Capítulo VIII

Si, conocer más allá de quien realmente era Helga Pataki era complicado. Algunos mortales tenían la desdicha y la fortuna (al mismo tiempo) de solo poder ver el rudo y peligroso exterior de la chica. Él había sido uno de esos mortales, pero el tiempo, la suerte, el amor y la época de la infancia le habían demostrado que había mucho más de ella. Una Helga artística, considerada, amable y profunda, una chica que amaba apasionadamente, que actuaba sin pensar en las consecuencias, que valoraba los sentimientos como otros a su Dios.

Por eso decidió no molestarla todo el domingo y esperar pacientemente a retomar la rutina que tenían en días de clases. No quería que le diera otro regaño sobre las emociones, los límites y demás.

Casi chocó con su abuelo cuando corrió a la puerta principal, listo para encontrarla sentada en el apoyabrazos de la casa de huéspedes, escuchando música en sus audífonos y con una de esas peligrosas paletas redondas de color rosa en su boca.

Eso debió explicar por qué frenó abruptamente cuando en lugar de eso estaba una Chevrolet Luv color naranja, del ochenta, con su mejor amigo apoyado en la puerta de la misma.

- No te alegres tanto de verme. –acusó Gerald, saludándolo.

- ¿Y Helga?

- Entiendo que no poseo sus irresistibles curvas pero no mines así mi seguridad y autoestima. –bromeó el chico, dejando a Arnold subir a la camioneta- Ella llegó muy temprano para correr un poco.

- ¿Correr?

- Si… -la camioneta comenzó a moverse- Creo que le quita el estrés. No lo sé ¿La verdad? Suele correr los días de exámenes de matemáticas, pero hoy no tenemos uno. Así que… -Gerald entrecerró los ojos, sin apartar la mirada del camino- Voy a asumir que tiene que ver con lo que ocurrió en su casa la noche de la fiesta o lo que pasó en Washington el sábado.

- ¿Ella te lo contó? –preguntó sorprendido Arnold, pues él no se lo había a dicho a nadie ¡Ni siquiera a su madre cuando lo había seguido por todos lados hostigándolo por saber la verdad!

- No, me lo dijo Phoebe, y a ella se lo contó Helga. –se encogió de hombros- No con mucho detalle, pero nos hacemos una idea.

- Yo…

- No te voy a regañar, si es lo que te preocupa. –la camioneta se detuvo, la ciudad era pequeña y la preparatoria quedaba en el sector del barrio, por lo que muy poca gente ocupaba los lugares de estacionamiento a su alrededor- No me voy a meter en lo que ocurre entre ustedes. Aunque por un momento pensé que ustedes tendrían una relación para el día de hoy.

- ¿Por qué…? –Arnold sintió sus mejillas calentarse, ligeramente incómodo.

Después de tantos años, era curioso que su primera conversación profunda con su mejor amigo fuese sobre romance.

- Porque es obvio que ella tiene el mismo efecto en ti que hace tantos años ¡Siempre la miras! Y siempre sabes dónde está. –le recordó, casi burlón- Pero sigues siendo tan despistado como antes.

- ¿A qué te refieres?

- Solo te diré… que no debes jugar con las reglas que ella te obligue a seguir. Cuando éramos niños, ella estableció cómo sería su relación: Abusivo-Víctima. Y tú lo aceptaste –se encogió de hombros- pero mira cómo te fue. No vuelvas a caer en ese error.

- Pero ella… -el chico cerró sus ojos unos segundos, reagrupando sus ideas- Ella quiere que seamos amigos. Yo he sido el responsable de sus peores memorias…

- …creo que exageras…

- Pues yo creo que no. –sentenció Arnold- No quiero volver a hacerle daño.

- Cómo quieras, hermano. –Gerald abrió la puerta del auto pero lo miró un par de segundos- Solo te diré que Phoebe me ha dado los momentos más tristes, más angustiosos y más dolorosos de mi vida. Así es amar, sufrir es parte de la ecuación. Pero ella también me ha dado los momentos más felices, conmovedores, grandiosos y emocionantes de mi existencia. No cambiaría nada de eso.

Arnold se quedó por un momento sorprendido, antes de bajarse del auto y caminar fuera del mismo, encontrándose con Phoebe en la entrada de la preparatoria. El impulso de ir a ver a Helga y saber si era verdad que ella estaba corriendo en las pistas de la preparatoria le inundó, pero su obligación fue primero. Por el resto del día no pudo ver a la rubia más allá de un cruce de saludos, así que, no le extraño que a la hora del receso desapareciera de su vista.

