Oh, capitán, mi capitán

Remus lee a Edgar Allan Poe.

No es que leer a Edgar Allan Poe sea algo digno de mención, ni nada fuera de lo común, cuando se trata de él. No es como si alguien fuera a preguntarle "Eh, ¿qué haces?" y él fuese a contestar "Nada, aquí estoy, leyendo a Edgar Allan Poe" como algo inquietante, que mereciese ser contado. Porque lo cierto es que Remus lee a Poe desde que tiene memoria, y decir que lo está haciendo ahora, en este mismo momento, sobre la cama, tumbado sobre un costado y encogido sobre sí mismo es como puntualizar que tiene los ojos azules o el cabello claro.

Por eso, no debería ser nada brillante, ni extraordinario, cuando Remus Lupin gira la página final del relato que ocupa su atención en ese instante, tan desgastada por el uso que parece frágil, como si fuese a romperse, y las últimas palabras se quedan atrapadas en su mente durante cinco segundos.

[…] mi cerebro se alteró cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y silenciosamente sobre los restos de la Casa de Usher.

Quizás yo también estoy en ruinas.

Deja el libro a un lado del colchón, se incorpora y suspira. En realidad, su mente está lejos de allí. Se ha ido con aquella lechuza blanca, cuyo pico negro sobresalía un centímetro o un centímetro y medio más de lo normal en las lechuzas de ese tamaño. Posiblemente es un detalle en el que nadie habría reparado jamás, pero él sí. Solo porque es él. Es él y piensa, y piensa en la lechuza, y en su pico, y en dónde estará ahora, y en la carta que le ha hecho enviar. Ya es tarde y es lo que tenías que hacer, Remus. No seas idiota.

Repite la frase para sí mismo aproximadamente cincuenta y siete veces, y después, decide que no puede más. Se pone en pie y arrastra los pies a la cocina. Lánguido, pálido, sin ánimos. Hubiera podido jurar que en ese momento, no tiene alma. Pero no puede jurarlo, porque allí, en casa, no hay nadie.

Es un niño, pero está más acostumbrado a estar solo que cualquier adulto. Sería mentir decir que no disfruta de la soledad a veces. Y cuando está solo, lee. Lee a Poe, y a Whitman, y a Yeats, y a Byron. Y no importa que solo tenga once años y aún no sepa darle a todos esos poemas el sentido que realmente tienen, porque lo cierto es que en su cabeza, tienen un significado más trascendente. Y qué más da si no sabe lo que el autor quiso decir, si cuando lee Prometeo siente que el corazón le late más fuerte y es mágico y es real, más real que él mismo. Cuando crezca, Remus comenzará a entender la poesía de verdad, pero, en el fondo, echará de menos poder leer así, con los ojos y la mente de un niño.

A veces, cuando no hay nadie en casa, se mira al espejo. Delante de gente, no suele hacerlo, porque odia lo que ve. Cuando está solo, se desabrocha la camisa un poco, los primeros botones, y repasa las cicatrices en su pecho, en la cara, el cuello. No puede mirarlas mucho rato porque pasados treinta segundos siente vergüenza y algo de miedo, y se cubre rápidamente, como si ocultándolas, las heridas fuesen a desaparecer. Le recuerdan, incluso cuando no hay luna, lo que en realidad es y siempre será.

Remus no siempre ha estado acostumbrado a estar solo. Antes no era así. Antes, cuando vivía con sus padres, siempre estaba acompañado. Y estarlo le ayudaba a olvidar sus miedos casi la mayor parte del tiempo. Después su padre murió y su ausencia nunca se despegó del suelo, del techo, el papel de pared, de la memoria. Pero aun así, Remus no se sentía solo. Porque la tenía a ella. Y unos años más tarde, ingresaron a su madre en aquel hospital muggle.

Le dijeron que estaba "en coma". Más joven, más inmaduro, repitió muchas veces en su cabeza, "en coma", y no lo entendió. No quería entenderlo. Pensó que tenía que haber alguna magia, algo que pudiera curarla. Una vez al mes, va a visitarla, y aunque los médicos dicen que no es posible, él cree que le entiende cuando habla, que sigue ahí, en el fondo. Que algún día despertará.

Desde entonces, vive con su abuela. Pero ese día, su abuela no está, y no sabe por qué, pero el caso es que no está. Si su abuela hubiera estado en casa, posiblemente se hubiera sorprendido, incluso asustado, cuando un mago de larga barba blanca y vestido con una túnica azul aparece en su cocina, con un sonoro "crac". Como si hubiese salido de la chimenea o algo así. Pero Remus Lupin no es alguien que se asuste fácilmente.

