Claro de luna
Bordeando el Bosque Prohibido, hacia el este, hay un pequeño claro bañado por luz cristalina y la suave brisa húmeda procedente del Lago Negro, dispuesto a acoger en su calidez primaveral, incluso en invierno, a todo aquel que tenga la pericia y astucia necesarias para encontrarlo. Los cuatro chicos no sabían de su existencia hasta ese día, y Remus posiblemente estuviera disfrutando de él en ese momento, si no estuviese absolutamente convencido que lo que se traen entre manos no es una buena idea.
No, definitivamente no es una buena idea.
Todo ha empezado después de comer. Desde aproximadamente las tres de la tarde, el joven licántropo no ha dejado de maldecir ni un solo segundo el momento en el que cayó en la sucia treta de James para aceptar que tratasen de enseñarle a jugar a quidditch. La idea, además de la absoluta falta de coordinación, equilibrio y cualidades físicas de Remus, presentaba además otro tipo de complicaciones: en primer lugar, ninguno de ellos posee escoba propia, así que necesitaban una forma de conseguir no una, sino cuatro. Además, y dado que iban a coger las escobas de forma ilícita, necesitaban un lugar para practicar que no estuviese a la vista de profesores o cualquier otra persona que pudiera delatarles, y la experiencia anterior había dejado claro que, desde luego, ese sitio no podía ser su propia habitación.
La idea es cómo no de James, de nuevo. Algo "simple pero efectivo", insistía él. Básicamente, infiltrarse en el almacén del material para quidditch y coger cuatro escobas del armario, para después esconderlas bajo la capa invisible. Hasta ahí, ningún problema, en realidad; tan solo un leve encuentro con McGonagall en uno de los pasillos sin mayores percances y una pequeña discusión entre Sirius y James "no, tío, no podemos llevarnos la snitch, James, es que si la perdemos, esta vez sí que sí que nos echan". El problema mayor fue (dejando de lado el hecho de transportar cuatro escobas invisibles bajo el brazo) encontrar un sitio donde poder volar sin ser vistos desde los jardines ni desde el castillo.
- Podemos pedirle a los elfos que nos dejen jugar en las cocinas - sugiere Peter.
- Sí, claro, y usamos una hogaza de pan como quaffle, tío. - responde Sirius, cortante.
- ¡Sí, sí! ¡Es buena idea!
- Te está tomando el pelo, Peter… - aclara Remus, mientras le da un codazo a Sirius no sé por qué eres irónico con el pobre Peter si sabes que no lo pilla.
- Pues en lo alto de alguna de las torres… - insiste éste.
- Ni en broma. - James cruza los brazos sobre el pecho, pensativo.
- ¿Y en el bosque?
- Pero tú estás tonto o…
- ¡No, Sirius! ¡Peter tiene razón! ¡El bosque es perfecto! ¿Verdad, Remus?
- Eh… - Remus mira a James, desconcertado. No, claro que no es una buena idea. Pero sabe que él ya se ha decidido a ir allí, y que nada de lo que diga podrá hacerle cambiar de opinión, así que simplemente no dice nada.
- ¡Pues ya está! ¡Vamos al Bosque!
Y, por supuesto, fueron al bosque.
Pese a la insistencia de James, finalmente decidieron no atravesarlo sino recorrer su margen en busca de algún lugar no demasiado peligroso en el que quedarse sin poder ser avistados por nadie. Se cubrieron con la capa: James, Sirius, Peter, Remus y las cuatro viejas Barredoras, que eran demasiado alargadas para ocultarlas del todo, y hacían que pudieran observarse los zapatos de Remus y parte de la túnica de Peter por debajo, como formando parte del cuerpo de un ser incorpóreo. Por suerte, utilizaron el pasadizo del espejo del cuarto piso, no se cruzaron a nadie en el camino hacia el Bosque, y no fueron descubiertos. Una vez allí, caminaron durante aproximadamente media hora hasta llegar a aquel lugar; entonces, James dejó caer la capa al suelo y exclamó:
- ¡Este es el lugar perfecto!
Así que se quedaron allí. Y ahora Remus está sentado en la hierba, y Peter junto a él, mientras Sirius y James parecen haber olvidado por completo el motivo de la improvisada excursión y pelean entre ellos, utilizando los mangos de las escobas que han tomado prestadas del colegio como el filo de poderosas espadas mágicas.
- ¡Soy un pirata, Sirius! ¡En guardia! - y James enarbola su supuesta espada contra su amigo, que da un paso atrás y contrataca.