Pero eso no importaba, él había coordinado con Phoebe y Siobhan para hacer una revisión de los planes que habían creado. Así que se encaminó a la sala del consejo estudiantil, seguido de Phoebe que estaba pendiente de su pequeña libreta.

- Bienvenidos. –Siobhan les sonrió a los dos, mientras abría las cortinas y ligeramente las ventanas. La sala quedaba en el tercer piso, así que tenía una buena vista de algunos lugares de la preparatoria.

- ¿Cómo te encuentras hoy? –preguntó Arnold, sintiendo ese inevitable instinto de acariciar la cabeza de la pelirroja como si fuese una niña que acaba de lograr una buena calificación. Siempre que veía a Siobhan, tan joven y salvajemente libre, le daba la sensación de que debía protegerla, como si fuese una especia de prima o algo así.

Aunque también era consciente de su atractivo inocente atrás de su salvaje melena rojiza, su piel canela y grandes ojos grises ocultos atrás de unos delgados anteojos rectangulares.

- Muy bien, el presupuesto para la Casa Abierta está aprobado. –le comentó la chica, extendiéndole con orgullo un pedazo de papel que tenía entre sus manos.

Arnold extendió la mano, para releer lo que suponía ya que decía, se sentó en el escritorio que le correspondía como presidente y asintió en silencio. Phoebe tomó el papel de sus manos y se dirigió a una pizarra que tenían a un costado para escribir la distribución del presupuesto y comenzó a diseñar un mapa de la preparatoria.

- ¿Las actividades están enfocadas para que cada curso haga algo, verdad? –consultó, mirando a Siobhan.

- Claro. –la chica sonrió entusiasmada, mirando a Arnold- La idea de hacer la Casa Abierta tan pronto es para tener fondos para las siguientes actividades. Ya hice los cálculos y hay suficiente dinero para cada salón y cada club.

- ¿Social y deportivo? ¿Por igual? –preguntó el chico, agradecido de estar con dos chicas tan responsables, le hubiese sido tedioso tener que estar pendiente de su equipo constantemente.

- Si. –Siobhan ajustó sus lentes, mientras se acercaba a Phoebe y señalaba el edificio principal en el mapa- Los clubs culturales podrán hacer sus exposiciones en sus propios salones designados, el club de teatro y el de baile pueden usar el coliseo en horarios diferentes, claro está….

- Podríamos abrir cupo para bandas. –sugirió Phoebe- Si ponemos una cuota de inscripción, muchos chicos querrán participar pensando en el nuevo público que tendrían. Ellos mismos traerían sus propios instrumentos…

- …pero tendremos que hacer un casting primero, no quisiera nada mediocre. La entrada a la Casa Abierta va a costar para invitados extras y quiero que sientan que todo valió la pena. –le recordó Arnold.

El plan era darle un cupo de invitados a cada estudiante, un máximo de tres entradas y cobrar por el resto. Algo económico para que se animen a invitar a más gente. Todo ingreso monetario era bien recibido y Siobhan había hecho un aproximado de ganancias… más que suficiente para los planes de recompensa estudiantil que se habían propuesto crear para estimular las buenas notas, créditos extras y proyectos.

- Pero me gusta la idea. La gente se anima cuando escucha música en vivo. Los clubs están emocionados porque no mucha gente se ha unido y piensan atraerlos en la Casa Abierta.

- Los proyectos de cada salón serán supervisados por nosotros. –continuó Phoebe- Y algunos profesores quieren hacer algo especial, Arnold.

- ¿Cómo qué? –el chico enmarcó una ceja, esperando que no fuese nada fuera del presupuesto.

- Por el momento son los profesores de Física, Química, Historia, Matemáticas, Literatura y Biología … -explicó Phoebe- Quieren hacer un tipo de maratón intelectual. –entrecerró los ojos- Algo así como un juego gigante por toda la preparatoria, en donde los estudiantes deberán haber equipos que vayan a cada área y contesten las preguntas ahí. Al final del día, el equipo con más respuestas gana.

- ¿Gana qué? –consultó Siobhan.