Hola, Remus, hijo. - la voz del extraño suena suave, pausada, amable. No sabe por qué, pero le transmite confianza. Sensación de hogar. - Soy Albus Dumbledore, director de Hogwarts.

Hacer enfadar a los elfos

El estallido procede de la chimenea de la cocina. El mago se incorpora rápidamente y comienza a sacudir el hollín que ha quedado impregnado en la brillante túnica aguamarina, en la capa, los brazos, el bigote, el pelo. Su expresión, aunque seria, no es la de un anciano, ni siquiera la de un adulto; bajo las incipientes arrugas repunta la despierta mirada de un niño al que parece divertir muchísimo aparecer así, repentinamente, en hogares ajenos. No le parece extraño sacar de un bolsillo interior de la capa un pequeño paquetito envuelto en papel dorado que se torna azulado con la luz de la mañana (y solo con la de la mañana) y extendérselo al niño de once años que tiene delante, que intenta parecer impasible pero está visiblemente asustado, llamándole por su nombre.

- He cogido esto de las cocinas de Hogwarts, Remus - sonríe el desconocido - Tuve la certeza de que iba a gustarte. Pero no se lo digas a los elfos; se enfadarían.

Remus no quiere aceptar el paquete. No le gustan los regalos, en realidad, y cree que lo más sensato sería desconfiar de aquel hombre, pero hay algo en él, en la amabilidad que desprende, en esa forma de hablar, que arrastra suavemente las palabras, que no se lo permite. Coge el regalo con cuidado, con una sola mano, pues no le ocupa ni la mitad de ésta. Está atado con un lazo de color plateado tan simétrico que parece insultante incluso pensar en deshacerlo, así que simplemente lo guarda.

- Muchas gracias, eh… - ¿Señor? ¿Profesor? ¿Director? ¿Tipo-que-acaba-de-aparecer-en-mi-cocina? - Señor Dumbledore. Qué… Disculpe, pero… ¿Qué hace aquí, señor?

Teme que la pregunta ofenda al mago, pero el temor desaparece rápido, cuando ve que se ríe. Se ríe. Remus no se ha considerado nunca gracioso, ni siquiera simpático para la mayoría de la gente, por lo que teme que el mismísimo director de Hogwarts se esté riendo no con él sino de él.

- Verás, hijo. - Y hay algo en esa forma de dirigirse a él, en ese "hijo", un absoluto afecto o una sinceridad extrema que hace que Remus se sienta cómodo de repente y no desconfíe más de él, de Dumbledore. - ¿Sabes cuantas cartas de admisión hemos enviado en los últimos días? - Pregunta, y después, guarda silencio un momento; un minuto, aunque realmente no espera ninguna contestación. Como si estuviera buscando muy cuidadosamente las palabras - Bueno, en realidad no tienes manera de saberlo. Pero… Han sido cientos. ¡Cientos! Las lechuzas están agotadas de volar kilómetros y kilómetros, y… ¿Sabes, Remus, cuantas respuestas negativas hemos recibido?

Él traga saliva. No es necesario que conteste para saber que ha entendido a la perfección cuál es la respuesta.

Solo la mía.

- Exacto. Solo la tuya. - Y en ese momento Dumbledore flexiona las rodillas, se agacha, se pone a la misma altura que el niño y le mira a los ojos, de igual a igual. No como director y alumno, o posible alumno. Le mira fijamente a los ojos, con tal intensidad que se siente desnudo, observado, y a la vez comprendido. - ¿Por qué no quieres venir a Hogwarts, hijo?

El nudo en la garganta del joven hombre lobo se hace más, y más grande por momentos. No se siente preparado para contestar a esa pregunta. Este hombre… Está siendo muy amable conmigo. Sin embargo… Cuando sepa cómo soy. Cuando sepa qué soy, voy a repugnarle. Va a odiarme. Va a odiarse a sí mismo por haber querido que un monstruo así formase parte de su escuela.

Mientras piensa, la mirada de Dumbledore recorre y observa sus cicatrices. Las de la cara, las únicas visibles. Una de ellas atraviesa desde el párpado izquierdo hasta debajo de la nariz. Y después, habla.

