Capítulo XI

- Entonces es hoy. –Arnold cerró los ojos, sin estar realmente consciente de cómo habían terminado en esa posición ambos, pero estaba realmente cómodo.

Un par de horas antes, había llegado a la casa de los Pataki para enseñarle a Helga un par de pasos de esa atrevida música como ella decía en broma a cualquier ritmo tropical y hacía esa distinción en tropical porque cuando la chica había dicho música latina, él le había recordado que el tango era originario de Argentina y ese país era latinoamericano. Así que la chica, tras un bufido, había optado por bromear a costa de la música tropical. Aunque si Arnold era justo, Helga realmente era buena bailando. Una buena aprendiz que apenas le pisaba los pies pero que lo compensaba todo con una extrema manera de prestar atención y aprender rápido.

Ambos se habían instalado en la sala de la casa, escuchando música, pasando por Juan Luis Guerra, Andrés Cabas, Marc Anthony, Ricky Martin, Gilberto Santa Rosa y tantos más. Arnold posiblemente no fuese el fanático número uno de este tipo de música, pero la escuchaba como una buena manera de practicar su español desde que había llegado a Hillwood. Y ahora lo agradecía, porque había podido tomar de la cintura a la chica y deslizarla alrededor de la sala contra su cuerpo. Ella simplemente se había dejado llevar sin mucha protesta, mientras la presionaba contra su torso, la separaba para un par de vueltas y la atraía hasta que ella parecía enrollarse de brazos y piernas contra él. Le gustaba eso, porque desde niños habían sido extremadamente buenos para sincronizarse, había un don natural entre ambos para bailar al ritmo del otro, retarse en un par de miradas y aun así saber dónde poner el pie. Bueno, casi siempre.

Antes de darse cuenta, Arnold había terminado cantando a la oreja de la chica y eso era bueno, porque ella no entendía casi nada de español y él había estado demasiado entretenido, con un brazo siempre a la cintura femenina, con sus dedos justo sobre el hueso de su cadera y guiándola a un ritmo de tambores. Casi le rogó con Ricky Martin, sonriendo sin poder evitarlo, diciéndole despacio, pero moviendo el cuerpo rápido, girando por el entorno de la sala como si fuese una danza guerrera "Pégate un poco más, te llaman los tambores, olvida los temores, que el tiempo se nos va, mujer", le pidió unir sus corazones y le dijo que se desconociera de los recelos, por lo menos por esa noche. Ella casi no pudo protestar contra su pasión entonada, pues apenas le daba tiempo de saber en qué pie caer antes de moverse otra vez y cuando creía agarrar el ritmo todo se alentaba y apenas serpenteaban uno contra el otro en una respiración entrecortada.

Le dijo, al ritmo romántico de Gilberto Santa Rosa, como si le dedicara un juramento que "Es como un sueño, del que no despierto…" y sin que ella lo supiera, él le declaró cada propuesta posible en simples palabras, ella protestó por no saber qué decía, pero es que Helga estaba en una nube, con una muy buena estrategia, pero él la iba a enamorar cuando bajara, porque era su plan improvisado, de canto y baile pero estaba funcionando de alguna manera. En algún momento ella se aferró a él con gusto y se rio con cierta burla cuando por sorpresa le enseñaba un nuevo paso que más parecía indicarle que se pusiera en pie de guerra, pero ella respondía con el mismo empeño. Pero era por eso, porque todo lo que subía tenía que bajar y ella volaba muy alto, pero entre sus brazos lograría hacerla bajar, peligrosamente rápido. Literalmente, bajaba, entre sus piernas y subía en un torbellino de giro improvisado que él aplaudió mentalmente antes de darse cuenta.

Andrés Cabas fue esa atrevida cumbia de depredador, haciéndolo avanzar con seguridad, mientras ella tenía que alejarse, pero él no dejaba de enseñarle como el torso jugaba un importante rol cuando se bailaba, como los hombros nunca estaban estáticos y una joven como ella solo podía lucirse en un ritmo que la hiciera formar arcos, ángulos y movimientos ágiles. Le dijo como un pecador que sentía que cada pensamiento oscuro era sacudido fuera de él "Porque bailas como un ángel, pero más negro que blanco". Ella era la leyenda más grande de todas, mítica y peligrosa. El deseo de besar su hombro había sido profano aunque solo había querido ser un rose y solo por eso se contuvo contra el impulso innegable. Ella protestó cuando la estrechó con más fuerza y se movió más lento, volviendo el baile lo que era, una danza erótica, de prendas sobrepuestas y calores internos que se expresaban en movimientos de ritmo, muy lejos de mostrar piel, tentando con el misterio mismo.

Pero cuando le quiso enseñar la manera más rápida de moverse con la bachata, la escuchó reírse de la música de orquesta como dijo con cierta brusquedad a un pobre Juan Luis Guerra, porque ambos se hicieron un nudo de pies. Tal vez por el agotamiento, posiblemente por la risa, pero antes de darse cuenta habían tenido una lucha mutua, ella por evitar caerse y él por buscar que si caían fuese su cuerpo el que recibiera el mayor daño y la joven saliera bien librada. Por alguna razón eso terminó con Arnold boca arriba en el suelo, con el muslo de Helga sobre su torso y la chica recostada de costado sobre el brazo masculino que se extendía horizontalmente. Ambos quedaron en silencio por un momento, dejando que la música se callara gracias a que Arnold había estado escogiendo las canciones de su celular. El silencio cayó apenas unos momentos antes de que una risa despreocupada se formara en los labios de ambos adolescentes.

Helga respiró hondo, sintiéndose tranquila, mirando el techo de su casa, con su pierna cómodamente dispuesta sobre el pecho del chico. Ella podía sentir los dedos masculinos acariciar su cabello, dado que su cabeza había caído justo sobre la mano de él, pero no dijo nada. En realidad, se sentía bien, de una manera despreocupada y tranquila que le tentó a relajarse y dejarlo acariciarla, como si fuese lo más común del mundo. Por lo menos Arnold actuaba como si así fuese. Esos latinos sí que le habían dado un exceso de confianza o tal vez era algo que el rubio siempre habían tenido y ahora lo estaban descubriendo.

Muy posiblemente esa fue la razón por la que dejó escapar la razón de haberle pedido tal favor.

- Hoy Olga tiene una elegante fiesta en la embajada de Santo Domingo y nos invitó. –entrecerró los ojos, sin disgusto- No quería hacer el ridículo, ella ha estado hablando de todas las clases que ha tomado sobre baile y no podía quedarme atrás.

Así habían terminado de esa manera, hasta Helga tenía que admitir que era una sensación cómoda el estar así, le lanzó una mirada rápidamente, lo que implicó levantar el rostro para verlo a través de su propio torso, allá, bajo sus pierna.

- Cuando lo digo en voz alta, suena algo tonto ¿No?

