Trece años no se cumplen todos los días

Ha pasado ya una semana desde su llegada al castillo y aquel día James, Peter, Sirius y Remus se levantan temprano, solo el último de ellos por costumbre. Es día 7 de septiembre de 1972 y el temporal que desde hace días arrecia las inmediaciones de Hogwarts no parece tener intención de remitir. Las gotas de agua golpean con enorme fuerza los cristales del dormitorio mientras resuena, a lo lejos, el grave sonido de los truenos y los brillantes relámpagos iluminan durante pequeños segundos el cielo oscuro cubierto por nubes grisáceas que no dejan apenas pasar la luz del sol. Tanto es así que, a pesar de ser las siete y media de la mañana, hora a la que habitualmente ya ha amanecido, ni un rayo de luz diurna entra a través de las cortinas de color carmesí. Remus, con su tranquilidad habitual, va al cuarto de baño a lavarse los dientes mientras James "oh, dios, dame un poco más de esa gelatina azul" se despereza y busca su túnica bajo la cama, en la semioscuridad de la habitación. Peter ha olvidado en casa su vela encantada, que usaba para iluminar por las noches, y tiene grandes problemas para bajar de la litera sin apenas ver nada. Sirius sigue tumbado en la suya, sin ninguna gana de salir de ella "que aún es de noche, tío, ¿por qué no podemos dormir más rato?" pero el sonido de la lluvia repiqueteando contra la ventana le taladra los oídos, y sabe que no será capaz de conciliar el sueño un segundo más, así que finalmente baja de la cama de un salto y, con los ojos aún entrecerrados, comienza a vestirse: una camiseta blanca con el logo de Pink Floyd estampado, el jersey de Gryffindor sobre ella, los pantalones del uniforme y deportivas debajo. Por último, saca la corbata de color rojo y dorado y se la coloca alrededor del cuello, pero sin atar.

- ¿Qué se supone que pretendes vistiéndote como si fueses a la feria, Sirius? - Replica Remus, atónito, cuando sale del lavabo, perfectamente arreglado y con el uniforme bien colocado, tras terminar de asearse.

- ¿Qué es una feria?

Remus suspira y se acerca a su amigo. Coge su corbata, desanudada, por uno de los extremos y rápidamente la ata alrededor del cuello del chico, que no puede creerse lo que está pasando en ese momento.

- Y será mejor que, al menos, te pongas camisa, Sirius.

- No me lo puedo creer - gruñe éste - ¿Te crees que eres mi madre o algo así, Remus? ¡Yo me visto como quiero!

Peter encuentra la escena terriblemente cómica y no para de reír a carcajadas mientras se ata los cordones de los zapatos y se coloca bien la capa. James está aprovechando su turno en el baño para peinarse (o lo que él dice que es peinarse, es decir, revolverse el pelo con la mano en diferentes direcciones hasta que una de ellas le convence) mientras Remus y Peter se quejan porque quieren entrar a asearse, y después de mirarse en el espejo aproximadamente cincuenta y siete veces, vuelve a la habitación y lo recuerda.

Recuerda qué día es. Hoy. Es hoy.

- ¡SIRIUS! - exclama, al tiempo que se abalanza sobre el chico de pelo negro, que no se lo esperaba y se sobresalta. James le envuelve en un fuerte abrazo del que trata de liberarse como acto reflejo. - ¡ES HOY!

- ¿De qué demonios hablas?

- ¡QUE ES HOY!

- ¿Qué hoy es qué?

- ¡TU CUMPLEAÑOS, SIRIUS! ¡ES TU CUMPLEAÑOS!

Oh. Es hoy.

