Epílogo

Arnold le lanzó una rápida mirada a Helga. Ella se mantenía con esa actitud indiferente que él conocía muy bien. Esa fachada. Todo ese teatro. El mentón levantado, los brazos cruzados y el rostro ligeramente girado hacia un lado. Casi parecía que no le importa. Pero él sabía que es mentira. A Helga le importaba toda esa historia, se notaba por la manera en que alejaba su torso hacia atrás, casi como si temiese ser descubierta en su interés y por ello necesitase parecer indiferente o hasta desagradable. Y debía admitir que era halagador que le lanzara miradas rápidas mientras escuchaban a la Bruja.

Lo sabía, él debía ser quien extendiera la mano a esa situación para que ella tuviese una justificación para actuar de forma altruista. Aunque se notaba que deseaba hacerlo.

- Claro que te ayudaremos. –le habló con tranquilidad y antes de darse cuenta se encontró con los rizos negros de la Bruja contra su nariz.

Ella olía a alheña, una planta muy popular en India. El aroma era profundo y húmedo, como selva, pero lejos de tener aromas cítricos o dulces, era más bien robusto y perfumado. Arnold conocía esa planta porque de esta se sacaba un tinte que muchas mujeres hindús usaban para hacerse los tatuajes ceremoniales y temporales de henna. La Bruja parecía sinceramente agradecida, abrazándolo por la cintura y repitiendo un constante "Gracias" contra su pecho. Sin poder evitarlo, el rubio le lanzó una mirada a Helga, pero esta parecía completamente indiferente a que otra chica lo tocara.

¿Era normal sentirse decepcionado…?

La Bruja se separó y levantó el rostro con una radiante sonrisa que hacía que sus mejillas se vieran regordetas y pellizcables.

- Yo sabía que tú entenderías, que los dos lo harían. –le lanzó una mirada a Helga y su sonrisa se suavizó, casi maternal a pesar de ser más joven- Esto es muy importante ¿Están seguros que lo entendieron bien?

- No somos tontos ¿Sabes? –la rubia sonrió de lado- Bueno, por lo menos puedo hablar por mí.

- Tan simpática… -susurró Arnold y retomó su atención a la Bruja- Yo veré que se haga como se debe.

- Usualmente lo haría yo, pero como alguien adelantó la Casa Abierta… -la mirada chocolate se clavó en el chico- y coincidió en esto, la directora no quiso romper las reglas.

- Descuida. –Helga descansó su brazo sobre el hombro de Arnold- El próximo año revisaremos muy bien las fechas de defunción de todo el mundo para nuestros eventos.

- ¿Nuestros? –la Bruja recorrió con su adormilada y natural mirada a los dos chicos- ¿Tanto te has involucrado en las cosas de Arnold?

- Que cómica… -masculló la rubia, aunque un ligero sonrojo se pintó en sus mejillas- Como Reina me debo involucrar en lo que haga mi Primer Ministro ¿No crees? –y lo dijo con tanta seguridad que le robó una carcajada a sus dos acompañantes.

- Ya veo. Su alteza, –la pelinegra hizo una reverencia a la chica- señor Shortman. –estrechó la mano de Arnold- Me tengo que retirar, el grupo de teatro está por presentarse ¿Están seguros que no debo repetirles las instrucciones?

- No ¡Ya fuera de aquí! –ordenó Helga, empujándola lejos de los dos.

La chica soltó una pequeña risa y miró a Arnold.

- ¿Te fue bien con nuestra preciosa y letal reina? –le preguntó en español, haciendo que el chico sonriera ampliamente.

- Muy bien ¿Se nota?

- Totalmente. Y me alegra. Mucha gente ha estado preocupada por ella. Aunque se vea letal, tiene amigos que quieren su felicidad. Realmente espero que tú seas esa felicidad.

Ambos compartieron una mirada de entendimiento, sin percatarse como la furia de cierta chica iba elevándose por ser excluida.

- Obviamente -continuó la Bruja- espero que ella sea la tuya. Hay un gran potencial en ti.

- Hey…

- ¿Las cartas te lo dijeron? –bromeó Arnold sin prestar atención a Helga, disfrutando de hablar la lengua que por años había sido la primordial para él. Algo tenía el español, con su cálida forma de envolver las palabras, que añoraba en el inglés.

- Tus ojos. –y la Bruja dio un salto hacia atrás cuando Helga se interpuso entre los dos.

- ¿Quieren que me vaya? ¿No les han dicho que es grosero excluir a la gente? –gruñó y realmente con justa razón.

- Lo siento, Helga. –Arnold sonrió culpable- Pero sospecho que… -notó como la Bruja le hacía señas para que siguiera hablando mientras ella huía- no te hubiese gustado nuestra conversación. –cuando notó que la rubia se quiso girar en búsqueda de la otra infractora, él se apresuró y la tomó de la muñeca.

- ¿Y por qué? –rápidamente Helga se soltó para cruzarse de brazos y mirarlo expectante.

Arnold notó que la pelinegra ya estaba a gran distancia y cerca de adultos que estaban visitando la Casa Abierta.

Bien… estaba a salvo.

- Porque hablábamos de nuestros –la señaló a ella y luego a él- sentimientos.

- ¿Qué? –la chica se giró rápidamente y soltó un gruñido al notar que su presa había huido- ¡Demonios! –retomó su atención hacia Arnold y lo agarró del cuello de su camisa, jalándolo hacia ella hasta tenerlo extremadamente cerca de su rostro- Realmente tienes agallas…

- Tienes razón ¿Sabes por qué? –murmuró, sonriendo ligeramente.

- ¿Qué…?

Y Arnold retiró toda distancia y la besó suavemente.

Ahí, en medio del patio de la preparatoria, con algunos alumnos caminando por el perímetro y varios visitantes a su alrededor. Así que al chico no le dolió cuando Helga se apartó de golpe, sonrojada, agitada, y muy enojada lo fulminó con la mirada.

- ¿Qué estás haciendo? –gruñó.

¿Era extraño que le gustara producir esos furibundos gruñidos en ella…?

- Demostrarte que tengo agallas. –se defendió, como si fuese lo más natural del mundo.

- Te odio…

- No, creo que dejamos claro hace unas horas que tú realmente me…

Y la mano de la chica le tapó la boca abruptamente. Arnold podía considerar eso como un golpe contra sus labios. Pero no dijo nada. Solo sonrió. Y ella debió sentir la sonrisa contra la palma de su mano porque casi echaba chispas de sus ojos.

- Me voy con mi equipo. A mi exposición deportiva. Muy lejos de ti. Muchísimo. –aclaró, soltándolo y caminando a tal velocidad que parecía un trote ligero.

Y el chico solo sonrió ampliamente, cruzándose de brazos. Eso había sido peligros, extremadamente divertido y totalmente adictivo. Bien… tal vez estuviese describiendo lo que era el día a día junto a Helga pero ¿Qué podía decir? En realidad era como una droga y no estaba dispuesto a ceder con ella. La relación de ambos era interesante.

Arnold reaccionó de su ensimismamiento y sacudió sus brazos para reubicarse. Si, había mucho trabajo que hacer y no podía quedarse mirado el camino que Helga había tomado como si fuese un tonto enamorado. Él era el presidente del consejo estudiantil. Bien, también era un tonto enamorado pero podía mantener eso dentro y volver a su seriedad. No le costó demasiado encontrar a Phoebe y Siobhan que hacían un recorrido de rutina entre los puestos que estaban ubicados fura de los edificios dado que vendían comida. Aun se estaban preparando y algunos ajustes de último momento se estaban llevando acabo.

