Ciento cuarenta y dos escaleras

Los alumnos de primero de la promoción del año 1971 experimentaron, tal y como todos los que pasaron antes que ellos y los que vinieron después que, el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería es uno de los lugares más maravillosos y mágicos del mundo. Claro que, durante las primeras semanas, con la presión de llegar puntual a las aulas, unido al miedo de acabar perdido en un corredor, los jóvenes magos y brujas que han pisado el castillo no han tenido otra opción que dejarse llevar por su intuición o bien-y más sensatamente-pararse a preguntar a sus compañeros de cursos superiores.

En Hogwarts hay 142 escaleras, algunas de ellas largas y anchas, otras cortas y estrechas; unas tienen un escalón que desaparece cada veinte segundos y otras simplemente cambian de lugar; muchas de ellas son de piedra y otras tantas, en forma de caracol dan tantas vueltas que es imposible no marearte.

La segunda semana del primer curso; Sirius, James y Peter descubren que la escalera que habitualmente acaba en el segundo piso, les lleva, amablemente a un corredor oscuro en el que se escuchan gemidos agónicos dignos de una película de terror. Hay escaleras en Hogwarts que cambian de lugar los viernes, y un par en el tercer piso los miércoles por la tarde, después de la hora del té.

En su tercera semana, Remus averigua que su método para orientarse basándose en la posición de los cuadros no es perfecto. Esa mañana, el desayuno campestre que le indicaba cuando girar a la derecha para encontrar la clase de Transformaciones se convierte en un divertido concierto de rock, haciéndole dar media vuelta y pasar más de diez minutos caminando sin rumbo hasta encontrar el aula.

La primera vez que Sirius se encuentra con Argus Filch está solo. Se encuentra en el Gran Comedor; tiene los pies apoyados en la mesa, mueve la pluma entre los dedos de la mano.

Es entonces cuando escucha un agresivo maullido y una gigantesca gata esquelética de ojos rojizos se le sube a la pierna. ¡Quita, estúpido gato! Y sin más, la coge del pellejo y la tira al suelo; el animal bufa y sale corriendo. ¡TOCA A MI GATA OTRA VEZ Y TE ARRANCO EL PELO DE LA CABEZA, SUCIO CRÍO!

Y así es como Sirius Black conoce al extraño y huraño hombre. Y cuando el celador abandona la habitación, no sin haber soltado varios improperios más, el joven se queda pensativo, suspira y empieza a hacer una estúpida redacción sobre las distintas etapas de creación de la ley para prohibir el uso de la magia sobre los muggles, llevada a cabo por la Orden de Merlín.

A finales de septiembre de 1971, James salta un escalón que sabe que está roto y sonriente empuja la puerta para cruzar a la zona este del tercer piso. Pero no puede. Rayos, masculla entre dientes mientas golpea con el hombro la madera. ¿Quién ha cerrado esta puerta? berrea hacia las paredes en un intento de que alguien le escuche.

- Esa puerta no se abre los jueves, señor Potter. - susurra una voz fantasmal.

- ¿Y eso por qué? - James no se da por vencido y pega una patada al pomo.

- Porque es así desde que tengo memoria.

James frunce el ceño y mira a la persona que le está hablando, o al menos el ser que flota delante de sus narices. Nick es el fantasma de la Casa de Gryffindor. Normalmente suele vagar cerca de la Torre de Gryffindor, pero en horas de cambio de clases habitúa a deslizarse por los pasillos prestando su ayuda a alumnos en apuros. Como Nick, las otras tres casas tienen sus respectivos fantasmas: El Fraile Gordo, el fantasma de Hufflepuff suele dejarse ver por el Gran Comedor, haciendo amago de coger comida o bebiendo copas de vino invisibles; La Dama Gris, fantasma de Ravenclaw no suele salir de la Torre en la que los miembros de la casa tienen sus dormitorios, es más, James no la ha visto nunca; y por último, el Barón Sanguinario, que acostumbra a arrastrar las cadenas ruidosas por los pasillos del primer piso y las mazmorras. La presencia de los fantasmas puede resultar perturbadora en ocasiones, sobre todo cuando atraviesan alumnos sin querer, pero durante el resto del tiempo, no son más que una pieza más en el inmenso puzzle que es Hogwarts.

- Nick, Nick, ¡haz lo de la cabeza!-pide James emocionado, siendo consciente de que llega tarde y que por diez minutos más no pasará nada.

- ¿Se cree que soy un mono de feria?-el fantasma indignado se recoloca una chaqueta tan incorpórea como él y desaparece tras la pared.

Un miércoles por la tarde, los alumnos de primero salen de clase de Herbología y reciben el sol con ganas. Remolonean; en realidad a ninguno le apetece bajar a las mazmorras a empezar una clase de Pociones. A pesar del frío, el aire limpio de los jardines les llena los pulmones y crea una sensación de tranquilidad que los oscuros sótanos no proporcionarán nunca.

- ¿No sería genial quedarse aquí eternamente?-pregunta James frotándose los ojos bajo las gafas con cansancio.

- Este lugar es maravilloso.-murmura Remus sentado sobre una piedra y con la mejilla apoyada en el puño.

- ¡Oh, vamos!-Sirius se estira del mismo modo que cada mañana en su cama en la Torre de Gryffindor-Creo que no podría soportar la idea de perderme cada vez que quiero ir al baño.

- Ni yo…-añade Peter levantando la mano.

- Algún día me sabré cada rincón de este castillo-James mira a sus tres compañeros-. Algún día las escaleras se moverán a mi favor y ni siquiera Dumbledore sabrá donde estoy.

- Podrías pegarte una vida entera aquí y no te daría tiempo a aprenderte el primer piso.

- ¿Apostamos algo?

