Capítulo IX
En realidad debería tener sueño, sentir el arrastre de las pocas horas de sueño. Después de hablar con la Bruja, había tenido que volver a casa, porque tenía tareas pendientes y por mucho que hubiese deseado ir a buscar a Helga, sabía que ella llegaba tarde a su casa, se la pasaba jugando béisbol y con sus asuntos de Reina del Mal. Por mucho que Arnold se lo preguntara, ella nunca se lo explicaba y él se estaba cansando de insistir tanto sobre el tema. Así que, en lugar de perder horas en la ciudad, volvió a casa, hizo sus tareas y adelantó los programas y preparaciones para la Casa Abierta que estaba a la vuelta de la esquina.
Lamentablemente, su encuentro con la Bruja le había dejado pensado y cada momento de distracción le tomaba una hora volver a su trabajo, pero su perseverancia le empujó a quedarse levantado hasta, por lo menos, armar un programa de actividades para los clubs de deporte y cultura. Al final, se había ido a dormir a las tres de la mañana y solo pocas horas después decidió madrugar para llegar antes a la preparatoria. Y aun así no tenía sueño, mientras se peinaba, se decidió a seguir el consejo de la Bruja y en sus confiar en sus palabras. A fin de cuentas, había más esperanza en la idea de estar destinados, porque de alguna manera le decía que podría luchar incontables batallas y nunca rendirse. Lo gracioso es que sabía que las batallas eran contra Helga y no otras personas. No había oponentes, ni ridículos terceros. Solo ella, que era mucho peor.
Tal vez hubiese sido más fácil si hubiese competencia o algo así, más novelesco, más seguro el final feliz. Pero con ella… nada era innegable.
- ¿Arnold…? –el chico detuvo su caminar en los escalones, al ver a su madre, sentada junto a su padre, en la mesa del comedor- ¿No es muy temprano?
- Si, pero tengo cosas que hacer… -se encogió de hombros, acercándose a sus padres- ¿Qué ocurre?
- Llegó un fax. –explicó Miles, extendiéndole el papel al chico.
Arnold sintió sus manos temblar. Le era inevitable, una mezcla de emociones, de miedos del pasado y de sensaciones de un presente tan reciente que había perdido. La Gente de los Ojos Verdes les habían enviado un mensaje…. Desde su partida, habían notificado a la tribu que si deseaban comunicarse con ellos debían dejar sus mensajes con un colega de Miles que se quedaba en San Lorenzo.
Ese era el primer mensaje que recibían desde que habían llegado a Hillwood.
El idioma de la Gente de los Ojos Verdes era en pictogramas, símbolos que representaban con forma de dibujos y trazos diversos las palabras. Arnold había aprendido el idioma con la tribu misma, pero su padre le había enseñado a escribir y leerlo, lo cual había sido complicado en su tiempo, pero ahora era casi como una segunda lengua, mucho más que el español que manejaba perfectamente, porque las palabras de la Gente de los Ojos Verdes eran mágicas, míticas y simbólicas.
En la carta, que en realidad era una fotografía de una piedra que tenía tallada los pictogramas, se podía leer la solicitud de la Gente de los Ojos Verdes para que Stella fuese para dentro de tres meses, dado que la esposa del líder de la tribu daría a luz a su heredero y el chamán había tenido la visión de que, si Stella no estaba ahí, el bebé moriría. La Gente de los Ojos Verdes tomaba demasiado en serio este tipo de predicciones y solicitaban la urgente llegada de la mujer para la semana en que sería el parto.
- Entonces… -Arnold le entregó el pedazo de papel.
- Yo entiendo que estás en clases y con grandes responsabilidades encima. –explicó Stella, tomando la mano de su hijo- Tu padre va a acompañarme pero es opcional para ti.
Arnold sintió un peso helado encima. Años de soledad por no haber ido con sus padres, miedos acumulados de pensar que un día así llegaría y una vez más tendría que escoger todo lo que era Hillwood contra sus padres. Una decisión que era mucho más pesada por el terror que por la realidad misma.
- ¿Puedo pensar sobre ello antes de darles mi respuesta? –preguntó, conteniendo el alimento. Sus padres asintieron con tranquilidad y él partió de la casa sin despedirse.
