Botones y escarabajos
Remus lleva tres meses despertándose en su habitación en casa de su abuela: silenciosa, acogedora, algo oscura y pequeña; pero ante todo, silenciosa. Por eso, esa mañana, cuando se estira entre las sábanas rojas y los ojos le lloriquean después de haber dormido lo que le parecen cien horas, se siente extraño. Tres respiraciones familiares y al mismo tiempo lejanas acompañan su primer bostezo. Vaya, Sirius ronca más que el año pasado, el brazo del niño cuelga de la litera hacia la cama de James, en la que el chico, boca arriba abraza la almohada pero… ¿cómo ha tenido tiempo de extender tanto sus cosas en unas horas que llevamos aquí? Remus sonríe, en realidad todas las vacaciones se lamentó por no despertar envuelto en el desorden y el ruido que suponen sus compañeros de dormitorio. El joven licántropo se incorpora un poco y se aparta un par de mechones que caen desenfadados sobre su frente, después frota sus ojos cansados e instintivamente recorre con sus largos dedos la gigantesca cicatriz que le cruza la cara, sintiéndola, quemándose al tacto y helándose al mismo tiempo. No es capaz de recordar cuándo se la hizo ni cómo, simplemente sabe que siempre ha estado allí, que es lo primero que mira la gente y que le hace ser quien es. Sabe que hay formas de hacer desaparecer cicatrices, lo leyó el año pasado, pero Remus es consciente de que aunque pudiera tener un aspecto como el de los demás, las cicatrices que habitan en su interior seguirían mostrándose más brillantes y reales que una marca sobre la piel.
Decide que es suficiente reflexión como para haberse despertado hace escasos tres minutos y fija su atención en algo diferente. Un sonido que no debería estar allí.
En la habitación de los chicos siempre se escuchan cinco cosas (y solo cinco, ni una más ni una menos): por supuesto, los ronquidos de Sirius, la nariz taponada de Peter, las conversaciones esporádicas nocturnas de James en sueños, el ruido de sábanas del propio Remus incapaz de mantenerse quieto mientras duerme y el viento golpeando la ventana que incluso desde el año pasado nadie se ha dignado en arreglar y repiquetea contra la piedra. Así que cuando escucha ese sonido irreconocible el niño frunce el ceño, se apoya en el colchón para mirar en la semi-oscuridad, buscando una pista del origen y su mano encuentra algo alargado y rugoso que evidentemente no debería estar ahí. A Lupin se le congela la sangre en las venas y su pecho empieza a agitarse es blando, es blando y caliente, Merlín, no quiero mirar pero lo hace.
-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Normalmente, Remus habla bajito, grave y bajito, arrastrando las palabras, casi susurrando. Pocas personas han escuchado al niño gritar, pero esa mañana, Sirius; que se pone casi de pie sobre la litera con los puños en guardia buscando un enemigo invisible, James; que cae de la cama al suelo y murmura algo parecido a "la verdura para los conejos, mami" y Peter; que chilla asustado, sienten como sus oídos se resienten ante el tono agudo de su amigo.
-¿Qué pasa?-es Sirius el primero en abrir la boca.
-E…Eso…-Remus tartamudea y se agazapa con la almohada como escudo, tan pegado a la pared que podría traspasarla-¡ESA COSA ESTABA COMIENDO QUESO EN MI CAMA!
-¡Susan!-Peter baja la escalerilla y casi se lanza sobre la rata marrón (o lo que queda de ella después de que Remus la haya golpeado contra la pared) y la coge entre las manos-¡Susan, despierta!
-¿La ha palmado?-pregunta con Sirius desde la litera de arriba.
-No creo…-Remus parece preocupado-¿Se ha muerto?
-¡No!-Peter se aparta de Lupin con los ojos llorosos-¡Le has hecho daño!
-¡Estaba comiendo asqueroso queso entre mis sábanas! A saber desde cuando ha estado ahí la maldita rata… Merlín, no quiero ni pensarlo.
-¡Es lo que hacen las ratas!-chilla el niño regordete-¡Y es un ratón! Remus, pídele perdón a Susan.
-Eso, Remus, pídele perdón al bicho.-ríe James desde el suelo.
El joven licántropo niega con la cabeza sí, claro, pedirle perdón a una rata y se levanta alejándose del pequeño animal.
-¡Pues si no le pides perdón a Susan me ofendes a mí!
Peter da media vuelta y sale de la habitación dando un portazo. Los tres niños no se mueven, pero no tarda en romperse el silencio.
-Has estampado la rata de Peter contra la pared.-dice James, como si se diese cuenta en ese momento de lo que ha ocurrido.