- Lo que nosotros decidamos, asumo. –comentó Arnold, anotando la idea en el pizarrón- Me gusta, será un reto intelectual, fomentará el estudio, que es el plan principal de nuestra campaña y puede haber premios para los tres primeros lugares. Pero ya hablaré con los profesores, porque deberán organizarlo con nosotros, sin distraer a los chicos del resto de sus actividades. Así que tendrá que estar en un horario que no choque con eventos especiales.

- ¿Podremos participar nosotros? –consultó Siobhan, con emoción en su mirada, desde el inicio parecía que la idea la había cautivado.

Arnold sonrió ligeramente culpable.

Pero la puerta del consejo estudiantil se abrió sorpresivamente.

- ¡Phoebe! –los tres chicos regresaron a ver a la dueña de esa voz.

Por supuesto, se trataba de Helga, como Arnold supuso que sería.

Curioso, se trataba de Helga completamente empapada, desde la cabeza a los pies, como Arnold nunca supuso que vería.

Además, la chica lucía tranquila, mientras una gota colgaba de su mentón y caía al suelo, mirando únicamente a la pelinegra. Helga lucía agitada, como si hubiese corrido hasta ahí pero al mismo tiempo sin darle importancia a cómo lucía, casi como si, justo al llegar, hubiese pensado que era ridículo hacer tanto problema por tener toda su ropa mojada.

Pero justamente por eso el mundo debía entender que esa era la razón por la que, cuando Arnold intentó levantarse de la silla, apartarse hacia atrás por respeto y recordarse respirar (todo eso al mismo tiempo), simplemente terminó tropezando con sus propios pies y resbalándose de la silla al suelo. Sin apartar la mirada de Helga, quien por fin se dignó en posar su mirada en él y contener una risa sardónica en su garganta.

El atuendo de la chica era completamente deportivo y le quedaba grande, una camiseta que de seguro era para hombre y unos shorts holgados deportivos que llegaban hasta la mitad de sus muslos, su cabello estaba completamente empapado, todo hacia atrás y sus zapatos colgaban de su mano, mientras un gran charco se formaba debajo de ella.

- ¿Qué? –gruñó la chica, resoplando, al mismo tiempo que se apoyaba contra la puerta del lugar, aun en el lumbral- ¿Tienes una toalla, Phoebe?

- Por Dios, Helga ¿Qué te ocurrió?

- Cálmate, hermana. –la rubia rodó los ojos, despreocupada- Solo tenía calor, intenté abrir una de las llaves de los bebederos pero explotó encima de mí.

Mentía….

Arnold lo sabía, porque tenía la marca de un zapato masculino en el costado de su camiseta y el labio inferior hinchado ¿Por qué la habían golpeado o por qué ella se lo había mordido? No lo sabía, pero la camiseta estaba algo agrandada a un costado, muestra de que alguien la había intentado jalar. Definitivamente había estado en una pelea.

Y parecía que Phoebe también se había dado cuenta, porque estaba luchando entre su natural instinto por proteger a su amiga y al mismo tiempo fingir que no ocurría nada para no delatarla.

Siobhan fue hacia la parte trasera de la habitación y sacó de su bolso una toalla, la cual se la extendió hacia Helga.

- Iba a tener Educación Física después de esto. Pero puede tomarla. –le ofreció, con una pequeña sonrisa.

- Hey, Phoebe, la pelirroja te quiere quitar el puesto. –bromeó Helga, mientras inclinaba el rostro hacia adelante y comenzó a secarse el cabello rápidamente, dejando que las gotas se esparcieran a su alrededor- Me agrada.

- ¿Siobhan? –Arnold logró pararse, mirando a otro lado. No ganaba nada con quedarse pasmado ante tanto caos, en el suelo y con la silla clavándose en su costado- ¿Podrías ir por un trapeador?

- Por supuesto…

- ¿Phoebe? ¿Podrías ver qué ocurrió con el bebedero?

- Pero…

- Por favor. –la voz del chico fue determinante, mientras ordenaba los papeles de su escritorio.

- Claro…

Cuando Helga se enderezó, se encontró a solas con Arnold y encerrada en la habitación con él. Lo miró por un segundo, sin entender que ocurría.

Y luego él comenzó a quitarse la camisa en frente de ella, desabrochándose los botones de manera descuidada, mientras la miraba fijamente. Casi parecía que la regañaba mientras desnudaba su torso y ella comenzaba a ponerse completamente roja, dando un par de pasos hacia atrás hasta tropezar con una silla y caer sobre esta, apenas por milagro.

