Condenadamente idiotas

Nadie usa nunca las duchas del sexto piso. Incluso los sábados por la mañana, cuando el baño de la Sala Común de Gryffindor está a rebosar, los alumnos prefieren trasladarse hasta las del quinto. No hay ningún motivo particular, en realidad; quizás muchos no saben siquiera que existen. Pero no hay forma alguna de que alguien como ellos, que tras su primer año ya conocen el castillo tan bien que podrían recorrerlo de arriba a abajo de espaldas y con los ojos cerrados, no supieran de su existencia. Más antiguas, un tanto más siniestras. Uno de los grifos no cierra del todo bien y deja caer una gota de agua al frío suelo de mármol ennegrecido cadaaproximadamente diez segundos, algo que indudablemente resulta un tanto irritante. Los tres espejos que antiguamente reposaban sobre los lavabos habían sido rotos en cientos de pedazos en algún momento, y nadie se había molestado en repararlos. Remus sabe que han elegido ir a estas y no a otras porque, aunque intenten aparentar lo contrario, ninguno de sus dos amigos quiere ser visto en aquellas condiciones. James tiene todo el pelo lleno de trocitos de melocotón pegajosos y mezclados con pequeñas migas de la masa del pastel: el flequillo, la parte de atrás del cabello e incluso los hombros y el cuello de la camisa. Sirius ha logrado, por el camino, limpiarse el pelo con las manos de la mejor forma que ha podido, pero aun así conserva enormes manchas de color amarillento en la pechera y la espalda. Como si se hubiese bañado en pudding. El chico de pelo rubio ríe internamente. No ha sido una reacción propia de él. No, desde luego que no lo ha sido. Nadie nunca jamás hubiera podido imaginarse que Remus Lupin, el chico estudioso, el que vive entre las paredes de la biblioteca, "ese chico de primero" que sacó 100 puntos en todos su exámenes el curso pasado, e incluso superó la calificación máxima en varias asignaturas, fuese a dejarse atrapar de aquella forma por el juego infantil y animal de los otros dos. Pero es que a veces se le olvida. Se le olvida que es un chico tranquilo, paciente, alguien que piensa las cosas dos veces, y recuerda (o le hacen recordar) que es, al fin y al cabo, un niño. Un niño que ha reído a carcajadas tras ensuciar de arriba abajo a Sirius y James con tarta de plátano y melocotón, respectivamente. Ellos dos comienzan a quitarse la ropa rápidamente: se deshacen de la túnica y los jerséis y los lanzan, hechos una bola, a una esquina de la habitación, como si quemasen. Después comienzan a desabrocharse los botones de las camisas.

- En serio, Remus, la próxima vez que te apetezca mancharme con algo, tírame encima lo que quieras. Me da igual que sea chocolate, miel, tomate, mostaza, sopa hirviendo, cien litros de aceite, mocos de Peter… ¡Por mí, como si me tiras un cuenco entero de alitas de pollo una a una! Pero te juro que como vuelvas a ponerme encima una sola pizca de repugnante plátano pienso hacerme con un millón de ellos y metértelos por todos los orificios de tu cuerpo que encuentre hasta que me supliques piedad.

- ¿Qué tiene de malo el plátano? - ríe Remus. - El amarillo te sienta bien con tu color de pelo, si es eso lo que te preocupa, Sirius.

- ¡QUE ES REPUGNANTE! Dios, tiene esa textura horrible y ese olor y… Da grima. Muchísima grima. Creo que voy a vomitar… - se lleva la mano a la boca y finge tener arcadas.

- Perdona, pero… ¿¡MELOCOTÓN?! Es… Es… Tiene la piel como peluda… Es como si te comieses un ratón o algo así. Y es viscoso… Y se te pega a las manos… Y… ¡Huelo a melocotón! ¡En serio, Remus! ¡Voy a matarte! - James ha acabado de desvestirse y se lanza sobre éste último, únicamente vestido con la ropa interior y tratando de mancharle con la sustancia pringosa de la que tiene llena el pelo y las manos.

Y de repente Remus se da cuenta de por qué nadie usa nunca jamás aquel cuarto de baño. En frente de ellos, en el lado derecho de la habitación, separados únicamente del resto del baño por un muro bajo, cinco cabezales de ducha. Y nada más. Sin una pared de separación. Ni una cortina. Un cristal. Cualquier cosa. Nada. No hay nada. Cree que su corazón se va a partir en cien millones de trozos y va a desmayarse.

Van a verlas.

A las decenas de profundas cicatrices que surcan su delgado cuerpo y su piel pálida de lado a lado, de distintos tamaños y anchuras. Unas más profundas y otras más leves y que terminarán por desaparecer con el tiempo. Unas cuantas a lo largo del costado, otras en la espalda. Una de ellas, la que le recorre horizontalmente de hombro a hombro y tiene un color grisáceo, es posiblemente la primera que se hizo; al menos, la recuerda ahí desde siempre. Las marcas del lobo. Los arañazos violentos de la Luna. Aquello que le marca y le distancia y le transforma de alguien completamente normal a un monstruo, un bicho raro. Eso. Y van a verlas.