-¡No ha sido a propósito!-protesta Remus-Bueno… No es mi culpa que no la guarde en su jaula como es debido.
-Has estampado la rata de Peter contra la pared-repite el chico de gafas-. Creo que te quiero, Remus.
-Calla…-Lupin coge su cuidadoso uniforme de Hogwarts pulcramente doblado sobre la silla, junto con su cepillo de dientes-Vuelve a soñar con tus verduras.
-Eso, cállate, James-interviene Sirius dejándose caer con pesadez sobre el colchón-. Estaba disfrutando de una preciosa tarde en el campo con mi familia y me lo habéis estropeado.
-¿Disfrutando?-pregunta sorprendido Remus.
-¿Con tu familia?-añade James.
-Sí, estábamos en una pradera, mi madre y Régulus corrían delante de mí y… Yo llevaba un bate en la mano.
James se ríe exageradamente mientras vuelve a cubrirse con las mantas y Remus, desde la puerta pone los ojos en blanco con su media sonrisa dibujada en el rostro.
-No os quedéis dormidos otra vez, volveré a despertaros.-susurra cerrando la puerta tras de sí.
Los dos niños hacen sendos gestos idénticos con las manos de "sí, sí, Remus, lo que tú digas" y entierran las cabezas en las almohadas.
Una hora después de lo que pasará a la historia como "la mañana en la que Remus Lupin casi asesinó a Susan", el propio Remus ocupa el primer pupitre del aula de Transformaciones. Peter, sentado en el otro extremo de la clase le lanza miradas acusadoras. James y Sirius bostezan sobre sus asientos al final de la clase con las cabezas apoyadas sobre los brazos.
McGonagall entra en ese momento en el aula, con pasos rápidos y regios y simplemente se detiene delante de los dos niños somnolientos y tuerce la boca.
-¿Cansados nada más llegar?
-Hola-sonríe James, como quien saluda a un viejo colega-, ¿qué tal el verano, profesora?
-Creo que eso no es de su incumbencia, Potter.
La bruja gira sobre sí misma haciendo que la capa mueva el aire y luego saca la varita apuntando a un enorme baúl que se abre provocando un ruido sordo.
-Seguro que no te ha contestado porque Dumbledore le ha dado calabazas.-susurra Sirius.
-¿Tú crees? Yo no le daría calabazas a McGonagall si fuese Dumbledore…-los dos niños hablan en voz baja porque el tema es peligroso, tío-Quiero decir, mi madre siempre me dice que a Dumbledore se le va a pasar el arroz.
-¿Pasar el arroz? No sé. Pero Jimmy, sé que te gusta McGonagall, no hace falta que me lo recuerdes cada diez minutos.
-¡Que no me gusta!-eleva la voz demasiado y toda la clase les fulmina con la mirada.
-Vaya, Potter, si tan poco le interesa la teoría sobre transformar el cristal en agua debido, supongo, a sus maravillosas dotes para esta asignatura, ¿qué tal si para mañana me entrega una redacción sobre las teorías de la transformación transustancial?
-¿Las qué?
-Hoy, en la parte práctica, utilizaremos escarabajos y espero que al final de la clase todo el mundo sea capaz de haber conseguido que se transformen en botones. Y si digo botones, son botones. No quiero escarabajos de color amarillo ni botones con patas.
La bruja hace una demostración jo, así parece muy fácil dice Sirius mientras observa a su escarabajo, moviendo las patas con lentitud, boca arriba. La clase entera comienza a agitar sus varitas. Remus en la primera fila mira a izquierda y derecha y luego apunta entrecerrando los ojos; la primera vez no ocurre nada, la segunda el animalillo emite un sonido lastimero y finalmente, a la tercera su cuerpo se reduce hasta convertirse en un perfecto botón amarillo.
El resto de alumnos no parece tener demasiada suerte: Lily Evans es de las pocas que lo consigue en su cuarto o quinto intento, pero el escarabajo de Sabine, a su lado, empieza a arder provocando gritos de horror entre las niñas más cercanas. En el otro extremo, el animal de Peter cae de la mesa y desaparece entre los pies de los demás, Sirius acaba hartándose y decide que colocar el suyo en el pelo de la chica de delante es más divertido. Ella chilla y patalea, después se escucha un sonoro "cruch", seguido de un alarido de Peter, que observa cómo su "material escolar" no es ahora más que un montón de tripas espachurradas.
