Capítulo III

No tardó demasiado en dispersarse el rumor de que Helga Pataki y Arnold Shortman estaban volviendo a dirigirse la palabra, pasaban tiempo juntos y compartían risas. No hubo duda alguna que la directora era la más orgullosa de este acontecimiento, pues por un par de días no se enteró de ningún problema sobre la menor de los Pataki, lo cual resultaba todo un record. Realmente alentador ¡Totalmente prometedor! Sin lugar a dudas. La señora Dumas estaba tomándose un té chai cuando su secretaria ingresó abruptamente en la oficina y le observó con un gesto extremadamente reconocible.

- ¿Pataki…? –preguntó la mujer, dejando su taza sobre su escritorio.

Tampoco podía pedirle milagros a Arnold. Un par de días era mejor que ningún día.

- Se saltó la hora de matemáticas. –explicó la mujer- Me acaba de informar su profesora.

- Bien… manda a llamar al joven Shortman. –pidió la directora, retomando su taza de té.

- ¿Disculpe…? –la joven secretaria parpadeó extrañada pero notó una determinación en su jefa que simplemente asintió y salió del despacho.

A los diez minutos se escuchó la voz de la secretaria por los altavoces y al poco rato apareció el chico frente a la directora.

- ¿Me buscaba? –consultó Arnold, extrañado.

No recordaba haber faltado en alguna de sus tareas y no se acercaba ningún evento importante en donde la directora tuviese que citarlo.

- Cierra la puerta atrás de ti. –le pidió la mujer y cuando así lo hizo le señaló el asiento frente a su escritorio- Seré breve, Arnold. Me gustaría que fueras a buscar a Helga Pataki.

- No comprendo. –el chico enmarcó una ceja- ¿Le ocurrió algo?

- Al parecer no te diste cuenta que se saltó la clase de matemáticas.

- No suelo estar pendiente de cada uno de mis compañeros. Mucho menos todo el tiempo y en clases. –se defendió el chico pero apartó la mirada.

En el fondo se sentía culpable por no admitir que desde niño solía percatarse de la falta de Helga. Así que si, se había dado cuenta de su inasistencia, pero ella le había dicho que no se metiera en las cosas que hacía.

- Hoy tiene que viajar a Washington como representante de la preparatoria. Y el transporte vendrá por ella en una hora. –la mujer bebió un poco de su taza y sonrió- Ella no quería participar en el concurso y asumo que, dado que la forcé a unirse, ahora está intentando evadir su responsabilidad.

- ¿Por qué la forzó? Si ella no quería…

- Helga es una joven excepcional en varias áreas, pero constantemente se menosprecia. No quiere perder contra su hermana, así que evita muchas áreas que esta ha tocado. Helga da por asumido, muchas veces, que podrían compararla con Olga Pataki por hacer cosas similares. Y que si llegara a fallar sería más estrepitosa la pérdida. En Washington es la final de deletreo de este sector. Si ella gana irá a las finales del país. –le explicó, sonriendo.

- Oh… -Arnold apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó sus dedos entre sí, usándolos como soporte para su mentón- Ahora entiendo. Tal vez esto sirva de información, pero cuando éramos niños ese concurso dio dificultades en su amistad con Phoebe…

- Lo sé, pero fue Phoebe la que se negó a participar en el concurso porque se está preparando para la competencia de matemáticas que viene el siguiente mes. Ella es parte de nuestro equipo de mateatletas. –la señora Dumas se levantó, con decisión- Así que te ruego que vayas a buscarla y la acompañes a Washington.

- ¿Por qué yo? –negó y reformuló su pregunta- ¿Por qué me hará faltar a mis clases? ¿No sería mejor que vaya Phoebe?

- Porque tú eres el presidente estudiantil. –explicó la mujer y rodeó el escritorio, sentándose sobre el mismo en la esquina junto a Arnold- Porque no solo es Helga la que está a cargo de ti, sino tú de ella. Mira… te voy a ser sincera, Arnold, cuando me explicaron todas las hazañas que hiciste cuando eras un niño, supe que tú podrías ayudarme con la Reina del Mal.

