Capítulo IV
No había resultado tan fácil como Arnold había pensado como sería en un inicio. Los dos chicos se escabulleron entre la gente, siguiendo a una moderada distancia a la madre de Helga con su peculiar acompañante. Pero no tardaron un minuto en darse cuenta que serían descubiertos fácilmente si Miriam simplemente decidía regresar a ver hacia atrás.
- ¡Escóndete! –urgió Arnold, empujando a Helga a un callejón cuando la pareja se detuvo sorpresivamente y atentaron con mirar hacia atrás.
La chica maldijo por lo bajo, se estaba comenzando a cansar de meterse en callejones sucios, quedando atrapada contra la pared y con Arnold apretándose directamente a su cuerpo, mientras espiaba hacia la calle.
- Mejor regresamos… -murmuró la chica, empujándolo con desgana.
Ni siquiera tenía el humor suficiente para recordarle que la gente común, en Estados Unidos, no se la pasaba tan cerca del resto de gente. Bueno… tampoco se apretaban entre sí con la excusa de esconderse. Pero se trataba de Arnold y sus tendencias poco comunes.
- ¿Acaso te estas rindiendo? –preguntó sorprendido Arnold.
- Me estoy cansando. Si Miriam esta con otro hombre…
- Eso no lo sabemos.
- …no es de mi incumbencia. –se cruzó de brazos y observó a un costado- Solo me decepcionan las horas entregadas a terapia que desperdiciamos… -susurró, aunque no muy sincera.
- Entraron a una cafetería… -murmuró el chico, sin darse por vencido y la tomó de la mano- Ven, vamos…
- Voy a ponerte una orden de restricción… -murmuró la chica, siendo arrastrada por él en dirección contraria de la cafetería y entrando a una tienda que ni siquiera pudo ver de que iba- Pero ¿Qué demonios…? –murmuró.
Y notó que estaban en un local que vendía disfraces. Una pequeña, simple y abarrotada tienda.
- Que conveniente. –comentó con sarcasmo Helga, notando como su acompañante se ponía a buscar rápidamente entre los disfraces, haciéndole preguntas rápidas al dependiente- Voy a vigilar que no salgan de la cafetería…
Aunque pareció que Arnold no escuchó sus palabras, pues seguía hablando apresuradamente con el hombre. Helga se apoyó contra la puerta de cristal del establecimiento y frunció el ceño al mirar su muñeca ¿Cuántas veces él la había tomado de ahí? ¿O de su mano? ¿Cuánto tiempo llevaba él encontrando natural acercarse tanto a una chica como para apoyar su frente contra la de ella? Una punzada incómoda rasgó su pecho. Casi sonrió con crueldad y apretó su agarre contra la puerta del establecimiento. En un libro había leído que no importaba cuanto tiempo hubiese pasado, aquello que una vez te perteneció siempre lo sería, así que los celos por antiguos amores eran normales. Entonces ¿Era eso lo que sentía? ¿Celos sobre viejas y olvidadas cenizas? ¿Era normal que cuándo pensaba en Arnold haciendo todo eso con otra chica, su corazón parecía retorcerse con sensaciones amargas del pasado? Lo que esperaba es que así fuese, que simplemente fuese como el fantasma de una parte de su cuerpo que hubiese sido amputada, dándole cosquillas de vez en cuando, pero sin estar ahí. Porque simplemente no estaba de humor para repetir el paseo panorámico y doloroso "Arnolandia".
Después de siete años separados, nadie podía esperar que su vida se hubiese estancado ¿Verdad? ¡Eso sería ridículo! Realmente hubiese sido melodramático pensar lo contrario. Ella había seguido con su vida. En un inicio buscando ese valor y esa seguridad de los que carecía cuando se hablaba de ser sincera consigo misma y continuando con un camino de auto-respeto.
En un inicio había pensado ser indigna de Arnold cuando sus estúpidos nervios habían arruinado su oportunidad con el chico. Nervios, cobardía, defensas, inseguridad… y poco amor propio. Porque eso había sido lo que más le había golpeado, lo que realmente indicaba el núcleo de sus fallas. La falta total de seguridad en sí misma, de creer que podía conquistar y merecer a un chico como Arnold en lugar de solo tener que poseerlo en las sombras, por creerse menos que gente como Ruth o Lila.