Antes de saludarlas, Phoebe se acercó a él y le acomodó el cuello de su camisa con una mirada desaprobatoria. El chico sonrió culpable, notando como Siobhan se reía de su terrible presentación. Y con justa razón, sus pantalones estaban manchados de tonos verdosos, al igual que su camisa y por mucho que la pelinegra se esforzara, era obvio que seguía luciendo mal.

- ¿Justo hoy? –era el tipo de pregunta que haría una madre el día de Acción de Gracias y viera una travesura de su hijo- ¿En serio?

- Lo siento… -se rascó la nuca, sin poder evitarlo- Pero tengo un cambio de ropa en nuestro salón de reuniones…

- Te rogaría que vayas a cambiarte. –Phoebe suspiró pesadamente, llevando sus manos a sus caderas y lo atravesó con su mirada- Me sorprende de ti, Arnold.

- Lo sé… -rogó con su mirada a Siobhan que hiciera algo para salvarlo- Lo lamento mucho…

- Ya, ya… Phoebe. Si no dejas de regañarlo, más tiempo estará vestido así. –ofreció amablemente la pelirroja- Así que déjalo ir.

- Bien. –susurró la joven- Pero no significa que te salgas con la tuya. Vamos a tener una seria charla después.

- Si mamá. –y antes de que fuese asesinado por una mortal mirada oscura, caminó rápidamente hacia el edificio principal.

Al ingresar, notó el torbellino animado de personas y eso le arrancó una sonrisa. Él sabía que no había sido así en los años anteriores. Pero por primera vez los estudiantes se estaban involucrando en sus actividades y en verdad se unían entre sí para lograr algo grande. Tal vez la mejor parte era que ese gran éxito se estaba formando entre todos. No se debía a una sola persona, un milagro ajeno o imposibilidades que mágicamente ocurrían juntas. No. Todo ese trabajo, las voces animadas, las risas y cada uno de esos estudiantes que cargaban cosas, pegaban carteles, corrían con trajes curiosos o practicaban en alto alguna canción… todos ellos habían sido motivados a demostrar lo que era capaces. Y esas eran sus posibilidades, altas, vibrantes y coloridas.

- Felicidades señor Shortman.

El chico se encontró con unos largos dedos tomándolo del brazo y le sonrió a la directora. Ese día lucía una larga falda añil hasta los tobillos con un corte lateral hasta su rodilla, botas negras de alto tacón, su figura mulata resaltaba con la chaqueta negra de dos botones plateados y la blusa blanca con un prodigioso corte en V. Su cabello se mantenía recogido en un formal moño que mantenía cada rizo bien controlado.

- Se ve muy bien señora Dumas. –lo dijo en forma de saludo y aunque ella agitó su mano para apartar el halago como si fuese una mosca, Arnold lo había dicho de todo corazón, pero no insistió- ¿Y a qué debo la felicitación?

- Obviamente no a su atuendo, que aspiro tenga otro o lo enviaría ahora mismo a cambiarse. –acusó la mujer, mirándolo largamente y notando el desastre que llevaba encima.

-Descuide, justo voy a cambiarme.

- Lo veo radiante y ¿Aun así me pregunta por qué lo felicito? –la mujer negó suavemente- Yo pensaba que estaba feliz del resultado de la Casa Abierta. No podría negarle un poco de orgullo al respecto.

- Esto es logro de los alumnos. –apuntó Arnold, señalando en ese preciso momento a dos estudiantes de último año cargando un gran tanque con una anguila eléctrica en este- Mi consejo estudiantil y yo solo los organizamos, conciliamos y encontramos puntos medios.

Porque los de último año habían querido usar un tiburón…

Si, una anguila era menos peligrosa.

Aunque él hubiese preferido peces de colores…

- Tal vez deba dedicarse a eso, señor Shortman. No sé, consejero, asesor… -la mujer se encogió de hombros mientras subían los escalones al siguiente piso y se distraían con las pancartas que promocionaban diferentes eventos realizados por varios clubs- ¿Profesor? ¿Sociólogo? ¿Relacionista…?

Arnold no pudo evitar reír abiertamente y negar, tomando por sorpresa a la mujer.

- ¿He dicho algo gracioso? –consultó, enmarcando una de sus finas cejas.

- No… pero sospecho que sus palabras se dirigían hacia diplomático. Una profesión que me sugirieron de niño. Me reía por la nostalgia. –repentinamente se detuvo y señaló a las puertas del consejo estudiantil- Me alegra que le guste como está quedando, pero debo irme a cambiar.

- Si, y yo debo monitorear a los profesores.

Ambos suspiraron pesadamente, sabiendo que a pesar de todo tenían una tarea difícil entre manos. Arnold se despidió rápidamente e ingresó al aula donde buscó en uno de los casilleros unos jeans negros y una camisa de un rojo oscuro que combinó bien con sus convers del mismo tono. Guardó las prendas que en tan pocos minutos se habían ensuciado y supo de inmediato que su madre estaría decepcionada al verlo con otro atuendo. Pero se encogió de hombros. Él sabía que al final se entenderían. Además, tenía trabajo que hacer.

No tardó en reunirse con Phoebe y se dedicaron el resto de la mañana a estar seguros de que todo estuviese a punto. Los puestos de comida comenzaron a funcionar cinco minutos antes de que los primeros visitantes llegaran. Aunque ya habían satisfecho las ganancias que habían deseado alcanzar, aun necesitaban contar lo que recaudaría cada grupo pero se sorprendió cuando Siobhan le informó que había gente comprando entradas y parecía que podrían duplicar su presupuesto para el año si seguían las cosas así. Arnold sintió que era un buen día, a pesar de lo atareado que estaba. Los salones tenían organizadas pequeñas exposiciones sobre alguna materia o presentaciones de lo más curiosas. El concurso realizado por los profesores tenía gran acogida. En varios lugares se podía ver el suelo como una enorme rayuela o tablero de juegos y en un par de ocasiones tuvo que esquivar dados gigantes. La gente se divertía y cuando probó una crepa dulce tuvo que admitir que la comida era deliciosa. Para la mitad de la tarde se encontró con sus padres y se sorprendió al encontrar a su tía Mitzi del brazo de su madre. Los saludó con entusiasmo y tuvo que admitir que los Shortman envejecían bien. Su tía estaba por llegar a los 90 años y aunque parecía un poco más baja que años anteriores, seguía lúcida, erguida y fabulosa con su sofisticada ropa de diseñadora. No le extrañó enterarse que sus abuelos se habían quedado para vigilar la casa de huéspedes. Cuando había sido niño, muchos eventos los había pasado solo porque sus abuelos tenían que encargarse de los inquilinos.

La tía Mitzi lo tomó del brazo, como parecía algún tipo de regla que tenían las mujeres mayores con él. No tardó en contarle sobre pícaras bromas que le había realizado al abuelo Phil. Y él no iba a negarlo, le encantaba que su tía hubiese dejado el café francés que había abierto en Hillwood para visitar la casa abierta. Arnold sabía que ella tenía un hijo, ya mayor pero él vivía en París, donde ella lo visitaba un par de veces al año. Así que comprendía que se sintiera sola. En realidad, le agradaba tener un buen vínculo con ella. Además, era buena jefa, cuando le ayudaba en su café y le hacía vestirse formalmente, siempre le dejaba comer la especialidad del día.