- ¿La qué…? –el chico enmarcó su ceja y lanzó su cuerpo hacia atrás, sin comprender.

- La Reina del Mal, a Helga así la llaman muchos. Admito que es una exageración, porque no es una abusiva en sí, pero es… algo violenta –se encogió de hombros- cuando se meten en su camino, sin importar si son compañeros, profesores o hasta padres de familia, no tiene reparos en imponerse contra otros. A ti te gustan las causas perdidas ¿Verdad? Te gusta salvar a la gente. –la sonrisa en la directora se amplió- No intentes ocultarlo, querido. Yo conozco a mis alumnos estrella como si fuesen mis propios hijos.

- Yo… -el rubio apartó la mirada- Yo creo que Helga está bien así como está. Ella tiene una personalidad fuerte y si, es algo violenta, pero es parte de su apasionada forma de ser. –sonrió culpable- No creo que sea una causa perdida ni necesite un niñero que la esté corrigiendo y controlando. Ella esta bien.

- Pues yo sí. –la mujer le observó con seriedad- Muchas veces se aísla de todos, hasta de su mejor amiga. En más de una ocasión la he encontrado en el tejado de la preparatoria después de la hora de clases, mirando el cielo. Yo sé que tiene un fuerte potencial pero nunca destaca. Siempre se encubre. Estoy segura que con tu ayuda podrá aprovechar todo ese potencial. –apoyó su mano sobre el hombro del chico- Arnold ¿No crees que tiene derecho a un poco de reconocimiento?

- Bueno, si… -el rubio suspiró resignado y se levantó- La buscaré… y me encargaré de ella.

- ¡Estupendo! –la mujer saltó del escritorio al suelo y tomó sus manos- Realmente eres un buen chico.

Arnold enmarcó una ceja, no muy convencido de la situación, mientras era guiado afuera del despacho.

- ¡Y una cosa más, señor Shortman! –gritó la directora, desde el lumbral del despacho cuando él ya estaba afuera- ¡Usted debe avisarle que ella está a su cargo! –y cerró la puerta.

- ¿Qué? –Arnold ahogó su voz porque no podía gritar en los pasillos y dejó caer su cabeza pesadamente- Estoy muerto… -murmuró y luego levantó el rostro, con resolución- Bien, primero a buscar a la razón de mi muerte, que hay mucho trabajo que hacer y poco tiempo.

- Eso es lo más bonito que jamás alguien me haya dicho. –la voz femenina justo atrás de su oreja le hizo dar un respingón y saltar casi un metro lejos de ella, mirándole con sorpresa- ¿Qué? –Helga se cruzó de brazos.

- ¡Te estaban buscando! –regañó Arnold, acercándose a ella.

- Lo sé. –la rubia sonrió de lado- Eso es lo que implica el faltar a clases. –dio otro paso hacia él y sonrió lobuna- Y tú te estas saltando clases ahora.

- Yo estoy justificado. –se cruzó de brazos- Y dado que te encontré, mejor regresamos a clases y esperamos por tu transporte… -intentó tomarla de la mano pero ella se escabulló ágilmente.

- No. –y Helga se giró, comenzando a avanzar hacia la dirección contraria.

Arnold parpadeó extrañado hasta comprender lo que ocurría y corrió atrás de ella ¿Por qué tenía que ser tan terca? ¿Por qué era mucho más testaruda que de niña? Porque para él había incrementado ese rasgo exponencialmente.

- No se corre en los pasillos. –le regañó con sarcasmo la chica, mirándolo a su lado- Para ser un chico tan bueno, te abusas de tu poder.

- No quería que te escaparas. –Arnold metió sus manos en los bolsillos de su jean- Helga, debemos volver.

- Voy a ir a ese estúpido concurso… a cambio, cabeza de balón, solo dame un respiro ¿Si? –no estaba preguntando y por la dirección que llevaban, lo estaba guiando hacia la puerta trasera de la preparatoria- Odio esas cosas.

- Pero eres muy buena. –le recordó el rubio y ella se detuvo, parándose frente a él.