Helga había creado, como toda alma abandonada, un Dios, pero ese Dios era de carne y hueso, de cabellos como el oro, mirada de esmeralda y con un poder sanador más allá de cualquier entendimiento humano. Ella había basado su felicidad, su necesidad de afecto, de familia, de reconocimiento en él. Por suerte, en algún momento en verdad había creado sentimientos románticos por Arnold y no solo por la idealización que había construido de él. Pero hasta cierto punto había sido un romance construido en la infancia. A veces se preguntaba cuántas personas habían sentido un amor desde tan corta edad que durara por tantos años ¿A alguien le había durado ese amor hasta la adolescencia? ¿La adultez? Eso sonaba ridículo.
Aunque ella había encontrado algo diferente cuando su Dios se quedó en San Lorenzo. No, no habían sido nuevos amores los que llegaron a su vida cuando él se fue, pero si la realidad y el amor propio. Algo innovador y desconocido para ella por tanto tiempo que cuando por fin se descubrió y llegó a amarse, se sorprendió de haber vivido tanto tiempo sin hacerlo. Y no solo amarse, sino aceptar que se merecía cosas, sensaciones, vivencias y experiencias.
Pero desde que Arnold había vuelto a su vida, parecía reclamar un punto medio. No se comportaba como cuando eran niños ni tampoco como el tan corto tiempo en que fue su novio en San Lorenzo. No le parecía injusto que el chico quisiera su trato especial. En realidad, le era halagador porque no era tonta, Arnold también la tenía posicionada en un lugar exclusivo en su vida. Él solo quería un trato igual al que él le daba, así que se sentía merecedor de algo así ¿Eso lo hacía prepotente? No, lo hacía un chico que estaba seguro de sí mismo, algo que ella también había aprendido a ser.
Así que ahora eran dos adolescentes seguros de sí mismos en un tipo de relación amistosa de lo más… amistosa. Si, se podía decir.
Helga regresó a ver sobre su hombro, notando como Arnold parecía escoger sombreros femeninos de ala ancha y le lanzaba una pequeña sonrisa, amigable e inofensiva.
Exacto, él había proclamado un trato especial, un vínculo especial con ella, como si el hecho de que conociera sus secretos le hiciera creer, inconscientemente, que podía estar zumbando alrededor de ella, con naturalidad. Arnold no se le insinuaba, ni le hacía sentir que tuviese sentimientos románticos por ella. Claro, tampoco parecía inmune a ella del todo porque se le quedaba viendo como tonto, pero no iba a sacar conclusiones apresuradas de eso. Después de todo, sus pretendientes hacían lo mismo y no significaba que estuviesen enamorados. Simplemente parecía que Arnold tener la confianza y seguridad de llevar acabo cosas que de niño nunca había hecho.
- Bueno, ya no somos niños tampoco. –se dijo en un susurro.
- ¿Dijiste algo, Helga? –
La chica dio un respingón al notar al rubio apenas a unos pasos atrás de ella.
- Que te demoras terriblemente. –masculló, defensiva, cruzándose de brazos. Si, había cosas que no cambiaban.
- Solo quería escoger algo bonito para ti. –admitió tranquilamente Arnold enseñándole la ropa que tenía en sus manos.
Y ahí venía el contraste, se dijo Arnold, el abrupto cambio de actitud que le gustaba tanto. Los hombros de Helga se relajaron, esa arruga que se formaba en su entrecejo se eliminó, sus ojos se abrieron con sorpresa, sus labios se entreabrieron apenas y sus cejas se elevaron. Sorprendida, halagada al punto que el sonrojo se atrasaba en llegar como en un efecto retardado. Y todo cambiaba en un par de parpadeos. A veces tres. A veces dos. En esa ocasión fueron tres y ella cambió su reacción a indiferencia, pero Arnold ya sabía, que después de tantos años, aún tenía esa ligera sonrisa oculta, que forzaba la comisura de su labio derecho, tentándolo tanto que deseaba decirle que se relajara, que era normal que un caballero se preocupara por una dama, que era elemental que él le dedicara un pensamiento, dos, tres o muchos más que al resto de personas. Pero no lo hizo, porque sonaría a que estaba coqueteando o Helga podría creer que tenía afectos por ella que no existían. Y no quería volver a herirla como cuando eran niños.
Nunca más.
- Dame eso. –tomó de entre las manos del chico la ropa y se fue a un probador, sin siquiera mirar que había ahí.