- No, porque evidentemente pienso aprenderme cada centímetro del colegio antes que tú.

Lupin niega con la cabeza con exasperación y Peter abre la boca para añadir que él también quiere apostar, pero al final no dice nada.

Lily Evans sale la última del invernadero y se detiene, mira a las cuatro figuras que contemplan el bosque y por un instante siente curiosidad por saber de qué estarán hablando. Pero nunca se acercará, de forma que nunca escuchará a Sirius decir que podría aguantar bajo el agua más de cuatro minutos sin respirar, tampoco verá como James se girará para observarla completamente embobado, segundos después de que ella les dé la espalda, no verá tampoco cómo Peter tropezará con la capa que le queda grande y Remus le ayudará a levantarse con una sonrisa cansada.

Lo que sí que verá será a James correr como una flecha hacia el castillo, con las gafas en la cabeza y a Sirius tras él, resoplando como una bestia¡HAS HECHO TRAMPAS, GAFOTAS! ¡Slytherin el último! le responderá su amigo de forma burlona.

Y segundos después, también escuchará cómo Remus Lupin, arrastrando la capa tras de sí susurrará entre dientes "borregos" y continuará su camino con media sonrisa marcada por una cicatriz en el labio relativamente reciente.

Magdalenas de la Sra. Pettigrew

La mañana del domingo 24 de octubre de 1971, una bandada de lechuzas entra por los ventanales del Gran Comedor. Docenas de aves sobrevuelan las cabezas de los alumnos y las más atrevidas se posan sobre los hombros de sus destinatarios. Un pequeño animal pardo aterriza al lado del plato de tostadas de Peter y gorjea cuando el niño le acaricia la cabeza y desanuda un trozo de pergamino gastado que va unido a un paquete envuelto en papel marrón.

- Es una carta de mi madre. - dice mirando a sus compañeros, pero ninguno parece interesado en su correo; Sirius lleva la boca llena de tarta de melaza y el líquido escurre por la comisura de su labio derecho hasta que saca la lengua y se relame; Remus, a su lado, sujeta entre sus largos dedos una tostada untada con mantequilla y ojea por encima uno de esos libros que Peter no entiende; James apuñala sin piedad un trozo de pan y empieza a desmigarlo, como cada mañana, después comienza a hacer bolas y lanzarlas con demasiado acierto a los distintos componentes de la mesa.

Peter suspira y lee la carta por encima, en la que su madre dice que se alegra de que haya hecho amigos tan pronto. El niño mira de nuevo a los tres chicos que le acompañan y por un momento duda de poder llamarlos "amigos", en realidad a veces se pregunta si ellos notan su existencia. Acaba de leer el último "besos, cariño" y sus dedos regordetes tratan de desembalar el paquete. Sonríe. Un par de magdalenas caseras, cocinadas con todo el amor del mundo y cubiertas de chocolate se mantienen en perfecto estado y listas para comer.

- ¿Son pasteles? - James le mira fijamente. Bueno, a él no, a las magdalenas. Pero no importa.

- Sí, mi madre…

- ¿Puedo coger uno?

- C…Claro, James.-pronuncia su nombre con cierta devoción.

Peter observa a menudo a James Potter; cuando se levanta con los ojos hinchados y las gafas torcidas enredadas en el pelo, tan negro que podría fundirse con la noche; cuando camina por Hogwarts como si fuera el dueño del mundo, a pesar de que le quede mucho para alcanzar el metro y medio de altura; cuando mueve la varita en clase con demasiada facilidad; cuando compite con Sirius por ver quién es capaz de meterse más bollos de crema en la boca al mismo tiempo; cuando se fija en él y le dice "Hola, Peter"; o simplemente cada vez que se mueve. "Amigos". Sí, puede que James sea su amigo, para suerte la suya, y Remus también; no le habla demasiado, siempre anda con la larga nariz metida en los libros, pero Sirius es otro tema. Peter cree que Sirius no habla, cree que Sirius ladra.

La mano de James sale disparada hacia una de las magdalenas y la mira con ojos brillantes.

- ¡Eh!

Sirius se pone de rodillas sobre el banco y apoya las manos en la mesa con un gesto amenazador que hace que Peter retroceda.

- ¿Quieres?-James saca la lengua y lame el bollo en toda su extensión.

- Eso no funcionará dos veces.

Los ojos de James se abren mucho cuando Sirius se pone de pie sobre la mesa y se tira encima de él, cayendo los dos con estrépito al suelo.

Peter mira desesperado a Remus ¡ayuda!, pero el chico ni se inmuta, simplemente da un nuevo mordisco a su tostada y hace un sonido parecido ammmmm. Finalmente Peter se atreve a mirar a sus dos amigos; James está en el suelo, boca arriba, porque evidentemente ha perdido, y Sirius, sentado a horcajadas sobre él sujeta la magdalena en alto con sonrisa triunfal. Pero el chico de gafas no parece querer perder, se remueve entre jadeos y finalmente frunce el ceño.

- Está bien… pero, ¿no puedes darme un poquito?

- ¿Me debes una rana de chocolate y me pides que te de un trozo de una magdalena casera?

James se da un cabezazo contra el suelo cuando se da por rendido. Sirius le mira directamente a los ojos mientras come lentamente el pastelillo. Venganza. Dulce venganza.

- ¡Poderosa Circe! - exclama bravuconamente - ¡Esto es lo mejor que he probado en mi vida!

Peter observa desde su lugar, vuelve a mirar a Lupin, que ahora ha cerrado el libro y mira a los dos amigos con cierta curiosidad que parece la de alguien que disfruta mirando a un animal exótico en el zoo.

- ¡Espero que esta noche no cierres los ojos, Sirius, porque te arrepentirás!-bufa James intentando levantarse sin éxito.

Y entonces ocurre.