- ¿Cómo lo sabes? –ladeó el rostro- No has estado aquí por siete años, Arnoldo.

- Pero me lo han dicho. –recalcó él- Y me gustaría ver que te ganaras ese premio. Te lo mereces.

La chica bajó la mirada un segundo y murmuró algo, aunque él no pudo escucharlo bien. Pero antes de poder preguntar, Helga levantó la vista, con resolución y siguió caminando.

- Mi madre está en Washington, por trabajo.

- ¿En serio? –Arnold volvió a alcanzarla y se paró a su lado- Algo me habían dicho de que tu mamá había conseguido empleo después de…

- De asistir a la AA. –ella sonrió de lado, con cierta crueldad- No es secreto de nadie que mi madre fue alcohólica depresiva por muchos años, chico de la jungla. Pero ahora está mejor. Ella juró que estaría en el concurso. Bob tiene que filmar un comercial, así que no puede. –se encogió de hombros- Así que si gano, lo golpearé con el trofeo. –bromeó, agitando un bate invisible.

- Me alegra ver que te llevas mejor con tus padres. –Arnold sonrió con ánimo, porque en todos esos años, su mayor tormento había sido saber que posiblemente había dejado a Helga sola, para que sobreviviera a un ambiente hostil.

- Resulta que con Olga fue igual el distanciamiento e indiferencia. Bueno, no duró mucho, debo admitir ¿Sabes por qué? Pues… -sonrió confidencialmente- Todo cambió cuando ella comenzó a llamar la atención, haciendo cosas sorprendentes, ganando concursos, ganando becas. Mis padres adoran a los ganadores, así que ella logró eclipsarlos. Por eso siempre procuraba acaparar la atención de nuestros padres sobre mí, hasta que maduró y quiso arreglar nuestra relación. –el chico le miró con sorpresa y ella suspiró pesadamente- Olga no siempre fue todo amor y cariño. Ella me trataba como un ser invisible, por eso no la soportaba, porque me alejaba de toda la dinámica familiar. Luego cambió, se arrepintió y se esforzó por estar conmigo. Algo me dice que recordó que no era fácil estar atrapada con Bob y Miriam. –se encogió de hombros- A veces pienso que ellos nunca planearon tener hijos, son algo despistados. Pero se están esforzando. –explicó Helga, saliendo del edificio y sentándose contra el muro de la fachada- El año pasado terminó nuestra terapia familiar, fue terriblemente complicado y pesado.

- Me imagino…

- No tienes idea lo que es hablar con alguien de tus problemas y decirle a tu familia de tus rencores, miedos y sueños, mirándolos a los ojos. Al inicio creía que no podría. –Helga sonrió suavemente- Pero fue bueno, comprendí mucho de mis padres, de mi misma y aprendimos muchas cosas. Ellos tuvieron vidas difíciles antes de ser padres, ellos tampoco tuvieron las mejores familias del mundo…

Arnold se unió a ella y por un momento hubo silencio, en donde el joven notó que si bien había dolor en la mirada femenina, ella lucía mucho más tranquila, como si fuese un recuerdo doloroso y no uno presente.

- También están intentando mejorar su matrimonio, eran dos extraños en la misma casa. Pero Miriam comenzó a asistir a AA después de que… -la chica se sonrojó- algo pasara.

- ¿Qué…? ¿Después de qué…?–Arnold inclinó el rostro sorpresivamente cerca de la chica, pero esta le dio un manotazo y lo apartó, de manera nerviosa.

- ¡Espacio personal, cabeza de balón! ¡Dios! –gruñó, mirándolo con fastidio- Después de que se enterara que no le conté a nadie de la familia cuando me dio mi primera menstruación ¿Feliz? –casi escupió las palabras, completamente roja.

Pero cuando terminó esa oración, ambos estaban sonrojados. El chico se rascó la nuca, observando el cielo y lentamente le regresó a ver. Helga seguía mirando a un costado, con los labios apretados y fulminando con su mirada el vacío.

- No quería ponerte incómoda. Lo lamento mucho. –Arnold deslizó su mano sobre la femenina pero ella se soltó, sin siquiera alguna agresividad.