- Un poco… ¡Auch! –el chico se tocó el esternón, donde Helga le había clavado su talón- ¡Solo un poco! –logró capturar el pie de la chica y cerró los ojos, sosteniéndola con firmeza- Creo que deberías aprender porque realmente lo quieres. Además, creo que es imposible para ti hacer el ridículo.

- Alguien olvida lo fácil que se me hacía de niña eso del ridículo, era casi la Diosa en eso. –le recordó, sonriendo de lado.

- ¿Te recuerdo quien salió en televisión disfrazo de conejo? –le recordó, conteniendo una pequeña risa.

- Oh, era una pijama de conejito, tengo la cinta por ahí. Cuando me siento decaída, eso siempre me anima. –Helga soltó una carcajada, al escucharlo gemir lastimosamente de vergüenza pura.

- Eso no es justo… ¿Qué puedo hacer para que quemes esa cinta? –se lamentó.

- ¿Y dañar el ecosistema? Oh no, jamás. –la chica sonrió de costado- Aunque…

- ¿Aunque…?

- Podrías disfrazarte de conejito ahora, te tomaría una foto y botaría la cinta.

- ¿Una humillación por otra? –acusó el chico, lanzándole una rápida mirada.

- Oh, podría ser un conejo sexy. –y ni menos dijo eso, soltó una carcajada tan cruel, tan burlona, que era obvio que entre risa y risa ella estaba asegurando que era imposible que él lograra verse atractivo de esa manera.

Y eso golpeó en el ego al chico.

¡Mucho!

- Realmente eres mala ¿Sabías?

- ¡La Reina del Mal! –levantó los brazos, con orgullo, hacia el cielo- Cuando lo oyes en voz alta, suena bien tonto ¿No?... Por eso no digo estas cosas, dejo que otros lo digan. Así ellos suenan tontos.

- Es mejor que chico de la jungla.

Por un momento se miraron. Si, era mejor. No podía haber discusión.

- Ya quiero pasar la adolescencia, a veces creo que es algo agotadora. Los adultos lo tienen más fácil… -susurró Helga, sentándose sorpresivamente, cruzando por sus tobillos sus piernas, haciendo que ahora sus dos piernas estuviesen sobre el torso del chico- ¿Qué hora es? –preguntó sorpresivamente, mirando a un lado y otro, notando como el sol parecía haberse retirado casi por completo.

- Casi las cinco de la tarde. –el chico observó su reloj de pulsera- ¿Por qué?

- ¡Tienes que irte! Big Bob llegará pronto y aun no tomo mis cosas. Primero iremos a Washington y la idea es que estuviese lista para cuando él estuviese aquí. Si mi padre te ve aquí… -su voz se cortó y enmarcó una ceja, al notar la sonrisa ladeada del chico- …si te ve aquí con esa estúpida idea de que eres mi novio… ¿Sabes qué? –sonrió- ¡Quédate! Si, justo donde estas. Así. Me encantaría ver cómo te recibe.

- Oh no. –Arnold negó- Yo me voy. Mi plan es que tengamos muchos hijos. No quiero arruinarlo con los maltratos de tu padre.

Helga abrió los ojos sorpresiva y sintió como algo caliente y peligroso se acumuló en su estómago. Antes de castrarlo ella misma, el chico ya se había levantado, tomado sus cosas y salido corriendo por la puerta principal, con un rápido "Nos vemos" en los labios.

Arnold se permitió detenerse dos cuadras más adelante, apoyando sus manos sobre sus rodillas. Eso había sido una locura. Tal vez por eso había una sonrisa peligrosa en sus labios y un impulso desquiciante de gritar con fuerza, desde el fondo de su pecho, mirando el atardecer. Y estuvo a punto de hacerlo, se enderezó y levantó sus puños al cielo como minutos antes había visto a Helga hacerlo. Pero se contuvo, dejándose llevar por una risa dichosa y estúpida ¿Cómo no sentirse feliz al pasar la tarde con ella? ¿Cómo podía siquiera complicarse la vida después de algo así? Ella le había pedido ayuda como lo más lógico del mundo, le había confiado tanto la enseñanza que había cooperado con él sin quejarse. Y ambos se habían movido en un frenesí de movimientos, encajando casi a la perfección. En realidad, si era sincero, no le molestaba ni un poco haberse tropezado con ella un par de veces, el dolor había sido mínimo y había podido quitarle importancia.

Aun recordaba el niño que había sido, a su manera, defensivo y distante, alguien que se hubiese puesto nervioso con tales acercamientos, sin importar quien fuese y que el único contacto que se hubiese permitido hacerle a una chica fuese por un acto de caballerosidad medida y extremadamente obvia. Algo que se hacía en el momento. Pero ahora era diferente, con mucha más libertad, con la sinceridad como espada personal, siendo capaz de decir cuánto le gustaba ella, de frente, sin temor y pedirle un beso… ¿Por qué? ¡Porque eso quería! Porque no pedirlo hubiese sido hipócrita y principesco. Y era muy obvio que él no era un príncipe, era un chico normal, que no solo sentía el corazón latirle con fuerza, sino que todo el cuerpo lo empujaba estúpidamente hacia ella, para abrazarla, tocar su espalda, justo en esa parte en donde se curvaba ligeramente y terminaba, pero sin sobrepasarse. O como hace unos minutos, que simplemente tenerla cerca, recostados en el suelo y conversando de vergüenzas y actos penosos, de pijamas y conejos, podía hacerlo sentir tan feliz, tan normal, que simplemente…

Arnold se detuvo, sacando su celular, completamente serio. No podía continuar así. Por un momento se había distraído de sus verdaderos propósitos, del objetivo que se había propuesto ese día. Ella lo había distraído, pero eso no lo justificaba. El simple hecho de retrasar la verdad le hacía sentir que simplemente le estaba mintiendo. Realmente había algo que tenía que hablar con ella, lo que había ocurrido, el mensaje de la Gente de los Ojos Verdes. No podía simplemente actuar como si nada de eso hubiese pasado. Ni siquiera lo pensó, porque no hacerlo hubiese sido un acto de traición a su juramento hacia ella, a ser franco, directo, sincero, sin esconder nada. No dudó mientras enviaba el mensaje.

"¿Podemos hablar mañana de algo importante?"

Ella no tardó en responder, maldiciéndolo, advirtiéndole que otro chiste de esa forma y él no tendría que temer por ningún heredero porque ella se encargaría de imposibilitarle la tarea para siempre. Todo en su mente había pasado tan rápido que casi había olvidado lo que apenas hace unos minutos había ocurrido con ella. Después de varios insultos que él fingió no leer, se encontró con la respuesta que buscaba "Mañana es la casa abierta, cabeza de balón".

El chico abrió los ojos con sorpresa. Eso era verdad ¿Cómo…?

¿Cómo se había olvidado de algo así? ¡Él era el presidente del consejo estudiantil! ¿Qué había estado pensando?

