Los primeros

Sirius Black es un tipo perezoso. Siempre lo ha sido. Sabe de sobras que su madre odia que se pase el día tirado en la cama. Tal vez es por eso que si tuviera que definirse a sí mismo lo haría con la palabra vago. Sirius es un vago. Le encanta tumbarse en la cama o en el sofá y dormir más horas seguidas de las que tiene el día, pero frente a eso, una vez que ha descansado todo lo humanamente posible, es incapaz de estarse quieto.

Lamentablemente el día 2 de septiembre de 1971, Sirius Black está en modo vago. Sueña con elfos domésticos y petardos. Ve la horrible cara de su madre gritarle, ponerse roja hasta que le empieza a salir humo por las orejas y explota envuelta en sus propios gritos. Sirius adora levantarse después de haber tenido un buen sueño.

Se estira todo lo que puede y se siente tan bien que sería capaz de cantar en alto. Tal vez esa canción que escuchó hace tanto tiempo que no lo recuerda

- Visions cupped within a flower…-empieza, pero al instante calla y comienza a toser. Reza para que nadie le haya oído graznar de esa forma. Después se deja caer al suelo y observa las camas vacías. Todas excepto una. El estúpido de Cuatrojos sigue durmiendo. Lo mira. Respira suavemente; la nariz medio levantada por el roce con la almohada y esa sonrisa estúpida, la misma sonrisa que dice me he comido tu rana de chocolate, imbécil. Sirius sabe que ahora mismo puede ejecutar su dulce venganza. La cama del chico que no habla está bien hecha, las sábanas estiradas y un libro poco grueso sobre la almohada. Recuerda que el día anterior L… Lupin, sí, se sorprende acordándose de su nombre, también estaba leyendo en el tren. Leyendo y sin hablar. Sirius se plantea la posibilidad de que no tenga lazos vocales de ésos. Y en esa cama duerme… Oh, el niño ratón, el niño de dientes largos y voz cargante.

¡Pues sí que va bueno! El imbécil de Cuatrojos, el impertinente Ratonejo y… y… y el repelente de Mudito. Mudito. Lo repite tantas veces en su cabeza que no puede evitar reírse a carcajadas.

Se vuelve cuando nota que James se revuelve entre las sábanas rojas. Es su oportunidad. Con la agilidad de un cazador se tira encima de él y el chico de pelo desordenado se despierta al instante.

- ¿Q…? - masculla.

- ¡Mías! - Sirius le quita las gafas y las ondea en el aire como quien agita una bandera - ¿Quién ríe ahora eh?

- Sirius… - James no parece entender nada de lo que está pasando -¿Qué haces?

- Quitarte las gafas.

- ¿Para qué?

- Para moles… - Sirius incluso duda de su actuación. Lo ha hecho bien. Es una gamberrada; le ha quitado las gafas a un miope. ¿Entonces por qué siente como que debería devolvérselas? - Para molestarte, evidentemente.

-Ahm. - James sonríe ampliamente - Pues si no me devuelves las gafas no te diré donde escondí anoche tus pantalones del uniforme.

- Tengo más experiencia que tú, gafotas, sé perfectamente que eso es mentira.

- De acuerdo. - el chico se cruza de brazos y apoya la espalda en la pared.

Sirius duda. ¿Y si…?

Se levanta y echa un vistazo a la silla en la que dejó la noche anterior toda la ropa. Y efectivamente. Ni rastro del pantalón.

- Está bien, imbécil, o me dices donde está mi pantalón o…

- Devuélveme las gafas.

- No.

- Pues entonces estaremos así hasta que empiecen las clases.

Y entonces la bombilla se enciende. Las clases.

- ¿Qué hora es, Potter?

- Mierda.

Sirius tira las gafas al aire y James se levanta rápido como un rayo de la cama, tropezando con las sábanas, alarga el brazo y las atrapa.

- ¡Guau! - la voz de Sirius parece un ladrido - ¿Cómo has hecho eso?

El chico no contesta porque se pone la camisa a la velocidad de la luz y se mete la corbata - que no sabe anudar - por la cabeza.

- Tus pantalones están debajo del colchón de Remus. - jadea, mientras se pone las zapatillas.

- Te odio, James Potter. - gruñe Sirius.

Diez segundos después los dos van saltando por las escaleras de Gryffindor, Sirius se abrocha los últimos botones del pantalón cuando salen a las escaleras. Se quedan quietos.

- ¿Sabes dónde está la clase de… qué puñetera clase tenemos?

-¿Transformaciones?
- ¿Sabes dónde está la puñetera clase de Transformaciones?

- No…

Los dos miran las escaleras infinitas y se preguntan si existirá alguien en el mundo capaz de conocer ese enorme castillo al dedillo. Llegan a la conclusión de que no, que es imposible. James actúa más rápido.

- Señora - se vuelve hacia la mujer de vestido rosa que adorna el cuadro por el que acaban de salir -, ¿sabe usted hacia dónde han ido los alumnos de primero esta mañana? Hace media hora, señora, ¿lo sabe usted?

- Ay, querido…- la mujer mueve las manos con teatralidad-Salen tantos niños por aquí que es imposible acordarme de todos…

- Por favor…- James se muerde el labio intentando dar toda la pena que puede y Sirius le mira anonadado. Ese imbécil sabe demasiado bien cómo ganarse a la gente - Estamos perdidos, y…- una pequeña lágrima cae por su mejilla.

- ¡Oh, cariño! - La señora parece estar a punto de salir del cuadro-No llores, corazón, creo que se fueron escaleras abajo, al cuarto piso dijeron…

- ¡Gracias!

Los dos niños echan a correr escaleras abajo, saltando un escalón que de repente desaparece bajo sus pies.