- Eh, Remus, ¿no vas a ducharte? ¿Quieres seguir manchado de arroz con leche el resto de tu vida o qué? ¡Quítate la ropa! Podremos resistirnos a tu atractivo, de verdad. - James le increpa a desvestirse y él solo sabe responder echándose a temblar.

Retirar el jersey es fácil; desabrochar todos los botones de la camisa se convierte, de repente, en tarea de titanes. Finalmente, y a falta de otro remedio, la deja caer suavemente al suelo y mira hacia donde se encuentran sus amigos. O hacia donde se encontraban sus amigos.

Pero qué demonios.

De repente, nota como algo le agarra por ambos lados, de los dos brazos, y se encuentra a unos sonrientes y oh dios desnudos Sirius y James, uno a cada lado, empujándole hacia la pared. Remus frena con las dos manos y mientras el primero le sujeta con fuerza, el otro acciona el botón que hace que el agua comience a correr. Remus se da cuenta, un segundo antes de quedar empapado de pies a cabeza, de que, como aquellas duchas no las usa nunca apenas nadie, el agua tiene que estar…

- ¡FRÍAAAAAAAAAAAAAAAA! ¡ESTÁ FRÍAAAAAAAA! - trata de liberarse pero es demasiado tarde, y el agua casi congelada cae sobre su cabeza.

Su pelo chorrea líquido y hace que se le mojen también los pies. Sirius estalla en enormes risotadas y James, que aún no parece satisfecho con la broma, coloca las manos bajo el agua para después restregarlas por la espalda del chico, hasta ese momento aún seca.

Remus se retuerce me ha tocado ante el tacto húmedo está frío y gélido me ha tocado. Solo un segundo después, tiene a dos niños de doce años manoseándole los hombros, el estómago y la parte baja de los muslos, que encuentran tremendamente divertida la forma en la que sus músculos se contraen y tiritan al contacto con el líquido helado. Le están viendo. Las cicatrices son especialmente sensibles, y siente como se congela y arde y duele al mismo tiempo cuando las rozanjuraría que nadie me ha tocado aquí nunca jamás, pero no dicen nada. No las miran, no prestan atención, no hacen ningún comentario, solo juegan y se divierten. Le aceptan tal y como es.

Remus agradece enormemente que el grifo siga abierto y el agua de la ducha, ahora algo más caliente, siga resbalando sobre él, disimulando una pequeña lágrima de felicidad que se desliza desde el rabillo del ojo hasta su barbilla y después se pierde entre las demás gotas y el sonido de las risas de Sirius y James.

La primera impresión que tiene cualquiera cuando conoce a Sirius y a James es, posiblemente, que son estúpidos. No cualquier tipo de estúpidos, si no ese tipo de estúpido cuya estupidez es extremadamente contagiosa. Lleva un tiempo ver más allá de ello: percatarse de la bondad de James, de los sentimientos positivos ocultos tras el odio y el sarcasmo de Sirius. Si consigues ver tras las apariencias y profundizar en su interior, encontrarás a dos chicos completamente normales, inteligentes, llenos de ilusiones y buenas intenciones. El caso es que, a veces, solo a veces, podría confirmarse que…

Que son condenadamente idiotas.

Y por eso, porque son condenadamente idiotas, han obviado por completo el hecho de que si pretendían darse una ducha para limpiar toda la suciedad sobre ellos tras la pelea en el comedor, deberían haber pensado que quizás necesitarían algo para secarse después.

- No hemos traído toallas, ¿verdad? - se lamenta Remus, mientras se sienta en el suelo y tirita de frío en una esquina, con las rodillas encogidas.

- Hm… No. - Sirius no sabe realmente si reír o llorar, y mira a James. - ¿Tienes tu varita?

- Pueeeeeeeeeeeeeeeeees… No. Las dejamos abajo, sobre la mesa. Supongo que Peter habrá cogido.

Perfecto.

Discuten, echan a suertes quien será el que tendrá que vestirse de nuevo, aún empapado, e ir hasta la habitación para buscar un par de toallas con las que secarse.

- Mi ropa está toda mojada porque os habéis creído muy graciosos - Remus mira a los dos chicos entre la risa y el llanto - y os ha apetecido meterme bajo el agua fría cuando aún llevaba pantalones.

- ¡Pero ha sido gracioso, tío! - replica Sirius.

- Lo ha sido, sí, claro, pero yo no puedo ir.

- ¡Sirius, ve tú! ¡Me resfriaré! ¡Cogeré una pulmonía! ¡No puedo ser yo! - James tose fingidamente en voz baja.

- Ni hablar, James, has sido tú el inútil que ha empezado todo.

- ¡PERO SI HAS SIDO TÚ EL QUE ME HA TIRADO EL ARROZ ENCIMA!

- ¡PERO PORQUE ME HAS PROVOCADO!