- ¡Yo soy un corsario! ¡No puedes conmigo! - grita Sirius, y le propina una fuerte estocada con la Barredora que consigue bloquear por pura suerte.
Luchan un rato, entrechocando los dos palos mágicos; como es evidente, Sirius es más fuerte que él, así que James pierde estrepitosamente, y termina por dejar la escoba a un lado y lanzarse sobre el otro chico, para después seguir peleando tendidos en el suelo, sobre la hierba. Sirius le propina a James una bofetada involuntaria, fruto del forcejeo, que hace que sus gafas vuelen casi un metro a su derecha. Y se ríe, mientras el otro tantea el suelo a ciegas "tío, Sirius, que no veo, no tiene gracia". Pronto a su risa se unen la de Peter y la de Remus, y al final James sucumbe y los cuatro juntos estallan en carcajadas: por las gafas de James, por los piratas, los corsarios y las Barredoras, y porque están allí, en un lugar que podrían jurar que en aquel momento solo ellos conocen, y en ese sitio, cerca de Hogwarts pero lejos a la vez, importan poco las normas y las clases y los enfrentamientos con Slytherin y los castigos y los puntos de menos.
Pero, desde luego, James no se ha olvidado del propósito del viaje.
- A ver, Remus - dice, y se coloca las manos en la cintura, mirando al aludido, que se sobresalta. - Coge una escoba, venga.
- ¿En serio tengo que…?
- En serio.
Coge una escoba del suelo y se la lanza a Remus, maldito James y su forma de convencerme para que haga lo que él quiera, que trata de atraparla al vuelo, pero no logra cerrar el puño alrededor del mango y finalmente resbala y cae sobre la hierba.
- ¡Pero cógela! - ríe Sirius.
- Ya, ya…
Se levanta, de mala gana. Peter le imita y ambos se disponen a apropiarse de una escoba cada uno cuando James parece haber cambiado de opinión y les interrumpe.
- ¡No, no! ¡Mejor! ¡Tenéis que hacer que vayan hasta vuestras manos!
Remus suspira.
- Vale, a ver - continúa James - tenéis que poneros junto a ellas, y levantar la mano… Eh… ¿Cuál es la mano con la que escribes?
- La derecha, pero tú eres zurdo, así que la izquierda.
- Vale, pues entonces ponéis la mano izquierda y… No, esa izquierda no es, Peter, la otra izquierda...
- Pero - interviene Sirius - Si ellos escriben con la derecha tienen que poner la mano derecha, tío.
- ¿Eh? ¿Escriben con la derecha? - pregunta, atónito, y Remus asiente. - ¿No escribe todo el mundo con la izquierda?
- Hemos ido a clase contigo un año entero, James, ¿en serio no te has fijado que Remus, Peter y yo escribimos con una mano distinta?
- Eh… Sí… Claro que sí. Bueno, entonces… La otra mano. Bueno, la que queráis. No importará, ¿no?
- ¡James! ¡Cómo vas a enseñarme si no te aclaras ni tú!
- Eh… Pero que sí que me aclaro, de verdad… Esto… A ver, lo hago yo y luego lo hacéis vosotros, ¿vale?
Peter y Remus no están demasiado convencidos, pero el caso es que James deja su escoba en el suelo, extiende su mano izquierda sobre ella y dice, firmemente, "¡arriba!", y el mango se eleva hasta su mano, encajando en el lugar exacto, atraído por una especie de fuerza magnética.
- ¿Veis? ¡Es muy fácil! ¡Ahora vosotros!
Pero para ellos no es tan fácil, ni mucho menos. Peter consigue levantar su escoba al octavo o noveno intento, pero para Remus es tarea imposible, y el objeto mágico permanece ahí, estático, riéndose de él, sin moverse un solo centímetro, por más que trata de hacer que vaya hasta él incansablemente.
- Bueno, bueno… Un alumno difícil, ¿eh, Remus? - murmura Sirius con tono socarrón, mientras le da vueltas a su Barredora en la mano.
- Oye, cierra el pico, Sirius. No debería estar aquí, en realidad, así que… - mira a James, que también le está observando, entre desconcertado, desesperado y divertido - ¿Qué hago?
- Pues… Pues cógela con la mano, no sé, Remus, jo, no pasará nada, supongo…
- Está bien - le concede, y se agacha para alcanzar la escoba - ¿Y ahora qué?
- Ahora… A ver, tienes que hacer que vuele, lo que pasa es que si no has hecho que se levante no vas a conseguir que vuele ni de broma, pero bueno, vamos a intentarlo…
- ¡Oye!
