Máscara dulce como el chocolate
Píldoras ácidas, pirulíes con sabor a sangre, droobles con los que puedes hacer globos de chicle que tardan días en explotar, ranas de chocolate con cromos coleccionables, babosas de gelatina, grageas de todos los sabores de Bertie Bott, bolas de chocolate…
El carrito de dulces del Expreso de Hogwarts es el mayor atractivo para los alumnos de primero. A Sirius le ruge el estómago. Le gustaría arrancárselo; durante una milésima de segundo se arrepiente de no haber aceptado el desayuno de los elfos esa misma mañana en la Mansión de los Black, después recuerda que podrían haberla envenenado o algo parecido y sacude la melenuda cabeza. Pensar en dulces y azúcar hace que se le haga la boca agua.
Esa es la razón por la que se levanta de su asiento y abre la puerta del compartimento. No ha cruzado palabra alguna con los tres chicos que han coincidido con él. Le miran raro. Una mezcla entre temor y desprecio. Si no fuera imposible, Sirius pensaría que saben quién es. Pero es imposible, ¿tanta pinta de odioso y puro Black tiene? En el pasillo no hay nadie, busca con la mirada el carrito y lo distingue delante de la puerta de uno de los primeros compartimentos. Cruza el vagón con paso decidido y se relame los labios con gusto. ¿Qué pedir? Varios knuts que ha rescatado de un calcetín viejo en el fondo de su armario tintinean ansiosos en el bolsillo de su pantalón vaquero. ¿Una caja de grageas? No, con la mala suerte que tengo seguro que me salen sabores asquerosos. ¿Droobles? No, seguro que al final me harto de tener que mascar chicle durante horas. Tal vez unos ratones de helado… Pero hace frío, se recuerda. Y finalmente decide que quiere una rana de chocolate. Oh, bendito sea el chocolate. A Sirius le encanta el chocolate. En todas sus formas y sabores. Cree que si pudiera alimentarse de algo toda su vida sería de chocolate.
Anda perdido en sus fantasías cuando una figura pequeña y rápida, rápida como un demonio se cuela por debajo de su brazo y se planta delante de la señora del carrito. El niño rebusca en un bolsillo y saca unos cuantos knuts que deja caer en las manos de la mujer, quien le sonríe con una amabilidad que es nueva para Sirius. Se pregunta si alguna vez alguien le dedicará una sonrisa como aquella y no una mueca envenenada como la que le dirige su madre todas las mañanas.
- Póngame una rana de chocolate. - pide con educación.
La anciana mueve un par de bolsas de color rosa llamativo, una cajita que cruje y luego le mira con culpabilidad.
- No me quedan, querido…-parece sentirlo de verdad-Se llevó la última ese chiquillo de ahí, pero si quieres me quedan bolas de chocolate…
-No, gracias.-Sirius frunce el ceño. No quiere bolas de chocolate. Quiere ranas de chocolate. Y el chico rápido se le ha adelantado por segundos.
Su estómago ruge otra vez.
- Oye.
- ¿Qué?-Sirius se vuelve hacia el niño y le observa con cierto recelo.
Es ligeramente más bajo que él, delgado, cara de corte fino y ojos marrones -del mismo color que la rana de chocolate que sostiene entre las manos- escondidos tras unas gafas de cristal grueso. Su pelo negro como el tizón le cae sobre la frente de forma desenfadada. Evidentemente a ese crío nadie le ha enseñado lo que es peinarse. Tampoco le han debido de enseñar que no es de buena educación sonreír de esa forma. Ni mirar tan fijamente. Sirius se da cuenta de que su rostro es el de "típico niño angelical que toda madre menos la suya desea". Tiene pintas de inteligente con esas gafas, una sonrisa de no haber roto un plato en su vida y… Oh, dios¿tiene que hacer ese movimiento? El chico se balancea un poco. Sirius ahora entiende por qué la señora del carrito ha sonreído de esa forma. Es imposible no hacerlo. Pero él se contiene. Se contiene un segundo, ese segundo hasta que el crío de las gafas abre la boca.
- Si quieres podemos compartir la rana.
Los ojos claros de Sirius brillan con emoción, ¿en serio? ¿compartirla? lo piensa pero no lo dice. Sirius no comparte sus cosas. En casa de los Black no se comparte. Lo que es tuyo lo es por excelencia y lo de los demás no se toca. Pero es chocolate.
- Vale… - Sirius pone su mejor mueca de amabilidad y extiende la mano.
El chico le devuelve la misma mueca y saca la rana de su caja pentagonal, donde un sonriente y gordo Archibald Alderton saluda animadamente. Sirius le mira impaciente y entonces el muchacho abre una bocaza enorme y se la come.