Helga G. Pataki.

Por supuesto, la respuesta vino a él rápidamente. El día anterior había terminado las planificaciones y ese mismo día había hecho los últimos ajustes. Los estudiantes irían temprano en la mañana para arreglar todo y el festival iniciaría en la tarde, siendo sábado, le permitían a los padres hacer sus quehaceres matutinos y no tener excusa de faltar. A cambio, Arnold había logrado que el lunes fuese día libre para aquellos que asistieran mañana, de esa manera se aseguraba que todos fuesen. Le sorprendía lo bien que se movía su consejo estudiantil, ni siquiera había sentido la presión de la situación. En realidad, se había sentido con tanta tranquilidad, que había jurado que era miércoles o jueves. No el día anterior a la Casa Abierta.

Pero eso no importaba, igual debía hablar con ella, tenía que contarle cómo estaban las cosas y explicarle cuál era su posición ante todo eso. Tal vez a ella no le importaba, pero para él era igual de importante compartir con la chica lo que pasaba por su mente. Necesitaba ser sincero. Sin importar cuanto le costara. Además, algo le decía que era algo importante, era su deber explicarle cuál era su decisión y por qué la había tomado. Después de considerar todas las posibilidades, su vida, su familia, sus amigos, a ella…

No podía hacerse la idea de hablar con sus padres y darles la noticia sin antes habérsela dicho a Helga.

"¿Nos vemos a las siete en el árbol al que te subiste ayer? Abajo… No en las ramas"

Le envió el mensaje, caminando de vuelta a casa ¿Y si ella no planeaba regresar de Washington ese mismo día? Tal vez no lo haría y él estaba haciéndose ilusiones de que estaría ahí. La idea le preocupó ¿Acaso ella no sentía lo importante que era para él explicarle lo que había estado ocurriendo? Por supuesto que no, Helga no tenía idea de todo lo que estaba atormentándole en la cabeza, toda la idea de viajar a San Lorenzo, que su madre fuese requerida y que obviamente su familia iba a asistir sin importar el costo. La Gente de los Ojos Verdes eran como parte de la familia, ellos habían salvado sus vidas, la de Arnold y a su momento la de Helga cuando fueron a San Lorenzo con sus compañeros, años atrás. Simplemente, había una conexión entre los Shortman y esta gente, que simplemente era lógico acudir a su llamado.

Y Helga no respondía su mensaje, acorde Arnold se acercaba a la casa de huéspedes, él se maldijo porque simplemente ella estaba tomándose su tiempo sin saber cómo él necesitaba saber que mañana charlarían, que no lo postergarían más. En realidad, si pudiese retomar sus pasos y hablar en ese mismo momento, lo haría, pero la chica no accedería, con todo lo de la fiesta, sería un acto egoísta.

Ya lo era el simple hecho de que estuvieses esperando con ansias que ella le respondiera. Una sonrisa burlona se formó en sus labios al notar como sus manos estaban temblando ¿Por qué? ¿Por hablar con ella? ¿Por la necesidad de una respuesta? ¿Por cómo reaccionaría Helga? Algo le decía que en el momento en que le dijera la palabra "San Lorenzo" ella lo iba a golpear. Y bien merecido se lo iba a tener…

- Hombre pequeño ¿Qué haces parado en la entrada?

Arnold parpadeó con sorpresa y levantó la mirada. Sin darse cuenta había llegado a la casa de huéspedes y se había detenido justo ahí, sin sacar sus llaves o timbrar.

- Oh… pareces un zombie… ¿Quieres un emparedado? ¿Un vaso de leche?

- No abuelo, estoy bien. –sonrió apenas, sin saber cómo explicarle bien la situación. Ni siquiera podía hacerlo consigo mismo- Solo estoy muy cansado.

Arnold se abrió paso por la puerta y se encontró con el rostro curioso de su padre, quien le sonrió con la inocencia de un niño al ser atrapado espiando.

- Mañana es la Casa Abierta en la preparatoria, he estado trabajando tiempo extra. –respondió fluidamente, mintiendo tan descaradamente que una voz en su cabeza se sorprendió ¿Quién le había enseñado a mentir así?

Ella.

Siempre ella.

- Oh… pensé que era mal de amores. –admitió su padre.

- Por favor, Miles. Él es mi nieto, tiene don con las mujeres. –defendió su abuelo, posando su mano sobre el hombro del chico.

Arnold solo resistió la sonrisa ahí, quieto, sin intención alguna de alargar esa conversación más tiempo del necesario.

Para su fortuna, su celular comenzó a sonar y casi besó la pantalla al ver que era Phoebe.

- Lo siento, deberes de presidente. Voy a mi habitación, ahí tengo todo lo que necesito. –hizo un gesto de despedida y contestó rápidamente.

- ¡Te llevaré un aperitivo arriba! –anunció su abuelo a lo que el chico asintió rápidamente.

El resto de la noche pudo dejar en segundo o tercer plano el hecho que Helga no respondió su mensaje. Phoebe había encontrado la mejor manera de entretenerlo sin saber que lo estaba haciendo. Varios camiones de encargos llegarían temprano en la mañana y los estudiantes asistirían puntualmente para armar los diferentes eventos que se desarrollarían. En verdad todos estaban emocionados. Los años pasados la Casa Abierta era algo simple y aburrido a lo que ni los padres querían ir. Pero mañana habría puestos de comida, conciertos, experimentos, exposiciones, teatro, películas y demás. Los visitantes podrían divertirse en tantos eventos que seguramente no alcanzarían a todos. Y justo antes del anochecer habría una fiesta en el coliseo para cerrar el evento. Bueno, el resto de personas irían a la fiesta, Siobhan, Phoebe y él se quedarían contando las ganancias para poder entregárselas a la directora y ahí hacer cuentas de gastos. Aunque Arnold ya sabía que tenían dinero ganado, el suficiente para seguir con sus planes. Pero era emocionante, hasta los clubs deportivos estaban emocionados. Por lo que había oído habría demostraciones particulares de los deportes, no simples, ni aburridos, sino lo que se podía hacer al aprenderlos, cosas ingeniosas. Y eso le hizo pensar en Helga, lo que le empujó a colgar el celular, con una vaga excusa que Phoebe interpretó como sueño.

Pero no era eso, estaba muy lejos de sentir deseo de dormir a pesar de estar recostado en su cama, mirando las estrellas. El chico puso la pantalla sobre su rostro y frunció el ceño. Ni un mensaje. Ni una llamada perdida.

- Maldición… -susurró, apretando su mano alrededor de la pantalla y dejándola caer a un costado.

Esa iba a ser una larga.

Muy larga noche…

Y lo fue…

Ni siquiera pudo dormir del todo. Las horas pasaban solo porque el reloj de su celular se lo decía de manera burlona cada vez que lo regresaba a ver.

Nada.

Ni un mensaje, ni una llamada.