- ¡Quiero decir! Que claro que vas a conseguirlo, Remus, si tú eres muy bueno en todo… Seguro que consigues tú otro puesto en el equipo, ya verás.
James le explica a un no muy convencido Remus cómo tiene que sostener el mango "con las dos manos, Remus" "no, pero una arriba y otra abajo, no una encima de otra…" "no, pero no tan separadas, ¡jo! ¡que no es tan difícil!" y cómo tiene que sentarse sobre ella para no resbalarse hacia arriba.
- Vale, sí, creo que no te caerás mucho si te pones así, vale, entonces ahora voy a hacerlo yo y luego Sirius y luego nos imitáis, y veréis qué bien voláis, sí.
Y en un segundo, está suspendido en medio del aire, volando sobre su montura, que hace moverse a varios metros del suelo con una habilidad envidiable. Da un par de volteretas y giros sobre sí mismo, vuela en círculos e incluso sin manos y después aterriza, con una sonrisa de oreja a oreja y el pelo ondulándose en todas las direcciones, cubriéndole la cara, más revuelto de lo que lo ha tenido en su vida. Y eso, hablando de James Potter, es mucho decir.
- ¡Y ya está! ¡Venga, Sirius, ahora tú, enséñales cómo se hace tú también!
- Vas a ver cómo se hace, gafotas.
Y vuela alto, todo lo alto que puede, tan alto que puede ver desde allí las copas de los árboles del bosque y las inmensas torres del castillo. Y después baja en picado, a una velocidad increíble, descendiendo decenas de metros en un segundo, volviendo a poner los pies en el suelo.
- Tú no sabes hacerlo tan rápido, James.
- Claro que sé, solo que no quiero, y se me caerían las gafas, quiero decir, ¡claro que sé! Bueno, vale, entonces ahora vosotros, venga, ¡Peter!
Peter da una patada al suelo y la escoba se levanta, levita unos centímetros y vuelve sobre el césped. Otra patada; de nuevo, solo unos centímetros, y vuelve a caer. Se repite a sí mismo que a la tercera va la vencida y repite el proceso, esta vez con éxito: no consigue volar tan alto como Sirius ni de forma tan grácil y natural como James, pero se levanta un par de metros, y con eso se da por satisfecho.
Y después le toca a Remus. Y otra vez, la escoba no le obedece, no se mueve ni un milímetro.
- ¿Puedo dejarlo ya? - se lamenta, tras quince minutos y otros tantos intentos fallidos.
- No, ¡no! Eh… Venga, una vez más.
Remus se recoloca, da una fuerte patada al suelo, pero la Barredora permanece estática, inerte, como si hubiera decidido que no quiere obedecerle. James y Remus suspiran a la vez y Sirius hace el mayor de los esfuerzos para evitar echarse a reír descontroladamente.
- Vale, vale, no hay problema, a ver, ya sé lo que haremos… Te montas en la escoba conmigo - dice James, como si hubiera encontrado la solución definitiva a un problema muy complicado - y volamos, y después, cuando lo hayas hecho conmigo, seguro que ya te sale a ti solo. ¿Vale?
- Ni hablar - contesta Remus - Yo no me subo a nada contigo. No.
- ¿Por qué?
- Porque no, James, seguro que me tiras o algo así y no, no quiero.
- ¡Te prometo que no!
- Oye, James, no voy a hacerlo, vale ya…
- Pero Remus…
- ¡Que no!
- ¡Remus! ¡Nos hemos jugado la vida! ¡Hemos quebrantado millones de normas para venir hasta aquí porque me suplicaste que te enseñase a volar! ¡No te puedes negar!
- Pero serás… - masculla Remus, y al final claudica - Está bien, lo haré, pero te juro que como se te ocurra que es gracioso empujarme o lanzarme al suelo o algo por el estilo, le diré a McGonagall que te dedicas a escribirle poemas de amor a Lily en sus clases.
- Yo no hago eso… No siempre. - se sonroja - Venga, vamos.
No, desde luego que esto no es una buena idea.
Y no sabe por qué: quizás es la irresistible capacidad de James de conseguir que las personas actúen como él desea, quizás el deseo de acabar con aquella situación de una vez por todas o la inocente, infantil (y errónea) creencia de que quizás un plan ideado por alguno de sus amigos podía funcionar por una vez, pero el caso es que tan solo unos minutos después Remus se encuentra sentado en la parte de atrás de la escoba de James y agarrando firmemente la túnica de éste con más fuerza que convencimiento.
