Enfermedades fantásticas y dónde encontrarlas

- Tú eres tonto, James. – sentencia Sirius, y fulmina al chico con la mirada. – Eres la persona más endemoniadamente tonta que he conocido en mi vida.

James le mira, desconcertado. A su lado, Remus cruza los brazos en señal de reprobación, y Peter está nervioso y trata de disimular sus ojos llorosos.

- ¿Por qué? Si está arreglado… -

- Ya, vale, listo, ¿y dónde vamos a dormir hasta que tu padre te envíe las camas, si es que se cree tu estúpida coartada?

- Tendremos que decírselo a algún profesor – contesta Remus, de inmediato – no está bien que ocultemos algo así, tendría consecuencias mayores si nos pillan después, y quizás no nos expulsen si confesamos y nos inventamos una buena excusa. No es que esté a favor de las excusas, pero es una situación extrema, ya sabéis, es solo una mentira piadosa…

- Espera, que ahora se ha vuelto tonto Remus también… – Sirius tiene muchas, muchísimas ganas de golpear cosas en ese momento, y chilla – ¿¡Cómo vamos a confesar!? ¿¡Te das cuenta de que nos van a expulsar!?

- Yo opino como Remus… – afirma Peter en voz muy baja, lo suficiente para que Remus, a su derecha, le escuche, pero no tanto como para que el enfurecido Sirius se percate de lo que acaba de decir.

- Eh, eh, tranquilo – interviene James. Se pone las manos en las caderas, se recoloca la capa y sonríe. Sirius piensa que solo un completo estúpido podría sonreír tan bravuconamente en una situación así, pero le deja hablar – Que os creéis, ¿que no tengo un plan?

Peter, Sirius y especialmente Remus, tras aproximadamente un año y medio de conocer a James Potter, saben que cualquier idea que salga de su cabeza en una situación así, o, de hecho, cualquier idea que salga de su cabeza, nunca puede ser lo que con rigor se llama una buena idea. No obstante, no tienen otra; así que se dejan convencer por el chico, sonriente y con mirada brillante bajo las lentes de las gafas, con pose triunfal, como un superhéroe que acaba de salvar a la ciudad de un malvado villano que amenazaba con reducir a todos los habitantes a cenizas.

El brillante plan de James consiste en ir a la enfermería fingiendo encontrarse mal "cada uno una enfermedad distinta, por supuesto, no queremos que nos pillen…". Así, Madame Pomfrey les dejará dormir allí esa noche, y con suerte al día siguiente sus nuevas camas, que James está convencido de que su padre va a comprarle, ya estarán en sus habitaciones. Ninguno se para a pensar cómo llegarán allí, cómo van a meter cuatro colchones en una habitación tan pequeña ni mucho menos de qué forma van a hacerlo sin que nadie se entere. Sirius y Peter aceptan con cierta reticencia, pero Remus se niega en rotundo. Bajo ningún concepto voy a hacer el ridículo fingiendo estar enfermo y meternos en un lío aún más grande.

- ¡Venga, Remus! ¡Si no, sugiere algo mejor! – le recrimina el joven Potter.

Remus sugiere ir a decírselo a McGonagall o a Dumbledore, sugiere buscar algún libro en la biblioteca que les enseñe a reparar el dormitorio con un hechizo, sugiere buscar alguna clase o habitación vacía bajo la capa y pasar la noche allí, pero todas sus sugerencias se pierden en el camino de sus labios hasta los oídos de sus amigos. Cuando quiere darse cuenta, ya están pensando en cómo van a arreglárselas para lograr pasar la noche en la enfermería.

- Voy a decir que tengo diarrea – les comunica Sirius, muy serio. – Nadie pregunta nunca cuando dices que tienes diarrea. ¿Quién iba a querer saber los detalles?

- ¡Eh! ¡Iba a pedirme yo la diarrea! – se queja James – No vale, Sirius, el plan es mío, ¡déjame tener diarrea!

- Nunca. Pero Remus puede decir que tiene diarrea, si quiere. – ríe Sirius.

- ¡No voy a decir que tengo diarrea!

- ¿Ves? Problema resuelto. ¡Diarrea para el señor Black!

Remus niega con la cabeza.

- ¿No os dais cuenta de que será mucho más creíble si decimos que tenemos todos la misma enfermedad?

- ¡Pero qué dices! – replica James – Pensarán que nos hemos copiado, como en los exámenes…

- Pero…

- Tú estuviste en la enfermería hace unos días – añade – Solo tienes que decir que no te has curado y que vuelves a encontrarte mal.