La verdad es que a Sirius nunca le ha gustado demasiado su cumpleaños. Septiembre no es un buen mes del año, para empezar. Una semana después del comienzo de las clases, la mal situada fecha del aniversario de Sirius hizo que no pudiese ir al colegio el año anterior. Las normas dicen que ningún niño de menos de once años puede cursar sus estudios en él, y el pequeño Black de diez años y trescientos cincuenta y ocho días tuvo que permanecer en su casa el 1 de septiembre de 1970 por culpa de aquella escasa diferencia temporal. En el fondo, siempre le guardará un poco de rencor a la fecha de su nacimiento por ello, por haberle alejado durante más de lo necesario de la libertad y la felicidad que para él solo residen entre los muros del castillo. Pero, por otro lado, a veces se siente como si hubiera sido lo correcto y lo adecuado. Como si aquellos seis días de diferencia hubiesen marcado una diferencia aún más enorme, y si no hubiesen existido, podría estar en otra habitación, rodeado de otros tres chicos somnolientos distintos de aquellos tres chicos que son ahora sus amigos. Un curso más avanzado, cien trillones de años más infeliz. Pero a Sirius seguirá sin gustarle septiembre. Porque no es verano, pero no es invierno tampoco. Posiblemente, Remus diría que "técnicamente es verano hasta el veintitrés de septiembre" pero para Sirius no es verano. Para él son esos días extraños en los que las nubes grisáceas y amenazadoras comienzan a arañar los últimos rayos de sol del estío, e iluminan con una calidez melancólica que suena como a jazz o a música clásica o esa música sin letra que escucha Remus y sin querer te hacen echar de menos los helados de fresa, las camisetas de manga corta y escuchar música sentado en el alféizar de la ventana. Londres no es un lugar muy soleado, en realidad. De cualquier forma, a Sirius le gusta la propia ciudad casi tanto como le gustan los terrenos y las inmediaciones de Hogwarts. La diferencia es que en estos últimos, muchas veces, hace sol. A Sirius le gusta el sol. Quiere el sol. No quiere Septiembre, ni su cumpleaños, ni ese insistente nubarrón negro que se instaló sobre el castillo el día de su llegada y no parece tener ningún tipo de interés en irse.

James tampoco parece tener ningún tipo de intención en dejarle tranquilo y olvidar el día que es. En la cabeza de Sirius no para de repetirse que el año pasado era todo más fácil porque no éramos amigos y pero no termina de pensarlo porque el chico del pelo oscuro y desordenado se abalanza sobre él por la espalda y le inmoviliza en una especie de abrazo extraño que le balancea de un lado a otro.

- Vamos, Sirius, ¡¿cómo puedes estar tan tranquilo?! ¡Hoy cumples años!

- No me… - a Sirius le cuesta un poco más de lo que pensaba zafarse de su amigo - No me gusta mi cumpleaños.

- ¿¡Quéeeeeeeeeee!? ¿¡Por qué!?

- No me gusta, James. No sé por qué, pero no. Solo déjalo, ¿vale?

- Pero…

Sirius se da cuenta al instante de que ha tratado mal a James por un motivo completamente injustificado. No es que quisiera hacerlo, ni que crea que se lo merezca; es más, agradece su ilusión y su intención de hacer de ese día uno memorable o al menos alegre. Pero eso no entra en la lista de cosas que Sirius Black reconocería delante de nadie, así que simplemente se queda ahí, mirándole, el bueno de James desconcertado como un niño pequeño que se ha levantado, ilusionado, la mañana de Navidad y se ha encontrado con que Santa Claus no ha dejado nada bajo el árbol. Disculparse tampoco parece una opción demasiado factible dentro de su cabeza, así que opta por respirar hondo y parecer no muy enfadado feliz y después dice algo.

- Muchas gracias, James.

Y eso parece ser suficiente para el niño, que le abraza de nuevo como si nada hubiese sucedido.

Después Remus y Peter salen del baño e igualmente le felicitan. Sirius sabía que de ninguna manera Remus podría olvidarse, de la misma forma que nunca olvida nada; ni la clase que tienen después de Transformaciones los jueves por la mañana, ni la fecha en la que empezó la Primera Guerra de los Duendes, ni cómo se llama esa chica de tercero de Ravenclaw Pansy que lleva el pelo siempre recogido en una trenza y les saluda a veces por los pasillos. Pero le sorprende, no sabe del todo si gratamente, que Peter también lo haya recordado, y se pregunta si se supone que debe ser así. Si es el orden natural de las cosas que la gente a tu alrededor recuerde y se sienta feliz de que cumplas años.

Desayunan chocolate y tostadas con mantequilla y bollitos rellenos de crema y chocolate y cuando ya están completamente saciados, James se recoloca la capa y se descoloca también el pelo, coge una copa de plata y una cucharilla que previamente ha sido usada para remover el café con leche por el chico sentado a su lado y ante el asombro de todos se levanta y sube sobre la mesa de Gryffindor, de forma que todo el mundo puede verle.