Le hubiese gustado tanto ir con ella a ese baile… ¿Estaría bailando en ese momento? ¿Con quién? No creía que lo fuese a hacer con su padre. Entonces ¿Con quién? ¿Acaso no era obvio…? Ella de seguro tendría varias manos tendidas a su dirección, rogándole por un momento en el Infierno que ella reinaba.

Arnold rodó sobre su cama ¿Cómo sería el vestido que había llevado? ¿Sería rosa como todos los vestidos que usaba de niña? ¿O tal vez otro color? Probablemente uno azul que resplandecería su mirada y eso solo haría que más jóvenes pretenciosos quisieran tomarla de la cintura y bailar con ella toda la noche. Pero ella no lo permitiría ¿Verdad? Claro que no, ella se fastidiaría fácilmente, como la reina que era, retomaría a su trono y los miraría a todos con un sincero fastidio ¿Verdad…? Porque ella no era el tipo de chica que gustaba bailar toda la noche con extraños. Helga no era así. Solo él podía conocer ese par de cuervos en el costado de su cadera, nadie más que él sabría que sus nombres eran Huginn y Muninn y que tocarlos haría suspirar a su dueña, erizándole la piel a ella y a él al escucharla.

Cuando su alarma sonó, pudo saber con exactitud que debió dormirse cerca de las tres de la mañana, porque esa había sido la última vez que había visto su celular y lo había dejado caer a un costado. No había soñado nada, lo cual era extraño. Pero estaba seguro de ello, ni un solo sueño había llegado, se había entrenado con la Gente de los Ojos Verdes, ellos le habían enseñado a registrar cada uno de sus sueños e interpretarlos. A veces como ventanas al futuro, otras como símbolos del pasado o más atrás: Vidas, lejanas vidas atrás.

Arnold se sentó con confusión y tomó su diario de sueños, anotó la fecha y releyó los que habían tenido el día anterior. El último, donde había sido un tipo de líder religioso y se había enamorado de una guerrera de peligrosos movimientos y dominante actitud. Le había gustado ese sueño, había sentido que era como un Dios para esa gente, pero ella había sido lo más mortal y hermoso que había visto en su vida. Pero ¿Hoy? Hoy solo podía anotar un "Nada" tan vacío que sintió temor de salir de su habitación ¿Y si era una señal? Tal vez era una mala señal. A veces era mejor no bajar al mundo y quedarse en cama por un día. A nadie le haría daño. Simplemente postergar las cosas. Después de todo, ella no le había contestado el mensaje, así que muy seguramente no se verían. Y era aún muy temprano. Tal vez podría decir que no había sonado su alarma y llegar a la hora normal. Nadie lo culparía, se había quedado hasta la medianoche haciendo ajustes sobre este día.

Maldición…

No podía hacerle eso a Siobhan ni mucho menos a Phoebe.

Así que se levantó, de mala gana. No sintió el calor de la ducha, ni la comodidad de la ropa recién planchada que su madre le había dejado en el baño para que se la pusiera, cálida y cómoda. Ese día se sentía caminar a su fusilamiento. En verdad no estaba de humor, sin haber dormido mucho y con el pánico bordeando sus pensamientos al darse cuenta que estaba cerca de la cuenta cero… Si, un muy temprano fusilamiento. Ya vestido se dio cuenta que eran las cinco y veinte de la mañana. En el fondo sentía pena y afecto por su madre que había madrugado para dejarle ropa cálida y limpia a la mano. Pero no quería encontrársela abajo, no quería charlar con nadie, por lo que tomó sus cosas y bajó en silencio, conociendo que escalones evitar para no hacer ruido alguno. Ya en el recibidor se dirigió a la puerta, casi como un ladrón y la abrió en silencio.

- ¿Te vas sin desayunar, cariño?

- Buenos días, mamá. –regresó a ver, sonriendo, apenado consigo mismo- Gracias por la ropa pero ya comeré allá.

- Oh… -Stella frunció el ceño, obviamente sentía que algo no iba bien- ¿Tienes una respuesta sobre San Lorenzo?

- Tendré tu respuesta mañana. Lo prometo. –la mujer asintió, sin intención de hacerlo sentir presionado- Me voy.

- Buena suerte, mi niño.

Arnold no regresó a ver, salió sintiéndose la peor persona del mundo. No podía descargar su frustración con su madre. Ella no tenía la más mínima culpa que Helga no le hubiese respondido el mensaje, que él no hubiese dormido por ello y que cuando lo hizo no hubiese soñado nada. Ella no tenía la culpa de que la Gente de los Ojos Verdes la necesitara y por ende a toda la familia. Y ellos no tenían intenciones malas, eran buenas personas, nobles y muy queridas por el chico. Solo… que ahora todo era diferente. Y se sentía frustrado y hasta enojado, pero no tenía a nadie con quien desquitarse.

El camino a la preparatoria fue aburrido. Sin Helga cerca, era como si fuese tonto decidir hacerlo. Le gustaba tenerla cerca, ese era el problema. Aun en las pequeñas rutinas. El verla en la mañana bastaba, aunque eso implicara que el resto del día solo viese su sombra. Le gustaba que formara parte de su vida ¿Quién podía culparlo?

- Hey, cabeza de balón.

Casi podría haber pensado que estaba alucinando pero ahí estaba ella, apoyada contra la puerta de un lujoso auto, un BMW rojo que casi tocaba el suelo, justo afuera de la preparatoria. Eso le arrancó una sonrisa.

- Te ves terrible. –admitió el chico, sin poder evitarlo, Helga tenía una sonrisa ladeada pero los labios estaban ligeramente pálidos, al igual que el resto de su rostro, se notaban grandes ojeras bajo sus ojos y lucía como si no todo el rímel hubiese logrado salir de sus pestañas, por lo que se veían graciosas y también estaba algo oscurecido su párpado superior, su cabello estaba extremadamente lacio, sin curvas ni nada, cayendo como navajas sobre ella, pero tenían algo de frizz. Las uñas las tenía pintadas de un azul oscuro con algún tipo de adorno en celeste pero estaban despintadas en las puntas.

- Tú no te ves mejor. –se defendió ella, sin sentirse ofendida, seguramente porque sabía que estaba trasnochada y no había tenido tiempo de nada- Yo salí de la fiesta y vine directo para acá ¿Cuál es tu justificación?

- No respondiste mi mensaje. –fue sincero, simplemente sincero. Y le gustó, porque ella abrió los ojos con sorpresa y se sonrojó.

- ¿No planeas presentarme por quien me hiciste conducir hasta aquí? –acusó una voz masculina y muy cínica.

Arnold casi se tropezó con sus propios pies, abriendo los ojos con sorpresa al ver al joven que lo miraba desde el otro lado del auto, con sus brazos sobre el techo y sonriendo de costado.

- Helio. –se le escapó como si hubiese dicho "¡Demonio! ¡Corran todos!"

