Capítulo VII

Arnold se despertó sintiendo todo el cuerpo adolorido, parpadeó varias veces antes de notar el techo sobre su cabeza tan desconocido que le hizo buscar sentarse, pero su espalda le dolía y se volvió a recostar en su incómoda e improvisada cama. El chico abrió lentamente sus labios, dejando escapar un quejido y tuvo que tocarse el cuello para relajar, solo un poco, los músculos entumecidos. Le dolía todo el cuerpo, realmente.

- Ya era hora que te levantaras, cabeza de balón. –la voz femenina lo tomó por sorpresa.

Arnold buscó a la dueña de esa voz a un lado y otro con urgencia, hasta que su mano resbaló de la superficie. Y con ella, todo su cuerpo cayó al suelo, estrellándose en una alfombra felpuda. Helga se rio y fue ahí cuando la encontró, sentada en el sillón frente al que se había recostado él.

Todo lo que ocurrió la noche anterior llegó a su cabeza rápidamente. La boca de Helga sobre la suya, ahogándolo de la manera más placentera, haciéndolo perder el equilibrio y sintiéndose dominado por su endemoniada dueña. Recordaba la suavidad de su piel bajo el tacto, el revelador atuendo, la manera en que ella había llevado el control.

No creía que existiera un momento en su vida en que pudiese olvidar el como ella le había levantado la camisa para tocarlo, haciéndolo suspirar contra su boca. Por alguna razón, el haberse quedado atrapado contra la puerta, con el cuerpo deslizándose hacia suelo, torpemente y ella quedando agazapada sobre su cuerpo, dominante, obligándole a levantar el rostro para besarle… le había gustado. Maldición, sentía escalofríos de solo recordar cómo sus manos se habían cerrado sobre la ropa de ella, sosteniéndose para no perderla. No tenía la menor duda al respecto, la forma en que lo había abordado contra la puerta, la forma en que lo había besado tan dominante, le había hecho sentir como un sirviente, en el suelo, siendo levantado por su ama en un profundo placer.

También le hacía pensar que era un condenado pervertido por imaginar toda esa escena y disfrutarla. Todo eso le empujaba a querer besarla. En verdad, quería lanzarse sobre ella y pedirle, suplicarle si era necesario, que lo volviera a besar, aunque eso no sonara muy masculino. Pero con Helga había algo que hacía que no le importara darle completa dominación sobre él. Y eso le asustaba demasiado… debía dejar de pensar con las hormonas y comenzar a pensar con el cerebro que para eso se suponía que lo tenía.

Pero… aun su cerebro encontraba tentadora la idea de recuperar a la perversa mujer de la noche anterior que lo había doblegado…

Al final no había podido resistirlo más. Él había sentido sus piernas temblar y se había resbalado al suelo, con ella sobre su regazo, mordiéndolo de manera traviesa y riendo contra su boca cuando él se quejó, entre el placer y el dolor. Ambos se habían mirado en ese momento, agitados y sonrojados, con las manos perdidas en la piel de cada uno y sus labios hinchados. La sonrisa se fue borrando, de a poco y Arnold apoyó su frente sobre la de ella, respirando agitado.

Por un momento había sentido que esos siete años no habían ocurrido y por ende no estaban distanciados. Por lo que era lógico escabullirse a la casa de Helga, besarla profundamente y reírse nervioso al darse cuenta que le gustaba hacerlo.

Pero no había sido así, habían pasado siete años distanciados, manteniendo vidas que se habían tenido que amoldad a la nueva realidad donde ambos estaban lejos. Ambos habían sido el héroe del otro y habían sido abandonados al mundo, para defenderse solos. Después de siete años, apenas y se estaban descubriendo. Así que se separaron, pues pensaban lo mismo y no había necesidad de hablar pero ella no le dejó irse, consideraba que era demasiado tarde para que recorriera las calles solo y lo hizo dormir en el sofá.

Ahora, con la luz del día, parecía que habían tomado la mejor decisión, pues aun con el sonrojo, podían verse a los ojos sin vergüenza.