Arnold se quedó afuera, con una sonrisa ladeada, sin extrañarse ya de sus acciones. Simplemente sacó su billetera y pago de antemano el alquiler de todas las cosas que había escogido. Él por su parte se puso encima de su camisa una chaqueta deportiva negra con logos de flamas en las mangas y en la parte baja de la misma. Al parecer eran parte de un disfraz de algún personaje que no reconoció en absoluto. Pero él había escogido ese atuendo porque la capucha era ancha. Así que se la echó encima para ocultar su cabeza en las penumbras. Al mismo tiempo se puso unas gafas oscuras rectangulares y decidió no pensar cuantas normas estaba quebrantando en nombre de Helga.
- Debo admitirlo, cabeza de balón… el tiempo en la jungla te dio algo de sentido común en los gustos. Por un momento pensé que me darías la faldita escocesa que usabas.
Él estuvo a punto de replicar pero se contuvo. No iba a seguir con su juego. Menos cuando no parecía Helga. La chica tenía una gabardina purpura hasta sus rodillas, ajustada a la cintura y torso, un sombrero de ala amplia del mismo color y todo su cabello rubio estaba oculto en una peluca negra recogido en una coleta a su costado derecho con el largo cabello cayendo sobre su hombro hasta su pecho. No era Helga, era… algo sofisticado y delicado que incomodó a Arnold hasta la médula.
- Te ves… diferente. –ella asintió a su curioso cumplido y buscó su billetera pero él negó rápido- Yo ya pague.
- No creas que con ropa y accesorios vas a meterte en mis pantalones. –bromeó la chica y pasó de él hasta salir del establecimiento. Sin percatarse que había dejado al chico boquiabierto.
Casi se coordinaron mentalmente, se encaminaron a la cafetería y entraron. Helga casi se detuvo de golpe cuando encontró que, al fondo de la misma, estaba su madre conversando animadamente con el apuesto hombre. Ambos platicando animadamente.
Él con la mano sobre la de Miriam.
Él inclinándose hacía Miriam de manera sospechosa.
Él tomándola del mentón, un segundo apenas, pero notándose ella relajada.
Él…
- ¿Mesa para dos? –una mujer se interpuso entre ambos, ocultándole la vista a Helga.
- Una mesa…
- Ahí. –apuntó la rubia, señalando un lugar desocupado en la parte frontal de la cafetería pero que tenía perfecta vista hacia la mesa donde estaba Miriam y ese sujeto.
La mesera los guio y Arnold tuvo que pedir dos cafés porque Helga tenía la mirada clavada sobre su madre, completamente seria.
- No puedo creerlo… -masculló, sorprendida de lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos- No puede ser…
Y ese hombre sacó de su chaqueta una caja roja y se la extendió hacia Miriam. La mujer la tomó con cuidado, abriéndola como si fuese a descubrir una reliquia en ella. La mirada azulada de la mujer se iluminó y se extendió para abrazar al desconocido. Obviamente el detalle había sido de su total agrado, pues el hombre reía a buen recaudo.
Helga se quitó el sombrero y dejó caer su cabeza contra la mesa, cerrando los ojos. En ese momento una mesera se acercó a ellos y mientras Arnold acariciaba la espalda de la rubia, le explicó que no sucedía nada.
- ¿Helga…? –susurró el chico, no muy seguro de qué hacer en ese momento- No puedes sacar conclusiones apresuradas.
- Claro, porque todo el mundo regala joyería a sus amistades… -murmuró contra el mantel- Yo estaba segura que las cosas estaban saliendo bien entre mis padres. Pero una vez más, confirmo que no soy exactamente conocedora de las ecuaciones del amor.
- Te aseguro que debe haber una explicación ¿En verdad crees que tu madre le haría algo así a tu padre? –consultó en un susurro.
La chica levantó su rostro de golpe y lo observó fijamente.
- ¿Recuerdas cuando compartimos esa casa en la playa? ¿Tu familia y la mía? –el chico asintió- ¿Sabes qué hacía mi madre mientras estabas ocupado siendo engañado por una chica y yo intentaba advertírtelo?
- Intentabas arruinar nuestro tiempo juntos… -corrigió el chico, sonriendo suavemente de lado.
Después de tanto tiempo, tenía sentido el pasado y todo se volvía un agradable recuerdo que a él no le molestaba rememorar.
