Correspondencia
¡Sirius!
¡Feliz Navidad! No sabía si escribirte, por eso de que tu familia me odiará en cuanto lean mi apellido (o eso me ha dicho mi padre) y admito que tengo un poco de miedo de que tu madre estrangule a mi lechuza, pero ya que me he molestado en escribir, práctica poco habitual en mí, pues no me apetecía comerme el pergamino.
Bueno, mientras escribo esto me doy cuenta de que podría ser capaz de comerme esta hoja si quisiera, de hecho es evidente que soy capaz de comer más papel que tú, ¿no te cansas de perder en todo? En realidad no es tan malo, siempre podrás decir que fuiste la sombra, el perro de James Potter. Seguro que cuando sea famoso tu nombre aparecerá al lado del mío en letra más pequeña.
¿Has hecho los deberes? Bueno, no sé por qué te pregunto cuando sé que la respuesta es no. Llevo con los libros encima del escritorio varios días y me he dado cuenta de que tengo demasiada dependencia de que Remus me ayude. Ese tío es listo, Sirius.
Ayer encontré los regalos que mis padres me han comprado y uno de ellos es un juego de ajedrez mágico, ¡ajedrez mágico! ¿Estás preparado para ser derrotado? Espero que sí, porque en cuanto volvamos a Hogwarts pienso jugar hasta que se te caigan las manos.
James
Querido [tachado] James [/tachado] Gafotas,
Si estás leyendo esta carta supongo que significa que he conseguido que la bruja de mi madre no envenene el agua y la comida que le he dado a tu lechuza para que descanse mientras escribo la contestación. Ayer fui a dar una vuelta por Londres y compré unos cuántos de esos círculos enormes que usan los muggles para escuchar música, venilos o algo así. Aún no he conseguido averiguar cómo demonios se hace para que suenen, (pensaba que bastaba con darles vueltas muy rápido en las manos, pero parece ser que no) pero me los llevaré a Hogwarts y seguro que consigo que funcionen antes que tú.
Parece mentira, pero tengo ganas de volver a Hogwarts. Bueno, no he hecho los deberes ni nada, claro, y no me apetece madrugar ni nada de eso, pero, joder, es que me aburro, James. Llevo encerrado en mi habitación desde que llegué del colegio porque la arpía está enfadada, muy, muy enfadada porque soy "un sucio Gryffindor".
He intentado convencerla de que el color rojo y dorado me sienta mucho mejor que el asqueroso verde y combina mucho más con mi color de ojos, pero nada, tío, no entra en razón.
PD. Vas listo si crees que vas a ganarme una sola partida a ese maldito ajedrez mágico.
Firmado:
Sirius "mucho mejor que tú" Black.
James,
¿Qué tal las vacaciones? ¿Qué has hecho estos días? ¿Te han regalado muchas cosas? ¿Qué cenaste la noche de Navidad? Tengo ganas de volver a Hogwarts porque bueno, no quiero que pienses que no tengo más amigos que vosotros porque claro que los tengo, es más, nos estamos divirtiendo mucho, pero, bueno, vosotros sois mejores, ¿vale? ¿Tú tienes amigos fuera de Hogwarts? O sea, no es que piense que no puedas tener más amigos que yo y Sirius y Remus porque claro que puedes tenerlos porque eres simpático y seguro que les gustas a las chicas y eso, pero. Bueno, da igual.
Ayer mi madre hizo tarta de calabaza y bueno, no está tan buena como la de Hogwarts, pero estaba rica. Además, me dijo que, ya que tanto os habían gustado las magdalenas, ¡podíais venir Sirius y tú a casa y os cocinaría más! ¿No te parece increíble? Bueno, cuéntaselo a Sirius tú si quieres, y podéis venir un día. Pero también puedes venir tú solo si no quieres que Sirius venga. ¡Tú eliges!
Bueno, me voy, estoy jugando al ajedrez mágico con mi padre y acaba de comerse mi última torre así que supongo que perderé esta partida, pero la próxima seguro que la gano.
Un abrazo,
Peter.
Sirius,
¡Feliz Navidad! Nos vemos en Enero.
Un saludo,
Peter.
Remus,
¿Qué tal la Navidad? ¿Te han regalado muchas cosas? A mí me han regalado un montón de libros pero bueno, a mí no me gusta leer, pero seguro que te gustarían. Por cierto, hablando de libros, no entiendo muy bien el trabajo sobre el bezoar que tenemos que entregar para clase de Pociones después de Navidades. Si pudieras ayudarme con él te lo agradecería.
Peter.
Querido Peter,
Las vacaciones están yendo muy bien, gracias. Espero que a ti también. Respecto al trabajo, puedes encontrar toda la información que necesitas en la página 294 del libro de Pociones. Si igualmente no consigues terminarlo, te ayudaré cuando volvamos a Hogwarts. Un saludo para ti y para tu familia.
Feliz Navidad,
Remus Lupin.
Cuando Sirius perdió dos knuts
Walburga Black camina regia entre el gentío de la estación, arrastra su largo y oscuro vestido por el brillante suelo, como una alta viuda negra y levanta el cuello con superioridad cada vez que alguien la mira entre curioso y divertido. Sirius desliza los pies, intentando mantener la distancia suficiente como para que no le relacionen con esa mujer que parece una araña, como dice un niño que sujeta un globo al lado del mostrador de facturación; pero Walburga le coge del jersey con desagrado y le obliga a caminar a su vera.
- Tienes suerte de que te permita ir con ese sucio atuendo muggle.
Sirius se pregunta en qué momento de locura decidió irse de Hogwarts en Navidad, pero después recuerda que probablemente su madre habría ido a buscarle expresamente hasta el castillo, habría montado un espectáculo y se le habría llevado estirándole del pelo.
Arrastra la maleta que esa misma mañana ha preparado, guardando los libros en el mismo estado en el que llegaron una semana atrás. Sirius lleva las zapatillas llenas de agujeros, los pantalones deshilachados por los bajos y el jersey un par de tallas más grande que la que realmente necesitaría, parezco uno de esos muggles a los que les gusta vivir en la calle. Ese pensamiento surge cuando su vista alcanza a ver a tres personas que esperan en pie delante de la entrada al andén del Expreso a Hogwarts. El hombre va trajeado, perfectamente muggle pero exageradamente elegante; la mujer lleva el pelo negro recogido en un moño y sus ojos marrones se encuentran con los de Sirius. El chico siente algo cálido en su interior, no sabe lo que es, pero le gusta; y justo delante de ellos, una persona de pequeño tamaño levanta la mano con entusiasmo.
