Cuando James pasó de ser simplemente un mendrugo a un "amo mendrugo"

La profesora McGonagall es el tipo de persona que camina con pasos largos, suele dar la primera zancada con el pie izquierdo y le gusta llevar botas de tacón que repiquetean contra el suelo de piedra de Hogwarts. Casi siempre lleva las manos ocupadas con libros, pergaminos u otro tipo de objetos mágicos que le sirven para sus clases, pero cuando tiene los brazos libres los deja muertos en los costados y se balancean de forma graciosa que choca con su personalidad rígida y exigente. La capa suele quedarle larga (probablemente porque ella quiere que sea así) y en la zona de la espalda le hace una arruga justo a la altura de la cadera.

En realidad nadie en su sano juicio se fijaría en esas cosas, pero Remus cree que se va a volver loco después de llevar varios minutos mirando la espalda de la profesora mientras camina por la clase en círculos echando rápidos vistazos al reloj de arena que reposa sobre una de las estanterías. Caen los diminutos granos, uno a uno y con cada segundo que pasa Lupin está más seguro de que piensa asesinar a Sirius Black y James Potter.Puntualidad, chicos, no queremos que nos castiguen con algo peor… Y ya llegan diez minutos tarde. Peter a su lado murmura de vez en cuando cosas como "lo siento" o "no volverá a pasar" y Remus decide ignorarle para no ponerse nervioso.

Cuando la profesora parece a punto de estallar, la puerta se abre y dos niños entran corriendo.

-¡Perdone, profesora!-exclama Sirius jadeante-¡Se nos echó el tiempo encima!

-Es que el tiempo cuando no corre, vuela.

Remus fulmina a James con la mirada si te crees que con estúpidas frases hechas nos vas a sacar de este lío estás muy equivocado.

-Llegan quince minutos tarde, señores-gruñe Minerva al mismo tiempo que camina hacia ellos con el ceño fruncido-. Los platos no se limpian solos en este colegio y no nos gusta perder el tiempo.

Ella les sujeta la puerta para que salgan al corredor, (casualmente) salen en orden de altura; primero Remus, después Sirius, seguido por James y finalmente Peter.

Como cuatro sombras siguen los pasos de la bruja, eso sí, a una distancia prudente.

- ¿Se puede saber qué rayos estabais haciendo?-Remus susurra tan bajo que solamente Sirius a su lado le escucha.

- El imbécil de James, ya sabes lo que cuesta arrastrarle cuando se encierra en el baño "no puedo ir con estos pelos, ¿y si me encuentro con Lily?"-le imita poniendo voz aguda.

- ¡Pero si lo lleva incluso peor que habitualmente!-Remus observa al niño de gafas que con rostro despreocupado lleva el pelo como si lo hubiera metido en una centrifugadora.

- Ya lo sé, pero creo que se le ha metido en la cabeza la idea de que le queda bien el pelo desordenado.

- Puede… Parece que acaba de bajar de la escoba.- y este susurro no lo escucha nadie, ni siquiera Sirius que ha perdido el interés en el tema y gruñe sus propias incoherencias.

El camino que sigue McGonagall les es familiar por las barbas de Merlín, es la habitación de los fruteros Remus observa el lugar donde la noche anterior cayeron derrotados con cansancio después de una búsqueda inútil. La bruja les mira con seriedad y luego se aproxima a un cuadro que a diferencia del resto sobresale parcialmente de la pared. El pequeño licántropo observa que la bandeja, a diferencia del resto es de plata. Ante cuatro pares de ojos sorprendidos, la mujer extiende el dedo y sin conjuro mágico ni filigranas hace cosquillas sobre el lienzo. Tiene que ser una broma. Pero no lo es. Una pera verde y brillante se encoge entre risas y luego se transforma en un pequeño pomo que McGonagall hace girar y que deja paso a un largo pasillo oscuro.

- Pasen delante.

Hacen caso, porque cualquiera le lleva la contraria piensa Sirius mientras levanta la pierna para colarse por el pasadizo. El recorrido no es muy largo, el pasillo está incluso iluminado de modo que los cuatro dan por hecho que es bastante transitado en comparación con el que lleva a la habitación de los chocolates. En pocos segundos la luz les ciega y los cuatro niños hacen sombra con la mano antes de saltar a un suelo reluciente que parece de marfil.

-¡Señores!

Decenas de voces chillonas retumban en sus oídos y cuando por fin sus ojos se acostumbran a la nueva luminosidad son capaces de ver a las criaturas que profieren ese irritante sonido.

Son elfos domésticos. Veinte, treinta, no son capaces de contarlos y dudan que allí estén todos. Los cinco más cercanos les miran con ojos como platos y de colores metálicos; parecen pasas arrugadas con orejas muy grandes y visten con delantales blancos o extraños vestidos manchados por la grasa de las cocinas.

Porque así, sin quererlo la profesora McGonagall les acaba de mostrar uno de los lugares más extraordinarios de todo Hogwarts: Las Cocinas.

- Estos chicos están aquí para trabajar por vosotros esta noche-explica la profesora-. De modo que quiero que no les ayudéis en nada. Serán ellos los que limpien los platos. A mano.

- ¿A mano?-se queja James con amargura.

- Sí, Potter, con las manos, creo que es bastante hábil con ellas. Demuéstrelo.

Remus se pregunta si es el único en esa habitación que ha hecho una doble interpretación de la frase. Se da cuenta de que sí al ver la cara de pánfilos de sus tres compañeros y una vez más se siente viejo, pero apunta la frase para recordársela a James en un futuro. Lo hará y Sirius reirá y mentirá diciendo que él también se dio cuenta y James se horrorizará y esquivará las miradas de McGonagall durante semanas.

La bruja da media vuelta y desparece por el pasillo.

- ¿Nos deja sin vigilancia?-pregunta Sirius emocionado.

- ¡Señor!-un elfo de ojos azules gigantescos le empuja por la parte baja de la espalda -¡Señor! ¡Lave la vajilla, señor!

El pequeño elfo doméstico conduce a Sirius a una pila de platos sucios que segundo a segundo va a aumentando y los otros tres chicos se ponen a su lado. Cuatro familiares estropajos y varios pares de guantes les esperan sobre el fregadero.

- Esto no puede estar pasando otra vez…-se queja James.

- Pobre James, no limpia ni lo que hay debajo de su cama y tiene que estar siempre sacando brillo a la mierda de los demás.-ríe Sirius en voz demasiado alta.

- Calle y lave, señor.-grita el mismo elfo.

Se ponen a trabajar y al instante se dan cuenta de que no es una tarea mucho más benigna que limpiar váteres.

- La gente es una guarra - James se tapa la boca con desagrado -, ¿cómo pueden ensuciar tanto los platos?

-Pienso en que uno de estos está lleno de restos de Cornelius Snape y me entran arcadas…-gime Sirius dejando caer un plato limpio en un carrito.

-Severus, se llama Severus, Sirius. - bufa Lupin tirando un trozo de carne a medio comer a la basura.

-¡Lo que sea!

Como es de esperar pronto se cansan. Seguro que a Evans le gustas más si eres un buen elfo doméstico y James tira los guantes, se cruza de brazos y da un paso atrás.

Sirius no tarda en seguirle, con un plato en la mano que lanza continuamente al aire y atrapa (con apuro en más de una ocasión) antes de que caiga al suelo.

Remus no se da cuenta del momento en el que deja de lavar cubertería, pero pronto sus azules ojos se pierden en los dos chicos que han decidido que la vajilla es una buena forma de entretenimiento.

Sirius lanza el plato hacia su amigo y este lo recoge para devolvérselo. Es un juego estúpido, pero con las manos mojadas resulta un poco más complicado. Al momento Peter salta con entusiasmo yo también quiero, yo también quiero y aumentan el juego añadiendo otro plato más. Lupin se apoya en el fregadero y observa, sin más, mientras en su cabeza solamente retumba una frase "si nos pillan somos niños muertos".

- ¡Sirius Black lanza con todas sus fuerzas!-el propio Sirius avienta la plata con tanta violencia que pega en la mano de James y cae al suelo repiqueteando con estruendo-¡Y marca!

- Eso no vale, más que una quaffle parecía una bludger y si no tengo bate no puedo despejarlas.-se queja el niño.