- ¿Estás cansado? –consultó su padre, apoyando su mano sobre el hombro de Arnold.

- Solo un poco. –mintió.

En realidad deseaba dormir toda una semana. Pero al mismo tiempo estaba con la suficiente energía para correr un maratón.

- ¿Buscas a alguien? –la voz de su tía le sorprendió y sonrió con ligera culpabilidad- ¿Todos están buscando a alguien? –notó- ¿Qué me perdí?

Arnold notó que sus padres se habían congelado en el acto de estirar sus cuellos y escudriñar por sobre la gente.

Y algo le decía que sabía exactamente a quien…

- Helga esta con el equipo de béisbol en las canchas superiores. –comentó, burlón, aunque él también la había estado buscando aunque sabía que no la vería.

- ¿En serio? Oh… -su madre se rio ligeramente avergonzada mientras su padre se rascaba la nuca- ¿Y…?

- ¿Podríamos verla? –apuntó Miles, sonriendo radiante.

Arnold asintió, mientras su tía Mitzi negaba en silencio y decía algo sobre pequeñas niñas celebridades a los ojos de gente de lo más curiosa.

- ¿No deberíamos llevarle algo de comer? –consultó Stella, mirando a los puestos- ¿Habrá comido?

- Mamá…

- Tal vez algo de beber, ha hecho bastante calor hoy. –Miles ya estaba guiando al grupo de regreso a los puestos de comida.

- Papá…

- Pero es bueno que coma algo. No es correcto hacer ejercicio con el estómago vacío…

- Tienes razón, pero algo saludable…

- ¡Hey! –el chico dio un par de aplausos para llamar la atención de la preocupada pareja- Me parece una excelente idea. –aclaró, notando la forma en que sus padres estaban por protestar- Pero estoy seguro que sus padres ya se encargaron de eso.

Porque Helga tenía una madre que le decía pequeña dama y le compraba regalos personalizados y pedía asesoramiento a sus amigos para felicitar a su hija ante sus victorias. Porque Helga tenía un padre que le decía jovencita y prefería que se quedara con ellos o era capaz dejar a su hija mayor para volver con ella todo el camino a Hillwood a verla irse con un chico que aunque muy responsable y conocido, seguía siendo un hombre. Porque Helga tenía una hermana que aun la llamaba bebé y procuraba llenarla con los mimos que sentía que le debía, con las comidas más deliciosas y las frases más afectuosas.

Helga tenía una familia. No la mejor. Pero no la peor. Esa era su familia. Y aunque le alegraba ver a sus padres preocuparse por la chica, debían recordar que no era correcto involucrarse en el territorio de otros padres que aun daban tropezones y se sentía inseguros a comparación de otras familias. Porque sus propios padres habían sido así cuando por fin estuvo con ellos, torpes, nerviosos y temerosos de que otros le robaran el tiempo con su hijo. Así que se hacían una buena idea de lo que vivían los Pataki. Y por exactamente lo mismo los respetaba.

No tardó en llegar la burla de su tía Mitzi al notar el sonrojo juvenil en Stella y Miles. Pero Arnold no dijo nada. Solo los guio hacia las canchas, ayudando a su tía a subir la pequeña colina y explicándoles a sus padres que Helga era la capitana del equipo de béisbol así que debía estar haciendo diferentes actividades con otros equipos al aire libre. Así que si bien no debía estar sobre-esforzada, obviamente estaría ocupada y sería mejor esperar a que terminara el evento. Después de todo faltaba poco para que ella tuviese su descanso.

Pero Arnold tuvo que admitir que realmente se sorprendió. Sin exagerar. No supo ni cómo reaccionar cuando al llegar a las canchas y caminar hacia el graderío notó la mano de Miriam llamarlos mientras la voz de Olga llegaba hasta ellos. Bob lucía indiferente pero por lo menos no estaba en contra. Así que era verdad… Arnold se sorprendió al notarlo. Los Pataki les estaban invitando a sentarse con ellos. Y sus padres aceptaron, con grandes sonrisas, presentaciones ligeras y…

Su madre estaba junto a la de Helga, hombro con hombro y una gran sonrisa cómplice.

¿Cómo…?

Los ojos del chico se lanzaron hacia la cancha, en búsqueda de Helga para encontrarse con una venda en los ojos de ella y levantando la mano con la bola de béisbol bailando entre sus dedos. En ese momento un chico corrió de una base a otra mientras gritaba "Aquí" y ella simplemente se giró y lanzó con seguridad. La bola lo golpeó en el costado a la par que el público aplaudía sorprendido. Lo volvió a hacer un par de veces, aun con el ruido de otros dificultando su trabajo. Pero no falló ni una vez. Casi como una maga, se quitó la venda e hizo reverencias al público. Big Bob se levantó de golpe y aplaudió con fuerza, levantando su puño como si animara a un boxeador. Helga rodó los ojos y fingió no reconocerlo. Pero Arnold notó la pequeña sonrisa de orgullo en sus labios mientras permitía a su bateador estrella lucirse con la velocidad en que se movía y cuantas bolas podía golpear en menos de un minuto.

Stella y Miriam hablaban entre sí…

Y se reían…

Arnold tragó nervioso e intentó buscar apoyo en Helga, pero esta se encontraba más ocupada organizando a su equipo y haciendo una enorme reverencia al público para luego retirarse a los cambiadores. Ella no había notado nada. Así que era el único que tenía que lidiar con la incertidumbre.

- No lo sabía… -Stella regresó a ver a su hijo, con sorpresa- ¿Por qué no nos dijiste que Helga y tú están saliendo?

La reacción fue inmediata. La tía Mitzi pareció encontrar divertida la situación porque se rio en silencio, mirando de un lado a otro las reacciones de todos. Bob le lanzó una mirada asesina a Arnold… algo le decía que no le agradaba la idea de que alguien se atreviera a esconder el hecho de una relación con su hija. Miriam lucía curiosa y por la rápida mirada que lanzó hacia la cancha casi pareció que sospechaba que todo eso había sido idea de Helga. Oh… y los padres de Arnold estaban completamente sorprendidos, con sus ojos bien abiertos y la curiosidad a punto de hacerlos explotar.

Lo había olvidado…

Ese era su castigo por mentiroso.

- He estado tan ocupado… -se aclaró la garganta- Helga y yo queríamos darles la noticia, juntos. –reconfortó a sus padres y notó como Bob se relajaba y parecía reconsiderar asesinarlo de una forma brutal.

Helga le había vuelto un mentiroso…

Un poco…

Tal vez se podía llamar sobrevivencia…

- Bueno, creo que ya era hora. –apuntó Stella, con reanimado ímpetu- Y espero que no hayan más secretos ¿Entendido?

Oh… si supiera.

Arnold sonrió ligeramente, asintiendo. Eso de mentir era fácil a veces. Porque había gran cantidad de verdad. Él sabía que Helga tenía sentimientos por su persona y obviamente él estaba locamente enamorado de ella. Pero aun no eran novios ¿O si…? ¿Qué eran? Por alguna razón sospechaba que le había dado el control para torturarlo. Así era Helga, una reina déspota y cruel que aprovechaba todas sus ventajas. Él mismo se había lanzado a sus garras sin pensarlo. Peor aún, en un momento de emoción le había permitido posponer algo serio entre ellos.