- Tienes potencial, lo veo. Lo veo en tus ojos, en tu forma de hablar. Toda tu persona desprende magia, y en Hogwarts puedes encontrar un hogar. Encontrarás amigos, familia. Aprenderás a ser mejor persona, además de mejor mago. Piénsalo.

- No puedo, señor. No puedo ir a Hogwarts - Y Remus se sorprende del sonido de su propia voz, porque hace un segundo se sentía incapaz de articular palabra, pero ahora los sonidos, las sílabas, las palabras, salen solas, como si intentara liberar, poco a poco, aquello que guarda dentro desde que tiene memoria - Soy… Soy un monstruo. Una aberración. Nadie querría tenerme cerca, con… Con otros alumnos. Soy…

- Un hombre lobo - Le interrumpe. Y Lupin palidece tanto que cualquiera podría decir que se ha vuelto transparente. Solo entonces comienza a tener miedo. ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede saber que… Que yo…? - No importa lo que seas, Remus. Hogwarts es tu casa.

Y vuelve a mirarle a los ojos, y tiene los ojos azules, azules como su túnica, y le mira tan fijamente que siente que la mirada le atraviesa, y tan profundamente que cree que podría caerse dentro de esos ojos, que le observan, y no paran de observarle, como si quisieran decirle "Acepta. Ven conmigo.".

- No puedo, señor, director, Dumbledore, no puede ser. Soy… Soy peligroso, y…

- Podremos arreglarlo para que tengas un lugar seguro donde transformarte cuando haya luna, y después, te llevaremos a la enfermería - Esta vez, la mirada se dirige, durante un milisegundo, a los cortes en las muñecas y en los antebrazos - y allí, Madame Pomfrey te curará y te sentirás mejor que nunca rápidamente.

- Pero… Yo… - balbucea. El peligroso hombre lobo no es ahora más que un cachorro.

Albus Dumbledore sostiene su varita, y con un golpe seco, otro sonoro "crac", hace aparecer un enorme baúl, con madera barnizada de color rojo. Otro golpe de varita, esta vez algo que más bien se parece a un "clic" y el baúl se abre, y dentro de él Remus distingue, además de una enorme cantidad de libros, un caldero, una balanza, pequeños recipientes de cristal brillante.

- Esto es todo lo que necesitarás en tu primer año. Bueno, quizás te hagan falta un par de calcetines… De lana. Siempre hace frío en invierno, y, bueno, no hay nada más confortable cuando hace frío que unos buenos calcetines de lana, ¿no? - El mago sonríe, de oreja a oreja. De repente, como si hubiera olvidado algo, su expresión cambia, y prosigue - Ah, y… Una varita. Te hará falta una varita. Por desgracia o por fortuna, es la varita la que elige al mago, así que estaba fuera de mis posibilidades traerte una. Pero estoy seguro de que podrás conseguir la adecuada en la tienda de Ollivander, en el Callejón Diagon.

Remus no sabe qué contestar ni cómo agradecerle todo aquello. Se sorprende a sí mismo imaginándose, varita en mano, practicando complicados encantamientos. Se imagina las cocinas de Hogwarts, llenas de pequeños elfos correteando de un lado para otro con paquetitos como el que le ha traído Dumbledore en las manos. Se imagina transformando un ratón en una lagartija, volando en escoba, preparando todo tipo de brebajes en ese brillante caldero. Y sin darse cuenta, pronuncia un "gracias", sincero, de corazón.

- No es una obligación, por supuesto, pero me encantaría verte en el Gran Comedor de Hogwarts el uno de septiembre. Y ahora, si me disculpas, tengo que irme. ¡Que pases un buen día, chico! - Exclama, y arroja un puñado de polvos verdes de nuevo a su chimenea. Pronuncia "¡Hogwarts!" alto y claro y después desaparece.

Remus, atónito, se deja caer en una silla. Iré a Hogwarts. A un instituto de magos, con gente como yo. En realidad, aún tiene algo de miedo, pero actualmente, sus temores se encuentran sepultados bajo el peso de las enormes ilusiones y expectativas.

Pasado un rato, recuerda algo: El regalo de Dumbledore. Alarga el brazo hasta el envoltorio, y deshace el lazo con cuidado. El tacto es tan suave y delicado que parece que vaya a romperse en cualquier momento, pero, por suerte, se desliza con facilidad. Al retirar el papel dorado queda al descubierto una cajita de color negro, en apariencia pequeña, pero que, una vez liberada de sus envoltorios, comienza a aumentar de tamaño; se despliega, y ahora es el doble de grande, luego el triple, cinco, seis veces más, hasta que Remus no puede sostenerla en las manos y cae al suelo, y la tapa sale despedida por los aires, dejando al descubierto el contenido.

