Capítulo VI
Arnold pudo sentir el suave contacto de los labios femeninos, el roce lento, como un pequeño cortejo, paciente y palpitante. El aliente de Helga llegó a su boca, como el primer contacto de su sabor, demasiado diferente a tantos besos de la infancia. Aun recordaba el sabor de siete años atrás, similar a crema batida y dulce de leche, pero de este ya no había nada. Entre sus manos no estaba la misma niña que fingió estar ciega y bailó con él un tango de la muerte. Esta era una muchacha salvaje, con su torso contra el suyo, tan suave y voluptuoso, con sus labios deslizándose despacio en algo que aún no era un beso, sino una misión de reconocimiento.
Helga nunca pensó que eso volvería ocurrir. Aunque estaba acostumbrada, hasta cierto punto, a que el pulso se le acelerara cuando un hombre atractivo estaba cerca de ella…. pero con Arnold siempre era diferente. Ese chico que ya no era tan suave e inocente, sino perceptivo y animado, ya no cargaba esa melancolía que parecía anunciar al mundo de sus pérdidas, sino una alegría que hablaba de milagros imposibles. Ya no era tan pequeño y flacucho, ahora parecía estar cada vez más cerca de ella y con un cuerpo firme pero nada violento. Los labios que había engañado una y otra vez para poder besar, ahora parecían disfrutar de su cercanía, temblando ligeramente y rozándola, despacio, acariciándose entre sí, mucho más maduros e inundados de esa misma oscuridad que embestía a su dueño rara vez pero que, cuando lo hacía, lograba hacerla perder hasta su nombre. Y un deseo poco común se despertó. Un impulso que entre el alcohol y las hormonas le ordenaba enterrar sus dedos en su nuca y besarlo hasta memorizar con sus labios el contorno hasta de su sombra. Le gustaba eso. Lo deseaba. Por eso se permitió disfrutar el sentirlo tan cerca que el aire se volvía pesado y solo quería besarlo por fin pero al mismo tiempo disfrutando de la caricia palpitante de sus labios rozándose apenas, muy lentamente, como una tortura ahogada.
También era una declaración de guerra y al mismo tiempo era el final de la misma. Ambos amenazaban con atacar y no tenían temor de admitir que hace mucho sus defensas habían caído pero no subirían ninguna bandera de paz. Ambos querían arder pero sus labios primero jugaban con chispas.
- ¿Arnold? ¿Helga?
El rubio giró el rostro, francamente molesto por la interrupción y se sorprendió cuando sintió los labios de la chica chocar contra su mejilla y la lengua de esta… darle una lamida. Los dos se separaron avergonzados en el acto. Aunque en el fondo, Arnold seguía lo suficientemente molesto como para golpear a Lorenzo por acercarse a ellos ¿Es que no había notado en medio de qué se encontraban? ¿Acaso él iba y le interrumpía en momentos así? ¡No!
- ¿Qué rayos quieres? –gruñó Helga, con sus manos sobre sus caderas.
- Lo siento… no quería interrumpir… lo juro… -murmuró el chico, mirando a un lado y a otro- Pero… se estaban demorando… demasiado…. Y… -ambos rubios se sonrojaron visiblemente- Y no podía esperar.
- No pasa nada, Lorenzo ¿Qué ocurre? –claro que pasaba mucho, pero Arnold no podía explicarle con exactitud que dudaba de que hubiese otra serie de circunstancias en donde se vería demasiado correcto y sin peligro el besar a Helga Pataki.
- Blue…nuestro perro… Blue se escapó. Bueno, es el perro de mi madre, es un bichón maltés blanco, pero no lo encuentro por ninguna parte. Tal vez el ruido lo asustó… y… -el chico les observó rogándoles con la mirada- Él es muy rápido, no podría encontrarlo yo solo. Si mi madre se entera que lo perdí, me matará.
- ¿Y por qué asumes que te ayudaremos? –la chica rodó los ojos- Bien… ¿Por qué asumes que te ayudaré? Porque admitamos que el samaritano está listo para salvar vidas.
