¿Por qué Severus Snape odia a James Potter?
A Severus Snape no le gusta el café; tal vez algún día le gustará, pero en ese momento el simple olor le repugna. Le repele del mismo modo que le asquean las tostadas con mermelada de fresa. Por eso, esa mañana, su desayuno se resume en una taza de leche fría y un bizcocho de vainilla recién horneado. Snape adora la comida de Hogwarts; en su casa no solía perder el tiempo en prepararse un buen desayuno; prefería salir temprano para poder estar con Lily.
Lily vive cerca de su casa, con su estúpida hermana y sus dos padres; no es que él los haya visto nunca, pero la niña habla mucho. Es una de las cosas que más le gusta de ella, que puede hablar durante horas del color del cielo, del olor de la hierba o del último libro que se ha leído ¡Tienes que leerte este, Sev! ¡Es mi favorito! y Snape se lo lee. A la semana siguiente, Lily aparece con otro tomo y repite la frase, ¡Este es el definitivo, este es mi favorito! pero nunca lo es. Aunque a Severus no le importa. Le encanta ver como los ojos verdes de Lily chispean cuando habla sobre libros. Ella es exageradamente inteligente, atenta, cariñosa y constante. En realidad Snape se sorprendió el primer día en el que el Sombrero gritó Gryffindor. Ella no es Gryffindor, no es como…
Muerde un trozo de bizcocho mientras se vuelve para observar la mesa en la que alumnos con bufandas rojo escarlata se levantan y desayunan tranquilamente. Allí está, Lily, bebiendo delicadamente zumo de calabaza, con el pelo apartado de la cara, recogido en una alta coleta. Está concentrada en una hoja de pergamino, probablemente repasando los últimos detalles de la clase que tenga a continuación o simplemente estudiando por placer. Severus lo ve venir, abre la boca para avisar, pero es demasiado tarde, y aunque hubiera dicho algo no le habría valido más que para una nueva pelea con esos estúpidos.
Sirius Black empuja a James Potter cuando ambos pasan al lado de la chica y el estúpido gafotas se cae encima de ella, tirándole el zumo encima de los apuntes.
- ¡Potter!-grita ella levantándose con la túnica manchada.
Snape ve como Black empieza a reírse y le hierve la sangre; esa boca enorme que siempre esboza una mueca impertinente; la oveja negra de una de las mejores familias mágicas de la historia. Siempre llamando la atención, siempre provocando a todo el mundo, algún día te las devolverán todas, Sirius Black.
Después está Remus Lupin; Severus no sabe qué tiene exactamente, pero su simple presencia le molesta. Suele caminar con los estúpidos, pero no interactúa con ellos, y sin embargo, en ese momento, es capaz de ver cómo el chico de las cicatrices intenta disimular la risa bebiendo de su taza de café. Café. Snape odia el café.
- ¡Perdona, Lily!-James se disculpa-¡Ha sido sin querer!
El inútil de Peter Pettigrew asiente con la cabeza, como si tuviera que darle la razón a todo lo que dice su amigo. Es como su sombra. Severus sabe que si James Potter se tirase por una ventana, Peter se lanzaría para hacer de colchón.
- ¡Lo has estropeado todo! ¡Jugad en otro lado!
- Lily, Lily-la forma en la que pronuncia el nombre de ella le repugna, ¿cómo te atreves a dirigirte a ella de esa manera?-, te juro que lo siento, te haré otra cosa de esas, lo que quiera que sea eso y… Lo siento…
Severus Snape odia el café, odia las tostadas con mermelada de fresa, odia la risa perruna de Sirius Black, odia la actitud tranquila de Remus Lupin, odia la falta de personalidad de Peter Pettigrew, pero si hay algo que odia por encima de todo eso es la existencia de James Potter.
Desde el primer momento, con su estúpido "yo voy a ser Gryffindor" supo que le odiaba. Arrogante, vago, creído, inútil… un auténtico paria. Odia absolutamente todo sobre él; sus ojos, su nariz, sus gafas, su peloestoy seguro de que se lo despeina a propósito, su forma de sonreír como un imbécil, su risa, su manía de correr por los pasillos, su costumbre de comer como un cerdo, compitiendo con Sirius Black a ver quién consigue meterse más alitas de pollo en la boca, su forma de caminar con altanería, su gusto por interrumpir todas las clases… Últimamente los dos parecen haber desarrollado una obsesión por dejarse notar incluso en un territorio sagrado como son las aulas. El profesor pregunta y los dos inútiles se pelan por ver quién es capaz de contestar una barbaridad más grande. Snape se retuerce de rabia en su asiento, porque él nunca contesta, nunca habla, pero sabe las respuestas. "¿Cómo se llama una piedra extraída del estómago de una cabra?" y el repelente de Remus Lupin se ve obligado a contestar cuando el profesor le señala "Bezoar, señor." y Sirius se levanta, se aclara la garganta y los ciega a todos con su estupidez "Esa pregunta es trampa, un bezoar es alguien con hocico, señor" y James Potter abre la boca en señal de admiración, pero Snape se pregunta cómo alguien puede ser tan inútil, justo antes de que Slughorn susurre "No, señor Black, eso es un bezudo."