Nunca había visto tanto chocolate junto en su vida.

Ladrarle a la luna

- ¿¡Por qué diantres no puedo tener un endemoniado perro, madre!? - brama Sirius, en medio del Callejón Diagón, mientras sostiene, de mala gana y con mucho desprecio, la jaula de una lechuza parda en su mano derecha.

- Primero, el perro es un animal sucio y vulgar. Eres un noble, Sirius Black, no un asqueroso muggle. Segundo, no se admiten perros en Hogwarts. Tercero y más importante, nunca olvides que soy tu madre y nunca podrás hacer nada más que lo que yo te ordene. ¿Está claro? - La señora Black mira a su hijo con desprecio y continúa caminando. Es el último día antes de la salida del expreso de Hogwarts, y tanto Régulus como Sirius saben que ha esperado a ese último día para hacer las compras necesarias para el colegio porque es el día que más tránsito presenta el Callejón, lleno de padres y niños de ojos grandes e ilusionados adquiriendo materiales y libros de última hora. Ha esperado deliberadamente a ese día porque a la señora Black, después de la limpieza de la raza mágica, lo que más le gusta es exhibir su presencia en público.

Sirius murmura cosas como "Espero que algún día te muerdas la lengua y te atragantes con tu propio veneno, víbora" o "Qué ganas tengo de ir a Hogwarts y librarme de ti" pero no lo suficientemente alto como para que su madre lo escuche. En realidad sabe de sobra que la lechuza - porque en ningún caso va a aceptarla como su lechuza - es realmente bonita, y bastante más útil que un perro. Aunque, a quién va a enviarle cartas si no soporta a nadie de su familia y no podría decirse que tiene amigos en el mundo mágico. A pesar de saber que en Hogwarts no se permite llevar perros como mascota, él quería uno. En ningún caso iba a llevar un sapo o una rata, y mucho menos uno de esos gatos repipis. Quiere un perro, un cachorro pequeño pero con mucha energía con el que jugar, y que después, se convierta en un animal enorme. Pero su madre odia los perros. Así que Sirius añade una línea más a su larga lista de cosas que hacer para conseguir que le echen de la familia de una vez por todas: Voy a conseguir un perro. Cueste lo que cueste y a cualquier precio.

Camina mirando al suelo y pisando fuerte los adoquines del Callejón cuando de repente, choca con alguien. Pierde el equilibro y se balancea hacia atrás, pero Sirius Black no es el tipo de persona que tropieza delante de gente así que usa todas sus fuerzas para propulsarse hacia delante y seguir avanzando. No obstante, a su progenitora no le parece tan buena idea.

- Sucia escoria, vuelve aquí y discúlpate ante el joven Malfoy o no irás a Hogwarts sino a la morgue de San Mungo - y después, el tono de voz se vuelve más agudo - hijo mío.

De mala gana, el aludido da media vuelta y observa al niño contra el cual acaba de arremeter. Es rubio, rubio platino, tan rubio que le dan ganas de propinarle una patada que le haga caer al suelo y manchar ese perfecto y pulcro cabello casi blanco en el fango.

- Y ahora, discúlpate, cariño. - Sonríe la señora Black, y es, posiblemente, la sonrisa más falsa y horrible que nadie ha visto nunca en la historia de la humanidad.

- Perdón - gruñe Sirius. Escupe la palabra como si le asqueara pronunciarla. En realidad, no se resiste, porque sabe que al fin y al cabo, hubiera tenido que hacerlo de todos modos, así que lo mejor es mantener la dignidad intacta en la medida de lo posible. Pero ese "perdón" no es una disculpa. Es una declaración de guerra.

- No te disculpes - ordena el desconocido - Como parte de la nobleza mágica y futuro miembro de la casa Slytherin, nunca debes pedir perdón. Estoy seguro de que nos hemos visto antes, pero por si acaso, me llamo Lucius Malfoy y este será también mi primer año en Hogwarts. Estoy seguro de que nos volveremos a ver, ya que compartiremos casa.

- ¿Y cómo sabes en qué casa van a ponerte?

- Es fácil. Tanto los Malfoy como los Black, unas de las pocas familias que conservan su sangre completamente limpia, siempre hemos pertenecido a Slytherin. Se lleva en los genes. No seremos la excepción, Sirius.