Peter se levanta, traga saliva y se agacha al lado de lo dos chicos; extiende el brazo hacia la mano de James y deja la magdalena con cuidado.

- Para ti.-murmura mientras se levanta con las mejillas sonrosadas y se va del Gran Comedor a paso rápido.

James y Sirius se miran anonadados, Remus desde la mesa hace una pequeña "o" con la boca. Sirius se levanta y se sienta lentamente mientras acaba su postre casero. James hace lo mismo, en silencio, después coge un cuchillo y parte su magdalena en dos para dejársela a Lupin a dos centímetros de la mano.

- Es un regalo de Peter para sus amigos.-murmura sin más encogiéndose de hombros.

Esa tarde, James asoma medio cuerpo por la ventana del dormitorio, habiendo dejado prudentemente las gafas sobre la mesilla. Le encanta sentir el viento, que es mucho más fuerte ahí arriba, en la cara, en el pelo e imaginar que vuela. No puede esperar a que empiecen las clases de vuelo.

- ¿Estás loco? - la puerta de la habitación se abre y acto seguido unos brazos le cogen de la cintura y le apartan de su sueño, en el que sus pies ya rozan las nubes-¿Quieres matarte?

- Lo tengo todo controlado. - murmura James mientras se estremece con el cambio de temperatura.

- Pensaba que eras imbécil, pero de ahí a querer caerte desde una torre…

- ¿Sirius Black se preocupa por mí?

- Es evidente que no-miente Sirius-, pero te necesito vivo al menos hasta Halloween. Así que espera una semana escasa y luego te tiras desde la Torre de Astronomía si quieres.

- ¿Halloween?

- Sí, ¿recuerdas que te ofreciste para ayudarme a darle su merecido a ese idiota de Lucio?

- Creo que se llama Lucius.

- ¡Qué más da! - exclama Sirius-¿Me vas a ayudar o no?
-¿Qué has pensado?

- No sé, ponerle petardos en la cartera hortera que lleva a todos los lados… encantar sus calzoncillos para que al ponérselos le queden más pequeños…

- ¡Eso es simple! - James se coloca las gafas y al instante parece cien veces más empollón - Tenemos que ir más lejos, Sirius. Lucius es un sangre limpia, un ser superior, de forma que merece una broma de categoría superior.

- Tenía algo pensado pero…

- ¿Qué es?

- Es que…- Sirius duda y le mira con culpabilidad-En realidad lo pensé para utilizarlo contigo, pero supongo que es mejor si la víctima es el idiota de mi primo.

En vez de enfadarse, James asiente con la cabeza y le insiste para que le cuente el plan.

- La idea era utilizar el encantamiento Omnes Separatae, que si el libro no se equivoca sirve para hacer que dos cuerpos se separen, sobre él. Pensé en echárselo y que no pudiera acercarse a nadie en un tiempo.

- Mmmm…-James da vueltas por la habitación con las manos a la espalda-¿Y por qué en lugar de separarle le pegamos a algo o… aalguien?

- ¿Pegarle? -vaya, este tío piensa bien- ¿Conoces algún hechizo para pegar a alguien con otra persona?

- No - ríe el chico mientras se agacha para sacar un trozo de pergamino rasgado de su mochila y una pluma junto a su tintero -, pero… Podemos darle la vuelta al hechizo - escribe con mala letra Eatarapes Senmo - Tiene que funcionar igual, ¿no?

- No lo sé, pero si no funciona igual le llenamos esa fea cara que tiene de pus.

- ¡Imagínate que hacemos que se multiplique!

- ¡Ni en broma!-Sirius finge entrar en pánico - ¿Y quién será nuestra otra pobre víctima?

- Pues…- James sonríe de medio lado y le indica que se acerque con él a la ventana. Los dos se asoman y observan dos figuras diminutas que conversan tranquilamente, envueltos en cientos de capas de abrigo - Él.

- ¿Quién es?

- Severus Snape. - pronuncia el nombre con asco - Ese idiota de Slytherin siempre anda con Lily Evans por los pasillos. Además me mira mal, es feo y no se lava el pelo.

- ¿Entonces la razón por la que vamos a pegarle con Lucio es porque… Existe?

- Exacto.

Hay crueldad en la última contestación de James. Una crueldad inmensa. Pero a su amigo no le importa. Sirius se inclina junto a él en la ventana y con medio cuerpo fuera creen volar mientras juegan a ver quién acierta en la cabeza de Severus con un escupitajo.

Juntos hasta el fin de los tiempos.

El 31 de Octubre de 1971 Sirius se levanta antes de hora y se revuelve entre las sábanas de la litera durante largos minutos hasta que el resto de sus compañeros de habitación despiertan. Cuando pase el tiempo y recuerde aquella mañana, los pensamientos del joven serán de color blanco, del pulcro y limpio blanco de la nieve que repentinamente y sin avisar ha cubierto el castillo y sus inmediaciones. Aquel fascinante fenómeno meteorológico que ha impedido que las lechuzas entreguen el correo matutino quizás hubiera sido el principal tema de conversación durante el desayuno si aquel día hubiese sido un día cualquiera, pero, en lugar de eso, los alumnos se muestran mucho más impacientes e interesados por el banquete que se celebrará esa noche: La noche de Halloween. Sirius baja al Gran Comedor con el jersey gris colocado al revés y el pelo aún despeinado; no ha dormido bien, así que no ha tenido ningunas ganas de arreglarse lo más mínimo. En la mesa contigua, un grupo de Slytherin de segundo comenta que "parece ser que el pequeño Black desconoce la existencia de los peines y los encantamientos alisadores". Sirius escucha el comentario y gruñe, pero lo ignora. Y hablando de gente que no conoce la existencia de los peines, James Potter se sienta en ese momento en la mesa, a su lado, y bosteza aproximadamente siete veces antes de comenzar a servirse tostadas y zumo de calabaza. Él, malhumorado, no le presta demasiada atención, pero su compañero de habitación le observa atenta e insistentemente.