Ese idiota… James lleva una camisa blanca, pulcramente abotonada hasta el cuello, donde nace una corbata atada con un nudo perfecto. Viste un pantalón vaquero de color oscuro y lo único que puede romper la estampa son las zapatillas un poco gastadas. Juraría que incluso ha intentado peinarse.En efecto, James ha intentado domar su pelo con poco éxito y desastroso resultado: varios mechones cruzan su frente, mientras otros deciden salir despedidos hacia el cielo.
Sirius mira a su madre y da un par de zancadas hacia la familia Potter, observando a su amigo con expresión de ¿de dónde demonios has salido que pareces hermano de Lucio Malfoy?
-¡Hola, amigo! - James le tiende la mano con una sonrisa encantadora.
Sirius vacila. ¿Es ese James Potter? Tal vez sea una trampa de su madre para eliminarle de una vez por todas. Tal vez al tomar la mano de James exploten los dos por los aires y los cachitos de carne llenen la estación. Seguro que la gente dirá, ¡Miren! Este es el único trozo que queda de ese muchacho tan apuesto de la familia Black…
- ¿Tú eres Sirius? - la voz de la Sra. Potter le despierta y su atención vuelve a la mano de James, que no ha cambiado de posición-James nos ha hablado mucho de ti, ¿estáis juntos en el grupo de estudio, no?
- Sí…-capta los ojos de color chocolate bajo las gafas que dicen "niégalo y te haré tragar tu propio pis", así que simplemente extiende también la mano-Sí señora, James y yo estudiamos a menudo, no puedo contar las veces que hemos cambiado el nivel de los relojes de arena del Gran Comedor.
- ¡Eso no nos lo habías contado, Jamie! - la Sra. Potter abraza a su hijo por detrás y le da un beso en la mejilla con orgullo.
- Bueno… no quería alardear….
Sirius observa la escena entre divertido y horrorizado. Señora Potter, cree que tiene en casa a un niño perfecto y ha criado usted al mayor cretino del mundo. Ahora comprende porqué James va vestido así; no es que se haya arreglado para la ocasión, al contrario, él siempre tiene esa apariencia. En Hogwarts, James suele llevar la corbata mal anudada o incluso se olvida de ponérsela (de hecho, suele pedirle a Remus por favor que le ayude a colocarla los días que recuerda que Lily no se fijará en un niño que no sabe vestirse en condiciones), la camisa por fuera de los pantalones del uniforme y remangada hasta los codos, incluso aunque haga frío. Pero no, el falso… o el verdadero (Sirius no está seguro) James Potter no es más que un niño mimado tan pulcro como el suelo que pisan. Sirius se pregunta hasta cuándo podrá el muchacho mantener la mentira.
- Oh, me alegro de verte. - la Sra. Potter pierde la vista justo encima de Sirius y el chico siente la gélida presencia de su madre en la espalda.
- Estás tan vieja como siempre, querida - suelta la última palabra con asco-, te podría recomendar una poción que hace milagros, pero igual prefieres una de esas mezclas que usan los muggles y que no sirven para nada.
- ¿No es maravilloso que Sirius y James sean amigos? - el Sr. Potter frunce el ceño aparentemente molesto por el ataque gratuito a su mujer - Creía que no quedaba nadie cuerdo entre los Black.
Sirius no sabe por qué pero sonríe; la sonrisa es captada por su madre, que cierra el puño con fuerza y el chico está seguro de que se está conteniendo para no apalearle ahí mismo.
- Adiós.
- Mi padre no quería ser rudo con tu madre, Sirius.
Rudo. Rudo. Rudo. Sirius está seguro de que esa palabra no existe y que simplemente se la ha inventado para quedar bien.
- No te preocupes, esa arpía se merece todo lo malo que le pase y más.
- No digas eso…- la Sra. Potter suspira - Es tu madre y estoy segura de que te quiere.
Sirius sabe que no, pero no añade nada más; espera a que James sea achuchado por sus dos padres y finalmente ambos se despiden con la mano antes de traspasar la barrera.
- Te juro que un segundo más y me arranco esta cosa a mordiscos - James se revuelve el pelo con fiereza y se desabrocha los primeros botones de la camisa mientras destroza por completo la corbata, que cae lacia hasta mitad de pecho. Al instante sus brazos de piel clara quedan al descubierto -. ¡Bonito encuentro familiar!
- ¿Qué eres, James?
- Un ser despreciable - admite -. Lo dices por lo de antes, ¿no?
No, si te parece me estoy refiriendo a la primera vez que fuiste al baño solito.
- Mis padres me tratan como el hijo perfecto que no soy, así que tampoco me cuesta demasiado fingir delante de ellos; siempre lo he hecho, en casa James es el niño que se hace la cama por las mañanas.
Sirius sonríe y le pasa el brazo por el hombro, obligando al niño a agacharse y con la mano izquierda le revuelve el pelo.
- En mi vida había conocido a nadie tan…
- ¿Genial? - jadea James.
Bromean. Sirius arrastra a James con fuerza por el andén y varias chicas mayores les miran con desaprobación. Sirius empieza a cantar y James le secunda mientras suben al tren. Los pasillos se convierten en su escenario cuando pasan por los compartimentos golpeando las ventanas de cristal para crear la percusión. You Can't Always Get What You Want o algo parecido resuena en el vagón numero dos cuando los dos chicos abren la puerta de un pequeño compartimento.
- I was standing in line with Mr. Jimmy, and man, did he look pretty ill?-grita Sirius.
- We decided to have a soda, "watcha favourite flavour?", Cherry red.-James se sube a uno de los bancos y finge que toca la guitarra.
- And I sung my song to my friend Jimmy, and he said one word back to me, that was "DEAD".
Destrozan la canción; una orquesta compuesta por sapos lo habría hecho mejor, pero los dos amigos se sienten como los mismísimos The Rolling Stones, hasta que James deja de recordar la letra y Sirius se tira cansado, dejando que el pelo le cubra la cara.
Cuando el tren comienza su trayecto, James se levanta y cierra la puerta, después se lanza contra la ventana y pega la mejilla al frío cristal para ver el exterior.
- Tengo algo importante que contarte.-su voz está cargada de emoción.
Sirius gruñe y se incorpora para ver cómo su amigo abre la maleta con nerviosismo que simplemente saca un gigantesco mantel de color marrón…marrón mierda, es marrón mierda.