Remus nunca sabrá por qué hizo lo que hizo, se preguntará en más de una ocasión si pasar demasiado tiempo con sus amigos minaba sus capacidades mentales, luego llegará a la conclusión de que simplemente cuando estaba con ellos era un poco menos ese Remus viejo sabelotodo y un poco más Remus niño sabelotodo, así que el niño sabelotodo se agacha y recoge de un cajón un enorme rodillo de amasar que rayos, pesa más de lo que parece y se lo lanza a James, sin pensar, sin ni siquiera plantearse que el muchacho tiene la vista fija en otro punto. Pero Remus sabe que James es James y que no es peligroso hacer eso, y en efecto, el chico de gafas se vuelve a la velocidad de la luz y lo recoge con la mano izquierda.

- Es un bate.- explica Remus.

-¡Es un bate!- exclama el niño cogiéndolo como tal - ¡Vamos, Sirius Black, lánzame esa bludger tan poderosa tuya!

Sirius no duda porque es un temerario y lanza el plato con tanta fuerza que Peter se tapa inconscientemente y Remus se queda absorto en el brazo estirado de su amigo. No le da tiempo a ver cómo James golpea con todas sus fuerzas y es tal el impacto que el rodillo deja un marca gigantesca en la plata.

- ¡RAYOS! -James se lleva el brazo detrás de la espalda con dolor mientras da saltos dioses, qué ridículo es este chico cuando quiere piensa Sirius.

- ¿Te duele? -pregunta Lupin, preocupado.

-No…-James gruñe y se frota la muñeca-Pesaba demasiado, parecemos imbéciles.

- Sí. - dice Sirius mientras coge otro plato y se lo tira a Remus como un disco volador. El muchacho suelta un jadeo exagerado y se agacha justo a tiempo para que se estampe contra la pared.

-¡¿PERO, ESTÁS LOCO?!

Remus se queda pasmado, ya no le preocupa la mano de James; en su lugar saca la varita y la dirige directamente a los cuatro chorros de agua que descuidadamente han dejado abiertos. En un segundo los surtidores rompen las leyes de la gravedad y salen en dirección a un sorprendido Sirius que cierra los ojos un segundo antes de que varios litros de agua le calen hasta los huesos.

Remus empieza a reír. Ríe. Ríe mucho. Lo hace alto y tan claro como el agua que salpica por la habitación. Sirius va a protestar, (porque Sirius siempre protesta) pero cambia de opinión, ni siquiera es algo premeditado, simplemente decide no enfadarse. Y ríe. Y Sirius y Lupin estallan en carcajadas, al mismo tiempo, mofándose el uno del otro. La fiesta es interrumpida por un sonido más alto que el de la diversión infantil.

- ¡Señores, no pueden, la profesora McGonagall dijo que tenían que limpiar, señores!-es una elfina de tamaño bastante reducido; tiene las orejas largas y caídas a ambos lados de la cabeza, ovalada, y sus ojos rosas expresan súplica.

Los niños suspiran asqueados, prefiero chuparle el pelo a Snape que tener que limpiar un plato más murmura Sirius mientras vuelve con protesta a su tarea; pero una mano se posa en su hombro y su mejor amigo le hace un gesto con la cabeza para que se detenga y se acerca a la pequeña elfina.

- Pero…- James pone pucheros, lo que Sirius suele llamar "pucheritos de Potter" - ¿Cómo te llamas?

- Lukey, señor.

- ¡Qué nombre tan bonito!-susurra el niño - Y, ¿cuántos años llevas trabajando aquí, Lukey?

- Cuarenta años sirviendo a Hogwarts, señor.

- Eso está muy bien…-Peter, Remus y Sirius inmóviles, completamente empapados miran a su amigo sin entender del todo qué quiere conseguir - Cuando era pequeño yo tenía una elfina doméstica pero mamá y papá decidieron darle la libertad, ¿sabes?

- ¡Horror, señor! Eso no se hace, señor.

- Claro, claro…- James sonríe ampliamente - El caso es que ella nunca me hacía caso, ¿sabes? - No me hizo caso cuando quise que soltase al perro del vecino para que mordiese al cartero, ni siquiera me hizo caso cuando le ordené que aflojase todas las bombillas de ese estúpido niño muggle que vivía una calle más abajo y que se metió con mi pelo.

- Sería una elfina mala, señor. Pero Lukey no es una elfina mala, señor, ella sirve a su amo, el Castillo, señor.

- ¡Exacto! - los ojos de James brillan como si hubiese querido llegar exactamente a ese punto - Tu deber como elfina es servir a tu amo que es el colegio, y…-el chico se levanta y pone los brazos tras la cabeza-como alumnos del colegio tenemos derecho a ser tus amos. Tuyos y de todos.

Remus no cree lo que está escuchando ¿James quiere que nos castiguen cien años más por esclavizar elfos o qué? Sirius no puede más y adopta la misma postura chulesca que su mejor amigo porque tío, esto es brillante. Peter sigue sin entender nada.

- Señor, yo…- la elfina parece dudar y el resto de elfos les observan también desde sus puestos de trabajo - Señor…

- Potter - susurra James con simpatía -. Es decir, amo Potter estaría bien.

- Señ…Am… - Lukey parece confusa y se gira hacia a sus compañeros con apuro. Tras un cruce de miradas, James se vuelve hacia Remus.

- Pídeme algo.

- ¿Qué?

- Que me pidas cualquier cosa que te apetezca, Remus.

- Yo…- el joven licántropo duda y finalmente, después de que su estómago ruja contesta lo que todos esperan-Una tableta de chocolate.

- Lukey, quiero cuatro tabletas de chocolate, cuatro zumos de calabaza y que acabéis de fregar los platos que quedan. Y por supuesto que no digáis nada de lo que ha pasado esta noche.

Los elfos empiezan a hablar entre ellos muy rápido, docenas de sonidos agudos se entremezclan mientras los cuatro chicos observan con curiosidad y emoción contenida. Finalmente, Lukey inclina la cabeza con lentitud.

- Como usted quiera, amo Potter.

Un buen sitio para estar con amigos.

Remus no se siente cómodo en ese momento.

A tan solo unas semanas de la época de exámenes, la Biblioteca de Hogwarts se encuentra abarrotada de alumnos de todos los cursos y casas, que hacen a aquel inmenso lugar parecer incluso demasiado pequeño para toda aquella multitud que, con nerviosismo, apura los últimos días para arrancar de libros y pergaminos la mayor cantidad de conocimientos posibles para lograr el aprobado. Otros no están tan impacientes porque han comenzado a estudiar hace ya mucho tiempo, y tan solo repasan los últimos detalles y luchan por conseguir la nota más alta de su promoción, con los puntos para su casa que eso conlleva. Pero Remus, si bien está acostumbrado a estudiar frecuentemente y no sólo cuando el fin de curso acecha, no se siente cómodo.

No se siente cómodo por varios motivos.

El primer motivo es que con tanta gente allí, en aquel lugar que es lo más parecido para él a un santuario, con cientos de jóvenes inquietos que voltean las páginas de sus manuales de Encantamientos frenéticamente, murmuran entre ellos esto seguro que lo pregunta e incurren en numerosos tics nerviosos, como dar pequeños golpecitos rítmicos contra la madera de la mesa o agitar frenéticamente las piernas de forma continua e inconsciente, es incapaz de concentrarse durante más de cinco minutos seguidos.

El segundo es que algún Ravenclaw listillo ha aprovechado un momento en el que, por culpa de un movimiento desafortunado, ha derramado parte de su tintero y no soporto tener las manos sucias ha tenido que ir al baño a lavarse. Al volver, el chico de pelo oscuro estaba ocupando su sitio. El que llevaba siendo su sitio todo el curso. Y siente su espacio personal terriblemente invadido.

El tercer motivo de su incomodidad se llama Sirius Black y está intentando hacerle cosquillas con su pluma en ese mismo instante.