Sirius no sabe qué le ha asqueado más, si el hecho de que el inútil de Lucio o como se llame le haya llamado por su nombre, ese "no seremos la excepción" que le engloba a él, Sirius Black, y a esa sabandija de pelo repeinado como si fueran iguales, o el simple hecho de que el condenado chiflado se cree todas esas tonterías de la pureza de sangre, como su madre. Sigue hablando, pero ya no le escucha apenas.

- …y mi tatarabuelo, bueno, también perteneció a Slytherin. ¿Sabes qué? Me han dicho que estos últimos años han permitido incluso a asquerosos sangre sucia, ¡hijos de muggles! Ni siquiera ya sangre mixta, entrar a nuestra casa. ¡Habrase visto! ¡Si Salazar levantase la cabeza…!

- ¿En serio? No me lo puedo creer. - Dice Sirius, y la ironía está tan latente en esas dos frases que Lucius parece comprender, por fin, que no le está cayendo nada bien, e interrumpe su discurso con una tos seca.

- Bueno… Madre, padre, deberíamos continuar con las compras. - Le extiende la mano, y la estrecha de mala gana - Nos vemos en Hogwarts, Sirius.

- Sí - asiente - Nos vemos en Hogwarts. Claro que nos veremos allí.

Lucius Malfoy da media vuelta y comienza a caminar en la dirección contraria, seguido de cerca por sus padres, que, sin mediar palabra, avanzan acompasadamente y arrastrando las capas negras en el pavimento, haciendo un sonido que a Sirius le suena como a serpiente.

Si todo el mundo en Hogwarts es así, me van a expulsar al tercer día. Por homicidio.

King's Cross

El coche de los Pettigrew es un Citroën 2CV verdoso. El Sr. Pettigrew lo compró en el año 1968, de segunda mano, a un tipo francés que decía haberlo traído expresamente desde su país. Cristales gruesos y asientos con tapicería florida. Los amortiguadores no son nada del otro mundo y las calles de Londres son demasiado adoquinadas, por lo que Peter bota en el interior mientras intenta no pegarse con la cabeza en el techo.

Los baches son algo que siempre le ha molestado a Peter. Pero ese día, 1 de septiembre de 1971, un sol brillante sobre la estación de King's Cross apacigua cualquier tipo de molestia. Peter se mordisquea las uñas mientras mira a través de la ventanilla. No la abre porque la palanca lleva estropeada desde que compraron el coche. Pero no importa.

Las calles de Londres están llenas de gente, no sin razón, es hora punta. Londinenses con maletines y trajeados, mujeres peinadas con la permanente, con niños cogidos de sus manos, ancianos sentados en bancos, leyendo periódicos en los que titulares enormes rezan "Las tropas survietnamitas se retiran de Camboya". Peter no sabe dónde está Camboya, tampoco tiene ni idea de por qué las tropas survietnamitas se retiran de allí, pero no le interesa lo más mínimo.

El tubo de escape traquetea y el coche parece toser, como si tuviera asma. Peter teme que se vaya a parar y que no lleguen a tiempo, pero finalmente, el Sr. Pettigrew aparca con cuidado y demasiada meticulosidad a pesar de que el lugar que escoge está prohibido será solo un momento le dice al guardia, que vestido de uniforme lleva un largo dedo enguantado a su reloj de muñeca, réplica de la Torre de Londres dense prisa.

La Sra. Pettigrew abre la puerta trasera con esfuerzo y Peter salta a la acera con renovado entusiasmo. Mientras ella saca las maletas del pequeño maletero, el chico levanta la cabeza y sonríe. Mira el reloj, las enormes cristaleras y su corazón comienza a latir más rápido de lo que el segundero avanza. Pone la mano sobre las cejas para poder ver con más detalle, pero su madre le apremia llegarás tarde.

Los dos caminan. Arrastran el baúl de la mejor forma posible y la Sra. Pettigrew dirige. La estación está llena de gente, gente con prisa, gente que va a trabajar. Pero Peter no va a trabajar. Peter va a cumplir su sueño. Un sueño que está ahora al alcance de sus regordetes dedos. El niño mira los paneles con salidas de trenes, escucha por los altavoces las últimas llamadas de atención, ve a una pareja correr de la mano para no perder un autobús, y cuando quiere darse cuenta, su madre y él se encuentran entre los andenes número 9 y 10.

- Andén 9 ¾, Peter.-susurra la señora Pettigrew.

