¿Quieres salir conmigo?
Sirius Black tiene trece años. Tiene el pelo largo, negro, brillante y ondulado, peinado a conciencia para permanecer liso, de forma que se mantiene lacio, cayendo ordenadamente a ambos lados de la cara, mientras un par de mechones recubren su frente. Tiene los ojos grises y grandes, del color de la tormenta y las malas decisiones, la mandíbula muy pronunciada incluso para un chico de su edad, que muestra los primeros signos del incipiente vello facial propio de la pubertad, y oculta una arrebatadora sonrisa, traviesa y perruna. Tiene, y siempre ha tenido, la espalda ancha; no es exactamente musculoso, si bien es más fuerte que la mayoría de niños de su curso, y también más alto.
Nunca, hasta ese día, y a pesar de su demasiado notable amor por sí mismo, había llegado a plantearse que podía gustarle a una chica.
Por eso, cuando aquella pequeña niña rubia y de diminutos ojos azules de Ravenclaw le entrega, durante el desayuno, un paquetito lleno de grajeas Bertie Bott de todos los sabores y ranas de chocolate junto con una nota en la que pone "me gustas mucho, ¿quieres salir conmigo?", Sirius no lo entiende.
- Se llama Natalie Hawkins, Sirius. – aclara Remus, levantando solo levemente la vista del libro que está más que leyendo, devorando – Está en segundo año, también, y te dio bombones en San Valentín del año pasado, solo que supongo que no te diste cuenta de que le gustabas porque estabas demasiado ocupado… Comiéndotelos.
- ¿Qué? ¿Hizo eso? Yo no recuerdo que…
- Sí, y no solo eso. Te estuvo observando durante las pruebas de quidditch, y también aquel día que vinisteis a molestarme a la biblioteca mientras terminaba mi redacción de Pociones sobre los trece usos de la sangre de dragón.
- ¿Pero cómo demonios te enteras de estas cosas? ¡Si no sabía ni que existía!
James se encoge de hombros sin que Remus lo vea, y le mira como si dijera "no sé, tío, es de otro planeta".
- Bueno, el caso es que deberías contestarle, Sirius, no puedes jugar así con los sentimientos de alguien.
- Pero… ¿Qué se contesta a estas cosas? – pregunta James – Oh, dios mío, ¿qué contestaré cuando Lily me lo pida?
- No creo que tengas que preocuparte mucho de eso por el momento, gafotas.
- En mi opinión, deberías decirle que no. Solo que sé que nunca haces lo que debes, así que contesta lo que quieras, o no contestes. Pero si no lo haces, ten la decencia de no engullir todas esas ranas…
- ¿Por qué? ¡Ahora son mías! ¿No?
- Bueno…
No le dan mayor importancia al tema: los ojos de Remus siguen recorriendo, veloces y precisos, las líneas de Las aventuras de Tom Sawyer, mientras remueve, con la mano con la que no pasa las páginas, un café que ya casi se ha quedado frío; James engulle sus tostadas con mermelada de fresa, Peter apura el segundo vaso de zumo de calabaza y Sirius devora un par de bollitos de crema, guarda dos más en el bolsillo de la túnica y sale del Gran Comedor con la caja de ranas de chocolate bajo el brazo, mientras a la tímida chica de Ravenclaw aún le tiemblan las piernas, solo unos metros alejada de ellos.
Se enteran antes de la clase de Transformaciones, esa misma mañana. Aquel día, 30 de octubre de 1972, es la víspera de una de las tantas festividades que se dan en Hogwarts: Halloween. Aquel año, el profesor Flitwick y el profesor Slughorn habían decidido darle "algo más de emoción" a la mágica noche preparando no solo un espléndido banquete sino también un gran baile para todos los alumnos.
- Así que por eso Natalie quería que salieras con ella, ¿no? – murmura Peter, tratando de que McGonagall, que está tratando de explicarle a una alumna despistada cómo mover la varita correctamente para convertir su pluma en un tritón, no le escuche.
- ¿Eh? ¿Quién?
- Natalie – puntualiza Remus ¿de dónde sacará la capacidad para hablar y tomar apuntes al mismo tiempo? – la chica de Ravenclaw que te ha dado las ranas.
- ¿Eso quiere decir que hay que ir con pareja al baile? – se lamenta Peter - ¿A quién puedo pedírselo?
- ¡Hay que ir con pareja al baile! – James sonríe, se revuelve el pelo, como de costumbre, y su mirada vaga por la habitación hasta dar con aquella inconfundible cabellera pelirroja, sentada tres pupitres por delante de ellos – Tendré que encontrar una, sí… Hm.
- Estás pensando en Lily, ¿verdad? – apostilla Sirius.