En el fondo sabía que ellos deseaban que los acompañara y al mismo tiempo, por protección, que se quedara. Él quería ir con ellos, por supuesto, después de perderlos por tantos años, la idea de que se fuesen otra vez le angustiaba, aunque la sensación era mínima. Ahora había mejor tecnología que hace casi dieciséis años, la amenaza que los había mantenido aislados había desaparecido y él conocía la ruta a la Gente de los Ojos Verdes como la palma de su mano. Pero aun así temía por ellos y quería volver con la gente que le había dado tanto en los años que estuvo allá. Pero por otro lado… también quería quedarse, por fin estaba recuperando su vida en Hillwood, estaba reconstruyendo sus amistades y… Después de tanta imprudencia ¿Cómo iba a irse? ¿Después de todo lo que había hecho y dicho, sería capaz? ¿Qué tipo de caballero daba ese tipo de ilusiones y luego volvía a abandonar a la chica que amaba?
Arnold se detuvo abruptamente, sintiendo un peso en el estómago.
¿Acaso acaba de pensar que la amaba? ¿Acaso…?
- Dios… -susurró, negando con fuerza, siete años después y seguía siendo tan precavido con sus emociones que cuando su inconsciente pateaba sus emociones a su dirección, él se congelaba- Esto es San Lorenzo otra vez…
Solo que ya no estaban en la jungla, sino en Hillwood y volvía a tener que escoger a sus padres o a ella. El simple pensamiento era detestable, así que lo apartó de su mente. No era cuestión de escoger, era la necesidad de entender qué necesitaba, no solo en el presente, sino en el futuro, a su familia y su propia felicidad, sus responsabilidades y sus opciones. No se trataba de sus padres y Helga, se trataba de mucho más ¿Y si el viaje se alargaba por más de un mes? Él iba a perder un año educativo y eso tampoco estaba bien…
Arnold llegó a la preparatoria sin darse cuenta, entró en la misma con poco entusiasmo, pensando que por un momento desearía ser como el resto de adolescentes, con problemas normales y que lo más complicado que ocurriese en su vida fuese que la chica que les gusta estaba con otro sujeto. Pero no era así, lamentablemente, un factor común en su vida era que hasta su vida romántica era todo un desastre.
Así que fue a las canchas superiores donde Helga corría, Gerald le había explicado que ese día también sería de esa manera y por eso tuvo oportunidad de decirle a su amigo que no necesitaba su escolta. Él sabía caminar solito por su cuenta, gracias. Sin darse cuenta, había ido caminando, en lugar de tomar el autobús como solía hacerlo antes de que Helga fuese empujada a su vida otra vez. Eso le robó una sonrisa, ella era capaz de cambiar la conducta de cualquiera.
Un grito femenino lo tomó por sorpresa, casi sin darse cuenta ya estaba corriendo el último tramo del camino. El instinto inevitable de pensar que algo le había ocurrido a Helga le empujó a llegar hasta su objetivo, pero se detuvo de golpe. Si, Helga estaba ahí, pero obviamente no estaba siendo golpeada…
La rubia tenía entre sus dedos la muñeca de otra chica, obligándola a arrodillarse enfrente de ella. Arnold escuchó un claro sonido de huesos retorciéndose, mientras una sonrisa ladeada se formó en los labios de Helga. La otra chica… Lucy, si no se equivocaba Arnold, un año mayor a ellos, estaba lloriqueando, respirando entrecortadamente, pero sin retirar un odio profundo en su mirada.
- ¿Por qué te metes, Pataki? Pensé que eras de los nuestros.
- ¿De ustedes? –preguntó la chica, conteniendo una carcajada- ¿Abusivos? ¿Aprovechados? ¿Ignorantes? ¿Cortos de mente? –negó lentamente e inclinó el rostro hacia la otra chica- Yo nunca he pertenecido a ustedes, yo estoy sobre ustedes ¿Y sabes por qué? Para momentos como estos, en donde yo les digo "Paren" y ustedes me hacen caso... por las buenas o por las malas.
- ¿Pero qué te importa? ¡No es tu problema! –Lucy le escupió en la cara, completamente roja.