James despega. Sirius levita, orbita alrededor de ellos. Peter les observa desde abajo, fascinado. Remus cierra los ojos.
Cuando se atreve a abrirlos, está varios metros por encima del suelo.
La primera reacción es mirar hacia abajo, y automáticamente desea no haberlo hecho. El césped y Peter Pettigrew como un pequeño y diminuto punto sobre la verde hierba cada vez se alejan más, y más. Por otro lado, no es capaz de apartar la vista, absorto en la deliciosa sensación de pánico controlado y el vacío en el estómago que le provoca el miedo a las alturas. Pero en realidad se da cuenta de que no tiene miedo: no tiene miedo porque de algún modo sabe que James no le dejaría caer, y que sabe que él vuela increíblemente bien y nunca resbalaría, ni perdería el equilibrio ni el control de la escoba.
No tiene miedo… De momento.
La situación cambia un poco cuando Sirius, que hasta entonces se encontraba moviéndose alrededor de ellos, distraído, considera terriblemente divertido aproximarse a Remus por la espalda y agarrarle de la capa. Como Remus no pesa demasiado y Sirius tiene mucha fuerza, el estirón hace que el primero se balancee hacia atrás: no lo suficiente para precipitarse al vacío; lo necesario para causarle un gigantesco vuelco en el corazón, lo que él cree que es un amago de infarto y hacer que se le escape un pequeño chillido agudo, al tiempo que lucha desesperadamente por volver a aferrarse a la espalda de James, que está tan absorto en la propia experiencia de volar que no ha reparado siquiera en lo que acaba de ocurrir.
- No sabía que chillabas como una nena, Remus - se burla Sirius, y se peina el pelo hacia atrás con los dedos, mientras sostiene el palo de la escoba con solo una mano.
Remus hubiera contestado algo, pero está comenzando a marearse. Sujeta a James aún más fuerte, rodeando su cintura con los brazos.
- James, ¿podemos parar ya? ¿Por favor?
- ¡No, Remus! ¡Mira, mira lo que sé hacer!
Al final, y frente a las súplicas del joven hombre lobo, James accede a aterrizar. En el momento en el que la escoba desciende y vuelven a la tierra firme, Remus se lanza hacia la hierba y permanece ahí, tumbado, durante un rato; recuperando el aliento, abrazando el suelo como si se hubiese olvidado por completo de cómo caminar. Y con voz entrecortada, murmura "no…vais…a volver…a…obligarme…a…hacer esto…otra vez.".
- Pero si no ha estado tan mal, Remus. - sonríe James, mientras deposita su escoba en el suelo.
- ¡No ha estado tan mal hasta que el mentecato de Sirius ha tenido la brillante idea de hacer que casi me caiga y me muera!
- ¿Qué es un mentecato? - pregunta James. - Suena a comida…
- Bah, exageras - interviene Sirius - Ha sido una bromita, Lupin, sabía que no tenías sentido del humor, pero no es para tanto…
- ¡Eres un cretino!
- Oye, venga, Remus, yo ya te he llevado, así que ahora… ¡Tu parte del trato!
- ¿¡Mi parte del trato!? No pienso…
- Eso es que sabes que no puedes hacerlo, Remus - Sirius se sienta al lado de éste, con las rodillas flexionadas y los antebrazos sobre ellas. - ¿Es eso lo que te pasa? ¿El pequeño Remus Lupin no puede admitir que no sabe hacer algo que sus pobres amigos Sirius y James, oh, incluso Peter, sí que saben?
- Sé lo que pretendes y no vas a conseguirlo.
- ¡Lupin tiene miedo! ¡Lupin tiene miedo! - canturrea.
- Di lo que quieras, Black.
- ¡Lupincito no se atreve!
- Pero qué demonios te pasa, Sirius. ¿Lupincito? ¿En serio?
Sirius continua silbando y coreando "Lupin tiene miedo, Lupin es un miedoso" al oído de Remus, mientras le estira del pelo y trata de desabrocharle la túnica. James pronto se une al juego, y salta a su alrededor, murmurando "vaya, pobre Remus, tiene que sentirse fatal, como él siempre sabe hacer todo, madre mía, pero es que esto es muy grave, nosotros somos tontos y sí que sabemos hacerlo y él no, ¿cómo de mal debe sentirse?, pobrecito, Sirius, déjale, bastante tiene con ser un negado, madre mía, pobre Lupin…"
Y Remus puede llegar a tener muchísima paciencia; puede, en realidad, llegar a ser la persona más paciente del mundo, pero aquel día y la serie de hechos catastróficos que habían ocurrido en el plazo de unas pocas horas, unido a su mal humor general y a la capacidad de los dos chicos de comportarse como borregos inútiles cuando quieren, la línea divisoria entre Remus "no me importa lo que me digáis" Lupin y Remus "os juro que os vais a arrepentir de esto" Lupin es cada vez más y más fina, y finalmente, se rompe.
