Por qué nunca debes subestimar a James Potter, por Remus Lupin

- Remus, Remus.

Remus no levanta la vista del pergamino donde anota, con caligrafía pequeña e inclinada levemente a la derecha, la explicación que la profesora McGonagall está ofreciendo sobre cómo transformar objetos inanimados en seres vivos.

- Remus, Remus.

No se inmuta; continúa tomando notas, impasible, una mezcla entre absorto en la lección y sin ningún tipo de ganas de escuchar lo que sea que James quiera decirme.

- Remus, Remus. - James insiste en su propósito, esta vez dando pequeños e insistentes golpecitos en el hombro de su amigo, que se encuentra sentado en el pupitre contiguo, a su derecha..

¿Por qué son incapaces de dejarme atender tranquilamente en clase? Remus suspira. No está de buen humor. La cercanía del plenilunio le crispa, le enerva, le quema, como sus cicatrices. No, no está de buen humor. No es culpa de James, claro. Pero no puede evitar sentirse así, y por eso trata de ignorarle.

Pero James Potter no es alguien que se deje ignorar tan fácilmente.

- Remus, Remus - repite. - Hazme caso.

Con un rápido movimiento, consigue arrebatarle al joven licántropo el papel sobre el que está escribiendo, justo en una fracción de segundo en la que el chico levanta la pluma y deja de escribir para mirar hacia donde la profesora se encuentra, realizando un complicado movimiento de varita. Cuando su mirada vuelve a donde estaba antes, el pergamino no está, y James sonríe, triunfal, sus apuntes en la mano, demasiado lejos para que pueda recuperarlos.

- ¡Oye! - grita Remus, inconscientemente, mientras intenta recuperarlo. Estira el brazo, pero no logra llegar hasta él. James se ríe; Sirius, un par de filas atrás, también. Durante un segundo, toda la clase les observa, a los dos. Remus completamente erguido sobre el pupitre, James con el brazo levantado en el aire, con el pergamino en la mano, tratando de que no lo alcance.

- ¡Potter! ¡Lupin! ¡Silencio, si no quieren marcharse de clase!

Remus gruñe. No solo no me deja atender en clase, sino que McGonagall me ha llamado la atención por su culpa. Se cruza de brazos sobre la mesa durante un par de minutos y después James le devuelve el papel, ahora arrugado por el forcejeo. En una esquina, puede leer, con letra irregular y demasiadas faltas de ortografía para una frase tan corta: Remus, ven a entrenar quidditch con nosotros esta tarde.

Su atención vuelve durante un momento a la explicación, para darse cuenta de que, efectivamente, ha perdido el hilo. Así que se resigna, y contesta. No entiendo por qué debería hacerlo. Arranca la esquina del pergamino y se la da a James por debajo del pupitre, pero sin mirarle.

Porque es divertido, Remus, jo.

No, no lo es, James. Para mí no.

Sí, lo es. Venga, Remus, por favor… ¡Juega con nosotros!

No sé volar.

¡Te enseñaremos! ¡Yo si que se, y Sirius también, y Peter, bueno, Sirius y yo sabemos!

He dicho que no. Iré a estudiar a la biblioteca, James, a no ser que te apetezca, no sé, quemar el resto de mis apuntes o algo así.

Si no vienes, lo haré.

Y posiblemente será lo último que hagas.

¡Eres un aburrido, Remus!

La conversación termina ahí, porque entonces la lección concluye y los alumnos recogen sus pertenencias y se marchan. Remus hace lo mismo; guarda los libros, la pluma y el tintero en la mochila, y sin esperar a ninguno de sus amigos, sale del aula, en dirección hacia la siguiente clase, Encantamientos.

- ¡Eh! ¡Remus! ¿Dónde vas? ¡Espéranos! - escucha decir a Sirius, pero no contesta.

Simplemente, se marcha.

Del primer piso al tercero, solo, sin compañía. Es casi extraño caminar sin Sirius al lado y James y Peter frente a él, pero no le importa, no en ese momento. Esquiva, casi de casualidad, uno de los escalones que desaparece justo antes de que vaya a pisarlo, y resbala levemente sobre el mármol, y un brazo desconocido le salva de la caída.

A su derecha, Lily Evans le sostiene.

Remus se incorpora rápidamente y no sabe por qué, pero se sonroja. Lily lleva el pelo anaranjado recogido en una alta cola de caballo, y le mira, no exactamente sonriendo, pero le mira con amabilidad o con ternura, con alguna clase de extraña compasión. Se quedan mirando durante un segundo y después ella le suelta y él da un paso atrás.

- Gracias - titubea Remus, como si los labios no le funcionasen del todo y no fuesen capaces de pronunciar las palabras al mismo tiempo que las piensa. No sería exagerar demasiado decir que es la primera vez que le dirige la palabra a una chica, en el sentido estricto de la palabra.

Lily no le contesta, porque en ese momento se gira, se quita la mochila de piel de dragón y rebusca dentro de ella, pero no demasiado; ella es ordenada, encuentra lo que quiere casi a la primera. Saca un pedazo de pergamino escrito con letra pequeña y tinta de colores y lo extiende hacia él.