Helga parecía estar pensando igual, porque atrás de su cuaderno rosa, daba la impresión de mirarlo como si fuese un desconocido y al mismo tiempo el mismo niño al que una vez le dedicó poesías, altares y esculturas. Ella sonrió con cierta culpa, sorprendiéndolo y Arnold se apresuró a sentarse en el suelo, mirándola inquisitivo.

- ¿Por qué me miras así? –murmuró él, abriendo los ojos.

- Me siento como el sujeto de la película que se aprovecha de la inocente chica. –comentó con burla, bajando el cuaderno.

- Así que… ¿Soy la inocente chica? –él enmarcó una ceja.

- Si, pero si te sirve de consuelo, te verías fabuloso en un vestido de coctel verde, resaltaría tus ojos. –ella se levantó- Creo que debes irte.

- Ahora si me siento la chica inocente de la película. –se levantó torpemente, mirándola.

- No te estoy botando… precisamente. Mi madre llamó, al parecer tuvo un problema con su trabajo y necesita mi ayuda. Así que debo tomar un autobús a Washington. –sonrió- Te aseguro que en caso contrario te haría el desayuno, te prestaría la ducha y prometería llamarte.

- Aunque no lo harías…

- ¡Hey! Yo no hice las reglas sobre cómo se comportan los sujetos caballerosos que se aprovechan de las inocentes chicas en vestido de cóctel. –ambos rieron ligeramente- Pero, en verdad mi madre me necesita.

Arnold recordó que la madre de Helga trabajaba en la capital, haciendo contactos para una empresa fotográfica muy importante. No sabía en qué podría ayudar Helga, pero era interesante ver como la chica estaba muy dispuesta a acudir al rescate.

- ¿Trabaja en fin de semana? –peguntó el chico, arreglándose su camisa.

- Si, a veces… Bob la acompaña cuando es así y pasan tiempo con Olga, que está trabajando como profesora en una fundación creada por la embajada de República Dominica. –ella ya estaba vestida, con sus jeans desgastados, su cabello largo bien cepillado y un top de tirantes hasta sobre la cadera de color rojo.

- Eso suena bien. –se sentó, poniéndose los zapatos, mientras la miraba- ¿Puedo acompañarte?

- ¿Disculpa…? –ella le observó sorprendida.

- Bueno… podríamos ir en el auto de Gerald.

- ¿En esa carcacha? –acusó, abriendo los ojos.

- ¡Es un clásico!

- Si, es una camioneta clásica, pero una que es conducida por un imprudente y la vuelve una carcacha. –se cruzó de brazos.

- Por favor, Helga. –Arnold suspiró- Quiero acompañarte, tal vez pueda ayudar a tu madre también.

- ¿Qué…? Entiende algo, porque hayamos resuelto algunos problemas juntos ¿Crees que somos un equipo o algo así?

- Solo quiero ir contigo. –él se cruzó de brazos, manteniéndose persistente.

- ¿Acaso lo haces por lo que ocurrió anoche? Porque si es así…

- Lo hago porque quiero acompañarte. –fue puntual, pero alzó ligeramente la voz- ¿Por qué debes discutirme todo?

- ¿Por qué quieres venir? –insistió ella, apretando sus puños.

- Porque me gusta estar contigo. Por eso. –la miró fijamente, sin duda alguna.

Tal vez sonara a una estupidez monumental, pero había encontrado demasiadas respuestas en los labios de la rubia y necesitaba permanecer cerca de ella para saber que tenían igual de sentido en la noche como en el día.

- Porque extraño estar contigo, te he extrañado siete años y esta es una buena excusa para estar cerca de ti, para seguir conociéndote. –aclaró.

Helga se sonrojó y apretó su cuaderno rosa contra su pecho, como si se tratara de un escudo, pero luego lo miró con seriedad, poniéndose rígida. Simplemente se levantó y puso una de sus manos sobre su cadera.

- Aclaremos las cosas… ¿Qué estás insinuando, Arnoldo?

- Lo que oyes. Solo te estoy diciendo lo que pienso. No voy a decirte nada que no crea que es verdad. Me lo prometí hace siete años. No te voy a ocultar nada. Y ahora, lo que es verdad, es que quiero seguir conociéndote. –sonrió de lado- Y quiero evitar pasar con Gerald y Phoebe, son unos intensos en todo el sentido de la palabra, se olvidan que hay alguien viéndolos...