- Tú también te estabas poniendo incómodo. –le recordó ella, girándose el rostro en su dirección.

- Pero no por lo que me dijiste, sino por cómo reaccionaste. –le miró con una sonrisa comprensiva- No es algo de lo que avergonzarse. Bueno, debería apenarte no informar a tu familia de algo tan natural y hasta motivo de alegría.

- ¿Alegría? –lo golpeó en la cabeza con la palma de su mano, aun roja- ¿Estás loco?

- Bueno, en muchas culturas es así, significa que te has vuelto una mujer. –esquivó otro golpe por pura suerte- ¿Las fiestas de quince y dieciséis años? ¿Presentar a una dama en sociedad? –Arnold atrapó las manos de la chica por sus muñecas y no pudo evitar sonreír al notar la manera en que estaba sonrojada y furiosa. Todo en una expresión mixta, única en Helga.

- ¡Te estas burlando de mí! –parecía estar a punto de gruñirle, como una bestia salvaje.

Y Arnold recordó el consejo de su padre para cuando se encontraba con un animal herido. Así que clavó su mirada sobre la femenina y relajó su postura, recogió sus dedos, ocultando sus uñas y la sostuvo de esa manera. Tal vez fuese más por la manera tan peculiar en la que actuó, pero Helga bajó sus manos y ladeó el rostro, sin entender qué pretendía hacer.

- No me estoy burlando de ti. –explicó con un tono de voz suave y calmado- Solo te digo la verdad. En San Lorenzo asistí a mi madre en muchas ocasiones cuando ayudaba a la gente, he visto muchas cosas en mi vida, entre esos más de veinte partos ¿Sabes? Además, la gente hacía una gran celebración cuando una niña pasaba a ser señorita y ella se enorgullecía de ello porque significaba que pasaba a una etapa de cortejo, como una flor que se abría. Simplemente se sentía más hermosa, poderosa y bendecida. –la mirada de Helga se abrió con sorpresa y él tomó más valor, soltándola de su agarre- Y entre la Gente de los Ojos Verdes se hacía un ritual a la Luna, pues ellos creían que las mujeres eran sus descendientes directas. Si una joven tenía su primera menstruación en la luna de sangre o eclipse lunar, ella sería una chamán y gurú de la Diosa, su voz en la tierra, poderosa entre todos. –la mano del chico se apoyó sobre la femenina y esta vez ella no retiró el agarre- Lo que me sorprende es que se lo ocultaras a tu familia, a tu madre ¿No es una etapa que necesitas apoyo femenino?

- No confiaba en ella. En nadie, me eduqué sola y compraba lo que necesitaba con mi dinero. Cuando Miriam se enteró le afectó mucho, se puso muy mal y cuando me reclamó por la falta de confianza yo le dije que no confiaba en nadie. Al parecer fue muy duro, pues al día siguiente comenzó a asistir a las reuniones de los Alcohólicos Anónimos. –explicó, encogiéndose de hombros- En algo tienes razón: Fue un evento de cambio.

- ¿Lo ves? Esto es algo de lo que deberías sentirte orgullosa. –comentó, sonriendo suavemente, de esa manera delicada que no cubría todo su rostro, sino como una simple sonrisa de lado, mientras entrecerraba los ojos.

- Te has vuelto más interesante, cabeza de balón. Más sabio. –admitió, quitando su mano para revisar el reloj de muñeca que tenía- Bueno, el transporte nos estará esperando, ya es hora.

Arnold se levantó y extendió su mano en dirección de ella, pero Helga le dio un manotazo más por costumbre que por otra cosa y se levantó sola. La chica entro al edificio y el rubio le siguió los pasos en silencio, observándola fijamente. Lo que tal vez fue una mala idea, porque si hubiese estado atendiendo a cualquier otro lugar, no hubiese tenido que sufrir mirando como Helga se distraía buscando en su chaqueta hasta que encontró una paleta redonda de color rosa, descuidadamente mordió la parte inferior de la envoltura y la arrancaba abruptamente, liberando el cristalino caramelo que parecía haberse vuelto su único alimento cuando estaba en la preparatoria. O por lo menos eso pensaba Arnold. Porque si era sincero, se distraía siempre en la manera agresiva en que ella rodeaba la paleta con su lengua antes de meterla en su boca y dejarla ahí.