- ¿Cómo has hecho eso de llorar?

- Es fácil. -Se encoge de hombros James mientras salta cuatro escalones de golpe y cae en el rellano del cuarto piso.

Recorren el pasillo mirando los letreros encima de las puertas y con los corazones en un puño. Finalmente, una puerta sin cristalera y madera oscura tiene una placa brillante que dice Aula de Transformaciones.

- Llama tú. - Dice James.

Sirius se aclara la garganta y pega unos golpes en la puerta, hasta que esta se abre sola.

- ¿Se puede? - Pregunta con su voz más adulta.

La profesora McGonagall está de pie sobre la tarima, con la varita en la mano. Viste una túnica verde turquesa, pero distinta a la del día anterior. Los puños están bordados en negro en vez de en dorado y el cuello tiene forma redonda. Lo que no ha cambiado en absoluto es la mirada seria y agresiva que les dirige a los dos.

- Media hora tarde, Potter y Black.

Minerva McGonagall lleva muchos años dedicándose a la docencia en Hogwarts. Su mayor virtud puede que sea la puntualidad y sin embargo, no tiene nada de paciencia. También tiene una capacidad increíble para recordar caras y nombres y nunca jamás ha confundido a un alumno con otro. Y allí los tiene; James Potter y Sirius Black, incumpliendo varias normas de modales básicas. Las camisas por fuera de los pantalones, la corbata a medio anudar y el pelo sin peinar. Las gafas de James están sucias y los pantalones de Sirius no podrían estar más arrugados. ¿De dónde salen estos dos? Sin embargo, los ojos del primero brillan de una forma que hace daño al corazón y la expresión de culpabilidad del segundo impide que alce la voz. Esa es la primera vez que Minerva McGonagall no grita. Y la única vez que la engañan. Años después, Minerva recordará ese día, el primer día en el que la molestaron, el primer día que llegaron tarde y no los castigó y no se arrepentirá, porque al fin y al cabo, todos los castigos que vinieron después serían mucho más merecidos.Eran incorregibles. James… Oh, Circe, ese muchacho nunca se peinaba, jamás aprendió a hacer un nudo de corbata bien y Sirius… Dumbledore, le digo yo que jamás he visto a un muchacho con tanta habilidad para crear problemas. Esos dos… dirá.Esos dos. Y Dumbledore reirá con añoranza. Y después los dos tomarán el té hasta que la noche caiga. Y sin embargo, la bruja sonreirá. Y Minerva McGonagall pocas veces sonríe.

- Siéntense.

A James y a Sirius no les queda otra que ocupar el primer pupitre en la primera fila, el pupitre de la vergüenza, el que nadie nunca quiere. Remus los mira con diversión desde su sitio, al lado de Peter, que pasa las páginas del libro con demasiado entusiasmo; después, el joven licántropo recupera su compostura y dirige su total atención a la profesora.

- Como decía - sigue ella-. Antes de poder transformar siquiera una aguja tendrán que leer, leer mucho. Porque a diferencia de otras asignaturas que tendrán, Transformaciones no es sencilla. Un error en esta disciplina puede convertir algo sobrehumano en algo inhumano. Mi intención es que cuando salgan por esa puerta dentro de siete años, sus mentes sean un poco más abiertas y sus habilidades rocen lo extraordinario. Claro que eso está al alcance de unos pocos; el resto alardearán de poder convertir una rata en una copa.

Los ojos de la bruja se posan en las dos últimas personas que han entrado en el aula y ambos abren la boca indignados.

- Pero basta de palabrería, quiero que para hoy…- McGonagall coge una trozo de madera de encima de su escritorio-Transformen un trozo de astilla en un alfiler.

La clase empieza a murmurar, y la bruja manda callar mientras mueve la varita y un montón de astillas salen volando para depositarse en sus pupitres.

- ¿Y cómo se supone que tenemos que hacer eso?-gruñe Sirius.

- Deje volar su imaginación, Señor Black-contesta la mujer-. Tal vez si su amigo y usted no hubieran llegado tarde lo sabrían.

Los dos Gryffindor gruñen mirando sus respectivas astillas. James mueve la varita con habilidad entre los dedos y Sirius intenta imitarle. Se le cae al suelo. La recoge. Lo intenta de nuevo y se vuelve a caer. Pero a la tercera, la madera se mueve ligera entre sus dedos corazón e índice y da una vuelta completa.

- ¡Sí!-exclama.

- ¿Quieres probar quién aguanta más?

- Claro.

Y dan vueltas. Y James gana dos veces seguidas, pero Sirius le reta a una tercera esta es la mía y vuelve a perder no es justo, llevas años de práctica protesta.

- No sería tan tonto de retarte a algo que supiera que iba a perder, idiota.-James vuelve su arrogante cara hacia Sirius y le mira con superioridad.

Y Sirius Black se cabrea. Sonríe ampliamente y le pega una patada a la silla que su compañero está manteniendo sobre las dos patas de atrás. BUM

La clase se llena de risas y la más fuerte es la de Sirius, risa perruna, por encima de todas. O de casi todas.

James en el suelo es incapaz de dejar de reír. Con las gafas bajo la nariz le mira con una sonrisa demasiado amplia.

- De acuerdo, tú ganas, Black.

- Sí, él gana - McGonagall coge del jersey a James y le levanta del suelo-. Y usted pierde cinco puntos para Gryffindor por alborotador.

Y esos fueron los primeros. Cinco puntos menos para Gryffindor porque Sirius Black consideró que no era justo que James Potter supiera mover la varita más rápido que él entre los dedos.

