Caramelos de limón

Si no fuera porque Sirius Black nunca tiene miedo de nada, James hubiera jurado que su amigo, igual que él, está tan asustado que en efecto, como a sí mismo, le tiemblan las piernas. Los dos, junto a Peter, se encuentran de pie, todo lo inmóviles que pueden, observando a la profesora McGonagall que lleva unoscinco siglos diez minutos reprendiéndoles por el "incidente" de la habitación. Pero no parece enfadada. Ese es el problema: no pronuncia una palabra fuera de tono, no les llama ni una vez "salvajes" ni "delincuentes" ni nada que se le parezca. Solo les mira, impasible, por encima de la montura de las gafas, con el sombrero levemente ladeado, el ceño fruncido, y prosigue con su discurso sobre el correcto comportamiento cívico a la hora de vivir en una comunidad de magos que en realidad ninguno está escuchando. Están aguardando, con un nudo en el estómago, a saber cuál será el castigo que se les impondrá, y los tres están completamente convencidos de que van a expulsarles. James no entiende, o no quiere entender por qué, pero el hecho de que McGonagall no parezca enfadada le hace sentirse aún peor que si estuviese condenándole a muerte. No ve rabia ni indignación en sus ojos sino una profunda decepción y quizás lástima, y es por eso que cada vez más, los chicos consideran evidente que sus días entre los muros del castillo están contados. Parece que la charla no va a acabar nunca, pero acaba, y después la jefa de su casa insta a Peter, James y Sirius a acompañarla a, y todos tragan saliva a la vez, el despacho de Dumbledore.

Peter ve como sus sueños, sus esperanzas de entrar al equipo de quidditch, las ilusiones de convertirse en un gran mago y ser alguien especial desaparecen, mientras sigue los pasos de McGonagall, que le encaminan fuera de la habitación. Sirius se plantea seriamente sus posibilidades de supervivencia en el caso de que les obliguen a irse de Hogwarts: podría tirarme por una ventana, o suplicarle a Dumbledore que me deje ganarme la vida limpiando y dando de comer a las lechuzas, o podría vivir en las alcantarillas y comer ratones, o podría decirle a mi madre que lo siento mucho y rogar para que me deje quedarme en…. No. Prefiero las alcantarillas. Lo último que James alcanza a pensar antes de que la puerta de la enfermería se cierre tras ellos es que menos mal que al menos Remus va a poder quedarse y no le van a expulsar por nuestra culpa.

Este último está tumbado en la cama de la enfermería y no puede evitar entrar en pánico cuando ve a los tres niños y a la bruja marchar. No entiende por qué le ha excluido, por qué ha supuesto (aunque acertadamente) que él no había tenido la culpa de la travesura de Sirius y James, pero lejos de aliviarle en absoluto, tan solo lo empeora. Quizás es algo impropio de él, pero no lo duda un segundo: se asegura de que Madame Pomfrey vuelve a estar en su despacho, concentrada de nuevo en la lectura, y mientras se levanta de la camilla y pone sus pies descalzos sobre el frío suelo, piensa que si hay algo peor en el mundo que tener que irse de Hogwarts es tener que quedarse allí… solo.

Les alcanza justo un segundo antes de que la profesora McGonagall pronuncie la contraseña. Ninguno de los tres puede evitar sorprenderse: Remus está ahí, jadeando, descalzo y con el pelo revuelto.

- Perdone, disculpe, profesora McGonagall, pero, también fue mi culpa, profesora, disculpe - jadea.

- No - le interrumpe James - fui yo, profesora. Remus no tiene la culpa.

- No, James - esta vez, habla Sirius - no fue culpa de ninguno de los dos. Fui yo y solo yo. Los demás no han hecho nada, déjeles ir, profesora.

- Son ustedes imposibles - suspira McGonagall.

Después, ignorando lo que acaban de decir, simplemente se da media vuelta y susurra algo que no pueden oír pero que Remus recuerda a la perfección. Las palabras mágicas que hacen que la gárgola se haga a un lado y muestre una pequeña puerta secreta que podrían jurar que hace unos segundos no estaba allí. Los cuatro niños la atraviesan sin problemas; McGonagall tiene que inclinarse un poco para evitar golpear el umbral con el sombrero. La escalera de caracol se retuerce sobre sí misma durante unos cuantos metros y los escalones son pequeños pero numerosos. En otra situación, Sirius y James los hubieran subido de dos en dos, de tres en tres, de cinco en cinco o hubieran echado una carrera para ver quién llega antes arriba, pero en aquel momento no se atreven ni siquiera a pronunciar palabra. Remus está intentando tranquilizar a Peter, que está en medio de un ataque de pánico, si bien él tampoco está lo que podría definirse como tranquilo. No obstante, el hecho de que vaya a ser Dumbledore el que vaya a decidir su castigo le tranquiliza. McGonagall es estricta, pero Dumbledore es un hombre amable, es inteligente y comprensivo. Él no nos expulsaría. Trata de pensar eso para lograr mantener la calma: alguien que le había permitido asistir a las clases de Hogwarts a pesar de su condición de licántropo no podía hacer que no volvieran nunca más por una travesura infantil. O eso es lo que desea con todas sus fuerzas. Ya casi se ha autoconvencido cuando alcanzan el final de la escalera, y la gigantesca puerta del despacho se alza ante ellos. Entonces McGonagall hace un movimiento de varita y ésta se abre con un movimiento súbito.

