Capítulo V
Phoebe sonrió de lado cuando notó que Arnold lucía nervioso, caminando de un lado a otro. En la preparatoria, había mostrado una seguridad muy propia de su cargo y a pesar de su joven edad, había logrado imponerse con estudiantes mayores a él. Pero ahí estaba, caminando de un lugar a otro, mirándose en el espejo de la pequeña sala y volviendo a dar vueltas en círculos, como un león enjaulado.
- Hermano… cálmate, vas a hacer un agujero en el suelo.
- Hasta yo sé que esa frase está muy usada, Gerald. –se quejó el rubio, deteniéndose abruptamente en frente de la pareja- Ya no creo que sea buena idea. –explicó.
- ¿Ir a la fiesta de Lorenzo? –Phoebe mantuvo su mirada en el pequeño espejito de maquillaje que tenía entre sus dedos, fingiendo de esa manera que estaba concentrada en poner bien el rímel entre sus pestañas para que se alargaran sin parecer pequeñas patitas de insectos.
Aunque esa tarea había aprendido a hacerla sin necesitar de un espejo gracias a las horas de nerviosismo por cada cita a la que se preparaba para salir con Gerald. Antes terminaba manchándose toda la cara, frustrándose, diciéndose que no usaría maquillaje alguno… Luego volviendo a la caja de maquillaje, arrastrándose y repitiendo el proceso. Con el tiempo, a la par que tenía más confianza en su relación con Gerald, también logró maquillarse sin espejo. Ahora le servía como excusa, escondiéndose atrás del mismo, para ocultar la pequeña sonrisa de entre sus labios.
- No creo que la gente de ahí quiera verme. Cuando los presos se divierten, no quieren saber de sus carceleros. –recordó el chico, conteniendo el impulso de deslizar sus dedos por entre su cabello porque su madre le había dedicado cierto tiempo a ponerle todo el cabello hacia atrás y arreglarlo con gel para que no se levantara, así que si se lo tocaba terminaría arruinándolo.
Arnold ni siquiera había querido hacerse tanto arreglo, pero su madre había lucido tan emocionada que le costó negarse a que ella se lanzara sobre su armario y buscara atuendos o que quisiera arreglarlo. Pero la idea de no asistir sonaba demasiado bien en su cabeza últimamente.
- Arnold, vas a ir como cualquier chico, no como el presidente del consejo estudiantil. –le recordó Gerald- Ya estamos fuera de las horas de estudio.
- Hasta cierto punto es bueno que los estudiantes te vean en tu faceta relajada y que sepan que te puedes divertir. –Phoebe deslizó un brillo labial ligeramente más oscuro que el tono de sus labios sobre los mismos, para darles color y más volumen- Claro que no vas a poder excederte o hacer cosas ilegales. Además, –la chica lo observó con determinación, aunque la suavidad de sus facciones le hacían lucir mucho más delicada pero con cierto misticismo de autoridad- yo también estoy asistiendo y soy tu secretaria. Todo el consejo estudiantil también va.
- Exacto, hermano. –apuntó su mejor amigo- No te compliques, vamos a divertirnos. Lorenzo tiene el permiso de sus padres, así que no es como si fuese algo ilegal, tiene una gran sala de fiestas.
- Solo finge que no ves a los chicos fumar o tomar licor y todo estará bien. –Phoebe guardó su maquillaje en el pequeño bolso negro que combinaba con su vestido azul de hombros descubiertos- Vamos como invitados, no como policía.
- Bien… -se resignó, volviendo a caminar hacia el espejo, diciéndose que no se veía ridículo con el cabello todo hacia atrás y con la camiseta verde oscura de cuello en V, sin mangas y los jeans desgastados en las rodillas.
Por alguna razón, ponerse ropa tan cómoda le hacía sentirse fuera de su piel. No había podido evitar ponerse un reloj en la muñeca y un par de pulseras negras tejidas que le habían regalado en San Lorenzo años atrás y seguían en excelentes condiciones porque rara vez se las ponía. Pero en ese momento las sentía como algo seguro, un vínculo con su segundo hogar, algo que sabía manejar.
- Te ves bien. –animó la chica, sonriéndole- Tu madre tiene buen gusto.