Cosas mejores que el sabor del chocolate

El pantalón del pijama de Remus le viene demasiado grande, y los bajos arrastran por el suelo mientras camina hacia el baño con su cepillo de dientes y la pasta muggle en la mano. No se ha criado entre magos, así que desconoce que la mayoría de alumnos simplemente agitan sus varitas y ejecutan un encantamiento limpiador; o comen caramelos mágicos con sabor a menta que se deshacen dentro de la boca y blanquean los dientes al instante. Cuando se entere, seguirá lavándoselos así, con su pasta y su cepillo: Remus Lupin siempre se guía por las costumbres.

Por costumbre, también, se levanta temprano, incluso, quizás, demasiado temprano. Apenas ha comenzado a amanecer, pero él está más que despierto. Esto se debe, por un lado, al incidente con el despertador, y en parte, le influye la Luna: Es día tres se septiembre. La Luna llena no aparecerá hasta el día cinco, pero ya la siente: Le pone la carne de gallina, hace que algo dentro de él palpite agresivamente y contra su voluntad.

Pero no piensa en la Luna, porque es el segundo día de clase en Hogwarts. Y aunque no seas tonto, Remus, no estás nervioso está impaciente por continuar con su vida académica (y no académica, también) allí, en el colegio. El primer día de clase había sido fascinante, lo que hacía que sus esperanzas ante el segundo fuesen infinitamente positivas. Después, vuelve a la habitación, donde sus tres compañeros aún dormitan profundamente. Se viste en silencio y con cuidado: Primero de todo, los calcetines; después, la túnica, la capa, la larguísima bufanda, los zapatos. Salvo las manos y la cara, no hay una sola parte del cuerpo de Remus que no esté cubierta de tela. Se detiene un momento a observar a los chicos con los que tendrá que convivir durante los próximos siete años.

El que parece mayor de todos, Sirius, tiene el pelo negro y largo, y le da un poco de miedo. Piensa que parece el tipo de persona capaz de morderte o algo así si le llevas la contraria. Le ha visto pelearse en varias ocasiones con el otro, James, que no tiene tanto aspecto de ser agresivo. Parece, incluso, amable, pero hay una chispa de malicia en el fondo de su mirada y de esa sonrisa brillante que Remus sabe que tarde o temprano le traerá algún problema. Y después, está Peter. Está hecho un ovillo bajo las mantas y ronca suavemente. Parece muy inseguro de sí mismo, y tímido, pero no más que el propio Remus. Cuando está buscando en su baúl los libros correspondientes a las clases de ese día, Peter se levanta y, aún en pijama, despierta a sus compañeros de habitación.

- P-p-erdona, James y Sirius, pero ya es hora de levantarse, y, bueno, como ayer, llegasteis tarde, pues… Pensaba que…

- Cállate, Peter - Gruñe una voz desde lo alto de la litera.

- Déjanos dormir, jo. - Gime James.

- Pero… Llegaréis tarde otra vez…

Al final y de mala gana, James se levanta de la cama, con los ojos llorosos y bostezando cada, aproximadamente, cinco segundos. Sirius tarda un poco más, pero finalmente abandona sus intentos de seguir durmiendo y comienza a vestirse de mala gana. A Remus le resulta un poco violento tener a sus tres compañeros semidesnudos alrededor, y, aunque sabe que tarde o temprano tendrá que acostumbrarse a dormir junto a tres chicos más, prefiere salir del cuarto y bajar a desayunar. Aún no hay alumnos en el Gran Comedor. Posiblemente, por eso, porque no había más alumnos allí, Albus Dumbledore se acerca y le saluda, pillándole desprevenido y haciéndole sobresaltarse. Va vestido con una túnica distinta a la de la última vez que le vio, pero del mismo color azul vívido.

- Me alegra que hayas venido, hijo. Si no te importa, ¿vendrías a hablar conmigo a mi despacho después de las clases?

- Claro, profesor. - Remus contesta al instante, pero en realidad, tiene miedo de lo que le pueda decir.

- ¡Perfecto! - exclama - Te espero allí, entonces.

Y desaparece, volviendo a la mesa de los profesores, antes de que nadie pueda percatarse de la momentánea conversación entre el adulto y el niño. Remus le observa desde lejos.

En realidad, no tiene hambre, ni nada que se le parezca, pero enormes jarras llenas de chocolate le hacen cambiar de opinión. Al final, acaba desayunando más de lo que recuerda haber desayunado jamás en su vida. El calor de la bebida llena el estómago y hace desaparecer en parte la preocupación por la charla con Dumbledore que le espera más tarde. Poco a poco el Gran Comedor comienza a llenarse de alumnos que charlan alegremente mientras toman el primer bocado del día. También Sirius, James y Peter se sientan en la mesa de Gryffindor a desayunar cuando Remus aún no ha acabado. Comen muy rápido, los tres; él no, él come despacio, saborea, reposa. Después, van a clase. Aquel día tienen Historia de la Magia a primera hora. El profesor es un fantasma anciano, es decir, un fantasma viejo incluso para ser un fantasma, que tiene un tono de voz que adormece a la clase con tan solo las dos primeras frases. Remus, sin embargo, atiende y apunta cada palabra, fascinado.

- ¿Cómo narices consigue mantenerse atento? - dice Sirius desde el otro lado de la clase, pero no le está escuchando. - En serio, no me había aburrido tanto en mi vida, ¿qué le pasa?

La siguiente clase es Encantamientos y, el profesor Flitwick, un hombre con bigote de muy pequeña estatura - Remus hubiese jurado que no le llega a la altura de la cintura - se sube a una enorme pila de libros para lograr ver correctamente a los nuevos alumnos. Tras una breve introducción a la asignatura, en las que el pequeño profesor les explica distintas formas de mover la varita y de pronunciar los hechizos con la entonación adecuada, llega el momento. El momento de hacer magia.