- ¿Qué te parece?
- ¿Que pega con tus ojos?
- ¡Imbécil! - James extiende el mantel y después se lo coloca primero sobre los hombros y después se cubre también el pecho.
- ¡POR LAS BARBAS DE MERLÍN! - si Sirius Black hubiera estado bebiendo algo probablemente lo habría escupido - ¿De dónde has sacado eso?
- ¡Mi padre! - hay orgullo en su voz - ¡Es una Capa Invisible, Sirius! ¿Sabes todo lo que podemos hacer con esto?
- ¿Qué no podemos hacer?-ahora los dos están en pie, tocando el tejido, tan suave que parece seda, pero curiosamente brillante - Podemos hacer lo que nos dé la gana bajo esta capa, podemos…
- ¡Podemos ir a la cocina a pedir comida!
- ¡Podemos salir por la noche sin que nos vean!
- ¡Podemos bajarle los pantalones a Snape sin que se dé cuenta!
- ¡Podemos ser los dueños de Hogwarts!-exclaman al mismo tiempo.
La emoción dura más de diez minutos en los que Sirius se envuelve la capa alrededor de la cabeza y simula ser un prisionero de guerra decapitado que ansía sangre de mujeres vírgenes (que no sabe lo que son pero siempre aparecían en las historias que su tío le contaba cuando era un niño); James grita que él no es virgen, que le deje en paz y luego le arrebata el "mantel" y se tira al suelo oh, no, ¡alguien se me ha comido el brazo! y Sirius se pone las manos en la cintura y tararea lo que él considera que es música épica mientras salva a su compañero herido en una guerra entre magos y gnomos de jardín que han bebido una poción mal hecha que les ha provocado un aumento de tamaño desmesurado y ganas de comer miembros humanos.
Lo que les hace parar son unos suaves golpecitos en la puerta. Sirius a la velocidad del rayo esconde la capa tras su espalda.
Peter golpea con el dedo y les hace señales; Remus detrás de él observa a través del cristal con mirada impasible; mantiene esa postura de eterna calma, como si nada en el mundo pudiese alterarle, como si esos libros bajo los que se refugia fuesen un escudo entre él y el resto de la humanidad.
- ¿Qué dice Peter? - pregunta Sirius colocando los brazos tras la cabeza.
- Me da pena por Remus, pero si abrimos la puerta querrán entrar los dos.
Peter salta y les sonríe señalándose.
- ¿Cuánto tiempo crees que podrá aguantar suplicando?-interviene otra vez Sirius.
- No lo sé, ¿apostamos?
- Dos knuts a que en quince minutos se ha ido.
- Dos knuts a que en quince minutos sigue aquí.
Lupin da media vuelta en busca de otro compartimento en cuanto ve a James tras el cristal fingir que no puede escucharles; se lleva el dedo al oído y entrecierra los ojos encogiéndose de hombros. Pero Peter se queda, sigue dando golpes cada tres minutos, observando cómo Sirius dibuja cosas en el cristal empañado y James intenta borrarlas antes de que tomen forma. Finalmente, lo último que ve antes de que le abran la puerta con resignación es a Sirius deslizando con elegancia un par de monedas de color bronce al bolsillo del vaquero de James.
Buenos días
James se levanta temprano ese día ¿en serio el mundo existe a estas horas?, se sienta sobre la cama y se frota los ojos hasta que le duelen. Después alcanza una camisa - que espera que esté limpia y sea suya-y se la abrocha mal, dejando que los botones casen con el ojal que no correspomde, mira con los ojos entrecerrados la corbata de colores amarillos y rojos y le da demasiada pereza ponerse a hacer un nudo, no he hecho ninguno en mi vida, no voy a ponerme a aprender ahora, se pone los pantalones y las zapatillas y coge la cartera antes de caminar a tientas en la oscuridad. La puerta de la habitación cruje cuando la cierra a su espalda, baja las escaleras a ciegas, con las manos siguiendo la dirección que le marcan los ladrillos de la pared y finalmente se despereza en la vacía Sala Común ¿por qué hay niebla aquí abajo? se pregunta mientras arrastra los pies hacia el retrato, que se abre sin que diga nada; levanta el pie izquierdo y luego el derecho, que se queda enganchado en el marco del cuadro y cae con fuerza al suelo, con la cara cerca del inicio de la escalinata. Escucha una risa y se vuelve con enfado.
- Perdona, cariño, pero ha sido gracioso. - la señora Gorda oculta la boca para evitar que él vea que sigue mofándose. Como si no se cayese la gente a diario, en serio, ¡¿por qué demonios se ve todo borroso?! Al instante se siente estúpido y enrojece, dándose cuenta de que las gafas han permanecido todo el rato enredadas en su pelo. Se las coloca con toda la dignidad que le queda y con las carcajadas del cuadro todavía a su espalda salta los escalones de dos en dos hasta llegar al Gran Comedor.
Está vacío a excepción de un par de alumnos en cada mesa, los Remus de las otras casas. El auténtico Lupin ocupa la mesa de Gryffindor; tiene las piernas cruzadas y un café humea sobre un pequeño plato mientras sujeta con ambas manos un enorme periódico que reza El Profeta. James no duda y camina directamente hasta sentarse a su lado.
- Buenos días, Remus.
- Buenos días, James.
En la mesa solamente está el café y un trozo de pan, pero en el momento en el que James se sienta, aparecen dos platos repletos de tostadas con confitura de fresa y un par de pastelillos de queso Brie. Cuando alarga el brazo, una jarra llena de zumo de calabaza surge de la nada, malditos elfos talentosos que conocen mis gustos al detalle, pero él no necesita cosas de su agrado, si no cosas que le gusten a Remus, porque tiene una redacción para entregar en escasas dos horas sobre la importancia de los trasgos en la Primera Guerra Mágica sin hacer en la mochila.
- ¿Quieres chocolate, Remus? - le ofrece con una jarra caliente que acaba de aparecer.
- No, gracias.
- ¿Quieres tostadas?
- No, no tengo hambre.
- ¿Esto está vacío, eh?-comenta dándole un sorbo al zumo-Pero madrugar está bien, me refiero a que me podría acostumbrar esto, podríamos desayunar juntos y todo,-la mirada de Remus dice algo parecido a "no gracias, es mejor cuando te ahogas en tu propia baba en la habitación apurando el último segundo de sueño"-pero hace frío, ¿quieres mi bufanda?
- No, gracias, estoy bien.