- ¿No es demasiado? –se tocó los brazos desnudos algo incómodo.
Phoebe contuvo las ganas de reír. En ese momento Arnold parecía una chica, totalmente nerviosa por usar una minifalda por primera vez en su vida.
- Tus brazos son ligeramente ejercitados. Así que no. –respondió la pelinegra- Esto es justo y necesario para ir a la fiesta. Todo… hasta el reloj. –admitió.
- Entonces ¿Vamos? –aventuró Gerald, levantándose y extendiendo su mano hacia Phoebe para ayudarla.
- Si… -caminaron hacia la salida y Arnold abrió la puerta para dejar que la manada variopinta de animales corriera hacia la salida antes que ellos- ¡Nos vamos!
- ¿No vas a necesitar una chaqueta? –consultó Stella, apareciendo desde arriba de las escaleras- La blanca con verde te quedaría muy bien, podría ir por ella si me esperan un minuto.
- No es necesario. Por lo que entendí, hace calor en esas fiestas. –le explicó Arnold, notando esa mirada de emoción maternal que gritaba "Mi pequeño hijo va a su primera fiesta de adolescentes" que lo apenaba pero no dijo nada, porque también podía leer una emoción nostálgica, como si también dijese, en silencio, sin querer mencionar "Y tengo la suerte de poder estar aquí, para verlo"- Nos vemos, mamá.
- Diviértete.
Los tres chicos salieron a la calle, donde una vieja camioneta los esperaba, Gerald ayudó a su novia a subir al asiento y Arnold se sentó junto a ella, mientras su amigo tomaba el asiento de conductor. A pesar de la antigüedad de la camioneta era un buen modelo Chevrolet Luv color naranja, del ochenta. Arnold la encontraba fascinante, como una nube radioactiva que todo el mundo podía ver. No conocía otra como esa en la ciudad y si bien tal vez no fuese veloz, era divertido ver cómo la gente se quedaba viendo a la misma con asombro y algunas personas siempre le preguntaban a Gerald si estaba a la venta. Al parecer, la camioneta era un clásico y dentro del ámbito de la construcción y cargamento, era más resistente que otras camionetas modernas.
- Por cierto ¿Tienes hora de llegada? –consultó Phoebe, rebotando en su asiento ante cada bache que Gerald encontraba.
Casi parecía que los buscaba a propósito…
- No, me dijeron que podía quedarme en la casa de un amigo si quería. –el chico se apoyó contra el cristal de la ventana para crear apoyo y no sentir las sacudidas tan fuertes- Realmente están emocionados. –sonrió suavemente- En San Lorenzo me educaron tutores, conocía pocos chicos de mi edad en la ciudad y bueno…
La Gente de los Ojos Verdes tenían sus fiestas a las que disfrutaba ir, pero estaba seguro que en la casa de Lorenzo no bailarían alrededor de una hoguera, ni habría danzas que contaran historias o compartirían entre todos las bebidas de los Dioses…
- Te vas a divertir, hermano, eso tenlo por seguro.
- ¿Y Helga no suele venir con ustedes? –preguntó de manera descuidada, pensando cómo hubiese sido el viaje si la rubia los hubiese acompañado.
De seguro le hubiese tocado cargarla en su regazo para poder alcanzar todos en el único asiento que había y ella le hubiese clavado el codo en el estómago en cada bache. Por alguna razón no le parecía nada desagradable la idea.
- Si, a menos que haya quedado con alguien. –Phoebe se encogió de hombros- Como hoy, va a ir a la fiesta con Jack. –explicó, lanzando una rápida mirada a Arnold, pero este simplemente se encogió de hombros.
Después de todo, eso ya lo sabía, la única diferencia es que ya sabía el nombre de la cita de Helga. También, había averiguado que solía ir a las fiestas con algún chico y por la manera en que Phoebe lo dijo, no siempre era el mismo sujeto ¿Ahora resultaba que debía hacer la invitación con una semana de anticipación para que le dijera que sí?
Bueno… si sabía que era cotizada ¡Pero no a ese nivel!