Todas las clases que habían tenido habían sido meramente introductorias, y aquella es la primera vez que a los alumnos se les autoriza a hacer magia. Por eso, todos se muestran notablemente entusiasmados e impacientes cuando Flitwick comienza a repartir plumas de lechuza entre los alumnos, una para cada uno. James consigue la suya antes que Sirius y éste piensa que el maldito Cuatrojos es un enchufado y se la devolveré y después observa la suya con detenimiento, preguntándose qué clase de encantamiento van a realizar sobre ella.

Remus, más que impaciente, está temeroso de lo que pueda pasar: No confía en sus capacidades de hacer magia. En su cabeza, toda la clase conseguirá rápidamente ejecutar el encantamiento, conseguirán hacer que aquella pequeña pluma cambie de color: Rojo, dorado, verde, azul; con un movimiento de varita, se hará cinco veces más grande y, con otra sacudida, empequeñecerá hasta que ni siquiera pueda verse. Y él seguirá ahí, mirándola fijamente, agitando la varita y pronunciando las palabras una y otra vez sin éxito.

- Vamos a hacer levitar esta pluma. Ahora, tenéis que moverla así - El profesor hace un movimiento semicircular y después sacude la varita bruscamente - Y exclamar ¡Wingardium leviosa! ¡Repetid conmigo! ¡Wingardium leviosa!

- ¡Wingardium leviosa! - pronuncian, los estudiantes, a coro.

- ¡Wingerdium labiosa! - exclama Sirius desde la parte superior de la clase. Remus ríe interiormente.

- Creo que es ¡Wingardium leviosa!, Sirius - puntualiza Peter, sin levantar mucho la voz, por si acaso.

- Sí, sí, bueno, eso, lo que sea. ¡Wingardio levioso!

- ¿Siempre eres tan inútil para recordar las cosas, greñudo? - apostilla Potter, entre risas.

- Cierra el pico, gafotas. ¡Wingardium leviosa! - Y trata de mover la varita como el profesor Flitwick lo ha hecho, y la pluma se eleva unos milímetros en el aire, vacila un momento y vuelve a caer. - ¡EH! ¿LO HAS VISTO? ¡SE HA LEVANTADO!

- Eres un mentiroso, ¡no se ha movido!

Remus les escucha desde abajo y mira fijamente la varita, inseguro. Con una mano temblorosa, la coge de encima de la mesa, la alza. Recuerda a la perfección las palabras: Wingardium leviosa. Primero, mueve la varita, después, la agita. "¡Wingardium leviosa!", en voz no demasiado alta, pero sorprendentemente firme. Y la pluma se eleva, y se eleva más, hasta la altura de las cejas, y la mantiene ahí un rato, y de repente se siente seguro como no se ha sentido jamás. La recoge con la mano, y el profesor, que le observa, le felicita.

- ¡Vaya! No ha sido perfecto, pero no ha estado nada mal. ¿Su nombre, jovencito?

- Re-remus Lupin, señor.

- Muy bien, señor Lupin. ¡Cinco puntos más para Gryffindor por ese encantamiento! Anderson, Carter, Powell, cinco más por cada uno, también. Y, ustedes dos - señala a Sirius y James, que están haciendo cosquillas en la nariz mutuamente y apostando a ver quién resiste más rato sin reír o estornudar - cinco menos por cada uno. ¡Hasta la próxima clase, chicos! Practicad, siempre practicad.

- Maldito seas, gafotas, ha sido tu culpa por no admitir que nunca le llegarás a la suela de los zapatos a Sirius Black.

A Remus no le importa ni siquiera lo más mínimo el hecho de que sus compañeros de habitación le hayan hecho perder los cinco puntos que ha ganado efectuando correctamente el encantamiento, porque lo que importa es que ha hecho magia, la ha hecho él solo, y se siente feliz con ello. Esboza una media sonrisa y se dirige a las mazmorras. La siguiente clase es la de Pociones, y en ella prepararán una sencilla poción crecepelo. Durante las dos horas que dura la lección, Remus solo piensa en la pluma, volando por el aire, impulsada por su propia magia.

Quién teme al lobo feroz

Un tembloroso y dubitativo Lupin espera en la puerta del despacho del director del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. La entrada está oculta tras una gárgola de piedra en la escalera del segundo piso. Remus lo sabe porque McGonagall le ha encontrado hace un rato merodeando por los pasillos, en busca del lugar donde Dumbledore le ha citado y, compasiva, le ha acompañado. La bruja susurra algo así como "regaliz de menta" y la estatua se hace un lado, permitiéndole el paso. Después, una larga escalera de caracol iluminada por luz tenue y cálida se eleva hasta el infinito, o, bueno, hasta el despacho, vaya. Y allí está él, un alumno de primero en su segundo día en la escuela, en la puerta del despacho del mismísimo Albus Dumbledore, que, dicen los más curiosos (y los coleccionistas de los cromos que vienen detrás de las ranas de chocolate) que podría ser el mejor mago de todos los tiempos. El mejor mago que el mundo haya visto jamás, que le llama "hijo" con esa ternura y amabilidad con la que se dirige a prácticamente todo el mundo. Mientras aguarda a que aparezca, Remus piensa que si realmente Dumbledore es tan habilidoso, el hecho de que no se haya dejado corromper ni un poco por todo ese poder que dicen que tiene le honra enormemente.

Empieza ya a impacientarse - aunque no mucho, no olvidemos que se trata de Remus - cuando el enorme pórtico se abre. Dumbledore le observa detrás de las gafas de media luna de montura dorada y sonríe, y con un amable "pasa, hijo" le permite la entrada a, posiblemente, la habitación más fascinante que el chico haya visto hasta la fecha.