Y hasta Arnold supo que eso era un error. Helga se secó con su mano libre la mejilla, pero se mantuvo en calma, observándola seriamente.
- Él es mi problema. –sentenció- Y su ridículo plan de escarmentarlo es estúpido. Las normas no van a cambiar por eso. Él no se va a asustar, hagan lo que hagan. Ni siquiera se toman el tiempo de averiguar qué hacer con él.
Arnold se extrañó ¿Estaban hablando sobre su persona? Sin poder evitarlo, se acercó más, sigilosamente, empujado por la curiosidad.
- Él no puede obligarnos a vestirnos como mojigatas y soldaditos. No puede obligarnos a sacar buenas notas para permanecer en los equipos. Esos equipos son lo único bueno que tienen muchos en sus vidas. –Lucy luchó por soltarse- Él es un novato, un enano, no debería estarnos mandando a nosotros ¡Somos mayores a él! ¿Quién se ha creído? –gritó- Obligándonos a hacer trabajos extras, poniendo a todos a estudiar más y haciendo que el resto nos mire mal si no cooperamos ¿Acaso los cerebritos están de moda? Así no funcionan las cosas. –respiró hondo- El equipo de vóley es todo lo que tengo y van a sacarme por ese estúpido cabezón. Mis compañeros me odian por bajar el promedio del curso, ya no me hablan… ¡La gente me está comenzando odiar! ¡A mí! Todos estos años he luchado por esta reputación, por mi prestigio ¿Y ahora tú lo defiendes?
- Estudia más. –concluyó Helga- Usa tu cerebro, esfuérzate, pide ayuda. Pero no es su culpa que tú quieras vivir la vida fácil. Lamento decirte que el mundo es más complicado que un balón y una red. –la soltó- Así que te diré lo mismo que le he dicho al resto que ha venido a mí: No lo toquen, es una orden. Si me desobedecen, saben que haré que el resto de chicos los escarmienten. Pero no soy injusta. –una sonrisa diabólica se formó en sus labios- Si quieren cambiar las reglas, quitarme el liderazgo, pueden retarme a un duelo, los estaré esperando todas las mañanas antes de clases.
- Pero es imposible… eres demasiado fuerte… y obstinada. –Lucy se levantó, acariciando su muñeca, mirándola lamentable, con el humor más calmo- No es justo…
- Puedo ayudarte en eso. –Arnold no pudo contenerse, salió de su escondite, con sus manos levantadas, sonriendo de forma tranquila a Lucy.
- ¡Arnold! –Helga le observó sorprendida y estuvo a punto de dar un paso hacia atrás, pero rápidamente se compuso y se cruzó de brazos- ¿Qué rayos haces aquí?
- ¿Lucy…? –el chico se acercó a la joven, quien le fulminó con la mirada. Otro animal herido, salvaje, al que debía acercarse cuidadosamente- ¿Es verdad que estás a punto de ser expulsada de tu equipo por tu promedio de calificaciones?
- ¡Todo por tu culpa! –acusó ella, encarándolo- ¿Por qué no eres como el resto de presidentes estudiantiles? ¡Frívolo y popular! ¿Por qué debes exigirnos tanto? ¡Y además…! ¡Además…! –la chica estaba temblando, le lanzó una mirada a Helga y luego a él- ¡Cambiaste a Helga!
Y en ese momento Arnold se dio cuenta que Lucy estaba llorando. No sabía si eran simples e impulsivas lágrimas o llenas de dolor y tristeza. Aun así, no le importó, una lágrima era siempre algo importante, aun si salían fácilmente o muy rara vez. La gente necesitaba un líder, los jóvenes se basaban mucho por figuras fuertes de su misma edad. Helga era una de esas y ahora los estaba confundiendo, poniéndolos nerviosos.
- Lucy…
- Ya te lo dije. –cortó Helga, inmune a las reacciones de la chica- Solo esfuérzate, has algo de tu vida.
- No es tan fácil. Yo no soy buena en todo como tú.
Helga estuvo a punto de reír con fuerza, obviamente no se daba cuenta que su buen promedio de calificaciones, ser la capitana del equipo de béisbol y la popularidad que ella negaba tener, era lo que la hacía tan admirable para las personas como Lucy, que buscaban reflejarse en ella. Arnold sonrió de lado, cuando eran niños, Helga rara vez lograba esos efectos, pero ahí estaba, solo con un poco más de madurez y seguridad en sí misma, logrando que otros la admiraran.