Ella sonrió, bajando la tensión que la rodeaba.

- Si, lo son. –suspiró sonoramente- No creo que quiera pasar tanto tiempo contigo, Arnold. –lo miró seriamente- Sin ánimo de ofender, eres un gran chico, pero es confuso estar cerca de ti.

- ¿Y por qué lo es? –parpadeó extrañado- ¿Por qué es confuso? ¿Qué…? ¿Qué te confunde de mí? –Arnold avanzó hacia su dirección, cautelosamente y ella retrocedió, acariciando su brazo nerviosamente. Y él desistió, no podía fingir que Helga no estaba incómoda, fingir eso implicaba que podía seguir presionando. Pero ella lo estaba y él no se sentía bien haciéndola pasar un mal rato- Solo quiero ser sincero. –admitió- Cuando pienso en el niño que fui, ocultándome siempre, cuidando todo lo que decía y fingiendo que no pasaba nada entre nosotros hasta que tuviste que, literalmente, gritármelo en la cara… Me hace sentir mal porque aunque hiciste eso… aun así… ¡Aun así salí corriendo! –deslizó sus dedos entre sus cabellos, nervioso, empujándolos hacia atrás, lejos de su rostro- Tuvimos que terminar en medio de la selva para que perderte fuese más amenazante que enfrentarme a mí mismo… Para admitir que le tenía miedo al cambio y luego, aun así, perderte. -suspiró, sonoramente y levantó la mirada- Aun así preferí tenerte cerca de mí unos minutos que perderte para siempre…

Y ahí estaba ella, como en San Lorenzo, con una mano contra su pecho y completamente sonrojada, mirándolo con incredulidad, manteniendo un pie atrás de ella, lista para alejarse por si fuese una trampa… tan defensiva ella. Siempre ocultando sus emociones, siempre dándole dobles señales. Ambos lo habían arruinado, lo sabía.

- Y aun así te perdí, actué demasiado tarde. Pero todos estos años… recordé tantas cosas de cuando éramos niños, viéndolo todo desde una luz diferente. Me di cuenta que te lastimé demasiado por no ser sincero. –le observó seriamente- Y por eso no quiero mentir más, ni a mí mismo ni mucho menos a ti. Así que quiero ser sincero, aunque mi sinceridad sea estúpida, como ahora. Porque lo único que sé es que quiero ir contigo. –se cruzó de brazos- Voy a enmendar todo lo mal que actué cuando éramos niños.

- No quiero que me tengas lástima por lo que pasó antes… éramos solo niños.

Helga lo miró seriamente, aunque ya no tan molesta.

- No lo hago por ti, lo hago por mí. Por todo lo que me perdí por ser un ingenuo. –sonrió- Así que voy contigo.

Dos horas después, Helga miraba como el autobús ingresaba a Washington y fingía que su acompañante de asiento no estaba intentando por, enésima vez, entablar una conversación con ella. Sí, no era muy maduro de su parte darle la ley del hielo a Arnold solo para evitarse otra reveladora verdad que había hecho que se movieran sus cimientos y su vida. Pero, si era sincera, era condenadamente divertido ver…

- Bien, no te hablaré entonces. –él se cruzó de brazos y miró por la ventana, con intensa frustración.

Y Helga vio en su expresión facial tan fácil de leer, la frustración, pasando por la duda, luego por la culpa, la resignación y la determinación. Al parecer el jurarse ser sincero le estaba costando, moralmente, frustrarse contra ella. Eso…. era divertido.

- No puedo creer lo mala que eres ¿Siempre fuiste así? –consultó, sin ninguna acusación en su voz.

- Tal vez…

- ¿O es solo una astuta fachada?

- Tal vez…

- No puedo creer que por fin me hables y ahora me contestes con monosílabos. –el chico cerró los ojos, con mayor frustración, pero determinado a no ceder.

- En realidad son dos palabras, cabeza de balón. –sonrió de lado, mirándolo cruelmente- Tal-vez.

- ¿Y en qué vas a ayudar a tu madre?