El despacho es ovalado y en las altas paredes, en las zonas que no están cubiertas con estanterías repletas de libros y ventanales que dejan entrever el Bosque Prohibido, la luz rebota e ilumina en tonos azulados y violáceos la estancia. En una jaula de estrechos barrotes, dormita un eso no puede ser un fénix de plumaje rojo como la sangre. La belleza del pájaro encoge el corazón. Hay mostradores repletos de una enorme cantidad de artilugios y cachivaches de todo tipo que se mueven solos, hacen sonidos titilantes o brillan sólo cuando no los miras. Distingue enormes relojes de arena, y decenas de otros artilugios cuya utilidad no entiende pero que, si están allí, en aquel lugar tan fantástico, deben ser simplemente increíbles. El director parece comprender su curiosidad, sonríe y deja a Remus observar a su gusto y sin prisa la habitación, los retratos de los antiguos directores de Hogwarts, que charlan entre ellos, como si no se dieran cuenta de que el niño acaba de entrar; montañas de pergaminos escritos con tinta verde esa inconfundible tinta verde amontonados sobre el escritorio, sin orden aparente. A su lado, un aparato formado por cuatro aros plateados móviles, uno dentro de otro, que giran a distintas velocidades. Transcurridos unos minutos Remus se da cuenta de que lleva un buen rato divagando y se apresura a disculparse.

- P-perdón - Y agacha la cabeza - Solo que… Bueno, todo esto es… Es increíble, señor.

- Todos estos objetos tienen su propia historia. A veces, yo también me quedo embelesado mirándolos. Justo ese - y se refiere al último artilugio en el que Remus había centrado su atención - gira según la proximidad de las fases lunares. Este aro, el más grande (e inmóvil en ese momento) gira con la cercanía de la luna nueva. Estos dos - y señala los dos aros de tamaño intermedio y que oscilan lentamente - corresponden a la luna creciente y menguante, respectivamente. Y este - el último y más pequeño, se mueve rápidamente sobre sí mismo - reacciona al plenilunio.

Remus traga saliva. Plenilunio es una palabra muy bonita para referirse a la atrocidad de la luna llena.

- Y es eso de lo que quería hablarte, Remus.

- Entiendo, profesor.

- Pronto habrá luna. El día cinco, para ser exactos. Hoy es… Día tres.

- Lo sé, señor.

- No es algo que deba afligirte, hijo. No mientras estés aquí. Aquí, estarás seguro. Vuelve aquí pasado mañana, por la noche. Te llevaremos al Bosque Prohibido: Allí podrás transformarte sin peligro de dañar a nadie. En el bosque hay criaturas, claro, pero son fuertes; aunque no lo suficiente para hacer daño a un joven lobo. Hagrid, el guardabosques, te vigilará. Es un semigigante con una fuerza envidiable: Podría levantar el castillo sujetándolo sobre sus cimientos. Podrá controlarte, en el peor caso. Es solo una solución provisional, claro, pero no tienes que tener miedo. Todos los profesores velaremos por ti, Remus. - Mientras habla, camina por la habitación, pero no deja de mirarle.

- Sí, señor.

Quizás no tiene que tener miedo pero es imposible no tenerlo cuando tan solo quedan dos días para la Luna y va a convertirse en un monstruo y es inevitable pensar que todo el mundo va a asustarse y le van a expulsar y no podría soportar tener que irme de este sitio porque es el mejor lugar del mundo.

Y entonces, Dumbledore se acerca por la espalda y le da una leve palmada en el hombro. Una palmada en el hombro que dice "no tengas miedo, hijo, estaremos aquí".

Los días hasta el plenilunio pasan lentos, muy lentos, pero pasan. Y Remus, por primera vez, no se teme a sí mismo.

La peor parte es, sin duda, esperar a que llegue. Es Septiembre y hace frío, pero aun así, oculto tras la cabaña de Hagrid, el guardabosques, Remus se quita la ropa con lentitud y la deja allí, meticulosamente doblada. La capa, y sobre la capa la túnica, y sobre la túnica el jersey y sobre él la camiseta, la ropa interior, los calcetines. Lo último que se quita es la larga bufanda. El niño permanece desnudo y sentado sobre la hierba, observando el cielo con ojos tristes. Tirita, muy fuerte; los dientes le castañetean. Siente pudor a pesar de que son más de las doce de la noche y es completamente imposible que nadie le vea allí, en la oscuridad. El frío quema y Lupin aguarda a que la luna esté completamente llena: Cuenta mentalmente uno, dos, tres, cuatro se encoge sobre sí mismo, cinco, seis, siete rodea las piernas con los brazos nueve, diez y lo nota, siente la luz de la luna reflejar sobre su piel temblorosa, y transcurridos unos segundos ya no hay piel, sino pelaje; no hay mirada perdida y melancólica sino rabia; ya no hay frío, porque arde por dentro. Ya no hay niño, porque el niño desaparece para dar paso al lobo, y el lobo es grande y es fuerte y por primera vez en mucho tiempo, no siente sus garras y patas atadas, encadenadas a una pared: Corre, sus zancadas dejan huellas animales en la hierba. Sin rumbo, sin apenas visión, pues es noche cerrada; guiado por el instinto y por la sangre, por el ansia de libertad y de vida. Las criaturas observan al nuevo extraño ser que por aquella noche habita en el bosque, sin acercarse; Remus se siente parte de ese pequeño mundo de criaturas mágicas y salvajes. Su carrera continúa hasta que no siente las patas, y el atisbo de humanidad y conciencia en la mente del animal desaparece. Más tarde, cuando comiencen a utilizar la Casa de los Gritos para contener a Remus durante sus transformaciones, el lobo dentro de él ansiará volver de nuevo a aquella sensación que tuvo cuando recorrió el Bosque Prohibido de principio a fin por primera vez. Años después de terminar sus estudios en Hogwarts, volverá allí, al bosque, esta vez como humano: Volverá a adentrarse en sus profundidades, a caminar sin rumbo hacia ninguna parte, guiado levemente por sus sentidos; y las criaturas que allí viven, consideradas enormemente peligrosas e infinitamente temidas, para su sorpresa, no atacarán, sino que le reconocerán como a un igual: No serán capaces de olvidar a aquella bestia de pelaje grisáceo que, por una noche, hizo suya la oscuridad de aquel lugar en cuyas profundidades nunca nadie se había atrevido a adentrarse completamente.

