalar la manera en que escoltas a mi mejor amigo? –acusó el chico, chocando su mano con la de Helga y luego haciendo un acostumbrado saludo con su amigo- ¿No te molestó todo el camino hasta acá?
- No, para nada. –Arnold sonrió de lado, costándole ver la buena amistad que habían construido Gerald y Helga en su ausencia.
Pero después de preguntar una y otra vez, lo había entendido y estaba agradecido con su mejor amigo por cuidar a la rubia y nunca dejarla de lado en sus planes con Phoebe. Cuando Arnold se había quedado en San Lorenzo, los que habían sufrido una pena similar habían sido Gerald y Helga, de esa manera, un dolor en común, los unió en una amistad particular y franca, algo violenta a veces pero divertida. Tal vez en el pasado, Gerald había dudado de ella, pero definitivamente el hecho de que Helga les hubiese salvado en San Lorenzo la volvía excesivamente de confianza según los parámetros de Gerald. Sin importar cual fuese la razón, era agradable de ver. Raro… pero agradable
- Chicos…
Y una vez más, al regresar de su abstracción personal, encontraba a Helga atrapando el cuello de Gerald entre su brazo y torso, haciéndole una llave, mientras que con la otra mano le desordenaba el cabello. Aunque el chico no se quedaba atrás, pues estaba buscando rayarle la cara con un bolígrafo rojo.
- ¿Qué? –preguntaron al unísono, deteniéndose sorpresivamente pero sin dejar a su presa escapar.
Lo que dio por resultado que el bolígrafo quedara excesivamente cerca de la boca de Helga y está ya se veía muy ocupada hablando con la paleta en la boca como para meterse eso también.
Arnold sacudió el rostro, últimamente pensaba cosas extrañas…
- Los dejo, debo encargarme de…
- la revisión de vestimenta matutina. –repitieron al unísono, girando los ojos.
- Hermano, Phoebe está contigo haciendo eso ¿Recuerdas?
- Los dos constantemente repiten sus horarios. –Helga cruzó miradas con Gerald- Ya nos las salvemos de memoria… que desperdicio de espacio mental.
- Bueno… procuren no darle mal ejemplo al resto de estudiantes. –aceptó Arnold, sonriendo, mientras se ajustaba el cuello de su camisa y se despedía de ellos.
Al segundo siguiente escuchó a Gerald maldecir y a Helga soltar una carcajada maligna. Pero no quiso regresar a ver.
- Phoebe… -llegó junto a la chica, quien silenciosamente estaba apuntando rápidamente en su libreta algo.
- Buenos días Arnold. –la joven saludó, pero sin despegar sus ojos de la gente.
- Lamento mucho la tardanza. Helga fue a verme y…
- Treinta minutos. –cortó la chica, extendiéndole un papel que Arnold observó con curiosidad.
- ¿Anotaste una comparación detallada del tiempo que hago de mi casa a la preparatoria? –consultó, sorprendido, deslizando su mano entre sus cabellos para lanzarlos hacia atrás.
- Como puedes ver, la diferencia entre tomar autobús y venir a pie es de diez minutos, pero caminando ahorras dinero y haces ejercicio cardiovascular básico en el proceso.
- ¿Cómo supiste…? –se cortó, sonriendo de lado- ¿Helga?
- Exactamente. –Phoebe apartó el rostro de su libreta por un momento- Me avisó que llegarías tarde, así que me puse a trabajar primero. No tienes de que disculparte.
- Ella debió avisarme…
- Ni tienes que enojarte con ella por lo que hizo. No suele pensar demasiado las cosas cuando las hace. –sonrió ligeramente- Además… ¿Puedo decirte algo?
- Por supuesto. –el rubio abrió los ojos, con sorpresa, del tiempo que iba trabajando con Phoebe, resultaba ser una consejera y oyente muy buena.
- Me alegra ver que se vuelven a llevar otra vez ustedes dos. Hasta ayer, parecían evitarse mutuamente… Después de… bueno… -se ajustó sus lentes, sin saber si estaba siendo imprudente.
- Después de que terminamos cuando éramos niños, todo se volvió muy tenso entre nosotros. Lo sé. –Arnold observó hacia donde estaba la rubia y su mejor amigo, solo pudo sonreír al notar que Gerald corría con el gorro de lana de Helga, mientras esta le perseguía entre la multitud- Pero tú sabes que ella fue la que sugirió que termináramos… a través de una carta… mientras yo estaba en San Lorenzo.
- Las cosas no iban muy bien, tampoco. –recordó Phoebe.
- Tienes razón, éramos solo niños. Pero… -sonrió, al segundo en que Helga lanzaba su paleta hacia el afro del chico que a pesar de estar recortado y no era tan alto, era un fácil blanco que alcanzar- Me alegra mucho que cortáramos esa distancia. Creo que podemos ser muy buenos amigos.
- Eso es lo que esperamos Gerald y yo. –de repente su sonrisa cálida desapareció y le extendió su libreta- Estos son los alumnos a los que llamé la atención hoy…
- Interesante. –Arnold también borró su sonrisa y observó los nombres y distribuciones de grado- Bien, vamos a trabajar.
- A la orden. –la chica avanzó junto a él, para ir a la sala del consejo estudiantil.
Por un último momento lanzó una mirada atrás, encontrándose con Gerald boca abajo en el suelo, con Helga sentada sobre su espalda, luchando por despegar su paleta del cabello del chico. Eso debía doler. Lo peor era ver que la chica estaba enojada, así que no lo hacía con mucha paciencia.
Arnold regresó a ver a la chica a su lado, con su libreta abrazada contra su torso, con una sonrisa segura en sus labios y sus ojos moviéndose rápidamente. Él había aprendido que la mente de su compañera era extremadamente ágil y siempre estaba trabajando, viendo números, cifras, planes, todos al mismo tiempo.
- ¿Sabes, Phoebe…?
- ¿Si…?
Arnold rodeó con su brazo los hombros femeninos, de manera fraternal.
- Eres muy eficiente. Gracias por todo.
- Lo sé. –la chica sonrió- ¿Puedes decirle eso a mi madre? –preguntó, en broma y ambos rieron.
¡Saludos Manada! ¿Les gustó? De ahora en adelante comenzaremos con las aventuras de estos dos rubios en sus… peculiares cargos ¿Están listos? ¿Se hacen una idea de lo que van a tener que pasar?
¡Nos leemos!
Nocturna4