Eso le pasaba por romántico…

Eso le pasaba por cursi…

Porque ahora que estaba más tranquilo, sintió la pulsante idea de que ella encontraría formas de atormentarlo. No podía permitírselo. Si lo hacía, le dejaría jugar a un nivel superior y peligroso para su salud mental. Aún tenía clavado en su pensamiento la forma en que lo había besado después de la fiesta de Lorenzo, la manera en que lo había acorralado contra la puerta y lo había inmovilizado hasta que sus piernas se rindieron y terminó sostenido por ella. Helga había tenido todo el poder ene se momento, embriagada, acalorada y aun así más poderosa que nunca por su momento de debilidad. Peor aún, recordaba cómo había despertado en el sofá y lo primero que había pensado fue saltar a los pies de Helga y rogarle por otro beso así ¡Rogarle! No, no podía darle tanto poder, terminaría esclavizándose y él debía domar a su reina, ponerse como un igual y ganársela de esa manera. No suplicar. No ser sobrepasado por ella.

Aunque era tan tentador rogarle por otro beso así…

- ¡Olga! ¡Voy a comer cuando me siente así que dame un respiro!

Y ahí estaba. Por el camino se acercaba Helga, con unos jeans acampanados a la cadera y una blusa rosa sin mangas, con los primeros botones abiertos y que le llegaba justo sobre las caderas, exponiendo ligeramente su piel. Ahí estaban el par de cuervos tatuados que ligeramente se podían ver y ella no ocultaba, como si lo desafiara a regañarla por romper las reglas. Olga caminaba a su lado, agarrada a su brazo y hablando apresuradamente, mientras levantaba la bolsa que llevaba en su mano.

Arnold sonrió cuando la mirada de la chica se posó en él. Aun así, un ligero sonrojo llegó a sus mejillas, de pura euforia. La conversación que ellos habían mantenido en la mañana llegó a su mente demasiado rápido. Pero ella ni siquiera lo miró. Aunque… bueno, también había que considerar que los padres de Arnold se levantaron de un salto y la recibieron con fuertes abrazos, tomándola desprevenida.

El chico pudo notar como ella le lanzaba miradas de auxilio pero él se encogió de hombros. Eso le pasaba por no haberle prestado atención anteriormente. No podía doblegarse fácilmente. Desde el inicio había sido un choque impetuoso entre dos fuerzas destinadas a colisionar. El simple hecho que ya hubiese ocurrido y el resultado fuese positivo no significa que pudiese doblegarse. Necesitaba que Helga lo viera como un igual. Ella se merecía un igual.

Además, era divertido atormentarla…

Así que la dejó a merced de los mimos afectuosos de sus padres mientras Olga mantenía una ligera conversación con su padre. La risa de Miriam le hizo regresarla a ver. Le impresionaba la forma en que podía lucir tan joven, no había cambiado nada desde su infancia. En realidad, lucía mucho mejor, llena de vida y radiante.

- Tus padres son muy curiosos. –comentó la mujer, sin intención de ofensas- Temo que rompan a Helga.

- Aunque ambos vienen de familias afectuosas… -explicó pero la tía Mitzi rodó los ojos como si escuchara una gran mentira pero él se mantuvo firme en su idea- Algo me dice que fueron fuertemente influenciados en San Lorenzo.

- ¿Y tú fuiste influenciado? –preguntó Miriam, ladeando el rostro como lo haría un ave, con curiosidad absoluta y gracia que nunca antes había notado.

- Su hija dice que no respeto el espacio personal. Así que debe ser verdad. Los latinos gustan del contacto físico. –pero al notar la mirada de extrañeza en la mujer, él sonrió caballerosamente encantado de poder explicárselo- Los niños se abrazan mucho y las familias gustan de estar muy cerca, premian con afectuosos besos y dependiendo el país tienen curiosas formas para los cariños más inofensivos. Aquí el acurrucarse es algo solo de parejas. Pero allá las familias lo hacen mucho, se acurran unos junto a otros, se abrazan y son efusivos. Las amigas se toman de la mano o del brazo, los amigos se dan palmadas y aunque el contacto es brusco sigue siendo fraternal. –Arnold observó el cielo, recordando sus años en San Lorenzo, la forma en que sus tutoras lo abrazaban con afecto cuando hacía algo bien o el cómo los niños más pequeños lo abrazaban sin dudar después de horas de jugar- Los latinos ríen fácilmente, pero también lloran con facilidad, de alegría, de emoción, de odio y de tristeza. Ellos usan sus músculos faciales más que nosotros.

- Bueno… creo que ahora tú eres más como ellos que como nosotros. –comentó la mujer y dio unas torpes palmaditas en la mano de Arnold, apoyándolo- Eso es bueno. A Helga le vendrá bien.

El chico se sorprendió que en toda su explicación no comparara sus palabras al actuar de Olga. Al parecer, la mujer sabía que era totalmente diferente. La hermana mayor de Helga era afectiva, por supuesto y emocional, sin duda, pero muy expresiva e imponente con ello. Lo que él había explicado era diferente, natural, agradable, suave…

- ¿Lo extrañas…? –él levantó la mirada con sorpresa y la mujer sonrió- ¿Extrañas San Lorenzo?

- Mucho. Pero también extrañaba mucho Hillwood cuando estuve allá. Unas personas muy sabias… -la Gente de los Ojos Verdes, pensó- me dijeron que la naturaleza humana nos hace añorar siempre algo. Pero la forma más sabia de verlo es como el impulso para mejorar y nunca acomodarse.

- ¿Y por qué sería malo acomodarse? Mucha gente lucha por tener una vida cómoda.

- Porque acomodarse es perder sus sueños. Al acomodarse pierde el juego. Nunca se acomode, señora Pataki. Siempre tenga una meta. –le aconsejó y notó una dudosa pero curiosa sonrisa formarse en los labios de la mujer.

Sus padres por fin soltaron a Helga, momento preciso para que Olga la arrastrara a comer. Arnold sonrió porque le alegró notar que no se había equivocado. En verdad su familia se preocupaba por ella. Big Bob parecía encontrarle fallas a todos los jugadores y Helga lo amenazaba con un espárrago en el extremo de su tenedor mientras defendía a cada uno de los miembros de su equipo que había luchado por pulir. Pero también era verdad que no había ni una sola queja de parte de Bob hacia su hija ¿Ella se daría cuenta de eso? Miriam suspiraba resignada al ver la bolsa que contenía el uniforme sucio y Helga se reía a carcajadas burlonas, sin escrúpulos, porque después de todo ella lavaba su ropa desde pequeña y no dejaba a nadie más tocar sus cosas así que encontraba absurdas las preocupaciones de su madre. Olga no dejaba de halagar las habilidades de su pequeña hermana, parecía recordar con lujo de detalle cada golpe, giro, movimiento y mirada que había realizado. Solo la regañó por lucir tan seria en frente de tantas personas y la estrujó con mimo exagerado para que sonriera porque se veía mejor así.

Arnold tuvo que admitir que eso era verdad…

Repentinamente notó que no era el único absorto en todo eso. Sin contar a la adormecida tía Mitzi, sus padres estaban tan sorprendidos y encantados con la dinámica familiar de los Pataki que solo le hizo negar en silencio. Ellos estaban preocupados, obviamente. Y era bueno que vieran que no debían salvar a todos, que a veces la gente busca salvarse y no necesitan un aventurero antropólogo ni una entregada botánica para salir adelante.