Pero si hay algo que le molesta, que le come las entrañas es que James Potter siempre mira a Lily.
La mira cuando está en clase, y el chico se coloca las gafas con un dedo (como si eso ocultase que es un cabeza hueca) y asegura, con toda la cara del mundo que Nicolás Flamel es famoso "por eso que hizo de destripar a Horklumps en su habitación o algo así me suena", la mira cuando ella come delicadamente, la mira cuando camina por los pasillos, la mira siempre. Y Severus no sabe por qué.
James es estúpido; nunca jamás se disculpa con nadie no se disculpó conmigo cuando me enganchó el pelo en aquel candelabro, es un ser arrogante por naturaleza a quien solamente le importa él mismo y sus estúpidos amigos. Es escoria. ¿Por qué entonces Lily es la excepción?
- No pasa nada. - gruñe la niña, levantándose airada.
Cuando ella se va Sirius Black le pasa el brazo por el hombro a James muérete Potter y le susurra algo al oído que Snape no consigue escuchar. ¿Será algo sobre Lily? El gafotas sonríe y de pronto sus ojos marrones se encuentran con los de Severus.
No, no, no, déjame en paz.
Severus da un sorbo al vaso de leche y se levanta apresuradamente, repitiendo en su cabeza cien veces que por favor le dejen en paz. No tiene ganas de nada.
- ¡Sev, Sev! -James pone voz de niña y al segundo siente como le pisan la capa-¡Sev! ¿Por qué me mirabas?
- Déjame en paz, Potter.
- ¡Calla, sabandija!-Sirius no puede ser humano, tiene que haber nacido de un animal por lo menos Black se planta delante de él - ¿Por qué mirabas a James? No vayas a enamorarte de él o Lucio se enfadará…
- ¿Estás enamorado de mí, Snape?-James sonríe ahora también y se coloca al lado de su mejor y estúpido amigo-Es un halago, pero no sé yo si funcionaría. Me gusta ducharme a menudo.
- Tengo que ir a clase.-gruñe Snape intentando pasar, pero James y Sirius le empujan.
- Puedes llegar un poco tarde, ¿no?
- Sí, puedes llegar un poco más tarde hasta que nos digas porqué mirabas a James de esa forma.
- Me mirabas con asco, Snape… ¿Por qué te doy asco?-la mueca de tristeza de James es lo más falso que el joven Slytherin ha visto en su vida.
- Igual es porque eres feo.
- Igual es porque eres imbécil.
Snape observa como los dos engreídos se insultan el uno a otro durante más de diez segundos. En ese lapso de tiempo vuelve la cabeza hacia "los otros dos". Remus tiene expresión seria, sus ojos están fijos en sus dos amigos y desde luego, aunque parece que sus labios fruncidos parecen decir "no me parece bien lo que estáis haciendo", no se mueve. Y eso le hace tan despreciable como ellos. Peter simplemente tiene los puños contra el pecho y espera el desenlace, probablemente tratando de encontrar el momento adecuado para ponerse a aplaudir.
- Por favor.-dice Snape.
- ¡Ha dicho por favor!-James se aparta con una reverencia-¡Haberlo dicho antes! ¡Adelante, adelante!
- Siempre he respetado las buenas formas.-añade Sirius.
Severus vacila, no se fía de ellos pero tampoco puede hacer otra cosa, así que cuando da un paso para continuar con su camino, el pie rápido de James se pone delante de él y ve como el suelo se acerca a su cara sin remedio.
Las risas llenan el Gran Comedor. De nuevo. De nuevo soy el hazmerreír de todo el mundo por culpa suya. Se contiene para no llorar y sale corriendo con su gran nariz escondida bajo los libros y con la risa atronadora de los dos idiotas metida en la cabeza. En realidad para Severus Snape, las risas de Sirius Black y James Potter nunca desaparecerán de ahí, de lo más hondo de su cerebro y de su alma. Héroe, dirá mucha gente; pero para Severus, James Potter siempre será un cretino engreído y canalla que no perdió oportunidad en siete largos años de demostrarle que era infinitamente mejor que él.
Pero ya veremos quien ríe último gruñe el Slytherin mientras entra en clase de Historia de la Magia, ya veremos.
Ratas voladoras y otras formas de comprometer a tu compañero de habitación (I)
-Sirius.
Es ese tono de voz. La forma en la que la primera S se alarga y la R vibra en la lengua de James. Es esa súplica subliminal que conlleva el gesto del joven de pelo desordenado lo que hace que el apelado sonría de medio lado.
- ¿Qué pasa?
James se incorpora sobre la cama y estira el brazo para enseñarle una página del libro de Pociones. Señala la esquina superior izquierda con impaciencia.
- ¿Desde cuándo eres aficionado a leer?-Sirius frunce el ceño-No te vuelvas un repelente o tendré que plantearme qué he hecho con mi vida para elegir estos compañeros de habitación.
-No es eso, idiota. Estoy preocupado, Sirius, muy preocupado-la burla impregna su voz-. Hace poco que me he dado cuenta de que esos pobres de Slytherin hacen honor a su nombre… Si mi madre les viera…
- ¿Qué les pasa?
