¡Muy buenas a todos! Aquí os traigo un nuevo capítulo del fic, espero que os guste~ Como siempre, muchas gracias por leer y por comentar. :D

Detalle capítulo 42 del anime. / Harisen: Abanico de papel / Genkan: Zona de quitarse los zapatos en la casa. / Cita de Spiderman.

El cielo era fuego carmesí. Las nubes reflejaban la luz caliente con tanta claridad que hacía daño a los ojos. Bajó la vista. A su alrededor el caos reinaba como único soberano. Correr, gritar, confusión... Los uniformes del Shinsengumi iban y venían en un movimiento frenético. Órdenes, voces. Giró sobre sus talones, escaló por lo que quedaba de una cornisa y oteó el espectáculo. Sonrió, levantó los brazos extasiado. Uniformes del Shinsengumi se dispersaban apresurados, buscando refugio. A lo lejos el cielo brilló de nuevo, entrecerró los ojos. La gigantesca roca se derretía mientras caía, colorada y fulgente como si estuviera al rojo vivo. Un parpadeo, sólo eso tardó, y se estrelló contra el suelo. La tierra tembló y le hizo tambalearse desde su destrozada atalaya. Excitado, escrutó el lugar del impacto. Sangre, rotura. De debajo de la roca distinguió una manga negra. Sus labios dibujaron una sonrisa cruel y estremecedora.

Volvió el rostro. Uno de los de uniforme negro corría hacia él, furioso, cabreado. Mantuvo la sonrisa y deseó. Sólo tuvo que desearlo. El cielo brilló otra vez, silbó. Antes de que una enorme masa de piedra cayera sobre el uniformado, este gritó:

- ¡Sougoooooooooo!

Colisión, el joven cayó de espaldas por la onda expansiva. No sintió ningún dolor, como si estuviera hecho de goma. Se levantó. Frente a él, en el caos de una ciudad desconocida, decenas, cientos de Hijikatas huían de un lado a otro. Confusos, enfadados, intentando en vano salvar sus reservas de mayonesa... Por el rabillo del ojo distinguió la caída de otro meteorito sobre cuatro Hijikatas. Rió. Una y otra vez el suelo temblaba.

Continuó riendo, girando sobre sí mismo. Y allá donde miraba, Hijikata moría.

Un temblor le hizo despertarse. Se quitó el antifaz rojo y miró su cuarto. Estaba intacto, salvo que los libros que tenía sobre una repisa en la pared habían caído al suelo. Frunció el ceño. Oyó bullicio fuera, en el patio. ¿Alguien gritaba? Se vistió lo más rápido que pudo, sin ponerse el pañuelo y la chaqueta, cogió su katana y salió fuera.

La situación se asemejaba tanto a su sueño que, por una milésima de segundo, se sintió confuso. Recuperó la sangre fría cuando oyó a Kondou-san dar órdenes a voz en grito. El humo le indicó el origen del desorden: Una roca, del tamaño de una camioneta, se había estrellado en una parte del edificio, deformándolo como un cubito de hielo ante una llama. Corrió hacia el Gorila.

- ¡Kondou-san!

- Ah, Sougo. Menos mal que estás bien -El acosador resopló y se rascó la nuca- Estamos intentando localizar a todos, parece que no hay heridos. Ah, ¡aquí, Toshi!

El Vicecomandante, Toushirou Hijikata, llegó corriendo hasta ellos. Él sí iba completamente uniformado, katana en mano, y mordiendo un cigarrillo.

- ¡Kondo-san! ¿¡Qué es todo esto!? -preguntó mirando por derredor- ¿Un ataque terrorista? ¿Hay heridos?

- Parece que no. El impacto ha sido en la sala de reuniones, pero no había nadie dentro.

El castaño sonrió.

- Sería necesario asegurarse. Hijikata-san, ¿y si echa un vistazo debajo?

El moreno le miró mal y se concentró en dar órdenes.

