Las normas son las normas
Sirius camina con paso ligero al lado de sus tres amigos, al tiempo que intentan resguardarse de la intensa tormenta que ha estallado solo unos segundos después de que bajasen de los carruajes encantados. En realidad, a él no le importa demasiado mojarse, pero ante las quejas de Remus, que trata de resguardarse de la lluvia bajo su bufanda, y James, que no deja de gemir "voy a despeinarme, con lo que me ha costado arreglarme esta mañana…" decide darse prisa y llegar al castillo cuanto antes. Tras unos minutos de travesía se encuentran frente a una gran verja metálica de altos barrotes terminados en punta con una pequeña puerta entreabierta en el medio. Al otro lado de ésta, el profesor Flitwick, con un largo pergamino debe ser más alto que él entre las manos y el pelo oscuro y empapado retirado hacia un lado, comprueba que todos los alumnos han llegado correctamente al castillo y ninguno se ha extraviado por el camino.
- ¿Sus nombres? – pregunta Flitwick.
- Me conoce, profesor. – replica Sirius, malhumorado. Por qué no puede simplemente apuntar que estamos aquí y dejarnos pasar.
- Las normas son las normas. ¿Su nombre?
- Sirius Black. – gruñe.
- Correcto. ¡Adelante! ¿El siguiente?
- Peter Pettigrew.
- ¡Correcto! ¿Y usted…? Oh, Remus Lupin, claro. ¡Pase!
- "Las normas son las normas" – murmura Sirius, en tono burlón. – Remus, eres un maldito empollón enchufado.
Remus, tiritando de frío, se encoge de hombros, y los tres esperan a que James se reúna con ellos. Éste no se detiene al llegar a su lado sino que echa a correr hacia el castillo tan rápido como puede, al grito de "¡Slytherin el último!", que hace que primero Sirius no sería un Slytherin por nada en el mundo y luego Peter, inevitablemente, le sigan. Lupin está cansado y sabe que no tiene la velocidad ni la resistencia adecuadas para alcanzarles, pero igualmente avanza tan rápido como puede.
Hogwarts sigue ahí, exactamente donde y como lo dejaron, y parece que por él no ha pasado el tiempo: Las torres se elevan hasta el infinito, adornadas por cientos de pequeñas luces que resplandecen en la noche cerrada y oscura y entre la tormenta; el delicioso olor de la comida llega hasta la entrada desde las cocinas y, sin ni siquiera haber entrado todavía, los chicos ya se sienten como en casa. James y Sirius llegan los primeros, casi al mismo tiempo, y espontáneamente abrazan el muro contiguo a la puerta del vestíbulo ante la mirada atónita de la profesora McGonagall y del resto de jóvenes que esperan su turno para pasar al interior del edificio.
- Te he echado mucho de menos, de verdad, no me obligues a irme otra vez nunca más, por favor… – James parece estar suplicando de verdad, mientras frota su mejilla contra la fría y mojada piedra.
- Me he aburrido tanto, por Merlín, creía que alguien no se podía aburrir tanto en la vida pero de verdad que me he aburrido muchísimo, muchísimo, menos mal que estamos aquí otra vez, tío…
Remus no puede evitar sonreír ante el comportamiento infantil de sus amigos pero, sin ser del todo consciente de ello, también desliza la mano por los ladrillos al tiempo que cruzan el umbral de la puerta principal y siente un intenso cosquilleo en el estómago.
Ese año, afortunadamente, ya no son ellos los que tienen que enfrentarse al Sombrero Seleccionador sino otras decenas de niños, asustados como lo estuvieron ellos en ese mismo día un año atrás. Mientras toman asiento en su sitio de siempre de la mesa de Gryffindor del Gran Comedor, sin darse apenas cuenta, comienzan a rememorar sus sensaciones los segundos antes de ser seleccionados. James recuerda la absoluta certeza de que iba a ser colocado en Gryffindor y la gigantesca sensación de satisfacción al saber que, en efecto, pertenecía a, para él, la mejor casa de todas. Sirius vuelve a sentir en su propia piel el miedo a ser un Slytherin, a darse cuenta de que en realidad no era distinto a toda su despreciable familia. Rememora también la alegría que eclipsó completamente al temor ante la reacción de su familia cuando el Sombrero hizo saber a todo el comedor que pertenecía a la casa de Godric y a ninguna otra. Peter temía que iba a ser puesto en Hufflepuff, pero agradece más que nada pertenecer a Gryffindor porque gracias a ello, piensa, tiene los mejores amigos que jamás podría encontrar. Remus, sin embargo, no sabía apenas nada de ninguna de las cuatro casas: Su único miedo fue que no le seleccionaran para ninguna en absoluto, que no encajase, que fuese distinto a todos los demás y tuviera que marcharse. Pero no fue así. No fue así para ninguno de ellos, ninguno de sus temores se cumplió y, en cierto modo, los cuatro no pueden dejar de pensar que fue el Sombrero Seleccionador quien les brindó la oportunidad de conocerse, ser compañeros de habitación, compartir experiencias, clases y travesuras y crear una unión increíble; la más grande de todas las amistades.