Helga se lució con su actuación. Al terminar de comer, se ubicó junto a su familia, pero tomó de la mano a Arnold, con total naturalidad. Tal vez él fue el único que se estremeció como si fuese un niño. El estudiantado pareció incrédulo ante el espectáculo, pero tuvieron la sabiduría (y tal vez temor) de no hacer cualquier pregunta. Un par de horas después los padres comenzaron a retirarse, pues los siguientes eventos eran más estudiantiles y las exposiciones o demás detalles que podrían ser motivo de orgullo para estos habían sido ya retiradas. La tarde amenazaba con terminarse y tanto Helga como él tuvieron que despedirse de sus familias, manteniendo sus manos firmemente agarradas y sonriendo ante cualquier palabra.

Cuando por fin se vieron solos, la rubia se soltó rápidamente y antes de que él pudiese protestar, lo agarró del cuello de su camisa y lo estampó contra la pared.

¿Acaso ella creía que hacer eso era parte de un ritual de cortejo o algo así?

- Te voy a matar. Te voy a torturar y te voy a matar. Luego te voy a revivir y volveré a matarte. –gruñó, totalmente frustrada- ¿Tienes idea del impacto social que acabas de hacer? ¡Todo el mundo nos vio!

- Helga… me… -le hizo señas hacia abajo- Me asfixias… -susurró, sonriendo apenado, como si fuese su culpa necesitar oxígeno.

Eso la hizo gruñir con más fuerza, golpeándolo contra la pared y soltando ligeramente su agarre.

- ¡Y es exactamente ese tu problema!

- ¿Necesitar oxígeno…?

- ¡No! –lucía tan exasperada, su mirada azulada hervía- Ser tan… amable y dulce. No tendría este problema si me hubiesen visto de la mano con Wolfgang o… que se yo, Harold. Pero tenías que ser tú. El chico perfecto, el presidente del consejo estudiantil, el samaritano… el… el…

- ¿Chico de la jungla…?

- ¡Exacto! –rodó los ojos y por un momento se relajó- Bueno, en realidad eso si suena al tipo de chico con el que me verían… -negó con fuerza y retomó su ataque- No me importa lo que piense la gente. Pero necesito controlar este lugar con puño de hierro. No va a ser bueno para tu presidencia ni para mis cosas que crean que tengo corazón.

- ¿Mi presidencia…?

- ¿Te recuerdo que soy yo la que te ha cubierto las espaldas y arreglado tus desastres?

Y de repente se apoyó contra él, agotada. Simplemente se dejó caer contra su pecho, apoyando su frente justo sobre el hombro masculino. Sus manos seguían agarradas a su camisa pero se quedó ahí, tan sorpresivamente que él seguía con las manos a los costados, rindiéndose aunque ella ya no era una amenaza latente a punto de explotar.

- Si este descuido hace que me pierdan el miedo y por eso decidan atacarte… Tú eres muy tonto y no sabes cómo son las cosas. –susurró contra él.

Arnold sintió su corazón ensancharse. Así que era eso… ella estaba preocupada por él. Como siempre, como toda la vida. Y aun así lo tomó por sorpresa, de forma agradable y reconfortante.

- No tienes de qué preocuparte. –intentó tranquilizarla pero al segundo que atento con bajar sus manos, ella lo tomó por las muñecas y las volvió a atrapar contra la pared, a los costados de su rostro.

Una vez más lucía esa mirada encendida e intensa…

- Tú no sabes nada de esto. Esto no es San Lorenzo. Estos son los Estados Unidos. Los Malditos Estados Bélicos Unidos de la Nociva América. La directora Dumas ordenó que se quitara el detector de metales a la entrada de la preparatoria y muchos padres protestaron ¿Sabes por qué? Porque es normal que existan. –la rodilla femenina se clavó entre las piernas de Arnold, obligándolo a separarlas- Aquí es común que menores de edad carguen armas, drogas, amenacen a los profesores y nadie este a salvo.

- Pero aquí…

- No, aquí no es diferente. –ella negó con fuerza- Eso no lo sabes. Si, tal vez aquí sea diferente, pero tal vez no. La directora Dumas, tú y yo luchamos por dirigirlos bien, contenerlos, volver todo esto… menos estadounidense. Yo sé que para ti, chico de la jungla y alma latina, esto suena extremo. Pero no es así. –le soltó una mano pero él la mantuvo ahí para no enojarla, así, Helga acarició su rostro, despacio- Solo mira las noticias, busca en internet, todo el tiempo hay noticias sobre drogas, asesinatos y amenazas en los centros estudiantiles. Por ende, es normal que tema que te quieran dar una paliza al salir de clases por alguna de tus altruistas ideas que pueden afectar a algunos. Y para eso necesito que me teman ¿Entiendes?

Arnold asintió, bajando la mirada. En verdad era una reina, llena de obligaciones y responsabilidades. Tal vez muchas más que las de él, siendo presidente del consejo estudiantil. Después de todo ella estaba en un mundo sin reglas claras y que podía cambiar radicalmente sin avisarle.

- Hey… cálmate cabeza de balón. –se separó de él, sonriéndole de esa forma dominante y superior- Las cosas han ido mejorando desde que estas a cargo. Así que ánimo. Tú y yo estamos metidos en esto, pero me gusta. Así que deja esa cara de preocupación.

- Pero…

En verdad se preocupaba. No podía evitarlo. Él sabía que ella era fuerte, pero detestaba ponerla en una situación de riesgo. Aunque… viéndola así de seria y fulminándolo con la mirada, dudaba que alguien fuese capaz de ponerse en su contra y no darle por su lado.

Claro, cualquiera menos él.

- Terco. –susurró la chica antes de tomarlo del mentón y besarlo suavemente.

Muy lento, como un roce de sus labios. Aun lo tenía aferrado contra la pared. Pero su beso fue suave, una caricia ligera entre sus labios que casi no se tocaron. Y él sintió su piel erizarse por eso. La quería besar, indudablemente. Pero también era agradable esa suspensión del placer.

…por eso no podía ceder con ella… iba a volverse un esclavo si no se controlaba.

- Esta atardeciendo. –comentó sin desearlo.

Helga suspiró y lo soltó por fin. La mayoría de los alumnos se encontraban en el coliseo escuchando a las bandas seleccionadas y la fiesta parecía iniciar. Mientras ambos caminaban por la casi desértica preparatoria, podían notar a la distancia las ventanas iluminadas por juegos de luces y los gritos amortiguados por las paredes. El evento había sido un éxito y aunque aún no sabían a ciencia cierta cuánto habían recolectado, era refrescante ver a los alumnos tan entregados y divertidos.

- Lo hiciste bien. –susurró Helga y lo regresó a ver- Realmente lo hiciste bien.

- ¿Te divertiste…?

Ella sonrió de lado y lo golpeó en el hombro con cierta fuerza.

- Te responderé eso cuando terminemos con tu encargo de caballero andante.

Él asintió, mientras vigilaba alrededor y abría la puerta del edificio principal con un juego de llaves que tenía por ser el confiable presidente del consejo estudiantil. Y ahí estaba, rompiendo la ley. Helga pasó rápidamente y él entró, cerrando a sus espaldas.

- ¿Crees que la directora siga aquí? –consultó la chica, apretándose contra una pared para espiar por la hilera de casilleros hacia el sur del corredor.

- No, nos prometió al consejo vigilar ella misma, junto con los profesores, el último evento. Así que deben estar en el coliseo. Su idea era que el consejo estudiantil podría divertirse un rato o irse a casa. –se explicó, caminando tranquilamente- Así que deja el juego de espía.

- Pudiste avisarme antes. –la chica suspiró resignada, siguiéndole el paso.