- ¡Que están muy delgados, Sirius! Tan delgados como una asquerosa serpiente… Y yo no puedo permitir eso, no podemos permitirlo.
- Es cierto, no podemos permitirlo, pero… ¿qué sugieres?
- Mira-vuelve a señalar la página-. La Solución Agrandadora es una poción que hace que todo lo que toca crezca de tamaño-lee-. Y mira, creo que tenemos todos los ingredientes que aparecen, será sencillo.
- Oh…-Sirius le revuelve el pelo con ían llamarte San James Potter, ¡tu bondad no tiene límites!
Los dos chicos ríen. Al instante, la cabeza de Sirius está metida debajo de la cama, tratando de alcanzar un caldero y James introduce la mano en la bolsa de cuero donde guarda sus ingredientes de Pociones y la que suele olvidar-muchas veces a propósito - cuando tienen clase.
- ¿No será peligroso hacer un fuego en el dormitorio?
- No están ni Peter ni Remus.-se encoge de hombros James, como si esa fuera una razón de seguridad.
- ¿Dónde está Peter?
- Creo que se comió varios de esos caramelos con poción laxante que dejaste en la mesilla ayer por la mañana. La enfermera está intentando que no se deshidrate, creo que se comió media caja.
La carcajada casi animal de Sirius llena la habitación y mientras el fuego se calienta, los ojos de los dos Gryffindor se llenan de lágrimas tiene que escocerle mucho, ¡al menos no tendrá que hacer fuerza! no volverá a comer caramelos en una temporada…
- Voy a machacar los ojos de pez en el mortero-dice James cuando consigue recuperar la compostura-. Mientras tanto coge las ortigas esas y echa un par…
Sirius alcanza un par de trozos de ortiga y se asegura de tocarlas con la manga del jersey, porque sabe que pican. Recuerda una ocasión en la que su madre estuvo dos días con una urticaria en el brazo después de que le colocara un trozo bajo la almohada.
- ¿Hay que echarlo todo al caldero?-Sirius mira el agua que hierve a fuego lento.
- Sí-James asiente y vierte el contenido de golpe-. Creo.
- Dice que agitemos la varita.
- ¿Agitarla cómo?
- No lo sé, agítala sin más.
- ¿Ya?
- Supongo, ahora hay que esperar sesenta minutos.
- ¿Sesenta minutos? - gime James - ¡Eso es mucho! Sube el fuego al doble y así solamente serán treinta.
El agua se vuelve de un tono verdoso y los dos dan por hecho que lo están haciendo maravillosamente bien.
- Oye, James…-Sirius aparta varias raíces de jengibre y unas cuantas hojas de té-En los pasos habla de un "bazo de murciélago" y no tenemos un bazo de murciélago.
- ¿No?
- No.
- ¿Y algo parecido?
- Lo más parecido que tienes aquí es bilis de armadillo, amigo.
James protesta en voz baja y luego sus ojos se iluminan. Se levanta y se tira sobre la cama de Lupin. Estira el brazo hasta que toca algo suave¡bingo! y levanta con cara de esfuerzo una bolsa similar a la suya.
- Opio en polvo.-dice alzando una bolsita de color púrpura.
- No.
- ¿Hojas de adelfa?
Sirius niega con la cabeza.
- Ajenjo.
- Tío, ¡busca algo animal!
- Mmmm…-James pone la lengua en la comisura de los labios mientras aparta varios ingredientes que no necesitan-¿Esto?
- ¿Qué es eso?
- Hígados de rata - lee el chico en la etiqueta, con la pulcra letra de Lupin-. ¿Los hígados están cerca del bazo?
- Sí, yo creo que sí-asiente Sirius-. ¡Además los murciélagos son como ratas voladoras!
- ¡Perfecto!-James echa los hígados en la poción y observa cómo se hunden.
- ¿Han pasado ya treinta minutos?
- Sí, ¿no?-ninguno ha controlado el tiempo, pero la poción parece estar hecha. El color es verde suave, tirando a pistacho y el humo está empezando a llenar la pequeña habitación-Voy a abrir la ventana.
El aire frío inunda la estancia y los dos se miran. Es el momento. Al mismo tiempo levantan los brazos y apuntan al caldero que todavía humea en el fuego encendido.
Ratas voladoras y otras formas de comprometer a tu compañero de habitación (II)
Lupin está hundido en uno de los sillones de terciopelo rojo que hay delante de la chimenea de la Sala Común de Gryffindor. Hace rato que ha acabado sus deberes de Transformaciones y el fuego chispeante ha reavivado sus ganas de leer una de sus lecturas favoritas, Canción de Siesta, uno de los poemas recogidos en uno de sus más preciados libros de Baudelaire: Las Flores del Mal.
El poema entero está lleno de anotaciones, con su letra ligeramente inclinada y alargada y una estrofa está pintada de color azul. Lupin recuerda que la marcó la primera vez que su madre leyó el poema en voz alta; los dos tumbados en la cama, la luz de una lamparita sobre la mesa y ambos abrazados, perdidos por completo en esas líneas musicales.