- ¡BASTA YA! ¡ESTÁ BIEN! - exclama, y esto causa el regocijo de los dos chicos - ¡LO HARÉ, PERO CALLÁOS YA! MERLÍN, NO OS SOPORTO NI UN MINUTO MÁS.
Así, un muy enfurecido Lupin se levanta del lugar donde ha estado sentado el último rato, estira el brazo para alcanzar la escoba que anteriormente James había usado y se monta sobre ella; después, propina una fuerte patada al suelo y, para sorpresa de todos, vuela.
Sirius está asombrado. James está asombrado. Peter está entre asombrado y decepcionado pensaba que había algo que Remus sabía hacer y yo sí… Remus, desde luego, está atónito, y su fascinación aumenta con cada milisegundo que permanece en el aire. Durante unos diez segundos, todo parece ir bien; después, pierde el equilibrio, la escoba comienza a dar tumbos, a la deriva, y Remus no sabe mantenerse sobre ella. Las manos le resbalan sobre el palo de ésta: intenta, como pueda, aferrarse a ella, que cada vez se mueve más rápido, como si tuviera la intención de derribarle. Y tras un agónico minuto en el que Remus piensa que definitivamente, no debería haberse dejado engañar por James y Sirius, y James y Sirius piensan que Remus se va a morir o algo peor y no saben cómo ayudar, cae al suelo. Por suerte, no había ascendido realmente más de dos metros, así que la caída no es muy grande, y amortiguada en todo caso, por el mullido pasto del claro. Antes de chocar contra éste, Remus oye sin escuchar decir a James que "es lo peor que he visto desde que Peter se comió aquella pluma pensando que era de azúcar, tío".
Entre los tres le levantan, rápidamente, y notablemente alarmados.
- ¡¿Estás bien, Remus?! - pregunta James, mientras comprueba los brazos, las piernas, la nariz, la boca, el estómago, y básicamente todo el cuerpo de su debilucho amigo - ¿¡Te has roto algo!? ¡¿Esta cicatriz estaba aquí antes?! No, no lo estaba, oh, Merlín, vamos a la enfermería, Remus, te has roto el cuello y la pierna y el esternón, sí, creo que sí, ¡Merlín!, ¡Sirius, ayúdame a llevarlo!
- Estás exagerando, James. - interrumpe Sirius - No le pasa nada, tío, mírale, está perfectamente, quiero decir, todo lo perfectamente que puedes estar si eres Remus.
- ¿Tú crees? - pregunta Peter - Yo también creo que esta cicatriz no estaba aquí antes…
- Estoy bien - dice Lupin, al tiempo que se incorpora, se libera del brazo de James, que le está sujetando por la cintura, y se sacude los restos de paja y hierba que han quedado adheridos a la túnica y la capa - estoy vivo, quiero decir. No sé cómo estaréis vosotros cuando os deis cuenta de que habéis perdido un amigo y no vais a tener a nadie que os ayude con los deberes.
- Es… ¿Es broma, verdad? - musita James.
- Sí. Pero si fuese una persona sensata y coherente, no lo sería.
Sin que se diesen cuenta, el cielo ha comenzado a teñirse de color anaranjado, y pronto la noche estrellada se precipita sobre ellos como la más intensa de las tormentas, solo iluminada por la pequeña luna creciente que hace más visibles y más dolorosas las cicatrices de Remus. Sin saber por qué comienza a tararear a Beethoven mentalmente, y mientras sus amigos tratan de consolarle "no pasa nada, tío, piensa que ya vuelas mejor que muchos de los jugadores de las Flechas de Appleby" "seguro que encontramos un libro en el que puedas aprender" "bueno, mejor así, en realidad, seguro que no ganaría ningún partido si no te tuviera a ti entre las gradas mirándome y diciéndome que lo estoy haciendo bien, Remus", y echando un último vistazo a la luna creciente en el horizonte, piensa que quizás no ha sido una buena idea; es más, es muy probable que haya sido la peor de las ideas, pero incluso las malas ideas pueden, en la compañía adecuada, hacer de un día cualquiera una aventura memorable.