Arnold le lanzó una mirada rápidamente. Helga podría haber dicho que no y haberse ido. Él no le hubiese forzado a estar ahí. Pero ella se había apuntado al plan sin dudarlo. Ahora la tenía a su lado. En ese momento notó que algo colgada de su bolsillo trasero, lo cual ella sacó y lo sacudió un par de veces para mostrar que era el viejo gorro de lana color gris que a veces se ponía como en ese momento. No le gustaba verla con eso puesto, ocultaba ligeramente su rostro pero ella parecía controlar su cabello así. Pero al parecer no había sacado solo eso del bolsillo, porque el ruido de envoltura le aceleró el pulso al notar que tenía la rosa paleta entre sus dedos, destellando casi con una luz propia.

El chico sintió que todo ocurría en cámara lenta, la forma en que ella levantaba su mano y la paleta recaía sobre su lengua extendida que se enroscaba entorno al dulce antes de atraparlo por un segundo entre sus labios y luego dejarlo entrar, mordiendo el palo con sus dientes.

- Hey… ¡Arnold! –el tirón en su brazo le evitó chocarse contra la puerta hacia la bodega que quedaba en el sótano del edificio principal- ¿Qué ocurre contigo?

- Yo… -nervioso tomó las llaves y buscó aquella que abría la puerta y torpemente logró abrirse paso y encender la bombilla que colgaba sobre los escalones que llevaban hacia abajo- Deberíamos apresurarnos.

Helga rodó los ojos y lo empujó adentro, ingresó justo atrás y cerró la puerta. Lo volvió a tomar de la camisa y lo estampó contra la puerta, apretándose contra él.

- El chico bueno no es muy listo. –le regañó, apagando la luz y dejando que las lejanas ventanas del sótano alumbraran apenas en sombras los escalones y sus cuerpos- Alguien notará que estamos aquí si dejas la luz prendida.

- Oh…

- Y no respondes mi pregunta. –soltó una de sus manos y lamió despacio la paleta, con una ligera sonrisa- ¿Por qué te distraes cuando saco una de estas?

Las tortuosas paletas dulces…

- Tú lo sabes. –admitió, sin ocultarse- Tú sabes por qué.

- ¿Lo sé? –preguntó con fingida sorpresa la chica, apoyando la paleta contra sus labios.

- Lo sabes muy bien. –rectificó, al notar la forma en que ella sonreía.

Helga le entregó la paleta y lo obligó a sostenerla, mientras ella se aferraba a las muñecas masculinas, aprisionándolo contra la pared. La sonrisa astuta en sus labios dejó sin aire a Arnold. Ahí estaba, la mismísima Reina. Y él no podía huir, no sabía cuál había sido su falta pero tampoco correría aunque quisiera. Helga lo sabía, por eso le separó con cierta brusquedad las piernas y se presionó con más fuerza contra él, peligrosa, tentadora. Ella no le temía, se sabía con el control. En realidad, Arnold sabía que él era el único subyugable y dominable de los dos, más aun cuando su respiración se volvía pesada y sus ojos no dejaban de mirar su boca tan cerca, tan cruel y sonriente.

- Tienes razón… -coincidió ella- Lo sé.

Y lo besó, como después de la fiesta de Lorenzo. Lo besó con fuerza, entrando en su boca rápidamente, deslizándose en una caricia sinuosa y lo recorrió sin perder tiempo, desde el borde mismo de sus dientes hasta su lengua, robándole un suspiro profundo. El frío piercing le raspó un poco el paladar pero eso solo le hizo estremecerse. En ese preciso momento agradecía a todos los seres el momento en que Helga había decidido hacerse un piercing en la lengua. Ella sabía a cerezas en ese momento, pensó Arnold, a cerezas y a fuego. Lo estremeció cuando le acarició el paladar y las piernas le fallaron. Aunque intentó mantenerse, ella apoyó su pecho sobre el masculino y ahí se fue la resistencia de sus piernas. Los pies del chico resbalaron y casi llegó a los escalones, bajando varios centímetros que Helga le permitió hasta dejarlo sentado, con el rostro elevado, las manos en alto y estirándose por su beso. Eso le gustaba a ella, dominarlo, imponerse en un beso experto hasta separarse y verlo rogar. Pero aunque Arnold deseara controlarse no podría evitarlo, lo estaba haciendo, con la mirada y todo su cuerpo inclinado hacia ella como un imán. Todo él rogaba que volviese a besarlo, le imploraba que le dejara sentir toda su alma en otra cercanía tan carnal.

- Tienes los ojos más sinceros que haya visto. –susurró ella, agachándose hasta rozar su nariz con la de él pero separándose antes de que alcanzara sus labios.

- Helga…

Él no sabía de dónde había aprendido a besar así. Solo rogaba que ese truco lo haya usado solo con él. No quería ser celoso, pero le hervía la sangre de pensar que otro hubiese estado en su posición. Pero es que eran tan distintos ambos. Ella había cambiado, como si fuese de otra vida la niña que conoció y al mismo tiempo la reconocía, madura y mujer frente a él. La misma alma, en un cuerpo más fuerte, haciéndolo temblar en el mismo Infierno.

Pero ella cayó de golpe sobre su regazo y antes de pensar que lo atacaría de otra forma cruel y seductora, le tapó la boca y su mirada de alarma lo puso tenso.

Eso no era un juego…

- ¿Lo oyes…?

El respiró hondo para que la sangre que tapaba sus oídos se relajara y agudizó sus sentidos.

- Yo no… -pero ahí estaba, un ligero grito femenino, lastimero y entrecortado.

Ambos se observaron sorprendidos y la mano de Helga soltó su boca.

No podía ser…

Aunque…

Otras cosas más raras habían pasado antes ¿Por qué no sería esto verdad?

El favor de la Bruja había sido que entraran en la noche al sótano. Algo que ella había hecho el año pasado y ese trabajo se lo había delegado un estudiante superior con las mismas aptitudes mágicas que ella. Helga había lucido escéptica con esa introducción pero la Bruja rápidamente se explicó.

Veinte años atrás, cuando la preparatoria se había inaugurado, el edificio principal había tenido el mismo sótano de mantenimiento, donde calderas y otras cosas descansaban, ocultas. En ese entonces, una chica de primer año, pelirroja, recibía abusos de sus otros compañeros, la molestaban por la marca de nacimiento que tenía sobre su mejilla derecha de color oscuro. La marginaban, rompían sus cosas y la maltrataban. Ella no tenía amigos ni a quién acudir, sus padres habían muerto y vivía con una tía que trabajaba para mantenerla. No tenía a nadie. Sus días solitarios los pasaba intentando no llamar la atención. A la hora del receso se ocultaba en el sótano, esperando que nadie la encontrara. Esos eran sus momentos tranquilos, ella se imaginaba con amigos y a veces hablaba sola, creando un mundo imaginario donde era querida.

Pero un día alguien la vio entrar ahí. Nunca supieron quien, pero astutamente esa persona engañó al conserje para que cerrara la puerta. La chica no se dio cuenta hasta que fue hora de volver. La puerta había sido cerrada y la voz de su compañero le advirtió que si no gritaba la sacaría al final de clases pero si lo hacía algo terrible la esperaría. Asustada, la chica hizo caso, se quedó en silencio pero el fin del día llegó… y nadie abrió la puerta. Las horas pasaron y la noche llegó. El frío sótano se volvió gélido y la chica comenzó a gritar, pidiendo ayuda. Pero nadie la oyó…

Al día siguiente la encontraron muerta. El miedo había sido tan grande que su corazón había fallado en la fría noche.