- ¡EH!
- ¿Gué pbasa?-el chico mastica y acaba por tragársela.
- ¡Creía que la íbamos a compartir!
- Sí, yo también lo creía.
Sirius se queda con la boca abierta. Ofendido. Nunca antes le han tomado el pelo de esa forma. Nunca. A él. Sirius Black. Descendiente de una casa noble y llena de magos extraordinariamente odiosos y poderosos. A ÉL. Sirius. Un niño gafotas y atolondrado le acaba de vacilar de forma descarada.
Y entonces lo entiende: Es una fachada.
El aspecto del niño no es más que una fachada engañamadres, y él, el genial Sirius Black ha caído de lleno. Esas gafas de empollón, esos ojos inocentes y esa sonrisa amable se transforman de pronto en una mueca picaresca. Oh, Sirius comprende. Le está retando. Muy bien, pues si ese imbécil cuatro ojos quiere problemas, entonces Sirius le va a dar bien de problemas.
Ladrillos que huelen a hogar
El Expreso de Hogwarts frena y James Potter se tropieza. Trastabilla y se empotra contra la ventana de cristal; las gafas se le descolocan otra vez y la mejilla se le congela con el frío del exterior. A través del vidrio transparente y empañado por su respiración, puede ver varias casas, con luces amarillentas que indican que sus dueños siguen despiertos. Una farola ilumina el andén, al que una a una, figuras vestidas con túnica negra van saltando y luego se detienen en corros para retomar las conversaciones que no han podido terminar en el interior del tren.
- Es Hogsmeade - susurra el chico de pelo largo, a su lado, olvidando su encarnizada pelea de hace unos minutos -. Hemos llegado.
James no responde, sus ojos marrones están perdidos en la niebla y se mueve de forma impertinente, como persona inquieta que es. Quiere ver más. Arrastra los pies y salta del vagón. Su enemigo le sigue como si fuera un perro y los dos se quedan quietos, incapaces de abrir la boca o moverse; los alumnos más mayores no parecen tener intención de avanzar, pero los más pequeños se ponen de puntillas para intentar tener una idea de qué tienen que hacer.
Una niña de pelo rubio y bajita susurra a su amiga he escuchado que someten a pruebas terribles para entrar en las Casas, ¿y si me echan porque no valgo? mis padres son muggles y…
James no tiene esa preocupación. Sabe que es mágico. Siempre lo ha sabido. Desde la primera vez que mandó por los aires a ese niño que le llamó gafotas en el barrio cuando tenía seis años, o desde aquella otra en la que la radio del salón estalló en mil pedazos cuando el Sr. Potter se negó a dejarle ir disfrazado en Halloween, demasiado pequeño repetía una y otra vez. James acostumbra a conseguir todo lo que quiere. Es más, James Potter siempre consigue lo que quiere. Por eso, sabe de sobras en qué casa va a estar, porque estará en la que él quiera estar. Ninguna otra.
- ¡Los alumnos de primero, por favor!
Una figura enorme se abre camino entre los más mayores, tambaleándose de un lado a otro y balanceando un farol de izquierda a derecha. La luz procedente del objeto le ilumina un rostro barbudo y de ojos pequeños y negros carentes de maldad. Los más atrevidos se acercan a él y se ponen muy juntos, cómo si eso fuese a protegerles de algún peligro inexistente. James se gira cuando el chico pálido y desgarbado baja con cuidado del tren y se recoloca la túnica. Se miran durante un par de segundos y James le sonríe ampliamente. El chico eleva la comisura del labio izquierdo y luego centra su atención en el hombretón de barba que empieza a alejarse.
James no duda y echa a caminar, sabiendo de sobras que los otros dos le van a seguir. Sortea a varios chicos de gran altura y luego se une a la cola no demasiado larga que camina entre cuchicheos de curiosidad. Él no habla. Se limita a escuchar atentamente.
"Tengo especial curiosidad por la asignatura de Encantamientos, me han dicho que es una de las más bonitas de estudiar, ¡qué ganas!", comenta una chica pelirroja tres filas delante de ellos. "Yo quiero unirme al equipo de Quidditch, dicen que los de primer año no pueden, pero podrían hacer una excepción…"parlotea un muchacho gordo que James está seguro de que rompería la escoba con tan sólo poner su enorme culo encima del palo. "Dicen que el director, Dumbledore es un viejo chiflado… ¿Has escuchado que la profesora McGonagall es un gato? ¡Pero no mientas!"
El hombre gigantesco se detiene en ese momento y sonríe ampliamente mientras señala a su espalda.
- Formad grupos de cuatro y ocupad los botes, cruzaremos el lago hasta el Castillo.