- Atención, alumnos. - Pronuncia las palabras alto y claro no me lo puedo creer, casi con solemnidad no me puedo creer que vaya a y alza el recipiente metálico con la mano derecha y lo golpea repetidamente con la cuchara hacer eso. - ¡Tengo algo que deciros!

Remus murmura "no puede ser" y Sirius es prácticamente capaz de adivinar lo que va a suceder a continuación antes de que James continúe. El resto de la mesa de su casa y algunos de las mesas contiguas le miran anonadados.

- ¡Hoy es el cumpleaños de Sirius Black! - no, por favor, James, no lo hagas - ¡Quiero que todo el mundo le felicite! ¡A la de tres, cumpleaños feliz! Una, dos…

Los que le conocen muchas veces piensan, y lo pensarán mucho más con el paso de los años, que si hay algo tan infinito como inexplicable en el universo, eso es la capacidad de James Potter de convencer a la gente para que haga cosas. Así, dos golpecitos en una copa metálica y un par de frases pronunciadas con tono entusiasta bastan para convencer a cientos de niños y no tan niños que le observan con mirada atónita para que le canten el "Cumpleaños Feliz" al ya no tan joven Sirius Black que se encuentra inmóvil en el sitio sin saber muy bien qué hacer ni a dónde mirar. No siente vergüenza, nada más lejos de ello; simplemente no entiende cuál es el motivo que le ha llevado al cabeza de chorlito de Cuatrojos a pensar que iba a sentirse bien siendo el centro de atención en un día que le gusta tanto como el olor corporal de Filch o la grasa del cabello de ¿Sean? Snape.

- ¡TE DESEAMOS, SIRIUS! ¡CUMPLEAÑOS FELIZ! - la voz de James resuena, estruendosa, por encima de todas las demás, desafinando en cada sílaba que pronuncia. Y después de la canción todo el corredor estalla en aplausos y risas de algunos grupos de Slytherin sentados al otro lado de la habitación.

Entre ellos se encuentra Lucio Malfoy, que se está riendo descontroladamente. Sirius le fulmina con la mirada, a él y a los dos chicos que se encuentran a su derecha y cuchichean, con una mirada tan cargada de odio que hace que la sonrisa se borre de sus rostros en cuestión de segundos. Eso le anima, en cierto modo. Hacer callar a Malfoy con una simple mirada significa un progreso notable en sus habilidades, de todas formas.

Responde amablemente a las tres o cuatro personas que se acercan a felicitarle personalmente (y por "amablemente" Sirius entiende asentir con la cabeza tratando de no parecer demasiado antipático) y cuando se encaminan hacia la primera clase del día, Transformaciones, aborda a James en una esquina del pasillo del segundo piso donde nadie puede verles y le empuja contra la pared.

- Más te vale que no vuelvas a montar un numerito así en ninguna de las clases o te prometo que voy a colgarte desnudo de lo alto de la torre de Astronomía.

- ¿Cómo de desnudo? ¿Desnudo-desnudo?

- Completamente desnudo.

Y parece entenderlo, Lily no me puede ver ahí colgado y sin ropa, Merlín porque el resto del día transcurre con normalidad. Por la tarde, en sus horas libres, los mejores sofás de la Sala Común, es decir, los que están frente a la chimenea, están ocupados. Así que deciden subir a su habitación y hacer un tiene que existir encantamiento calentador para librarse del frío del que parece imposible escapar en los últimos días.

Llegan allí y James se tumba sobre su cama y lanza los zapatos en la dirección contraria. Remus se mete dentro de la cama con un libro en la mano y cubierto por creo que no sé contar hasta más de un millón muchísimas mantas. Peter, sin embargo, comienza a rebuscar en su baúl frenéticamente, sacando fuera todo su contenido. Calcetines, un jersey de lana de color azul y verde, más calcetines, su vela mágica "eh, ¡aquí estaba!", ropa interior de repuesto, comida para Susan, y…

- ¡Toma, Sirius! ¡Feliz cumpleaños! - sonríe, y le extiende al aludido una cajita de cartón. Es un vinilo. En letras del color del arcoíris se puede leer: "Magical Mystery Tour.", y más arriba, el nombre del grupo, con la tipografía formada por pequeñas estrellitas amarillas: The Beatles.

- ¿Los Beatles? - pregunta Sirius. Sabe que son bastante conocidos, pero nunca se le había ocurrido pararse a escucharlos. - ¿Para mí?