- Remus, estaba antes observando mi redacción sobre los trasgos en la Primera Guerra Mágica y qué sorpresa la mía que…
- Que no la tienes hecha.-completa Lupin.
- ¡Exacto! - James esboza una mueca de culpabilidad-Pensaba que tú podrías dejarme la tuya y…
- ¿Por qué no la has hecho en las vacaciones? - por primera vez Remus mira a James directamente a los ojos, y el segundo siente como si realmente estuviera haciendo mal pidiéndole los deberes pero no está mal, es Remus, hace las cosas más rápido que los demás, es justo que comparta su saber con los que somos tontos. En realidad James no se considera tonto, sino todo lo contrario, pero siempre le resulta más fácil quitarse culpabilidad si piensa que es por falta de capacidades y no por vagancia que no entrega nunca los deberes a tiempo.
- Porque no me dio tiempo…
- Teníamos muchos días, James, es tan sencillo como que te organices-dice Lupin mientras sopla sobre su café-, en vez de merodear por ahí con Sirius podrías aplicarte un poco más en los estudios. No es la primera vez que perdemos puntos para la casa porque uno de los dos no ha hecho los deberes más de tres veces seguidas.
Vale, ahora sí que me siento mal. Normalmente James no tiene remordimientos sobre lo que hace, nunca le importa perder cinco, diez, quince o incluso veinte puntos para Gryffindor. Tampoco le preocupa que los profesores le llamen vago y digan cosas como "trabajas por debajo de tus posibilidades, Potter; siempre andas en el guindo, Potter; tendrías que aplicarte un poco más, Potter; no hagas eso, Potter. POTTER, POTTER, POTTER."
Pero ahora que son las palabras de Remus las que le están echando en cara perder tantos puntos, algo en su pecho vuelve a estremecerse, ¿culpa? No, no puede ser culpa, jamás se ha sentido culpable por nada, incluso aquella vez que el hijo muggle del vecino se rompió una pierna porque él le hizo creer que había fantasmas en su cuarto y saltó por la ventana del segundo piso. No, James no sabe lo que es la culpa, ¿por qué entonces se siente mal por pedir unos estúpidos deberes?
- En fin, toma - Remus saca un pergamino limpio, con letra cursiva y lo deja cuidadosamente sobre la mesa-. Pero cambia algunas cosas, para que no se note mucho que te lo has copiado de mí.
- Yo… - James empieza a notar como la rodilla le duele, probablemente será por la caída de antes y entonces decide concentrarse en ese dolor físico en lugar del torbellino de pensamientos contradictorios que está llenando su cabeza en ese instante-No, lo haré yo.
Lupin se sorprende. El tono de voz del chico de gafas es extraño, casi podría decirse que hay orgullo en sus palabras; un orgullo que Remus supone que acaba de pisotear. James saca una pluma y con letra irregular empieza a escribir. Lupin alterna la vista del calendario lunar que ocupa media página en el diario, al pergamino que cada vez tiene más tachones y más manchas. Pasan los minutos y algunos alumnos van entrando en el Gran Comedor, pero James no se inmuta. Con la nariz casi pegada a la mesa y la mano izquierda sujetando una pluma que se mueve dubitativa la mayor parte del tiempo, acaba por poner el último punto con cierto sufrimiento.
- Ya.-dice.
Lupin cierra el periódico, se acaba de un sorbo su café y se levanta. James le mira a través de las gafas, espero un "enhorabuena", Remus, pero la naturaleza perfeccionista del joven hombre lobo le impide felicitar a alguien que acaba de escribir que "la bictoria de los trasgos se devió a su capacidad decoperar en grupo". Las faltas de ortografía le saltan al ojo y se pregunta de dónde ha sacado su compañero la idea de que los trasgos son capaces de cooperar sin sacarse los ojos unos a otros. Así que deja su expresión seria y le da la espalda susurrando un suave "nos vemos en clase luego". Y sale del comedor.
Libros antiguos y velas encendidas
Si hubiese tenido que elegir un lugar en el que permanecer encerrado el resto de su vida y no salir jamás, sin pensárselo un segundo Remus hubiese escogido la enorme biblioteca de Hogwarts. Ubicada en el cuarto piso y repleta de estanterías llenas de libros de principio a fin, desde el punto de vista de Lupin lo único que le faltaría a esa sala para ser perfecta sería que la bibliotecaria, Madame Pince, fuese un poco menos estricta y permitiese comer dulces y chocolate durante el estudio.
Allí hay libros de todas las formas, colores y tamaños; algunos están enormemente cubiertos de polvo en el lomo y la portada, y cuando los abres, huele a una época pasada. Remus no sabe cuántos años de vida tiene el castillo así que se imagina que esos libros están allí desde hace muchos, muchísimos siglos. Otros simplemente no huelen a nada y las hojas están tan desgastadas por el uso que, al leerlos, la primera página transparenta a la siguiente, y la siguiente a la siguiente, como si fuese cristal blando y maleable sobre el que alguien ha escrito. Y él podría pasarse toda la eternidad leyendo una y otra vez toda la sabiduría allí recogida, y frecuentemente piensa que ni en un millón de años nadie podría leerse jamás todos estos libros y el pensamiento le anima, y le reta, despierta una vocecilla en su interior que nace en la parte de atrás de la cabeza y le dice "tú podrías hacerlo, Remus".
No sabe si podría hacerlo, pero lo cierto es que lo intenta.
Las vacaciones de Navidad acaban de terminar y los alumnos, perezosos, tratan de recuperar poco a poco la rutina y el ritmo de vida habitual en Hogwarts que, si bien no es lo que nadie jamás entendería como "normal", consta de una serie de obligaciones, es decir, deberes y clases, que no dejan de ser un estorbo para los residentes del castillo; aunque, ni la más enorme montaña de deberes ni las más tediosas clases serían jamás capaces de eclipsar la magia que se esconde en cada rincón, cada pasillo y cada recoveco del colegio. La primera sensación de los estudiantes cuando llegan allí en su primer año generalmente es la de que Hogwarts es una fortaleza inexpugnable dentro de la que se esconde un poder increíble que nadie sería capaz de desentrañar en solitario. Las escaleras se mueven; las puertas, caprichosas, deciden cuándo abrirse y cuando no. Allí hay fantasmas, retratos que se mueven y hablan y a veces están, y a veces no están; cientos de elfos domésticos que trabajan incansablemente en las cocinas, pasadizos secretos que desembocan en el lugar menos pensado, escalinatas hacia los dormitorios que, como si tuviesen vida, impiden el paso a los maliciosos alumnos varones a las habitaciones de las chicas, pero no al revés. Esos son solo algunos de todos los misterios que Hogwarts encierra. Otro, y que a Remus intriga bastante más que los mencionados anteriormente, es el de la Sección Prohibida: Los alumnos no pueden acceder a ella sin un permiso escrito por parte de un profesor, y, en realidad, nadie sabe por qué.