- ¿Remando?-pregunta una chica alta y de cabello negro oscuro.
- Por supuesto que no, ¡esto es Hogwarts!
Los niños forman grupos al azar y se sientan en unos botes que no transmiten demasiada seguridad.
James se recoloca las gafas y se acerca a un bote, mirando el agua con un poco de reparo. La duda desaparece al instante cuando el chico de pelo largo salta como si nada, haciendo que la estrecha embarcación se tambalee bajo su peso. Y él no puede ser menos.
Se sienta en la esquina contraria al muchacho y un peso más liviano ocupa la barca cuando el chico de aspecto enfermizo se sienta a su lado. El último en subir es un niño de corta estatura, un poco ancho y de ojos pequeños y manos temblorosas.
Cuando la barca empieza a moverse, el último inquilino cierra los ojos y susurra cosas sin sentido.
James se deja caer y apoya el costado en el lateral de la barca mientras estira el brazo para tocar el agua.
- No creo que debas hacer eso - susurra una voz suave y ronca -. En el lago hay bichos que podrían arrancarte la mano de un bocado.
- ¿En serio? - los ojos de James brillan entusiasmados bajo las gafas.
- Podrías tirarte - ladra el otro muchacho -. Así tendrías lo que te mereces.
- No te he preguntado tu nombre, ¿eres…?
- Sirius Black.
El niño regordete suelta un jadeo y casi se cae de la barca. Sus ojos se mueven nerviosos de izquierda a derecha, como si esperase que en cualquier momento un tritón saltase sobre ellos y le arrancase la cabeza de un bocado.
- Yo soy James, James Potter.
Se miran. Se vuelven a retar. Los dos saben que un marcador invisible se ciñe sobre sus infantiles cabezas y que marca un empate. Sirius frunce el ceño, esperando la reacción. La reacción a Black, pero esta no se produce.
En su lugar, el chico pálido y James sueltan un largo woaaaaaaaaaah y Sirius y el otro se giran sobre sus espaldas para ver a qué se debe una exclamación de admiración como esa.
Hogwarts.
Sobre un enorme peñasco, un castillo de dimensiones sobrecogedoras ilumina la noche con los cientos de ventanas llenas de luces. Los niños no son capaces de contar la cantidad de torres que coronan la estructura, pero sí destacan un gigantesco torreón que parecer querer alcanzar el cielo. La imagen es tan maravillosa y mágica que ninguno de ellos será capaz de describir con precisión el sentimiento de familiaridad que cruzó por sus excitados corazones en ese momento. Están en casa. Cada ladrillo dice eso, hogar, Hogwarts es tu hogar.
El farol que sujeta el gigantesco hombre se refleja en las cuatro caras infantiles cuando la barca llega al puerto. Ninguno se mueve.
- ¡Vamos, muchachos!
Ellos dan un respingo y bajan. James nunca olvidará el momento en el que su zapatilla rozó la tierra. Nunca olvidará cómo aún a distancia, la magia de Hogwarts le envolvió de una forma parecida a la los abrazos que la Sr. Potter le regalaba cada mañana. Y nunca jamás olvidará la mirada que le dirigió Sirius, esto es mío, que con el tiempo se transformó en un esto es nuestro.
Salvajes, salvajes como animales
El gigante golpea tres veces con su enorme puño en la descomunal puerta de madera y esta se abre de inmediato. Una bruja alta, de cabello negro y túnica verde esmeralda permanece inmóvil en lo alto de la escalera, con otra puerta a su espalda, fijando sus ojos claros tras gafas en las caras sonrojadas por el frío. James advierte que la boca de la mujer se tuerce en una mueca severa y sabe al instante que será divertido comprobar hasta donde es capaz de levantar el labio.
- Los de primer año, profesora McGonagall. - masculla el hombre de barba.
- Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré desde aquí.
La bruja se gira y las puertas se abren ante ella. Los niños que ocupan las primeras filas la siguen y el susurro se extiende hasta el final: El vestíbulo de entrada es enorme, las paredes de piedra están adornadas con antorchas luminosas y hermosos tapices cosidos a mano. El techo es tan alto que los ojos son incapaces de ver más allá. James juega con sus pies y sortea las líneas que marcan las piedras sobre el suelo. Esa es la causa de que cuando el grupo se detiene delante de una puerta pequeña, su cabeza se choca contra la espalda de la persona que tiene delante.
- Perdona, Sirius.
James se da cuenta de que no ha advertido el momento en el que el chico le ha adelantado y se fija en que el muchacho desgarbado también ocupa una posición delante de él. Sirius le mira con cara de pocos amigos, como si le molestase la simple mención de su nombre.