- El andén de los sueños. - murmura Peter tan bajito que nadie puede escucharle.

Un chico moreno y corpulento, acompañado de una chica y un señor mayor mira a izquierda y derecha y desaparece delante de sus ojos.

- Peter - la Sra. Pettigrew se agacha y le pone las manos en los hombros. Sus labios pequeños, pintados con carmín rojo carmesí sonríen. Su piel cuidadosamente maquillada para la ocasión parece mucho más joven. Sus ojos, marrón pálido, iguales a los de su hijo brillan con orgullo -. Sé que todo irá bien. Siempre estaremos orgullosos de ti.

- G…-su propia voz se le atraganta. Peter no habla mucho-Gracias mamá.

Ella se queda rígida, mirando los ladrillos. Peter sabe que no le va a acompañar, por eso, coge con la mano el baúl que es casi más grande que él y cierra los ojos con fuerza mientras intenta traspasar esa barrera mágica.

Humo.

Risas. Muchas risas jóvenes.

Y Peter, después de abrir los ojos y contemplar la enorme máquina negra y brillante, ríe como ellos.

La varita elige al mago.

Es muy temprano por la mañana del día de la salida del Expreso de Hogwarts y Remus está tumbado en su cama, hojeando su libro de Transformaciones y pensando que es irónico que vaya a tener que estudiar la asignatura de Transformaciones cuando, precisamente, de transformaciones sé más que nadie. No ha dormido en toda la noche, demasiado nervioso ante la expectativa de ir al colegio de magos. Ha empaquetado todas sus pertenencias en orden de importancia: Esto quiere decir que lo primero en introducirse en el enorme baúl rojo han sido sus libros favoritos, además de los de texto. Antes de recibir su carta, Kafka, Salinger, Goethe, Miller y, por supuesto, Baudelaire, eran para él el sinónimo de magia, y de ninguna forma podía concebir el hecho de que sus mejores obras no le acompañasen allá donde fuese. Sus páginas descansan en el fondo del equipaje, salvo La metamorfosis, que espera impaciente en el bolsillo interior de la gabardina demasiado grande y quizás, demasiado gruesa - En Londres, el verano arrastra sus últimos días y aún no hace apenas frío - sin la que Remus no sale nunca de casa en cuanto comienza septiembre. Es frágil y cualquier mínimo cambio de temperatura repentino le hace caer enfermo. Aunque, en ese momento, es su salud lo que menos le preocupa; cuenta las horas para dirigirse a la estación.

Se levanta y camina hacia el escritorio, colocado bajo la ventana de su habitación para aprovechar mejor la luz diurna, y coge una chocolatina de la enorme caja con la que, semanas antes, Albus Dumbledore le había obsequiado. Pierde unos segundos observando el paisaje desde su cuarto: Hace poco que ha amanecido, y el cielo aún conserva tonos anaranjados y rojizos. Piensa en el director de Hogwarts, en si realmente tiene el potencial mágico que él confía en que tiene, en si va a decepcionarle. Y como si hubiera entendido sus preocupaciones, una lechuza parda de mirada despierta se posa en el alféizar de su ventana, sujetando un sobre en su pata derecha. Remus se sobresalta y abre la ventana a toda prisa, la deja entrar; acaricia sus plumas durante unos segundos y después, recoge la carta, no sin cierto temor.

Remus,

Espero que estés bien, hijo. Enviaba esta lechuza para recordarte que hoy, uno de septiembre, los alumnos (o futuros alumnos) de Hogwarts han de acudir a la estación King's Cross, andén 9 y ¾, para tomar el tren que les traerá hasta aquí. Espero verte allí, Remus.

Por otro lado, supongo que no has comprado tu varita. En mi entusiasmo por tratar de convencerte de que vinieras al colegio, olvidé decirte cómo llegar hasta el Callejón Diagon: camina hasta el final de Charing Cross Road y después, tres horizontales y dos verticales.

Albus Dumbledore

Remus llega al final del pergamino respirando entrecortadamente. Lo deja caer sobre el escritorio.

No puede ser.

La varita.

He olvidado comprar la varita.

Sin pensárselo dos veces, se viste. En otras circunstancias, posiblemente hubiera pasado una gran cantidad de tiempo deliberando sobre si vestirse con la túnica o, por el contrario, utilizar ropa muggle y cambiarse una vez allí, en el colegio. No obstante, no tiene tiempo para pensar: Alcanza unos vaqueros oscuros, uno o mejor dos jerséis, la gabardina y una larga bufanda de color gris que ha de enrollar muchas veces alrededor del cuello y sale de casa.