- ¡Segunda unidad, examinad los alrededores! ¡Cuidado con los escombros! ¡Vigilad la estructura del edificio! ¡Vosotros! ¡Ocupaos de-

Se interrumpió a sí mismo y echó mano de la espada. Okita también lo sintió, por lo que hizo lo mismo con la suya. Kondo, serio, se giró junto a ellos. Vieron una figura subida en uno de los tejados del cuartel. Vestía ropa ajada, gris y marrón, su capa ondeaba al viento. Vieron botas oscuras, piernas humanas. Mas la parte superior, mala suerte, se encontraba oculta por un paraguas verde.

Verde y chino.

- O- Oe, Toshi, ¿ese no es...? - tartamudeó Kondo, reconociéndolo.

Umibouzou levantó el paraguas. Su calva brilló por el sol de la mañana, reluciente y despejada como una bola de billar. Sus pequeños ojitos se abrieron de par en par, dementes. Cuando enseñó los dientes todos sintieron un escalofrío.

- Minna-san -Su voz era grave- ¿Alguno de ustedes es Okita Sougo?

Instantáneamente varios pares de ojos se volvieron hacia el Capitán de primera división. Este, imitando el gesto, miró a Hijikata-san.

- Sougo-chan, ¿qué has hecho ahora?


Kondo Isao carraspeó por tercera vez.

- Ejem, entonces... ¿Ha venido aquí para conocer a Sougo?

- A destruirlo -respondió Umibouzou con una pasmosa tranquilidad antes de tomar un sorbo de té como pedían los cánones.

Kondo, tan inocente que no sabía dónde meterse, río nervioso y golpeó su propia rodilla con la palma de la mano.

- Bueno, bueno. Seguro que se puede solucionar. Sougo es un buen chico, uno de nuestros mejores hombres...

El platillo de té se hizo añicos entre los dedos del caza fortunas. Kondo dio un bote.

- ¿Buen chico? - repitió Umibouzo- Permítame llegar a esa conclusión por mí mismo, si no le importa. -Sonrió enseñando todos los dientes- Es mi deber, al fin y al cabo.

Su deber... Tras anunciar Umibouzou a quién quería conocer, este saltó y enarboló su paraguas estrellándolo en el lugar donde segundos antes había estado el joven sádico. Okita saltó hacia atrás y evitó el golpe sin problemas. El lomo de su espada reflejó entonces los rayos del sol.

- ¡Guarda eso, Sougo! -había gritado Kondo (autoridad tenía de vez en cuando). Okita no contraatacó pero se mantuvo en guardia.

Hijikata había desenvainado también, pero parecía más calmado que los demás. Hubo un momento de silencio en el que las miradas tensas dominaron la muda conversación. Hasta que ¡pum!, se rompió el hielo con un golpe de gorila: Kondo sugirió "tomárselo con calma" y tener una "charla productiva dado que soy como un padre para Sougo". Obviamente, nadie le preguntó al castaño qué opinaba sobre ello. Pese a todo, escucharlo sosegó a Umibouzou, relajando su postura. Nadie se atrevió a guardar su katana.

Y allí estaban ahora los dos, en la habitación del té como si parte del cuartel no hubiera sido destrozado. Incluso Kondo, emocionado, se había puesto una peluca tradicional con una coleta en la nuca, cruzado de brazos y zarandeando nervioso un harisen.

- Oe, ¿qué estás insinuando? -masculló Umibouzou. Escrutaba de soslayo el postizo- ¿Que debo tener pelo para ser padre? ¿Estás diciendo eso? ¿De veras estás diciendo eso?

- Sougo está en una edad complicada, -prosiguió Kondo como si tal cosa, asintiéndose a sí mismo- no se le puede culpar que vaya detrás de las mujeres. Yo aún recuerdo cuando era joven y perseguía a las chicas que me gustaban.

- ¡Pero si las sigue acosando! -musitó Yamazaki escondido tras la puerta corredera, escuchando a hurtadillas junto a otros compañeros.

- ¡Shhh! ¡Te va a escuchar ese loco! -dijo uno.

- Cállate, ¡a quien va a oír es a ti! -advirtió otro.

- ¡Ha mirado, acaba de mirar hacia aquí! ¡Estoy seguro de que lo ha hecho! - se asustó uno más.

- Etto... -Yamazaki se volvió hacia donde se encontraba el sádico. El joven capitán se había puesto el antifaz y dormitaba en el suelo con la espada entre los brazos y apoyado en la pared. - Okita-san... ¿Ha ocurrido algo?