La camioneta se detuvo en frente de una gran casa. Varios autos estaban parqueados en la parte externa, donde Gerald también dejó el suyo. Ya había jóvenes afuera y se escuchaba el amortiguado sonido de música electrónica saliendo de la misma. Al parecer, los padres de Lorenzo no estaban en casa, pues desde todas las ventanas, se apreciaban personas asomándose.
El grupo se adentró al interior y Arnold sintió un ligero mareo cuando el ensordecedor ruido llegó hasta él. La música estaba alta y lograba retumbar por entre las paredes y cristales. Pero al parecer era al único que le molestaba sentir sus tímpanos picarle. También se sorprendió del ambiente cálido que lo abrasó ni menos ingresó al domicilio. El exceso de personas le indicaba que en esa casa estaba, posiblemente, toda la preparatoria. Lo cual le hizo pensar a Arnold, que no conocía a ese tal Jack. No recordaba que fuese ni de los años mayores. Y realmente le costaba pensar que Helga saliera en una…. cita… con un chico menor, pero ¿Quién era él para sobre-pensarlo?
Por un lado le agradó que nadie lo mirara más allá de lo regular. Al parecer no les molestaba que estuviese ahí, entre ellos y eso le calmó. Pero nada se comparó con la incómoda sensación de notar que eso parecía una fiesta de besos… por muy infantil que sonara su clasificación. Ya había varias personas arrumadas en algunos rincones de la casa y no todos se estaban limitando exactamente a besarse. Por suerte, estaba agradecido que Gerald y Phoebe no encontraran ese ambiente propicio para incomodarlo a él.
- ¡Arnold! –el chico giró el rostro para encontrarse con Sid y Stinky, que llevaban cada uno grandes vasos rojos- ¿No te molesta, verdad? –el chico notó que el contenido de los vasos tenía cerveza, por lo que se encogió de hombros, quitándole importancia. No debía ser policía, no estaba en horas de trabajo y no estaban rompiendo ninguna regla por ende- Te dije que no le molestaría. –apuntó Sid, sonriendo ampliamente.
- ¿Y cómo estás, Arnold? –Stinky le observó por encima del vaso, antes de darle un largo trago.
- Bien, haciéndome a la idea. –les hizo un gesto a Gerald y Phoebe para que siguieran su camino y no lo esperaran- ¿Y Harold?
- Esta en un concurso de fuerzas con Ludwig en la terraza de arriba.
- Ya… -se apoyó contra la pared, observando de un lado a otro- ¿Creen que gane?
- Por lo regular no apostaría a su favor, pero Ludwig esta borracho. –Sid sonrió burlón- Le molestó ver que Helga vino con alguien que él no podía golpear.
- ¿Helga ya está aquí? –casi fue inevitable, lanzó una mirada de un lado a otro, demasiado acostumbrado a que ella siempre estuviese cerca de él.
- Fue una de las primeras en llegar. –Stinky sonrió- Esta en una de las habitaciones de atrás. Ludwig fue a buscarla pero ella lo mandó a volar.
- Verdad… -Sid abrió los ojos con sorpresa- Tú no sabes que Ludwig tiene una… cierta obsesión con Pataki desde la fiesta de cumpleaños de Rhonda del anterior año.
- ¿Obsesión? –consultó, extrañado.
- Si, Pataki decidió entrar a un concurso de resistencia. –Stinky rodó los ojos al notar la nula comprensión en la mirada de Arnold- Resistencia a consumir alcohol. El último en quedarse en pie, ganaba. Y Pataki ganó. Ludwig se puso furioso pero en algún momento, mientras Helga se burlaba de él, Ludwing se obsesionó con ella.
- Se hizo adicto al sabor Pataki. –explicó Sid.
- ¿Cómo?
- A cierto punto de su acalorada discusión, parece que firmaron la paz con besos y estrujones de aquí para allá. –bromeó Stinky- Pataki es algo apasionada pero también salvaje y más cuando tiene varias copas encima. Aunque no me extraña que se besara con alguien después de estar peleando.
- Curioso… -Arnold habló de manera desinteresada y se separó de la pared- Voy por algo de beber. –explicó, avanzando por la atestada habitación.
Lo único que tenía en mente era que Helga debía estar por ahí… en una habitación. La idea le incomodó a varios niveles y apresuró el pasó. Cuando llegó al corredor, se dio cuenta que no solo había un cuarto, sino tres. Sin pensarlo demasiado, se apresuró a la primera puerta y la abrió de golpe.