Cuando ya esté en Hogwarts y hayan pasado unos días, se arrepentirá de haber salido sin despedirse. Pero en ese momento y por una vez, Remus Lupin hace las cosas sin pensar.

Cierra la puerta, deja tras de sí todo lo que ha sido su vida hasta entonces y baja las escaleras del piso de tres en tres.

Charing Cross Road está, por fortuna, cerca de la casa de su abuela. Recorre rápido las calles, arrastrando con una sola mano el baúl con una fuerza que nunca se hubiese imaginado que tenía. La calle aún está desierta. Es normal que no haya nadie, deben ser las nueve de la mañana. Los comercios no han abierto todavía, tan solo un par de cafeterías de aspecto victoriano tienen las persianas levantadas, pero no hay clientes. Y cuando llega al final de la avenida, allí no hay nada. Tan solo muros de piedra de aspecto abandonado.

Se apoya sobre uno de ellos, deja el baúl en el suelo, introduce las manos en los bolsillos y suspira.

Qué se supone que debo hacer ahora.

Y la respuesta llega sola. Como una intuición, Remus da media vuelta, hacia la destartalada pared en la que hace un segundo ha parado a descansar.

Tres horizontales y dos verticales.

Golpea los ladrillos con toda la fuerza que le queda. Tres horizontales, dos verticales. No está seguro de que vaya a funcionar, pero funciona. El corazón le da un vuelco. Y si alguien le hubiese preguntado en ese momento que qué es la magia, Remus hubiese contestado que la magia era esa sensación. La sensación cuando el muro se abre y deja ver otra calle, escondida detrás, una calle que a diferencia de la que se encuentra a sus espaldas y a pesar de que es temprano, se muestra llena de vida y de gente.

Sabe que tiene prisa pero es imposible resistirse a detenerse en cada escaparate. A su izquierda, ululan las lechuzas de todos los colores, tamaños y formas; a la derecha, tras la vidriera, decenas de túnicas de gala. Brillantes calderos, balanzas de oro y de plata, telescopios. Le deslumbra la enorme escalinata de mármol hacia Gringotts y, en una terraza, un grupo de magos jóvenes charlan animadamente mientras toman helados de crema y caramelo. Lee todos los carteles: "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones" "Flourish & Blotts" "Artículos de calidad para el Quidditch" "Gambol & Japes" y, finalmente, "Ollivander - Fabricantes excelentes de varitas desde el 382 a. C."

El escaparate no es tan ostentoso ni colorido como el del resto de locales, y tan solo muestra un roído cojín de color púrpura sobre el que reposa una única varita. Remus rebusca en sus bolsillos y encuentra unas cuantas libras muggles que, espera, sean suficientes para pagar la suya.

La tienda consiste en cientos de estantes, unos al lado de otros, llenos de cajas y más cajas, amontonadas unas encima de otras, de forma que parece que si extraes la primera de todas, a la altura del suelo, todas las demás van a derrumbarse. El dependiente, ya entrado en años, tiene el pelo cano y los ojos blancos pero brillantes e inteligentes, y le observa fijamente.

- Buenos días, señor - saluda Remus, intentando sonar todo lo respetuoso que puede, a pesar de que no sabe muy bien qué decir - Venía… Es decir, me gustaría… Si no es molestia… Comprar una varita, señor. Es mi primer año en Hogwarts.

- ¡Oh! ¡Le estaba esperando! - exclama el anciano - Dumbledore me avisó de que venía. Dejando las compras para última hora, ¿eh? Será mejor que la próxima vez no te demores tanto, ¡o perderás el Expreso! Me llamo Ollivander, joven.

- Remus Lupin, señor. Sí, verá… - titubea - No… No sabía cómo llegar hasta aquí. Tampoco sé mucho de varitas, no sé cuál debería escoger, ni…

- ¿Escoger? - Remus no sabe dónde está la gracia en lo que acaba de decir, pero lo cierto es que aquel hombre se está riendo como si acabase de hacer un chiste muy, muy gracioso - La varita escoge al mago, muchacho. No podemos hacer nada para escogerla nosotros. Son ellas… ¡Tan caprichosas! Así que, dime… ¿Con qué mano sujetas la varita?

- Bu-bueno, soy diestro, señor.