El aludido no dio muestras de haberle escuchado, ni siquiera parecía consciente. Su tripa subía y bajaba con tranquilidad. Hijikata llegó por el pasillo.

- Me sorprende que le hayas puesto la mano encima a esa cría - dijo. Aún fumaba.- ¿No encontraste a otro más problemático al que cabrear?

- Se están dando por hecho muchas cosas -respondió sin moverse- ¿No podría ser ella quien haya ido detrás de mí y no al revés?

- ¡MI HIJA JAMÁS HARÍA ALGO ASÍ, MOCOSO! -gritó Umibouzou desde la habitación- ¡NO TE ATREVAS NI A INSINUARLO!

Sin quitarse el antifaz, el castaño sonrió de medio lado.

- Pues me comió la boca el otro día.

CRAAASSSSSHHHH

El paraguas verde se estrelló a dos palmos de su cara, esquivado en el último segundo por sus compañeros a los que poco les faltó para cagarse en los pantalones. La sonrisa de Okita se hizo más amplia y se quitó el antifaz. Sostuvo la mirada al padre.

- ¿Ha pasado siquiera a ver a su hija? ¿Cuánto hace que no la ve? -chasqueó la lengua tres veces, regañando- ¿Y viene a verme a mi antes que a ella, Oto-san? Eso le va a molestar... -añadió con maldad.

El hombre calvo resopló, enseñó los dientes.

- ¡Habrase visto! ¿¡Qué clase de juventud es la humana que este kusogaki se me está poniendo chulo, a mí, padre de familia!?

Okita se levantó. Colgó su katana del cinturón y metió las manos en los bolsillos.

- ¿Este también es un samurái de esos? -prosiguió el calvo, volviéndose hacia Kondo- Definitivamente esa gente tiene algo que me molesta.

- Ma, ma, relájese, señor Umibouzou... -trató de conciliar Kondo- Sougo, haz el favor de ser ama...

El Gorila se calló a mitad de la frase: El sádico se había esfumado.


Zuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum zuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmmm zuuuuuuuummmmmmmmmmmmmmmmm...

Chasqueó la lengua.

Zuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmmmmmmmmmmmum zuuummmmmm zuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum...

Gruñó.

Zuuuuuuuuuuuuuuuum zuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmmmm zuuuuuuuummmmmmmmmmmmmmmmm zuuuuuuuuummmmm...

- Patsuan, ¿quieres dejar eso de una vez? Mattaku, a tu edad deberías perderte por ahí o encerrarte en tu cuarto con un arsenal de clínex...

- Eso no está bien, Gin-san -respondió el megane tras apagar el aspirador con el pie- Si yo no me ocupo de estas tareas ni Kagura-chan ni tú lo haríais, ¡sois un desastre!

- Sísísísísí, ya, pero déjalo para otro momento. Así no hay manera de saber qué le pasa a Naruto esta semana.

Shimura Shinpachi hizo un mohín, hinchó los morros e, ignorando las reiteradas quejas del permanentado, prosiguió con el pasado de la aspiradora. Por suerte para Gintoki (por poco tiempo) no llegó a acabarlo.

Toc, Toc. Toc, Toc.

- ¡Ya voy! -gritó Shinpachi.

Abrió la puerta y...

- Domo -saludó el sádico con su habitual rostro indiferente.

- Ah, hola, Okita-san -desde el sillón, Gintoki asomó la nariz por encima de la Shônen Jump.

- ¿Qué te trae por aquí?

- ¿Está la China?

- ¿Kagura-chan? Ha salido a hacer un recado con Tama-san, volverá a la hora de comer. ¿Quieres dejarla un mensaje o algo?

El sádico no respondió, su atención se había fijado en la cara del albino, aún tumbado, oculto tras la revista.

- Oe, Danna... Umibouzou está en la Tierra.

- Ah, ¿sí? Y... -desvió la mirada por un instante- ¿Qué pasa con eso?

- Es sorprendente, ¿no? Que venga justo ahora...

Gintoki bajó la revista. Su sonrisa mostraba todos los dientes.

- Cierto... Muy sorprendente.

El castaño entró en la casa a pesar de no haber sido formalmente invitado. Se quitó los zapatos con los pies y caminó hacia el albino. Imitó su sonrisa.

