¡Muy buenas a todo el mundo! Perdón por la tardanza, estaba escasa de ideas xD Bueno, espero que os guste este capítulo. Es algo así como de transición, de reacciones ante un hecho. Lamento que no sea muy largo. En fin, muchas gracias por leer :3

Kusogaki: Mocoso de mierda /Mención Yoshiwara arc / Nemurenai: No puedo dormir.

La luna les saludó desde el agua, reflejada del cielo índigo. Era llena y brillante, como la que transforma a los hombres-lobo. La joven volvió a mirar su vestido y suspiró en silencio. Detestaba verlo hecho un asco, era su favorito. ¿Podría Onee ayudarla a lavarlo? Escuchó un chapoteo y detectó un movimiento a su lado. Okita avanzó, acortando la distancia entre ambos. Ella levantó la vista. Sin mirarla, como si no existiera, pasó detrás de ella. No desprendía ningún aura hostil ni agresiva. Pese a ello, Kagura se sintió tensa. Hizo bien. Desde su espalda, Okita rodeó su cintura con el brazo, inmovilizando uno de los de ella, mientras que con la mano restante alzó su mentón, giró su cara y la besó en los labios.

Chuu.

Sus labios eran fríos, húmedos y suaves, como esperaba. El joven castaño sentía tal agitación interior que le amenazaba, cual globo demasiado hinchado, con desbordarse en cualquier momento. Él mismo estaba sorprendido: No pensaba lanzarse tan pronto. El plan inicial consistía en tratar más con ella, buscar algún recoveco en su armadura donde su fusta de sádico pudiera acertarla, y hacerla suya. Ma, sólo se había saltado los dos primeros pasos. ¿Quién habría podido esperar? Ella se estaba bañando con la ropa puesta. Ver mojado ese maldito vestido, que marcaba toda su figura, resultó tan erótico que no entendía como no había formado una cascada de sangre con su nariz. Y además, le hacía palpitar el hecho de que ella no se percatara de su propia imprudencia.

¿Debería añadir lengua?, pensó.

Entreabrió los ojos a tiempo para ver el puño demasiado cerca de su cara. No tuvo oportunidad de esquivarlo, recibió el golpe directo. Fue tan potente como estaba acostumbrado viniendo de ella, le lanzó volando hacia atrás. Aterrizó rodando sobre las piedras de la orilla.

- ¿¡Q-Q-Qué te crees que haces, kusogaki!? -A pesar de su mareo, escuchar el chillido de la pelirroja le causó una extraña satisfacción-

Levantó la vista. La joven Yato tenía el ceño fruncidos, sus grandes ojos azules le miraban enfurecidos. Se limpiaba los labios con el dorso de la mano, cubriéndose parte de la cara... Tan colorada como su vestido. El sádico no pudo evitar enseñar los dientes, eufórico.

- ¡Voy a romperte todos los huesos, acosador callejero! - bufó ella.

- Ara~ -Sonrió ladino él, hincando una rodilla sobre los adoquines y tratando de hablar con naturalidad pese a su mejilla hinchada- Estás colorada, China. ¿Tan bueno ha sido? Porque aún no me he puesto serio.

Ella caminó hacia él, sus pasos retumbando como los de Godzilla.

- ¡Te voy a romper todos los huesos del cuerpo, -insistió- puto desgraciado!

Okita se incorporó con la picardía reflejada en su cara, mueca que no perdió ni siquiera cuando ella le agarró del cuello de la camisa. Cerca estuvo de levantarle del suelo. Frente a frente, observó las dos llamas azules del rostro de la pelirroja.

- ¿He sido el primero? -preguntó aproximando aún más su cara a la suya- Podemos repetir.

Como respuesta recibió un cabezazo. Medio grogui, notó que ella le soltaba. Se tambaleó, doblado, cubriéndose la frente con las manos.

- Los hombres dais asco.

- Eso -jadeó él- ¿quiere decir que eres virgen?

Se puso derecho esperando encontrarse una mirada avergonzada y unas mejillas rojas, pero en su lugar se topó con un ceño fruncido, una piel pálida como la porcelana y unos ojos penetrantes que le devolvieron la mirada. Tarde, la China se había recuperado del shock y ni le había escuchado. Sonrió osada enseñando los dientes.

- Qué sorpresa, el Sadist está coladito por mí... ¿Te traigo una margarita, teme?

El aludido imitó su sonrisa, molesto.

- No, mejor desnúdate ante mí.

- Después de que te desnudes tú y hagas equilibrios a la pata coja sobre el pasamanos -respondió ella señalando con la cabeza el puente de madera- ¿No es algo propio de tu grupo?

- Ahh~, ¿entonces el problema es que no he pagado? ¿Debería darte un fajo de billetes para ver carne? Bueno, no creo que sea más de 2000 yenes. -La miró desde arriba- ¿O vale pagar en comida? Una cena, ¿quizás?

Ella arqueó una ceja. Suspiró y fue a buscar su paraguas. Okita la siguió con la mirada.