- Vale, está bien… - James se da cuenta de que no puede ganar esa batalla y agarra, de mala gana, una camisa y un pantalón, y comienza a vestirse.

James piensa que vestirte con ropa seca cuando estás mojado es raro. La tela se le pega a la piel y cada vez que se mueve, le roza, y tiene un tacto desagradable y le hace sentirse incómodo. Su pelo todavía rebosa líquido, y los hombros de la camisa pronto están húmedos también. Se da cuenta de lo ridículo que parece, como si me hubiera duchado con el uniforme puesto o algo así y piensa que oh, por Merlín, espero no cruzarme con Lily…

Cuando se dispone a salir por la puerta del cuarto de baño, escucha la voz de Sirius a sus espaldas.

- Oye, Gafotas, ¿por qué te viene tan grande el uniforme de repente?

James sonríe y sale de la habitación triunfal mientras contesta.

- Porque me he puesto el tuyo.

Camina por el corredor del sexto piso escuchando, de fondo, los alaridos de su mejor amigo "has mojado mi uniforme, Potter, te juro que esta no la cuentas, y ni siquiera te has puesto ropa interior, ¡qué asco, tío! ¡Vas a morir!". No le hacen falta más de dos pasos para que James añada "tener que andar descalzo y mojado con ropa seca encima" a su lista de "cosas que espero que nunca jamás tenga que volver a experimentar", en uno de los primeros puestos. Las prendas se adhieren más a su cuerpo con cada paso, y la fricción entre la parte interior de los muslos hace un ruido extraño y chirriante. Además, los pasillos están repletos de alumnos que vuelven de comer y suben a sus habitaciones o a la Sala Común de sus casas para terminar los deberes o entretenerse charlando con sus compañeros. Así que, en efecto, no hay nada en el mundo que vaya a salvar a James Potter de ser visto de esa manera, chorreando agua, descalzo y con la ropa pegada al cuerpo. Para rematar la escena, lleva las gafas empañadas por la diferencia de temperatura entre el frío baño y la calidez de los pasillos. Sube las escaleras a la carrera, ante las atónitas miradas de los estudiantes más mayores, y en el último escalón antes de entrar al pasillo donde se encuentra el retrato de la Señora Gorda, resbala y cae al suelo de bruces, generando unas leves risitas de un grupo de chicas de su curso, que cuchichean en una esquina, entre las que se encuentra no, por favor, no puede ser, en efecto, Lily.

Está allí, con tres chicas más, en las que no se fija. James trata de levantarse y recuperar la compostura lo más rápido posible, mientras observa a la chica pelirroja con (lo que él cree que es) disimulo.

Lleva el pelo recogido en una larga cola de caballo, salvo un par de mechones, que caen desordenada pero armoniosamente a los lados de la cara, enmarcando los enormes ojos y resaltando la palidez de su piel y las diminutas pecas de debajo de los ojos y encima de la nariz. Y va vestida simplemente con el uniforme de Hogwarts, pero James habría jurado que nadie jamás en toda la historia de la humanidad habría conseguido de tal forma que la simple túnica negra le sentase mejor que el vestido más caro y bonito del mundo. Pasa al lado del grupo de niñas y saluda, tratando de parecer interesante y quitándole importancia a su torpeza.

- Buenas tardes, señoritas. - y después sonríe con inocencia.

- ¿Te has caído al Lago, Potter? - le responde una niña de pelo negro y con las cejas demasiado pobladas de la que él y Sirius suelen hacer chistes en secreto por no ser demasiado agraciada. No tiene ni la menor idea de cómo se llama, pero si consigue dejarle mal delante de Lily, posiblemente sea lo último que haga.

- He tenido que salvar a un pobre niño de primero que había sido atrapado por el calamar gigante. Ha sido una lucha encarnizada, pero he ganado. - contesta él, provocando un pequeño "guaaau" en voz baja por otra de las amigas de Lily, esta vez con el pelo rubio y de baja estatura. Ella, sin embargo, no se inmuta siquiera.

James decide irse de allí antes de volver a poner en evidencia su propia estupidez delante de la chica que le gusta, murmura "criadillas de dragón" y la Señora Gorda le deja pasar hacia los dormitorios. Allí, coge una toalla para él, otras dos para Sirius y Remus, se seca rápidamente, cambia el uniforme que lleva puesto por otro suyo (y esta vez de su talla) y se dirige de vuelta al lavabo, dispuesto a torturar a Sirius y despedazarle en cientos de pequeños trocitos por haber hecho que se dejase en evidencia delante de Ella. Porque cuando piensa en Lily, hablar de "ella" suena algo así como "Ella", con mayúscula. Ella y no otra. Lily. Lily Evans.

Pocos segundos después de que se reúna con sus amigos, los tres, ya secos, se disponen a continuar con sus actividades habituales y olvidar lo ocurrido cuando Peter irrumpe en la habitación, muy nervioso.

- ¡Chicos! Dios, ¡es terrible! ¡No os podéis creer lo que he escuchado decir a unos chicos de tercero!