Sirius, James y Peter, al igual que Remus hace un año, al igual que la mayoría de los alumnos que han tenido el placer o la desventura de poner sus pies en esa sala, y a pesar del terror que les inflige lo que el director vaya a decirles, quedan fascinados por aquella gran estancia. Hay algo en ella, algo mágico y distinto que hace que cruzar el umbral de aquel gigantesco pórtico de madera te haga entrar en una dimensión paralela, en un lugar completamente distinto en el que cada metro, cada estantería y hasta el más pequeño objeto es algo fascinante y nuevo por descubrir. De los fríos muros de piedra de la torre apenas puede verse nada; las paredes de la habitación están cubiertas casi en su totalidad por estanterías, vitrinas y numerosas ventanas cubiertas con cortinas de seda de color granate brillante que hacen que una luz purpúrea, cálida y mágica inunde el habitáculo en todas las direcciones. En una de las vitrinas, sobre una repisa plateada, dormita el Sombrero Seleccionador; dormita también el enorme fénix dentro de su jaula dorada, y James emite un pequeño "woah" al vislumbrarlo. Sobre una enorme mesa que se sostiene sobre tan solo tres patas hay una incontable cantidad de pequeños artefactos de colores que brillan, emiten humo o pequeños sonidos tintineantes al moverse. Dumbledore está sentado en su escritorio, los brazos cruzados sobre él, observando tras las gafas de media luna, pero no es en la suya en cuya presencia reparan, sino en la de los numerosos anteriores directores de Hogwarts que también les miran desde sus respectivos retratos, de distintos tamaños, tras él, entre ellos Phineas Nigellus, "es mi tátara-tatara-tatarabuelo" murmura Sirius. Un retrato idéntico a aquél descansa en su casa, en el número 12 de Grimmauld Place pero, tal vez por el agrio temperamento del hombre, o por sus constantes comentarios sarcásticos hacia cualquiera que se dirija a él, nunca se había preguntado dónde iba cuando desaparecía de su sitio en el pasillo de la primera planta.

- Minerva, querida - comienza a hablar Dumbledore, sacándoles de sus pensamientos - ¿Qué ocurre?

- Black, Potter, Lupin y Pettigrew - comienza, y esta vez sí parece enfurecida - ¡Han destrozado el dormitorio! ¡Es la segunda vez desde que llegaron aquí!

- Comprendo… - Dumbledore les mira con lo que Remus adivina que es una media sonrisa - ¿Te importaría dejarnos a solas, querida? Me gustaría tener una charla con ellos…

Peter traga saliva tan fuerte que todos pueden oírlo, y la bruja duda un momento y después sale del despacho con pasos firmes. Aunque cierra la puerta, sus botas resuenan contra las escaleras de piedra, y finalmente, cuando el sonido se desvanece, Dumbledore comienza a hablar.

- Como habréis podido comprobar, a nuestra querida Minerva no le satisface demasiado vuestro comportamiento, hijos. - asienten, sistemáticamente. Remus no se inmuta. - Creo que les corresponde a ustedes contarme lo sucedido.

Ninguno de los cuatros se atreve a empezar, y tras unos segundos de silencio es James el que habla.

- Señor, profesor, señor, escuche, antes de nada decirle que sentimos mucho muchísimo lo que ha pasado y por supuesto que no se va a repetir y eh... O sea, no es como si tuvieramos intención de volver a destrozar el dormitorio, tampoco es que lo hayamos hecho a propósito, quiero decir, los incidentes ocurren ¿no? ¡Seguro que a usted también le ha pasado! ¿verdad, Sirius?

- Sí - asiente Sirius, y se sorprende del sonido de su propia voz; hace un segundo no se sentía capaz de pronunciar una palabra - fue un accidente, nosotros no quisimos en ningún momento injuriar de esa forma el dormitorio. Estabamos… practicando hechizos para clase de Encantamientos. Estamos preocupados por lo que concierne a nuestras notas este curso, profesor, señor…

- ¡Exacto! Usted señor profesor, señor Dumbledore sabe que hay que practicar a diario y se nos fue de las manos. Intentamos ser buenos magos para poder ser como usted de mayores. No es que usted sea mayor, o sea, no es mayor de viejo. Mayor con experiencia.