¡Los muertos revivirían si tú los acariciases!
Lupin no entendió la primera vez de qué hablaba el poema de Baudelaire; una de las cosas que más le gustan de la poesía es que la considera infinita, ya que depende del momento en el que sea leída puede significar una cosa u otra. La primera vez que Lupin leyó Canción de Siesta creyó que se trataba de un poema de amor sin más. Pero ahora, ahora que lo tiene de nuevo entre las manos, puede sentir el calor de la pasión, la electricidad de la belleza, el gélido tacto del rechazo, puede incluso sentir el frío de la desesperación y el amargo del deseo.
Se pregunta si algún día sentirá algo tan fuerte por una persona especial, un amor tan ciego e incondicional que le permita poder decir todas esas cosas sin un atisbo de duda o vacilación. ¡Los muertos revivirían si tú los acariciases! El hecho de divinizar de esa forma al ser amado hace que los pelos de su brazo se pongan de punta. Cierra los ojos y viaja, viaja en la oscuridad de lo musical, de las letras, de la literatura y la magia de las palabras. Porque Lupin sabe que si hay una magia más allá de la que él es capaz de hacer con la varita, se trata del arte en todas sus formas. El humo le rodea, la profundidad del momento le llena y cuando abre los ojos, las chispas de la chimenea parecen ser mucho más agresivas que antes. Cuando lee, como cuando el brillo de la Luna le posee, Remus Lupin agudiza sus sentidos.
Es por eso que se lleva las manos a los oídos y se estremece cuando la habitación entera retumba y el ruido de cristales se mezcla con la madera rota. Lupin deja el libro a un lado y se levanta con una agilidad de la que no puede presumir habitualmente. Sube las escaleras de dos en dos y pronto el humo le llena la garganta.
La puerta del dormitorio está hecha astillas y en el interior las camas se encuentran en el mismo estado que si un enorme troll hubiera pasado allí la noche. El cristal de la ventana, abierta, ha salido volando y pequeños trozos están esparcidos por el suelo de forma peligrosa.
Lupin se fija en las dos personas que hay en el centro de la habitación, los dos con las mejillas manchadas de negro, la ropa rasgada y las cejas han desaparecido. Se contiene para no echarse a reír. Las gafas de James se han perdido en algún sitio del desastre y el pelo de Sirius, normalmente cuidado, llama la atención, emergiendo de su cabeza hacia el techo como un cepillo. Lupin mira al suelo y se da cuenta de lo que ha pasado. El caldero yace tirado, con el agua esparcida sobre la alfombra y un trozo de hígado de rata asoma entre el líquido.
- ¿Habéis cogido mis ingredientes?
- Sí.-asiente James mirándole con los ojos entrecerrados para poder verle mejor y descubrir si está enfadado. Pero Lupin no está enfadado. Y la verdad es que no entiende por qué no lo está. Esos dos borregos acaban de volar la habitación por los aires, han usado sus cosas sin permiso y encima no le han pedido perdón. En lugar de gritar, se agacha y coge su bolsa, ligeramente quemada y suspira. Unos pasos agitados hacen que se vuelva rápidamente.
- ¡POR LAS BARBAS DE MERLÍN!-los ojos de la profesora McGonagall parecen a punto de salirse de sus órbitas-¿Qué demonios es esto?
- Verá…-Sirius mira a su alrededor como si de esa forma fuera a encontrar alguna excusa buena-Nosotros…
- ¡Potter! ¡Black!-la bruja empieza a mover los brazos y los dos nombrados se muerden el labio para no reírse-De ustedes me lo esperaba, pero… ¡Señor Lupin! ¿A qué demonios estaba jugando?
- Pero…-James da un paso al frente para intentar excusar a su compañero.
- ¡No me valen peros! Son los tres unos delincuentes, sí, unos delincuentes… Diez puntos menos para Gryffindor por cada uno y… Serán castigados… Les quiero a los tres mañana con la luz del Alba en mi despacho, ¿entendido? ¡Y salgan de aquí! Los elfos domésticos arreglarán esto para que puedan dormir esta noche en condiciones, ¡pero debería mandarles al Bosque Prohibido!
- Profesora…-James vacila.
- ¿QUÉ?
- Que no encuentro mis gafas y no veo nada, profesora.
Minerva McGonagall tuerce la boca y mueve la varita; al instante el par de gafas emerge de entre los escombros y por arte de magia-y nunca mejor dicho-se arreglan. La subdirectora le entrega las gafas al chico y luego espera que los tres salgan con la cabeza gacha.
- No lo entiendo-susurra James mientras bajan por las escaleras-. ¿Qué hemos hecho mal?
- Seguro que moviste mal la varita.-especula Sirius.
- Escucha, Remus…-James se vuelve hacia Lupin con expresión de culpabilidad-Sentimos mucho que te hayan castigado por nuestra culpa, de verdad. No era nuestra intención.
Lupin se encoge de hombros y vuelve a sentarse en su sillón, recuperando la lectura, pero sus ojos brillan de forma diferente.