- ¿Se puede saber por qué me miras, gafotas? Deja de intentarlo, por mucho que me observes no vas a conseguir ser tan genial como yo ni nada por el estilo.

- Eres un cretino, Sirius, pero no… No es eso. Es que hoy es… El día.

El día. Aunque ha sonado más bien como El Día, con mayúsculas. ¿Qué día? ¿Qué demonios…? Oh. El día. James piensa que Sirius se ha olvidado por completo de lo que habían planeado y prosigue:

- Ya sabes, el día en el que planeamos aquello para hacerle a esos dos y…

- Ya, ya lo sé, James - Y se sorprende a si mismo llamando por su nombre al dichoso Cuatrojos - Qué crees, ¿que se me había olvidado?

- Bueno… - Pone los ojos en blanco y vuelve a centrar su atención en la tostada que, ligeramente quemada por un lado, está rellenando de mantequilla y mermelada de arándanos.

- ¿Cuándo vamos a hacerlo? Y, ¿quién hará el hechizo? Es obvio que lo tendré que hacer yo, no estás al nivel de algo tan complicado, gafotas…

- ¡Eh! A mí se me ocurrió lo de darle la vuelta al hechizo.

- Ya, pero el hechizo original era mío. Ni hablar, lo haré yo.

- ¿Qué te has creído? Sin mí, jamás lo habrías pensado. ¡Lo justo es que lo haga yo!

Una voz suave les interrumpe en su acalorada discusión.

- No sé de qué estáis hablando - Y los dos chicos se giran y ven a Remus no puede ser que Mudito haya abierto la boca sin que nadie se lo haya pedido por favor muchas veces Lupin sentarse a desayunar frente a ellos - Pero no creo que vayáis a llegar a un acuerdo, así que, ¿por qué no lo intentáis los dos a la vez?

- Bueno, es que… - Sirius va a objetar, pero la verdad es que no hay nada malo en lo que el chico escuálido propone. James se le adelanta.

- ¡Pues no hay más que hablar! Los dos a la vez, entonces. Gracias, Remus.

Remus murmura un "gracias" que ya ninguno escucha, porque están demasiado atareados planeando cómo y cuándo van a hacer que esas dossabandijas Slytherin se acuerden de sus nombres el resto de su miserable vida.

La última clase de la mañana, y por tanto, la elegida para su primera travesura, es Defensa Contra las Artes Oscuras, en el séptimo piso, en la que Gryffindor y Slytherin comparten aula. Si James y Sirius no estaban demasiado seguros de lo que estaban a punto de hacer, la intervención de Lucius al final de la lección les da un motivo inamovible para llevar adelante el plan.

- Disculpe, señor Shropshire, pero tengo algo que añadir a esta insulsa lección que hemos tenido hoy. - Y Malfoy se levanta del asiento y habla, dirigiéndose a toda la clase. - Opino que la defensa contra las artes oscuras es una asignatura inútil e indigna de impartirse en un colegio creado por y para sangre limpia como es Hogwarts. Los magos de verdad, aquellos que no han contaminado su linaje con sucia sangre muggle, saben que toda la magia, incluso la oscura, existe para servir sus propósitos, y de nada sirve defenderse de ella: Hay que aprender a utilizarla.

Todos los alumnos allí presentes observan al chico ojipláticos, incapaces de creer lo que acaban de escuchar. Todos, menos uno: Severus Snape asiente en silencio. James y Sirius intercambian miradas maliciosas, y el profesor Shropshire, un hombre de mediana edad, alto y delgado pero con las mejillas regordetas y sonrosadas, se limita a contestar un escueto "gracias por su intervención, Malfoy. Hablaremos de esto más tarde. Y ahora, abran el libro por la página…"

Cuando finaliza la clase, los dos Gryffindor no corren sino vuelan a ocultarse en el escondrijo que previamente han planeado: Un pequeño recoveco al fondo del pasillo. Unos quince metros hacia delante, el viejo tapiz de Barnabás el Chiflado descansa en el mismo sitio en el que lleva colocado cientos de años, pero, aquel día, parece que observa fijamente a los dos alumnos que, entre risas y movimientos nerviosos, intentan que su presencia no sea muy visible. La jugada no podría haberles salido mejor: El profesor ha retenido a Lucius unos minutos tras la clase a causa de la desafortunada intervención en la clase.

- Ese Snape siempre sale el último de clase - dice Sirius, y, evidentemente, es un detalle del que todos se han percatado: Snape siempre recoge sus cosas lentamente y con parsimonia y sale cuando la clase y los pasillos ya están despejados. Se rumorea que lo hace porque no tiene demasiadas habilidades sociales, pero James está convencido de que "es porque teme que alguien vaya detrás suyo y le lave ese grasiento pelo suyo. Debe tener fobia al agua o algo parecido."

Los minutos pasan lentos. En realidad, tan solo son cinco, pero para James y Sirius, inmóviles y silenciosos (o eso intentan) en su rincón, parecen aproximadamente diez horas. Finalmente, Lucius sale de la clase mientras se peina el cabello rubio platino hacia atrás, y justo después, aparece Snape, agarrando con fuerza sus libros y mirando al suelo. Los dos chicos blanden sus varitas y se ponen de acuerdo. Cuchichean: "Uno… Dos… ¿no te adelantes, eh?... Tres… Cuatro… ¿cuándo se supone que vamos a hacerlo, tío?, a la de diez, ¿no?, ¿A la de diez? ¿Estás loco?, vale, vale… A la de tres… ¡Una! ¡Dos! ¡Tres!"