- Sí… bueno. - se excusa Peter - me dejaste aquel vinilo y fui de vacaciones y vi este en una tienda y creí que te gustaría, aunque aún no lo he escuchado porque quiero que lo hagas tu primero, pero tuve el presentimiento de que sería especial o algo así y te gustaría. No pasa nada si no te gusta, puedo intent…

- Eh, ¡eh! Frena, Peter. Está bien. Está muy bien, en serio, seguro que me encanta.

Y lo que hace Sirius a continuación les deja sin palabras a los tres. Avanza un paso hacia Peter, que le observa, confuso, y le da un abrazo. En realidad, Sirius no suele dar abrazos; abraza a James para decirle "eres tonto, tío" o "somos geniales, la broma ha salido perfecta", pero en realidad, no suele tener contacto físico con nadie más. Pero abraza a Peter y él abre mucho los ojos como si acabase de ver algo terrorífico y el abrazo dura solo dos segundos pero para todos ellos es largo como un invierno o como una noche en la que tienes pesadillas que no te dejan conciliar el sueño.

- Muchas gracias, Peter.

Remus sabe lo que viene después, así que se apresura a sacar el gramófono de su escondite bajo la cama. No se ha movido de allí desde que lo desempaquetó el primer día tras su llegada al colegio; aún no lo han usado ni una sola vez. Pero James no piensa de la misma forma. Él también saca de su baúl un paquete de tamaño relativamente grande (al menos más grueso que el vinilo) cubierto por un envoltorio de color marrón y se lo entrega a Sirius.

- ¡Mi regalo, Sirius! ¡Ahora verás lo que es un regalo de verdad!

Sirius no sale de su asombro. El paquete, sea lo que sea, es bastante pesado y duro. Rasga el papel con una mezcla de impaciencia y temor seguro que es una broma y no hay nada dentro o va a explotar en cuanto lo abra o… y se encuentra con no uno ni dos sino tres cómics de tapa dura que parecen haber sido leídos con anterioridad.

- ¡Galactus! Los leí este verano… ¡Ya verás! Te van a encantar. Es un señor que come planetas. Bueno, no tengo muy claro cómo se los come realmente, supongo que no puedes comerte un planeta como quien se come una empanadilla de calabaza, ¿no? pero te prometo que se los come y es fuerte y tiene muchos enemigos y… ¡Es genial! - exclama, visiblemente entusiasmado.

Sirius sonríe y mira a su amigo. Antes de que le dé tiempo a hacer nada más, éste continúa hablando.

- ¡Pero venga, Sirius! Aún no has visto nada… Corre, ábrelo, vamos.

Y Sirius obedece y lo que ve le deja completamente impresionado. James ha encantado los tres cómics muggles para que los personajes dibujados en las viñetas se muevan por sí mismos, como las fotografías mágicas que salen en el Profeta o en los cromos que vienen con las ranas de chocolate. Pasa rápidamente las hojas y ante sus ojos se suceden explosiones, rayos láser, épicas batallas entre superhéroes en movimiento y color, como si fuesen a salir del papel en cualquier momento.

- Esto… esto es increíble, tío. ¿¡Cómo lo has hecho!? - Sirius no sale de su asombro y pasa las páginas adelante y atrás una y otra vez, ensimismado - ¡Es lo mejor que he visto en mi vida!

- Remus me ayudó - sonríe James - ¡pero fui yo quien hizo el hechizo!

- Eres un jodido genio, Potter - murmura Sirius, y luego lo repite más alto - Eres. Un. Jodido. Genio. Si fuese una chica, te diría que te quiero. Y tú, Remus, eres un genio también.