- No habla, ¿por qué no habla? - masculla Sirius Black en el oído de James Potter por doceava vez desde que puso los pies en ese castillo.
Lo siento, Remus
A la mañana siguiente, James y Sirius se levantan temprano para cumplir con el castigo. Remus se despierta a la hora habitual. Ninguno de los tres tiene el más leve ansia por ver a McGonagall, así que se visten despacio, se asean despacio (es decir, Remus se lava los dientes con elegante parsimonia, Sirius se peina más de lo necesario y James bosteza delante del espejo), bajan las escaleras despacio, desayunan despacio y, por último, arrastran los pies hasta el despacho de la jefa de su Casa, que les espera allí desde hace "once minutos, Lupin, Black, Potter", y el lento tic tac del reloj colgado en una de las paredes suena enormemente acusador de repente.
Entre los Gryffindor se rumorea todo tipo de cosas sobre los castigos de McGonagall: Unos dicen que tiene un largo pergamino de cinco metros con diversos métodos no demasiado lúdicos de hacer arrepentirse a los alumnos de sus travesuras, y que están escritos en orden alfabético en la cara de delante y en orden de dureza en la de detrás; otros dicen que supervisa el tiempo de reclusión personalmente y que tiene capacidad para leer tu mente mientras tanto, y si encuentra en tus pensamientos alguno que no sea de arrepentimiento o disculpa, amplía el castigo una semana más. Y, por supuesto, son habladurías que solo un niño podría creerse, pero ellos son niños, y creen; y por ello, cuando ven a la profesora sentada tras su gran escritorio de madera de roble cubierto de pergaminos, tinta, plumas y montañas de libros, con la espalda recta sobre el asiento y mirada seria, sienten pavor por lo que vendrá después.
La malvada profesora McGonagall les condena a una semana limpiando los retretes del segundo piso con artilugios muggles y sin magia y veinticinco puntos menos para Gryffindor y, mientras se dirigen hacia ellos, Sirius no deja un segundo de maldecir a aquellos estúpidos chicos de sexto que nos dijeron todas esas tonterías sobre McGonagall y sus castigos, ¿qué se han creído?
- Lo cierto es que esto no está tan mal. - Dice James, y Sirius le fulmina con la mirada. - Eh… Quiero decir, Sirius, ¡no hay clase!
La verdad es que no está bien, pero tampoco podría decirse que está exactamente mal pasar un día alejado de libros, calderos y soporíferas charlas del señor Binns. Eso es lo que piensan Sirius y James; Remus simplemente guarda silencio. Están los tres sentados en el suelo, rodeados de cubos, jabón y "esprotajos", según James, sin demasiados ánimos de empezar con la tarea que les ha sido ordenada, y Remus no pronuncia palabra. Es el que primero comienza a trabajar de los tres: Acata su trabajo con una resignación elegante y mezcla el jabón con el agua con una cara que dice "voy a simular que no estoy limpiando váteres para hacer todo esto más llevadero".
Entonces los otros dos le miran a él, y luego entre ellos, y luego otra vez a él y no pueden evitar sentirse enormemente culpables porque es culpa suya que esté allí, arrodillado frente al primero de los ocho lavabos que tendrán que limpiar ese día. Y se quedan unos minutos ahí, mirando, como si Remus les diese miedo, temerosos de pronunciar palabra. Porque están pensando, Remus debe odiarnos, ahora sí que sí, tenemos que parecerle despreciables, James, y seguro que está enfadado con nosotros y no quería meterle en ese lío, no se lo merece, Sirius.
Si alguna cualidad de su apellido Black posee Sirius es la de no saber disculparse nunca y bajo ningún concepto así que, para variar, es James el que tiene que agachar la cabeza, poner esa cara de niño bueno que pone sólo delante de sus padres y de los profesores y tragar saliva para decir:
- Lo siento, quiero decir, lo sentimos mucho, Remus, no era tu culpa.
- Sí - continúa Sirius - Fue nuestra culpa, o sea, ¡McGonagall está equivocada! Fuimos unos cretinos cogiendo tus ingredientes y por eso se ha enfadado contigo también pero hemos sido nosotros, y se lo diremos, ¿vale?
- De verdad, perdónanos, Remus, ya hacemos todo el trabajo nosotros, ¡en serio! ¡No nos importa! A que no, ¿Sirius?
- ¡No nos importa! - Repite éste, y coge un estropajo, lo moja en el agua y comienza a limpiar el retrete de enfrente con una amplia sonrisa fingida. - ¿Ves? ¡No pasa nada! ¡Podemos hacerlo nosotros!
- ¡Eso es! ¡Todo nosotros! ¡Y tú podrás irte a clase! Jo, Remus, no te enfades con nosotros…
Los dos chicos suplican, desesperados, el perdón por parte de Remus, pero él sigue concentrado en su tarea como si no pudiera escucharles. Sirius se pone de mal humor ¡Es que no habla! ¡Por qué no hablas, joder! ¡Qué demonios te cuesta! y James se siente infinitamente culpable. Al final y al cabo de unos minutos de silencio, y cuando Remus ya ha acabado - y sólo cuando ha acabado - de limpiar ese retrete, se da la vuelta y observa a Sirius y James.