El joven licántropo lleva ausente toda la mañana, y también toda la tarde. Remus trata con todas sus fuerzas de dirigir toda su atención al ejemplar de Historia de Hogwarts que tiene delante, un libro antiquísimo y roído por el tiempo que, en realidad, no parece que mucha gente haya llegado a leer. Sin embargo y tras leer por decimoctava vez el mismo párrafo, decide que su capacidad de concentración aquel día ha hecho las maletas y ha volado lejos, muy lejos, y no sabe dónde está, pero tampoco cree que vaya a encontrarla.
Cierra el pesado volumen y a duras penas consigue recolocarlo de nuevo en el estante donde reposaba antes de que él mismo, impaciente y curioso por todo lo que tenga que ver con la Historia de la Magia, lo desempolvase días después de su llegada al colegio. En realidad, ya casi es hora de cenar, así que arrastra lánguidamente los pies escaleras abajo hacia el Gran Comedor.
El problema de Remus es que piensa demasiado. Posiblemente, si alguna vez le preguntas sobre cuál cree que es su defecto más grande de todos los que considera que tiene - y en realidad, Remus Lupin no es alguien con la autoestima demasiado elevada - bromeará sobre algo relacionado con su aspecto físico, su nariz o sus cicatrices. Pero, interiormente se dirá a sí mismo que pienso demasiado. Una y otra vez, pienso demasiado. Sirius, tiempo después, cuando ya se conozcan lo suficiente, dirá muchas veces que Lupin es una especie de anciano encerrado en un cuerpo joven, y él fingirá ofenderse, pero en el fondo asumirá que su amigo está en lo cierto. No pocas veces ha intentado corregir ese aspecto de su actitud: A veces, cuando veía a sus compañeros del colegio muggle reírse de él por andar siempre pegado a un libro y por sus numerosas heridas, o los observaba divertirse puerilmente jugando en el barro, al fútbol, o discutiendo sobre quién podía saltar más alto o correr más rápido, deseaba poder desconectar su mente por un segundo y ser como ellos; no tener preocupaciones, no tratar de que cada acto estuviese siempre respaldado por una pulcra y absoluta racionalidad. Mil veces deseará durante su infancia poder ser "como los demás", y mil y una se convencerá a sí mismo de que no hay lugar para él en el mundo de las personas "normales", ni mucho menos en el de los niños.
Lo que le aflige aquel día y hace que no pueda dejar de pensar es, como tantas otras veces, la proximidad de la Luna. Sólo tres días para la luna llena y él ya la siente; le convierte en un insomne hervidero de emociones que no sabe bien como controlar.
La primera vez que sufrió la transformación estando en Hogwarts, Dumbledore le llevó al Bosque Prohibido y allí, el lobo, libre como nunca lo había sido antes, recorrió el terreno durante un largo tiempo hasta que no le quedaron fuerzas y se desmayó. A la mañana siguiente, tardaron horas en encontrarle, más de medio día, y cuando el director le vio allí, cubierto de arañazos, inconsciente pero tiritando de frío, decidió que quizás había sido una decisión precipitada abandonarle allí de esa forma y a su suerte. Él, la profesora Sprout, la señora Pomfrey, el profesor Flitwick y el mismo Hagrid trabajaron mano a mano para encontrar la solución: Mientras el guardabosques y Flitwick trabajaban, el primero, a mano, y el segundo mediante magia, para construir una especie de pequeña casa improvisada de ladrillos donde refugiar a Remus, el director, la profesora de Herbología y la enfermera estudiaron y efectuaron todo tipo de encantamientos y pociones para plantar y acelerar el crecimiento de lo que los estudiantes llamarían más tarde el Sauce Boxeador. El Sauce Boxeador, cuyo propósito era mantener a los alumnos alejados del lugar donde, una noche al mes, el joven hombre lobo efectuaría su transformación, era un gigantesco árbol de gran altura cuyas ramas móviles atacaban a todo aquel que osase acercarse con una enorme fuerza. Allí encerrado, volvía a sentir la misma angustia que cuando, antes de llegar al colegio, le encadenaban a aquellos grilletes de metal anclados a la pared para tratar de contenerle. La señora Pomfrey le acompañaba cada noche a la entrada de la pequeña casa cada noche antes de la conversión y le recogía por la mañana, trasladándole a la enfermería y curando todas sus heridas. Remus añoraba enormemente aquella primera noche que pasó en el Bosque Prohibido, pero jamás y bajo ningún concepto se hubiese quejado: Se sentía tan agradecido por poder estudiar allí, por todos los cuidados y protección que recibía y, sobre todo, por el hecho de ser tratado como a un igual y no como el monstruo que él sabía que era que sentía que cualquier cosa, en realidad, era más de lo que se merecía.
Apenas prueba bocado durante la cena; se levanta de la mesa antes que los demás y se traslada a la habitación, tan silenciosa y solemnemente que de no ser por su corporeidad cualquiera hubiera podido confundirle con uno de los fantasmas del castillo. Después, se tumba en la cama, se cubre con las mullidas mantas y, sabiendo que va a ser incapaz de conciliar el sueño en toda la noche, cierra los ojos y los aprieta contra la almohada, como si presionando muy, muy fuerte fuese a desaparecer, y con él, sus preocupaciones.
Y de esa forma pasa un buen rato, hasta que sus tres compañeros de habitación, James, Sirius y Peter, irrumpen en ella con los estómagos llenos y, creyéndole dormido, no hacen ruido y se acuestan temprano. Esta actitud no deja de sorprender al niño bajo las sábanas, que contempla la posibilidad de comunicar a los tres chicos que en realidad está despierto y que no es necesario que se vayan a dormir tan pronto si no es lo que quieren, pero no encuentra las fuerzas para hacerlo. James susurra un "buenas noches, Sirius, Peter" y sólo entonces Remus repara en que se ha comportado injusta y cruelmente con él esa mañana, y le asaltan los remordimientos.