- ¿Qué estás haciendo? –acusó la chica.

- Pongo algo de orden. –explicó él, liberando su cuerpo de la camisa y cubriéndola, cerrando un par de botones a la altura del busto de la chica- No puedo creer que fueses tan imprudente de ir por ahí con esta camiseta transparente ¿Sabías que se puede ver tu ropa interior? –acusó y señaló hacia abajo- Toda tu ropa interior.

- Por favor, no te vayas a quitar los pantalones, cabeza de balón. –rogó la chica, abrazándose a la camisa de él, mientras clavaba los pies al suelo y empujaba la silla hacía atrás, creando distancia.

Ese día Arnold había escogido una camisa celeste. El chico solía recogerse las mangas hasta sus codos, de esa manera lucía despreocupado y tranquilo, maduro pero no aburrido. Pero sin camisa parecía algo salvaje. Por primera vez Helga comprendía lo que había hecho San Lorenzo con él, su piel ligeramente bronceado, no demasiado, sus hombros más anchos y compactos músculos que se movían con gracia, sin tensarlos realmente. El torso del chico era firme, aunque lampiño, juvenil, nada brusco y más bien delicado, su vientre daba ligeras señas de pequeños músculos, apenas visibles entre más bajaba la vista. Algo que solo una persona a esa distancia y con el deseo de mirarlo podría percibir. Helga notó una peligrosa V en sus caderas, un par de músculos bien desarrollados que bajaban cruelmente hacia el pantalón del chico.

Respiró hondo y apartó la mirada. También se dijo que era normal, Arnold practicaba básquet y por lo que sabía había entrenado con la Gente de los Ojos Verdes, un tipo de preparación que debía ser como el karate, concentrado la energía en las piernas. Por eso entre más se acercaba a las caderas se notaba más firme el vientre del chico. Por eso tenía una V pronunciada que se perdía hacia abajo. Todo era cuestión de anatomía, como que ella tuviese piernas resistentes o fuertes, músculos firmes y delgados. Todo eso tenía una explicación natural y lógica. No debía estarse agitando por algo normal. Normal.

Entonces ¿Por qué mirarlo tan de cerca, a la luz del día y sobria, le podía secar la garganta? ¿Por qué él no la miraba y estaba sonrojado?

Casi por instinto, ella deslizó sus dedos entre su cabello para arreglarse al recordar que debía estar despeinada. Y al instante se detuvo ¿Por qué haría algo así por alguien como él? ¿Por qué?

- ¿Con quién te peleaste? –preguntó Arnold, retomando la calma, apoyando su mano en el hombro de ella, pero Helga hizo un gesto de dolor que lo sorprendió- ¿Quién fue? –preguntó con firmeza, buscando jalar el cuello de la camisa para ver el hombro femenino.

Pero ella lo golpeó en la mano y se arregló mejor la prenda del chico, cubriéndose.

- Ya te lo dije, corrí, estaba sedienta, fui a un bebedero y el aparato infernal me atacó. –se cruzó de brazos- ¿Algún problema?

- Si, que me estás mintiendo. –la tomó del mentón, para obligarla a mirarlo.

En el fondo Helga agradeció eso, estaba distrayéndose con el torso del chico. No, podía vivir tranquila con eso, era la maldita V de sus caderas la que le estaba dejando con los dedos inquietos.

¿Desde cuándo era una pervertida…?

Mejor no responder esa pregunta.

- Muy bien ¿Quieres la verdad? Aquí esta… ¿No lo has oído? –ella se levantó, obligándolo a apartarse un par de pasos hacia atrás- Soy la Reina del Mal, los abusivos, los matones, la escoria de este lugar me rinden pleitesía. –apoyó sus manos sobre sus caderas, irguiendo su torso, con una sonrisa victoriosa- A veces solo debo ajustar unos tornillos para recordarles quien manda. Para hacerles ver que cuando yo ordeno algo, es una ley y no deben discutirlo. –deslizó su lengua por su labio inferior, conteniendo una sonrisa cruel- ¿Algún problema con eso?

- Solo quiero saber quién te hizo esto.

Arnold deslizó su dedo índice por sobre el labio inferior de la chica. Ni siquiera pudo disfrutar que ella se había puesto a temblar. Él estaba seguro que era un raspón producido por unos nudillos o tal vez metal contra su delicada boca.