En algún momento del día anterior sus tres amigos, que hasta ese momento no mostraban ningún tipo de preocupación por el resultado de sus calificaciones a final de año, deciden que "es aburrido estar aquí solos en la Sala Común toda la tarde sin nadie a quien gastar bromas ni de quien reírnos porque todo el mundo estudia". James añade que quizás si todo el mundo lo hace es porque tiene algo de divertido, así que se deciden a probar. A Remus, en un principio, le parece una buena idea ese repentino interés por el mundo académico por parte de los tres incorregibles niños, pero desde luego, todo tipo de aprobación hacia la iniciativa desaparece completamente cuando se encuentra en un rincón de la Biblioteca (un rincón, no su rincón) con Peter, Sirius y James ocupando el resto de la mesa. Sirius, a su lado; los otros dos, en frente. Tras unos segundos y varios amagos de abrir el libro de Transformaciones y comenzar a leer, terminan molestándose unos a otros y haciendo bromas en voz alta. La señora Pince obliga a Peter y a James a cambiarse de mesa y permanecer separados el uno del otro cuando les pilla buscando entre las estanterías los libros más voluminosos para golpearse con ellos solo por diversión, porque James se pregunta si realmente hará daño que te peguen con uno quiero decir, no duele que te peguen con un trozo de pergamino, no debería doler si son muchos…

Sirius en ese momento se encontraba durmiendo profundamente sobre la página veinticinco del libro de Encantamientos, pero los chillidos de la bibliotecaria ¡energúmenos! ¡vándalos! le arrancan de su sueño: Se despierta completamente desorientado, sin saber apenas donde está.

- Qué… Qué ha… - murmura, con la boca pastosa, que le hace ser casi incapaz de articular sonido.

- Han hecho el borrego, como siempre, y les ha mandado separarse.

- Jo.

Remus cree entonces que por fin logrará un rato de tranquilidad para terminar con sus apuntes de Historia de la Magia y comenzar con el duodécimo repaso de Transformaciones y Defensa Contra las Artes Oscuras que tenía previsto aquel día. En realidad, no sabe cuán equivocado está; Sirius se limita a observarle unos minutos con los ojos entrecerrados, hasta que se despeja, se estira en la silla y decide que ir a la biblioteca es aburrido y que él no es alguien que se permita aburrirse demasiado a menudo.

Está concentrado tratando de realizar un hechizo que desordene las letras de los apuntes de Remus para que no pueda estudiar y se vea obligado a sacarle de allí e ir a hacer cosas más divertidas como molestar a Peeves o planear la última jugarreta del curso para los Slytherin cuando precisamente dos miembros de esta casa toman asiento en los lugares que antes ocupaban James y Peter. Sirius piensa que deben ir a segundo o algo así. En cualquier caso, no son mucho más mayores que ellos. Un tercero se coloca al lado de Remus y lo mira acusadoramente. Tiene el pelo negro y es un tanto rechoncho, de mediana estatura. El tipo de persona que, como Lucio Malfoy, se siente orgullosa de el sucio escudo verde sobre su túnica. Después, cuando comienza a hablar, Sirius no da crédito a sus palabras.

- Oye, tú, debilucho, ¿por qué no te vas de aquí y me dejas tu sitio?

- Creo que el motivo puede tener que ver con que estoy estudiando para mis exámenes, pero gracias por la propuesta. - Responde Remus, sin levantar la vista un solo segundo de su libro.

- Creo que no me has oído bien… - Replica el Slytherin, y hay un tono socarrón en sus palabras que hace a Sirius ponerse en guardia. - He dicho que te vayas de aquí. ¡Sal de aqu…!

El muchacho había hecho amago de agarrar a Remus y sacarlo de su sitio a la fuerza, pero no llega a terminar la frase. La palabra nunca termina de salir de su garganta porque antes de que se haya dado cuenta, Sirius se ha levantado de la silla y se encuentra de pie, enfrente suyo, y con la varita apuntando a su garganta.

- Creo que el que debería salir de aquí eres tú, asquerosa serpiente.

- Vaya, vaya… - continúa el joven. Sus dos amigos se levantan de la mesa y se apostan cada uno a un lado de él. - Y tú, ¿quién se supone que eres?

Sirius va a contestar, pero uno de los otros dos Slytherin, el más alto, le interrumpe.

- Yo sé quién es. Es Sirius Black.

- Soy la persona que va a destrozarte si no arrastras tu culo fuera de aquí. No importa cómo me llame. - bufa éste. Los Slytherin comienzan a reír y eso hace que su rabia aumente aún más.

- Basta ya, Sirius, por favor. - En la mirada de Remus hay una súplica, algo que dice "hazme caso, vámonos de aquí, no te metas en líos". Pero en el fondo sabe que su amigo no suele obedecer a nadie, y mucho menos cuando está enfadado.

- ¡Sirius Black! - Exclama entonces el líder de los otros dos. - Un Black, en Gryffindor. ¿Te han echado ya de casa tus padres, chico? He oído por ahí que no van a acogerte en casa cuando vuelvas por deshonrar el apellido…

Sin mediar palabra, el aludido agita la varita con un golpe seco y murmura Expulso. Su intención es hacer tropezar hacia atrás a los tres jóvenes pero, como nunca ha usado ese hechizo (de hecho, acaba de conocer su existencia hace unos minutos por casualidad, ojeando los apuntes de Remus) el único efecto que consigue es hacer que todos los libros de las estanterías próximas salgan disparados en distintas direcciones. De todas formas, cumple su propósito: Un pesado ejemplar de "Antología de Hechizos del siglo XVIII" cae sobre la cabeza del chico rechoncho, y los otros dos se esconden rápidamente bajo la mesa para evitar correr la misma suerte. Finalmente, huyen, ante los ojos atónitos del resto de la sala, que mira a Sirius (y éste se ríe en voz alta, como si no estuviese en un sitio en el que hubiese que guardar silencio) con una mezcla de asombro y desprecio por haberles despistado de sus apuntes. Remus esboza una media sonrisa que espera que Sirius no vea. Está horrorizado por lo que le ha hecho a sus preciados y antiguos libros, pero de no ser así, reconoce que la broma hubiese tenido gracia. Unos pocos aplauden, y más tarde se les suman unos cuantos más, desembocando en una oleada de vítores dispersos, risas y malas caras por parte de aquellos que intentan con empeño volver a concentrarse en el estudio que se interrumpe súbitamente cuando la señora Pince aparece y mira a Sirius, el inequívoco causante del desastre. La mujer le agarra del cuello de la camisa y le arrastra fuera de la Biblioteca sin mediar palabra. Aproximadamente media hora después Sirius vuelve y se sienta al lado de Lupin, peinándose la parte de atrás del pelo con los dedos y como si no hubiese pasado nada.

- Espero que te haya torturado vilmente por lo que les has hecho a esos libros. - susurra Remus, nada más verle.

- Nah. Me ha sermoneado durante como treinta minutos con todo eso de los-libros-son-importantes y tienen-mucho-valor y todo eso que tú siempre dices y, por Merlín, pensaba que habías poseído a la dichosa señora… Me ha llamado vándalo un par, o dos, o una docena de veces y ya está. Solo me ha castigado a ordenar la biblioteca durante todas las tardes de esta semana, y después, el curso que viene, una vez al trimestre, pero… No pasa nada. Además, deja de fingir que estás indignado… Te ha hecho gracia.

- Lo cierto es que me resultaría notablemente más cómico que me arrancasen el hígado y me lo hiciesen comer, pero he de reconocer que te lo agradezco.

- ¿Agradecer? ¿Agradecer el qué?

- Por defenderme, Sirius.

- Ah. - Sirius se estira sobre la silla, se pone los brazos detrás de la cabeza y bosteza. - Eso no es nada. Pensaba que me dabas las gracias por hacer tu vida un poco más divertida.

Remus niega con la cabeza. No piensa dejarle ganar esa batalla.

Y así, Sirius se ve obligado a acudir a la biblioteca cada tarde y recolocar los libros, colocar las sillas de vuelta a su sitio y limpiar las mesas. Al final, la figura de Sirius, James y Peter (estos últimos porque se aburren en la Sala Común sin ninguno de sus dos amigos) en la Biblioteca, en el lugar favorito de Remus, ya no le resulta a éste tan extraña. Incluso podría llegar a acostumbrarse a estudiar con ellos tres alrededor. Ellos llegan a dejarse convencer por su amigo de que deberían al menos leer sus libros de texto aunque fuese un par de veces antes de que acabe el curso. Remus asume que no puede pasar las veinticuatro horas del día estudiando y de vez en cuando, se deja distraer por James y su ajedrez mágico, mientras Sirius y Peter discuten por quién elige los vinilos del gramófono. La última tarde de antes de los exámenes la pasarán encerrados en su habitación. Sus compañeros de casa se quejan frecuentemente de que el sonido de la música no les deja estudiar; pero Remus ha encontrado un hechizo insonorizador en uno de los libros que cogió de la Biblioteca para leer por placer y ampliar conocimientos. No estaba demasiado seguro de ser capaz de ejecutarlo correctamente, pero tras dos intentos, el hechizo funciona. Para comprobarlo, hacen a Peter salir hasta la Sala Común. Después, James y Sirius comienzan a gritar con todas sus fuerzas, cosas como "La profesora McGonagall y el profesor Dumbledore comparten gorro de dormir". Peter comprueba que, efectivamente, no se escucha nada desde fuera, aunque se pregunta qué castigo hubiese recaído sobre ellos dos si el encantamiento hubiese resultado fallido.