- Oh… es…. Algo rápido. –se encogió de hombros- Puedes distraerte en la ciudad mientras yo la ayudo y luego nos vemos.

- En realidad, me gustaría acompañarte, ver a tu familia, saludar a Olga…

Helga cerró los ojos, mientras el autobús llegaba a la parada.

- No quiero que vengas.

- Ya es algo tarde para que me digas eso ¿No crees?

- Simplemente me tomaste por sorpresa… Nadie había sido tan sincero en sus propias estupideces. -el autobús se detuvo y ella se giró para mirarlo- Pero en verdad no quiero que vengas.

- Sea lo que sea, no planeo decirle a nadie, si eso es lo que te preocupa.

Helga escuchó las puertas abrirse, sin prestarle atención a él realmente y antes de que Arnold se diera cuenta, salió corriendo. El chico solo tardó un par de segundos en seguir sus pasos, pero no era tan rápido, aunque su determinación si era fuerte.

La chica comenzó a correr con empeño. Arnold no podía verla así. Simplemente no. La vida funcionaba de esa manera desde que eran niños, habían cosas que simplemente no podían compartir mutuamente, cosas íntimas y secretas que ella ocultaba de la vista común y mucho más de él.

Aun sí esas nuevas y extrañas emociones comenzaban a intimidarla progresivamente, mientras más pasaba con él. Helga recordaba el principio absoluto de su vida después de que Arnold se fuese: Bajo toda costa debía pensar en su propia felicidad y seguridad. El hecho de que ahora hubiese vuelto, después de que ella reordenara las piezas de su vida, no hacía ninguna diferencia ¿Verdad? No era un elemento primordial en su vida ya, así que no debería estar haciendo todo ese dramatismo.

Pero lo estaba haciendo. Ella estaba corriendo como una loca para perderlo de vista.

Helga giró en una calle que sabía haría su camino mucho más largo pero planeaba perder a Arnold, dejarlo extraviado, así que le venía bien.

Pero simplemente no podía dejar las viejas costumbres. No se iba a engañar, tenía al chico en un lugar especial en su mente, donde en verdad le importaba lo que él pensaba de ella. Su celular comenzó a vibrar en el bolsillo de su chaqueta y no tuvo que revisarlo para saber que era Arnold ¿Para qué le llamaba? Obviamente no iba a contestarle. Desde el inicio fue obvio que lo estaba dejando atrás intencionalmente.

Hueles bien.

La voz de Arnold resonó en su mente, recordándole la manera en que había terminado contra su cuerpo la noche anterior, con su aliento peligrosamente cerca de su cuello, sintiéndolo en su espalda y murmurándole de manera galante e instintiva, en un perfecto equilibrio, viéndola como una chica fuerte pero femenina, atractiva y deseable.

Si, definitivamente no quería romper esa imagen que él había armado de su persona. Esa imagen le gustaba. Helga detuvo su marcha, frenando ligeramente sus pies y levantó la mano para llamar la atención de su madre, pero esta estaba ocupada hablando con un grupo de personas.

- ¡Miriam! –gritó, acercándose a ella, mientras tomaba un respiro de resignación.

Todo eso valía la pena. El extraviar a Arnold, el mantener intacta esa perfecta escena de él contra la puerta de su casa, aferrándose a ella mientras se besaban como si fuese natural desearse tan desesperadamente. Todo eso valía la pena y por eso tenía el derecho y la obligación de mantenerlo lejos de todo lo que pudiese romper la idea que tenía Arnold de ella.

- Oh, cariño, llegaste. –la mujer sonrió encantada y se hizo a un lado.

Helga sintió el alma caerse al piso y al mismo tiempo una voz en su cabeza le dijo ¿Por qué te extraña?

- No me dijiste que vendrías con Arnold. –acusó la mujer, mientras el chico sonreía de lado, agitando entre sus dedos su celular.

El maldito había llamado a su mamá para saber la dirección…

…el maldito era un genio.

- Oh… si, le dije que se adelantara. –respondió Helga, sonriendo de costado para contener sus ganas de golpearlo. Más aún por esa sonrisa soberbia que él aún tenía en la boca.