Winter is coming

- ¿Cuánto tiempo piensas estar siguiéndome?

Sirius se para en el corredor; lleva las manos metidas en los bolsillos de la túnica porque ha olvidado los guantes en su desordenado baúl en lo alto de la Torre de Gryffindor, pero la bufanda, larga, roja y dorada le tapa casi hasta la nariz. Octubre en Hogwarts está resultando asombrosamente frío y solamente a un idiota como Sirius Black se le ocurre la idea de gastar su hora libre de la mañana paseando por los anchos pasillos que bordean el atrio exterior del castillo.

- ¿Y no puede ser que lleve el mismo camino que tú, engreído?

James se apoya en la pared y se levanta las mangas hasta los codos sé que tienes frío, imbécil piensa Sirius. Es evidente que Cuatrojos, con el único abrigo de la túnica y el jersey bajo ella tiene que estar congelándose. Pero ahí está, con las mejillas rosas y expresión burlona.

- Me llevas siguiendo desde que he salido por el retrato de la Señora Gorda.

- ¡La vida está llena de casualidades!

- ¿Por qué quieres ser mi amigo, Potter?

- ¡Sigues comportándote como un engreído!

Sirius frunce el ceño; no, se equivoca, no es un engreído, bueno sí, lo soy pero esa no es la cuestión. Sabe perfectamente que desde el primer momento en el que James y él se cruzaron, el chico ha intentado ser simpático con él y al mismo tiempo ha resultado ser la presencia más cargante de todo el castillo. ¿Por qué? ¿Por qué es amable con él?

Nadie en su vida ha sido amable con Sirius. Nunca. Y ese completo desconocido no ceja en su empeño de intentar sacarle una sonrisa. Y ahí está, con una chulería que no cabe en un cuerpo tan menudo, esperando que la batalla continúe.

- Sirius.

Los dos Gryffindor se vuelven al unísono hacia la voz cargada de desprecio. Envuelto en una bufanda verde y plateada y el pelo largo, blanco, peinado en una trenza que cae sobre su pecho, en el que una serpiente destaca en el negro de la túnica, Lucius Malfoy. A su lado otro muchacho más alto y también de Slytherin les mira con impasibilidad.

- ¡Lucio!

- Es Lucius, imbécil.

Sirius le mira cómo si no entendiese su idioma. Es terriblemente malo recordando los nombres. Esa es la principal razón por la que le resulta mucho más fácil poner motes a todo el mundo.

- ¿Y, qué te trae por aquí, primo? - el joven Gryffindor deja caer la última palabra con burla.

- Solamente te quería felicitar por haber decepcionado a la familia Black una vez más y a desearte mi más sincera suerte para cuando vuelvas a casa en Navidad.

- ¡Gracias! No hay nada que me complazca más en el mundo que decepcionar a la familia Black y en concreto a mi desagradable madre.

- Los de tu calaña acabaréis mal, Sirius, te lo advierto - Lucius vuelve sus ojos claros hacia la figura de James que observa la escena sin mover un solo músculo. - Y encima con este tipo de compañías… Un sucio Potter. - Escupe la P como si le diera asco.

- Sí que es cierto que el pobre a veces no controla bien su higiene…- bromea Sirius -, pero tampoco es como para llamarle sucio.

- ¿Te crees muy gracioso?

- Demasiado.

- ¡Te borraría esa sonrisa con un golpe de varita!-Lucius levanta la varita sin verdadera intención de hacer nada.

- Y antes de que pudieras levantarla habría hecho que te sangrara la nariz tanto que no saldrías de la enfermería en una semana.-el brazo de James se extiende a la velocidad de la luz y la punta de su varita roza la barbilla del Slytherin.

- Cállate, gafotas. - sisea el rubio sin apartar la vista del arma que le apunta.

- Mira, Lucio, somos dos hombres contra… - Sirius finge que cuenta -, ¿medio intento de persona? Así que más vale que arrastres tu culo de sangre pura de aquí o te aseguro que no podrás sentarte en mucho tiempo, imbécil.

- ¡Haré que tu madre se entere de esto! - Berrea mientras gira sobre sí mismo y se envuelve en la capa - ¡Haré que sepa con qué clase de gente te juntas!

- ¡HAZLO! - brama Sirius con la boca torcida.

Y se hace el silencio.

Why don't we sing this song together, open our heads, let the pictures come…

En un principio Sirius cree que la canción está sonando en el interior de su cabeza, como suele ocurrir, pero después se da cuenta de que James tararea la letra con más o menos acierto y juguetea con varios mechones de pelo que le caen sobre la nariz.

- Lo haces de pena, ¿lo sabías?

- James Potter, experto en destrozar cualquier canción que se proponga -le tiende la mano desnuda -. ¿Y tú eras…?

- Sirius Black-le coge de la mano y ninguno de los dos siente frío, porque tienen los dedos congelados-. Pronto se me conocerá como el tipo que le pateó el culo a Lucio Malfoy.