Así pues, pasan aquel último día escuchando a David Bowie y Deep Purple. Si bien no es el estilo de música favorito de Remus, no podría decirse que no le guste, así que deja gustosamente a sus amigos acaparar su reproductor de música. Al final, por la noche, caen rendidos, con los estómagos llenos de la cena, sin quitarse los uniformes y, sorprendentemente, sin el mínimo atisbo de nerviosismo por lo que les espera los tres días siguientes. Cuando Sirius, el último en conciliar el sueño, comienza a respirar acompasadamente, las últimas notas de The Man Who Sold the World se desvanecen en el tocadiscos.

Los tres días de las pruebas finales pasan más rápido de lo que esperaban, y sin mayores percances. A James y Sirius se les pegan las sábanas el primer día y casi llegan tarde a la primera prueba de Historia de la Magia. Después, copian durante casi todo el examen de Encantamientos cuando el profesor Flitwick no mira. Al día siguiente, en la prueba práctica de Transformaciones, James hace un movimiento incierto con la varita que hace que, además de transformar su cerilla en una aguja, el sombrero de la profesora McGonagall salga volando por los aires y quede atrapado en la lámpara de araña del techo. Peter, sorprendiendo a todos, sobresale en la prueba de Herbología siendo el único capaz de trasplantar sus bulbotubérculos al primer intento. Remus supera todas las pruebas sin el mayor esfuerzo, pero sufre un ataque de nervios en Pociones cuando su Solución para Encoger se torna de color anaranjado en vez de verdoso, pero Sirius le hace un gesto con la cabeza indicándole que debe echar algo más de raíces de margarita, y finalmente logra terminarla correctamente. Los exámenes finalizan el tercer día a las 13:00 con la prueba de Defensa Contra las Artes Oscuras. Después, todos los alumnos bajan al Gran Comedor, entusiasmados de haber terminado el curso por fin. Remus, Sirius, James y Peter salen de la clase con la sensación de haberse quitado un enorme peso de encima, ríen y bromean. Pero, pasados unos segundos, y mientras bajan las escaleras hasta el vestíbulo, una carga aún más grande cae sobre sus hombros: Les quedan escasos días para estar juntos antes de volver a sus hogares.

El festín de los muertos

Sirius cree que se va a derretir cuando cruza las enormes puertas del gigantesco vestíbulo de Hogwarts, que meses atrás pisó por primera vez con cierto nerviosismo, hace un calor de mil demonios se estira, su camisa es de manga corta, por lo que no puede recoger los puños hasta el codo; la corbata sin forma cae por sus hombros y el muchacho cree que no podrá aguantar mucho con los pantalones puestos pero igual al resto del colegio no le parece bien que me quede en ropa interior. Sirius está contento, por fin ha terminado y sin embargo no puede evitar sentir cierta nostalgia. Queda una semana de curso y parece que el día anterior estaba sacando sus cosas de la maleta, despotricando contra sus compañeros de habitación y disfrutando de haber hecho enfadar a su madre una vez más entrando a formar parte de la Casa Gryffindor. Ahora lo ve todo desde una perspectiva distinta; Hogwarts es el único hogar que ha tenido y siempre es complicado marcharte de casa. A Sirius no le costó nada salir de Grimmauld Place 12 el día 1 de septiembre, de hecho, cualquiera que le hubiera visto habría pensado que me habían colocado petardos en el culo, pero ahora, sus pies pesan y se niegan a avanzar. Porque no quiere marcharse. Porque no se ha ido todavía y ya quiere volver.

-Creo que me va a estallar la cabeza.

Sirius se vuelve y descubre a un cansado y más pálido de lo habitual Remus, que le sonríe amistosamente. Recuerda el primer día que le vio e instintivamente le golpea el hombro con el puño con trabajada suavidad. Se pregunta qué habría hecho durante todo el curso sin la ayuda del joven de pelo rubio y brillantes cicatrices. Suspender todas y cada una de las asignaturas. Remus se mantiene en silencio, como casi siempre. Los dos se quedan en pie, con el sol bien alto sobre sus cabezas, mirando el extenso jardín que hay delante de ellos. Varios alumnos de séptimo se abrazan con fingida seriedad adulta y los dos niños se intentan imaginar a sí mismos en seis años; pero son incapaces. Sirius no tienen ni idea de cómo será en seis años, no tiene ni idea de cómo será al día siguiente, pero si tuviera que apostar todos los galeones que robó de la cómoda de su madre antes de comenzar el curso y de los que aún quedan unos cuantos, aseguraría que en ese futuro, su tímido y debilucho amigo Remus, estará.

-Seguro que sacas cien puntos en todos los exámenes, de hecho he escuchado que hay alumnos que pueden optar a mejorar incluso la nota perfecta y me atrevería a decir que tú serás uno de ellos.

-¿Y de qué me sirve eso?-se lamenta Lupin-Creo que preferiría sacar una puntuación mediocre y quedarme aquí todo el verano con vosotros que volver a casa… Aquí hay… color.

-Color…-repite Sirius con la vista fija en la hierba. Es cierto, Hogwarts es color. Grimmauld Place es un gigantesco agujero gris y apagado y Hogwarts es la luz, la diversión, las risas y el calor de la buena compañía-Sí, pero volveremos pronto. No tendrás ni tiempo de echarnos de menos.

-¿Quién ha dicho que os vaya a echar de menos, Sirius?-Remus se hace de rogar, y el chico lo nota. Sabe que no comprende muchas de las cosas de su amigo, que hay algo en su interior que no está preparado para contar al mundo, pero en cuestión de expresiones faciales, Remus Lupin es una persona bastante evidente-La verdad es que me encantará poder tirarme en la cama a leer y que no estéis James y tú gritando y dando saltos o pegándoos puñetazos.

-Nos echarás de menos.-ríe Sirius. Y es un perro. Sirius Black es un perro.

-Tíos…-una voz ronca a su espalda les despista, y James, con exagerado dramatismo me muero, tíos, me muero se deja caer entre los dos esperando que impidan su caída. Pero no es así. El niño cae al suelo antes de poder reaccionar y las carcajadas resuenan bajo el techo parcialmente abovedado que produce eco.

James se gira para mirarles a través de sus gafas y se cruza de brazos, tumbado cuán largo es.

-¿Te has hecho daño, Jimmy?

-Sois los peores amigos que he tenido nunca.

-Y tú eres la persona más dramática que he conocido en mi vida.-suspira Remus tendiéndole una mano que el muchacho acepta sin dudarlo un instante.

-¿Dónde está Peter?-pregunta Sirius sin demasiada preocupación.

-No lo sé, quiero decir…-James vacila-Creo que me dijo que le esperara pero es que vine corriendo porque vi que Lily salía por la puerta y quería preguntarle qué tal su examen y… No la veo…

-Evans pasó hace un rato con el imbécil de Snape-dice Sirius-, ¿qué te importa cómo le haya salido el examen? Seguro que saca cien puntos.

-Seguro.-asiente Remus.

-Yo creo que voy a repetir, ¿se puede repetir en Hogwarts?-James no parece preocupado al decirlo, al contrario, mete las manos en los bolsillos y sonríe mirando el Lago Negro a lo lejos.

-¡No vas a repetir!-exclama Lupin-Tendrías que ser medio imbécil para no aprobar esos exámenes… Además, ¿qué sería de nosotros contigo en un curso menos?

-¡Exacto!-Sirius se une-¿A quién insultaría yo? ¿A quién miraría para sentirme aún más guapo?

-Sirius…-el chico de gafas suspira-No sé qué día entenderás que soy mil veces más guapo que tú.

Sirius Black ríe que te lo has creído, gafotas engreído. Y hacen un trato. Estrechan las manos en señal de acuerdo haremos una encuesta a las chicas del curso sugiere James vas a llorar durante años, Potter.