La bruja les hace pasar a una habitación más pequeña mientras desliza sus ágiles ojos gatunos sobre ellos. James la mira fijamente, ¿será verdad eso de que es un gato? Se promete a sí mismo preguntarlo más tarde. No entiende cómo una persona puede convertirse en un animal sin más, tiene que ser una magia maravillosa.
- Bienvenidos a Hogwarts - dice la profesora McGonagall -. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor deberéis ser seleccionados para vuestras casas.
Casas. Casas. El murmullo se extiende.
- Silencio - gruñe la mujer - la Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estéis aquí, vuestras casas serán como vuestra familia. Tendréis clases con el resto de la casa que os toque, dormiréis en los dormitorios de la casa que os toque y pasaréis el tiempo libre en la sala común de la casa. Para aquellos que no lo sepan, las cuatro casas de Hogwarts se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada casa tiene su propia noble historia y cada una ha producido notables brujas y magos. Mientras estéis en este colegio, vuestros triunfos conseguirán que vuestra casa gane puntos, mientras que cualquier infracción de las reglas hará que los pierdan. Con el fin de curso, la casa que haya obtenido más puntos será premiada con la Copa de las Casas. La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Volveré cuando esté todo preparado.
Los niños se quedan solos y lo que había sido un susurro se convierte en un gran barullo. El tema de conversación es evidente. Las Casas. James se encuentra nervioso, por lo que busca con la mirada a las personas más cercanas y escucha. Una niña pelirroja mira a un chico de pelo negro y piel cetrina y sonríe.
- No me importa la casa en la que esté. - dice ella.
- A menos que te toque en la sucia Slytherin. - la voz de Sirius arrastra las palabras, como si sisease, imitando a una serpiente.
- En realidad creo que Slytherin no tiene nada malo. - murmura el chico de pelo negro, como si le diese miedo hablar demasiado alto. James se fija en su nariz. No le gusta su nariz.
- Tal vez, si quieres convertirte en un mago o bruja despr…
- ¡Yo seré Gryffindor! - James finge sacar una espada del bolsillo y la levanta hacia el cielo - Como mi padre.
- Tú te callas, gafotas. - Sirius le da un empujón y ambos se enzarzan en una pelea que acaba por empujar al chico debilucho al suelo y caen los tres con estrépito. Al segundo todo es un lío de piernas y puños y ninguno sabe cómo recolocarse.
- ¿SE PUEDE SABER QUÉ HACEN? - la profesora McGonagall les mira con dureza. James traga saliva. Ahora parece mucho más amenazadora - Señores…
- Potter, profesora.
- Black.
- Lupin, señora.
McGonagall los mira durante un segundo y parece que va a decir algo, pero cambia de idea y suspira.
- ¿Acaso son animales?
Los tres niegan con la cabeza.
- ¡Pues dejen de comportarse como tales!-ella se gira con dramatismo-En marcha.
James y Sirius se miran y se ríen por lo bajo.
- Perdona, Lupin - James mira al chico de pelo pajizo-. Ha sido sin querer.
- No te preocupes… - Lupin le mira con un poco de desconfianza y luego se recoloca la túnica con nerviosismo.
Las tres primeras filas ya no se encuentran en la habitación.
- Eres un animal, gafotas. - Sirius ladra por lo bajo.
- Y de los peores, Sirius.- Pronuncia cada letra del nombre con lentitud, a sabiendas de que el otro odia que se tomen tantas confianzas.
Se ponen uno al lado del otro y deslizan sus pies por el suelo de piedra en la dirección indicada. Los ojos de James se estrechan un poco cuando las luces son demasiado brillantes, pero pronto los vuelve a abrir, no quiere perderse ningún detalle.
Miles de velas flotantes iluminan la estancia; el Gran Comedor es extraño, desprende un aura acogedora que contradice las grandes dimensiones de la estancia. Cuatro grandes mesas ocupan la habitación y en ellas, cientos de estudiantes vestidos de negro ocupan sus respectivos lugares. James supone que cada una de ellas corresponde a una casa distinta. Lo confirma cuando es capaz de ver las insignias de colores en el pecho de algunos de los chicos que se sientan más cerca del pasillo que recorren. En la cabecera hay una mesa de menor tamaño pero mucho más ancha, con bastantes sillas, cada una de un diseño diferente y varios magos y brujas con sombrero les observan con curiosidad. Durante un segundo se le ocurre levantar la cabeza y se queda maravillado al contemplar un hermoso cielo estrellado, ¿será de verdad? es otra pregunta que tiene que resolver en los próximos días.