- ¡Sí! - asiente Peter - usted sale en las ranas de chocolate, profesor, señor, nosotros querríamos salir algún día en las ranas de chocolate como usted, y practicábamos el.. Encantamiento…

- Confringo - puntualiza Remus, consciente de que es el único que puede nombrar un encantamiento que hayan aprendido en clase recientemente, aunque sabe que Dumbledore no va a creerles.

- ¡Buena, Remus! - exclama James, y el aludido le fulmina con la mirada, cállate.

- Nosotros solo queríamos practicar y obtener buenas calificaciones, señor, lo lamentamos profundamente, profesor. - dice Sirius.

- Pero Lucio o alguno de los Slytherin debió querer gastarnos una broma… Nosotros no… - titubea James.

- ¡Eso! Fueron los Slytherin. - Sirius corrobora lo que acaba de decir su amigo - Debieron poner… Er… ¡Bengalas del doctor Filibuster en nuestra habitación!

- Y entonces nosotros solo hacíamos los deberes y practicábamos y un hechizo salió mal y explotó y oh, señor, estábamos tan asustados…

- Nos asustamos mucho, señor… No sabíamos qué hacer… Peter tenía mucho miedo, casi se echa a llorar, verdad, ¿Peter?

- Sí… Mucho, mucho miedo, señor.

- Mucho miedo - afirma Remus, con desgana.

- Y entonces… Tuvimos que… Tuvimos que subir todos a la cama de James, porque, señor, no sabe cómo explotó aquello, profesor, daba mucho miedo...

- ¡Sí! Subimos a mi cama, y claro, subimos los cuatro y Remus no pesa mucho, pero yo soy todo un hombre, sí, y peso mucho, claro, entonces la cama se rompió…

- Pero seguía habiendo explosiones, ¡qué miedo pasamos!

- Y entonces saltamos a la cama de Peter, en un intento desesperado de salvar nuestras vidas… Oh, dios mío, podíamos haber muerto… No puedo…. No puedo seguir…

- Tranquilo, James - Sirius le pone una mano en el hombro a su amigo, que esconde la cara entre las manos - No te preocupes, tío, estamos bien… Tranquilízate…

- Nosotros… - gimotea James, y simula estar a punto de llorar - Nosotros solo queríamos… Yo… Lo sentimos… No nos expulse, profesor…

- ¿Expulsarles? - Dumbledore les mira, fingiendo sorpresa - Se necesita algo más que una travesura para ser expulsados de Hogwarts, hijos. No obstante, espero que eso no les haga pensar que son libres de hacer todo lo que deseen aquí. Quizás no pueda tolerarse otro incidente similar…

Remus, Sirius, James y Peter sienten como si les hubiesen quitado un enorme peso de encima. No van a ser expulsados. Ninguno de ellos puede evitar sonreír. Dumbledore continúa.

- En cuanto a su habitación… Me temo que no va a ser posible arreglarla, al menos por el momento, así que habremos de buscar un sitio para que puedan dormir las próximas semanas…

- No hay problema, profesor - sonríe James - ¡Le he mandado una lechuza a mi padre! Nos enviará unas camas nuevas tan pronto como pueda, así que no hay problema, no queremos causar ningún gasto al colegio, señor, profesor, claro que no queremos eso, aunque seguro que gastarían lo que fuera necesario por el bien de sus alumnos, son tan generosos en este gran colegio…

Dumbledore se detiene un momento a mirarles, a los cuatro. Peter, inquieto; James, inocente, entusiasta, tratando a toda costa de salvar a sus amigos de la expulsión o el castigo. Remus, callado, incluso un tanto avergonzado por el comportamiento de sus amigos. Adivina que no tiene nada que ver con el incidente, pero igualmente, está allí; y el deseo protector de Sirius se mezcla con un profundo respeto hacia él que parece impropio del chico, y el temor de tener que volver a casa. Cuatro chicos distintos a los demás, sin duda. Cuatro mentes peculiares. Se pregunta cuántos secretos que no puede leer aún entrañan. Y después sonríe.

- Entonces, por mi parte, considero el problema solucionado. No obstante… Será mejor que no le mencionen a la profesora McGonagall que les he dejado ir así como así. - y les guiña un ojo - Y ahora, marchaos, hijos. Dormid en la enfermería esta noche. Decidle a la señora Pomfrey que van de mi parte, y no les pondrá ningún problema. Y descansen. El descanso es fundamental, como todos los grandes magos saben, para mantener la mente… y la imaginación, también, despiertas.

Los cuatro a la vez exclaman "sí, señor" y se levantan, Peter, James, Sirius, Remus, en ese orden. Dumbedore les acompaña hacia la puerta y salen del despacho, en silencio, y justo antes de que Remus ponga un pie fuera de éste, el director murmura, de forma que solo él puede oírle:

- Sus amigos son grandes mentirosos, señor Lupin. No puedo imaginarme con cuánto afán serían capaces de ocultar un secreto.