- Puedo ayudarte si quieres.

- Puedes cantar con uno de esos crimófonos que tienen los muggles y seguro que el colegio entero huye despavorido.

- ¿Estamos juntos en esto, entonces? - los ojos marrones de James brillan tras las gafas. Es el calor de la venganza lo que bombea en su corazón en ese momento.

- Lo estamos - Sirius asiente y salta para alejarse de él y continuar su camino-. Pero no me sigas.

James se queda quieto, se revuelve el pelo y sonríe ampliamente.

- ¡Sigues comportándote como un engreído!-repite.

Ambos empiezan a tiritar cuando pierden de vista al otro, porque octubre en Hogwarts está resultando asombrosamente frío y solamente a dos idiotas como Sirius Black y James Potter se les ocurre la idea de gastar su hora libre de la mañana paseando por los anchos pasillos que bordean el atrio exterior del castillo.

El día en el que James Potter se fijó en Lily Evans por primera vez

La asignatura de Pociones es sin duda la peor de todas las clases que existen en Hogwarts. James está convencido de ello y lo repite diez veces en voz alta, hablando con Sirius. Remus camina con el grueso libro de tapas azul oscuro que reza "Filtros y pociones mágicas" en letras doradas. Peter mueve las piernas rápido para poder seguir su ritmo y su nariz casi roza la espalda de James.

No es que me moleste, piensa el chico mientras siente la respiración agitada del rubio en su nuca, pero admite que resulta excesivamente cargante. Esa rata se ha enamorado de ti, gafotas repite Sirius cada vez que hablan del tema cuando los otros dos no están presentes. Y James suspira, cuenta hasta tres y aprende a vivir con su nueva condición: Él es James Potter y Peter Pettigrew es su sombra. Bajan las estrechas escaleras que llevan a las mazmorras; las paredes están húmedas y Sirius hace una mueca cuando toca un poco de verdín y los dedos se le manchan.

- Las pociones no son magia, no hay que mover la varita.-concluye James-¿Qué hicimos el otro día aparte de remover agua y cortarme el dedo con las estúpidas hierbas aromáticas?

- Slughorn es simpático.-interviene Peter.

- Te cortaste el dedo porque no puedes ver con esas gafas enormes cuando se te empañan.

Los ojos de Lupin se ponen en blanco pero nadie le ve. Hace días que se pregunta por qué camina cerca de esos patanes; se cansa de ver cómo Sirius provoca a James y este le responde con grandes sonrisas o algún que otro puñal; le da pena ver cómo Peter se derrite de admiración cada vez que el joven Potter abre la boca. Es incómodo para todos. Pero Remus no habla. Sabe que ese análisis de sus compañeros de habitación le resultará útil en algún momento y para qué mentir, resulta francamente divertido ver cómo debaten entre ellos cuestiones tan estúpidas como "Sirius, ¿qué es un enfluche y para qué sirve?" o "Gafotas, ¿crees que podría pescar uno de esos grindylows del Lago Negro y tenerlo como mascota?"Y Remus se ríe internamente: "Losenchufles, descerebrado, sirven para calentar cosas. Los muggles cogen sus comidas y con esos trozos de plástico hacen que salga calor" y un sorprendentemente cauto "puede ser buena idea, pero tendríamos que hacerle dormir en la cama de Peter y acabaría secándose."

Cuando era pequeño, en casa de Remus siempre se compraba el periódico los domingos, su padre iba al quiosco y traía esas páginas enormes. El pequeño Lupin simplemente cogía las hojas en las que había viñetas divertidas; la sección de chistes. Sirius y James representan su entretenimiento los domingos, salvo que la diversión dura la semana entera.

Sirius sigue quejándose de su mano mohosa cuando el profesor Slughorn les saluda animadamente desde la puerta del aula.

- Vamos, vamos, no se retrasen…-tiene aspecto bonachón. Tripa oronda de haber bebido demasiadas cervezas de mantequilla cuando entró en la edad adulta y ojos pequeños y brillantes.

La mazmorra está oscura, en la parte superior de la pared, ennegrecida por los vapores de los calderos hay varias ventanas con cristaleras verdosas que no proporcionan luz pero que comunican con las habitaciones contiguas. Los cuatro caminan por el pasillo y se sientan, en las largas mesas de madera de nogal oscurecida; primero Sirius, a su lado James, después Remus y finalmente Peter.

- ¿Qué os parece si llevamos a cabo un pequeño reto hoy?-Slughorn cierra la puerta a su espalda y mueve la varita encendiendo varias de las antorchas que ocupan la pared tras su escritorio-Es sencillo, ¿alguien sabe qué es la poción para la cura de ebulliciones?

Una mano se alza casi a la velocidad del rayo. Los ojos de Slughorn se posan en la persona dueña del brazo y sonríe.

- La Poción Curadora de Forúnculos, señor. El propio nombre lo indica, es perfecta para eliminar los forúnculos de la piel.

- ¡Correcto!, señorita…

- Lily, Lily Evans.

- ¿Qué demonios es un forúnculo? - Pregunta Sirius. James se inclina hacia Remus y susurra en voz baja.

- Un grano.

- Sirius, un forúnculo es un grano. - repite James.

- Ya lo sabía, imbécil, solamente te estaba probando.

Slughorn sigue hablando con la chica, que ahora enumera varios ingredientes que parece haber aprendido de memoria del libro.

- …y dos púas de puercoespín.-completa ella.

- ¡Maravilloso! ¡Simplemente maravilloso, señorita Evans! - Slughorn parece fuera de sí - ¡Diez puntos bien merecidos para Gryffindor! Y ahora que esta amable señorita nos ha dicho lo que necesitamos hacer para preparar la poción, ¿por qué no lo intentan? Por parejas, por favor.