- Si, pero se te olvidó decirme la dirección, bonita. –apuntó, entrecerrando los ojos.

¿Bonita…?

Oh…

¡Oh!

Si, era verdad, el maldito chico de la selva también le había dado a entender a Miriam que eran pareja o por lo menos estaban saliendo… ¿Por qué?

¿Por qué? ¿Por qué tenía que complicarle la vida?

No tenía sentido que él mintiera así…

…tampoco tenía sentido que ella no lo desmintiera.

¿Qué estaba mal con ella?

- Ya sabes como soy… -ella simplemente sonrió de costado.

Lo iba a matar cuando nadie viese, iba a ser el crimen perfecto.

Sería el primero de muchos…

- Bueno, eso no importa. –Miriam los observó rápidamente, antes de prestar total atención hacia su hija- No tienes idea lo agradecida que estoy de que vinieras tan pronto.

Helga observó el lugar, las cámaras fotográficas ya estaban en todos lados, el compacto tráiler estaba a unos metros más allá, en la puerta se podía leer "Helio", maquillistas y asistentes corrían de aquí para allá, gritando cosas que no se entendían.

- Descuida, no es problema… -respondió distraída, sintiendo el peso inevitable de que Arnold se enteraría qué hacía cuando su madre la llamaba de esa manera- ¿Y Bob?

- Él esta con Olga, pero vendrán más tarde, cariño.

- Entonces, voy a cambiarme. –le lanzó una mirada a Arnold y sin que un solo sonido saliera de sus labios, le advirtió para que no se moviera de su lugar.

La chica se encaminó hacia el tráiler y notó varios rostros mirarla y correr a ella. Antes de que se diera cuenta tenía un mar de personas a su alrededor, hablando todos a la vez, pero ella estaba muy… muy lejos de ahí y por primera vez no luchó contra las estilistas, ni respondió sarcásticamente a las anécdotas de los asistentes que le mostraban el vestuario. Simplemente se dejó llevar dentro del tráiler y se quitó la ropa, para que el resto hiciera su magia entorno a ella.

Estadísticamente debía haber alguien similar a ti en el mundo. La mezcla genética casi exacta que hiciera un parentesco espeluznante entre esa persona y tú.

Arnold tenía a su extraño primo ¿Y ella? Helga tenía que lidiar con todo eso cuando Helio se enfermaba, lo cual era rara vez pero muy repentino. Le pagaban bien por la sustitución, pero era estúpidamente irónico todo eso. No eran familia, no tenían ni siquiera la misma ascendencia alemana para suponer que había algún gen en común, pero cuando la gente decía que por ahí había alguien igual a ti, que en alguna parte del mundo existía una copia de ti. Pues con ella, el destino –una vez más- era bromista.

- Listo. –la estilista se separó, arreglando un par de mechones rubios para darles más apariencia desordenada y natural- Te ves como un ángel.

El resto de asistentes afirmaron emocionados, pero ella no respondió, los dejó salir para tener un poco de espacio, mientras se miraba en el espejo y se encontraba con Helio… porque eso no era ella, eso era Helio.

Un chico.

Ella no tenía una gemela perdida, tenía un mellizo, una versión masculina de sí misma. En términos simples nada médicos, más bien… en términos poéticos. La gente había dicho que tenían el mismo carácter, solo que, mientras ella había recibido maltratos y bromas en su vida, él había sido siempre mimado y popular. Las chicas se volvían locas con él y desde los diez años tenía contratos de modelaje en Nueva York. La agencia para la que trabajaba su madre tenía la suerte de haber hecho un contrato con él para promocionar a una nueva diseñadora de modas en Washington y Helio viajaba de vez en cuando para tomarse algunas fotos para los catálogos. No era un modelo internacionalmente famoso pero estaba ganando fama. La diseñadora creaba un estilo semi-formal y militar, una combinación que iba muy bien con Washington y su arquitectura.

Ese día todo el set fotográfico estaba junto a la Casa Blanca, en un edificio de oficinas antiguo, estilo beaux art. Y Helio iba a tomarse más de cincuenta fotografías con diferentes vestuarios ahí.