- Oh, me conoces. –el chico sonrió de costado, divertido.

Definitivamente, Helio no parecía una chica muy guapa, se retractaba del pensamiento. Ese chico era atractivo. No era de un atractivo tosco. Todo lo contrario, era… lindo, endemoniadamente lindo, como una planta carnívora.

Helio tenía un enorme parecido con Helga, por supuesto, pero de cerca era increíble la enorme diferencia entre ambos. El chico parecía el hermano mayor de la rubia.

- Él es Arnold, el presidente del consejo estudiantil. –presentó Helga, sonriendo con diversión.

- Y es la razón por la que me sacarás de una divertida fiesta y me obligaras a traerte a esta ciudad que no pinta ni en el mapa. –bromeó el chico, sin moverse de su posición- ¿Helga…?

- ¿Si…?

- Tu amigo me está viendo como si fuese un fantasma. –comentó, con una inocencia infantil tan bien fingida que solo hacía pensar en esos niños endemoniados que mataban gente y pensaban que era divertido.

Tal vez como un niño del maíz.

Si, definitivamente Helio fue tan lindo como un niño del maíz cuando tuvo 10 años. Nunca más vería esa película igual. La original, la de los ochenta.

- Solo déjalo procesar. –ella se metió en el auto para sacar sus cosas y las hecho sobre su hombro- Gracias por el aventón.

- ¿No planean invitarme? –el chico señaló el lugar- Van a tener una fiesta o algo así.

- Te vas a aburrir ahí. –le advirtió Helga.

- No lo sé… -se rascó el mentón, de manera descuidada, mirando a las chicas que iban entrando y le miraban con pequeñas sonrisas o sonrojos disimulados- Yo creo que me divertiré. Me gustan las colegialas….

Arnold no se resistió, rodeó el auto rápidamente y se paró frente a frente al chico. Helio era más alto que Helga, por un par de centímetros pero podía notar porqué con la cámara adecuada eso no era un problema. El chico tenía los hombros más anchos y un torso delgado, por supuesto, también largas piernas. El rostro era lo más similar con Helga, redondo, con cabello rubio, pero más claro que el de la chica, desordenado y corto, cayéndole sobre la frente, en una actitud que decía "Me acabo de levantar de una siesta". Él también tenía las cejas negras, pero finas para ser un chico. Aunque no lucía mal, parecía suavizarle el rostro a pesar de tener el mismo labio superior que Helga, que los hacía lucir cínicos constantemente. La diferencia más obvia eran sus ojos, uno azul y el izquierdo de color verde esmeralda. Otro parecido era la piel, del mismo tono, apenas bronceados, que a comparación de Arnold, se notaba la diferencia, pues el chico había pasado en el sol de San Lorenzo más tiempo que esos dos al aire libre, al parecer. Helio tenía un lunar justo debajo de su ojo derecho, al inicio de su pómulo, dándole un aire de romántico héroe. Claro, eso hasta que notabas su sonrisa, siempre con burla, que daba el aire de estar dispuesto a disfrutar de la vida, beber de ella directamente de su garganta, en una perversa mordida. Helio había llegado con una camisa blanca abierta en los primeros botones, seguramente la que había usado en la fiesta y una chaqueta de terno negra, abierta, recogida hasta sus codos, pero se había cambiado de pantalones, pues llevaba unos jeans desteñidos y gastados, con unos converse rojos que irónicamente hacían juego con el auto que conducía.

- ¿Qué? –Helio enmarcó una ceja- ¿Me quieres besar? Porque la respuesta es no ¿A cuántos sujetos debo explicarles que me gustan solo las chicas? Rayos ¿Qué demonios haces tan cerca, chico? –acusó, medio en broma, medio incómodo, dando un paso hacia atrás.

- ¿Qué haces aquí?

- ¡Arnoldo!

No quiso decirlo de esa manera. En verdad que no, había sido pura curiosidad saliendo de su boca sin poder controlarla. Pero en verdad ¿Qué hacía Helio ahí? ¿Y cómo rayos se las arreglaba para mantener una charla y lanzarle una mirada a cuanta chica pasara en frente de ellos?

- Miriam lo invitó a la fiesta. –explicó Helga, rodando los ojos.

- Y te la estuve cuidando. Toda la fiesta. –aclaró Helio, cruzándose de brazos, por lo que Arnold notó que el chico tenía un anillo grueso de plata en el pulgar de su mano derecha como único accesorio- Yo hice el rol de gran hermano mayor protector.

- Pero eso no te detuvo para coquetear con esa mesera y desaparecer con ella por más de una hora. –acusó Helga, apoyando sus brazos sobre el techo del auto, de la misma manera que lo había hecho el otro chico antes.

- Oh, déjame en paz, fui abandonado por el amor de mi vida, estoy despechado. Así que tengo derecho a mimarme un poco. –Helio miró a Arnold con esa tramposa sonrisa inocente- Bueno, más que amor de mi vida, en realidad era la hija de una de mis estilistas y su madre la metió en un internado cuando supo que me gustaba. Algo exagerada ¿No? –se encogió de hombros- ¿Y bien…? ¿Puedo entrar? Podría ser una paga por habértela cuidado o algo así.

- ¿Oh…? Eh… Claro. –Arnold dio un paso hacia atrás- Por supuesto, eres nuestro invitado. Pero aún faltan varias horas para que comience todo.

- Bien, iré por un desayuno y a fumar un cigarrillo antes de venir. Algo me dice que adentro no podré hacerlo. –comentó, con una sonrisa, entrando a su auto- Volveré, procuren portarse un poco mal en mi honor.

Y sin más, el auto arrancó, haciendo que Arnold tuviese que hacerse a un lado para evitar ser atropellado.

- Es un BMW 6 coupé. –explicó Helga, con un suspiro contenido- Una belleza.

- Supongo… -frunció el ceño- No sé mucho de autos. –admitió.

- Hereje. –bromeó la chica- Hey… -se puso repentinamente seria- Lamento no haber respondido ¿Si? No fue a propósito, mi celular murió, la batería está fallando.

- No hay problema. –Arnold miró a un lado y otro- ¿Podemos hablar?

- Creo que es muy temprano para lo que quedamos.

Arnold revisó su reloj y era verdad. Totalmente verdad, apenas eran las seis de la mañana.

- No quiero sonar rudo pero ¿Qué haces aquí tan temprano?

- Soy la capitana del equipo de beisbol, debo preparar las cosas que necesito. –ella rodó los ojos, de la manera en que solo ella podía hacerlo, despectivamente y con cierto aburrimiento.

- Rayos, es verdad… no sé dónde tengo la cabeza hoy. Lo siento.–se miró las manos con cierta pena- Y… ¿Podemos hablar antes de comenzar con nuestras serias tareas de grandes líderes?

- Me estás preocupando, Arnoldo… -la chica frunció el ceño- Pero bien, vamos… ¿Al árbol?