- ¡Hey! –la mano de Helga lo golpeó directo en el pecho, deteniéndolo sorpresivamente- Vista al frente, chico de la jungla.

Arnold parpadeó extrañado y observó que estaba a un par de centímetros de haberse chocado contra una Mini Van blanca. Ni siquiera recordaba haber caminado. Maldición, en verdad se distraía con facilidad con Helga ¿Eso era malo, verdad? Si, debía ser muy malo, porque casi se había estrellado contra un auto que por suerte estaba estacionado.

La chofer se bajó del asiento de conductora, apenas debía tener veinte años y vestía un overol de trabajo azul, con su cabello castaño recogido bajo una gorra desgastada y su rostro pecoso lucía la más divertida sonrisa por encontrar a alguien tan bien vestido y dulce como Arnold a punto de golpearse contra su auto.

- ¡Pataki! –la chica deslizó la puerta lateral de la Van dejando ver dos filas de asientos que posiblemente dejaban entrar a cinco personas muy apretadas en cada una- Un milagro que seas puntual.

- No es de tu incumbencia, Smith. –Helga se lanzó sobre el asiento y se acomodó descuidadamente contra la ventana, moviendo la redonda paleta de un lado a otro.

- ¿Él también viene? –preguntó la castaña, señalando despectivamente a Arnold, aunque sonrió de lado- Tu novio es lindo, Pataki.

- No es mi novio. –aclaró Helga, sacándose la paleta y señalando con esta a la conductora.

- Soy el presidente del consejo estudiantil, la directora me pidió que escoltara a Helga al concurso, como representante de la preparatoria. –se presentó el rubio, subiendo al otro extremo del asiento donde estaba Helga- Lamento las molestias.

- Descuida, cualquier novio de Pataki es bienvenido.

- ¡No es mi novio! –gruñó Helga, notando como la mujer cerraba la puerta de la Mini Van y caminaba hacia la puerta del conductor- Óyeme bien Smith… -pero la castaña arrancó y subió el volumen de la radio, dejando que una fuerte tonada sonara opacando el canal de comunicación desde los asientos traseros hasta ella- Ella es tan… molesta. –maldijo Helga, apoyándose contra el asiento y buscando sus audífonos antes de conectarlos a su celular y ponérselos.

Arnold asumió que esa era una manera de decirle que no charlarían en el camino, por lo que cerró los ojos y se apoyó descuidadamente contra el respaldo del asiento. Por suerte nunca se había aburrido cuando estaba solo, el tener una imaginación excesivamente florecida solía ser una ventaja. Después de las experiencias que cargaba de San Lorenzo y la Gente de los Ojos Verdes, su imaginación solía llegar a ser épica y sorprendente.

No supo en que momento cayó dormido, tal vez cuando escalaba un templo oculto en un bosque mexicano o posiblemente al inicio de su descubrimiento de un yeti en las montañas suecas. Pero el estridente sonido de la puerta de la mini van al abrirse le hizo parpadear con cierta pereza y sonrió al notar la cálida luz de la mañana entrando por las ventanas.

- Ya despierten tortolos. –la voz de la conductora le hizo enfocar mejor y notar la mirada pícara que ella tenía.

Repentinamente su cálido apoyo se movió y él casi resbaló al suelo. Arnold levantó la mirada y se sorprendió al ver que estaba descansado contra el pecho de Helga y esta se estaba despertando.

No tuvo tiempo de reacción. La mirada de sorpresa en los ojos azules cambió radicalmente a una de enfado que indicaba que no le oiría. A pesar de su explicación. Aunque, si lo intentara ¿Qué podía explicarle?

Aunque…

Arnold por fin se percató de que la ira congelante de Helga era porque seguía apoyado descaradamente sobre su escote. Así que se separó, con las manos en alto pero ella solo lo agarró del cuello de su camisa y lo atrajo a su rostro. En lugar de mirarlo, observó sobre su hombro a la castaña.