- ¡Eatarapes Senmo! - exclaman a la vez, Sirius y James, y agitan las varitas tan compenetrados como si fuesen uno solo.

Ninguno de los dos esperaba que aquello funcionase tan bien: Sus varitas emiten cada una un chorro de luz de color rosado que vuela por el pasillo, en distintas direcciones: El de James, hacia Snape; el de Sirius, hacia Lucius. Las víctimas del hechizo no ven a los ejecutores, pero sí ven el destello y una especie de fuerza sobre natural les atrae al uno hacia el otro, y cuando quieren darse cuenta, están irremediablemente unidos el uno al otro: Frente con frente, nariz con nariz (y esto, personalmente, a James le hace mucha gracia, es decir, tiene que ser la sensación más horrible del mundo estar cerca de la asquerosa nariz de Snape), estómago con estómago y, por mucho que intentan alejarse, separarse, no lo consiguen. Sirius se sorprende a sí mismo halagando a James:

- Lo has hecho bien, tío. - Y los dos estallan en sonoras carcajadas, hasta que apenas pueden respirar de la risa y los ojos lagrimean. Entonces, Lucius chilla.

- ¡SIRIUS BLACK, JURO QUE ME VENGARÉ POR ESTO, PIENSO MATARTE! ¿ME ESCUCHAS? ¡EN CUANTO PUEDA MOVERME JURO QUE TE VAS A ARREPENTIR! - Pero estas palabras solo consiguen que los dos chicos se rían aún más, y más fuerte.

Lucius sigue despotricando contra ellos dos durante un rato. Snape tiene los ojos llorosos y no se atreve a mirar directamente a Lucius a los ojos, así que centra su mirada en los otros dos chicos: James está sentado en el suelo, tratando de recuperar el aliento; Sirius sigue encontrando la escena enormemente divertida y parece que nada en el mundo podría borrar la sonrisa que, de oreja a oreja, se ha instalado en su cara en ese momento.

Nada, salvo el sonido de las pequeñas patas de un gato arañando el suelo de piedra del pasillo del séptimo piso.

Siempre preparada para las necesidades del buscador

Es Sirius el primero que se fija en el par de ojos rojos malignos que les traspasan a ambos como cuchillos. Ese maldito gato… Pero no piensa mucho, porque ve a James todavía sentado en el suelo con las manos alrededor del estómago y teme por sus dos vidas; ese estúpido de conserje me cortará el pelo y aunque seguiría manteniendo mi atractivo no lo considero necesario.

- James, James, James-repite el nombre del chico incansablemente-. El bicho del conserje acaba de vernos, ¡tenemos que separarles para que no tengan pruebas!

- Oh… - James se incorpora rápidamente y levanta la varita conteniendo la risa hacia los dos Slytherin, que con dificultad intentan que sus bocas no se rocen es tan patético que les miraría todo el día piensa antes de concentrar su atención en el hechizo- ¡Omnes Separatae!

Un chorro de luz rojiza sale de la punta de su varita e impacta en los dos chicos, pero no pasa nada.

- ¡Aparta!-Sirius le da un empujón y sacude el brazo con fiereza-¡Omnes Separatae!

Y de nuevo saltan chispas, pero la magia no arregla nada.

- Creo que la hemos cagado.

- Sí.-asiente Sirius-¿Qué hacemos?

- Correr por nuestras vidas, Black.

En una mirada silenciosa echan a correr como si les persiguiese el diablo aunque sinceramente, Argus Filch es peor que el diablo, o por lo menos huele peor que el azufre, eso te lo aseguro, Remus, dirá James cuando le cuenten lo ocurrido a Lupin tiempo después.

- ¿Has visto la cara del imbécil de Lucio cuando se ha juntado con el apestoso ese?-grita Sirius por encima del hombro.

- ¡Creo que hoy es el día más feliz de mi vida, tío!-James carcajea-Nunca jamás pensé que vería a Snape en brazos de otro hombre tan pronto…

Los dos ríen y se paran, intentando situarse. Pues ni idea de dónde estamos murmura Sirius para sí mismo.

- ¿No hay ninguna puerta abierta en este maldito piso?-brama finalmente Sirius.

- No - niega James-, como me ponía muy nervioso con las estúpidas puertas que se me cerraban en la cara, pasé una mañana entera probando una a una todas las puertas desde el tercer piso hasta este y te aseguro que ninguna se abrirá para nosotros hoy.

- ¿Por eso faltaste a Encantamientos el otro día?

- Eeeeeeeeeexacto. - alarga tanto la palabra que apenas escuchan un maullido al fondo del corredor.

- Algún día me comeré a ese bicho con rebozado en chocolate.

- ¿Se pueden rebozar cosas con el chocolate? ¿No es más correcto untar o bañar o…?

- ¡¿ERES LUPIN?! - Sirius vocifera tanto que está seguro de que le han tenido que oír hasta los elfos domésticos de las cocinas. Sacude la cabeza y coge a James de la manga de la túnica y tira de él-Como no salgamos de esta te juro que a ti también te comeré con patatas.

James no dice nada, simplemente sigue corriendo al ritmo de Sirius, preguntándose qué camino está siguiendo y porqué gira sobre sí mismo cada tres zancadas que dan, con lo fácil que sería encontrar un estúpido sitio en el que no nos encuentre nadie, ¡sólo pido eso! No entiendo por qué Sirius se comporta así, tampoco es que yo tenga toda la culpa…

- Tío, -Sirius deja de correr y abre la boca- ¿qué es eso?

-Una puerta que no debería estar ahí.

-¡Entra!

Los dos entran jadeando y cierran la puerta conteniendo la respiración. El interior es estrecho, demasiado estrecho como para resultar cómodo. Sirius pasa las manos por la pared intentando buscar algún candelabro o algo que les sirva para iluminarse, pero no lo consigue.