- Yo te puedo dar tutoría, Lucy. –se ofreció Arnold- A ti y a quien quiera ¿Qué tal una hora después de clases? Si en verdad quieres permanecer en el equipo, puedo pedir un aula para ayudarte a mejorar tus calificaciones. –le sonrió- En serio, he visto las materias de tu año y ya aprendí eso con mis tutores cuando vivía en San Lorenzo. –llevó una mano a su mentón- También podría hablar con sus profesores, es su último año, deberían ser más comprensivos con ustedes, tal vez dejarles entregar trabajos extras o proyectos para mejorar sus calificaciones…
La chica abrió los ojos sorprendida, seguía completamente roja y agitada, pero la furia en su mirada se había apagado. En realidad, había incredulidad.
- ¿En serio harías eso? –susurró ella- Pero…
- Típico del samaritano. –Helga se cruzó de brazos, mirando a un lado, pero en el fondo, una pequeña sonrisa se formaba en sus labios. Si, estaba orgullosa.
- Soy el presidente del consejo estudiantil, estoy aquí para ayudar a los alumnos. No será un problema para mí, podremos estudiar juntos hasta que organice mejores grupos de estudio y algunos profesores querrán hacer horas extras así que aceptarán encantados la idea. La directora me había comentado que necesitaba justificar esas horas extras con algo de provecho. –su mente estaba trabajando rápidamente, se sentía inundado de energía, seguro que si le pedía ayuda a Phoebe, ella le daría más ideas- ¿Te parece?
- Gracias… -Lucy lo miraba con sorpresa, aun con incredulidad.
Desde niño Arnold había sabido reconocer esa mirada de la gente que se sorprendía de encontrar a alguien capaz de ayudar a otros, era una mirada que también… marcaba esperanza. Le gustaba ese tipo de miradas y esperaba encontrarse más en el futuro.
- Gracias Arnold. –repitió, ligeramente nerviosa y bajó la mirada- Yo… mejor me voy… -la chica salió corriendo, pasando junto al rubio y este pudo jurar que estaba completamente roja, sonriendo.
Helga fingió sacar una flecha invisible y sostener un arco inexistente, tensarlo y lanzar la flecha directo a Lucy.
- ¿Qué fue eso? –preguntó Arnold.
- Otra más enamorada de la generosidad y caballerosidad de Arnoldo.
- ¿Qué? ¡No! –él abrió los ojos rápidamente ¡Eso no es verdad!
- El mundo está en ruinas, un gesto de bondad es confundido con galantería, cabeza de balón. –ella lo sabía mejor que nadie- ¿Qué haces aquí?
- Mejor dicho ¿Qué fue todo esto? –apuntó él, seriamente- ¿Por qué estaban peleando? ¿Por qué ella mencionó que estabas luchando por mi causa? ¿Es eso lo que has estado haciendo todo este tiempo, Helga? –preguntó, sorprendido.
- ¿Para qué haces tantas preguntas si ya sabes las respuestas? –ella comenzó a caminar hacia la arboleda que había alrededor de las canchas, pero Arnold le siguió el paso- ¿Qué?
- No lo entiendo… ¿Ellos estaban molestos conmigo? ¿Por qué? –en el fondo eso le dolía, no sabía a qué tipo de persona le parecería bueno que lo odiasen, pero para él era un tipo de golpe en el pecho y un sabor desagradable en la boca.
Helga se giró sorpresivamente, cruzándose de brazos y ladeó el rostro, evaluándolo lentamente.