En ese momento, la profesora McGonagall coloca un taburete encima de la tarima donde se encuentra la mesa de los profesores y deja caer sobre ella un trapo viejo. James maldice su miopía una vez más y achina los ojos para poder ver mejor entre cabezas más altas que él. Es un sombrero. Un sombrero viejo y raído, y está seguro de que hace mucho tiempo que nadie lo ha lavado. De repente, la tela del sombrero se mueve y un doble similar a una boca se agranda.
Soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts,
muchos magos y brujas antes que tú me han utilizado.
¿Quieres saber a qué casa vas a pertenecer?
¡Yo te lo diré!
Simplemente, pruébame.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
donde habitan los valientes.
Puedes pertenecer a Hufflepuff,
donde son justos y leales.
Puedes pertenecer a Ravenclaw,
pero sólo si tienes una mente dispuesta, porque los inteligentes
encontrarán allí a sus iguales.
O puedes pertenecer a Slytherin,
harás astutos amigos y conseguirás tus más hondos deseos.
Así que no esperes más y ¡Pruébame!
Todo el Gran Comedor grita y aplaude, incluso algunos atrevidos silban de emoción. James traga saliva. Por primera vez es consciente de que su futuro como mago se va a decidir en los próximos minutos.
- Cuando os nombre os sentaréis y os probaréis el Sombrero-dice la profesora McGonagall mientras desenrolla un largo pergamino amarillento -. Tyson, Bert.
¿Bert Tyson? ¿No van en orden alfabético por apellido?
- Creo que utilizará el nombre en lugar del apellido…-susurra una chica rubia y extremadamente alta a su derecha.
El chico nombrado camina con la cabeza gacha, tiene la cabeza rapada y ojos azules brillantes, pero llenos de pánico. Sus pies cuelgan del taburete cuando se sienta y las manos le tiemblan sobre el pecho.
- ¡HUFFLEPUFF! - grita el Sombrero aproximadamente seis segundos después.
La mesa de la derecha se levanta al mismo tiempo y una marea de color amarillo llena el Gran Comedor de aplausos.
- Lorean, Ignotus.
Otro muchacho de aspecto robusto para su edad sale de la primera fila y se sienta.
- ¡SLYTHERIN!
La mesa más alejada aplaude con entusiasmo e Ignotus se sienta en uno de los huecos libres.
- Potter, James.
Oh. Te llamas así, James, le recuerda su cerebro. Capta la mirada atenta de Sirius, la de Lupin e incluso la del chico de nariz fea y sabe que no puede decepcionarse a sí mismo. Con cuidado se sienta sobre el taburete y cruza las manos sobre el regazo.
- Mmmm… - no se mueve cuando escucha un susurro grave en su oreja izquierda-Creo que no tengo ninguna decisión que tomar contigo, ya has decido por ti mismo, ¿no?
James asiente levemente.
- ¿No te has planteado otra opción? ¿Has pensado en Ravenclaw?
O en Hufflepuff, si te parece gruñe internamente.
El sombrero ríe.
- Debería ponerte en Slytherin por tu osadía.
Es por mi osadía que debes ponerme en Gryffindor.
- Vale… - parece que se remueve molesto ante la derrota - ¡GRYFFINDOR!
Maldito Cuatrojos
Sirius se remueve en el sitio. Apoya el peso en el lado izquierdo del cuerpo, y después, se cansa, y lo traslada al derecho. Está muy, muy impaciente. No sabe qué hacer con los brazos, así que los cruza sobre el pecho. Orden alfabético por nombre significa que le toca probarse el sombrero, probablemente, de los últimos, y no se siente capaz de soportar cinco minutos más allí de pie, observando de lejos a los niños que corren entusiasmados hacia el taburete, se sientan, y tras unos segundos el comedor aplaude a sus futuros Slytherin, Ravenclaw, Hufflepuff, Gryffindor.
Sirius quiere, necesita que sea su turno. Observa como Potter, maldito Cuatrojos, sonríe cuando la mujer del ceño fruncido pronuncia su nombre, y se coloca el sombrero sobre ese enmarañado pelo suyo. Con la sonrisa brillante cuando escucha "¡GRYFFINDOR!" se levanta y camina a zancadas hasta la mesa que le corresponde.
- Herbert, Jane. ¡SLYTHERIN!
- McMillen, Joel. ¡RAVENCLAW!
- Stanley, John. ¡RAVENCLAW!
Jane, Joel, John. En serio, ¿por qué no se acaban ya los malditos nombres con J?