En realidad sabe que la intención de James no era mala cuando, inocentemente, le ha pedido la redacción que tenían que entregar solo unas horas después, ya que no la había hecho. En realidad, era una actitud frecuente: Le preguntaba sus dudas a Remus, sobre los deberes, las clases, sobre por qué el techo del Gran Comedor está al aire libre pero no hace frío ni te mojas cuando llueve, y él intenta contestarlas de la mejor forma posible, halagado de que haya recurrido a él en primer lugar y no a cualquier otro. Porque siente que para James y Peter, es una especie de enciclopedia andante, o un ser abstracto que posee todo el conocimiento existente del universo. Y por eso son frecuentes los Remus, ¿es verdad que hay un calamar gigante en el fondo del Lago Negro? Y Remus, ¿qué es un grindylow? Cuando James pregunta, toda su aparente arrogancia desaparece, y lo hace con una humildad y una chispa infantil en el fondo de la mirada que serían capaces de enternecer a una gárgola. Cuando Peter pregunta, lo hace con timidez, como si temiera no obtener respuesta u ofenderle.
Sirius, en cambio, nunca pregunta. Cuando, a veces, bueno, en realidad, todo el tiempo, Peter y James le suplican para que les deje copiar (o "ojear un poco", como dice éste último) sus deberes, Sirius se limita a mirarles a los tres y centrar su atención en otra cosa. Después, cuando hayan terminado con sus tareas, sutilmente y tratando de que Lupin no le oiga le pedirá sus pergaminos a los otros dos.
No puede negar que le da un poco de miedo, porque lo cierto es que se lo da. Sirius siempre se peina a conciencia el cabello negro dejando que caiga a los lados de la cara, lleva la camisa del uniforme desabrochada un botón más de lo permitido y la corbata mal anudada. Cuando se ríe, su risa es perruna y parece que incluso sus colmillos se tornan mucho más afilados, igual que cuando se enfada consigo mismo y maldice en voz alta, o se queja de que algún profesor le ha quitado puntos injustamente, algún alumno le ha robado el último bollito de crema que iba a comerse en el desayuno, los Chudley Cannons han perdido el partido más reciente porque el equipo contrario había saboteado la snitch. No es tan alto como él pero siempre se las arregla para observarle como por encima del hombro, y solo superficialmente; no recuerda una sola vez que le haya mirado a los ojos.
Ha pasado ya alrededor de una hora desde que James, Peter y Sirius se han ido a dormir pero Remus sigue durmiendo y escucha a uno de sus tres compañeros removerse en las sábanas, inquieto. Posiblemente tampoco puede dormir. Los otros dos - Supone que son Peter y Sirius - roncan levemente. La voz de James susurrando con cautela se lo confirma:
- Sirius, ¿estás despierto? - Evidentemente, no lo está, así que James, que no es alguien que se dé por vencido fácilmente, sube a la litera superior, donde descansa su amigo, y le da dos leves toques en el hombro para despertarse. Sirius se sobresalta.
- ¡JODER! ¿Qué pas…?
- ¡Shhhhhhhhhhhhhhhhhh! ¡Vas a despertar a Peter y a Remus!
Malhumorado, Sirius comprende que no hay nada en el mundo que pueda hacer para que James le deje dormir tranquilamente, así que, en la semioscuridad de la habitación - Peter no lo reconoce, pero tiene miedo a la oscuridad y siempre deja una pequeña vela encantada para encenderse con un fuego que no quema cuando cae la noche - gruñe y trata de averiguar qué es lo que aflige al chico de las gafas.
- Es que… No puedo dormir, Sirius, y me aburro.
- Pues cómete los mocos, mira al techo, haz los deberes, date cabezazos contra la pared, yo que sé, tío, ¿para eso me despiertas?
- No, es que… Verás… No sé, estaba pensando, y… ¿Tú crees que Remus nos odia?
Remus, que trata desesperadamente de conciliar el sueño, se sobresalta al escuchar su nombre y comienza a prestar atención a la conversación mientras ellos le consideran dormido.
- No sé, James. La verdad es que… No sé, nunca habla.
- Es que… Esta mañana… Creo que se ha enfadado conmigo, porque le he pedido los deberes, y… No sé, no está mal pedírselos, ¿no? Quiero decir, él es muy listo y todo eso…
- ¿Crees que nos considera tontos y por eso le caemos mal, James?
- No lo sé, Sirius. Es decir… No somos tontos, ¿no? Somos… No sé, al menos más listos que la media.
- Pero somos menos listos que Remus. ¡Es que él es inhumano! ¿Cómo puede saberlo siempre todo sobre todo?
- Jo… Yo no quiero que Remus piense que somos tontos, Sirius. Es que, ¡en el fondo me cae bien! Pero tiene que odiarme o algo así. Pensará que soy un inútil por haberle pedido la redacción esta mañana y no haberla hecho antes, pero, ¡es que era muy aburrida! ¿Cómo iba a hacerla, teniendo un nuevo tablero de ajedrez mágico con el que jugar?
- Es que nunca habla. ¿Por qué leches no habla? Le preguntas algo y te dice "sí" o "no" pero no dice nada más…
- Escucha, escucha, Sirius, ya sé lo que haremos. ¡Vamos a ser listos como él! Solo tenemos que atender mucho en clase y tomar muchos apuntes y estudiarlos, y luego hablaremos sobre ellos cuando esté delante y se quedará sorprendido de lo inteligentes que somos y querrá ser nuestro amigo, ¡seguro! ¿Estás conmigo?
- ¿Estás seguro que vas a saber hacerte pasar por listo, James? No sé yo si te veo capaz…
- Oye, Sirius, ¡lo digo en serio!
- Bueno… Quizás podríamos esperar a que salga de la habitación y leernos un par de esos libros que siempre lleva por ahí, ¿no? Seguro que en ellos está el secreto de que sepa tantas cosas o algo. Y podemos comentarlos en alto, se los explicamos a Peter o algo así y seguro que se queda muy impresionado…
- ¡Vamos a ser los listos no-listos más listos de Hogwarts, Sirius! ¡Seguro que funciona!
- Bueno, vale, James, pero ahora déjame dormir o lo más inteligente que voy a hacer ahora mismo va a ser empujarte fuera de mi cama, y se te van a romper esas gafotas tuyas y te vas a ir todo el día chocando, como esta mañana con el retrato de la Señora Gorda.
- ¿Cómo sabes…? Bueno, da igual. Buenas noches, Sirius, ¡gracias! ¡Tú sí que eres un amigo!