- Eres la persona más veloz que conozco, Helga… Y Arnold siempre ha sido muy bueno… solo podría confiar en ustedes. –la rubia pareció desinteresada, mirando con irritación hacia otro lado- Bien… te pagaré… ¿Cuánto quieres?
- Treinta dólares y que hagas mi proyecto de la clase de programación. –respondió rápidamente, sonriendo de una manera cruel como si hubiese estado esperando exactamente esa pregunta para darle una respuesta que ya había tenido en la punta de su lengua.
- Helga…
- No… Arnold… así funciona con ella. –le explicó Lorenzo, sacando de su bolsillo algunos billetes y entregándoselos- Por favor…
- Bien… bien… -la chica tomó de la muñeca a Arnold y comenzó a avanzar entre la multitud- Tenemos trabajo, cabeza de balón.
- Asumo que de ese dinero no veré nada. –comentó casualmente el chico, pero ella le miró, divertida, sobre su hombro.
- Lo gastaré todo en paletas. Y he visto que te gustan mucho. –molestó, llegando hasta una mesa y sirviéndose un vaso lleno de cerveza.
- Creo que no deberías beber. –era lo único que logró pensar, porque el primer ataque de Helga había sido bueno y directo.
Claro que le gustaban las paletas, esas rozadas con puntos de colores que se perdían en la boca que había estado a punto de besar… El chico sacudió la cabeza, notando como la chica se reía estrepitosamente.
- Me alegra notar que ya no me ves como uno de los chicos. –respondió, saliendo de la casa, abriéndose paso entre la gente.
- Nunca te vi como uno de los chicos. –aclaró, frunciendo el ceño.
Y una mano tomó la de Helga, sorpresivamente, deteniéndola en el lumbral de la puerta.
La chica lanzó una mirada a su captor, fría y calculadora. Lo observó fijamente, desde su seria mirada la gran mano cerrada sobre sus dedos. A veces detestaba que las personas asumieran que sus gustos eran así… grandes, musculosos, con una cicatriz en su labio inferior y pequeños ojos ¿Por qué la gente no entendía que ella no gustaba de bravucones? Si, eran interesantes… dos minutos, tal vez tres si les entretenía la boca… y aun así solo soportaba un bravucón cada dos meses… y solo si ya la sensación de soledad era muy grande. Eso… eran placebos… pero no le gustaban los bravucones. Ella prefería los chicos delgados, de dedos largos y sonrisa cálida, apasionados pero inofensivos, que nunca tendrían la necesidad de demostrarle su masculinidad con gritos o humillando a otros. Pero Ludwig no entendía, por alguna razón creía que tenía sentimientos por ella.
Maldición… odiaba cuando algún chico creía estar enamorado de su persona. Ni siquiera la conocían, ni muchos menos tenían idea de su forma de ser. No, lo que ocurría es que ella había nacido en la época equivocada. A su alrededor, escuchaba chicas que conocían a un sujeto en una fiesta y aceptaban ser su pareja o comenzaban relaciones sin sentir nada, con un "A ver qué pasa". Aunque Helga estuviese decepcionada del amor para su persona, seguía encontrándolo demasiado valioso y especial como para ver qué pasaba con algún sujeto. Ella necesitaba romances como los que había en "Historia de dos ciudades", en "Orgullo y Prejuicio" y si la gente quería solo dedicarle un par de horas a la lectura, entonces como la obra de teatro "La fierecilla domada" que si bien no era completamente romántica, por lo menos era más interesante que en la realidad que vivía.
- Voy a resumir esta situación. En serio… no porque este borracha significa que voy a ceder a ti, Ludwig.
Porque era el peor de los casos, dado que no había aceptado tener citas con él o salir… que por cierto era estúpido pero así había sido el orden… el chico había pensado que a pesar que se negaba, si iba a aceptar ser su novia tarde o temprano… La estupidez humana le ganaba al pobre. Pero la cuestión era que Ludwig pensaba que si todo eso no funcionaba, entonces aceptaría pasar el rato, divertirse y si coincidían en la misma fiesta, esperaba el tiempo necesario para intentar algo con ella. Lo dicho, era un bruto.