- ¿Qué poción estabais intentando preparar? - Pregunta, para sorpresa de los otros dos, que se sobresaltan con el sonido de su voz. Sirius piensa que ni siquiera recordaba cómo era. Le miran, atónitos, durante un segundo, como si fuesen a recibir una enorme reprimenda. Y después, Sirius contesta.
- Una solución agrandadora - dice, con toda la seriedad que puede, intentando hacer que suene como si fuese un trabajo práctico para clase o puro interés intelectual.
- Sí, ¡para echársela en la comida a los Slytherin!
Si las miradas pudiesen matar posiblemente lo siguiente que Remus hubiese presenciado habría sido un asesinato y el posterior entierro de James Potter por parte de Sirius. Muy bien, bocazas, ahora nos va a odiar aún más. Maldito Cuatrojos.
Remus, en realidad, no se inmuta con esta última afirmación: Evidentemente, se lo esperaba.
- Y… ¿Cómo la preparasteis?
- Pues… - James pone los ojos en blanco y trata de recordar - Usamos ojos de pez globo, ortigas secas y… Como no teníamos bazos de murciélago, usamos hígados de rata, que, bueno, pensamos que sería lo mismo, ¿no? Y entonces la pusimos a cocer treinta minutos…
- ¿Treinta? - replica Remus.
- Sí, treinta, bueno, es que, ¡no queríamos esperar sesenta! Así que pusimos el fuego al doble de potencia…
- Y después agitamos la varita, pero debimos agitarla mal y eso, y por eso explotó, ¡pero no fue nuestra culpa! ¡No podíamos saberlo! ¡El resto estaba bien!
Los dos chicos sienten verdadero miedo cuando la expresión de Remus cambia. Hasta ese momento, había permanecido serio, inexpresivo, sin inmutarse ni lo más mínimo, pero entonces hace una especie de mueca y entrecierra los ojos y Sirius y James le miran y temen que vaya a explotar o algo así, a explotar en mil trocitos o a gritarles hasta que se quede sin voz.
Pero Remus se ríe.
Se ríe y tiene una risa armónica y melodiosa que suena como un piano o un violín, y es más aguda que su tono de voz normal, como la risa de un niño muy pequeño que emerge bajo toda esa cubierta de adulto serio pero de baja estatura que Remus tiene siempre puesta. Y cuando ríe ya no tiene cicatrices en el rostro ni en los brazos y sus mejillas se estiran hasta el infinito y viéndole así nadie podría imaginarle jamás enfadado, ni siquiera triste, porque las carcajadas lo inundan todo e incluso el maltrecho y sucio baño parece brillante y de colores, y fuera no está nublado ni hace frío sino que es una mañana de verano en la que amanece, a lo lejos, entre las montañas.
Parece que nunca va a parar de reírse y pasados unos segundos Sirius y James no pueden evitarlo más y ríen con él, y mientras Remus se ríe de la inocencia y falta de sentido común de sus dos compañeros, Sirius y James no saben por qué pero es imposible no reír incontroladamente, dejar a la carcajada nacer en el fondo de la garganta y hacer que resuene entre las paredes de aquel triste lugar. Se ríen los tres y no pueden parar y lo hacen al mismo tiempo, y sus voces se unen y se desternillan de nada y de todo a la vez. Y cuando quieren darse cuenta ya no pueden más, y están los tres tumbados en el suelo de frías baldosas unos junto a otros y les duele el estómago y la parte de debajo del pecho.
Lo que ellos no saben, pero sabrán más tarde, es que la risa de Remus es un bien más preciado y escaso que los diamantes o las victorias de los Chudley Cannons en la liga, y que jamás será escuchada por nadie que él no considere digno de ello. Y con ella, les ha entregado posiblemente lo más valioso que tiene. Su confianza.
Y eso no pueden entenderlo ahora, pero tendrán todo el tiempo del mundo para hacerlo. De momento, solo comprenden que a aquel viejo lavabo de la segunda planta de Hogwarts entraron tres compañeros, somnolientos y malhumorados, y salieron tres amigos, sonrientes, con las mandíbulas doloridas de tanto reírse.
A veces consigues lo que necesitas
Quizás fue verle reír lo que hizo que Sirius observara a Remus de forma distinta a como lo había hecho antes. Parece ser que Mudito sabe hablar, y vaya si sabe. Siempre que le había oído pronunciar palabra lo hacía así, con esa voz pausada y aterciopelada que dejaba entrever que meditaba enormemente cada cosa que decía, como un inexplicable y perfeccionista afán de nunca equivocarse, nunca pronunciar una letra antes que otra. Pero ese día no. Ese día, mientras conversaban sobre las clases, los profesores, los alumnos, sobre el tiempo y no, en serio, Remus, ¿por qué si el techo del Gran Comedor está al aire libre no te mojas cuando llueve?, suena como algo frenético, habla atropelladamente, como si su pensamiento fuese por delante de sus cuerdas vocales, y no pudiese pronunciar las palabras lo suficientemente rápido para hacer justicia a lo que está pasando dentro de su cabeza.