- ¿Smith…?

- ¿Si…?

- ¡Aparta! –e inmediatamente empujó a Arnold hacia atrás.

El chico trastabilló contra el asiento y el pequeño corredor interno de la Mini Van, sus pies llegaron a la pequeña grada, justo en la salida y tuvo que agradecer su entrenamiento en San Lorenzo porque en último momento apoyó su pie el suficiente tiempo para deslizar su cuerpo fuera y caer sobre la punta de sus pies hasta caer de rodillas, con una pierna flexionada y con su otra rodilla en el suelo.

Helga se quedó sorprendida al ver la agilidad del chico y tuvo que cerrar su boca al descubrir que estaba sin aliento. Arnold le sonrió tranquilamente y extendió su mano en dirección de ella, dispuesto a ayudarla a bajar en un acto completo de caballerosidad deslumbrante desde su posición de poeta novelesco a los pies de su dama.

- Tu novio es tan romántico. –bromeó la conductora, desde un lado, mirando la escena y sin poder contenerse al ver tal despliegue de arte.

- No es mi novio. –gruñó la rubia, apartando la mano del chico y bajándose de un salto, pasando de ambos y caminando hacia un gran anfiteatro- Solo es un anormal pervertido educado por monos. –masculló.

- No me educaron monos. –aclaró Arnold, levantándose y sacudiendo la tierra de su jean.

- Si, porque de todo lo que dijo eso es lo que deberías aclarar. –la castaña sonrió de costado- Puedes llamarme Janet. Yo los espero aquí afuera, como ordenó la directora. –la mujer se despidió agitando sus dedos y se subió al asiento de conductora.

Arnold sonrió resignado y corrió atrás de Helga, sorprendiéndose de la aglomeración de gente que había. Nunca hubiese esperado que un concurso de deletreo fuese a lograr tantos espectadores. El chico notó que varias preparatorias privadas, con sus relucientes uniformes estaban ahí. No solo con los participantes, sino con suficientes estudiantes para animarlos. Arnold anotó mentalmente que eso era una buena idea y debía llevarse a cabo.

- Si… Si Miriam… Estoy bien… -Helga parecía enfrascada en una conversación en el celular, esquivando a la gente que iba entrando- Yo entiendo… Pero ¿Vas a estar aquí?... –frunció el ceño un momento y luego pareció relajarse- Entonces no hay problema… Descuida, Miriam… -rodó los ojos y clavó su mirada sobre Arnold- Estoy con el cabeza de balón… ¡Mamá! ¡No! Voy a colgar… estás siendo ridícula…. ¡Voy a colgar! ¡Te lo advertí! ¡Mujer loca! –bajó el celular, fastidiada y miró a Arnold como si se extrañara que siguiera ahí parado- ¿No vas a entrar?

- ¿Qué dijo tu madre? –consultó, sin inmutarse.

En el fondo el chico se preguntaba si Helga no se aburría de darle una actitud tan huraña cuando él sabía que eso no era toda su personalidad.

- Que tardaría en llegar y que tiene unos clientes que llegaron de un vuelo desde Sudáfrica por lo que tendrá que perderse el concurso. –ella se encogió de hombros y señaló una puerta- Entrada de visitantes, yo debo ir con los participantes.

- Esta bien… nos vemos con el premio, Helga. –no dijo nada más porque había notado que ella se encontraba tranquila, entendiendo la situación de su madre y sin lucir decepcionada.

Así que no la necesitaba…

Una mezcla de añoranza y felicidad se mezcló en él. Si quería serle útil necesitaba renovar sus habilidades o pasaría a la Historia.