- Pataki… Solo quería conversar contigo. Me enteré lo de la mascota de Lorenzo, pensaba que podía ayudarte. –respondió tranquilamente, acercándose a ella.
Y Arnold no se pudo contener, le parecía de lo más inapropiada la manera en que la mano del chico acariciaba tan descaradamente la de Helga, como si tuviese el derecho de ir por ahí… tocándola con esa confianza.
- Pues llegaste tarde, ya me tiene a mí.
- ¿Qué…? –Ludwig entrecerró los ojos y luego los abrió, con diversión en su mirada- ¡Pero si es el chico de la selva!
- Si, me pidió que fuera con ella porque necesitaba un rastreador. –dio un paso más hacia el sujeto, sin importarle que en altura y fuerza obviamente Ludwig ganaba.
Helga estuvo a punto de protestar, pues no necesitaba que nadie la defendiera. Pero Arnold la tomó de su mano libro y la jaló hacia él. Sin hacerle daño la atrajo de tal manera que Ludwig tuvo que soltarla y ella terminó apoyada contra el cuerpo del rubio. Bien, tal vez si estaba algo mareada y necesitaba apoyarse en alguien. Porque obviamente era la única razón por la que estaba apoyándose en él y no matándolo a golpes. No tenía nada que ver el hecho que oliera bien y su nariz hubiese quedado justo contra la sien del chico.
- Tiene razón. –Helga rodeó con su brazo el cuello de Arnold y observó con suficiencia a Ludwig- Esta noche planeo divertirme con él. Así que… vámonos, chico salvaje. –lo tomó de la mano y comenzó a caminar rápidamente lejos de la calle.
No quería que, en el momento en que Ludwig reaccionara, pensara que la mejor idea del mundo era romperle la nariz a Arnold.
Y con lo bonita que era su nariz…
- Sigues siendo muy cruel a la hora de romperle las emociones a un chico… -le regañó el rubio.
- Ah… ¿Pero tú si puedes romperles las emociones a los chicos? –consultó, mirándolo con fastidio ¿Por qué él no podía quedarse callado y disfrutar del momento un poco? Siempre volvía a la tierra demasiado rápido… y la hacía enojarse.
- No, tampoco puedo y no estuvo bien lo que hice.
- ¿Entonces…?
- Simplemente iba a decirte que me agradó que esta vez lo hicieras y no me arrepiento de lo que hice. –Arnold sonrió, sin poder evitarlo y Helga lo soltó rápidamente.
- ¿Era en serio esa habilidad de rastrear? –consultó la chica, metiéndose en un callejón…
¿Por qué siempre terminaba metida en lugares así cuando de Arnold se trataba?
- No… solo se me ocurrió. –el chico sonrió inocente y ella no pudo evitar sonreír.
- Bien, entonces deberemos subir a un lugar alto. –apuntó, buscando la escalera de incendios del edificio donde estaban- Si, este funcionará, es uno lo suficientemente alto.
Al llegar al otro lateral de la construcción, se encontraron con las inestables escaleras pegadas a la fachada, Helga avanzó y observó lo alto estaba recogida la escalera para que no cualquiera pudiese subirse ahí. No lo pensó mucho cuando dio un salto con la intención de colgarse de las barras de la escalera pero sus dedos no llegaron a alcanzarla.
- ¿Qué demonios…? –la chica frunció el ceño y volvió a saltar, con más energía y sus dedos apenas rozaron el frío metal- ¿Quién se supone que puede llegar a esta cosa? ¿Un gigante de hielo? –acusó.
- ¿De hielo? –preguntó curioso Arnold, acercándose con diversión.
- ¿No puedes dejar de hacer preguntas? –acusó ella, con las manos sobre sus caderas, mirándolo con fastidio. No iba a explicarle que era una criatura de la mitología nórdica, al igual que los cuervos que le había mencionado una vez- Y obviamente si yo no llego a la escalera, tú menos, enano. Vamos a buscar otro edificio.