James baja de la litera de Sirius y se tumba en su cama, mucho más tranquilo. Cierra los ojos y enseguida su respiración se acompasa con las de sus otros amigos. Duerme con una sonrisa despreocupada en los labios. Él no lo sabe, pero Remus, desde su cama, también sonríe.
El plan
Remus Lupin es un niño ordenado; la mañana de su llegada a Hogwarts pasó más de diez minutos sentado en el suelo, con la mano en la barbilla-gesto de pensar-intentando convencerse de cuál era la forma más correcta de colocar los libros en el fondo de su baúl. Primero en orden alfabético, después en orden de año publicación, más tarde decidió que tal vez lo mejor sería empezar por el primero que cayó en sus manos, pero recordó que algunos los había comprado al mismo tiempo y que entonces no tendría sentido alguno, no sería justo. Después de darle cien vueltas se decantó por orden de preferencia. Fue una tarea complicada, en más de una ocasión dudó, pero finalmente se enorgulleció al saber que no habría podido colocarlos de forma más perfecta.
Cuando Sirius y James abren el baúl de su compañero de habitación viven ajenos a toda esa exhaustiva tarea, por lo que creen que Remus no se dará cuenta si cogen alguno de los libros y lo devuelven más tarde.
A James le llama la atención uno titulado "Orgullo y Prejuicio", ¡Orgullo! Seguro que habla algún famoso increíblemente brillante.
- Ese seguro que es de crímenes, James-le avisa Sirius con mirada seria-. Los muggles llaman juicios a sus vistas sobre asesinatos y esas cosas, entonces seguro que es de alguna vista en la que condenan a alguien muy orgulloso.
El chico de gafas lo suelta como si fuese a pegarle algún tipo de enfermedad y sigue leyendo los títulos por encima "Hamlet", "Alicia en el País de las Maravillas", El Guardián entre el Centeno", "Una rosa sin espinas" y muchos más que el muchacho es incapaz de reconocer.
- Mira, "Las Penas del joven Werther".-lee Sirius.
- ¿Pero a Remus solamente le gustan las novelas de asesinatos y crímenes?
- Eso parece…-Sirius deja el libro donde no estaba y coge otro-Igual es un psicópata y por eso no habla, porque por las noches planea matarnos mientras dormimos.
- No, no habla porque es tímido.
- Y porque le caemos mal.
- Sí, también por eso.
- ¡Hala!-Sirius levanta un cuadernillo más o menos fino-"La Metamorfosis", eso es mágico seguro, ¡por fin algo fácil de entender!
- ¿De qué va?
- De un señor que se convierte en… escarabajo-el melenudo frunce el ceño-¿Estás seguro de que Remus no tiene alguna tara en la cabeza? ¿Quién en su sano juicio se transformaría en un escarabajo?
- No lo sé…-James le quita el libro y mira el primer capítulo-¿Quién se querría transformar en un gusano, en un caracol o en una rata? Supongo que hay gustos para todo.
- Si yo me transformase sería un animal grande, no sé, algo que me resultase útil en mi vida diaria; algo así como un lobo o una lechuza, así podría volar siempre que quisiera.
- Sí, una lechuza estaría bien… Pero a mí me gustaría ser un animal bonito, no sé, que la gente que me viese dijera oh dios, qué maravilla, es el animal más precioso que he visto en mi vida, oh, oh, oh y que además fuese peligroso, que pudiese ir por ahí a mis anchas.
- Eres un presumido, James, de hecho creo que te pegaría ser una mariquita.
- ¡Y tú probablemente serías un perro pulgoso y mugriento!
Se pelean, James argumenta que aunque fuese una mariquita seguiría derrotándole en todos los aspectos de la vida y Sirius empieza a ladrar de forma realista. Salta sobre él y James se golpea la cabeza con la pata de la cama; pero a ninguno de los dos les importa, porque el muchacho de gafas se pone en pie y se despeina el pelo con elegancia ¡Sucio perro! ¡Lámeme los pies! y Sirius niega con la cabeza para comenzar a hacerle cosquillas hasta que caen rendidos y jadeantes.
Y así, con la espalda en el suelo y las cabezas muy juntas, leen por encima La Metamorfosis si nos saltamos estos capítulos no pasará nada y concluyen en que todo va como la seda antes de guardar el libro, cerrar el baúl y bajar a llenar sus estómagos con deliciosa comida.
Lupin entrará en la habitación minutos después, con su ejemplar de "Don Juan", escrito por Lord Byron y con un pequeño cuadernito verde atado con una cinta dorada. En cuanto abra el baúl se dará cuenta de que alguien lo ha tocado antes que él. Observará todos sus ejemplares manoseados y desordenados, dejará el que lleva en las manos en el único hueco libre y luego analizará el nuevo orden que alguien ha impuesto por él. Sonreirá, pues no podría haber un orden mejor.
El plan no va como los dos esperan. En la clase de Transformaciones, James levanta la mano con insistencia, casi poniéndose de pie en su silla y McGonagall le repite por décima vez "Potter, si tiene que ir al servicio vaya antes de que empiece la clase". Pero James no quiere ir al baño y se arrepiente de haber estado pidiendo permiso tres veces por clase durante las últimas semanas con la excusa de disculpe profesora, pero la empanada de calabaza me hace unas cosas en el estómago que…
En realidad Transformaciones es la única asignatura que le llama la atención, claro que eso nunca lo admitirá delante de Sirius. Cuando McGonagall mueve su varita y hace maravillas, James recuerda las palabras del viejo Ollivander al entregarle la que será su fiel compañera para siempre, "perfecta para Transformaciones". James sabe que es bueno, lo sabe del mismo modo que sabe que su dulce favorito son las Ranas de Chocolate o que el rumor que ha extendido de que Snape es hijo de una ogra se difunde más rápido que los piojos en un pelo limpio.
A pesar de sus constantes intentos de buscar problemas, las clases de Transformaciones le cautivan de forma especial; no puede evitar sentir admiración por la vieja bruja cada vez que su cuerpo se encoge hasta adoptar la forma de un felino que se pasea entre las mesas observando con sus ojos atigrados cómo escriben pergaminos y pergaminos de aburrida teoría. El gato es casi más intimidador que la mujer y James pudo comprobar en uno de sus meticulosos análisis que el pelaje del animal desprende un aura azulada, apenas un milímetro respecto a su cuerpo, pero es una señal que no se le escapa: es magia. Una magia pura y poderosa. Al tercer intento de querer contestar y recibir una negativa, decide dejarse caer en la silla con cansancio y empieza a juguetear con un hilo de su jersey, estira, estira y sigue estirando hasta que el boquete es tan grande que bien podría ser la escena del crimen de un ratón hambriento. No importa, avisaré a papá hoy para que me compre otro.