-Podríamos incluir a Peter en la encuesta.

-¿A mí?-pregunta una voz emocionada-¿Dónde? ¿Qué?

-Hablaba de otro Peter-se apresura a contestar James-. Un primo mío que también es primo de Sirius, ya sabes, por eso de las familias unidas de pura sangre y tal.

-A veces creo que mis padres son hermanos, o primos… O tíos…-Sirius murmura incoherencias mientras los cuatro bajan las enormes escaleras que conducen a los jardines traseros.

-Eso explicaría tu torpeza-sonríe James. Sus tres amigos se detienen y le miran "¿En serio? ¿Lo dices tú?"-¿Qué pasa?

-¡Pero si tropiezas con tus propios pies cuando caminas!-gruñe Sirius.

Y James se enfada porque eso no es cierto y Remus le entiende pero no es capaz de mentirle, y Sirius pero no te preocupes, creo que sólo nos damos cuenta nosotros.

-Chicos-Peter interrumpe la pequeña riña-. Tendremos que subir a hacer las maletas y ordenar todo, porque habrá que dejar el dormitorio bien limpio y hay muchas cosas que tirar ¿os parece bien?

Sirius apoya el brazo en el hombro de James de forma casual en esa postura que todas las chicas reconocerán unos pocos años después como "Sirius y James están ligando conmigo" pero que ahora no es más que una simple inercia.

-Limpiar, dice.

-Ordenar, dice.

-Sí…-Peter parece cohibido.

-Las personas aburridas limpian-los ojos de Sirius brillan con desafío-. Y como nosotros no somos personas aburridas no vamos a limpiar.-hemos limpiado suficiente durante todo el curso, Merlín me libre.

-Pero…

-Así que ahora vamos a ir los cuatro al…-tuerce la boca-Bosque Prohibido.

-No.-Remus niega con la cabeza tan rápido que el pelo le golpea en las mejillas.

-¿Por qué no?-pregunta James-Es de día, la gente está ocupada y tampoco nos alejaremos mucho.

-¡El Bosque Prohibido es peligroso!-exclama el joven licántropo lo sé, lo he visto con mis propios ojos. Pero para variar, sus advertencias no sirven para nada porque James es el primero en dar varios saltos sorprendentemente ágiles en la dirección adecuada. Peter corretea tras él y Remus se cruza de brazos enfadado. Los dos niños le miran con impaciencia y Sirius a su lado le observa curioso.

-No pienso moverme.

-Pues te muevo yo.-Lupin no lo ve venir, pero Sirius le coge de la muñeca con su mano ¿cómo tiene tanta fuerza? y le arrastra junto a los demás. Al niño no le queda otra que empezar a correr para no caer al suelo y mientras maldice de todas las formas que conoce, se le escapa una risa ¿qué me pasa? y Sirius lo interpreta como un "¡vamos más rápido!" y los dos adelantan a James que más que correr, pasta. El chico de gafas, competitivo por naturaleza, no tarda en colocarse de nuevo a la cabeza y un jadeante Peter se queda atrás entre gritos¡Chicos! ¡Chicos! ¡Que me quedo atrás!

La imagen es digna de ver; James sonriente, corriendo peligrosamente de espaldas, con Sirius siguiéndole de cerca ¡Vamos, Remus! y un cansado Lupin unido a él por las manos los mataré… y tras ellos un regordete Peter a varios metros de distancia.

Finalmente gracias, Circe todo poderosa se detienen y Remus puede apoyarse en un árbol para recuperar la respiración.

-¿Estáis locos?-jadea.

-Huele bien.-James da varias vueltas sobre sí mismo, con los ojos cerrados y bocanadas de aire que se filtran entre los huecos de los árboles le revuelven el pelo, creando un efecto hipnótico.

-¿Qué clase de bichos habrá en el Bosque?-pregunta Sirius con curiosidad, caminando en círculos en el pequeño claro; en realidad ninguno de ellos tiene verdadera intención de adentrarse en el Bosque, le tienen respeto. No son criaturas que puedan defenderse en un lugar como ese. Mágico. Peligroso. Letal.

-Centauros, unicornios, arañas, lobos…-James enumera-¿Qué es lo que no hay?

-¡Gente con dos dedos de frente!-protesta Remus-Porque la gente normal se queda en el castillo.

-Oh vamos, Remus, relájate-casi le suplica James-. Ya no quedan exámenes y esto es todo nuestro.

-El tonto de haba tiene razón-coincide Sirius mientras estira el brazo para alcanzar una rama alta e impulsarse, como un mono, hasta sentarse sobre un grueso tronco horizontal-, disfrutemos de lo que nos queda aquí.

Lupin sabe cuando pierde las batallas, así que simplemente y con toda la dignidad del mundo, se sienta con cuidado sobre la hierba, bajo la sombra del enorme árbol al que Sirius se ha subido. Al rato, James ocupa un lugar a su lado y (para variar) comienza a atosigarle a preguntas.

-¿Y qué estudian los niños muggles en el colegio?

-Bueno,-Remus se lleva la mano a la barbilla-a mí me enseñaban números, literatura y cosas como la Ley de la Gravedad o que la Tierra es redonda.

-¿La Ley de la qué?

-Resulta que los muggles dicen que existe una fuerza que impide que vuelen y que les atrae irremediablemente hacia el centro de la Tierra.

-Pero eso es mentira.-bufa Sirius y James asiente con efusividad ¿cómo volamos con las escobas entonces?

-Supongo que la magia no se ata a las leyes de la física-explica Lupin-. Los muggles han desafiado la Ley de la Gravedad haciendo volar sus aviones y mandando cohetes a la Luna.

-¿Cohetes?

-Son unos petardos gigantescos que vuelan y van al cielo.-interviene Peter contento de poder explicar algo que sus dos compañeros no saben.

-¿LOS MUGGLES HAN ESTADO EN EL ESPACIO?-grita Sirius casi cayéndose del árbol.

-Tienen pensado llegar a la Luna.-susurra Remus. Pronuncia la palabra "luna" por segunda vez en un minuto, y su boca se llena de anhelo y al mismo tiempo de un respeto casi sobrehumano.

-La Luna…-repite James perdido en sus pensamientos-Siempre he pensado que los muggles son listos. Yo no sería capaz de vivir en un mundo sin magia. ¿Cómo hacen para arreglar las gafas cuando se rompen a diario? ¿Compran unas nuevas? sugiere preocupado Es que nadie rompe las gafas tanto como tú, James.

-En realidad los muggles tienen algo parecido a la magia que también es muy valioso-murmura Lupin sintiendo los ojos de sus tres amigos fijos en él con desmesurado interés-, tienen imaginación.

-¿Imaginación?-preguntan Sirius y James al mismo tiempo.

-Sí, los muggles son grandes escritores; los niños desde pequeños imaginan que vuelan, que son capaces de hacer levitar cosas, de cambiar la forma de los objetos… Muchos de los cuentos que las madres narran a sus hijos están llenos de magia. No todos los muggles la repelen, muchos de ellos se mueren por escuchar historias repletas de momentos mágicos.

-Mi padre me leía cuentos de muggles.-añade Peter emocionado.

-¿Y salen magos en esos cuentos? ¿Hablan de nosotros?

-Sí-Remus asiente-. Algunos de los cuentos están incluso escritos por autores magos que decidieron compartir nuestros secretos con los muggles, porque al fin y al cabo nunca nadie cree a los niños. Mi madre siempre decía que hay una magia más poderosa que la que usamos nosotros en las clases y es la de poder imaginar imposibles. Y eso los muggles lo hacen de maravilla.

James lleva un buen rato arrancando trocitos de hierba con los dedos, y en ese momento se detiene. Sirius se deja caer con delicadeza junto a ellos y Peter traga saliva. En un silencio que parece planeado, los cuatro escuchan el susurrar de las hojas, los sonidos desconocidos que provienen del Bosque y algún que otro crujido lejano entre las sombras. Finalmente, es James el que rompe el silencio con voz queda.

-Remus, ¿nos cuentas un cuento?

Lupin le mira sorprendido, pero su pecho se llena de calidez cuando mira a Sirius nunca le he visto esa expresión tan infantil y a Peter, deseoso de escuchar su rasgada voz.