- Bueno, en realidad yo. –comentó, sintiendo raro que su masculino reflejo tuviese su voz femenina.

La trasformación era patéticamente simple, vendaban su torso para ocultar sus senos y usaban extra venda para que su cintura engrosara y su torso luciera más masculino, ocultaban su cabello con una peluca corta, de un rubio más claro que el suyo, ligeramente desordenado y rebelde. La maquillista le ponía base sobre los labios para afinarlos y perdieran su feminidad, luego los delineaba con un tono pálido para formar unos labios delicados. Le ponía un lunar falso bajo el ojo derecho, sobre su pómulo, le llenaban con pulseras gruesas y de cuero para hacer la ilusión óptica de que sus brazos eran más gruesos. Por último, le ponían un lente de contacto verde, pues Helio tenía heterocromía, ojos de diferente color, que en su caso era uno azul y el otro verde. Ya bajo la ropa llevaba hombreras gruesas y un bulto entre los pantalones para no desacreditar a Helio. Eso era todo lo que le hacían. En más de una ocasión, la gente se sorprendía con la facilidad en que se convertía en un chico. Y eso le dolía. En el fondo, era doloroso que su cuerpo fuese tan poco femenino. Aun cuando Helio era delgado y desgarbado, andrógino para el gusto de la moda ¡Pero igual dolía!

Ya en su actuación como Helio, le habían puesto unos botines negros que se ocultaban en un entubado pantalón de tonos grises como el que usaban los militares como camuflaje urbano, llevaba una camisa blanca fuera de los pantalones con un par de botones abiertos que dejaban ver su clavícula, una cadena negra y delgada que colgaba justo debajo de su cuello, con un dije de plata con el símbolo del Omega; sobre la camisa usaba una chaqueta delgada, de manga tres cuartos, negra.

Helga abrió la puerta del tráiler para salir del camerino que usaba Helio y se detuvo al encontrar a Arnold esperándola afuera. Ambos se miraron con sincera sorpresa y un silencio incómodo se formó.

- Por eso no quería que vinieras. –acusó, temblando ligeramente, pero bajó los últimos tramos y lo empujó a un lado.

Por años la habían tratado como un chico más, era dolorosamente estúpido que ahora Arnold se diera cuenta de lo fácil que aún le era ser confundida por uno.

Pero él cerró su mano entorno a la muñeca femenina y la forzó a girarse. Aun a esa distancia, él le miraba sorprendido pero había una sonrisa en sus labios, sin un atisbo de culpa.

- Fascinante. –fue todo lo que dijo, ella buscó alejarse pero el chico sorpresivamente se acercó y le besó la mejilla.

Helga dio un olímpico paso hacia atrás, tocándose la mejilla como si le quemara, mirándolo con incredulidad.

- Ahí estas… No sé cómo pueden verte como un chico, sonrojada, con tus largas pestañas y tus labios temblando así. –respondió tranquilo, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón mientras se alejaba, sinceramente nervioso, eso podía saberlo hasta ella- Helio debe lucir como una chica muy guapa.

Helga lo vio desde su posición, con los ojos muy abiertos, enderezándose ¿Cómo…? Parpadeó un par de veces ¿Cómo sabía que eso era lo que ella necesitaba oír?

A pesar de toda la transformación, ella podía ser aun una chica… solo estaba actuando como un varón, era todo.

Oh… el muy maldito era un genio.

Ella sonrió de lado, recordando que ese gesto era otra cosa que tenía con Helio en común, sabían hacer expresiones muy similares. Helga se fue caminando hacia el set, segura, con la postura recta y caminando de la manera en que sabía que Helio lo hacía, con las piernas ligeramente separadas, las puntas de sus pies apuntando hacia afuera y los hombros ligeramente encorvados.

Nunca antes se había sentido tan segura de sí misma, mientras subía por los escalones del edificio y le hacían sentarse en el grueso pasamanos de piedra, adoptando un rostro indiferente e inclinado hacia adelante. No podía evitar esforzarse más de lo normal. Arnold la miraba con una amplia sonrisa, conversando con Miriam e intercambiando comentarios que ella no oía.