- Al árbol.

Ambos se encaminaron en silencio al lugar donde se habían encontrado el día anterior. En el camino Arnold se encontró con una escena curiosa que llamó su atención pero de la cual no pensaría otra vez hasta horas más tarde, cuando fuese demasiado tarde: La Bruja estaba peleando, literalmente, a gritos, con la directora, quien estoicamente solo negaba con el rostro incontables veces. El chico apenas pudo escuchar un fragmento de lo que la chica decía.

- ¡No puede hacer esto! ¡Hoy es el aniversario de su muerte! ¡Debo estar dentro del edificio para acompañarla!

Lo cual había sonado extraño, demasiado. Aun así, solo lo entendería mucho tiempo después y sería el inicio de una aventura. Pero esa era otra historia.

Los dos llegaron al árbol y antes de que Arnold pudiese quejarse, Helga ya había escalado hasta una de las ramas más bajas. Ella lo hizo lucir tremendamente fácil, un juego de niños en donde solo necesitaba saltar, tomar una rama e impulsarse con su pie hacia arriba. Pero algo le decía a Arnold que no sería tan fácil. Por suerte Helga tuvo la amabilidad de extender sus brazos a él y ofrecerlos como mejor opción de apoyo que la rama, de esa manera se sostuvo de sus muñecas y se impulsó hacia arriba con mayor seguridad, teniendo el suficiente impulso para soltarla y apoyar una de sus manos en la rama y girar para sentarse mirando al frente, sin ensuciar demasiado su ropa como el día anterior.

- ¿Ves? Lo hiciste mejor. –le animó la chica, pero su sonrisa era de burla.

- Ya… debes verme hacerlo en San Lorenzo. Ahí tú te caerías. –se defendió el chico, sacudiendo sus manos.

- Árboles son árboles, aquí o allá.

- No lo creas… -le lanzó una rápida mirada- Necesito decirte algo… pero no sé cómo vas a reaccionar.

La chica se tensó de inmediato y lo regresó a ver, a la defensiva y creando un espacio entre ambos, impulsándose lejos de él.

- Escúpelo… -ordenó, cruzándose de brazos y levantando su mentón.

Las palabras de la Bruja llegaron a él, recordándole sobre el destino y como podrías estar enlazado a alguien para bien o para mal, para ser felices o simplemente causarse dolor incontables veces.

- Hace unos días recibimos una carta…. Un mensaje de la Gente de los Ojos Verdes. –levantó la mirada y pudo jurar que ella estaba más pálida.

- Ellos quieren que regreses…

- No… -inclinó su rostro hacia atrás, mirando las hojas de los árboles, el sol filtrándose apenas- Ellos necesitan que mi madre vaya, en menos de tres meses, para recibir un bebé. Ellos creen que si ella no está ahí, el bebé morirá y es el hijo del líder. –cerró sus manos con fuerza- Obviamente mi madre planea ir, mi padre también…

Helga solo lo miró, en silencio. Pero la preguntaba estaba ahí, fija y casi tangente. No había necesidad de hablar para saber lo que ella quería saber. Y no podía culparla por solo mirarlo, sin expresión en su rostro pero con su mentón levantado y los labios ligeramente apretados.

- Yo planeo estar contigo. –se acercó a ella, la tomó del rostro y la obligó a acercarse a él, demasiado cerca, pero Arnold estaba temblando- Mi plan eres tú. –explicó, con urgencia.

Y todos sus miedos se cumularon en su pecho. Los pudo sentir con frustración creciente. No quería alejarse de ella otra vez. Todo ese tiempo, cuando estuvo solo, lo único que podía pensar era en todo lo que podía salir mal. En las posibilidades de que algo ocurriese, por estúpido e hipotético que fuese y no pudiese volver. La idea, ese simple pensamiento, "no volver", le asustaba de muerte. Porque no quería herirla. El miedo más grande en su pecho era volverla a lastimar. No quería que ella sintiera que la estaba dejando atrás, permitir que la distancia se volviese a posicionar entre ellos hasta dejar apenas un invisible hilo uniéndolos. No quería que las dudas o los temores arruinaran algo que estaba saliendo tan bien. Porque para darle seguridad, para demostrarle cuanto la amaba, debía estar ahí, para que viera cuan entregado estaba.

Helga le observó con sorpresa e intentó apartarse, por instinto natural buscó crear distancia entre ambos. Porque aun así era una repetición del pasado. Otra vez San Lorenzo, ella otra vez debía decirle que se fuese, que era mejor que estuviese con sus padres, porque sabía que él moriría si ellos se iban y algo ocurría. Pero para eso necesitaba distancia. Necesitaba respirar. Necesitaba gritar. Pero también sentía que lo odiaba, porque él se había estado esforzando tanto por conquistarla, por revivir esos sentimientos que ella había dejado atrás. Y ahora que por fin la abrumaban, que eran tan fuertes que la empujaban a él desesperadamente, él volvía a irse. Aun cuando ella estaba asustada de enamorarse, le gustaba estar cerca de Arnold ¿Y ahora se iba? ¿Ahora le decía todo eso cuando sabía que el final sería el mismo? Él se iría y ella se quedaría atrás, con el corazón roto y el alma en un llanto de emociones encontradas.

No más.

No más de todo ese absurdo mundo en donde ella lo esperaba, donde Arnold se escapaba entre sus dedos como arena. Helga levantó la mirada, con seriedad pero la mirada esmeralda del chico le sorprendió, cristalina y rojiza. Él temblaba, la estaba tomando del rostro con desesperación y apoyó su frente contra la suya.

Arnold sufría…

- Aún faltan tres meses. Y estoy aterrado. –susurró, mirándola con franqueza, así de cerca solo podía notar la sorpresa en la mirada femenina- Si dejaba pasar más tiempo, aun si eran solo días, temía que me odiaras por no decírtelo. Por eso estoy aterrado, de tu odio, de que te alejes, de lastimarte… estoy tan aterrado de hacerte daño. –respiró lentamente, sintiendo el aire pesado, el dolor de su pecho creciente y la abrazó contra él, sin importarle si lo golpeaba, porque la necesitaba.

Maldita sea, la necesitaba.

La abrazó contra su pecho y apoyó su mejilla sobre el desordenado cabello rubio y la abrazó hasta perderla entre sus brazos. La necesitaba cerca y no podía manejar la idea de herirla o ser odiado. No importaba cuanto hubiese luchado por ser caballeroso, por protegerla, por querer hacerla feliz, era un maldito egoísta que temía volverla a perder.