-Está bien-asiente. La madre de Remus solía abrazarle por las noches mientras le susurraba cuentos de memoria al oído, los repetía cientos de veces, y es por eso que el niño se los sabe al pie de la letra-. Una vez, mientras atravesaba un cementerio, un hombre tropezó con una calavera. Enojado, le dio un puntapié y comentó en tono burlesco "muerto, te he maltratado, pero si no me guardas ningún rencor, ven a cenar esta noche conmigo. Te espero a las ocho." La calavera nada respondió y el hombre regresó a su casa. Por la noche, apenas habían dado las ocho, al ir a sentarse en la mesa, oyó unos golpes en la puerta…

-¡Es el muerto!-exclama James con los ojos muy abiertos.

-¡Calla!-Sirius le golpea la cabeza con la mano y mira al joven hombre lobo para que continúe.

-Abrió y vio ante él un esqueleto, envuelto en mortaja. "Vengo a cenar contigo, dijo el esqueleto. Como ves me he acordado de nuestra cita."; "Siéntate, mientras traigo una botella de buen vino, respondió el hombre", Se sentaron uno frente al otro y el hombre procuró que nada le faltase a su invitado. Pero, el muerto sólo fingía comer. En realidad, iba tirando debajo de la mesa todo lo que aparentaba llevarse a la boca. Cuando finalizó la cena, el muerto dijo a su anfitrión:"Todo ha estado muy bien. Ahora me toca a mí invitarte a cenar. Ven mañana a mi cementerio, a eso de medianoche, pero, si no vienes podrían sucederte desgracias irreparables.

James se pone la mano delante de la boca dejando escapar un disimulado bostezo, pero luchando por mantener los ojos abiertos.

-"¡No faltaré!" respondió el hombre. Al día siguiente, alrededor de medianoche, el hombre acudió al cementerio. La noche era oscura. Brillaban unas lucecitas y se podía oler un delicioso aroma de comida cocinada. El hombre llamó y la puerta del cementerio se abrió sola. A la luz de unas candelas encendidas, vio una mesa dispuesta. Unos muertos, vestidos con sus mortajas, estaban acabando de preparar la cena. En aquel momento, se acercó un esqueleto y le dijo: "Eres un hombre de palabra. Sentémonos, se está enfriando la sopa. Todos los muertos se instalaron en la mesa y nuestro hombre se sentó frente al que lo había invitado. Pero no se fiaba totalmente. Tal y como había visto hacer al esqueleto la noche anterior, fingió comer y beber, pero, en realidad, iba tirando debajo de la mesa lo que aparentaba llevarse a la boca.

La respiración pausada de Peter es ya evidente, hecho un ovillo en el suelo a poco menos de medio metro de ellos tres. Sirius le observa con expresión seria y James a su lado mantiene un ojo abierto expectante. El propio Remus siente que el cansancio se apodera de él, en la tranquilidad del Bosque; pero continúa.

-Al finalizar la cena, el muerto le dijo: Hombre, eres muy listo. Si no hubieses acudido a la cita te hubieran acaecido grandes desgracias y si te hubieses comido una sola miga de pan o bebido una sola gota de vino, te hubieras muerto en el acto. Ahora, vete y, en adelante, respeta más a…

La cabeza de Lupin cae lentamente sobre la rodilla de Sirius, que abre la boca exageradamente sintiendo el peso de la cabeza de su mejor amigo, dormido como un tronco en su hombro. Antes de que el joven caiga en los brazos de Morfeo, susurra muy bajito (tanto que nadie le escucha) "los muertos".

Cuando Remus se despereza lo hace con un sentimiento de familiaridad en el pecho; es el Bosque, la noche, el aire fresco casi veraniego que hace que su parte lupina aúlle con nostalgia. Se da cuenta de que tiene la mejilla apoyada en la pierna de Sirius y se levanta esperando un "REMUS QUÉ HACES", pero el muchacho duerme pacíficamente, con la cabeza apoyada en el tronco del árbol. Lupin no puede evitar reírse infantilmente al ver a James respirar pausadamente con la baba cayendo en el hombro de su amigo. No vas a tener colegio para correr, Potter. Un poco más lejos, Peter tampoco está despierto. Remus mira hacia el cielo y horrorizado cae en la cuenta, por primera vez de que es muy muy tarde.

-Chicos…-zarandea a Sirius, que gruñe molesto-James…

El chico se despereza y le sonríe ¿pero cómo puede ser alguien tan feliz y tan libre de preocupaciones?

-¿Qué ocurre?

-Que nos hemos dormido y es tarde, tenemos que volver al castillo.

-Mierda-el niño se lleva la mano a la cabeza y empuja a Sirius, que finalmente ladra y se incorpora-¿Se ha pasado la hora de la cena?

-Yo diría que sí…-se lamenta Remus porque tengo hambre, mucho hambre.

-Entonces sé de un lugar en el que nos llenarán los estómagos con gusto.

Despiertan a Peter que grita asustado ¡te juro mamá que yo no robé ese cochinillo! y cuando Sirius vuelve a ser persona, los cuatro corren por la hierba de vuelta al colegio; conforme se acercan, sus pasos se hacen más sigilosos, más cautos. Aunque nos pillaran no tendrían tiempo de expulsarnos Sirius no parece demasiado preocupado. Lupin sí que lo está. Mientras dejan a su espalda el profundo Bosque Prohibido sabe que una parte de él sigue allí escondida. Se siente tentado de volver, de correr como no lo ha hecho nunca, tan rápido que sus patas apenas rocen la hierba, dejarse llevar por el brillo menguante de la Luna casi veraniega; aullar como jamás ha aullado y ser libre.

Pero cuando sus zapatos pisan las baldosas brillantes del vestíbulo, no le queda otra que recuperar su humanidad y mientras se escabullen hacia las cocinas, agachados, como si eso les hiciese invisibles, Remus siente como la influencia de la Luna es menos cautivadora. James es el primero en pasar por el pasadizo y a él es a quien todos los elfos domésticos rodean "¡Amo Potter!", después Sirius, que intenta convencerles de que él es el "Amo Black". Algunos de los elfos asienten, pero otros niegan con la cabeza, indignados, mientras le ofrecen dulces de melaza a un sonriente James. Varios de ellos se acercan a Remus con onzas de chocolate en bandejas de plata ¿Quiere chocolate, amo Lupin? y el supuesto amo repite por décima vez desde que han empezado a visitar las cocinas que no, que no soy amo Lupin, soy Remus y con éxito consigue que por lo menos, se dirijan a él como "El amo Remus". Algo es algo…

Los cuatro niños comen hasta que no pueden más, sus tripas dejan de rugir y pronto tienen que pedirles a los elfos que dejen de sacar bandejas y bandejas de comida.

-Oyfe, Gemus, ¿gfómo acgabba fa hifoguia?-pregunta James con la boca llena de la última empanadilla de calabaza.

-¿Cómo va a acabar, Potter?-Sirius bebe un poco de zumo de uva-Y vivieron felices y comieron perdices.

-¡Genial!

Remus mira a Sirius así no es como acaba, pero el niño se encoge de hombros y le guiña un ojo cómplice que dice "Potter es impresionable, mejor que no le hables de muertos y esas cosas". Y Remus calla, porque en realidad sabe que Sirius tiene razón. A altas horas de la madrugada salen de las cocinas entre chillidos de agradecimiento y sorprendentemente llegan ilesos al dormitorio.

Lupin no tarda en dormirse, y lo hace pensando en el final del cuento, el Bosque Prohibido y sobre todo en sus amigos, porque de repente se le ocurre la curiosa idea de que por alguna extraña razón en ese dormitorio hay una magia mucho más poderosa que la que usaba Merlín o la que hacen los profesores en sus demostraciones prácticas: la de poder imaginar imposibles, porque al fin y al cabo, ellos, Los Merodeadores, son expertos en eso. En eso y en buscarse problemas.

Un mundo cambiante de color

La última mañana antes de partir, la habitación de los cuatro está curiosamente silenciosa y ordenada. Los baúles de cada uno descansan sobre las camas a medio abrir y esperando a ser cerrados segundos antes de que los prefectos griten por las escaleras que es hora de marcharse.

Peter rebusca por el suelo siempre me dejo cosas olvidadas y Sirius se aburre mortalmente mirando por la ventana. En el exterior hace muchísimo calor y no se escuchan las habituales risas y gritos infantiles; el curso ha terminado.