- Espera…-James se aclara la garganta-Era… ¡Lumos!

Una luz azulada ilumina la estancia y se dan cuenta de que no es más que un diminuto espacio vacío. James se agacha para echar un vistazo a la puerta por la que han entrado y busca la ranura de la llave con curiosidad; pero se queda casi tan blanco como el día que su padre le contó que podía haber bowtruckles con ganas de sacarle los ojos en su armario. Después descubrió que era imposible y que el Sr. Potter le había tomado el pelo.

-No…

-¿Qué pasa?

-Que la cerradura ha desaparecido, no hay puerta, ni salida.

-Bromeas.

Sirius le empuja y observa el lugar que antes ha ocupado una puerta y que ahora es… Piedra.

-Genial.-el muchacho se echa el pelo por la cara y se sienta dejando caer la espalda en la pared.

James se queda en pie, con la varita pegada al cuerpo y guarda silencio.

Esa fue la primera de muchas veces que Sirius y James se dejaron de hablar, pero a diferencia de las siguientes, que se arreglarían con un ey, mariquita, vamos a ver cómo Evans estudia en la biblioteca o Sirius, ¿te apetece echar un duelo delante del despacho de Flitwick?, esta costó un poco más. La primera fue, sin duda casi la peor de todas las discusiones que tuvieron a lo largo de su vida.

Sirius observa sus rodillas con detenimiento y James cuenta los ladrillos de la pared una y otra vez, oh, mierda, me he saltado el de la mancha verdosa y vuelta a empezar.

-Sirius…-finalmente se vuelve y se sienta a su lado-Por favor, perdóname, ha sido todo culpa mía.

El otro no dice ni media palabra.

-Por favor… Solamente quería que nos divirtiéramos, no quería que acabáramos encerrados en este loquesea. Te prometo que le contaré a Filch que fue mi culpa, que te obligué a hacerlo y que luego te arrastré hasta aquí.

-¿En serio?-Sirius alza la cabeza con sorpresa-¿Harías eso de verdad?

-Sí, claro… Eres mi amigo, no quiero que estés enfadado conmigo y no me importa tener que limpiar cien retretes o que Filch me cuelgue de los pulgares si eso significa que voy a poder seguir yendo contigo.

-Cuando llegó la carta de Hogwarts a mi casa, mi madre me dijo que si no estaba en Slytherin se encargaría de mí. Ser parte de la familia Black, como ya sabrás, no es fácil, y sobre todo cuando durante doce años no has hecho nada más que meter la pata en absolutamente todo. Sin embargo, cuando leí la letra cursiva de Dumbledore no vi este colegio como una oportunidad de rectificar todo lo malo que he hecho por mi familia, por mi madre, no; lo vi como una nueva forma de molestar y de ensuciar mi apellido. ¿Entiendes lo bien que me sentí cuando el Sombrero gritó Gryffindor? ¿Soy un Gryffindor, James?

-¡Eres tan Gryffindor como yo!-James sonríe como solo él sabe-Jamás pensé que eras como esa escoria de Lucius Malfoy. Tú eres diferente, Sirius… Eres buena persona y se puede confiar en ti. Además te gusta el Quidditch, sí, he visto esas revistas que escondes al fondo de tu maletay eres de los…

- De los Chudley Cannons.-completa Sirius.

- ¡EL MEJOR EQUIPO DEL MUNDO!

- Pero si la última vez que ganamos la Liga fue en 1892…

James niega con la cabeza.

- ¿Veintiún ligas a nuestra espalda y tú te quejas? ¡A por la victoria!

Los dos ríen en voz baja, al unísono. Dos carcajadas que suenan tan perfectas, tan musicales cuando se producen a la vez, que en el año 1978, Hogwarts las echará de menos. Y que en 1981 se escucharán por última vez. Porque todas las melodías acaban en algún momento. Pero mientras James y Sirius ríen en ese armario sucio y estrecho, no saben nada de eso, no saben nada del futuro, ni de magos oscuros, ni de profecías ni de guerras; su única preocupación es el Quidditch, esas sucias sabandijas de Slytherin como suele decir Sirius y ser felices, felices mientras puedan.

- Te pido perdón, James-dice entonces Sirius-. No has tenido la culpa de que nos hayamos quedado encerrados y bueno… ha merecido la pena.

- Bueno, me alegra que al menos hayas dejado de llamarme gafotas.

- Lo decía desde el cariño. En realidad creo que si yo no existiera tú serías probablemente el tipo más atractivo de Hogwarts.

- Entonces… ¿somos amigos?

Hablan de las clases apuesto a que no eres capaz de levantarte en Historia de la Magia y atravesar al profesor Binns; hablan de Snape (de su desproporcionada nariz) ¿crees que habrán conseguido separarles?; hablan de Lily Evans, es una chica, James, las chicas son seres extraños; hablan de Peter y de las magdalenas de su madre; hablan de ese libro que Remus se dejó en la cama y que los dos intentaron leer pero dejaron "porque la letra era demasiado pequeña y no tenía dibujos"; hablan de tantas cosas que cuando cae la noche creen conocerse de toda la vida.

James Potter y Sirius Black pasarán la noche entera en lo que más tarde descubrirán como la Sala de los Menesteres. De madrugada, James no podrá más y su cabeza caerá sobre el hombro de su amigo, comenzando a respirar rítmicamente. Sirius le mirará con una sonrisa nueva para él y murmurará antes de dormirse: Sí, lo somos.