- ¿No lo entiendes, verdad? Este lugar solía ser un caos bien estructurado. –la chica respiró hondo, dándose cuenta de que él no comprendía sus palabras- La gente se formaba en grupos, todos basados en niveles de popularidad, pero no habían reglas. La vida estudiantil estaba basada en la fuerza que tuvieses, sin buenos o malos. Pero cuando tu consejo estudiantil ganó lo que debía ser un concurso de popularidad, comenzaron a poner reglas, orden, motivaciones y premios. Eso comenzó a desestructurar todo lo que estaba desordenado. –se giró, retomando su camino, ya había gente alrededor pasando el tiempo antes de tener que entrar a clases- La gente que estaba en la cúspide de repente ya no lo estaba, metiste tantas cosas contra la gente que se comenzaron a enojar… Y con justa razón. Tú les estabas quitando lo único bueno que tenían en la preparatoria, ser los mejores en algo, tener gente admirándolos, creyendo que eran queridos y descubriendo que era mentira porque no eran lo suficientemente buenos en el estudio…
- Helga…
- ¿Acaso no lo entiendes? –se giró, enfrentándolo y estaba molesta, sinceramente enojada por lo que pasaban otras personas, porque a pesar de exigirles que se esforzaran, en el fondo… Si, en el fondo, los entendía porque a veces una máscara, un poder sobre los otros es todo lo que se tenía ¿Y que viniera alguien y te lo quitara? Eso podía matarte, humillarte y terminar en el piso- Ellos son débiles, simples, no son fuertes como tú o como yo. No han pasado por lo que nosotros hemos pasado. Así que alguien debía ser fuerte por ellos. Alguien tenía que golpearlos un poco para enderezarlos y obligarlos a seguir. Tus estúpidas mejorías los desorientaban y querían irse en tu contra, volver a la forma simple en que funcionaban las cosas. Porque solo lanzaste tus reglas, tu orden, pero no pensaste en esos ineptos ¿No te diste cuenta de los enemigos que te levantaste desde el principio?
- Pero era por una buena causa… la popularidad y esas cosas son pasajeras, son los estudios, el empeño y trabajo en equipo lo que les garantizará una universidad. –se estaba defendiendo.
En el fondo Arnold entendía lo que ella le decía, él era el agente externo en un ambiente equilibrado, su presencia había restructurado todo y dañado otras especies sin pensarlo. Aun si no había sido su idea, sino de Seo Yi Soo, él había puesto en marcha todo y lo apoyaba, pero no pensó en las consecuencias, en la gente que estaba desequilibrando.
- ¡Claro que es una buena idea! Pero apenas hoy hiciste algo por esos imbéciles –Helga tenía sus puños apretados, mirándolo seriamente- Así que tuve que hacer algo, porque, como siempre, no veías lo que ocurría a tu alrededor, eres tan ciego como cuando éramos niños. Y al igual que en ese entonces, tuve que hacerme cargo de todo.
- Y por eso…
- ¡Y por eso tuve que protegerte! –gritó, completamente enojada- ¡Sí! ¡Protegerte! ¡Amenazarlos! ¡Levantar peleas! ¡Luchar con ellos! ¡Imponerme! Darles algo… alguien… contra quien concentrar su ira, alguien que no fueses tú. –respiró agitada y bajó la voz- Pero si bien sabía por qué lo hacían… cuando te insultaban, cuando hablaban mal de ti… no podía contenerme y me ponía violenta, olvidándome que ellos solo estaban asustados y heridos, como yo también lo estuve en el pasado… y en lugar de protegerlos, los terminaba escarmentando…
- Entonces, la herida de tu labio… -abrió los ojos sorprendido, porque si bien había imaginado que había sido una pelea, el confirmarlo le dolía.
- Pelear con anillos no debería ser válido… -susurró como respuesta, con una sonrisa ladeada, lamiendo su labio inferior- Y hoy me escupieron… Las chicas son asquerosas. –bromeó, riendo por lo bajo.
Y él se unió a su risa, acercándose a ella, tomándola del mentón para mirarla, notando el sonrojo en sus mejillas, la herida ya cicatrizada en su labio y la sorpresa en su mirada.
- Lo lamento. Siempre soy una molestia para ti, aun cuando intento no serlo. –susurró, acercándose más.
- Arnold…
- ¿Helga…?
Ambos se separaron de golpe, mirando a Harold junto a ellos.
…y a un círculo de personas rodeándolos, mirándolos fijamente y susurrando entre sí.
- ¿Por qué protegías a Arnold? –Harold abrió los ojos sorpresivo- ¿Acaso él te…?