- Toma. - y se lo entrega, y sin mediar ni una palabra más, se dispone a continuar subiendo las escaleras, en busca del próximo aula. Los apuntes de la clase de Transformaciones.

Y sin darle tiempo ni siquiera a dar las gracias de nuevo, se va.

Y como es natural, Remus la sigue.

Camina pocos pasos tras ella hasta llegar a su destino. El aula de Encantamientos está vacía, y ellos dos son los primeros en llegar. Lily se sienta en el primer pupitre a la izquierda, frente a la mesa del profesor. Remus se sienta dos puestos más a la derecha, pero igualmente, la clase no es muy grande, así que puede hablarle sin tener que elevar mucho la voz.

- Muchas gracias. No era necesario, debería haberlos cogido yo, si alguna vez necesitas…

- No pasa nada - le interrumpe ella. - Ya sé que no hacía falta. Pero quería hacerlo.

Ella comienza a sacar sus libros, a esparcir los apuntes sobre el pupitre, distraída, como ausente o melancólica.

- ¿Y tus… amigas? Sabine y Alice y Sophie y… - musita, dándose cuenta demasiado tarde de que no es, de hecho, una buena pregunta. - Eh… Perdona.

- No pasa nada - sonríe ella - Estaban demasiado ocupadas hablando de chicos o algo así, supongo. La verdad es que no importa.

Remus quiere contestar algo, pero no puede, porque en ese momento "Eh, ¡Remus!", Sirius, James y Peter entran por la puerta, y cinco o seis alumnos más lo hacen también, tras ellos.

- Hola - contesta Remus, fríamente.

- ¡Oye, Remus! - replica James - No hace falta que te pusieses así…

- Tal vez si dejaseis de incordiarme en todas las endemoniadas clases, no tendría que ponerme así.

- Oye, Remus - le contesta Sirius - no puedes enfadarte con James…

- No - responde amargamente - Claro que no puedo. Yo nunca puedo enfadarme, ¿verdad?

El profesor Flitwick entra en ese momento en el aula, y James, Sirius y Peter, boquiabiertos, toman asiento en los últimos pupitres. El resto de la mañana transcurre en una situación de tensión extraña, un Sirius enfadado, un James preocupado, Peter, que no entiende nada, y Remus, de quien la culpabilidad se va a apoderando con cada segundo que pasa. No debería haberme portado así con James. No debería haberle hablado así a Sirius. Se encuentra en esa situación a veces, en esa misma encrucijada. En el problema de dejarse llevar por los instintos cuando la Luna se acerca, y le influye, y no lo puede evitar, pero sin duda, lo odia. Y mientras se dirige al Gran Comedor, decide que tiene que pedirle perdón a James. No puede explicarle qué es lo que le sucede, pero le debe una disculpa. Él no quería molestarme.

Remus siempre llega pronto a todos los sitios; Sirius, James y Peter siempre llegan tarde. Eso convierte los minutos de espera entre que Remus se sienta en su sitio habitual en la mesa de Gryffindor y los otros tres chicos llegan al Comedor en una lenta tortura en la que parece que el tiempo no pasa y las rodillas, por algún motivo, le flaquean. ¿Y si no me perdona?

Sirius entra el primero. James va detrás de él, hablando y bromeando. Esto calma a Remus. Pero todo atisbo de tranquilidad desaparece cuando se da cuenta de que Peter no se dispone a tomar asiento en el sitio habitual, en el rincón de la enorme tabla reservado para ellos, sino que se sienta en el otro extremo, y los otros dos le siguen. Y Remus se queda allí, allí solo. Pero sabe bien lo que tiene que hacer; el problema es que no es tan fácil pensarlo como hacerlo, y el simple hecho de levantarse del sitio se convierte en tarea te titanes. Pero lo consigue: tembloroso y dubitativo, se acerca hacia ellos, que le miran de reojo. Sirius cruza los brazos sobre el pecho y se inclina levemente hacia atrás.

- ¿Qué pasa? - pregunta, Cómo puedes tener tan poco tacto, Sirius.

- Yo… James. Perdona, James, no debí contestarte así, lo siento mucho.

James, que en ese momento está de espaldas a él, se gira para mirarle.

- No, Remus, no te disculpes… No… No puedo… - gimotea - Yo solo quería…

- Pero… James, yo… Perdóname, de verdad. - A Remus le tiembla la voz. James se apoya sobre el hombro de Peter, a su derecha, y finge llorar desconsoladamente. - ¡Iré a jugar al quidditch con vosotros si quieres! ¡Dejaré que me enseñéis! ¿Vale? ¡Pero perdóname!

James levanta la vista, con los ojos secos, ni una lágrima a la vista, y sonríe.

- Estaba bromeando, Remus. No estaba enfadado. - se revuelve el pelo y se recoloca las gafas. - Pero ya veo, ya veo…

- ¿Ya ves? ¿Ya ves qué? - Remus no sabe si se siente aliviado por saber que sus amigos no están molestos con él o se siente idiota por haber dejado que James me engañe así.

- Que te vienes a jugar con nosotros esta tarde.