La Historia de la Magia hablará de cómo James Potter confío ciegamente durante toda su vida en su mejor amigo, Sirius Black. La gente contará mil y una veces cómo hubo un tiempo en el que fue imposible pronunciar el nombre de uno sin decir el del otro. Como uña y carne. Dirán algunos. Los mejores amigos que podían existir. Y tendrán razón; pero lo que realmente Sirius y James encontraron esa noche en la Sala de los Menesteres no fue un escondite para huir de Filch o de su Sra. Norris, lo que encontraron fue el hermano que nunca tuvieron, porque "La Sala de los Menesteres a veces está ahí, y a veces no lo está, pero cuando aparece, siempre está preparada para las necesidades del buscador.".

Lo que nadie más que ellos sabrá jamás

- ¿Ha visto a James Potter por aquí, señora Pomfrey? - pregunta Peter desde el umbral de la puerta de la enfermería.

Pero no obtiene respuesta. No está seguro si está permitido para los alumnos entrar en la enfermería sin permiso, así que se mantiene tras la cortina que cubre la entrada y vuelve a preguntar.

- ¿Señora Pomfrey?

Y sólo le responde el silencio.

No debe haber nadie aquí, así que supongo que no pasa nada porque entre y eche un vistazo. Quizás Sirius y James se han puesto enfermos y están descansando. Sí, ¡será eso! Se alegrarán de verme.

No sin algo de temor porque alguien le descubra allí, tan temprano y sin permiso, se adentra en la estancia y lo que ve es quizás la imagen más perturbadora que ha presenciado en sus once años de vida.

Lucius Malfoy y ese Slytherin del que James siempre se ríe por tener la nariz muy fea Snape están tumbados en la cama. Y con tumbados en la cama quiere decir en la misma cama, el uno encima del otro: Lucius, boca arriba, rígido en el colchón; Snape, angustiado, boca abajo, mirando hacia Lucius. Ambos están visiblemente incómodos y unidos por el estómago por una especie de fuerza invisible. El pelo oscuro y grasiento del chico cuyo nombre Peter desconoce cae sobre el rostro de Lucius. Dios mío, parece que van a besarse. No se dan cuenta de su presencia porque están demasiado ocupados discutiendo:

- ¿No podríamos cambiar un rato? Me duele la espalda de estar así… - Dice Snape, tratando de sonar neutral, pero en realidad, el tono de súplica en sus ojos llorosos es evidente.

- Ni hablar, Severus. No me pondría encima de ti ni aunque me pagases todos los galeones del mundo. Y aparta tu pelo de mi cara, ¿quieres?

Entonces la señora Pomfrey aparece desde uno de los laterales de la enfermería con un enorme caldero lleno de ungüento burbujeante de color verdoso que ella asegura que "por fin podrá separarles". En ese momento, Peter se ve obligado a salir de la habitación y correr en otra dirección antes de ser descubrierto, pero corre con una sonrisa en los labios - y es extraño, porque Peter detesta correr - y pensando que no sé qué les ha pasado pero ojalá no puedan separarlos nunca y tengan que vivir así el resto de su vida.

Peter se ha levantado esa mañana a la hora habitual y se ha encontrado solo en su habitación de la torre de Gryffindor. Ni rastro de ninguno de sus tres amigos. No le sorprende de Remus: Remus siempre se levanta muy temprano así que es normal que no esté aquí. Pero Sirius y James siempre amanecen incluso más tarde que el propio Peter, arañando hasta los últimos segundos bajo el calor de las sábanas y con los ojos cerrados antes de que Remus vuelva de su aseo matutino y abra las cortinas, inundando la habitación de para ellos incómoda y cegadora luz. A veces ni siquiera los primeros rayos de Sol del día consiguen despertarles: Ocultan la cabeza bajo la almohada y continúan allí un rato más. Al final y cuando no queda más remedio, se levantan; se visten de cualquier manera, corren al Gran Comedor, ocultan toda la comida que pueden bajo la túnica y se dirigen a la primera clase, a la que siempre llegan, como James, dice, "puntuales pero a su manera". Es decir, quince minutos tarde; pero solo quince, jamás catorce ni dieciséis.

Pero aquel día no están allí, y la habitación vacía en la semioscuridad le da a Peter incluso un poco de miedo, además de la sensación de soledad. Justo cuando se dispone a bajar, a trompicones, de su cama en la litera superior, justo encima de donde duerme Lupin, éste entra por la puerta y le da los buenos días. Él se olvida de las cortesías y pregunta:

- ¿Has visto a James y Sirius, Remus?

- Hmmmm… No, la verdad es que no. Creo que no han dormido aquí, o al menos, no estaban cuando me he despertado.

- Vale… - Contesta Peter, apesadumbrado, al tiempo que se viste y sale corriendo.

¿Dónde estarán esos dos? Después de mirar en la enfermería se le acaban las ideas. Ha buscado en el Gran Comedor y en los jardines y en las mazmorras y los baños e incluso algunas de las clases, y ahora deambula sin rumbo por los pasillos, subiendo por las escaleras que se mueven a su paso, preguntando a algún que otro retrato que se ríe de su peculiar y poco grácil forma de caminar, pero no les encuentra; Parece que James Potter y Sirius Black han desaparecido, se han esfumado.

En realidad, Peter podría continuar el día con normalidad sin encontrar a los dos traviesos niños que ocupan sus pensamientos en ese momento, pero no quiere hacerlo. No quiere hacerlo porque por primera vez, siente que tiene amigos; se siente bien caminando a su lado, desayunando juntos; a veces, durante las lecciones, James se ríe de algo o de alguien, o discute con Sirius, o ambos tratan de convencer al desafortunado alumno que haya cometido el craso error de sentarse en el pupitre de delante de que les permita copiarse sus deberes. Y entonces, el profesor de la clase en cuestión se molesta, y les regaña diciendo algo así como "ustedes, los de ahí atrás, guarden silencio". Y en ese "ustedes" incluye a Peter, que generalmente se sienta cerca de ellos y ríe sus bromas. Y en realidad, él no ha hecho nada, pero no le importan una o dos reprimendas, quizás unos puntos menos para Gryffindor, porque de esa forma, siente que forma parte de algo: De un todo, un "ustedes", un "eh, vosotros tres".