- O puede que el truco sea unir fuerzas, eso se nos da bien ¿No? –ella se sonrojó suavemente y por un momento él no entendió hasta que el fantasma de unos labios llegó a él para elevarle la presión- Me refiero… Podrías subirte a mis hombros y alcanzar la escalera.
- Debes estar bromeando… -murmuró la chica, mirándolo fijamente.
- O puedo subirme a tus hombros, pero no prometo ser tan ligero como una pluma. –sonrió.
- Oh cállate… el plan es ridículo, cabeza de balón.
- No, hablo en serio. –Arnold se acercó a ella y se arrodilló en el suelo- Ven, sube.
- A pesar de que tu cabeza parece un cómodo cojín, no planeo subirme ahí. –acusó, sonriendo de lado- Oh… -se rio ligeramente, ladeando el rostro- Va en serio, tu cabeza parece ser un cojín para sentarme ¿No se te sentaban los monos en la selva ahí?
- No… Y yo te rogaría que dejes el alcohol, mi cabeza no es tan… ancha como para que te sientes ahí.
- ¿Acaso estás diciendo que tengo el trasero grande? –preguntó, alarmada.
- ¡Claro que no! –el chico le observó sorprendido- Pero mi cabeza no está hecha para sostener el peso de una persona.
- Mi trasero no es gordo. –respondió ella, cruzándose de brazos y mirando a un lado.
- Helga… -rogó, mirándolo desde su posición.
Para su mala suerte en esa posición parecía un siervo arrodillado ante su tirana reina. Solo faltaba que Helga le preguntara si se había comido sus tartas y por ello buscara cortarle la cabeza.
- Bien… bien… -respiró hondo, bajando sus hombros- La verdad es que tu cabeza se ve más proporcional a tu cuerpo… al parecer eras como esos niños que tienen la cabeza más grande que el cuerpo, como Stinky, pero ya tu cuerpo se está igualando.
- Si eso es un halago… te falta práctica.
- Lo dice el sujeto al que voy a tener su cuello entre mis muslos y podría rompérselo en un movimiento.
- Por lo menos sería una muerte acojinada. –él sonrió.
- ¿Puedes dejar de insinuar que las partes de mi cuerpo están gordas? –acusó ella, pero conteniendo una risa.
Sinceramente estaba bromeando sobre el asunto.
- Ya nadie aprecia un buen halago… -suspiro- Solo súbete, Pataki.
- ¿Sabes? –la chica tuvo cuidado al poner sus piernas sobre los hombros del chico, no quería despeinarlo, se notaba que se había tomado su tiempo para hacerlo, así que cerró sus manos en el cuello de su camisa, mientras cruzaba sus tobillos sobre el vientre de él- Muchos amarían estar en tu posición. –comentó en sincera burla, sin creerse lo que decía.
- En realidad, te creo. –se levantó equilibradamente, podía ser que Helga luciera estable, pero había notado que si había efectos del alcohol sobre ella y no quería que hiciera un clavado olímpico hacia el concreto en el suelo- Los admiradores… Ludwig.
- Bromeaba… no hay admiradores… -ella dio un respingón cuando él cerró sus manos sobre sus rodillas para ayudarla en el equilibrio- Esos chicos que tanto defiendes, los que se declaran, a la semana ya están haciendo lo mismo con otra chica.
Cuando Arnold se movió, instintivamente cerró sus manos sobre las del chico, aferrándose.
- Tranquila… te tengo. –le prometió, levantando el rostro para mirarla con una sonrisa que aseguraba que nada malo ocurriría.
Si, conocía esa sonrisa. Esa misma había usado justo antes de que se quedara por siete años en San Lorenzo… Bien, debía de dejar de pensar en eso. Ella misma lo había incitado a que lo hiciera. Porque quería que fuese feliz y después de eso había tenido ella que buscar la forma de serlo. Sus prioridades eran un asco en ese entonces…
Por eso quería vacunarse del amor.