- No te interesa. –Helga miró a un lado.

- ¿Quién fue? –insistió, completamente serio.

- ¿Para qué? ¿Acaso quieres ir de héroe? Por favor… -le observó desafiante- No necesito que me salve nadie. Y no te interesa con quien ajusto cuentas, Arnoldo.

La puerta detuvo la confrontación, mientras Siobhan y Phoebe entraban al lugar, sintiendo el ambiente tenso ahí.

- Me voy a cambiar. –gruñó Helga, girándose y caminando fuera del salón.

Arnold contuvo un suspiro de frustración y levantó sus manos en dirección a Phoebe, rendido, suplicándole como si ella pudiese entregarle algo que le dijera lo que ocurría con Helga. No quería dar explicaciones, quería respuestas. Ni siquiera les explicó que hacía semidesnudo, solo fue a su mochila y sacó una chaqueta deportiva con cierre y se la puso, cerrándola hasta el tope. No estaba de humor para nada. Por lo que prefirió ponerse a secar el rastro de agua que había dejado la rubia, mientras las otras dos chicas ordenaban el resto de cosas. Para él, era mejor distraerse, y arreglar el desastre de Helga parecía alentarlo. Cuando terminó, había sonado el timbre que daba final al receso.

- Genial…

- Ánimo, Arnold. –Siobhan apoyó su mano sobre el hombro del chico- Estamos preocupadas por ti.

- ¿Quieres que hable con ella? –preguntó Phoebe, mirándolo sinceramente apenada.

- No… ella es un libro cerrado cuando lo desea. Me cuesta hacerla entender o que simplemente ceda un poco… -respiró hondo.

- ¿Y por qué no hablas con la Bruja? –consultó Siobhan.

- ¿En serio crees en eso? –preguntó sorprendida Phoebe- ¿Tú?

- ¿Qué tiene? –la pelirroja lucía extrañada- Ella suele dar buenas predicciones.

- ¿Bruja? –Arnold enmarcó una ceja, no recordaba una chica llamada así cuando era niño.

- Ella llegó el anterior año. –le explicó Phoebe, cruzándose de brazos, ligeramente incómoda- Ella es… rara… su madre organiza eventos importantes. Todo el mundo la conoce. Pero la Bruja… bueno, es incómoda y se la pasa hablando de espíritus, del futuro, de las runas, los números mágicos y el tarot. –la chica negó- La gente acude a ella, pero no tiene amistades, dicen que sacrifica animales en las noches y todo eso.

- Bueno, yo creo en ella. –Siobhan se cruzó de brazos, mirando a Arnold- Y tú también lo harás. La Bruja ha preguntado por ti, dijo que irías a ella pronto. Bueno, pues vas a ir ¿No? Solo debes darle una ofrenda.

- ¿Dinero? –preguntó Arnold, escéptico.

- Ella no acepta dinero, pero cree que si te da sus servicios tú debes darle algo a cambio, como un equilibrio…

- Tonterías… es otra forma de pagarle, he visto gente darle tarjetas de regalos de tiendas costosas. –acusó Phoebe.

- Bueno, la gente que acude a ella siempre queda satisfecha. –la pelirroja sonrió- La Bruja se encuentra en el gran árbol que esta junto a la cancha de futbol americano.

Por un momento Arnold se sintió como Edipo cuando fue guiado al Oráculo de Delfos. Todo tan ceremonial y al mismo tiempo poco creíble.

- Iré. –se encogió de hombros ¿Qué era lo peor que podía pasar?

En realidad… se descubrió, en medio de clases, deseando que llegara la hora ¿Quién sería esa Bruja? Nadie conocía su nombre y cuando le había preguntado a Gerald, este le explicó que ella podía saber cuándo una relación duraría y cuando no, si una persona estaba atrapada y en conflictos o cuando era ellos mismos el problema. Gerald no creía en ella, pero le tenía cierto respeto, por así decirlo. Lo cual le empujó más la curiosidad. La Gente de los Ojos Verdes creía en los oráculos y él mismo fue presa de toda una iniciación espiritual con ellos.

Él también creía que el mundo estaba en armonía y que estaba vivo. A veces, cuando meditaba, podía sentir el latido de la tierra misma. Así que no sería aséptico.