- Danna... Has sido tú, ¿verdad?

- ¿Yo? -musitó Gintoki entre dientes, ladino- Qué malo, Sougo-kun... No soy tan cruel.

- Oh, ¿Umibouzou-san está aquí? -interrumpió Shinpachi, sin darse cuenta de la tensión que acababa de crearse entre ambos hombres- Seguramente se tope con Kagura-chan por la calle.

- Lo dudo -respondió Okita sin apartar los ojos del que fuera Shiroyasha- Está en el cuartel. O al menos allí le he dejado.

Gintoki fingió sorpresa.

- Oh, ¿ha ido a visitarte, Sougo-kun? Lástima que no haya podido ver ese encuentro. -Su cara en verdad daba miedo- ¿Podrías hacerme un resumen, Sougo-kuun?

El castaño depositó la mano sobre su katana, su rostro se oscureció.

- Por supuesto, Danna.

- ¡Okaeri! ¡Gin-chan, me muero de hambre! -gruñó Kagura, quien cerró la puerta tras de sí y se quitó los zapatos. ¡Fus! Una corriente de aire cruzó el salón. Cuando la joven Yato levantó la vista, sólo vio a sus compañeros de la Yorozuya- Oe, Shinpachi, ¿qué hay para cenar?

- Mo, Kagura-chan, sé más respetuosa... ¿Are? ¿Dónde está Okita-san?

- Tsk, ha escapado... -murmuró el albino.

- ¿Hm? ¿Sadist ha estado aquí? ¿Por qué?

- No lo sabemos, preguntaba por ti. -recordó entonces- ¡Ah! Dijo que Umibouzou está en la Tierra.

Ella resopló.

- Papi tendrá algún encargo, supong-

- C-Ch-China...

Kagura se volvió hacia la voz. Okita se tambaleaba, sucio, sin chaqueta, con el rostro herido, un ojo morado, collarín y el brazo derecho en cabestrillo. Perdió el equilibrio y se desplomó en el suelo.

- ¿Sadist? Oe, ¿qué haces? - se puso de cuclillas y le tocó la cabeza con el dedo- ¿Qué te ha dado?

De pronto, el castaño levantó el brazo sano y la agarró por el cuello del vestido. Susurró dramáticamente:

- China...

- Eh... Etto... Kagura-chan... Hace un minuto estaba perfect-

- ¡ARG! ¡AAAH! ¡IIIHH! ¡UAARG! -se retorció escandalosamente el sádico, tirado sobre el genkan. Se le salían los ojos de las órbitas- ¡VOY A MORIR! -Su voz era ronca- ME MUERO, CHINA, ME MUERO... A-A-Aneue, espérame...

- ¡E-Espera! ¡Sadist! -se sobresaltó la pelirroja, sorprendida- ¡Sadist! ¿Quién te ha hecho esto? ¡Gin-chan!

- ¡Por favor, te está vacilando, Kagura! -repuso el albino.

- ¡ME DUELE, ME DUELE! -Continuaba el Capitán del Shinsengumi- DE ESTA NO SALGO, ¡ANEUE...!

Al mismo tiempo, se escucharon unos pasos apresurados, el suelo tembló. Frenó justo en la puerta de la Yorozuya.

- ¡KAGURA! ¿¡ÉSE BASTARDO HA VENIDO AQUÍ, VERDAD!? ¡AJÁ! ¡LO SABÍA! ¡ALÉJATE DE ELLA, ESCORIA!

- ¿Papi? -La joven abrió los ojos de par en par- ¿Tú has hecho esto?

...

- ¿Are?

CRASHHHHHHHHHHHHH

La patada de Kagura lanzó a Papi por los aires. Ella también voló, destrozando parte de la terraza con ello. El calvo se recompuso tan rápido que contraatacó, bloqueando su paraguas con el suyo propio. La batalla se encarnizó a la velocidad del rayo, saltaron chispas y gruñidos.

- La factura por la terraza te llegará la semana que viene, Sougo-kun -anunció Gintoki sentándose en el sofá. Se rascó la nuca- ¿Era necesaria la actuación?

Okita, aún tumbado en el suelo, sólo sonrió.