- No podría soportarlo… -admitió, en un susurro- No podría seguir con la idea de que me odies… que en verdad me odies. Sin un atisbo de cariño, sin una muestra de amistad. No podría… Pero tampoco podría irme sabiendo que te perdería. Porque eso no está bien. Simplemente no está bien. Tú eres parte de mi vida. Y lo sé… lo sé… Nadie sabe lo que podrá pasar mañana. Créeme… ¡Lo sé! –no supo en que momento alzó la voz y se volvió un ruego desesperado y rotó, no supo en que segundo el temblor de sus manos subió por todo su cuerpo- Pero hoy, ahora. Te amo… Te amo en verdad. Te amo y sé que eso es bueno. Y es la verdad. Lo digo con sinceridad… Lo digo con urgencia. –respiró agitado, conteniéndose- Aun si es egoísta. Te pongo a ti, a lo que siento, a mi deseo de no perderte por sobre todo.

Porque había un deseo profundo de llorar, un impulso profundo de dejarse llevar, porque tenía miedo y por eso temblaba. No podía amarla tanto sin tener miedo a perderle, no podía ser tan feliz a su lado sin desear llorar de preocupación al pensar que ella podría odiarlo. Por eso sabía que la amaba, porque cuando amas, lo mejor y lo peor de tu vida te lo daba esa persona. Y estaba al borde, al mismo borde de ese peor y no quería que ocurriese. Porque sería capaz de suplicar, sin importarle lo mal que se viese. Pero suplicar por ella valía la pena. Mil veces.

- No te estoy prometiendo un para siempre. No tengo idea de dónde estaremos después. Y tenlo por seguro, no tengo idea donde estarás tú y si podré seguirte el ritmo. –quiso reír por la idea, pero solo llegó una pequeña sonrisa a sus labios que no llegó a su mirada- Prometerte un para siempre sería mentirte. Pero te prometo el ahora. Te juro –aclaró- que te amo. Y tengo miedo de perderte. Los dos somos… somos muy diferentes. Ambos hemos cambiado tanto…

Y ella por fin luchó entre sus brazos, levantó el rostro y lo tenía rojo, sus ojos mostraban señales de lágrimas que no querían escapar, pero ella solo se mordía el labio inferior. Dolor, ternura, comprensión, todo eso demostrado en sus facciones, en la forma tan tierna en que lo miraba, perdida. Como en San Lorenzo, luchando por todo y al mismo tiempo feliz por escucharlo.

- Distintos… -susurró Helga, con voz ronca, con aquel tono que demostraba que contenía el llanto.

- Muy distintos. Me lo dice tu mirada, todo en ti ha cambiado, hasta el calor que trasmites cuando te abrazo, la forma en que tus labios pueden besarme. –cerró los ojos, sintiendo un sonrojo culposo- Tan distintos… y eso es bueno. Tú y yo hemos crecido, madurado. Y siento que con todo, es increíble, casi un milagro, porque nos hemos encontrado y este yo, ahora, calza con esta tú, de aquí. Y no quiero perderte otra vez, no quiero volver a perder mi oportunidad ¡Y ni siquiera sé si la tengo! –abrió los ojos, frustrado- No tengo idea de nada… más de esto que siento. Y no me quiero ir. No te quiero perder… No otra vez.

- Arnold… estúpido… Tú y yo sabemos… que tienes que ir… Solo serán unos días ¿No? –susurró ella, cerrando sus manos en la camisa del chico, con fuerza, lastimándolo, pero no dijo nada- Solo unos días. Así que ve. No actúes como si fuese por más tiempo. Solo… son unos días… exagerado… tonto… -lucía asustada mientras repetía esas palabras- Solo unos días…

Y la idea sería fácil de manejar si no hubiesen pasado años desde su despedida en San Lorenzo y todas las promesas y planes se habían escapado de entre sus manos hasta volverse dos desconocidos. Perdidos. Por eso la idea no era fácil. Por eso el miedo, el dolor, el odio y la desesperación. Porque sabían el posible final y aun cuando era posible, era como mirar a la muerte, porque eso era, el morir de un sentimiento, ponerle una fecha de caducidad.

- No…. No…. –Arnold negó lentamente- Por favor. No. No me hagas esto. No otra vez. Helga, por favor. No otra vez. –su voz tembló y tuvo que respirar para recuperarla ¿Por qué no entendía el dolor que había sentido cuando ni una carta había llegado a sus manos cuando solo había sido un niño? Ahora sentía que el dolor sería peor, que el perderla no sería algo manejable- Por favor, no me hagas ir a un lugar donde no estarás. La última vez que pasó te perdí. Maldita sea… Helga… -y estaba rogando, sintiendo el dolor en sus ojos, el deseo de gemir como un estúpido niño al que le negaban la vida- Si algo pasa… Si termina medio continente entre los dos… ¿Acaso no entiendes…? No lo haces ¿Verdad?

- ¿No entiendo qué? –ella sintió dolor en su garganta, estaba conteniéndose. En verdad, estaba evitando llorar y rogarle que se quedara porque cuando se trataba de ellos, todo lo que podía salir mal, lo haría. Pero no podía hacerlo, no podía ser tan egoísta. Él y su familia, eso importaba. La idea de que serían tan solo unos días, eso debía calmarla. Esa era su esperanza.

- ¿No es obvio? Todo lo que hemos pasado ¿No te lo dice? Cuando éramos niños… ¿No sentías que en mis manos estaba tu felicidad? Y en un descuido podía lastimarte sin darme cuenta.

- Un poco ególatra de tu parte ¿No crees? –pero ella asintió, mirando a un lado, apoyando su rostro contra el pecho de él, escuchando el corazón latir con desesperación y no sentirse tan mal por todo ese tiempo donde fue herida sin ser correspondida con afecto alguno.

- En San Lorenzo y ahora… tú tienes mi felicidad en tus manos. Y no entiendo cómo pudiste hacerlo de niña, entregarme algo tan importante sin dudarlo… Porque me aterra. –admitió, sonriendo, apenado- Realmente tengo miedo de que en un descuido, con tus palabras, como ahora, me mates. Solo te lo pido… ten piedad. No me alejes de ti. No otra vez. No ahora.

Las manos de Helga estaban heladas, aferradas a su camisa como zarpas inertes. Le costó lograr que abriera los dedos, que le permitiera acercar sus manos a él y apoyar su frente contra las de ella. Ahora Helga temblaba también pero Arnold se sentía egoísta y temeroso, como un hombre sin fe. Y cuando se está así, no hay nada que limite las palabras.