- ¡Degenerado! –una voz femenina lo recibió y cerró a tiempo antes de que el florero impactara en su cara.
- Bien… ahí no. –porque en la rápida vista que tuvo, entre esas cuatro chicas que se estaban cambiando de ropa no estaba Helga…- ¿Cómo iba a saber que ahora era norma de cortesía hacer eso en casa ajena? –se quejó más para sí.
Arnold caminó a la segunda puerta y tocó. No tuvo respuesta, por lo que abrió lentamente y se asomó en el interior.
Ahí estaba Helga.
Y estaba escuchando música desde su celular, compartiendo el otro audífono con un chico de cabello castaño desordenado y extremadamente alto, ambos sentados uno junto al otro. Pero cuando Arnold dio una segunda mirada, notó que el chico estaba en una silla rueda y Helga estaba apoyada contra la misma, con los ojos cerrados. Ahí entendió la razón por la que Ludwing estaba frustrado al no poder golpear a la cita de Helga, era cuestión de ética.
Bueno, hasta que él tropezó con la puerta y ella levantó la mirada, fiera y voraz.
- ¿Arnold? –acusó, sorprendida, arrancando el audífono de su oído- ¿Qué haces aquí?
- Yo… -el chico se aferró la perrilla de la puerta- me perdí.
¿Qué tan ridículo debía verse ahí parado?
¿Por qué rayos pensó que era una buena idea todo eso?
- Eres pésimo mintiendo, cabeza de balón.
- ¿No nos vas a presentar, Helga?
- Oh… -la chica lanzó una mirada del uno al otro- Arnold, él es Jack… Jack, ese de ahí es Arnold.
- Ese… -se quejó el rubio, sin poder evitarlo.
- Entonces eso. –corrigió la chica, levantando el mentón, altiva.
Jack soltó una pequeña risa, sin poder evitarlo, mirándolos.
- Un gusto, Arnold.
- El gusto es mío. –observó el lugar, era una habitación en completa penumbras- Y… ¿Qué hacen aquí?
- Armar nuestra fiesta privada. –respondió mordaz la chica.
- La señorita aquí presente se excedió un poco en alcohol y la traje aquí para que se le baje un poco el mareo. –respondió tranquilamente Jack- Nunca es bueno para las chicas encontrarse en un estado en donde las crean vulnerables. –comentó casualmente.
Helga lo fulminó con la mirada y se levantó sorpresivamente, irguiéndose lo suficiente para resaltar su femenina altura. Ella llevaba unos botines negros y unos leggins que llegaban bajo su rodilla de color purpura, unos shorts negros encima, un holgado suéter rosa que dejaba al descubierto sus hombros y sus mangas llegaban hasta sus codos, abajo del mismo se apreciaban unos tirantes negros gruesos y unas mangas negras entalladas que salían por abajo del suéter hasta cubrir las manos de la chica, dejando a la vista solo sus largos dedos. Helga iba con el cabello suelto, salvaje.
Pero solo por un segundo se mantuvo ahí, poderosa, en frente de ellos. Al segundo siguiente se deslizó hacia un lado para sostenerse contra la pared y mirarlos por entre su melena rubia.
- Helga… ni siquiera te puedes mantener en pie. –le comentó Arnold, dando un paso hacia ella para ayudarla.
- Estoy en pie. –apuntó la chica y de tan cerca pudo notar que ella tenía un sonrojo creciente en sus mejillas y la mirada nublada.
Por alguna razón, la imagen de ella así, agitada, acalorada y mirándolo tan profundamente y al mismo tiempo presa de algo superior le hizo sentir su garganta seca y a su corazón acelerado.
- No, éstas apoyándote contra la pared. –señaló Jack, divertido, avanzando con su silla de ruedas para estar en frente de ella.
- No, la pared está apoyada contra mí. –y por un momento Arnold pensó que Helga le iba a sacar lengua, pero simplemente levantó el mentón y se empujó a si misma de la pared- Si van a estar molestándome, me voy a conseguir al primer imbécil que encuentre y bailaré con él.