Helga cerró sus manos sobre los barrotes de la escalera de incendios, tuvo que hacer fuerza para elevarla y se soltara del seguro antes de que se deslizara hacia abajo. La sostuvo para que bajara de a poco y no lastimara a Arnold.
- Yo creo que en verdad te has ganado tu popularidad entre los hombres, por lo que he podido escuchar. Además, en la lista de las más bonitas del curso…
- …soy la tercera, después de Rhonda y antes de Nadine. Lo sé, Gerald me lo contó. –ella se encogió de hombros- La maldad da puntos de belleza, es todo. La gente cree que bebo la sangre de mis víctimas e invoco ejércitos demoniacos… Claro, esos los más creativos y exagerados. Así comienzan las leyendas en esta ciudad. –notó que Arnold no la bajaba, pero también se percató que sus manos estaban sobre las de él otra vez, así que las retiró abruptamente.
- Espera… ¿Te creen vampiro o demonio? –la voz del chico sonaba sinceramente divertida.
- Creo que las dos cosas. –enmarcó una ceja- ¿Planeas bajarme?
- No lo sé, eres como un poco funcional pero cálido abrigo de hombros. –comentó tranquilamente, pero se fue agachando para que ella bajara de un salto- Y ahora tengo frío.
- Cómprate una chaqueta. –Helga rodó los ojos y comenzó a escalar la escalera, pero sorpresivamente unas manos la sostuvieron de la cintura y la apartaron hasta el suelo- ¿Pero qué haces?
- Dato para toda la vida: Nunca vayas antes que un chico cuando de subir escalones, gradas o escaleras se trata. –le regañó el rubio, serio.
- ¿Por…? –abrió los ojos con sorpresa y luego relajó sus facciones- Oh…
- Si, oh… -él asintió y comenzó a subir.
Claro, ella le salvaba el honor a Arnold, pero ahora tenía una vista de privilegio del trasero del chico ¿Y bien? ¿Quién iba a salvar su honor? Casi soltó una carcajada ¿Qué honor? Además… él tenía un bonito trasero, tal vez no el mejor que había visto pero había donde agarrar…
- ¿Qué rayos estoy pensando? –se alarmó, cuando llegaron al primer corredor de las escaleras. Oh no… ya volvía a hablar consigo misma en voz alta…
Mala… mala señal.
- ¿Dijiste algo? –consultó el chico, regresándole a ver.
- Que vas muy lento. –lo empujó y avanzó frente a él, apresurando el paso entre los escalones.
- Pero…
- Mírame el trasero, con lo que me importa, Arnoldo. Pero si lo tocas…
- …me matas.
- Que bueno que entendieras la idea. –ni siquiera lo regresó a ver, tenía las mejillas sonrojadas.
Porque… claro, tenía más sentido que deseara besarlo, pero no que quisiera tocar su trasero ¿Era eso? Su cerebro seguía tan mal como cuando era niña. Tal vez necesitaba una cita con un psicólogo… o una linda habitación acolchonada. Siempre pensó que esas habitaciones se veían tremendamente cómodas.
La chica se detuvo sorpresivamente cuando llegaron a la terraza ¡Ya basta de pensar en locuras, besos y traseros! ¡Maldita sea!
Arnold chocó contra ella, apretándose desde atrás de su cuerpo y sintió el aliento masculino directo sobre su cuello cuando respiró por su boca por la impresión. Helga se paralizó. Porque lo lógico era moverse, empujarlo y apartarlo. Entonces ¿Por qué deseaba que la tomara de la cintura y la obligara a apoyarse contra su torso? ¿Por qué estaba pensando que se sentiría mejor su boca sobre su cuello en lugar de tan solo su aliento que solo lograba darle escalofríos? Arnold había desarrollado musculatura, podía sentirlo contra ella, un torso duro pero no rígido, era como ella, con unos músculos compactos y ágiles, no como la mayoría de chicos que se empeñaban en alzar pesas y excederse con los ejercicios, haciendo que sus cuerpos funcionaran excesivamente bien en corto tiempo pero que fueran un asco para cosas de largo plazo. Eso quería decir, que Arnold debía tener un agarre firme y seguro, un cuerpo flexible y resistente.