A la hora de la salida, se encaminó al lugar donde Siobhan le había indicado. Mucha gente rondaba aun la preparatoria porque los clubs estaban iniciando. Pero se sorprendió al ver una pequeña fila y un círculo de personas alrededor del árbol que Siobhan le había mencionado, definitivamente estaba en el lugar indicado. Así que hizo fila, mientras jugaba con el objeto que le daría a la Bruja. Eso le recordó que debía preguntarle el nombre a esta chica, no era cortés tratarla con una palabra así. Aunque por lo que alcanzaba a oír en el resto de las personas, ellos decían "Bruja" con reverencia, sinceramente creyentes de sus poderes ¿Eso era bueno? Por lo que sabía, dado que ella no estaba cobrando en efectivo, no podía decirle que no hiciera esas cosas. También era algo de creencias. Y por otro lado, sería raro que después de usar sus servicios fuese él quien le cerrara el negocio. No sería justo.

Después de una hora y el deseo palpitante de irse a casa, descubrió que era el último en la fila y el próximo en ser atendido. Al parecer ella se tomaba su tiempo con sus clientes y por lo que había observado, daba todo tipo de resultados, entre sonrisas, seriedad, melancolía y hasta a un chico lo había hecho llorar. Eso era extraño ¿Acaso en verdad podía leer el futuro? ¿O simplemente era una excelente charlatana? Desde su infancia había conocido ambas cosas. Lo sobrenatural como los espíritus y los engaños con las mentiras.

- ¿Arnold? –él levantó la mirada y se descubrió sorprendido al notar una chica común y corriente frente a él.

La Bruja estaba sentada sobre una manta verde con plateado con formas de rombos, llevaba unos pantalones negros deportivos holgados con múltiples bolsillos y una camiseta escotada de un tono verde oscuro; usaba un collar con un pentagrama, sus dedos estaban cubiertos de anillos de diferentes tamaños, pero todos muy sencillos y de plata. La chica era un año menor a él, la había visto un par de veces pero era tan memorable como cualquier otra persona ¿Acaso estaba esperándose un estridente cabello púrpura? ¿Un sombrero de bruja? Tal vez una capa y un vestido… Pero no, la famosa Bruja tenía rasgos comunes, un rostro redondo, piel pálida, pequeñas pecas sobre sus pómulos y pequeña nariz, sus labios eran carnosos y estaban hinchados, con obvias señales de que la chica se los mordía, lo que le recordó a Helga por un momento y se sonrojó.

- ¿Planeas quedarte ahí o quieres que te ayude? –consultó la chica, apartando su rizado cabello negro de su rostro que caía constantemente sobre sus ojos chocolate.

- Lo siento… -él se aclaró la voz y se sentó en frente de ella, extendiendo la mano hacia la chica pero esta cerró su mano sobre suya.

- El pago es proporcional a la ayuda. No puedes darme algo sin saber si lo que te diré te ayudará o no. –explicó y tenía un acento caribeño muy notable que Arnold identifico y guardó lo que llevaba en la mano- Así que bien… -la chica señaló el tarot que estaba entre sus piernas- ¿Cuál es tu problema?

- Me gustaría saber cómo es que sabes mi nombre.

- Eres mi presidente, aquel que lidera el consejo estudiantil. –ella abrió los ojos sorprendida- ¿Cómo no sabría tu nombre?

Arnold enmarcó una ceja… en realidad, la gente común no lo conocía más allá de "Chico de la Selva" o "Chico de la Jungla". Cuando Seo Yi Soo lo había postulado había hecho el trato con la imprenta para que abajo del nombre de Arnold estuviese, entre paréntesis "Chico de la Jungla". Ese era su tipo de popularidad, por nombre, ni siquiera por rostro.

- Bien… -decidió ceder e ir directo al grano- Tengo un problema con una chica… -negó ligeramente- No, tengo una deuda con ella, pero ella no me permite pagarle esa deuda, se distancia de mí cada vez que parece que estamos a punto de acercarnos… Yo la herí mucho cuando éramos niños… y ella también me hirió a mí, pero parece que ahora somos amigos y…

- Helga ¿Verdad? –la chica estaba barajando el tarot, sin mirarlo- Te refieres a Helga.

- ¿Cómo… lo sabes? –frunció el ceño.

- ¿Los espíritus me lo dijeron? –preguntó, con una sonrisa que demostraba que estaba mintiendo pero que también no iba a decir nada sobre el asunto.