El lugar estaba completamente lleno, le costó encontrar un asiento adelante, pero cuando la competencia comenzó le pareció absurdo. Bien pudo haberse sentado completamente atrás o esconderse en un bote de basura que Helga no le dedicó ni una mirada. Aunque la idea le sorprendió ¿Por qué querría que le mirase? Tal vez porque la había acompañado hasta ahí y le parecía que lo menos que podía hacer era dirigirle una o dos miradas. Pero la rubia mantenía contacto visual únicamente con los jueces, ajena a cualquier otra persona. Realmente había cambiado en ese tiempo, la chica se había vuelto más segura, como si supiera que se merecía algo mejor. Aunque al mismo tiempo, si Arnold la miraba fijamente, podía encontrar a la frágil niña que encontró bajo la lluvia, manchada de lodo y pena. Pero ya no desesperada y sola, rota y sin vida, sino con un aire melancólico y delicado que le daba un grado de belleza intangible, algo que se apreciaba cuando se distraía o parecía perderse en sus pensamientos, sin interpretar su lado salvaje.

- Que distintos tú y yo. –murmuró, notando el abismo que había crecido entre ambos.

Cuando se quedó en San Lorenzo con sus padres, Helga había sido la persona que más lo había apoyado a hacerlo. Ella le había dicho que después de tanto tiempo soñando con el regreso de ellos, era obvio que ahora debía quedarse con ellos. La pequeña niña de entonces le dijo que estaría bien, que seguirían en contacto y lo visitaría en las vacaciones. Y él le creyó, de la misma manera que creyó en ella cuando le dijo que sobrevivirían a la selva o que sus padres estarían vivos. Arnold no hubiese subsistido ni una hora en la selva, pero con Helga había sido una aventura. Y dejarla ir le había costado más de lo que hubiese querido admitir. Porque por fin cuando había entendido las dos piezas que armaban a Helga, el duro exterior y el suave interior, no había querido separase de ella. San Lorenzo le había dado la claridad de decirle a la chica cuanto la amaba y pudo perderse en sus labios en más de una ocasión. Tal vez eso era lo peor, porque habiendo por fin confesado sus emociones mutuamente, había sido empujado por su amor hacia sus padres y por la misma Helga para quedarse y separarse de ella una vez más. Ambos se habían jurado, como el par de soñadores que eran, mantener una relación a distancia y antes de que Helga partiera, ambos creyeron que funcionaría y que sería perfecto.

A veces, en San Lorenzo, mientras su madre le explicaba las cualidades de algún veneno, él se encontraba reconociendo que si Helga le hubiese dicho que volviera a Hillwood, él hubiese aceptado. Y luego eso le aterraba, porque implicaba poner su afecto hacia sus padres y el afecto que tenía por ella en una lucha.

Pero si alguien le preguntaba si cambiaría su pasado, él diría que no. Su tiempo con sus padres había sido maravilloso y vivir en San Lorenzo implicó una gran aventura.

Lamentablemente no hubieron cartas que respondieran a las suyas por parte de Helga, no hubo visitas en las vacaciones y cuando sus abuelos viajaban para reunirse con él por unas semanas, traían noticias de todos sus amigos, menos de la rubia.

No, mentía, había una carta que había recibido de Helga, con tinta purpura y su delicada letra. Y en esa letra terminaba con él, confesándole que había escrito cientos de cartas pero no había tenido el valor de enviárselas. La actual Reina del Mal le había dicho que era una cobarde y sus manos temblaban cada vez que deseaba enviar una carta para él. La peor parte de esa carta había sido leer que Arnold no se merecía eso, que él se merecía algo mejor y simplemente lo liberaba.

Aunque él le escribió decenas de cartas protestando, no tuvo respuesta. Arnold luchó contra esa carta con todo lo que tenía. Las primeras cartas que envió fueron tímidas y dudosas, las siguientes fuertes y enérgicas, las últimas suplicantes y lastimeras. Al final, dejó de escribirle, porque no hubo respuesta. Y el tiempo no quitó el dolor pero si el resentimiento. No podía enojarse con ella. En el fondo la entendía, dolorosamente, porque si ella había escrito cientos de poemas para él en secreto pero había sido ruda siempre ¿Cómo exigirle que le mostrara su parte más tierna por el mismo medio que usaba para expresar su oculto arte? Le había dolido no tenerla, pero fue más doloroso ponerla en esa situación, pues ella también se merecía un novio mejor.