- Malditas hormonas… -susurró, respirando hondo, porque él tampoco se alejaba y eso la estaba molestando. Si, ella había bebido, podía justificarse la torpeza y la sangre hirviendo por esa razón pero ¿Y él?
- Hueles bien. –la voz del chico murmuró contra su cuello y su nariz se deslizó sobre su piel hasta acercarse a su oreja y respirar hondo.
- ¿Qué… haces? –ella estaba segura que había gritado pero su voz había salido agotada, como si le faltara el aliento.
- No lo sé… -se apartó de ella, con sorpresa y deslizó sus dedos entre su cabello, arruinando el peinado que su madre había logrado en él, haciendo que se alborotara todo hacia atrás, pero no le importó- Helga…
- Cállate… -ella apartó la mirada de su rostro, mirando a un lado.
- No, Helga…
La chica levantó su dedo índice, callándolo en el acto. Sin mirarlo siquiera, parecía completamente tensa y se comenzó a apartar de él.
- Escucha, sé que no debí hacer eso. Yo sé que me excedí y no tengo justificación, pero…
- ¡Cállate, Arnoldo!
- Helga, ya no somos unos niños… -frunció el ceño- No puedes callarme.
- ¡Te digo que te calles! –lo regresó a ver, con seriedad- Ahí está el perro, zopenco.
- ¿Qué…?
Y Helga señaló lo que se podía ver desde el tejado, dos cuadras más allá, el pequeño perro blanquecino corría dando vueltas alrededor, persiguiendo su cola y saltando emocionado.
- ¿Segura que ese es Blue? –preguntó Arnold.
- ¿Qué…? –ella le regresó a ver, enmarcando una ceja.
- Blue, el nombre del perro es ese.
- Ah… yo memoricé la raza y el color. –apoyó su mano con solemnidad sobre el hombro del chico- Me alegra que mi cabezón asistente se aprenda el resto del mensaje.
- ¿Tu cabezón asistente? –apuntó el chico, cruzándose de brazos, con una sonrisa ladeada.
- Oh… cállate, sabes a lo que me refiero. –entrecerró los ojos- Además, pensé que ibas a pedirme perdón por andar como un enfermo olisqueándome. –acusó.
- No sé de qué hablas. –el chico sonrió ampliamente, caminando hacia las escaleras.
- ¡Sabes de qué hablo!
- Creí que la excusa esta vez eran las malditas hormonas, Helga. –le regresó a ver por un segundo, el tiempo exacto para notar como se sonrojaba y apartaba la mirada, maldiciéndolo.
- Yo estoy ebria. No sé cuál es tu excusa. –acusó ella, empujándolo para comenzar a bajar las escaleras rápidamente, obligándolo a correr atrás de ella.
- Tengo un desequilibrio hormonal natural de mi edad y tú te me acercas demasiado ¡Todo el tiempo! Pero más esta noche… mucho más. –respondió tranquilo, mirando como ella apoyaba su mano sobre el barandal cuando llegaron abajo y saltaba sobre el mismo, cayendo dos metros en el aire hasta el suelo, pero con la misma gracia que lo haría una bailarina.
Él, por supuesto, tuvo que llegar al borde y bajar los últimos escalones, porque si intentaba eso se rompería la pierna.
- ¿Yo me acerco a ti demasiado? –ella lo encaró, apuntándolo con su dedo índice- Te voy a explicar algo, Arnold…
- Blue… -señaló el rubio.
El pequeño perro había corrido las dos cuadras que los separaba y por alguna razón, estaba parado atrás de Helga, agitando su cola, mirándola.
- Maldito perro… ¿Te alteraron genéticamente para ser más listo? –masculló la chica.
- Creo que le gustas. –respondió Arnold, mientras marcaba desde su celular a Lorenzo y le daba la dirección en donde estaban.
- Claro que le gusto, es un perro listo y yo soy maravillosa. –la chica sonrió mordaz.