Mira a los niños que están, como él, aguardando a su gran momento. Todos están excitados, charlan animadamente, hacen especulaciones sobre la casa que les tocará "¡Yo seré Ravenclaw! ¡Yo, Slytherin! ¿Y si me toca Hufflepuff? Bueno, cualquier casa está bien, ¿no?" Cuando quiere darse cuenta, lleva un buen rato observando las reacciones y escuchando las conversaciones de todo el mundo, por puro aburrimiento. Pero el chico debilucho con el que han chocado antes, Lupin o algo así, está realmente pálido, pero callado. Siempre está callado. Observa la ceremonia en silencio, y no hay muestras reales de que esté nervioso pero diantres, tiene que estarlo, quién rayos puede mantener la calma en una situación como esta, es decir, vas a estar siete años en la casa que te toque, ¡demonios! ¿Por qué no muestra ni un poquito de entusiasmo? Y entonces "Lupin, Remus", y el chico se levanta y reacciona, yRemus, vaya nombre más raro, Sirius le sigue con la mirada y ve como se pone el Sombrero con manos temblorosas, y después, no pasan dos segundos siquiera y ¡GRYFFINDOR!, y, ¿en serio? ¿Gryffindor? y Remus recupera el color de la piel, se levanta, baja los dos escalones de la tarima, y se tropieza pero nadie se ríe porque están demasiado ocupados aplaudiendo al recién llegado.
Remus. R, R, R, R, Remus. Repasa mentalmente. A, b, c, d, e… o, p, q, r… y s. S. S. Me toca. Ya me toca. Tiene que tocarme ya.
- Lingwood, Sabine - Púdrete, maldita seas - ¡GRYFFINDOR!
- Black, Sirius.
Y McGonagall aún no ha acabado de pronunciar su nombre y Sirius ya se está abriendo paso entre los chicos que hay delante de él, corriendo a sentarse y a probarse el sombrero, y justo cuando comienza a caminar, le asaltan las dudas. No ha pensado en ello ni un momento antes, pero, ¿Y si realmente soy un Black, y me ponen en Slytherin?
Y para en seco, y deja de caminar. Tiene miedo. Y entonces, McGonagall repite.
- ¡Black, Sirius! - Sirius traga saliva, hace acopio de todas sus fuerzas y se sienta en la pequeña silla. Intenta poner la mente en blanco: Ha oído que, cuando te lo colocan en la cabeza, el Sombrero Seleccionador puede escuchar tus pensamientos. Y cuando la profesora se lo pone, le escucha murmurar.
- Hmmm… Vaya, vaya, así que aquí tenemos a un Black, ni más ni menos…
Sirius intenta evitarlo pero no puede, y la sola mención a su apellido hace que surja dentro de él una rabia inhumana, canina, algo que le arde dentro, que hace que quiera morder, arañar, pegar, destrozar cosas.
- Bueno, bueno, está bien. No nos queda otra, entonces… ¡GRYFFINDOR!
GRYFFINDOR. Se levanta de un salto y corre hacia la larga mesa donde le esperan sus futuros compañeros de casa, con sus bufandas de color rojo y dorado y sus jerséis con el escudo bordado. Sirius no se da cuenta, pero en la mesa de la derecha, los Slytherin más mayores suspiran, decepcionados. Y aunque se hubiese dado cuenta, no le hubiese preocupado lo más mínimo. Al fin y al cabo, qué importa a cuántas sabandijas estúpidas decepciones y cuántas tradiciones familiares rompa, si así es feliz, se siente libre, y sonríe de oreja a oreja, con una inocencia infantil que en sus once años de vida jamás había experimentado.
Toma asiento y un chico al lado suyo, que aparenta unos quince años y tiene las mejillas más sonrosadas que Sirius haya visto jamás, le felicita y le ofrece un poco de zumo de calabaza. Otro, rubio y con cara de malas pulgas, le mira fijamente, y cuchichea con la chica a su derecha, de pelo largo y negro:
- Es un Black, pero le han puesto en Gryffindor. Qué raro…
Sirius recorre con la mirada todas las mesas, en busca de caras conocidas. El chico de nariz ganchuda y pelo graso está sentado en la mesa de Slytherin, de espaldas a él. En Ravenclaw reconoce a un par de chicas con el pelo recogido que iban justo delante de él en la fila para coger el Expreso. En Hufflepuff, un niño de expresión desconcertada charla animadamente con dos muchachos más. Las caras de los tres le suenan, pero no está completamente seguro de haberles visto antes. Finalmente y en su misma mesa, tanto Cuatrojos como el niño debilucho y callado se encuentran sentados, uno frente a otro, dos asientos a su derecha.
Entonces, el director del colegio, Albus Dumbledore, se pone en pie, en medio de la mesa del comedor donde toman asiento los profesores.