- Bueno… – Remus se estremece. Hace tan solo tres días de la luna llena, y pasó allí aquella noche para que la señora Pomfrey le curase las heridas y le diese una Solución Revitalizante para poder ir a clase al día siguiente sin llamar demasiado la atención. Si vuelve ahora con ese pretexto, la enfermera sabrá que es mentira, pero no parece tener otra opción.

- Por favor, Remus… – James está poniendo lo que más tarde todo el mundo (particularmente las chicas) conocerá como esa mirada. La mirada con la que el chico de pelo revuelto conseguiría convencer a una mandrágora de que cantase La Traviata, si supiese lo que es.

- Está bien… – el chico finalmente sucumbe, y se gira hacia Peter. – ¿Y tú, Peter?

- Yo…

- Tú tienes mocos y ya está, Peter – proclama Sirius.

- Gripe – corrige Remus – tienes gripe.

Se encaminan hasta el primer piso, mientras James dice que "no os preocupéis, ya se me ocurrirá algo para mí" y Peter repite "gripe, tengo gripe" numerosas veces. Y llegan a la enfermería. Para entonces, todo el mundo está cenando ya en el Gran Comedor; los pasillos están desiertos y se sienten extraños estando allí sin la capa cubriéndoles a los cuatro. Se quedan en la puerta unos minutos, mirándose los unos a los otros acusadoramente.

- Venga, Sirius, entra tu primero. – casi suplica James.

- Ni hablar… Es tu brillante idea, Jimmy, entra tú.

- ¡No me llames…! No, quiero decir… Ya que yo he tenido la brillante – y remarca mucho la palabra "brillante"- idea y os he salvado, qué menos que que entréis vosotros primero…

- Yo, desde luego, no voy a hacerlo… – murmura Remus, al tiempo que Peter da un paso atrás.

Sirius gruñe y se dispone a abrir la puerta.

- Está bien… – y después respira hondo – Iré yo, cobardes.

Todos tragan saliva y le observan cruzar el umbral y adentrarse en la enfermería. La señora Pomfrey está en ese momento en su despacho, en la habitación contigua a la gran sala donde se encuentran las camas para los estudiantes enfermos. Esa noche no hay ningún niño al que atender, así que se encuentra tranquilamente leyendo un libro sentada en la silla de su escritorio mientras, a su derecha, una poción crece-huesos termina de cocer, completamente inconsciente de la escena que está a punto de presenciar y que no le será fácil olvidar. Distraídamente, gira la página 394 de su ejemplar de Moste Potente Potions cogido de la biblioteca, cuando Sirius Black irrumpe en la habitación, chillando al tiempo que se lleva el brazo al estómago y simula retorcerse de dolor.

- ¡Socorro! – chilla el chico – ¡Socorro, señora Pomfrey, ayúdeme!

La enfermera, alarmada, se levanta, rápida como un relámpago y olvidando por completo la poción que empieza a burbujear demasiado en el fuego. Se encuentra a un Sirius encogido sobre sí mismo, de rodillas sobre el suelo, los brazos rodeando su propio estómago y emitiendo pequeños gemidos cada cinco segundos.

- ¿Qué te ocurre, querido? – pregunta, preocupada – ¿Estás bien? Ven aquí… Túmbate.

A Sirius se le escapa una media sonrisa, feliz por haber conseguido su objetivo, pero decide que aún no es hora de dejar de fingir. Se encoge aún más sobre sí mismo y contesta.

- Me duele… mucho… el estómago… – dice, haciendo grandes pausas entre cada palabra, como si le costase hablar – tengo… diarrea… y…. ugh….

La señora Pomfrey se acerca a Sirius, que ya está casi tumbado en el suelo, de costado, y trata de levantarle. Éste se resiste, simulando que tiene agudos pinchazos en el estómago que no le dejan moverse. Al final, la enfermera consigue recostarle sobre la camilla más cercana, y cuando va a comprobar la temperatura del chico, James decide que es hora de hacer su papel.

- ¡AAAAAAAAAAAAAAAH! – chilla – ¡AYUDA! ¡ME DUELE MUCHO EL HÍGADO! ¡AHHHHHH! ¡ME VOY A MORIR!