El primer alumno de la promoción de 1972, "Dyer, Adamina", es para Ravenclaw, seguido de dos Hufflepuffs y un Slytherin. Los niños caminan con torpeza hasta el centro de la tarima, se sientan sobre el taburete, temblorosos, y se colocan el sombrero, que en muchas ocasiones es considerablemente más grande que su cabeza. Los alumnos más mayores les observan con ternura, y después cada casa vitorea a sus nuevos miembros. Cuando el primer Gryffindor del año (Norrington, Martyn) es seleccionado, Sirius y James, que hasta ese momento observaban la ceremonia con desinterés, echando solo un leve vistazo a los nuevos compañeros de casa, se levantan de sus asientos y comienzan a aplaudir con fiereza.
- ¡MUY BIEN, MARTYN, TÚ SI QUE ERES UN GRYFFINDOR, MARTYN, TÍO! – brama Sirius, y su voz se escucha en toda la sala por encima de las demás.
- ¡FÍJATE! ¡INCLUSO CAMINA COMO UN GRYFFINDOR! ¡OH, DIOS MÍO, CREO QUE VOY A DESMAYARME! ¡VAMOS, MARTYN! – James le sigue el juego y el niño, que tiene los ojos azules y el cabello claro, se sonroja y se sienta lejos de los dos chicos que no dejan de aplaudir en ningún momento.
Repiten el proceso con todos los demás recién llegados a Gryffindor, ante un atónito Remus y Peter, que no para de reír a carcajadas. Una tal "Tydale, Emily" que es bastante alta para su edad y que, sonriente, comete el error de colocarse para cenar justo a la derecha de donde está sentado Sirius. Él y su mejor amigo se apresuran a entablar conversación con la chica.
- Bueno, bueno, así que te han puesto en Gryffindor, ¿eh… eh? – Sirius trata de contener la risa.
- Emily, ha dicho que se llama Emily. – puntualiza Remus.
- ¡Eso! Emily. Bueno, verás… En esta casa, ya sabes… Lo de la jerarquía. Sí, eso, lo sabes, ¿no?
- ¿Q-qué? – La niña está visiblemente asustada, lo que hace que James considere la conversación mucho más divertida, y le sigue el juego a su amigo.
- Verás. Hay unas normas, claro… Nosotros vamos a segundo – Se señala a sí mismo y después a los otros tres – y tú, a primero. Cada grupo de alumnos de segundo tienen que elegir un niño de primero para… Instruirle, ya sabes.
- Sí, eso. – Sirius no se puede creer que la chica, Emily, se esté creyendo lo que le están contando, pero la expresión atónita en su cara le dice que están siendo verdaderamente convincentes. – Y nosotros te elegimos a ti, así que, te diremos dónde están las clases y qué cosas puedes hacer y cuáles no, y todo eso, pero… A cambio… Bueno, eso.
- ¡Tendrás que hacer todo lo que te pidamos! Al menos durante este curso, claro. ¿Qué me dices? ¿Aceptas? ¡Será divertido!
- ¡Oye! – Remus les interrumpe, enfadado. – Dejad de asustar a la chica. Acaba de llegar, y… Oh, dios, sois unos energúmenos, de verdad, ¡animales!, ¡no tenéis cerebro! – y después les fulmina con la mirada y se dirige a Emily – Tú tranquila, no les hagas caso… Son solo unos bromistas. Lo que quieren decir Sirius y James es que si necesitas algo, no sabes encontrar alguna clase o quieres ayuda con los deberes, ellos dos te la ofrecerán, verdad que sí, ¿chicos?
- ¡Eres un aguafiestas, Remus, te odio, tío! – El joven Black se cruza de brazos sobre la mesa y frunce el ceño – ¡Solo queríamos divertirnos un poco! Son nuestros futuros blancos de bromas, tendremos que tantearlos, ¿no?
- ¡No puedes hacer eso! Son solo niños, les vas a asustar. A ti nadie te hizo eso el primer día, ¿verdad?
Y su réplica nunca llega a escucharse, porque entonces McGonagall grita "Black, Regulus" y Sirius se queda momentáneamente callado, y Remus le mira como si intentase con todas sus fuerzas descifrar lo que está pensando en ese momento. Como si supiera que tras la mirada ausente y vidriosa que no mira directamente pero observa a su hermano menor avanzar hacia donde se encuentra el Sombrero Seleccionador se oculta un mar de dudas y sentimientos contradictorios. Como si entendiese que Sirius, en el fondo, aún no ha perdido la esperanza en el único miembro de su familia al que alguna vez llegó a querer sinceramente; que en el fondo de su corazón aún alberga, bien escondida, una pequeña ilusión que jamás reconocería a nadie de que Regulus no le decepcione de nuevo. De que sea como él. Como si pudiera leer su expresión facial y notase sus puños, apretados, bajo la mesa, que desean que él también sea un Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff, qué importa, y no sentirse un traidor nunca más, y no tener que luchar solo contra el peso de la sangre y su apellido que nunca jamás le dejarán ser él mismo.