Después Peter coloca el vinilo de los Beatles en el gramófono y Remus ajusta la aguja y comienzan las primeras notas de "Magical Mystery Tour". La voz de Paul McCartney resuena entre las cuatro paredes roll up, roll up for the magical mystery tour, step right this way y los cuatro se quedan ahí, inmóviles, observando el aparato que reproduce aquella música, sorprendidos, como si acabasen de descubrir algo mágico y completamente nuevo. La segunda canción del álbum es más tranquila y más lenta, y Paul ahora casi susurra the man of a thousand voices talking perfectly loud but nobody ever hears him y antes de que puedan darse cuenta, se apaga lentamente. Aquel día, el trece cumpleaños de Sirius, y la primera vez que escucharon a los Beatles, el mundo pareció desvanecerse a su alrededor y les dejó allí solos, a los cuatro, girando alrededor de un universo entero de notas, acordes y melodías por explorar, de viñetas en frenético movimiento y páginas de cómic de los 60 que aún huelen a tinta. Y más tarde, y por mucho que pasen los años, por mucho que a Sirius comiencen a apasionarle los recién creados AC/DC y Remus descubra cientos de compositores de jazz y música clásica que le hagan estremecerse, siempre compartirán y volverán a los Beatles como algo absoluto e infinito que apareció casi por azar y pareció hecho completamente para ellos. James tendrá la melodía de I Am The Walrus en la cabeza durante las semanas siguientes, y los cuatro se dejarán cautivar de principio a fin por Strawberry Fields Forever. Y cuando los últimos sonidos de All You Need Is Love se esfumen en el aire se mirarán entre ellos y parecerá que todo ha cambiado por completo, que el mundo es menos frio y menos triste y que fuera ya no llueve ni hay relámpagos.

Pero no lo dicen.

No lo dicen porque sobran las palabras, así que James simplemente se levanta, sale del trance en el que se encontraba hacía escasos minutos y anuncia que baja a la cocina, a ver si los elfos pueden prepararle a su mejor amigo un pastel de cumpleaños para terminar el día como es debido. Peter le acompaña, y Remus y Sirius se quedan allí, solos en la habitación, sentados el uno frente al otro sin mediar palabra, respirando el vacío que ha dejado la ausencia de las voces de los cuatro de Liverpool. Los dos están pensando, su mente a cien kilómetros de allí, pero de repente Remus se decide a hablar.

- Oye, Sirius… Lo siento. Siento no haberte hecho ningún regalo, no pude comprar nada… - Se disculpa.

No es el tipo de disculpa que le ofreces a un chico de Slytherin que has empujado por el pasillo cuando un profesor te presiona para ello o la que tu madre te obliga a pronunciar delante de tu primo tercero por haberte comido su postre cuando no estaba mirando (y todas estas cosas le han ocurrido a Sirius con frecuencia). Es, posiblemente, una de las disculpas más sinceras que ha escuchado nunca. Y esa sinceridad es la que hace que Sirius se levante del suelo, donde se encontraba sentado hasta hace un segundo, y suba a su litera, a buscar algo que últimamente suele guardar bajo la almohada.

- No importa que no me hayas regalado nada - dice, mientras baja de su cama de un salto - porque ya me diste esto.

Lo que sostiene Sirius entre las manos es Estudio en Escarlata, de Sir Arthur Conan Doyle. Es el libro que Remus le mandó por lechuza este verano para que se leyera y, para sorpresa de éste, Sirius se ha leído. No solo lo ha leído, sino que ha quedado completamente atrapado en las aventuras de Sherlock Holmes y su compañero, John Watson.

- ¿En serio? - Remus parece realmente sorprendido - ¿Lo has leído?

- Tres veces.

Hace amago de devolver el libro a su dueño, pero éste se ha levantado con una agilidad impropia de él y rebusca entre sus pertenencias hasta que encuentra otro tomo, de color rojizo y con la encuadernación desgastada por el uso.

- Toma. Es, posiblemente, uno de mis libros favoritos de entre todos los que tengo, y, posiblemente lo he leído tantas veces que ya no lo necesito. Siento no poderte dar algo mejor, pero… Para mí es valioso. Me gustaría que lo leyeras - Se lo entrega y luego añade - No se lo diré a James.

Y entonces hablando del rey de Roma James Potter entra a la habitación quejándose, malhumorado, en voz alta, y seguido de Peter, que deja caer la Capa Invisible al suelo.

- No me han podido hacer un pastel de cumpleaños porque decían que tardaría cuatro horas en estar listo, ¡y yo no puedo esperar cuatro horas! - vocifera James, y luego saca de debajo de la capa una enorme bolsa de tela llena de chocolate y dulces de todo tipo - pero te he traído esto.

Sirius comienza a leer Galactus aquella tarde, tendido sobre la cama, con los cuentos de Edgar Allan Poe guardados a buen recaudo bajo la almohada, y mientras le da un mordisco a un bollito de mantequilla relleno de crema, piensa que si todos los 7 de septiembre fuesen así, quizás pudiese acostumbrarse a cumplir años algún día.