Arnold suspiró una vez más… que chica para terca.

- Si, es ella.

- Bien… Entonces quieres saber qué hacer para llegar a ella ¿Verdad? –le entregó el tarot- ¿El nombre con el que te identificas es Arnold o Arnold Shortman?

- Arnold ¿Por qué? –él enmarcó una ceja, extrañado, pero ella rio divertida.

- Numerología. Tu nombre significa algo, se suele preguntar con qué nombre te identificas. Algunos solo por su nombre de pila, otros por seudónimos. Pero ¿Sabes lo gracioso? –ella sonrió ampliamente y las heridas de su labio inferior se estiraron ligeramente- Si se calcula tu nombre, Arnold y Arnold Shortman dan el mismo número: El uno. El líder. –respondió, encantada- Este número habla de personas con mucha fuerza para convencer a las personas, con gran habilidad para ocupar puestos de gran poder, -ella levantó sus cejas, divertida- son personas entusiastas, originales, creativos y saben qué hacer y cuándo hacerlo para que sus planes funcionen, aun si el resto del mundo cree que no lo lograran. También pecan mucho de un juicio muy duro sobre las personas, creen en las reglas y en hacer cumplir las normas. Creo que te describe muy bien... Pero también pueden terminar siendo imprudentes, no medirse en lo que desean y ser capaces de arriesgar hasta la vida por sus deseos, son tercos y obstinados. Pero supongo que eso es lo que hizo que encontraras a tus padres en primer lugar ¿No? -la Bruja abrió los ojos, con sorpresa al notar la inquisitiva mirada del chico sobre ella- Todo el mundo sabe eso, eres una leyenda. -se encogió de hombros- Así que baraja una vez el tarot.

Arnold lo hizo, en silencio, pues la chica había acertado, sin intención de ser egocéntrico, él sabía que tenía la habilidad de guiar a las personas, que era terco y obstinado cuando se trataba de algo que deseaba y podía ser imprudente, como lo había sido con Helga tantas veces, pero también creía en las leyes y en las normas, en el bien; le lanzó una mirada a la Bruja y le entregó el tarot. Hasta el momento, él estaba impresionado.

Ella deslizó el tarot en frente de ellos, dejando a la vista las cartas, las cuales en realidad eran muy pocas.

- Yo solo trabajo con los arcanos mayores, las cartas más fuertes. El resto del tarot lo usaría en sesiones más largas, pero eso tomaría horas y eso no tenemos aquí. –explicó ella- Escoge tres cartas y ponlas boca arriba,

Él así lo hizo, tomando las tres del centro, una junto a la otra, las puso boca arriba y leyó de derecha a izquierda, "Los Enamorados", "La Torre" y "La Rueda de la Fortuna".

- Oh… -ella parpadeó los ojos, sorprendida y luego le sonrió- "Los Enamorados", la carta del amor, de la pasión y la sexualidad. –notó como el chico se sonrojaba- Esta carta es muy personal, pues cada quien tiene una forma diferente de amar; por salir primera, me dice que ustedes dos ya tienen una historia de amor entre ustedes desde hace mucho tiempo. "La Rueda de la Fortuna" está en el futuro y lo que habla del Destino. Ustedes dos están predestinados, pero la fortuna no siempre es buena o amable. A veces, dos personas están destinadas para causarse sufrimiento, un amor doloroso, Arnold. –aclaró- Hay cosas que nadie puede luchar en contra, el Destino es una de estas. La Rueda está dando aviso de eso, de que su unión, su amor, pasión, está destinado. Pero en el centro, el presente, lo que une estas cartas es "La Torre". –ella tomó la carta y se la enseñó.

- ¿Por qué parece que están bailando sobre las palmas de sus manos mientras atrás de ellos la torre parece incendiarse?

- Muy buena pregunta. –ella sonrió entusiasta- "La Torre" es cambios, es impulsos, es instinto. Esta carta es una advertencia a los planes ¿Sobre qué estás construyendo tus planes? En este caso ¿Cómo están construyendo su amor? ¿Sobre lágrimas? ¿Sobre esperanza? ¿Realidad o puro impulso? Están destinados a estar juntos, sí, pero está en sus manos el tipo de unión que tendrán, afortunada o desafortunada. Lo que queda en claro, es que en el presente ha habido cambios, caóticos y duros, sin sentido, muy impulsivos.