Media hora después, Lorenzo arribó en su auto, llevándose a un pequeño Blue que luchaba por quedarse con Helga y aullaba lamentablemente, mientras se alejaban, golpeando las ventanas del auto.
- ¿Quieres regresar a la fiesta? –preguntó Arnold, señalando la dirección por la que habían ido.
- No, me iré a mi casa… -la chica se estiró con pereza, comenzando a caminar.
- ¿No le avisas a Jack? –preguntó el rubio, recordando al chico que se había quedado.
Aun así la comenzó a seguir, estaban a menos de un par de cuadras de la residencia Pataki.
- Estoy segura que no quiere que le interrumpa mientras Ruth se sienta en sus piernas y él juega su carta de "Hay cosas que aún puedo hacer aunque mis piernas no responden". –la chica lanzó una mirada a Arnold, quien tenía la boca abierta, sorprendido.
- Ese Jack…
- …es un demonio. –completó Helga, soltando una carcajada.
- ¿Tú y él…?
- ¿Qué…? ¡No! –abrió los ojos con sorpresa y negó asqueada- Es como si dijeras que Geraldo y yo fuéramos a tener algo ¡Qué asco!
- Oh… -por alguna razón, en el fondo de su pecho, sintió una profunda calma.
Por un momento se quedaron en silencio. Tal vez ella se había dado cuenta de la felicidad incalculable que había sentido él por esa información.
- ¿Qué? ¿Acaso estabas celoso? –Helga se detuvo en el lumbral de su casa y comenzó a buscar sus llaves.
- No exactamente… -Arnold subió un par de gradas- Es solo que… veo que eres popular entre los chicos.
- Muchas chicas lo son… somos pocas en la preparatoria. –cortó ella, sin darle importancia.
- No creo que sea por eso… pero veo que eres cruel con esos chicos. –se encogió de hombros- Y sé que no lo haces por maldad.
- Mira, Arnold. –ella sostenía su llavero entre sus dedos y lucía más imponente, parada dos escalones por encima de él, con su cuerpo enderezado y su mentón en alto, observándolo hacia abajo como si fuese un plebeyo que cayó frente a su divina persona- Me molesta. No, me enfurece ver que la gente no valora los sentimientos. Me enoja que usen palabras como amor y odio como si fuesen simples chistes. Me indigna cuando escucho a una chica decir "Odio ese color", odiar es una emoción demasiado fuerte como para usarla como sinónimo de no gustar. Soy una mujer de palabras, de símbolos, de emociones. –su voz se levantó y su torso se enderezó, llena de dignidad. Algo que Arnold nunca había visto y casi retrocedió. Helga tenía un aura poderosa, era una reina parada frente a él, apasionada con sus palabras, franca a un nivel que nunca hubiese esperado. No había nada débil, ni siquiera cuando admitía que tenía emociones- Y por la misma razón, ver a un idiota venir a mí y decir que me ama cuando ni siquiera saber que escribo poesía o que soy ágil de mente y cuerpo me repugna. Te puedo asegurar que odio infinitamente a la gente que dice amor como si fuese una frase de conquista. Cuando amas, tienes razones, hay matices, pasiones, miras a ese ser amado… -hizo una pausa, clavando sus ojos azules sobre él- Lo miras… -murmuró- y sabes todo lo malo que tiene, pero lo aceptas y lo amas porque es el conjunto y no una mísera cosa lo que te hace amarlo. Así que sí, soy cruel con ellos, porque insultan a los poetas, a los filósofos y a cada artista que una vez pensó en el amor y le hizo un tributo. –respiró hondo- ¿Entiendes…?
Pero Arnold sintió algo en su pecho, algo que nunca antes había sentido. Mientras ella hablaba, podía escucharla, con toda esa fuerza y seguridad en cada palabra, había un impulso superior a cualquier tormenta y al mismo tiempo, una emoción profunda y dulce, como si protegiera algo sagrado. Una vez conoció a la Helga que se ocultaba atrás de una máscara agresiva, ahora estaba ahí, esa Helga artística y apasionada, siendo tan fuerte y directa. Una mezcla perfecta de ese suave interior con ese violento exterior.