…pero al parecer para ella era diferente, pues apartó la mirada, visiblemente molesta y no dijo nada hasta que los cafés llegaron. Ahí, intentó esconder su sonrojo atrás de la gran taza y lo observó visiblemente fastidiada.
- A lo que voy. –retomó, advirtiéndole con la mirada que limitara sus comentarios- Ella pasó coqueteando con un sujeto… un instructor de baile… -agitó la mano como si espantara un insecto- No recuerdo su nombre.
- Ah… ¿Y cómo sabes que estaba coqueteando? –entrecerró los ojos el chico, mirando disimuladamente hacia la mesa donde Miriam y el desconocido charlaban animadamente.
- Él le ofreció clases gratis y ella aceptó… y de música como salsa, rumba, flamenco… todos esos bailes tan… -entrecerró los ojos y bajó la voz- de contacto.
- ¿Y eso te parece coquetear? –se sorprendió- ¿En serio?
- ¿Sabes que ese instructor es hermano de la directora de nuestra preparatoria? –acusó- Me enteré por ella de esas clases. Miriam ni siquiera me lo dijo, como si fuese algo malo… Porque debes admitirlo, si no me lo contó fue porque tenía algo que le avergonzaba.
- Oh no vio necesario decírtelo…
- ¿Qué tan tonta fui para no darme cuenta en ese tiempo? ¿Qué estaba pensando?
- O estabas muy ocupada intentando apartarme de Summer. –apuntó Arnold y por un momento juró que Helga iba a lanzarle su taza de café en la cara, por lo que prefirió hacer como ella y ocultarse atrás de la propia.
- Y vino la directora, toda… encantada… diciéndome que su hermano le había dicho que Miriam había sido una espléndida alumna y que quería volverla a ver ahora que vivía en Hillwood… la directora pensó que eso animaría a mi madre… Obviamente nunca se lo dije a Miriam. -masculló y dejó caer la taza sobre el plato con algo de fuerza- ¿Entiendes? Ese hombre –señaló a la mesa de su madre- puede ser… como el instructor de baile.
- Helga… puedo jurarte que exageras. –negó resignado- Te lo puedo asegurar. Ni antes ni ahora está pasando algo raro.
- Eso pensaba sobre lo del instructor pero viendo esto… pues me hace dudar. –la chica rápidamente se ocultó contra el menú y Arnold solo la imitó cuando escuchó la voz de Miriam y de ese hombre acercarse a ellos y luego alejarse hacia la salida- Hay que seguirlos…
- Hay que pagar por los cafés… -susurró el rubio.
- Tú has eso, yo no planeo perderlos de vista.
Y antes de que Arnold se pudiese quejar, vio a la chica salir casi corriendo de la cafetería, dejándolo dividido entre seguirla o no. Al final la moral pudo más que él, sacó más dinero de lo necesario y lo dejó en la mesa, corriendo atrás de Helga. Si lo pensaba… si eso fuese una cita, le estaba saliendo terriblemente cara y nada íntima.
Aunque claro, no era una cita.
Salió corriendo fuera de la cafetería, disculpándose con una mesera que casi dejó caer su bandeja al pasar él tan cerca de ella. Ya en la calle buscó a un lado y al otro, sin rastro de Helga o de su madre. Hasta que alcanzó a ver a la mujer entre la multitud y se apresuró por el camino.
En ese momento una mano le tomó del brazo y lo jaló dentro de un callejón.
Bien, era ese tipo de días.
- Tenemos algo con encontrarnos en este tipo de lugares ¿No? –bromeó, sin extrañarse que fuesen las manos de la chica sobre su chaqueta y forzándolo a pegarse a su cuerpo para perderse en las sombras- Pensé que… no te gustaba que invadiera tu espacio personal. –lanzó una mirada hacia abajo y tragó en seco, notando como a través de la gabardina podía ver muy bien, en caída suicida, el escote de la chica perlado por un ligero sudor por estar corriendo de un lado a otro. Arnold se recordó que los caballeros no contaban las ocho gotitas que tenía el escote de una dama y apartó la mirada. La adolescencia parecía ser una prueba para graduarse como caballero… y estaba fallando ¡Y tan bien que le había ido de niño!
- ¿Qué estás mirando? –a pesar de la peluca negra y el sombrero que la ocultaba, Helga seguía siendo Helga… tal vez ligeramente como un personaje de novela de detectives, la peligrosa mujer que nadie debía confiar porque solo traía problemas, de…
- Labios… -sin darse cuenta se le escapó su pensamiento, recordando que siempre esos personajes tenían peligrosos labios pintados de carmesí- Digo, lazo… -se apresura a corregirse- Aun tengo tu lazo.