Madame Pomfrey no puede creer lo que está escuchando. James está apoyado en el marco de la puerta, retorciéndose, con la mano sobre el costado derecho y gritando "mi hígado, es el hígado, se lo juro, señorita Pomfrey". Después, se lleva la mano que le queda libre dramáticamente hacia la frente, y dice, con voz falsamente temblorosa "tengo fiebre, me duele la cabeza… Malaria, creo que es la malaria…".

Evidentemente, James no tiene ni la más leve idea de lo que es la malaria, pero ha elegido el primer nombre que se le ha venido a la cabeza que sonase a enfermedad letal y contagiosa. De esto se da cuenta la señora Pomfrey y le observa con desdén, desatendiendo a Sirius, que está tumbado en la cama, cubierto con una sábana blanca y en medio de un épico ataque de risa descontrolado que no parece ir a acabar nunca.

- ¿Y qué le lleva a pensar que tiene malaria, señor…? – pregunta la enfermera, escéptica.

- Potter – añade Sirius. – Es James Potter.

- Eh… – James no esperaba que fuese a preguntarle. Desconcertado, se gira hacia donde está Remus, pensando venga, Remus, tienes que saber qué leches es la malaria pero éste solo se encoge de hombros, y decide que tiene que improvisar – ¡Se me está cayendo la piel! Tengo… ¡manchas en el cuerpo! ¡Es malaria!

Sirius empieza a reír todavía más alto, y a la señora Pomfrey no le da tiempo a reaccionar, porque entonces Peter irrumpe en la sala.

- Madame Pomfrey, ¡tengo moc… gripe! ¡He cogido la gripe! – gime, mientras simula toser. – ¡Me encuentro muy mal!

- ¡USTEDES TRES! ¡¿SE PUEDE SABER QUÉ DIANTRES ESTÁN HACIENDO!? – brama la mujer, entre confundida y enormemente enfadada.

Afortunadamente, la actuación de Peter es mejor o al menos más convincente que la de James, ya sea porque palidece repentinamente cuando la enfermera le grita o porque las dotes interpretativas del chico de pelo oscuro no son nada del otro mundo. Pero Sirius no cesa de desternillarse, y James sigue emitiendo chillidos agónicos, y Peter se ahoga entre toses y estornudos falsos. Y por último y cuando no le queda más remedio, Remus da un paso dentro de la sala, arrastrando su parsimonia habitual, con mezcla de desgana y resignación y de verdad que soy incapaz de creerme que me hayan convencido para hacer esto.

- Yo… Disculpe, creo que no me curé del todo bien el otro día, Madame Pomfrey.

Y en medio de la confusión y de repente todas las miradas se centran en él y la señora Pomfrey también le observa y acude rápidamente a su lado. Le coloca la mano en la frente para comprobar si tiene fiebre, le sujeta del brazo y le obliga a recostarse en una de las camillas, para después cubrirle con cuatro o cinco gruesas mantas. Trata a Remus como si fuese de cristal y se rompiese, y pregunta frecuentemente "¿estás bien así, cariño?" "¿te duele?" y le llama por su nombre, no "señor Lupin" o "Lupin" a secas, como hacen todos los profesores.

- Y ustedes – y señala a James, Sirius y Peter – salgan de aquí y dejen descansar a Remus. ¡Rápido!

Pero qué demonios.

Sirius mira a James. James mira a Sirius. Después a Peter. Peter les mira a los dos. Se miran, y a la vez, con una armonía y coordinación que solo hubieran conseguido unos hermanos gemelos, reanudan la actuación.

- ¡Me duele! ¡El hígado! ¡El esternón! ¡Malaria!

- Ah… Tengo diarrea. En serio, ¡mi estómago! ¡diarrea! ¡ayuda!

- ¡Gripe! ¡Tengo gripe y mocos! ¡Me duele! ¡Tengo fiebre!

- Ya lo veo venir… La luz… La luz en el túnel… Me muero… Adiós, chicos…

- ¡No, James! No quiero que me recuerdes así… Con… Diarrea…

- ¡Mocos, tengo mocos! ¡Juro que los tengo!

- ¡Malaria!

- ¡Diarrea!

- ¡Gripe!

- ¡USTEDES! ¡LLEVO TODA LA TARDE BUSCÁNDOLES! ¡PRIMERO LA HABITACIÓN, Y AHORA, ESTE ESCÁNDALO! – brama una voz tras ellos.

Los tres se quedan inmóviles, paralizados, y lentamente se dan la vuelta para mirar a la persona que se encuentra tras el umbral de la puerta.

Si las miradas matasen, posiblemente Minerva McGonagall acabase de cometer tres asesinatos.