En esto está pensando cuando tropieza con un Ravenclaw de cuarto curso que camina apresurado y con los brazos llenos de libros. Peter sale de su ensimismamiento y se da cuenta de que no tiene ni la más remota idea de donde está: El estrecho pasillo está iluminado sólo parcialmente y allí ya no hay nadie más que él.

Como no sabe a dónde dirigirse, camina de un lado a otro: Del principio del pasillo al final, esperando que aparezca alguien a quien preguntar cómo puede salir de allí, una vez ojalá encontrase a James ahora mismo, otra más necesito encontrar a James, y una tercera donde estarán James y Sirius, y la siguiente vez que no llegará al final del corredor, porque se percatará de la existencia de una puerta que juraría que unos minutos antes no estaba allí. No tiene nada que perder, así que la abre cuidadosamente y varita en mano. Y allí están, James Potter y Sirius Black, en una pequeña habitación sin luz que parece un viejo cobertizo. Sirius, despeinado; James siempre lo está, pero esa vez un poco más de lo habitual, y sus gafas están ligeramente torcidas a la derecha sobre la nariz. Duermen, apoyados el uno sobre el otro, encogidos en la diminuta estancia, con las mangas de las camisas por encima de los codos, los primeros botones del cuello desabrochados, sin corbata, y con una pequeña media sonrisa cada uno.

Peter se apresura a despertarles y los dos, desorientados, se miran el uno al otro, y después a Peter, entre ellos, luego a Peter otra vez y finalmente preguntan, al unísono:

- ¿Qué pasa aquí? ¿Qué hora es? ¿Llegamos tarde?

Los dos estallan en sonoras carcajadas y las más agudas de Pettigrew les acompañan sólo unos segundos después. Éste les explica que les ha estado buscando un buen rato porque no habían dormido en la habitación, y "había pensado que habríais caído enfermos y necesitaríais algo".

Sirius comienza a explicar lo sucedido la tarde anterior, un tanto adornado, de forma que suena mucho más heroico. James no se queda atrás y añade la parte que le corresponde; el otro, escucha ensimismado.

- Y entonces, Lucio sacó la varita y chilló, ¡Expelliarmus!, y yo me lancé al suelo para proteger a James de su hechizo.

- Y después fue Snape el que intentó atacar a Sirius pero le desarmé y contrataqué con un ¡Incendio!, y juro que jamás había hecho ese hechizo pero funcionó y sus túnicas comenzaron a arder…

- ¡Y entonces los dos se lanzaron al suelo y empezaron a rodar para intentar apagarlas! James y yo no podíamos contener la risa, y entonces se nos ocurrió, bueno, lo de pegarlos, ya sabes.

- ¿Quién, quién hizo el hechizo? - pregunta Peter, notablemente excitado. Sirius y James intercambian una mirada cómplice y es el joven Potter quien contesta.

- Los dos a la vez, Peter. Hicimos el hechizo a la vez y empezaron a salir chispas por todas partes, y se retorcían de dolor, y entonces empezó a salir humo y cuando conseguimos ver otra vez, ¡estaban pegados! Seguro que no han podido separarlos.

Lo que no le contarán a Peter es lo que viene después: Cómo los dos, asustados, trataron de huir de Filch y terminaron escondidos en la que aún no saben que se llama Sala de los Menesteres; cómo entraron allí siendo rivales, y salieron de ella siendo amigos. Nada contarán sobre aquellos primeros minutos en los que se odiaron mutuamente y como la disculpa de James reblandeció el corazón de la oveja negra de los Black, que sintió que el valor y el coraje de aquel chico de cabello eternamente despeinado merecía que confiase en él a toda costa. Peter tampoco sabrá todas las conversaciones que mantuvieron durante la noche, hasta caer rendidos, el uno junto al otro; ni sabrá que, de madrugada, James se despertó un momento, en medio de una pesadilla, y sólo pudieron tranquilizarle la respiración acompasada y los leves ronquidos de Sirius, que identificó como los del hermano que jamás había tenido. Todo aquello se quedará para siempre encerrado entre los ladrillos del pequeño habitáculo, y los dos piensan en ello mientras su compañero de habitación les relata cómo encontró a los Slytherin tumbados en la cama de la enfermería y le escuchan solo a medias.

Ni siquiera cuando, durante el mes siguiente y hasta las vacaciones de Navidad, el tema principal entre los alumnos sea aquel "incidente" (así insistirán en llamarlo los profesores) y los de su casa les pidan millones de veces que relaten qué sucedió, contarán todo aquello: En cambio, dejarán que sea Peter el que se deleite repitiendo la historia una y otra vez con ojos brillantes y sonrisa temblorosa, en la comida, la cena, y en la Sala Común. Y, cuando en el viaje de vuelta de los alumnos a sus hogares por las vacaciones de invierno, un grupo de jóvenes de todos los cursos abarroten el vagón en el que irán sentados Remus, Sirius, James y el pequeño Pettigrew, y pidan a este último que cuente por millonésima vez la historia de cómo sus dos amigos se enfrentaron a los Slytherin y cómo él mismo les descubrió, en la enfermería, el uno sobre el otro, Sirius y James seguirán guardando el recuerdo de aquella noche que compartieron como el primero de todos los secretos que más tarde habrá entre ellos dos. Y una vez que el tren llega a la estación de King's Cross, se despiden sin darle mayor importancia; pero, en el fondo, ambos ansían ya el momento de su reencuentro.