Fue todo lo que se le ocurrió y Helga levantó la mirada con sorpresa, sin realmente entender por qué sacaba a colación el tema. La sintió temblar contra su cuerpo y deseo abrazarla, porque parecía que había cometido un error. No había nada malo en mostrarle su afecto de una forma tan inocente ¿No? Pero tal vez ella pensaría que tenía otras intenciones. Y no quería herirla… Más cuando estúpidamente había dicho labios…
- Me lo imaginé, nunca creí que se lo darías a alguna chica como regalo cuando estuviste allá. –respondió ligeramente mordaz, entrecerrando los ojos.
Cuando se habían separado en San Lorenzo, Helga se había soltado su perfecto moño rosa y se lo había entregado, como un regalo o mejor dicho, un juramento. Algo que hablaba sobre sus sentimientos. Cuando el padre de Arnold vio el trozo de tela rosa, le contó a su hijo que en Japón creían en el hilo rojo del destino que conectaba a dos personas. Por años Arnold pensó que tal vez lo que lo que le unía a Helga era un lazo color rosa…
- No conocí a ninguna chica que le quedara tan bien. –bromeó, encogiéndose de hombros. Y deseo decirle que lo tenía en su casa, junto a su libro de poemas y el zapato de Cecile.
- Tan simpático… -lanzó una mirada hacia la calle- Para que veas que tengo razón… ellos entraron a una tienda de lencería ¿No te parece sospechoso?
- Estoy seguro que hay una explicación para todo… -aunque ya no estaba tan convencido.
Él no se sentiría cómodo si una amiga le llevara a una tienda así, ni mucho menos él sugeriría entrar a ese lugar. Pero, debía haber una explicación ¿No? Una muy lógica…
- Admite los hechos cabe… -la chica se cortó cuando notó a su madre salir acalorada de la tienda de lencería, riéndose abiertamente, tomada del brazo del hombre junto a ella, quien tenía una bolsa en su mano.
Ambos se detuvieron en la calle, mientras Miriam golpeaba el hombro del desconocido y negaba resignada. El hombre lucía divertido y sorpresivamente sacó un sostén de la bolsa. Arnold apartó la mirada rápidamente ¿Las mujeres se ponían eso? Todo negro, con encaje y transparencias, tirantes que dejarían ver la piel femenina a través de estos, en la parte inferior en forma de corsé con lazos rosas que ajustarían de tal forma los senos hasta formar un provocativo escote levantado…
Repentinamente la presencia de Helga desapareció de su lado. Cuando la buscó desesperadamente la encontró ya corriendo hacia los adultos.
- ¡Helga! –gritó, abatido, intentando darle alcance pero su voz solo advirtió a Miriam y a su acompañante del inminente encuentro.
El hombre nunca supo que pasó, de repente vio a una extraña chica que iba desvistiéndose hacia su dirección. Así, voló la gabardina, el sombrero y la peluca. Antes de poder decir algo, Helga saltó hacia él y lo tumbó en el suelo, lo levantó del cuello de su costosa chaqueta y levantó su puño amenazante.
- ¡Tal vez mi padre no esté aquí pero estoy segura que desearía hacer lo que planeo hacer contigo, maldito desgraciado! –juró, lanzando su puño hacia atrás.
Le hundiría su bonita nariz dentro del cráneo a pesar de los gritos de su madre. Pero una mano sostuvo su puño, furiosa regresó a ver y se encontró con Arnold, agotado y acalorado mirándola fijamente. Por un momento le observó sin entender, confundida ¿Él también había botado la chaqueta que había alquilado? Pero en la mirada de Helga se leían miles de preguntas ¿Por qué no la dejaba atacar? ¿Por qué no comprendía lo importante que era defender a su maltrecha familia? ¿Por qué…?
- Escucha… -rogó Arnold, arrodillándose junto a ella, sin soltar su puño.
Y Helga notó que el latido de su corazón había estado cegando cualquier otro estímulo auditivo. Aun le costaba comprender como todo se había acallado excepto la voz del rubio, pero no luchó contra ello. Solo prestó atención… y todo tuvo sentido.