- En realidad, James, el techo del Gran Comedor no está al aire libre. Es un encantamiento muy poderoso que hace que el techo muestre exactamente el mismo aspecto que el cielo del exterior en esos momentos, y su utilidad práctica es saber exactamente el tiempo que hace fuera y, en tiempos de guerra, es un excelente refugio, ya que permite ver si alguien sobrevuela el castillo. ¡Por eso las lechuzas entran por la puerta que da al patio y no por el techo! Si lo piensas, sería imposible que estuviese al aire libre, es decir, hay pasillos y aulas encima de él, en el primer piso. El encantamiento tiene cientos de años, es muy antiguo, y cabe la posibilidad de que se rompa pronto, ya que ese tipo de hechizos no duran para siempre; pero, seguro que Dumbledore sabe cómo arreglarlo en caso de que eso suceda.
Y mientras James trata de asumir, con la boca abierta, que ha estado equivocado todo este tiempo, Sirius no está tan sorprendido por el hechizo del Gran Comedor como por el propio Remus. Remus observa todas las cosas, todo a su alrededor, incluso cuando parece distraído o concentrado en algo más con enorme detenimiento, analizando, como si le fascinase enormemente la grieta del tercer escalón empezando a contar por debajo de la escalera que lleva al retrato de la Señora Gorda, o la insignificante conversación que dos alumnos de tercero están llevando a cabo en las butacas frente a la chimenea de la Sala Común, o al hecho de que las gafas de la profesora McGonagall se inclinan levemente hacia la izquierda los Martes. Es como si le prestase atención a nada y a todo a la vez, eternamente ausente y omnipresente, por otro lado. Incluso su incipiente torpeza parece ahora elegante, con un deje aristocrático en su desgarbada figura cuando se tropieza y se levanta como si nada hubiese sucedido, normalizando el paso en milésimas de segundo y sin interrumpir un segundo la conversación que está llevando a cabo en ese momento, sobre dragones húngaros que tienen un cuerno en la cola o algo así, que Sirius no estaba escuchando porque estaba absorto en sus propios pensamientos.
Observa - Y se siente un poco extraño con esto, porque Sirius no es alguien que suela observar las cosas con detenimiento frecuentemente - que James ya ha adquirido una enorme confianza con el chico y le llama por su nombre: "Remus" aquello, "Remus" lo otro, "Remus" lo de más allá, ¡qué bien, "Remus"! y similares. Sirius, sin embargo, sigue teniendo sus reservas respecto a él, y evita llamarle por el nombre. Nota que James le agrada, le sonríe; con Sirius, sin embargo, sigue mostrándose un tanto serio. En el fondo, él siente que es porque le considera inferior. Así que, y por el momento, no está nada decidido a confiar en Remus, o, al menos, considerarle su amigo en el sentido estricto de la palabra.
Están ya decididos a bajar a comer cuando Sirius, que siempre ha tenido un olfato muy fino, replica:
- Oye, será mejor que vayamos a la habitación primero a cambiarnos, llevamos toda la mañana en un lavabo mugriento y olemos peor que el sobaco del grasiento de John Snape.
James estalla en carcajadas y Remus le mira, desconcertado.
- ¿Que quién?
- John Snape, sí, hombre, el Slytherin ese de la nariz enorme - James ríe aún más y parece que no respira a ratos - el tipo que siempre va con Evans, tío, ¡John Snape!
- Se llama Severus, Sirius.
- ¡Lo que sea!
No obstante, los tres terminan encontrando cómica la situación: James se ríe de la burla a Snape; Sirius se ríe de la visión de la nariz de Snape en serio, ¿cómo puede existir una nariz tan fea? Y Remus, de la equivocación de Sirius. Y suben a las habitaciones de Gryffindor sonrientes, como si algo en cambiarse de ropa antes de ir a comer les entusiasmara enormemente.
Más tarde y ya en el Gran Comedor, siguen charlando. Comprueban que Peter sigue en la enfermería, y descubren que Remus es, en realidad, un gran conversador cuando quiere, a quien, por cierto, no le gusta nada el sabor y la textura del queso, así que James y Sirius se pelean por comer el queso gratinado que ha apartado de su lasagna. Le gustan, sin embargo, los champiñones y los pimientos, y toda esa comida que a nadie le gusta y solo se comen los padres por quedar bien, porque en realidad, a ellos tampoco les gusta así que esta vez son ellos los que apartan estos dos ingredientes de su estofado y después los amontonan en el plato de Remus.
- No entiendo cómo no os puede gustar, en serio.
- ¡Cómo no puede gustarte a ti el queso! - vocifera James - ¡Es queso! ¡Queso! ¡Cu, u, e… Bueno, eso, queso! ¡A todo el mundo le gusta el queso!
- El queso es comida de ratas y yo no soy una rata, James.
- La verdura es comida de conejos, así que debes ser un conejito, Remus.
- Zoifs loz doz unof inútilef, ¿por qué no comeif? - Sirius tiene la boca llena de patatas y carne - ¿Por qué defpreciaif lo rico que eftá efto?