Sirius gruñe, otra vez con Cuatrojos… Pero se compadece más del pobre Mudito, que comparte caldero con el crío ratón.

- Colmillos de serpiente… - James habla con voz grave y mueve un par de dientes blanco marfil sobre las cabezas de ambos-Sería más divertido si pudiéramos arrancárselos a los Slytherin.

- Seguro que los colmillos de Lucio son tan blancos como esos… Seguro que están afilados y cargados de veneno.

- Pues que se muerda algún día…-susurra James mientras los echa al caldero.

- Sí, y que se envenene.

Los dos chicos empiezan a hablar, sin preocuparse de que el agua del caldero es de color marrón barro desde hace minutos. Slytherin es mejor tema. Odian a esos estúpidos Slytherin alguien debería encerrarles en las mazmorras y que no pudieran salir nunca dice Sirius no, no, mejor que puedan salir de vez en cuando, para que nos diviertan.

- Perdonad, chicos, ¿os sobra un cuerno de babosa?

James Potter jurará muchos años después que en aquel momento, la mazmorra mugrienta en la que se encontraban se iluminó como si todos ellos hubieran gritado Lumos al mismo tiempo, también dirá que esbozó su mejor sonrisa, incluso que la chica le miró durante varios segundos, perdida en sus ojos marrones. Añadirá que el humo de los calderos empezó a formar corazones perfectos y que el suspiro de Lily Evans resonó en toda la habitación.

Pero la mazmorra está tan oscura como siempre, Lily apenas tiene mayor interés en él que el de conseguir el ingrediente para su poción y el único cambio que se produce en el humo es que se torna de gris poción correcta a negro lo estás haciendo mal.

Sirius reirá infinitas veces al recordar la cara de su mejor amigo en ese momento.

Sí que es cierto que los ojos verdes de Lily y los de James se encuentran en un solo segundo, un segundo que acaba con un parpadeo y que para el universo dura una vida entera y que hace vibrar toda la mazmorra, pero de eso ninguno de los dos se da cuenta.

- Toma, aquí tienes. - dice el chico de gafas, aunque para el resto del mundo suena algo así como goma, babosa… goma.

- Ehm…. Gracias.

La chica les mira como si tuvieran verdaderos forúnculos en la cara y se vuelve.

James la observa, el pelo rojo cae por su espalda hasta el momento en el que ella, acalorada recoge los rizos en una alta coleta. Y ahí James es incapaz de ver nada más aparte de la piel pálida que tiene delante. Siempre acabarán hablando de la curva del cuello de Lily Evans en las "reuniones serias". Esa curva en el cuello que se marca cuando ella se inclina sobre el caldero para dar vueltas a la poción. Esa curva en el cuello que se estira cuando la Gryffindor levanta la varita y el líquido azul comienza a burbujear suavemente.

- ¡Oh! - los ojos de Slughorn vuelven a brillar- Perfecto, es un azul perfecto… Cinco puntos más para su casa - el profesor da media vuelta y se acerca al caldero de Remus y Peter, donde, con sorpresa, los dos han conseguido que la poción sea también de color azul-. Y ustedes dos…

Sirius y James miran el caldero con cierto asco; ni siquiera es líquido, la pastura que han creado es de color negro y apesta a quemado.

- Anda. - Sirius se da cuenta en ese momento de que no han seguido ni una sola de las pautas del libro. Su atención en los últimos minutos ha sido el estúpido de Lucio, al lado del estúpido de pelo graso. Ambos revolotean como murciélagos alrededor del caldero, buscando la perfección.

- ¿Pero qué es esto? - Slughorn se lleva la mano al pecho como si le hubieran traicionado-¡Tiene que ser veneno por lo menos!

- Esperemos que no…-Sirius mete el puño en el caldero y en un movimiento fugaz lo restriega por la cara de James, que sorprendido sale de su ensimismamiento.

- Agh. - gruñe - Sabe como… Como a pollo quemado.

- ¡Señores! - el profesor chilla alarmado cuando Sirius dice es cierto, sabe a pollo quemado relamiéndose la comisura de los labios.

Los dos muchachos salen de la clase todavía con los gritos del jefe de la casa Slytherin en sus oídos ¡A la enfermería! ¡A la enfermería! Pero ellos dos no hacen caso, en su lugar esperan apoyados en la escalera, mirando hacia arriba, al interminable techo del castillo y cuando Lupin y Peter salen del aula les saludan. Remus no dice nada, simplemente deja caer la bolsa a los pies y se apoya en la barandilla, justo al lado de Sirius, que le mira por encima del hombro con curiosidad.

Peter se sienta en el suelo y empieza a juguetear con los cordones de sus zapatillas.

James solamente aparta la vista del infinito para ver como una cabellera pelirroja desaparece en la esquina acompañada de un pelo graso que reconoce rápidamente.

Mucha gente dirá que James y Lily Potter se conocieron en el pasillo, que ella necesitaba ayuda con los libros y que él, como buen caballero que era le echó una mano; que ella cayó rendida a sus pies, que la sonrisa del chico la cautivó desde el principio. La leyenda contará que Lily y James fueron almas gemelas desde el principio, que nunca existió un amor tan infantil y eterno como el suyo, pero pocos sabrán que las primeras palabras que cruzaron fueron "cuerno" y "babosa" en una sucia mazmorra y que el habitualmente bocazas de James Potter se quedó sin palabras mientras Lily Evans esbozaba la misma expresión que cuando vio a su hermana Petunia besarse con el hijo, similar a un gorila, del vecino.