Y no supo que ocurrió con él, se acercó a ella y la besó apasionadamente, empujándola contra la puerta de la casa. No lo pensó demasiado, solo tomó su rostro entre sus manos y se apoyó contra su cuerpo, suspirando al sentir la agresiva pasión femenina correspondiéndole, aferrándose a su camisa y suspirando contra su boca con urgencia.
- ¿Qué… haces? –Helga le observó con sorpresa, pero parecía serpentear contra él, con su cuerpo buscando el contacto del masculino y moviéndose porque si una parte de ella podía sentirlo, otra no y esa se resentía, buscaba más contacto y se movía contra él, creando un ciclo de adicción- Y por Dios, ni se te ocurra detenerte. -le ordenó, lanzando el rostro hacia atrás, agitada.
Arnold no supo que responder, así que solo se inclinó sobre su cuello y la besó ahí, volviendo a sentir su aroma.
- Qué distintos somos de cuando éramos niños. Me sorprende cuánto has cambiado… -fue sincero, porque era lo único que podía pensar- Todo es diferente en ti, tus gustos, tu forma de hablar… Y aun así sigues siendo la misma niña que me dejó en San Lorenzo y terminó conmigo en una carta… -no la acusaba, no podía, porque estaba entretenido respirando su aroma, sintiendo con sus labios lo suave que era el camino hacia su clavícula y sintiendo la piel erizarse, como si fuese un muchacho frente a una Diosa.
- Tú también has cambiado… -y en ella si había reproche- Me vas a volver loca… -ella suspiró y lo apartó un poco, metiendo a tientas la llave en la puerta y abriéndola- Ven…
- Tus padres… -el chico le observó sorprendido, no creía que al señor Pataki le parecería bien verlo enganchado a la boca de su hija.
- Están en Washington visitando a Olga, no regresarán hasta el domingo en la noche. –ella lo jaló adentro antes de que pudiese explicarle todas las reglas personales que estaba rompiendo en ese momento con el simple pensamiento de querer entrar en esa casa.
- Hel… -pero se cortó cuando ella cerró la puerta, acorralándolo ahí.
Ella simplemente sonrió de lado y se levantó el suéter rosa, sacándoselo apresuradamente. Y Arnold sintió la garganta secársele, porque debajo de este llevaba un top de tirantes negros que dejaba libre sus hombros, luego continuaba con mangas largas hasta cubrir sus dedos y entallando sus delgados brazos, el top se cerraba con elástico justo bajo su pecho, dejando al descubierto su vientre hasta sus caderas, donde se cerraban los shorts y apenas y se veían el borde de los leggins púrpuras sobresalir sobre su abdomen. El chico notó un borrón de tinta sobre su cadera derecha en forma de dos aves y no pudo recordar cómo es que sabía que Helga tenía un tatuaje ahí.
Él se sintió acorralado, sin oxígeno y ella solo lo volvió a besar, de tal manera que Arnold se deslizó contra la puerta un poco, teniendo que obligarse a levantar el rostro hacia arriba, mientras ella lo sostenía del mentón y lo besaba como una endemoniada monarca, que doblegaba a su esclavo preferido.
Pero a él no le molestó, se sostuvo a ella para acariciar su cintura desnuda y cerrar sus brazos en su espalda, mientras la rubia ahogaba un suspiro contra su boca.
Dios… en verdad Helga era una reina y él era un simple pelele ante sus ojos ¿Verdad?
Los dedos femeninos acariciaron su mecho casi arañándolo sobre la tela.
Un afortunado pelele.
¡Saludos! ¿Qué tal? ¡Otra gran aventura de este par! Hacen un increíble trabajo juntos ¿No? Porque si recuerdan lo de Blue y no se quedaron pensando en los besuqueos solamente ¿Verdad?
¿Qué les parece? ¿Qué parte les gustó más?
¡Nos leemos!
Nocturna4