Cuando Regulus se sienta en el pequeño taburete, Sirius siente que su corazón se para en seco, y durante lo que para él es un largo rato el tiempo no pasa, nadie se mueve, el Gran Comedor aguarda en silencio a que McGonagall coloque el Sombrero sobre el cabello negro y ahora revuelto del chico, y apenas roza su cabeza, la voz del objeto encantado pronuncia "¡Slytherin!" alto y claro, y la palabra resuena en la cabeza de Sirius, rebota de un lado a otro y rompe, de golpe, todas las esperanzas que sin saberlo había formado. Golpea la mesa con la mano abierta y todas las fuerzas de las que dispone y después, agacha la cabeza y respira hondo. James, Peter y Remus le observan durante unos segundos sin saber muy bien cómo actuar, y finalmente es éste último, sentado a su izquierda, el que se decide a colocar una mano en su hombro en señal de apoyo. Se establece entre ellos una conversación te entiendo, Sirius casi telepática no, no entiendes nada, pues en realidad no hacen falta palabras te conozco, quieras o no reconocerlo. Sé cómo te sientes en ese momento. Y después, como si no hubiese pasado nada, se afloja un poco el nudo de la corbata y dice en voz lo suficientemente alta como para que la mayor parte de los alumnos sentados en la mesa pudiesen oírlo:
- Bueno, ¿estos malditos elfos piensan traer la comida algún día? ¡¿Quieren que me muera de hambre, maldita sea?!
Y como si respondiese a sus deseos, el último alumno, "McQuoid, Valerie" es enviado a Ravenclaw, y tras el habitual discurso de Dumbledore, el banquete comienza: Sobre las bandejas doradas comienza a aparecer todo tipo de carne, estofado, patatas rellenas, puré y las habituales tartas de melaza, que Sirius ataca sin pensárselo dos veces. Remus coloca en su plato un par de filetes de pollo y un revuelto de verduras y champiñones. James le mira como si acabase de ver un fantasma o algo parecido, al tiempo que engulle un trozo de empanada de carne aún humeante.
- Qué. Se. Supone. Que. Estás. Haciendo.
- Hmmm… Juraría que estoy cenando, James, pero tal vez me equivoque. ¿Qué pasa?
- Que – James traga saliva – que no entiendo por qué estás comiendo verdura teniendo todas estas cosas ricas aquí.
- Me gusta la verdura. Es sana, además.
- ¡PERO ES VERDURA! – El chico de gafas finge que pierde el conocimiento y se deja caer sobre la mesa – No puedo, Remus… De verdad… Tendremos que… Dejar de ser amigos…
- Deberías empezar a comer más sano, James, no es bueno comer solo carne y dulces. Con el tiempo lo entenderás… Mira – Remus le extiende su tenedor con un trozo de pimiento – Pruébalo, está rico.
- ¡JAMÁS! Dios, Remus, no me hagas esto, por favor. La verdura es para los conejos. – replica el chico, mientras da un largo sorbo a su zumo de calabaza.
- Pero te gusta la tarta de calabaza y el zumo de calabaza, ¿no?
- Sí, ¿y qué?
- Que la calabaza es una verdura, James.
Continúan discutiendo hasta que la comida se termina y pasan a los postres. Remus se sirve un poco de helado de chocolate mientras trata de explicarle a su amigo que, efectivamente, las calabazas crecen de la tierra y son plantas. James, respaldado por Sirius y Peter, afirma que "las calabazas no son verduras porque son naranjas, y la verdura es verde. Verdura viene de verde, Remus, pensaba que lo sabías." Al final, decide que es imposible hacer cambiar de opinión a los chicos, y se limita a sonreír. En el fondo, le divierten ese tipo de conversaciones.
Después del banquete se dirigen a sus dormitorios. Sirius, cansado de dormir en la litera de arriba, trata de convencer a James de que se la cambie "solo por hoy, Jimmy, te lo prometo". Éste, nada más entrar a la habitación, se apresura a volver a colgar la enorme bandera de color naranja de los Chudley Cannons. y Peter tiene que deshacer todo su baúl para lograr encontrar su pijama, que ha empaquetado al fondo del todo. Antes de dormir, charlan durante un rato; cuentan anécdotas sobre el verano, expectativas sobre el nuevo curso, y finalmente deciden acostarse. Concilian el sueño con una facilidad enorme, casi increíble, y pronto duermen, con la tranquilidad, por primera vez en meses, de encontrarse de nuevo en casa.