Es duro afrontar esa realidad, sobre todo porque parece que fue ayer cuando nos conocimos susurra Peter. Sirius asiente mientras pasa la mano por las cortinas rojas y echa un vistazo al que ha sido su dormitorio durante meses, el que en un principio le pareció lo más horrible del mundo y que ahora echará demasiado de menos. La cama de Remus está ocupada por el baúl (como todas), pero además su bufanda permanece cuidadosamente doblada hasta en verano se pone enfermo este tío y un libro de bolsillo "lectura ligera" que suele decir él. La cama de James es extraña; Sirius no recuerda haberla visto tan ordenada en todo el curso, en realidad, el dormitorio se ve vacío sin sus libros por el suelo, la ropa interior o incluso restos de poción mal hecha.

-Sirius, te mandaré cartas todo el verano-sonríe Peter-, ¡será divertido!

-Sí-asiente el muchacho-. Te mandaré alguna si mi madre no me envenena el desayuno.

Los ojos del pequeño Pettigrew se iluminan con emoción mientras cierra su pequeña cajita de cuentas, ¡Te mandaré tantas cartas que no te dará tiempo a leerlas! y Sirius suspira entre divertido y aterrorizado Merlín, ¿dónde me he metido?

-Mi padre tiene un gramófono como el de Remus, bueno, creo que es más viejo, pero es más grande, pero podría traerlo, no es que quiera que Remus se sienta intimidado porque mi gramófono es más grande o algo por el estilo, simplemente he pensado que así no tendríamos que compartir la música, aunque claro, por otro lado siempre está bien compartir canciones. Es divertido.

Sirius observa a su amigo, sentado en el suelo, hecho una bola, con el pelo claro extremadamente corto y pegado a la cabeza y los ojos pequeños relucientes.

Bueno, después de todo, Peter no ha resultado ser un compañero tan terrible, no es un cabeza hueca y su compañía resulta agradable. Parpadea y se le ocurre algo.

Se pone de puntillas para alcanzar su baúl y coge uno de los vinilos que adquirió en Navidad: My Generation. Le cuesta desprenderse de él, pero sabe que está haciendo una buena acción Peter necesita madurar musicalmente se dice a sí mismo cuando coloca la fina cubierta de cartón relativamente duro delante de los ojos de su amigo.

-¿Qué es eso?-pregunta Peter sorprendido extendiendo sus cortos brazos para cogerlo.

-Es un vinilo de The Who.-explica Sirius.

-¿T… The Who?

-Sí. Se lo iba a dejar a James, pero ese imbécil seguro que no le hace ningún aprecio, o lo rompe o se le cae chocolate encima o cualquier cosa. Así que prefiero que lo escuches tú.

-¿Y…Yo?-tartamudea Peter con la boca medio abierta.

-Sí, tú.

-N…No sé qué decir-el niño sonrosado traslada el vinilo hasta su baúl, dejándolo como si fuese de porcelana es de Sirius, tengo que tener tanto cuidado como si lo fuera-, muchas gracias… Sirius.

-Bah,-Sirius le quita importancia, pero cuando le da la espalda medio sonríe-no es nada.

Remus se lava los dientes; incómodo, limpia el cristal empañado para poder verse mejor: las cicatrices parecen menos marcadas por el poco color que ha cogido del sol. Lupin no es alguien que se ponga moreno fácilmente.

-Remus,-James a su lado acerca la cara demasiado al cristal mientras se toquetea el pelo con nerviosismo-siempre te lo he querido preguntar, ¿por qué te lavas los dientes con gelatina?

Lupin escupe y siente que la pasta de dientes le sube a la nariz, lo que provoca un ataque de tos escandaloso.

-¿G…Gelatina?-consigue preguntar.

-Sí, eso que te das en los dientes, de color azul, gelatina.

-¡No es gelatina!-Remus parece sorprendido, y luego se da cuenta de que en todo el curso nunca jamás ha visto a sus compañeros de habitación lavarse los dientes-Es pasta… Sirve para que los dientes estén limpios.

-¿Y por qué no usas un hechizo limpiador o pastillas limpiadoras?-James le extiende un tubo del que sobresalen varios caramelos de color rosado-Dejan los dientes blancos y saben bien.

-Prefiero seguir con mi pasta de dientes.

-¿A qué sabe?-James pone la mano, con la palma abierta hacia arriba-Echa.

-¡No puedo echarte esto! No se come.

-Que me eches…-los ojos del chico se vuelven agresivos y Remus se encoge de hombros tú verás…

James se chupa la mano con emoción y segundos después empieza a boquear como con asco.

-Pero…

-¿Tengo que decir "te lo he dicho"?-ríe Remus ante las expresiones que está poniendo el niño.

-¡PERO SI ESTO ES LO MEJOR QUE HE PROBADO EN MI VIDA!-exclama relamiéndose-Quiero más, ¿dónde lo compras? Dios, estos muggles cada día me gustan más.

Lupin se ríe toma, es toda tuya, tengo más en casa y James olvida que están en un baño y que a Remus no le gusta demasiado el contacto físico, en realidad olvida todo tipo de modales (como habitualmente) y se lanza contra él, abrazándole con tanta fuerza que el pobre hombre lobo tiene que boquear para respirar. Y sin embargo, sonríe.

Remus nunca fue capaz de hacer amigos en el colegio muggle, nunca nadie mostró interés por él ni por nada relacionado con su persona, y en ese momento, comprendió que siempre había estado equivocado y que no es que no hubiera buscado suficiente, si no que todavía no había llegado el momento de encontrar a alguien a quien llamar "amigos".

Recuerda el primer momento en el que vio a James, gritando en medio del vestíbulo que sería un Gryffindor "cómo mi padre", recordó la pelea con Sirius, el empujón, los tres en el suelo y la profesora McGonagall mirándoles con expresión seria. En ese instante, Remus supo que James era un cretino, un vago y un egocéntrico, "sólo quiere llamar la atención"; pero ahora que le tiene entre sus brazos, incluso cuando se aparta y le sonríe, sabe que James Potter es mucho más que eso y que pocas personas parecen ser conscientes de ello. James es un verdadero amigo, alguien en quien confiar y…

-Remus, gracias-susurra el niño cogiendo entre sus manos el tubo de pasta de dientes como si fuese el mayor tesoro del mundo-, ¡tendré que recompensarte por esto!

-Estaré esperando.-asiente Lupin ladeando la cabeza con los labios curvados hacia arriba. Porque es fácil sonreír, es fácil reír y ser feliz cuando está con ellos. Un simple chiste, una estúpida travesura, un comentario sinsentido y el pecho de Remus experimenta cosas que jamás ha experimentado. En el fondo de su corazón sabe que James no tiene que devolverle nada, porque tanto él, como Sirius, como Peter le han dado algo que valdría por todos los tubos de pasta de dientes del mundo: su amistad. Incondicional. Brillante. E… Incluso Circe sabe que eterna.

Las notas se entregan a los alumnos después de comer. En el último banquete, James y Sirius engullen sin pensar todo lo que aparece sobre la mesa, y guardan varios pedazos de tarta de melaza en los bolsillos de la túnica para más tarde. James se excusa diciendo que "Jo, las voy a echar mucho de menos, ¡ni siquiera mi madre las hace tan bien como los elfos!" Aquel día, por ser el último, la comida es especialmente sabrosa y abundante. Incluso Remus y Peter, que tienen el estómago algo cerrado por los nervios ante las calificaciones de fin de curso, comen carne asada y helado de chocolate y vainilla con caramelo hasta que no pueden más. Después, la profesora McGonagall reúne a los alumnos en la Sala Común para entregarles sus respectivos boletines. Los reparte por orden de curso: Primero los de séptimo, luego los de sexto… Los de primero, por tanto, tienen que esperar un largo rato hasta que llega su turno. En ese lapso de tiempo, el pánico se apodera de todos, sobre todo de Remus. "Es que voy a suspender todo, de verdad, de verdad que me salieron todos los exámenes muy mal…" Sus amigos, aunque no quieren reconocerlo, también sienten un ligero temor por los resultados. Finalmente, llega su turno.

- Black, Sirius. - Pronuncia la profesora, al tiempo que deja caer en las manos del aludido un sobre de pergamino con un sello de cera de color granate. - Si quiere mi opinión, señor Black, debería haber suspendido todo por vándalo, igual que su amigo Potter. Espero que su actitud cambie el curso que viene…

Sirius hace caso omiso y abre el sobre rápidamente mientras camina hacia donde están los demás. Es el primero, así que todos sienten curiosidad por saber qué ha sacado. James comienza a leer por encima de su hombro.