- ¿Podrías darnos algo más seductor? –preguntó el fotógrafo, mirándola sobre la cámara.

Helga enmarcó una ceja, mirando fijamente al hombre, quien sonrió apenado ¿Cómo rayos iba a hacer eso?

- Tal vez… -varias miradas se giraron en dirección de Arnold, quien había hablado, levantando la mano como si pidiese permiso en clases.

Helga contuvo las ganas de reírse. El chico era excesivamente bien portado.

- Tal vez… -repitió el chico, más serio- Si subes una pierna como si fueses a abrazarla contra tu torso y la otra la dejas caer por un costado del pasamano…

- …y apoyo las manos hacia adelante, entre mis piernas… -Helga asintió, al entender la idea- como si fuese a saltar. –observó al fotógrafo, quien asintió nervioso- Bien…

Para hacerlo tuvo que sentarse en el centro del pasamanos para no tener que descuartizarse cuando dejó caer su pierna izquierda por un lado, mientras recogía la otra hasta apoyar su rodilla debajo de su mentón.

- ¡Ahí! –antes de que ella pudiese seguir, el fotógrafo la detuvo- Abraza esa pierna con tu brazo… eso…. ladea el rostro y sonríe… sonríe de lado, con malicia…

Ella rodó los ojos e hizo caso, mientras el flash golpeaba su cuerpo, con naturalidad cambió de postura un par de veces, siempre variando entre las posturas descuidadas y luego más agresivas.

Por una hora tuvo que cambiarse de atuendos varias veces, posando en los escalones del edificio, contra la fachada lateral del mismo y el rejado de atrás. Para el final de la sesión se juró nunca más meter sus manos en sus bolsillos porque lo había tenido que hacer cientos de veces, con los pulgares afuera, con los pulgares adentro pero el resto de dedos por fuera, con las manos del todo metidas, parcialmente y "ligeramente pero no tanto". Cuando por fin volvió a su ropa, se tuvo que recordar cómo caminar y relajar su cuerpo. Si, había hecho un esfuerzo considerable con esa sesión, notando como hasta la maquillista parecía olvidarse que realmente era mujer, porque comenzó a reírse tontamente con otra chica, cruzándose miradas coquetas en su dirección… Helga simplemente optó por olvidarse de eso, dejó su cabello suelto y salió del tráiler, mientras el atardecer la recibía, en lugar de Arnold.

Tal vez era mejor el atardecer. Tal vez…

Alcanzó a ver a sus padres conversando cerca de un auto y se dirigió a Arnold, quien los escuchaba atentamente, sin comentar, pero un par de brazos la atraparon sorpresivamente por un lado y al segundo siguiente estaba presionada, encorvada y aprisionada contra el pecho de su hermana, mientras esta le dejaba sorda con un grito de alegría.

- ¡Hermanita! –Olga la soltó para luego tocarle la cara, con emoción- Mi súper camaleón, súper hermosa y súper especial hermanita ¡Te he extrañado tanto!

- ¿Podrías dejar de usar ese tono chillón? Me vas a dar jaqueca… -se quejó, pero no se alejó, era mejor ceder un poco con Olga para que ella también dejara de asfixiarla.

- No entiendo por qué metes a nuestra hija en esto, Miriam.

- Bob….

- ¿Otra vez con lo mismo? –Helga se soltó de su hermana para cruzarse de brazos, mirando a su padre- ¿En serio?

- Eres una chica.

- Lo sé, me veo al espejo con regularidad.

- Entonces ¿Por qué te tienes que disfrazar de chico? ¡Eso no va contigo! Tú… Tú…

- Yo lo hago por qué quiero, Bob. –respondió, cansada, porque sabía que su padre no estaba siendo irracional, él trataba de decir…

- Eres una señorita. –explicó el hombre, serio.

Algo como eso… intentaba decirle que era femenina, bonita y esas cosas que otros padres dicen más fácilmente, pero que el pobre no sabía cómo explicarlo… y decía cosas que lo hacían sonar mal.

- Lo sé, Bob, lo sé. –le lanzó una mirada a Arnold, quien sonrió de costado- Ya nos vamos.

- ¿No quieren quedarse con nosotros? –preguntó entusiasmada Olga, tomando del brazo al chico- Tenemos espacio.