- ¡Helga! ¡Suéltalo! ¡Es un amigo! ¡Un amigo! –rogaba Miriam, tapándose la boca, completamente alarmada, sin saber qué hacer. Pero al mismo tiempo el desconocido hablaba, con una risa nerviosa bajo su peso.
La chica lo miró, completamente pálido y temblando, reía como lo hacían los condenados a muerte que sabían que no existe esperanza para ellos.
- No es lo que piensas… -el hombre rodó los ojos cuando ella solo entrecerró los ojos y gruñó- ¡Soy gay! –gritó, tan alto como pudo por el miedo. No siempre una fiera del tamaño y delicadeza que parecía tener Helga podía inmovilizar a un hombre adulto, ni mucho menos asustarlo de muerte.
- ¿Gay? –la rubia perdió toda fuerza y Arnold pudo jalarla hacia él, atrayéndola hacia su regazo para liberar al hombre. Bajo el agarre del chico, Helga temblaba y observaba a su madre y al hombre sin comprender- No entiendo…
- Pequeña dama… -Miriam ayudó a levantarse al hombre, pidiéndole disculpas por los problemas.
Al parecer se llamaba Alex, por la manera en que pronunciaba su nombre una y otra vez, entre disculpa y disculpa.
- Alex es mi compañero de trabajo, él tiene dos gemelas casi de tu edad y me estaba ayudando a comprarte cosas. No soy… buena comprando cosas sin direcciones y quería sorprenderte. –explicó.
- Entonces… -señaló al maltrecho sostén en el suelo y se sonrojó, apartándose de Arnold- ¿Eso es para mí? –chilló.
- Bueno, las señoritas de hoy en día necesitan cosas bonitas y modernas para sentirse cómodas con su cuerpo ¿No crees? –preguntó el hombre, con total naturalidad.
- Helga… ¿No crees que le debes una disculpa a Alex? –preguntó su madre, cruzándose de brazos.
- Yo pensé… -observó a un lado y a otro, sin poder creer todo lo que había hecho- que…
- Si, nos dimos cuenta. –Alex sonrió y Helga tuvo que admitir que tenía una sonrisa simpática y que, cuando le extendió la mano para ayudarla a levantarse, tenía piel suave y largos dedos, como de violinista- Pero fue algo bonito lo que hiciste. Ya me gustaría que mis pequeñas gritaran como amazonas para defenderme. –admitió, riendo a buen agrado.
- Entonces… ¿Te fuiste antes del concurso para comprarme todo esto? –preguntó sorprendida.
Miriam simplemente rio y le extendió la pequeña caja alargada que habían visto en el restaurante. Helga la tomó entre sus manos y la abrió, ahogando su voz. No era ninguna joya, ni tampoco algo excesivamente glamuroso.
Pero era perfecto y pensado específicamente para ella. En el interior de la caja había un bolígrafo alargado, de color púrpura y a su costado, en letra rosada estaba inscrito "Helga G. Pataki", en la parte superior había un pequeño cuarzo rosado en forma de corazón.
- Felicidades por ganar el concurso de deletreo, pequeña dama. –la voz de su madre la tomó por sorpresa y le costó apartar la mirada del precioso bolígrafo- Tiene tinta púrpura como te gusta y es recargable, la punta es como la de las plumas estilográficas que te gustan.
Helga se lanzó hacia su madre y la abrazó con fuerza, sorprendiéndose que la última vez que la había abrazado le llegaba al vientre, siendo solo una niña. Ahora no faltaba mucho para estar a su misma altura y podía rodear sus hombros con sus brazos y estrecharla. Le costaba recordar un regalo tan… pensado para ella. Casi rio contra el hombro de su madre, porque ninguna de las dos era buena dando a brazos y se notaban que había cierta incomodidad en el acto, pero no por desagrado, sino porque se sentían novatas y tontas.
Arnold notó que el hombre, Alex, con su fino traje, recogía el sostén del suelo y lo guardaba en la bolsa. En silencio, ambos sabían que no tenían nada que hacer ahí, más que esperar tranquilamente.
El celular de Helga interrumpió el momento y ambas mujeres se soltaron. La chica respondió rápidamente y algo por la manera en que hablaba, le indicó a Arnold que ya era hora de volver, porque cierta persona no esperaría más por ellos y no quería volver a Hillwood a pie.
- Bien… yo… -la rubia lanzó una mirada a Alex- Lo siento otra vez… -admitió, acariciándose el brazo.