Algo en su argumento dejaba en claro que no iba en serio. Helga miraba a Jack con una confianza y protección que Arnold solo había captado un par de veces en la infancia y solo dirigidas hacia Phoebe.
- ¿Qué tal este imbécil aquí presente? –Jack sonrió- Sin ánimo de ofender.
- ¿Yo?
- ¿El cabeza de balón? –acusó la chica, sorprendiéndose- Debes estar bromeando.
- Sinceramente, Hell, creo que debes quemar ese alcohol y me gustaría divertirme un poco además de cuidarte la borrachera. –Jack sonrió de manera amable, ladeando el rostro- Pensaba que tal vez podías ayudarme con la pelirroja rizada…
- ¿Siobhan Andrews? –se apresuró a consultar Arnold, recordando a la pequeña y fina chica que hacía de tesorera en el consejo estudiantil, con su rápido vocabulario y astucia con los números.
- Ella misma. –Jack asintió.
- Lo siento, ya alguien la apartó. –negó rotundamente Helga y dio un par de pasos hasta que se sentó en el brazo del silla de ruedas de Jack, aferrándose al respaldo de la silla para no caerse- Tú solo escoge otra, ciborg.
- Veamos… Vi a Ruth... éramos compañeros pero ella repitió un año. –Jack entrecerró los ojos, dubitante- ¿Por qué sonríes así?
- Porque era el gran amor del cabeza de balón. –contestó la chica, con una sonrisa similar a la que tendría un felino.
- Por Dios… solo tenía nueve años… no puedes condenarme de por vida por mis gustos de infancia. –rogó Arnold pero la sonrisa femenina se borró lentamente.
- Puedo y lo haré. –juró, levantándose con dignidad, mientras empujaba a un lado a Arnold y salía al corredor- Apresúrate, cabeza de balón.
- ¿Qué...? ¿Yo…? ¿Ah…? –le lanzó una mirada a Jack pero este negó con solemnidad, pasando por la puerta, guiando maestralmente las ruedas de su silla y siguiendo a buen ritmo a Helga- ¡Espérenme!
Casi tuvo que correr para darles alcance, Helga tenía una forma particular de imponerse entre las multitudes y abrirse paso, logrando un fácil camino para Jack, que parecía no importarle las rápidas miradas que llegaban a él y algunos lo saludaban animadamente. Arnold sintió cierta envidia, una de añoranza, pues mientras él recorría el mismo camino, tenía que volver a apartar a la gente que se amontonaba una vez más en su camino y solo le lanzaban una mirada rápida pues ya había dejado de ser una novedad para los estudiantes.
Al llegar a la sala, donde habían armado la pista de baile, notó que Helga miraba de un lado a otro, con cierta autoridad, como si fuese su propia fiesta.
- ¡Ruth! –gritó, llamando la atención de la chica, que bailaba con sus amigas una coreografía memorizada- Ven acá, muñeca. –ordenó.
Para sorpresa de Arnold, la castaña hizo caso, avanzando entre la multitud y saludó con cierto ánimo a la rubia. Ambas intercambiaron un par de argumentos en un cuchicheo inteligible, en donde una dominaba a la otra. Al final Ruth observó a Jack y sonrió ampliamente, mostrando su perfecta sonrisa.
- ¿Qué tal si vamos al balcón? –propuso la castaña, posicionándose atrás de la silla de ruedas y guiándolo hacia afuera, mientras Jack lanzaba una mirada de agradecimiento a Helga.
- Así que… ¿Celestina? –consultó Arnold, sorprendido.
La chica se encogió de hombros y lo tomó de la muñeca, arrastrándolo entre el grupo de personas que danzaban. En algún momento se hizo de un vaso y bebió un par de tragos del contenido, dejándolo en la mano de otro sujeto que se sorprendió pero no dijo nada al saber quién era.