- Porque me paga. –respondió rápidamente la chica, mirándolo desafiante, tan buena en mentir que un por momento Arnold creyó que era verdad y se preguntó si en verdad le había dado dinero o ella se lo había estado robando- Todos los días me paga para que lo proteja.
Y como Helga hacía trabajos por dinero, hacía de heroína por pagos y favores, fue natural que la gente a su alrededor asintiera, mucho más tranquilos. Rápidamente los murmullos corrieron tan claros que Arnold pudo escucharlos.
- Eso tiene sentido, Pataki no se enamoraría fácilmente…
- ….tal vez el presidente del consejo estudiantil está enamorado de ella y es la única manera de mantenerla a su lado.
Risas.
- Bueno, esa es nuestra Helga, sus acciones buenas siempre tienen motivos personales.
- Por un momento pensé que estaban saliendo…
- Por favor, no hay nadie que le de la talla a Helga.
- ¿Qué dices? Arnold se merece una chica delicada y muy femenina.
- ¿Estás diciendo que Helga no es femenina…?
- No, pero él se merece una chica delicada y luego de eso femenina. Tu Helga no es delicada.
- ¿Mi Helga…? ¿Qué insinúas?
- ¿Crees que nadie se ha dado cuenta el cómo la miras?
Risas.
Lentamente, la gente a su alrededor se dividió en dos grupos, aquellos que defendían a Helga y otros a Arnold ¿De qué? Del tipo de pareja que se merecían. El rubio solo observó a todos lados, sin entender lo que estaba ocurriendo e inevitablemente se juntó hacia Helga, quien parecía igual o más sorprendida que él.
- ¿Ves? Eres popular. –apuntó Arnold.
- Lo dice "El chico de la Jungla"
- ¡Hey! ¡Arnold! –gritó Wolfgang, riéndose- ¿Cuánto le pagas a Helga?
- Cien dólares diarios. –respondió seriamente, mirando a todos.
- ¿Qué dices? –murmuró Helga, sorprendida, notando como la gente a su alrededor hacía lo mismo.
Pero él no contestó, la rodeó con su brazo por la cintura y caminó hacia el aula, pues ya iba a sonar la campana que daría inicio de clases.
- Otra vez dejé a Phoebe sola a cargo de la revisión de vestimenta…
- ¿Cien dólares?
- …deberé compensarla ¿Crees que si le compro algún dulce me perdone?
- ¿Cien dólares? –repitió ella.
- Tal vez chocolates. No… se vería muy romántico ¿Qué tal alguna tartaleta? Son bonitas, a ella le gustan las cosas que se ven bonitas ¿Verdad?
- ¿Cien dólares? –Helga se soltó- ¿En serio?
- Tenía que dar una suma de dinero alta para que otra persona no te pidiera pasar tiempo con él. –se cruzó de brazos, mirándola- ¿O acaso quieres que eso pase?
- No…. Pero…
- Pues yo no quiero que otro pase tiempo contigo. –respondió, levantando el rostro con orgullo, manteniendo la mirada fija en la femenina- Porque voy en serio contigo, Helga.
- ¿Qué…?
Arnold tomó su muñeca y la atrajo a él, abrazándola por la cintura. A veces pensaba que era una locura que el impulso natural de la gente fuese besar a la persona que les gustaba ¿No era mejor abrazarlos? Para él, tener a Helga entre sus brazos siempre había sido agradable, sentir el aroma dulce, ligeramente picante que tenía, pasar sus brazos por su cintura y tener sus manos abiertas sobre su espalda, acariciándola. Tal vez fuese una tontería, el hundir el rostro en su cuello y sonreír ampliamente.
- Voy en serio contigo. –repitió, sin soltarla, cerrando sus manos sobre la chaqueta de ella, aferrándose- Tanto que estoy molesto porque usas esta tela tan gruesa.
- ¿Qué? –ella se separó lo suficiente para mirarlo, enmarcando una ceja- ¿Te estás quejando sobre mi chaqueta?
- Es muy gruesa. –explicó, entrecerrando los ojos.
- ¿Y qué tiene? Me protege mejor de los golpes porque es de cuero.
- A veces eres tan poco romántica… -acercó su rostro a ella- Yo estoy aquí, abrazándote y siendo sincero contigo y tú estás fresca como una lechuga. Me debes un sonrojo o algo. –sonrió de lado- Mejor ese algo ¿No crees?