- Descuida. –le entregó la bolsa que cargaba- Eso también es para ti.
- Pero en casa hablaremos sobre esto, joven dama. No puedes perseguir a la gente a sus espaldas. –le recordó la mujer, cruzándose de brazos.
- Creo que la conversación llega un poco tarde. –susurró Arnold, para que solo fuese Helga quien le escuchara.
Ella le fulminó con la mirada y giró el rostro lejos de él.
- Tan cómico. –murmuró y luego miró a su madre- Lo sé, Miriam… Nos vemos en casa y… gracias por los regalos.
- Realmente fue un gusto volverla a ver, señora Pataki. –Arnold inclinó el rostro en forma de despedida- Lamento las molestias recientes. –le dijo al hombre, quien se encogió de hombros.
- Y a mí me alegra verte. Gracias por cuidar a mi hija. –Miriam sonrió suavemente- Siempre pensé que eras una buena influencia para ella. Helga suele ser más razonable cuando se trata de ti, se vuelve la mejor persona que realmente es. –explicó- Me hace feliz saber que ambos están saliendo otra vez.
- ¡Miriam! –chilló Helga, completamente roja- ¡No estamos…!
- Descuide, señora Pataki. –cortó Arnold, rodeando con su brazo la cintura de la chica, sorprendiéndola- Ella también saca algo de mí. –respondió, enigmático- Nos retiramos. –se despidió, llevándosela.
Porque era verdad, Helga Pataki sacaba algo en él, tal vez algo bromista y cínico que ponía mejor sabor a su vida. Como cuando su madre le había dado un helado de vainilla en una heladería de San Lorenzo, Arnold había comentado que el sabor era excesivamente dulce y su madre tomó un poco de sal y la esparció sobre el helado. El dulzor se neutralizó y el sabor se volvió refrescante y agradable. Desde entonces, se había dicho que, en general, la vida era como la vainilla, siempre necesitaba algo de sal. Pero al parecer, también era bueno tener algo de picante marca Pataki.
- ¿Qué rayos le dijiste? –exigió la chica, intentando darle un codazo en la costilla cuando estuvieron lo suficientemente alejados.
- Después de tal regalo ¿Vas a romperle las ilusiones a tu madre? –preguntó, sinceramente divertido.
- Oh… ¿Las ilusiones de mi madre eres tú? ¡Qué ególatra! –acuso la chica, soltándose, pero con una pequeña, muy pequeña sonrisa en sus labios que Arnold notó.
- Bueno, saco lo mejor de ti ¿No? –le recordó, solo para verla enojarse, había algo fascinante en la forma en que era tan fácil cambiar los humores de Helga que, francamente, le encantaba. No conocía otra chica tan expresiva y a la vez tan herméticamente cerrada al mundo.
Ambos tuvieron que recoger la ropa tirada en el suelo, sacudirla y devolverla en la tienda de disfraces. No fue de extrañarse que el chico perdiera su depósito.
- Pero es halagador que tu madre piense eso de mí… -comentó casualmente el chico, retomando la conversación.
- Oh cállate… ella no sabe de lo que habla. –miró dentro de la bolsa y rodó los ojos- En mi vida me pondría estas cosas.
- Yo creo que te quedarían bien. –murmuró Arnold sin darse cuenta.
Por la cara que puso Helga, tuvo que salir corriendo el resto del camino hasta la van, donde les esperaba Smith, señalando un inexistente reloj en su muñeca pero que visiblemente indicaba que iban muy… pero muy tarde.
- ¡A este paso no vamos a llegar a la última hora! ¡Y no planeo irlos a dejar a sus casas, tórtolos! –gritó la chica, a buena gana.
- ¿Smith…? –Arnold tuvo que alzar la voz, mientras esquivaba gente, pues sentía la respiración de Helga extremadamente cerca.
- ¿Si?
- ¡Aparta! –rogó, cuando estuvo cerca de la van y agradeció que la puerta estuviese abierta, pues se lanzó a su interior y cayó boca abajo sobre el alargado asiento.
No tuvo tiempo para acomodarse pues lo siguiente que supo fue que Helga estaba sobre él, golpeándole con la bolsa de lencería en la cabeza. Solo esperaba que la chica no se diera cuenta que no le estaba infringiendo daño alguno.