- ¿Y eso es malo? –preguntó, porque se sentía responsable.

Esta vez él había sido el febril e impulsivo entre los dos y ella la razonable…

Que distintos eran ambos.

¡Que impulso tenía de verla aun así!

- Todo lo contrario, cuando "La Torre" aparece se aconseja seguir los impulsos porque el Destino se forma de ellos. –ella sonrió- ¿Crees que tu duda ha sido aclarada?

- En realidad sí. –Arnold sonrió, ampliamente, debía seguir su instinto para llegar a su meta. No podía creer lo emocionado que estaba- Me encantaría seguir con esto, pero es tarde…

- Lo sé, pero presiento que volverás otra vez. –aceptó ella, recogiendo su tarot- ¿Te he ayudado? Me gustaría saber si mis palabras han sido correctas para ti.

- Absolutamente. –volvió a sacar de su bolsillo lo que planeaba darle de paga y lo dejó en la mano de la chica, robándole una risa.

- ¿Un lapicero? –preguntó, divertida, mirándolo.

- Huélelo. –ella acercó su rostro al mismo y su sonrisa se volvió calmada, lo cual le indicio al rubio que había hecho bien- Investigué un poco y cómo te gustan los lirios, es un lapicero orgánico, hecho de pétalos de lirios y hojas. Mi papá tiene muchos y suelo cargarlos… Creo que era el destino entregártelo.

- Gracias Arnold.

- Espera… -él buscó en su mochila y le entregó un papel- Mi tía abuela se mudó este mes aquí y se puso una casa de té estilo francés. Este es un cupón para un consumo de veinte dólares. –la miró, emocionado- Si tuviera otro, te lo daría.

- Creo que es mucho. –admitió ella, mirando el cupón- ¿Estás seguro?

- Aclaraste mi mente, créeme.

- Bueno… -ella guardó el cupón- Iré con mi novio, entonces. Él dice que nunca vamos a lugares con adultos como él, de seguro pondrá el grito en el cielo cuando lo lleve. –terminó de guardar todo y se levantó, con la ayuda de Arnold.

- ¿Cuántos años tiene tu novio? –porque ella debía tener 16 años, si calculaba bien.

- Veinticuatro. –respondió descuidada, cargando su bolso y caminando con Arnold a la salida- Y créeme, tiene el humor de Helga. –confesó.

Él se contuvo de regañarla por salir con un hombre tan mayor a ella. No podía ir por ahí regañando a la gente. Menos a alguien que le acaba de ayudar.

- ¿Y cómo lo conquistaste? –consultó, fingiendo descuido, como si no estuviese buscando información para su propia causa.

- Me espiaba desde hace dos años. –admitió ella- Yo fingía que no estaba ahí, se veía muy… malo. Pero… -miró a Arnold y lucía contenta- ¿Cómo no enamorarte de quien te salva constantemente? Tal vez no es el héroe que esperaba, es más bien un antihéroe, pero yo tampoco soy la damisela en apuros que se esperaría. –llegaron a la salida y se giró al rubio, dándole un beso en la mejilla, sorprendiéndolo, la Bruja se separó, enseñándole una carta, era "El Sol"- Esta es tu carta, tu pareja es "La Luna", no pueden vivir el uno sin el otro. Tú eres aclamado por todos pero te mantienes distante. Ella es asociada con lo malo del mundo y aun así admirada por muchos. Ella no existiría sin ti y tú morirías de la soledad sin ella. –le había hablado en español, cómo si supiera que él le entendería, que él había vivido años encariñándose con esa lengua latina.

La Bruja corrió a un auto, donde un hombre joven le abrió la puerta de copiloto antes de besarla en frente de todos y arrancar a toda velocidad.

- Nunca… le pregunté su nombre. –se regañó, pero pensó en lo que le dijo. No sabía si creer su última conclusión, aunque era verdad, él estaría solo sin Helga.

Si, definitivamente tenía un plan.

¡Saludos Manada! En numerología el número 1, en verdad, es de Arnold.

Los significados del tarot también son reales. En realidad, fueron las cartas que me salieron cuando pensaba en la escena mientras buscaba en mi tarot. Lo juro. Lo cual fue muy interesante.

Me avisan si quieren saber qué número es Helga.

¡Nos leemos!

Nocturna4