- Antes de nada, debo recordar a los alumnos de primero que no está permitidos adentrarse en las inmediaciones del bosque que se encuentra en el territorio del castillo. Además, y a petición del señor Filch, debo recordarles también que está prohibido hacer magia fuera de clase y en los pasillos. Y ahora que ya están todos con sus respectivas casas, ¡que comience el banquete! - El hombre, con el pelo largo y cano y una enorme barba blanca sujeta con una pinza dorada, chasquea los dedos y comienzan a aparecer platos, enormes recipientes llenos de carne y patatas asadas. El olor del pastel de calabaza impregna rápidamente el ambiente, y pronto los alumnos se lanzan a comer empanadas de Cornualles y tartas de melaza. Cuando la comida en las bandejas se agota, vuelve a llenarse instantáneamente. Los alumnos de primero, y sobre todo aquellos que son hijos de muggles, observan el espectáculo con tanta fascinación como saborean la deliciosa comida. Y, entre mordisco y mordisco, conversan entre ellos. Los más jóvenes todavía no se atreven a dirigirle la palabra a los alumnos de cursos superiores, así que entablan conversación con los de su misma edad. Prácticamente todos comen con ansia, pero aquel joven callado y tranquilo se sirve con cuidado y mastica despacio. Cuatrojos, por otro lado, engulle un pastel de carne. Están hablando sobre su casa, su procedencia.
- ¡Mis padres eran muggles! Un día me castigaron un mes sin comer dulces por haber roto la ventana del vecino jugando con un balón y me enfadé mucho, me encerré en mi habitación y me eché a dormir. Cuando desperté, las paredes, ¡todo era de chocolate! - Un chico con los ojos de color azul claro ríe enérgicamente - Y tú, ¿cómo te llamas? - Se dirige a James.
- James Potter - Cuatrojos, te llamas Cuatrojos - Mis padres eran magos los dos, así que estaba esperando impaciente a venir a Hogwarts. ¡Os vais a enterar de lo que soy capaz!
- Yo soy mitad y mitad - replica una chica pelirroja desde el otro lado de la mesa - ¡Pero seguro que puedo superaros a todos vosotros!
- Eh, ¿y tú? - Pregunta el chico de los ojos azules, dirigiéndose a Sirius - ¿Cómo te llamas? ¿Tus padres eran magos?
- Sirius Black - Contesta, tratando de sonar amenazador. No quiere que piensen que Sirius Black es alguien de quien puedes reírte. - ¡Claro que sabía que era mago! Es decir, mi madre es una maldita bruja loca, no podía no saberlo.
A la comida le suceden los postres, y, cuando los pequeños y no tan pequeños Gryffindor creen que han comido helado suficiente para los cinco cursos siguientes, la profesora McGonagall alza la voz.
- Bueno, y ahora que ya estamos todos saciados, ¡a los dormitorios! Los de primero, seguid a los prefectos.
Prácticamente ninguno sabe qué demonios es un prefecto, pero uno de los chicos más mayores se levanta de la mesa y con un amigable "¡Chicos, por aquí!" les inspira a todos la suficiente confianza como para ir tras él. Es bastante alto y tiene el pelo castaño por debajo del hombro, por lo que parece una especie de gigante rodeado de enanitos de primer año.
Recorren los pasillos, quedan fascinados por las escaleras cambiantes, los retratos que les saludan con amables "¡Pasad un buen año, chicos!" o que gruñen y les maldicen por haberles despertado de sus tempranos sueños. La Sala Común de Gryffindor está en el séptimo piso, y los alumnos avanzan cuchicheando por el oscuro pasillo, siguiendo fielmente al prefecto que, según les ha dicho, se llama Anthony Nate. Al final del largo corredor está el inmenso retrato de la Señora Gorda que parece un cerdito. Nate pronuncia las palabras: ¡Chasquido de acromántula! Y la mujer les permite el paso, no sin antes guiñarle un ojo al joven. Una vez que están todos dentro, trata de poner orden:
- ¡Atención! Tenéis todos vuestros dormitorios asignados, y vuestras pertenencias y mascotas ya están allí instaladas. Las chicas por la escalera de la derecha, los chicos por la de la izquierda. En la habitación uno de los chicos, Finn, Jones, Bush y Tyler. En la habitación dos… - Y así, comienza a recitar una larga lista de nombres. Cuando son llamados, chicos y chicas suben a sus respectivas habitaciones. Poco a poco, la cantidad de alumnos de primer año en la Sala Común va haciéndose más pequeña, hasta que por fin… - Potter, Black, Pettigrew y Lupin en la habitación siete de los chicos. En la habitación ocho…
La cosa no comienza muy bien para Sirius, que tendrá que compartir habitación con Cuatrojos, el señor silencioso y ese-chico-con-pinta-de-ratón.No obstante, está demasiado cansado para quejarse, por el momento. Sube las escaleras y busca la habitación número siete.