- No… Arnold debe volver a su casa… -Helga jaló alarmada al chico fuera del alcance de su hermana.

No le gustaba pasar en el departamento de Olga, olía a fresas y la mareaba.

- ¡Entonces quédate tú, hermanita!

- Yo… -no debía ser grosera, era su propósito no serlo, demostrar que no era inmadura… pero Olga se lo hacía tan fácil…

- Helga va a comer con nosotros esta noche. –respondió rápidamente Arnold, rodeando con su brazo la espalda de la chica, para estar cómodo- Le prometió a mi madre.

- Oh… -Miriam le lanzó una mirada de disculpas a Helga, imaginando que le había interrumpido una cita o algo.

Dios, no… estúpido Arnold.

- Si… -sonrió forzosamente- Ya nos tenemos que ir o no llegaremos.

- Oh… -Olga frunció el ceño, ligeramente decepcionada.

- No me gusta eso. Tú deberías quedarte con tu familia, no con la de él. –Bob le lanzó una mirada alarmante a su esposa- No deberías dejarla sola tanto tiempo… -masculló.- Mejor me regreso con ella y le hago compañía…

- Querido… No seas irracional…

- Bueno, familia, debemos irnos… -Helga se alejó mecánicamente, mientras Arnold se despedía formalmente y volvía a alcanzarla, tomándola de la cintura con tal naturalidad que le irritaba- ¿Te diviertes?

- Muchísimo. –admitió él, inclinando el rostro para verla- ¿Sabes por qué?

- ¿Por qué me humillas públicamente? ¿Por qué te parece divertido ver en las situaciones en que me metes?

- Porque a pesar de todo, no me desmientes. –explicó, sonriendo- Porque me sigues la corriente.

- Voy a…. –gruñó.

- …matarme. Si, lo sé. –la sonrisa del chico se amplió más- Y también descubrí algo más.

- ¿Qué cosa, zopenco? –ella se cruzó de brazos, apartándose para que la soltara.

- Que nos podemos entender sin palabras. Tú y yo tenemos ese tipo de conexión. –Arnold lucía emocionado con esa idea, como si fuese un niño que acaba de descubrir que tenía súper-poderes. Él la tomó de la muñeca, logrando que ella se detuviera- Como si el destino quisiera que tú y yo…

- Ni se te ocurra decirlo. –le advirtió, abriendo los ojos con sorpresa.

- ¿Decir qué? –el enmarcó una ceja, sintiendo su emoción disminuirse- ¿Por qué no puedo decir que estamos desti….? –ella le tapó la boca, con fiereza.

- Porque tú no me gustas. Tú eres historia antigua. –respondió, con rudeza- Ya crucé este camino una vez y fue horrible. Anoche nos divertimos, sí, pero eso no cambia nada, Arnoldo. –bajó la mano y lo miró menos agresiva, ligeramente culpable- Tú lo dijiste, somos amigos. El destino, el amor, son cosas serias. –sentenció, soltándose y caminando rápidamente hacia la estación de buses, mientras la noche se cernía sobre ellos.

En realidad, sentía algo por él, no estaba enamorada ni nada por el estilo. Le gustaba pasar tiempo con él y era agradable sentir la atracción entre ambos, sabiendo que era mutua. Pero… había sido demasiado doloroso todo eso para volverlo a pasar.

- Te detesto… -murmuró, apretando sus puños.

- Lo sé. –se sorprendió, él estaba junto a ella, caminando tranquilamente, sin dolor en sus ojos, Arnold la miró y sonrió- Lo sé, Helga.

¡Saludos Manada! Muy pocas personas vuelven a intentar el camino doloroso del amor. No, tal vez no muy pocas, en realidad muchas, es un terreno conocido y algunos se encariñan con la misma piedra en el camino.

Pero cuando el dolor supera los buenos recuerdos, es fácil alejarse del camino espinoso. Aun así ¿Qué hacer cuando ese camino espinoso no fue culpa del ser amado? ¿Aun así vale la pena alejarse de ese camino? ¿Ustedes qué creen?

¡Nos leemos!

Nocturna4