- ¡San Lorenzo te hizo un pobre descarado! ¡Maldito! –gruñó la chica y de alguna forma logró que uno de sus ataques en verdad le dolieran al chico.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! –Arnold sonrió sin poder evitarlo, como pudo se giró para quedar boca arriba y atrapó sus muñecas, sonriendo culpable- La gente cambia, Helga. No puedes esperar a que pasara todos esos años en San Lorenzo, rodeado de gente cálida, sincera y siendo entrenado por la Gente de los Ojos Verdes y esperaras que mantuviese mis distancias con el mundo. Si lo piensas, a mi forma también me ocultaba de todos, como lo hacías tú.
- ¿Te entrenó la Gente de los Ojos Verdes? –preguntó ella, sorprendida y amablemente movió su cuerpo hacia atrás, dado que se había sentado sobre el vientre del chico para inmovilizarlo, pero sabía que eso también era doloroso, así que le dio un respiro y se quedó sobre sus caderas.
- Si, aunque nunca hubiese sido tan buen alumno como tú. Ellos no son guerreros, sus métodos de combate son defensivos, como el karate que aprendí de niño. La principal enseñanza que me dieron… -explicó, aflojando su agarre de las muñecas femeninas pero sin soltarla, la van arrancó y la música los rodeó- fue que hay diferentes formas de apartar al mundo. Mi forma cordial y amable con todo el mundo era una de ellas. Tratar a todos por igual me protegía de encariñarme de la gente y por ende, temer perderlos, como a mis padres. Pero mis emociones se acumulaban. Mis métodos no limitaban mis emociones, solo los ocultaban. –respiró hondo y tomó la mano de la chica- Algo que he querido decirte por años es que lamento todas las veces que me desquitaba contigo… tú eras la única que no se sentía satisfecha con mi trato igualitario y solo empujabas y empujabas mis muros. A veces eso lograba que me molestara… que te gritara o no confiara en ti, que huyera por temor a dejarte entrar y luego perderte. –cerró los ojos- Lo lamento, debí ser un fastidio.
- Bueno sí. –la chica se encogió de hombros, Arnold abrió los ojos y notó que llevaba un top de tirantes blanco y uno de ellos se había caído por sobre su hombro, así que tuvo que parpadear un par de veces para enfocarse- Te odiaba ¿Sabes? Sinceramente, te detestaba por ser como eras, a pesar de… -apartó la mirada- bueno, ya sabes… -a pesar de que lo había amado, pero Arnold no quiso volver más incómoda la situación.
- Lo lamento. –susurró el chico- Pero aprendí a ser más franco. Ya no temo perder a la gente si dejo que sean allegados a mí. No temo perderte. –explicó- Aunque si temí hacerlo por tantos años distanciados. Me alegra que al volver podamos ser amigos.
Ella se apartó de su lado, sentándose en frente del chico. Arnold se sentó, sorprendido pero notó la mirada vacía de la chica, sin observarlo, como si estuviese recordando algo.
- Pues no debiste irte tanto tiempo. –murmuró ella, cruzándose de brazos y mirando por la ventana.
Arnold quiso protestar pero notó que Helga se había cerrado herméticamente a él. En el fondo sabía que no le estaba reprochando haberse quedado con sus padres, pero tenía razón, se habían alejado mucho.
- ¿Vas… a ir a la fiesta de Lorenzo este viernes? –susurró en cambio.
La chica solo asintió, mientras buscaba en su mochila sus audífonos.
- ¿Quieres que vayamos juntos? –notó que eso había sonado mal, que eso siempre sonaba mal de ese lado del continente. A veces se sorprendía al haber vivido con distancias tan grandes entre género. Según Arnold, entre más al sur se iba, entre más se adentraba la gente a la naturaleza, más similares eran las personas y por ende, menos tapujos habían- Digo… con Gerald, Phoebe y conmigo. Nos vamos a juntar en mi casa antes de ir.
- Ya tengo con quien ir. –explicó la chica, sin mirarlo, se puso los audífonos y subió el volumen de la música, apartándolo de toda conversación.
Pero eso no importaba, Arnold estaba sorprendido.
Tampoco tenía deseos de hablar…
¡Saludos Manada! ¿Qué les parece? Sinceramente ¿Qué opinan de este Arnold, criado de forma latina, cálida y salvaje?
También quise darle un mejor ambiente familiar a Helga y que eso repercutiera en su personalidad.
¡Nos leemos!
Nocturna4