Sirius tampoco tiene mucha suerte, pero a diferencia de James, Historia de la Magia no es precisamente una asignatura que le apasione, es más, desearía poder coger el grueso libro y tirárselo a la cabeza al profesor para comprobar cuánto tiempo tarda en darse cuenta. ¿Cómo es posible que Remus pueda prestar atención a esto? La voz del profesor Binns es soporífera y la clase se sume durante las dos horas en una especie de sueño conjunto. Solamente la niña esa, Lily, toma apuntes y asiente; de vez en cuando levanta la mano para preguntar alguna duda y el profesor contesta con desagrado. Sirius sabe que el profesor Binns perdió el entusiasmo por dar clase en el mismo momento en el que dejó atrás su cuerpo en el sofá, porque mira que tiene que ser aburrido dar esta asignatura. Ese día Sirius intenta mantener los ojos abiertos, apunta varias palabras que capta al vuelo e incluso asiente en un par de ocasiones con entendimiento. En realidad es complicado escuchar la voz grave del viejo fantasma con los ronquidos de James a su lado, que apoyado sobre los brazos babea sobre el pergamino. James siempre babea. Sirius leyó en algún lado que cuando sueñas cosas bonitas siempre babeas y llega a la conclusión de que o James es muy feliz o necesita que alguien le enseñe a cerrar la boca (tanto dormido como despierto).
Con atrevimiento, Sirius levanta la mano ante lo que considera que es una pregunta y contesta lo primero que se le pasa por la cabeza. "No, Black", y de nuevo un "No es correcto, Black", y después un "¿Puede dejar de contestar aleatoriamente a mis preguntas, Black?" y Sirius se cansa de contestar, por lo que coge la pluma y empieza a hacerle cosquillas a su amigo en la nariz. James sonríe y murmura no, Lily, no hagas eso… y Sirius se ríe por lo bajo mientras continúa con su tarea, hasta que al final el chico de pelo despeinado se levanta como si le hubieran puesto una chincheta en la silla.
- ¡ZUMO DE CALABAZA!
Toda la clase estalla en risas; todos menos una cabellera pelirroja que gruñe enfadada, un Remus que lleva toda la mañana observándoles y el profesor Binns.
- Potter, ¿por qué no se va de clase para que se le refresquen las ideas? No creo que el zumo de calabaza fuese la clave del Tratado de Paz de la I Guerra Mágica.
James no sabe ni donde está, pero mira a Sirius y bosteza, dos, tres, cuatro veces delante de todo el mundo.
- ¡Pues seguro que no se hubieran peleado si hubiesen compartido zumo de calabaza tranquilamente! - exclama antes de arrastrar los pies fuera del aula.
Por la noche, Sirius y James están en el dormitorio, hablando animadamente de cómo Alemania no pudo permitir ese fallo en la defensa en el último partido, cuando pasos lentos se escuchan en las escaleras. Es Remus.
- Es bien cierto eso que dices, amigo, de que Gregor no es más que la representación de un hombre que no está conforme consigo mismo.-la voz de James suena hasta adulta.
- ¡Exacto!-Sirius se emociona mirando a Remus de reojo, que acaba de entrar con mirada cansada y deslizándose como una sombra-Creo que el hecho de que fuera un hombre tan ocupado le lleva a querer convertirse en cucaracha.
- Escarabajo.-tose James con expresión de pánico-Es un escarabajo.
- ¡ESCARABAJO!-brama Sirius.
Lupin se sienta en la cama con las piernas cruzadas, apoya la cabeza en la pared y les observa con una expresión que dice "os estoy juzgando".
- Y claro, al final es lógico que se suicide.-explica James.
- Porque no puede vivir con el peso de la culpa de haberse convertido en un bicho repugnante.
- Claro.
- Es un final trágico para un personaje tan positivo durante toda la novela…
- Sí, con el amor que le tenían sus padres… Una pena, una pena.
Remus coge el primer libro que tiene a mano y se lo pone delante de la cara, incapaz de contener la risa. Finge que le entra la tos, pero las frases de sus dos compañeros de habitación se repiten en su cabeza una y otra vez. Esos idiotas se han leído La metamorfosis por encima y no han entendido nada.
- ¡Pero qué gran novela! - Sirius vuelve a mirar al joven hombre lobo para ver su reacción- No puedo esperar a leer alguna secuela.
- Sí, Kanka escribe de maravilla, ¿no crees, Remus?
Lupin asoma sus ojos azules por encima de las páginas y los observa con las mejillas doloridas de aguantarse la risa.
- Sí, James, creo que "Kanka" era un gran escritor, pero es una lástima que lleve casi cincuenta años muerto.
Se hace el silencio. James y Sirius se miran, luego a Lupin, que sigue manteniendo una mueca seria.
- ¡Claro, claro! -dice Sirius- Yo eso ya lo sabía, es que James no se entera de nada, de verdad… En fin, ¡qué tarde! voy a dormir para madrugar mañana y poder aprovechar el día.
Hace un gesto con el brazo que Remus espera no volver a ver en su vida de lo ridículo que es y sube las escaleras hacia su cama.
James tarda un poco más. Se pasea por el cuarto con las gafas en la mano, pensativo. Finalmente también se tumba en la cama.
- Oye, ¿seguro que Kanka está muerto?
- Que sí, James.
- Vale. -contesta con voz infantil, dándose la vuelta.
Minutos después Remus escucha los fuertes ronquidos de Sirius, pero los de James, más suaves, tardarán en llegar. Lupin se fija en que el muchacho ha abrazado con fuerza la almohada y que frunce el ceño. Normalmente James babea, todos lo saben, pero esa noche no lo hace.
Y mientras Lupin los observa a ambos entre preocupado y divertido, la cabeza de James es una espiral de animales, transformaciones y oscuridad. Vuelve a soñar lo mismo de siempre; su madre le abraza muy fuerte, las arrugas le marcan las comisuras de los labios y cuando él va a besarla, la bruja desaparece, y él se queda en una habitación blanca, sin puertas ni ventanas aunque extraordinariamente luminosa, asombrosamente espaciosa pero mortalmente vacía. Se despierta empapado en sudor. Mira alrededor y ve a Remus dormido, vuelto hacia él y se deja caer con pesadez. No, definitivamente si tuviese que transformarme en un animal no sería un escarabajo.