James comienza entonces a intentar hacer reír a Sirius mediante cosquillas para que escupa lo que tiene en la boca, y Remus sigue comiendo, más lento que los otros dos, de forma que aun así, termina el último, y decide esconder el postre - tarta de calabaza con sirope de fresa - bajo la capa para terminarlo en la habitación, ante la desesperación de los otros dos, que ya han terminado de comer y, saciados, miran a Remus con angustia y las cabezas apoyadas sobre los brazos cruzados, pensando oye, no vas a acabar nunca ¿o qué?.
El problema de no haber ido a clase en todo el día es que no tienen ni la más remota idea de qué deberes tienen que hacer. Esto no preocupa para nada a James y Sirius, pero sí despierta preocupación en Remus, que les asegura que el próximo día de castigo no va a dejar que le entretengan para poder asistir a clase como es debido.
James no le hace caso y comienza a rebuscar entusiasmadamente en su baúl hasta que encuentra un tablero cuadrado con casillas de diferentes colores, negro y blanco, y un maletín pequeño y acolchado en el que guarda gran cantidad de figuritas de mármol que se desperezan y gruñen al ser libradas de su encierro.
- ¡Vamos a jugar al ajedrez mágico! ¡Te voy a machacar, Sirius!
- ¡Já! Ni en tus mejores sueños, Potter.
Ellos juegan, y mientras tanto, Remus lee tumbado bocabajo en su cama, mirando hacia ellos, estirados en el suelo y mirando fijamente el tablero. Sirius da un puñetazo al suelo cuando uno de los alfiles de James le saca la lengua a su reina y después la empuja fuera del tablero, pero ríe después cuando consigue hacerle dos jaques consecutivos. Finalmente es James quien gana la primera partida, pero Sirius argumenta que "no es justo porque tú has practicado en tu casa y yo no tengo tablero y no podía jugar, ¡exijo una revancha!". Y cuando están enfrascados en la segunda partida - favorable para Sirius - , a Remus se le ocurre interrumpirles.
- Oye, James, Sirius… ¿Habéis visto que alguien tocase mis libros últimamente?
- No. - Contesta Sirius automáticamente, como si la pregunta hubiese activado una especie de resorte en su cabeza.
- No, es decir, no hemos visto a nadie, porque, bueno, fuimos nosotros…
Maldito Cuatrojos, ¿te pagan por meter la pata o algo así?
Por segunda vez, esperan en su compañero de habitación un enfado que no llega; él, simplemente, sonríe.
- En realidad, ya sabía que habíais sido vosotros.
- ¿Cómo? ¿Cómo supiste que los habíamos tocado? - El pequeño Potter no sabe si debe sentirse culpable o no, porque es consciente de que no está bien rebuscar en las cosas de alguien ajeno, pero, por otro lado, no parece que su amigo (y le llama amigo inconscientemente) se haya molestado.
- Bueno, están ordenados. Por orden de preferencia. Así es fácil saber si alguien ha husmeado en ellos.
- Orden de preferencia - Masculla Sirius - Jamás se nos habría ocurrido, maldita sea….
- Jo, Remus, es que queríamos tener algo de lo que hablar contigo, no queríamos que pensases que éramos tontos, y como no sabemos de qué equipo de quidditch eres, ni qué música te gusta, ni…
- ¡Música! - Repite Sirius.
- ¿Y por qué iba a pensar yo eso? - Ríe Remus - Tan solo volasteis nuestra habitación por los aires, ¡no hay nada que me indique que sois idiotas!
- ¡Música!
Sirius recuerda algo. Como James hace un par de horas, rebusca incansablemente en su baúl, hasta que encuentra seis cajitas de cartón muy estrechas que contienen, en su interior, sus respectivos discos de vinilo.
- Compré esto en Londres. Sé que los muggles lo usan para escuchar música, pero no sé cómo y quiero averiguarlo.
- ¿Habrá un hechizo para eso? - Pregunta James - No creo, ¿no? Los muggles no saben hacer magia…
- Seguro que el secreto está en darles vueltas. No lo haría lo suficientemente rápido la última vez.
Mientras los dos debaten, Remus les muestra la solución, que había estado todo ese tiempo oculta debajo de su cama. Les explica lo que es un gramófono y su utilidad, y una explicación superficial de cómo la aguja se introduce en los surcos del disco de vinilo y produce el sonido, que el gramófono amplifica. Sirius, ansioso, escoge uno de los discos, de los Rolling Stones, y cuya portada le resultó cómica cuando lo compró, pues tenía dibujada una especie de tarta extraña con pinta poco comestible.
Remus lo coloca con cuidado y You Can't Always Get What You Want resuena a alto volumen en la habitación. La música lo inunda todo de repente y en unos segundos, parece que la magia de aquella voz tío, menuda voz tiene este hombre es más poderosa aún que la que hacen con las varitas. Remus cierra su libro, los demás, cierran los ojos, y escuchan, se dejan llevar, you can't always get what you want, James se quita las gafas y el pelo le cae por la cara, you can't always get what you want, Sirius salta sobre el colchón con los brazos abiertos, you can't always get what you want, but if you try sometimes, well, you might find you get what you need.