- ¡Lo prohíbo, Kagura! ¡ No me gusta ese niñato para ti! -gritó Umibouzou tras lanzar una lluvia de golpes. Se detuvieron frente a frente en medio de la calle.

Ella resopló. Frunció el ceño.

- No me vengas ahora con órdenes, Papi. Después de abandonarnos no tienes derecho a mandarme nada. -Se puso derecha- Papi hace lo que quiere. Yo también haré lo que quiera.

El hombre apretó los labios.

- Estás en una edad difícil, Kagura...

- Mi edad no tiene que ver.

- Claro que sí. Crees en el amor romántico y esperas a un príncipe azul que...

- ¿Como el tuyo con Mami? -interrumpió ella- Fue de penalti, eso ya es de sobra conocido.

Umibouzou se horrorizó.

- ¿¡Qué te ha contado esa mujer!? -enarboló el paraguas- Confío en ti, Kagura. Pero no me fío ni un pelo de ese tipo.

Ella también se puso en guardia. Susurró:

- Je. Ya somos dos.

Reanudaron la pelea, aunque en algunos choques parecía más bien que disfrutaban. La calle estaba desierta, nadie se atrevía a atravesar ese conflicto. Okita se sentó en el suelo, observando la pelea atentamente.

- ¿Te parece bonito haber hecho que padre e hija peleen, Okita-san? -le regañó Shinpachi cual madre. - Deberías ir y explicarles.

- Quien debería ir es Danna, que es el autor de este lío. -le miró de reojo- ¿No es así?

Gintoki había vuelto a retomar su lectura de la Shônen Jump y, como novedad, se metía el dedo en la nariz.

- Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, Sougo-kuuun. -Escucharon golpes en el tejado. La pelea se había trasladado allí.- Eh, ¡eso ni hablar! ¡Calvorota, como rompas algo lo arreglas luego! ¡Que yo no soy un banco!

Okita se apoyó en el marco de la puerta, relajado. Los golpes y crujidos parecían una nana para él. Hasta que vio una sombra sobre él... Y se levantó.

- ¡Kagura!

Umibouzou corrió hasta el borde del tejado. Estaba acostumbrado a pelearse fuertemente con su hija, pero no podía quitarse el instinto de protegerla en cuanto la perdía de vista, pese a que sabía que era tan resistente como él.

- Qué molestos son los Yato... -suspiró Okita Sougo.

La sombra que había visto caer pertenecía a Kagura. Él, instintivamente, se había levantado y la sostenía por el tobillo, colgando de la terraza.

- Vaya, China. Casi esperaba que fueras del tipo que no lleva ropa interior.

Ella frunció el ceño, pero no avergonzó.

- ¡Urusai! - gritó al tiempo que le daba una tremenda patada en la cara con la pierna libre.

La pelirroja aterrizó con agilidad.

- Papi. Los Yato nacieron para luchar y morir en combate. Y si lo único que hacemos los Yato es luchar y luchar, al final acabamos solos. -Apoyó su sombrilla en el hombro y señaló a Okita con el mentón- Sé lo que me hago. Confía en mí. Si me hace daño es tan fácil como romperle todos sus huesos como si fueran mantequilla -Sonrió malignamente, pero luego se suavizó- Soy la heroína, ¿no?

La expresión de Umibouzou también se dulcificó, aunque tardó un poco en contestar.

- La mejor, Kagura.


El padre calvorota permaneció en la Tierra durante dos días más. En ese tiempo no permitió que ningún uniformado del Shinsengumi se aproximara a la Yorozuya, mucho menos a su niña. Acabó, también, a tiros con Gintoki, alegando que no se había esforzado lo suficiente en cuidar los conocidos de su hija (aunque también alegó por lo bajini que pretendía quitarle el papel de padre).

No obstante, partió como siempre había hecho, dejando a Kagura atrás. Y trece horas, cuarenta minutos y cincuenta y seis segundos después, la joven Yato escuchó:

- Oe, China. Tengamos una cita.

C'est fini! Arigato~ Muchas gracias por leer el capi y ¡no olvidéis comentar! ^^ En serio, muchas gracias a todos. Me animáis mucho a continuar escribiendo o/ Matta nee~