- Ni que fueses tan atractivo… -ella giró el rostro de golpe y su cabello suelto golpeó al chico como un látigo, directo en la cara, obligándolo a soltarla.
- ¡Hey! –se cubrió la cara, acariciándose la nariz- Helga… -se quejó- ¿Me acabas de azotar con tu cabello? –acusó, conteniendo una sonrisa divertida.
- Yo… -le observó sorprendida, era obvio que no lo había planeado- Lo siento.
- No, no… lo hiciste a apropósito. Además de poco romántica eres dominante. –seguía luchando por contener las ganas de sonreír, ver su rostro y la manera en que poco a poco se enojaba resultaba admirable. Tal vez era verdad, la malicia era contagiosa, pues él se estaba divirtiendo a costa de ella. Pero es que adoraba ver cómo cambiaba de humor tan rápido. Desde el susto al odio.
- Bien… -la chica se cruzó de brazos, ladeando el rostro- ¿Qué quieres como disculpas por ser tan poco romántica, cabeza de balón?
- ¿Eh…?
- Si, vamos, pide algo. –observó su reloj- Tienes menos de cinco minutos para pedirme algo. La oferta se va a expirar.
- ¿Vas en serio?
- ¿Quieres que me retracte? –levantó el rostro, de manera desafiante y lo observó fijamente.
- ¡No! ¡No! –miró a un lado y a otro, la mayoría de los estudiantes estaban en sus aulas y el pasillo en el que habían terminado estaba relativamente vacío- ¿Puedo pedir cualquier cosa?
- No seas pervertido, Arnoldo… -le advirtió.
- Claro que no iba a pedir algo pervertido. –se quejó, cruzándose de brazos y apoyándose contra la pared, ligeramente ofendido. Solo ligeramente… en el fondo si había pensado un par de cosas pervertidas… malditas hormonas- Hay que ser justos en esta vida. La última vez yo te di un beso, ahora tú dame uno.
- ¿Qué? –ella le observó con sorpresa y dio un paso hacia atrás- Te dije que no seas pervertido.
- ¡Un beso no es algo pervertido! ¿Qué tipo de beso te estas imaginando? –acusó él, sonriendo de costado- Oh… Helga…
- Oh… cállate. –ella rodó los ojos- ¿En verdad eso quieres?
- Te dije que voy en serio. –le recordó él.
- ¿No deberías…? No sé… ¿Declararte para eso? –acusó la chica.
- ¿Para qué me rechaces? No gracias. Ya te lo dije, el truco es que tú te declares. Así que no, no me voy a declarar. Pero estoy enamorado de ti. Eso es un hecho. No una declaración. –sonrió ampliamente.
El Destino, si se aferraba a esa idea, sería mucho más fácil al hablar.
- Te juntas demasiado con Phoebe. –se quejó la chica- Bien… te daré un beso, pero eso no significa que me gustes, cabeza de balón.
- Lo que tú digas, Helga. –él giró los ojos y la vio acercarse.
No pudo evitarlo, antes de que ella llegara, deslizó sus dedos entre sus cabellos sueltos y dorados, sintiendo la suavidad de los mismos. Helga era salvaje, peligrosa, brusca, pero al mismo tiempo excesivamente suave. Solo ella le hacía empujar a un lado sus obligaciones, sus propias dudas personales y problemas. Ella lo convertía en algo más osado, un poco más cruel, mucho más directo y completamente sincero.
Helga estaba ligeramente sonrojada, mirándolo fijamente, como si fuese a hacer algo que ella detestase. Pero él sabía que en el fondo no podía ser así, porque entonces no le dejaría estar tan cerca, tocándola o ella a punto de cumplir su petición. La chica ladeó el rostro y se agarró a la camisa del chico que usaba como chaqueta abierta, sus manos estaban sobre los botones a la altura del vientre de él. Lo miró ligeramente encaprichada, apretando sus labios con una mueca de enojo.
- Actúas como si no te gustara… -susurró él, tomándola de la cintura con su otra mano, apoyándola contra su pecho del todo, guiando con sus dedos las caderas femeninas para caer contra las suyas sin otra intensión que no fuese la de acortar la distancia entre ambos. Solo sentirla cerca. El placer divino de estar juntos.