Ollivander le observa durante algo así como un minuto. De abajo a arriba, primero, se detiene un poco en el rostro, después. Acto seguido, se gira hacia uno de los estantes y recoge cuatro cajitas estrechas pero largas, y las pone sobre el mostrador.

- Primero esta, joven. Veintitrés centímetros. Roble. Fibra de corazón de dragón. Ligeramente flexible. ¡Agítala!

Remus duda un segundo y después, coge la varita con todas sus fuerzas y agita. No sucede nada.

- ¡Oh! Bueno, no importa. El primer intento no siempre sale bien - Coge otra de las cajas, la abre y extiende su contenido hacia el cliente. - Veintiún centímetros, Ébano. Núcleo de pelo de cola de Unicornio. Inflexible.

La sostiene con la mano derecha, firmemente, y vuelve a agitar. Esta vez sí, un estallido de color azul emerge de la punta, choca contra el techo y rebota hacia el suelo, dejando tras de sí una estela blanca. Finalmente colisiona contra el escaparate y se disuelve en pequeñas chispas que vuelan en todas las direcciones.

- ¡Perfecto! ¡Perfecto! La varita le ha elegido, muchacho. - Ollivander parece fascinado, y no sabe por qué, pero Remus también sonríe. Ha sido él. Ha sido él quien la ha hecho funcionar. - Dumbledore la dejó pagada, así que puedes llevártela. ¡Disfrútala!

Cuando sale del callejón, son las diez de la mañana. Por primera vez, es consciente de que el Expreso de Hogwarts sale a las once.

No puede ser que vaya a llegar tarde.

Al pequeño y frágil Lupin apenas le han dejado salir de casa solo, así que no tiene ni la menor idea de cómo funciona el metro. Y no hay tiempo para averiguarlo. Ni siquiera sabe dónde está la estación. Sin saber hacia dónde, corre, sin apenas ya sentir las manos por el peso del baúl, y sin ningún rumbo. Tan solo quedan ya cuarenta y cinco minutos para la salida del tren y Remus está perdido en Londres sin saber qué hacer. Así que coge un taxi. El taxista, sin dejar de asombrarse por su edad - a pesar de tener once años, por su delgadez, aparenta un par menos - le pregunta cuál es su destino.

- ¡A King's Cross! - exclama, visiblemente nervioso. Durante el trayecto, corto, por fortuna, el niño rebusca bien todos sus bolsillos en busca de monedas.

- Serán siete libras libras, jovencito.

Remus solo tiene seis libras así que se las entrega y se baja del coche todo lo rápido que puede, al grito de "Disculpe, ¡llego tarde!" para no dar tiempo al taxista a darse cuenta de que le ha pagado una cantidad insuficiente. Siente remordimientos, pero no hay nada más que pueda hacer.

Ya en la estación, busca desesperadamente el andé . El andén 9 está ahí, justo delante suyo, y el andén 10 unos metros a la derecha. Del andén 9 y ¾, ni rastro.

Camina, inquieto, nervioso, de un andén a otro, casi corriendo y al borde del llanto. Son las once menos cinco minutos cuando, como por arte de magia, un desconocido, que parece también llevar mucha prisa, pasa a su lado e inintencionadamente le empuja contra la pared entre los andenes 9 y 10.

El desconocido comienza a disculparse, pero Remus no le escucha. Cierra los ojos, como acto reflejo, se prepara para el dolor del impacto; pero el impacto no llega, y cuando los abre de nuevo, el Expreso de Hogwarts está a tan solo unos metros de él.

El andén 9 y ¾.

Alcanza a subir en el último momento antes de que la locomotora se encienda, sorteando padres emocionados, niños pequeños que lloran, ancianos con la mirada orgullosa. Todos ellos vestidos con túnicas. Magos. Sube el último de todos los alumnos, pero qué importa si ya está allí y nadie va a impedir que llegue al colegio.

Busca un asiento vacío y no lo encuentra hasta casi el final del tren. Abre la puerta corrediza del compartimento y entra a trompicones. Se sienta al lado de una chica pelirroja de su edad que es muy guapa, vaya y frente a un chico vestido con una túnica negra, muy oscura, y mira por la ventana, callado, con el pelo negro tapándole el rostro.

En el interior del vagón, Remus se sumerge en las páginas de La metamorfosis; en el andén, padres y familiares despiden con la mano al Expreso, que pronto acelera y es apenas visible en el horizonte, del tamaño de un pequeño escarabajo.