El rubio no se extrañó. La reputación de la Reina del Mal era más que todo algo silencioso, no se la veía golpeando a la gente, pero de alguna manera sabía manipularlos y sacar todas las ventajas. Los más extremos, juraban que Helga Pataki era un demonio en el cuerpo de una adolescente o que había hecho pactos con archiduques del Infierno para que el universo le sonriera de manera tan oscura y mimosa. Arnold aun no comprendía bien a lo que se referían, pero debía admitir que un aire de seductora maldad rodeaba a la chica, como si pudiese ofrecer algún tipo de diversión que otras féminas de su edad desconocían. A veces, él se sorprendía porque se encontraba cayendo en el hechizo y al mismo tiempo, repitiéndose constantemente que Helga lo mataría si hacía un movimiento indebido en su dirección.
La rubia se giró sorpresivamente, haciendo que se quedaran completamente cerca, pero antes de que Arnold se apartara, ella tomó sus manos y las guio a sus caderas, mientras comenzaba a bailar el ritmo electrónico y agitado que sacudía los cuerpos a su alrededor. Helga se comenzó a mover entre las oscuras sombras y las luces blancas que a veces parpadeaban y la iluminaban como mármol puro. Ella deslizaba sus dedos entre sus cabellos, levantándolos, mientras serpenteaba frente a él, tomándolo por sorpresa.
Realmente iba en serio eso de bailar.
Pero ese era un terreno que Arnold conocía igual o mejor que Helga. Así que no dudó en tomarla de su espalda baja con un brazo, clavando sus dedos sobre su columna vertebral y con su otra mano cerrada al costado de su cadera. La acercó de tal manera que ella terminó con sus piernas separadas por la rodilla masculina y con cierta brusquedad para hacer que lo mirara. Arnold estaba sonriendo de esa manera tan peculiar que tenía desde que eran niños, como si su bondad fuese una máscara y en realidad hubiese algo oscuro en su interior, algo que compaginaba con el salvajismo de Helga.
Ella abrió los ojos, sintiendo sus mejillas sonrojarse y el alcohol bombear en su cabeza. Pero se negó a dejarlo ganar, él se estaba divirtiendo a costa de ella, de su seguridad, como solía hacerlo en el pasado. Aun así ambos habían cambiado y ella conocía un par de trucos que de niña le eran desconocidos. La rubia se dejó hacer en un inicio, permitiéndole ganar terreno y algo de confianza. Pero cuando apoyó su torso contra el pecho masculino, fue la hora en que ella atacara. Helga deslizó su rostro por la mejilla de Arnold y se apoyó contra él, bailando a un ritmo más pausado pero sin llamar verdaderamente la atención.
Después de todo, la mayoría bailaba así.
Pero lo sintió, él se tensó contra su cuerpo, con sus manos cerrándose contra la tela del suéter de la chica y conteniendo el aire en sus pulmones. Helga estaba contra su cuerpo, dejándolo sentir cada parte de ella, sus labios le rozaban la mejilla, despacio, como si fuese pura casualidad pero dándole hormigueos.
Ella sonrió de lado y suspiró lentamente, fingiendo que necesitaba tomar aire, pero era el simple placer que tenía en imponerse sobre él. Ambos eran una especie de rivales. Aun en cuestiones que otros encontrarían romántico, ella siempre buscaba vencerlo, sin que notara que había algo más allá de ese exterior competitivo. Una lucha constante, como el fuego y el aire, consumiéndose y dependiendo uno del otro.
- Ocho… -Arnold comentó, en voz ligeramente alta.
- ¿Disculpa? –preguntó ella, sorprendida
¿Acaso iban a dedicarse a decir números al azar sin sentido? Porque ella podía decir siete…
Si, siete era un buen número.
- Tu técnica para bailar. Yo le pondría un ocho, tienes las aptitudes y el deseo, pero…
La mano que dominaba el costado de su cadera corrió rápidamente por sobre su short, bajando hasta su muslo, sobre el leggin y levantó la pierna femenina con facilidad, Arnold guio su muslo hasta que lo posara sobre su cadera masculina y la inclinó hacia atrás, sorprendiéndola, obligándola a agarrarse al cuello de su camiseta con sus manos y con eso, forzándolo a acercar su cara a la de ella de manera peligrosa. Pero Arnold seguía sonriendo, de costado, con la mirada entrecerrada y peligroso… muy peligroso.
- Te falta práctica. –le susurró y ella se estremeció al sentir su aliento justo sobre su mentón, bajando por su cuello.
Solo era aire, pero uno muy caliente.