Ese día era el aniversario de su muerte. Su alma no había descansado y mucha gente aseguraba que se la escuchaba gritar, ahogada, paralizada por el miedo, pidiendo ayuda. Cada año, alguien bajaba y le decía que todo estaría bien. Una persona calmaba su espíritu. La Bruja se había visto tan preocupada que Arnold aceptó. No debían hacer gran cosa, solo bajar y darle calma, decirle que todo estaría bien y que nadie le haría daño. Por supuesto, la Bruja y su antecesor solían quedarse por horas, pero bastaban un par de palabras de calma para completar el ritual.

Ahí estaba, otro gritillo bajo, alargado que se acallaba. Arnold y Helga se miraron con sorpresa.

No podía ser…

Pero…

¿Y si era verdad?

La chica lo tomó de la mano y asintió, mientras se levantaban. Ambos bajaron, iluminados por la luz de la luna que entraba por las altas ventanas. El lugar tenía rejas a los costados donde estaba la maquinaria que rezumbaba con fuerza. El ambiente era ligeramente húmedo y frío. Las luces rojas de varias máquinas iluminaban sutilmente su entorno. Pero el sonido de las máquinas podía ensordecer a alguien si estaba demasiado cerca. Aun así lo escucharon una vez más, el sonido de un ahogado grito entrecortado, femenino claramente.

Arnold le lanzó una mirada a Helga, quien había dado un paso hacia atrás por puro instinto. Ella podía pelear con cosas reales todo el tiempo pero tenía problemas cuando eran ese tipo de cosas sobrenaturales que bien podían o no ser reales. Él le sonrió, buscando darle ánimos, sus años en San Lorenzo lo ponían muy lejos de temer ese tipo de cosas.

- Lo haré yo. –le calmó y se acaró la garganta para elevar la voz- Lo que ocurrió una vez no volverá a pasar. –creyó escuchar un jadeo fuerte, sorpresivo, pero se mantuvo firme- No temas. No pasará nada. –una ligera corriente helada los rodeó y Arnold pudo sentir como la rubia se pegaba a su espalda, pero sostuvo su mano, con firmeza. Él no tenía miedo- No pasará nada. Te recordamos. Y nadie volverá a lastimarte.

El golpe de las rejas fue tan fuerte que ambos dieron un brinco hacia atrás, instintivamente.

- Eso no lo puedo prometer. –y la risa masculina los hizo reaccionar.

Helga soltó un insulto y se lanzó contra la reja que separaba el espacio libre con las máquinas. Ahí estaba Helio, sonriendo radiante y bromista, manteniendo distancia entre Helga y él.

- ¿Se puede saber que rayos haces aquí? –preguntó la chica.

- ¿No sabían que estábamos aquí? –el chico enmarcó una ceja- ¿Y con quien hablaban, entonces?

- ¿Estábamos? –Arnold avanzó hacia la reja y notó un cabello rojizo.

Por un momento pensó que era la chica de la historia pero rápidamente descubrió que era Lila, saliendo de su escondite atrás de una de las máquinas.

- Oh no… -Helga lanzó su mirada de Helio a la pelirroja y de regreso- ¡Oh no!

- ¿Qué? –el chico sonrió divertido, agradeciendo la reja- ¿Qué hicimos?

- Maldito pervertido, esto no me extraña de ti, pero ¡Tú! –Helga observó a Lila con sorpresa- ¿Cómo pudiste dejarte seducir por… esta cosa?

- ¡Hey!

Lila estaba completamente roja, se agazapó hacia atrás y desvió la mirada, sintiéndose culpable.

Oh…

Arnold notó que los ruidos que habían estado escuchando habían venido de Lila. Lo que significaba que no habían sido exactamente gritos.

- ¡Ven aquí! –Helga levantó su dedo y señaló el espacio frente a sus pies, sin apartar la mirada de la pelirroja.

- Que mandona… -se quejó Helio, con esa sonrisa tan similar a la de la rubia- ¿Es tu novia, hermana o qué?

- Ya aclararé cuentas contigo. –gruñó la chica- ¡Lila!

En un parpadeo la pelirroja salió de su escondite y se expuso frente a Helga, dejando que la luz de la luna la alumbrara. Arnold notó que tenía marcas rojizas en su cuello y parte de su escote, los labios hinchados, el cabello desordenado y un fuerte sonrojo.

- No puedo creerlo, eres una estudiante estrella y caíste con eso. –la rubia negó rotundamente- ¡Lila!

- Helga… yo…

Arnold se adelantó para ayudar a la pobre chica, tomó del brazo a la rubia y le sonrió suavemente antes de prestar atención a los dos traviesos.

- Esta zona no está permitida para visitantes o estudiantes ¿Se puede saber cómo entraron?

Helio señaló una de las ventanas altas y pequeñas por donde se podía deslizar alguien. Por fuera esas ventanas estaban casi a la altura del piso. Una brisa helada volvió a recorrerlos, indicando que de ahí venían los escalofríos de hace unos minutos.

- Lo siento… -Lila lucía realmente abochornada pero su mirada estaba sobre Helga- Lo siento en serio…

- Eso es un salvaje ¿Estas bien?

- ¡Hey!

- Silencio. –cortó la rubia.

Casi parecían hermanos, mellizos. Helga jugando el rol de preocupada amiga contra su terrible hermano. Aunque Helio no lucía arrepentido ni un poco, rodeado por las luces rojas de las máquinas y atrás de las rejas. Casi parecía un demonio confinado, peligroso y letal.

- Les recomiendo salir de aquí. Ambos. –cortó Arnold, masajeándose el entrecejo.

- ¿Y por qué ustedes pueden estar aquí? –Helio se cruzó de brazos- Si es para ponerse de enamorados, no es justo. Lila y yo ya reclamamos este lugar.

La aludida se sonrojó de golpe y bajó la mirada rápidamente. Aun así, Arnold podría jurar que sonreía suavemente. A pesar de las mordidas y marcas, la ropa desaliñada y sus orejas coloradas como si alguien las hubiese capturado entre sus dientes por demasiado tiempo.

Ese Helio era un salvaje… con razón Helga estaba tan enojada.

- No es de tu incumbencia. Ni Lila es de tu incumbencia. –la rubia respiró fuerte- Pero si ¡Fuera de aquí!

Arnold notó como Lila mantenía sus pies lentos, dejando que Helio la alcanzara. Este la tomó por la cintura sin temerle a Helga y deslizó su nariz justo contra el perfil de su oreja antes de avanzar rápidamente hacia las escaleras. Antes de salir, Arnold y Helga oyeron ese grito ahogado que ya no era tan grito pero si muy ahogo.

- Gracias…

El chico se sorprendió y observó a su acompañante con curiosidad ¿Por qué le daba las gracias? Aun se veía muy enojada como para haber hablado con tanta calma… tan cerca de él.

- En verdad, gracias…

Helga lo regresó a ver con curiosidad y un atisbo de miedo en su mirada.

- ¿Oíste eso?

- El viento. –la tomó de la mano y la jaló escaleras arriba- Ven, vamos. Aquí hace frío.

- Si… frío.

Ambos salieron en silencio y Helga hizo una ronda por el lugar, solo para confirmar que Helio no se había llevado a Lila dentro de un aula.

- ¿Por qué te preocupa tanto?

- Porque Helio es un salvaje. –notó la mirada del chico y soltó una carcajada- Lo he visto hacerlo. No lo he vivido, celoso. Lo he visto.