Lupin es el primero en llegar, y tranquilamente camina hacia la parte inferior de una de las dos literas y se sienta en ella. Parece inocente, pero se ha cogido la mejor cama. Maldito sea. James y Sirius entran a la vez, y ninguno de ellos quiere ocupar las literas superiores, así que se lanzan ferozmente sobre la cama inferior que queda. Por desgracia para Sirius, James es condenadamente rápido y la alcanza antes que él. Murmurando entre dientes y tratando de encajar bien la derrota, sube la escalera y se coloca en la cama de encima de él.
- Me las vas a pagar un día de estos, gafotas.
El dichoso Cuatrojos le ignora y se cubre con las mullidas y calientes mantas. Sirius y Lupin hacen lo mismo.
Peter Pettigrew es el último en llegar. Respira entrecortadamente, notablemente sofocado, y explica que se ha equivocado de habitación y un chico de séptimo le ha gritado cuando le ha encontrado rebuscando entre su baúl. Sirius no puede evitar proferir una sonora carcajada. El chico parece un roedor, mirando nerviosamente a todos lados y sin atreverse a moverse del umbral de la puerta. Finalmente, tartamudea.
- Pu-pu-edo do-dormir en la cama que sobra, si-si no os importa, claro. Me llamo Peter. - Dice, en voz tan baja que apenas se le escucha. Como no obtiene respuesta, sube a la única cama que queda libre.
La luz se apaga y los cuatro cierran los ojos y reflexionan sobre todo lo ocurrido desde que llegaron a aquel lugar mágico. Pero no por mucho tiempo. Están exhaustos y, antes de que puedan darse cuenta, sucumben al abrazo de Morfeo, todos juntos.
Pi pi pi piii
Remus corre por el bosque; no es que lo haya hecho nunca, pero la sensación es tan real que se ve capaz de gritar de júbilo, pero no lo hace, en su lugar abre una enorme boca perlada de colmillos tan afilados que podrían partir un cuerpo humano por la mitad. Levanta la cabeza hacia el cielo estrellado y aúlla: Pi pi pi piii
¿Q…qué?
El sonido es agudo, le retumba en la cabeza, como una pelota de que estuviera dando botes entre oreja y oreja. Abre un ojo y comprende lo que está pasando. Exaltado, se tira al suelo, con su pijama a rayas azules y grisáceas y rebusca entre todos los jerséis que guardó en la maleta el día anterior. Maldición, maldición… piensa mientras aparta una bufanda y saca un despertador muggle de color rojo Gryffindor y apaga la alarma que tenía programada y que evidentemente olvidó desactivar. A Lupin siempre se le olvidan ese tipo de cosas sin importancia.
Se sienta sobre la cama y empieza a mover una pequeña ruleta que evitará que el sonido infernal los despierte de nuevo al día siguiente. Mira a la cama contigua y ve a James, con la boca entreabierta y un brazo colgando por el lateral de las sábanas. Lleva las gafas en la cabeza, enredadas con el pelo salvaje y Remus se pregunta por qué no se las quita para dormir; después, una vocecita maliciosa le susurra en el oído porque es idiota.
Justo encima de James, unos ojos claros le miran con el ceño fruncido.
- ¿Qué leches es eso? - Brama.
- Perdona. - Se apresura a contestar. Le da miedo el chico del pelo largo. Sirius.
Es grande, fuerte y está seguro de que sus manos podrían retorcerle el pescuezo en cuestión de segundos pero también tiene el cerebro lleno de paja le recuerda la voz.
Lupin traga con fuerza y se desabrocha la camisa del pijama cuando ve que Sirius ya ha vuelto a su postura de oso durmiente. Alcanza el uniforme y se viste con velocidad.
- ¿Me esperas, Remus? - Una vocecilla aguda llega de la litera.
- Ehmmm…claro - asiente mirando al muchacho regordete que apenas recuerda del día anterior -, ¿Peter?
Espera que el nombre no suene demasiado a pregunta.
Mientras él se coloca la corbata, Peter se pone los pantalones y finalmente los dos cogen sus jerséis grises y sus respectivas capas y salen del dormitorio.
- No tienes que ser tan borde, Sirius… - murmura James con la cabeza bajo la almohada.
- Cállate - gruñe el chico bostezando escandalosamente -. Estúpido niño raro y su estúpido cachivache extraño.
- Es un levantador. Los muggles lo usan para - abre la boca de forma sobrehumana - despertarse.
- Calla, gafotas.
Y James se calla, pero no porque se lo hayan ordenado, sino porque el sueño se apodera de él de nuevo. Pronto los dos respiran acompasadamente.