- Cállate… -murmuró y lo besó, sin más.
Al principio como un toque estático y suave, suspirando contra sus labios, de la manera necesaria para que Arnold se estremecieses como si ese fuese su primer beso. Completamente inocente, sintiéndola apoyada a él, aferrada a su camisa con una mano y con otra sobre su hombro, en un contacto que le recordó a cuando eran niños y le ponía la piel erizada cada vez que lo besaba.
Pero ya no eran niños y separó un poco sus labios, buscando profundizarlo, acariciando con su boca la femenina, pero ella se quejó, separándose. Él la miró, sorprendido, mientras ella se tapaba los labios con la manga de su chaqueta.
- ¿Pero qué…? –y abrió los ojos- El golpe en tus labios… -cerró los ojos, sintiéndose miserable- Lo siento… lo olvidé.
- Así veo. –susurró ella, bajando la manga, manchada ligeramente de sangre en el labio inferior- Este sería un excelente momento para vengarme… pero te lo dejaré pasar.
El timbre sonó y ella inmediatamente comenzó a caminar hacia su salón, pero él capturó su mano con su muñeca, jalándola a él. Arnold le sonrió y se estiró para deslizar su lengua por el labio inferior femenino, sorprendiéndola, sintiendo el sabor a cobre y dulce en su boca. Ella tembló contra él, sonrojada y agitada. Pero él estaba peor, quería repetir esa acción por todo su cuerpo. Su boca era suave, quería volver a tocarla, a tenerla entre sus brazos y acariciar cada parte suave de su cuerpo, notar cuándo temblaba y cómo podía hacerla sonrojar más. Pero se separó despacio, mirándola a los ojos.
- Tranquila… haré que confíes en mí otra vez y te estaré esperando cuando te declares. –sonrió de costado- Nuestro marcador esta empate.
- ¿Qué…? –susurró, demasiado pasmada para darse cuenta de todo lo que estaba ocurriendo ¿Acaso Arnold había hecho lo que ella creía que había hecho?
- Tú te declaraste una vez a mí en Industrias Futuro y yo te rechacé, en San Lorenzo yo me declaré y tú terminaste conmigo ¿Ves? –sonrió- Empate.
- Así que si yo me declaro ¿Va a ser tu turno de terminar conmigo? –preguntó, cruzándose de brazos, mirándolo fijamente.
- No, ganarás. Porque no planeo terminar conmigo, romperás el marcador, vencerás. –le prometió, pasando junto a ella- Y apresúrate Pataki, que llegar tarde es una sanción menor según el reglamento. No me obligues a castigarte. –le recordó, hablando alto, con una sonrisa ladeada.
- Estúpido cabeza de balón… -susurró la chica, corriendo para alcanzarlo.
Aunque le costara admitirlo, otra vez perdía el aliento cuando estaba cerca de él.
¡Saludos Manada! Por favor, no me digan que esperaban declaración. Recuerden, recuerden, ella debe declararse a él.
En numerología Helga es el número 8, el del éxito. Eso significa que aquellos con este número son ambiciosos al momento de plantearse objetivos, aspiran alto y siempre al éxito. Ellos tienen don para organizar a las personas y ponerlas bajo su mando, su tenacidad e independencia es admirable aunque eso suele empujarlos a apartar a las personas dado que consideran que pueden hacer las cosas por si solos. Ellos representan a la gente capacitada para impulsar a otros a dar lo máximo, saben cómo apretar las tuercas necesarias para que la gente bajo su encargo sepan llevarlos a su objetivo. Todo lo que hacen suele tener una razón de beneficio personal. En el ámbito romántico se presentan como personas abiertas, honestas y firmes, pero sus ocupaciones y metas suelen mantenerlos alejados de sus seres amados, no por deseo, sino por obligación. Lamentablemente si no tienen cuidado pueden ser dictatoriales, dominantes e imprudentes, déspotas y crueles. Esto puede llevarlos a la soledad y a que las personas no los conozcan realmente y se lleven una mala imagen de ellos.
¡Y ese es el número de Helga!
¡Nos leemos!
Nocturna4