-¡Sirius Black!-McGonagall se acerca a su pupitre con los ojos encendidos-¡Cinco puntos menos para Gryffindor! ¿Se puede saber cuándo pretende prestar un mínimo de atención en mis clases? Y usted, Potter, ¿no piensa intentarlo?
James se sobresalta y mira a la bruja con duda: más de media clase tiene los ojos fijos en él, expectantes. El niño frunce el ceño oh, vamos, Remus, deja de mirarme así. El joven licántropo tiene sus ojos azules enfocados en su amigo "va, James, no seas tonto". Pero James no se llama James Potter por nada, así que simplemente se encoge de hombros y deja la varita sobre el pupitre.
-¿Así que no anda bien de amores?
El sonido emitido por la profesora es igual al bufido de un gato; sus puños se crispan e intenta decir algo pero en el último segundo cambia de opinión y se dirige a toda la clase.
-Es suficiente. Cinco puntos para Evans, Lupin, Milles y Lovne. El resto puede empezar a practicar o no dejaré que vuelvan por mi clase-a través de las gafas mira a los dos Gryffindor-, Potter, ven. Ya.
Sirius le da un codazo te va a pedir una cita y Remus aún tiene tiempo de darle un sermón "siempre igual", "te puede tu orgullo" y "no me parece bien tu actitud" antes de salir de clase. Peter pasa al lado de los tres con la cabeza bien alta.
-Sirius, James.-les saluda y continúa su camino.
-¿Acaba de ignorarme?-pregunta Remus con la boca abierta.
-Eso o ya se le ha pegado la ceguera de Jimmy y…-el resto de la frase no se llega a escuchar desde el interior del aula, en la que McGonagall recoge varios pergaminos de la mesa.
James no se mueve, se mira los pies, es completamente consciente del tipo de reprimenda que va a recibir, y la verdad es que no tengo ningunas ganas de perder el tiempo con esto.
-El año pasado sacaste un cien en mi examen-dice entonces la bruja, sin darse la vuelta-, y tu parte práctica era impecable.
-Tuve suerte, profesora.
-¿Te crees que soy idiota?
James se da cuenta de que no le está tratando de usted y empieza a juguetear con las mangas del jersey. No es que me guste McGonagall, esa estúpida idea solamente se le pude ocurrir al inútil de Sirius, lo que pasa es que cuando James ve a la bruja siente que quiere hacer algo con su vida y Merlín, eso sí que da miedo. Él. James Potter. Querer hacer algo con su vida. Aspiraciones de futuro. Eso no es lógico. Tal vez el James Potter de otra dimensión sí que piense esas cosas pero…
-No, profesora.
-¿Por qué no has transformado el escarabajo, Potter? ¿No te ves capaz de hacerlo?
-Claro que puedo hacerlo.-contesta molesto.
-¿Y por qué no lo has hecho?
-Porque no me apetecía.
Ahora sí, Minerva se da la vuelta, apoya las manos en el escritorio y suspira.
-No puedo entenderlo, sé cuando un alumno tiene talento y no soy capaz de comprender por qué no querrías hacer las cosas bien, ¿te da vergüenza que tus compañeros piensen que no eres un idiota?
-¿Eh?-James casi se ríe-Mis compañeros no piensan que soy idiota. Se hace el silencio-¿QUÉ? ¿EN SERIO LO PIENSAN?
-Potter, espero que en mi próxima clase sea capaz de convertir el escarabajo en botón o le suspenderé la asignatura.
-¡Oh, vamos!-el niño se queja-Tengo que hacer un trabajo sobre las teorías de la transformación transuficial, ¿no le vale con eso?
- Transustancial, Potter.
-¿Y qué he dicho?
-Ese trabajo te servirá para aprender más cosas sobre la asignatura. La verdad es que no tendría que habértelo mandado, pero creo que te será útil. En cuanto a lo de tener mucha tarea… Si transformases el escarabajo aquí y ahora no tendrías que practicar después de clase.
James suspira, saca la varita del bolsillo y se acerca a su mesa. Se pone la mano en la cintura y apunta al animal que da vueltas lentamente. Hay un brillo casi blanco que les ciega parcialmente a ambos y un pequeño botón dorado repiquetea sobre la madera hasta que se queda inmóvil.
-Quiero que tenga en cuenta que esto ha podido ser fruto de la suerte.
-Lo tendré en cuenta…-la bruja pasa de largo para salir del aula, pero con la mano en el pomo se vuelve al recordar algo-¡Ah! Los puntos.
-¿Puntos?-los ojos de James brillan con emoción.
-Sí, claro, diez puntos menos para Gryffindor por meterse en mi vida personal-otra vez de usted-. Buenos días, Potter.