Años después, mientras era la chica más problemática de la preparatoria, parecía comportarse como si lo ocurrido hubiese sido cosa de niños. Claro, a él le costaba verlo de esa manera, porque si bien habían pasado años, para él había sido importante todo lo ocurrido.

No estaba pensando en amor, en ese momento, por supuesto. Pero no había duda de que hasta entonces Helga era la persona más importante para él, lo hacía reír, lo frustraba, lo enojaba, lograba ponerlo terriblemente nervioso, lo distraía tontamente, lo ponía en el límite de su paciencia, lo hacía sufrir y ponerse melancólico. Obviamente todo lo que habían vivido demostraba que no había sido ningún sentimiento infantil y le frustraba verla tan tranquila ahora.

¿Para ella había sido fácil olvidarlo…? Porque a él aun le costaba, aunque agradecía tenerla de vuelta en su vida. Pero ¿Habían sido emociones infantiles lo que compartieron ambos?

- Bueno… si fuimos niños. –apoyó su cabeza contra el respaldo de su asiento y observó el techo abovedado del anfiteatro.

Repentinamente sonaron aplausos a su alrededor y la gente se levantó en una ovación sorpresiva. Arnold observó que en el escenario se encontraba Helga, con un rostro de desinterés, mientras le entregaban un gran trofeo dorado y estrechaban su mano. El chico se levantó de su asiento y comenzó a aplaudir sorprendido ¿Cuánto tiempo se había perdido en sus recuerdos? A veces debía quitarse esa mala costumbre de ensimismarse o un día terminaría atropellado o peor.

La esperó hasta que saliera y no le extrañó que le lanzara el trofeo encima, como si fuese una bolsa de ropa sucia. No pudo ni felicitarla, porque ella estaba esquivando personas que querían hablar con ella y felicitar su destreza para deletrear complejas palabras sin necesidad de pedir el significado de las mismas. Pero Helga parecía más interesada en empujar a las personas y hacer oídos sordos a sus palabras, saliendo rápidamente de ahí.

- ¿Qué ocurre…? –Arnold se apresuró a su encuentro y ella simplemente cerró su agarre contra la muñeca masculina, arrastrándolo afuera- ¿Helga…?

- Miriam se fue con un hombre sospechoso… y no fue hace mucho. –explicó, llegando a la calle y mirando a uno y otro lado- ¡Ahí!

Y Arnold tuvo que darle la razón, un apuesto hombre rodeaba con su brazo los hombros de Miriam mientras le decía algo al oído y la hacía reír. Helga lucía visiblemente molesta y estuvo a punto de salir corriendo en esa dirección, pero Arnold la retuvo.

- ¡Suéltame, zopenco! ¿No ves que mi madre esta con otro hombre? –acusó.

Pero el chico la atrajo a él en un simple movimiento y tomó su rostro entre sus manos, paralizándola en el acto.

- Tal vez estas sacando conclusiones apresuradas ¿No crees? Pero… -respiró hondo, como si se sorprendiera de lo que iba a decir- podemos seguirlos para confirmar.

- Pero Smith…

- Le diré que te harán una entrevista y por eso vamos a demorar. –sonrió ligeramente culpable y apoyó su frente contra la de ella, sin apartar la mirada de los ojos azulados de la chica- Después de todo, la gente tiende a creerme.

Por un momento Helga pareció sonreír, Arnold no pudo confirmarlo pero la mirada de la chica se relajó y hasta mostró cierta picardía cargada de diversión. Pero al segundo siguiente lo empujó lejos de ella y le observó exasperada.

- Espacio personal, cabeza de balón ¿Cuántas veces debo decirte que respetes mi espacio personal? –acusó, cruzándose de brazos- Entonces… ¿Cuál es tu plan?

El chico sonrió, sintiendo que volvía a estar en cuarto grado y se embarcaba en sus locos planes. Aunque en esta ocasión tenía por compañía a Helga Pataki y no a Gerald ¿Qué podría salir mal?

¡Saludos Manada! Como en los viejos tiempos, complicando las cosas para solucionar curiosos problemas. Aunque los problemas de adultos pueden no siempre terminar como lo hacían en su infancia ¿No creen?

¡Nos leemos!

Nocturna4