- Me dan ganas de reventarte la cara de un puñetazo. No te acerques a mí.

Okita frunció el ceño durante una milésima de segundo.

- ¿Me tienes miedo?

Ella sonrió a su vez, amenazadora.

- En realidad me irrita ver tu cara, Sadist.

La joven depositó la sombrilla sobre su hombro y se apartó el pelo de la cara. Echó a andar hacia la calle y, sin volverse, se despidió con un escueto: "Me voy a casa". El sádico observó cómo se alejaba hasta que salió de su campo de visión. Chasqueó la lengua. Su aspereza le daba más ganas de tenerla cerca y fastidiarla aún más, pero al mismo tiempo le extrañaba, le hacía desconfiar. Teniendo en cuenta cómo se trataban, ¿tan extraño era que fueran algo más? Fue a recoger su chaqueta, tirada sobre la orilla, y distinguió un brillo por el rabillo del ojo: La joven había olvidado sus adornos del pelo.

Los observó de soslayo. Depositando la chaqueta sobre su hombro, levantó la vista al cielo. La noche había caído sobre ellos como una bombilla fundida. Corría una suave brisa que aligeraba el calor concentrado de la noche veraniega. El capitán de primera división regresó a los cuarteles a paso tranquilo. Se sentía orgulloso de haberla robado un beso y de haber contemplado su sonrojo.
Cruzó la entrada del Shinsengumi con un paso silencioso, pensando en su cama. Estaba cansado. Se dejó caer sobre su futón, sin ganas para cambiarse de ropa. Sacó lo que tenía en su bolsillo y lo observó. Los tazones del pelo tenían relieves de colores, y el mechón de flecos morado era suave como la seda.

Aquella noche, sabía, no iba a dormir.


Kagura decidió dar un paseo, puesto que no quería regresar directamente a la Yorozuya. Pocos eran los transeúntes que deambulaban por la calle cuando caía el sol; Shinpachi siempre había dicho que Kabuki-cho no era un buen sitio por el que rondar sola de noche. Su aspecto desaliñado llamó la atención de algún borracho, el cual la pelirroja ignoró con un gruñido. ¡Que se atreviese a acercarse!

Caminando sin prisa, disfrutaba del silencio de la noche y del frescor que secaba su ropa mojada. Era agradable.

Pum, pum. Pum, pum.

Su tripa comenzaba a devorarse a sí misma, casi podía sentirlo. Tal vez debería haberse comido ese cuarto plato de arroz en la comida. Ah, pero Gin-chan se había quitado de las manos antes de que pudiera siquiera marcarlo con su saliva.

Pum, pum. Pum, pum.

Se detuvo. Por fin, pudo con ella el temor a que su corazón se le saliese del pecho. Lo oía, lo sentía. Sus sentidos se habían agudizado, su cuerpo era gelatina fría. Estaba tensa, atenta, viva y capaz. Se dejó caer de cuclillas. Miedo. Miedo, pavor. Llamaban a su puerta con la insistencia de un comprador a domicilio. Lo mismo había sentido, aunque más fuerte, en su enfrentamiento contra Abuto.

Aquello no podía ser bueno.

Pisando fuerte, se incorporó, cerró el paraguas, apretó el paso y gradualmente aceleró hasta correr. Sus zapatos levantaban el polvo de las calles sin asfaltar. Su garganta se enfrió dejando pasar el aire. Sus músculos temblaron, impacientes, anhelando liberar toda su fuerza. Se contuvo, sólo corrió más rápido. Las luces de los farolillos se distorsionaron ante sus ojos, las callejuelas se abrían a su alrededor. Ahí estaban, los sentía. Bullían desde no sabía dónde: Si su cabeza o su corazón. ¿O quizá estaban bajo su piel?

Esa noche regresó a la Yorozuya pasada la madrugada, sudorosa y fatigada. Shinpachi la regañó, cual madre que esperaba despierta a sus hijos. Gin-chan estaba acostado y no hizo ni dijo nada, pero Kagura escuchó el susurro de las sábanas tras el biombo. No contó nada, se disculpó, dio una ducha rápida y fue directa a su cama.

Ni con varios cabezazos contra la pared consiguió perder el sentido y dormirse. Ni siquiera le ayudaba a reprimir sus pensamientos. Al tratar de no pensar en ello, ¡sorpresa!, pensaba en ello. No, no quería. Le producía un profundo rechazo. De hecho, tenía claro que la siguiente vez que se lo encontrara, le destrozaría la entrepierna con un bate de béisbol. No quería pareja. No quería una relación. No quería siquiera enamorarse. ¿Perder el sano juicio por, además, un hombre? Ése no era su estilo.

Aquella noche, definitivamente: Nemurenai-aru.

¡Muchísimas gracias por leer! Espero que os haya gustado. Agradecería mucho un review, me anima mucho para escribir ^^' Cualquier cosa, ya sea queja, petición o yo qué sé, podéis decirla. Matta nee~!