- ¿Y planeas enseñarme? –murmuró Helga, siseando porque alguien había metido whisky a la fiesta y el vaso que había robado tenía ese peligroso contenido que había caído en sus entrañas, mezclándose con cerveza y vodka dándole una perspectiva del mundo muy diferente.
- Pensé que creías que los instructores de baile eran unos peligrosos y viles seductores que se aprovechaban de la cercanía de los cuerpos para cortejar. –la enderezó de golpe, tan repentinamente, que Helga se descubrió con la pierna aun rodeando la cadera del chico y sus manos trepando por el cuello del chico hasta cerrarse ahí, en su nuca.
- Creo que ha quedado claro que te prohibiría cortejarme. –ladeó el rostro, sintiendo la lengua picante, deseosa de salir, como si estar en su boca fuese un sacrilegio- Desde que terminamos no he tenido otro novio. El amor me hizo sufrir por años, Arnoldo, no planeo volver a pasar por eso, quiero hacer lo que hace la gente a nuestra edad.
- ¿Y qué hacen? –murmuró el chico, mirándola desde tan cerca que notó detalles que no habían cambiado en ella, como sus largas pestañas y su intensa mirada añil.
- Divertirse… Porque el truco es decirle "No" a todos los que quieran pedirte noviazgo y susurrar "Ven" a aquellos que solo miran tus labios para huir del desamor, las culpas, el estrés y los problemas. –murmuró ella y sonrió de lado, deslizando su pierna para bajarla de la cadera masculina, sintiendo lo cerca que habían estado y como había quedado tan peligrosamente su cuerpo apoyado al de él, haciendo que respirar se volviera un apretón de torsos, una mezcla de alientos y sabores a licor y hierbabuena.
- Entonces… -la mano libre del chico, que había sostenido su pierna, subió hasta tomarla del mentón, con firmeza, obligándola a inclinar solo un poco el rostro hacia atrás para tener una mejor perspectiva de sus labios- El truco es que tú quieras la relación y el afortunado responda mirando tus labios… -murmuró, acercándose a ella.
Porque era demasiado natural estando tan cerca el querer estarlo otro poco más. El querer deslizar su lengua por sus labios aun antes de desear besarla. Simplemente querer atraparla, tocarla sobre la molesta ropa, volviéndola aún más deseable y peligrosa. Y así, buscar tenerla más cerca. Solo otro poco. Siempre otro poco.
- ¿Afortunado…? –ella usó sus uñas para acariciarlo justo en la nuca, dándole escalofríos a Arnold, porque era un toque peligroso, como ella y se sorprendió adicto a eso.
Por lo que deseo alejarse de ahí, besar cada uno de sus dedos donde nadie más pudiese ver esas expresiones.
¿Acaso estaba sonando música? ¿Acaso estaba un mundo alrededor? ¿Alguien estaría mirando, recordando los enemigos que fueron de niños y que en un solo viaje se habían vuelto el uno para el otro para luego alejarse como si fuesen fuego y hielo? Poderosos pero su cercanía mutua los volvía destructivos.
- Muy… -Arnold respiró por la boca, sintiendo otra vez el perfume picante de la chica llegar a él, mucho más poderoso que el aroma de la fiesta, mucho más interesante que la música- muy afortunado…
Ella entrecerró los ojos, entreabriendo sus labios lentamente, Arnold sintió la fuerza de sus dedos contra su nuca, atrayéndolo. Porque le daba permiso a besarla, a disfrutar como ella había explicado. Porque era una fiesta y eso se hacía ahí, sin complicaciones ni necesidad de historias previas.
Él rozó sus labios y la escuchó suspirar. El sabor del licor llegó hasta su boca y lo encontró dulce y oscuro, como la bebida de los Dioses. Aunque esa era de una determinada Diosa que impaciente buscó cerrar su boca contra la de él, devorándolo.
Y Arnold solo pudo pensar que eso deseaba, perderse en su boca…
¡Saludos Manada! Ustedes… ¿Ustedes no me van a matar por terminar aquí el capítulo, verdad? Ustedes son buenos y saben que era necesario, así que no me van a golpear por esto.
¡Yo los quiero mucho! ¡Lo saben!
¡Nos leemos!
Nocturna4