Arnold sintió que su alma bajó rápidamente, agradecida, de vuelta a la seguridad de su cuerpo.

- Él es puras mordidas, inmovilizaciones, muy apasionado y desbordado. Una vez lo vi usar su corbata para atar a una chica y con una bufanda le vendaba los ojos ¡Atrás del set! En plena sesión fotográfica. Le gusta el riesgo, lo fuerte, dominar, estar al borde del peligro ¡No quiero que meta en eso a Lila! –se explicó.

- No me refería a eso. No exactamente. –Arnold le señaló las escaleras y ambos subieron, la guio hacia la sala del consejo estudiantil y la invitó a entrar- ¿Por qué te preocupa tanto Lila? –se explicó.

La chica abrió los ojos con sorpresa y él pudo jurar, aun en las penumbras, que se sonrojaba. Helga se apartó ligeramente hacia el ventanal y se cruzó de brazos, defensiva y distante.

Por un momento juró que no le diría nada.

- Todos estos años, cuando la he pasado mal… Lila también ha estado ahí. En silencio, distante… Siempre. –suspiró- ¿Recuerdas el primer día que me encontraste sobre ese árbol?

Él asintió, había sido un día duro para ella, frustrada con su propio equipo. Arnold la había encontrado gracias a… Lila.

- No es la primera vez que subo ahí. Lo hago a veces, cuando me sobrepasan las cosas. Y Lila se sienta ahí, a los pies del árbol. Solo me hace compañía silenciosa. A su forma, es mi amiga. Nunca le he dado las gracias, pero… -le lanzó una mirada- Me preocupo por ella.

- Son amigas…

- Supongo… y me preocupa.

En ese momento desde el coliseo se alzaron fuegos artificiales. Arnold avanzó con curiosidad. Él no había autorizado ninguno. Pero ahí estaban, coloridos, saliendo en orden y explotando en el cielo antes de desaparecer parpadeantes.

- Ella estará bien. Tal vez solo es algo de un día.

- ¿Y sino…? No es muy realista ni centrada. Ella es como tú, con sueños tontos en la cabeza.

Arnold sonrió y rodeó sus hombros con su brazo, mirando fijamente el iluminado cielo por los fuegos artificiales.

- La salvarás. –le regresó a ver- Como me salvaste a mí. –y antes de que le regañara, le besó la mejilla.

Helga cerró los ojos y se contuvo, con una pequeña sonrisa. Los fuegos artificiales la iluminaron en rojo, verde y azul, resaltando cada uno diferentes rasgos de su cuerpo. Ella suspiró antes de abrir los ojos.

- Hasta San Lorenzo… -se apoyó contra su hombro, acurrucándose ahí.

Y él sonrió, porque rara vez bajaba todas sus defensas. Pero estaban solos y ese día habían confesado sus sentimientos. No había razón para actuar diferentes o jugar contra la tormenta.

- ¿Mientras tanto…? –se aclaró la voz, sabiendo que sonaría tan tonto- ¿Qué…? Bueno… Tú y yo… ¿Qué somos? –y se sintió fatal por hacer esa pregunta.

Helga se rio con burla, contra su hombro. Lo hizo con razón de causa y él se resignó a que así fuese.

- Tú y yo… -sopesó la chica, levantando la mirada- hacemos buen equipo.

- ¿Somos un equipo? –preguntó con sorpresa ¡Pero que poco romántico título!

- No, no… solo digo que hacemos buen equipo. –se separó suavemente, apoyándose contra la ventana, indiferente a los fuegos artificiales- Te declaro mi Primer Ministro. Y yo soy tu Reina y soberana. –lo tomó del cuello de la camisa y lo jaló a ella, analizándolo- ¿Qué tal? Mío.

- ¿Y tú mía? –se aventuró, con cierta esperanza, pero sin perder tiempo la rodeó por la cintura, no quería que lo inmovilizara como en otras ocasiones, necesitaba tocarla, sentir la tela de su blusa entre sus dedos y la calidez de su piel debajo de sus brazos.

- Tecnicismos. Lo importante es que eres mío. Y te prohíbo mirar a otra chica. Me perteneces. –aclaró, segura, insistente, pero algo en su mirada azulada le dijo a Arnold que también trasmitía una fuerte emoción que esperó fuese amor- Por completo. Todo este tiempo te haré conocer lo peor de mí, en lo mejor y lo peor de los momentos. Algunas cosas podrían gustarte. –se presionó contra el chico, rozando con su nariz la del chico pero alejándose tentativa- Otras podrían asustarte. Ya sabes que no tengo buen temperamento y soy muy impulsiva. Pero eres mío, ahora y hasta San Lorenzo. Me vas a conocer. –se explicó- Por completo y cuando llegue el día… cuando te pregunte… -desvió la mirada- vas a tener la oportunidad de aceptar o negarte a meterte con este lío. –y parecía hablar sobre ella misma específicamente- Mientras tanto, eres mío ¿Entendido? Nada de miradas a otras chicas, no voy a seguirte con las reglas, vas a adaptarte a mi ritmo y no me importará cuantas reglas te haga romper te haré vivir una nueva aventura. Muy diferente a San Lorenzo y la Gente de los Ojos Verdes. No será del todo agradable, pero prometo… que no la olvidarás. –sus manos se apretaron al cuello de la camisa y lo acercó más, hasta que su boca habló contra los labios masculinos y solo podía notar la mirada esmeralda cargada de fascinación a pesar de sus palabras. En realidad, parecía esa mirada la respuesta a su discurso- ¿Entiendes?

Arnold sonrió, porque no podía ser de otra manera. Así era Helga, complicada, imponente, luchando por tomar posición sobre él para estar segura. Aun así le encantaba, porque seguía siendo dulce y soñadora, aunque tratara con tanta fuerza hacerle creer que había más mal que bien en su interior. Pero la conocía y aun sus oscuras sombras dominantes tenían un lado adictivo que le gustaba. Las aceptaría, sin dudarlo.

- Si, mi reina. –y la besó profundo, porque siempre y cuando estuviesen juntos, podía esperar hasta San Lorenzo para el romance y tomar por ahora lo real y físico que ella le ofrecía. Porque a fin de cuentas era estar juntos.

No le importaba colisionar contra ella.

Fin

¡Saludos Manada! Lo sé, Helga toda quejándose de Helio y ambos tienen ciertas actitudes imponentes que deberían hacerla morderse la lengua por quejarse en primer lugar.

¿Soy la única que se imaginó lo genial que sería ver a Helio y a Gretel, juntos, uniendo fuerzas para… digamos… conquistar a Lila? ¿Fui la única que pensó eso? Gretel aprueba, le agrada Helio. En realidad, si fuese su primo ella si se tentaría con eso de "Somos primos en segundo grado, totalmente legal".

Espero que les gustara el epílogo. Lo sé, algo largo, pero quería que fuese un recorrido entre los personajes, pensamientos y conclusiones de pequeñas historias, detalles y demás.

Y para la pregunta de muchos ¡Sí! ¡Sería genial ver a este Arnold hablar con el de CSL! ¡Lo sería!

Hey, si Cómame señor lobo es CSL ¿Protegido por la Reina del Mal sería PRM? Necesito averiguar quien comenzó con esto de CSL porque no fui yo (igual que lo de manada).

Y sin más, démosle una gran despedida a esta historia ¿Listos? Muy fuerte, que se sienta, no me engañen ¿Bien? ¡Aquí vamos!

¡Nos leemos!

Nocturna4