- ¡Tienes 100 puntos en Pociones, tío! - bufa James - ¿Qué eres, un empollón Slytherin?

- Cállate - Replica Sirius - Tengo un maldito 50 en Herbología. Pensaba que suspendería la asignatura más aburrida del mundo…

- Y 60 puntos en Historia de la Magia habiéndote pasado todas las clases durmiendo - Puntualiza Remus. - Felicidades, Sirius.

- En realidad, no contesté las tres últimas preguntas de ese examen porque me daba pereza escribir. Quiero decir… Veinte centímetros de pergamino sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mágica… Creo que me las sabía, pero… ¿A quién le importa?

- ¿Eso significa que hubieras sacado un diez si las hubieses contestado? - Peter no sale de su asombro, y trata de ojear un poco más las notas de Sirius: 75 puntos en Transformaciones, 80 en Defensa Contra Las Artes Oscuras, 90 en Encantamientos y 70 en Astronomía.

- ¿De verdad no contestaste preguntas de un examen por pereza? - Remus parece al borde del infarto. - Eres un irresponsable…

Pero no sigue reprendiéndole, porque es entonces cuando la profesora McGonagall le llama a él. Con un "enhorabuena, señor Lupin. Sin duda las mejores notas de su curso." le extiende el boletín que le corresponde, y cree que se le va a salir el corazón del pecho. Tiene 100 puntos en todas las asignaturas, excepto Historia de la Magia y Encantamientos, en las que supera la calificación máxima con 120 y 130 puntos, respectivamente. Sus tres amigos le felicitan, entusiasmados: James le abraza, Peter le sonríe y exclama "¡Sabía que eras el más listo de Hogwarts, Remus!" y Sirius le da una palmada en el hombro y murmura "Te dije que lo harías bien, tío.".

Las notas de Peter no son tan impresionantes como las de Lupin, pero tampoco son malas: La mayoría oscilan entre los 60 y 75 puntos, con la excepción de Herbología, en la que ha obtenido 95. Nuevamente, todos le felicitan, y él no puede evitar sentirse emocionado. James, después de haberse reído de Sirius por su calificación de Pociones, tiene que tragarse sus palabras con 100 puntos en Transformaciones. "Yo creo que le gustas a McGonagall, tío" dirá éste último. Sus notas son muy parecidas a las del joven Black, según Remus, "demasiado sobresalientes para no prestar atención ni estudiar nunca".

Con sus sobres en la mano y transcurrida la emoción inicial por sus buenos resultados, vuelven a su habitación para recoger sus cosas y tomar el Expreso, que les llevará de vuelta a sus casas. Aunque, ahora más que nunca, sienten que su hogar no se encuentra en Londres, ni en ninguna parte de Inglaterra, de hecho; su casa son esas cuatro paredes ahora insonorizadas en las que juntos han compartido más de lo que han compartido con nadie en su vida. Mientras arrastran sus baúles y pertenencias con pesar, en sus cabezas resuenan las risas, las peleas amistosas, las explicaciones de Remus sobre absolutamente cualquier cosa, las canciones de los Rolling Stones y todo aquello que les ha llenado de forma infinita durante los nueve meses de curso y ahora tienen que dejar atrás. Incluso los doseles rojos de las literas y las sábanas en las que aún permanece su olor parecen despedirse de ellos con pesar. Están ahí, los cuatro, observando aquel rincón del mundo que sólo les pertenece a ellos como quien se despide de un amigo o un familiar que no van a volver a ver en mucho tiempo.

- Oye, chicos. - Sirius rompe el silencio, y los otros tres se distraen de sus pensamientos un segundo y le miran. - Creo que no me podrían haber tocado unos compañeros de habitación mejores.

- Tienes toda la razón del mundo. - le concede James.

Los cuatro chicos salen de la habitación. Es Remus el que cierra la puerta por última vez. Le echa un último vistazo antes de bajar la escalera. Una simple mirada a la cerradura del habitáculo, algo que dice "no te olvides de nosotros, porque volveremos." Después, agacha la cabeza y emprende el camino hacia el vestíbulo.

La entrada de Hogwarts está llena de alumnos en ese momento: Los más mayores, los que ya no retornarán el año que viene, se despiden efusivamente de aquellos con los que han compartido sus años de colegio. Un grupo de chicas de tercero de Ravenclaw se funden en un abrazo colectivo entre lágrimas. Los más tímidos solo se dan la mano. En el aire flotan miles de promesas bienintencionadas: "¡Te escribiré todos los días!" "¡Nos veremos algún día en verano, ya verás!" "¡El año que viene va a ser incluso mejor que este!". Ellos cuatro se encuentran allí, en medio, contagiándose de la nostalgia de los demás pero sin cruzar palabra, tan solo alguna mirada vaga de vez en cuando. No necesitan expresar lo que sienten en ese momento, porque el vacío en sus estómagos es el mismo.

Del mismo modo en el que llegaron allí, Hagrid les conduce hasta las pequeñas barquitas en las que cruzarán el lago hasta donde se encuentra el Expreso. Recuerdan la sensación de asombro que sintieron la primera vez que vieron el castillo, de noche e iluminado por cientos de pequeñas lucecitas; esa vez, es de día, y no sienten asombro si no nostalgia. Lo único que les salva de ésta es que saben que volverán: Van a seguir disfrutando de Hogwarts durante mucho más tiempo.

Suben al tren los primeros. Sirius y James cargan con el baúl de Remus entre los dos para lograr subirlo al compartimento, ya que él no tiene la fuerza necesaria. Escogen uno de los últimos vagones a propósito y esperan que nadie más intente sentarse allí. Quieren disfrutar de su último momento juntos. Pasan casi todo el viaje rememorando cosas que han sucedido aquel curso: Cómo se hicieron amigos, todas las bromas y travesuras, las aventuras bajo la capa. Después, pasa la señora del carrito de los dulces, y James saca una pequeña bolsita de cuero que contiene los galeones que le han sobrado a final de curso y vuelve a entrar al compartimento con los brazos cargados de dulces de todos los tipos, tamaños, formas y sabores. Siguen llenos del último banquete, pero aun así, comen hasta reventar. Así pasan el viaje de vuelta: Recordando y saboreando dulces, como los niños que son. Después, a escasos cinco minutos de King's Cross, cambian sus túnicas por la ropa muggle. Cuando el tren para en la estación, James saca de su baúl cuatro piruletas enormes con sabor a cereza; les entrega una a cada uno de sus amigos y se queda la última para él.

- ¡Volveremos a vernos antes de que podáis terminároslas!

No pueden evitarlo: Sonríen todos a la vez por la inocencia y buenas intenciones de James. Después, llega la hora de despedirse.

Peter, en realidad, está deseoso de llegar a casa y contar todas sus peripecias a sus padres; pero, por otro lado, no quiere dejar atrás nunca a esos amigos que ha hecho y que siente que permanecerán a su lado pase lo que pase. A Remus le espera un solitario verano en casa de su abuela que, supone, aprovechará para leer y tocar el piano tranquilamente, aunque en realidad, no dejará un solo segundo de echar de menos a los tres chicos que por primera vez, han sabido valorarle y quererle, no discriminarle, por quien es. James, por su parte, añorará tener compañeros de travesuras, compartir horas y horas de música, exteriorizar todas esas preguntas sobre todo en general que siempre se hace. Sirius tendrá que sufrir largos meses de verano recluido en su habitación, tratando de lidiar con el desprecio de su madre y su familia en general hacia él, ahora un Gryffindor. Aunque, en realidad, piensa que si gracias a ser Gryffindor y "traicionar a su sangre" ha pasado un año tan increíble como aquel, realizaría cientos de traiciones consecutivas cada día.

Al bajar del Expreso y sin pensarlo, de repente, se encuentran sumidos en un fuerte abrazo grupal. Después, se despiden sin mediar palabras; solo gestos, miradas que dicen "muchas gracias por todo, chicos" y que se mezclan con el vapor de la locomotora y el gentío. Y después se marchan, sin atreverse a mirar atrás y sintiendo que dejan allí una parte enorme de ellos. El andén nueve y tres cuartos esperará pacientemente a su regreso.