- Por favor… -susurró, cerrando los ojos- Ayer no respondiste mi mensaje y no pude dormir ¿Tienes idea qué hará de mí no saber de ti estando allá? No es por dependencia, Helga… -aclaró, con seriedad, cerrando con firmeza sus manos sobre las de ella- No te equivoques. Pero fue la distancia la que me hizo perderte una vez, fue ese país el que me hizo quedar sin rumbo. No me culpes por estar así, ahora… Por decirlo en voz alta: Mi plan eres tú. Yo no me voy a ir a ningún lugar. Aun si no me amas. Aun si solo me ves como un amigo. –se enderezó, con seriedad- Aun si dijeras que me odias. Me quedaría, porque el cómo me odias ahora, es algo que puedo tratar, con tu afecto y tus buenos tratos, mirándome. Aquí, junto a ti, conociendo tus nuevos gustos, tu nueva forma de expresarte. Lo prefiero a que en verdad me odies al irme, a no volver a verte. Porque sé que en el fondo me odiarías, aun si me dices que me vaya, puedo ver en tu mirada cómo te sientes traicionada. Y no quiero que pienses eso. No lo hagas. Prefiero quedarme como un buen conocido aquí, a perderte y que nuestro destino sea hacernos daño. Porque yo quiero hacerte feliz… -respiró hondo, sintiéndose vacío pero libre. Porque por fin podía decirle todo lo que sentía- Mis padres, la Gente de los Ojos Verdes, San Lorenzo, ellos lo entenderán. Porque en cualquier momento puedo estar con ellos, porque sé cómo llegar. Pero a tu corazón, a ti, el camino es nubloso y ahora que lo he encontrado, no quiero perder el rumbo. Mi plan eres tú. –repitió, con seguridad.

Helga lo miraba. Lo notó cuando dejó de ocultarse entre las manos femeninas. Ella lo miraba con sorpresa, pálida, exceptuando sus pómulos, ligeramente sonrojados. Y sus labios, hinchados, porque no dejaba de morderlos, como si esa fuera la manera de evitar que palabras incorrectas escaparan. Ella estaba ahí, mirándolo.

Y cerró sus manos contra las de él. No las entrelazó, no fue un gesto romántico. No, fue preciso y directo. Ella cerró sus manos entorno a las de él, con decisión.

- Nunca te haría quedarte aquí, cabeza de balón. No cuando el resto de tu vida está en otro lugar. –aclaró, frunciendo el ceño- Si algo llegara a pasar, me odiarías por haberme escogido sobre ellos. Pero ¿Sabes? –relajó sus facciones pero no sonrió, solo se vio en paz en su mirada- No tienes que elegir, zopenco. Iré contigo.

Porque Helga G. Pataki también podía ser directa, no hacerlo de forma romántica ni desesperada. Simplemente decirlo, como una orden. Y aun así darle escalofríos y adrenalina.

- ¿Qué…?

- Dijiste en tres meses ¿No? –lo soltó, se las arregló para escapar de sus manos y poder cruzarse de brazos- ¿Por cuánto tiempo sería?

- Dos semanas, un mes, máximo dos. No se sabe a ciencia cierta cuando nazca el bebé. –estaba sorprendido y ligeramente perdido.

¿Ella estaba insinuando…?

- Bien. –se encogió de hombros- Pues iré contigo. Y si son dos meses, eso nos dará tiempo para buscarlo.

- Puedes perder el año de estudio si vas… -parpadeó- Espera ¿Tiempo para buscar qué?

- No lo haré. –ella levantó su rostro, segura, calculadora. Solo parecía un día más junto a Helga, no el momento en que él abrió su corazón a ella, con desesperación, como lo había hecho Helga en Industrias Futuro- Le explicaremos a la directora, adelantaremos exámenes y proyectos. Todo irá bien. Y si aun así debiéramos repetir el año, lo haremos, juntos. Aun si debo amenazar a Bob, iré. Y creí que era obvio que íbamos a buscar, zopenco…

- ¿Qué…? –se detuvo y sonrió ¿Ella estaba hablando en serio?- En verdad, no sé de qué estás hablando cuando dices buscar.

- El lugar donde te me declaraste, idiota. –lo miro con seriedad pero sus expresiones estaban suavizadas y había un ligero sonrojo ahí- Ahí te pediré… -apartó la mirada y bajó la voz- ser mi novio. Obvio. Eso acordamos….

Pero él la oyó. Y respiró con fuerza, sonriendo. La sensación de haber llegado a la meta de una gran maratón lo embriagó pero de repente se detuvo.

- Helga, necesito que entiendas algo, porque parece que no me escuchas... Te lo repito: Puede salir algo mal. –respondió con seriedad- No permitiré que algo te pase.

- No pasará si estamos juntos. –Helga ladeó el rostro, mirándolo de forma analítica- Yo soy más fuerte y apta que tú en muchos sentidos. Si algo ocurriese, sería mejor que yo estuviese con ustedes. No trates de evitarlo, iré y te encantará. Además, si te niegas, iré por mi cuenta y haría que eso te pesara en la conciencia.

- ¿Hablas en serio…?

Lo sabía. Claro que lo sabía, ella acaba de tomar su decisión y lo había escogido a él.

Por una vez en la vida se alegró de que fuese tan testaruda que no daría el abrazo a torcer sobre el tema.

- ¡Por supuesto, idiota! –le observó con sorpresa- ¿O quieres que me retracte?

- ¡No! –la abrazó, la atrajo con fuerza y volvió a sentir que esa sensación era incomparable, tenerla entre sus brazos y simplemente estrecharla contra él era mil veces mejor que simplemente robarle un beso. Solo así sabía que no se escaparía, que era verdad y no podía huir de esa verdad- Entonces… ¿Debo dejarte a la espera de mi respuesta ante tu próxima declaración? –preguntó, sonriendo de lado, sin poder evitarlo- Yo podría hacerme de rogar… Tú sabes, para hacerlo interesante.

- Te odio… -Helga entrecerró los ojos, pero lo estaba abrazando por el cuello, con fuerza- Te mataré si dices que "No". –le advirtió.

- Lo sé. –besó su frente, despacio, con calma, sin poder evitarlo, sin dejar de sonreír como un bobo enamorado, como un zopenco, un idiota, como un samaritano, como un cabeza de balón sonreiría- Lo sé… -y la besó, solo para evitar que ella refutara.

Ambos eran distintos, diferentes. Ella era una malvada reina, una dictadora en su trono de calaveras, con puño de hierro y él luchaba por la igualdad, lideraba las leyes y lo correcto. Pero colisionar juntos, encontrarse hasta el fin de los tiempos, era lo suyo.

Amarla, eso era lo suyo.

Fin

¡Saludos Manada! ¡Y se viene el Epílogo! ¡Si! ¡Ahí viene el epílogo!

¡Este capítulo fue el doble de largo!

Helio parece pariente de Aura (de "Cacería") ¿Se dieron cuenta en qué detalle?

Oh si… Helio se parece a Jack, el hijo de Helga y Arnold, creado por Carylyn ¡A mi defensa no lo conocía cuando escribí de él! Y no me arrepiento, Jack es demasiado genial, me alegra que se parezca Helio a él.

Canciones: "Pégate" de Ricky Martin, "Todo lo que sube tiene que caer" de Giberto Santa Rosa y "Ana María" de Cabas. Esas son las canciones que bailan Arnold y Helga al inicio del capítulo.

¿Qué les pareció el final?

¡Nos leemos!

Nocturna4