- Eh… ¿cómo lo sabes? Quiero decir… No, ¿qué te hace pensar eso?
- Pues que se te está cayendo la baba, Jimmy.
- ¿¡Eh?! – James mira en todas las direcciones y después se apresura a tratar de limpiarse la barbilla con la manga de la túnica. - ¡Es mentira! ¡No se me estaba cayendo la baba!
- A veces, tío, me siento, miro al infinito y pienso: ¿Cómo puede James ser tan endemoniadamente tonto?
- Sí, bueno… El caso es que yo tengo pareja para el baile y tú, bueno, no te ofendas, pero la chica esa de Ravenclaw tiene los ojos juntos.
- Ah, ¿tienes pareja? – pregunta Remus.
- Claro – sonríe James – Después de lo del otro día, Lily, bueno, ya sabéis.
- ¿Ya sabemos qué?
- Es que… Huele tan bien. Remueve tan bien la poción en el sentido de las agujas del reloj. Estruja tan bien los tórax de dragón sobre el caldero… Se recoge tan bien el pelo detrás de las orejas para que no lo ensucie la humedad cuando la poción hierve…
- Por el amor de Merlín, Jimmy, hace dos días, nos lo has contado cincuenta y siete veces…
- Si, bueno – James finge una tos y se incorpora, volviendo a la realidad de repente, dejando de divagar sobre la forma en la que Lily pasa las páginas del manual de pociones en busca del tiempo de cocción adecuado que necesita – Pero el caso es que, bueno, ella va a ir conmigo, claro. ¡Es obvio que le gusto!
- Si tú lo dices, James… - murmura Sirius, y trata con todas sus fuerzas de contener una sonrisa. – Quiero decir, no seré yo quien rompa tus ilusiones: es como cuando Peter cree que su ratón puede entenderle cuando le habla y eso.
- ¡Susan me entiende!
- ¡A Lily le gusto!
Remus ríe por lo bajo; Sirius le mira de reojo y no puede contenerse más y estalla en carcajadas, lo que ofende considerablemente a James.
- ¿Decís que a Lily no le gusto? ¡Os lo demostraré!
Antes de que ninguno de los tres pueda evitarlo, James se levanta del sitio y avanza con paso firme hasta el pupitre contiguo al que la chica pelirroja ocupa. Levanta la mesa con una mano y la desplaza hasta que solo hay aproximadamente un centímetro de separación entre ella y el sitio de Lily.
- ¡Hola, cariño! – saluda, con la sonrisa más amplia y bobalicona que Lily ha visto jamás. Mi padre llama "cariño" a mi madre, así que si Lily y yo vamos en serio tengo que empezar a llamarla así. - ¿Qué tal tu día?
Unos cuantos metros más atrás, Remus puede leer la mirada de "no, por favor, otra vez no" de la chica de Gryffindor.
- ¡¿Qué haces aquí?! - exclama ella.
- Sentarme a tu lado, ¡claro! Me sentaré todos los días a tu lado a partir de ahora, como en nuestra clase de Pociones, ya sabes.
Lily exclama algo así como "¡Ni hablar! ¡Antes muerta, Potter!" y sus dos amigas, a su lado, dejan escapar una risita nerviosa, pero James no lo escucha, porque está demasiado ocupado vaciando su mochila de cuero sobre el pupitre. Pronto libros, pergaminos y plumas se desparraman, cubriendo todo el pupitre y parte del de la chica, que no puede dejar de mirarle, atónita. Por último, un pequeño bote de tinta negra cae sobre el montón de papel arrugado, se rompe al colisionar con la madera de la mesa y salpica su contenido hacia todas las direcciones, particularmente en dirección a la impecable camisa blanca y el pelo limpio y suelto, peinado con una diadema de Lily.
- ¡JAMES POTTER! ¡ERES EL SER MÁS ESTÚPIDO QUE HE TENIDO LA DESGRACIA DE CONOCER EN MI VIDA! ¡NO QUIERO VOLVER A VERTE NUNCA! – brama una muy enfurecida y demasiado manchada Lily.
Remus se levanta entonces, a la velocidad de la luz, y agarra a James del cuello de la camisa, empujándole hacia atrás con una fuerza que juraría que hace un segundo no tenía. Sirius le sigue y es capaz de inmovilizarle y llevarlo de vuelta al final de la clase, donde se encontraban antes, mientras James todavía chilla "pero Lily, ¡LILY! ¡INCLUSO MANCHADA DE TINTA ESTÁS PRECIOSA!", lo que causa las risas generales de todos los alumnos que en ese momento se encuentran en la sala. Remus se apresura a recoger las pertenencias de su amigo, tratando de no impregnarse también de la pegajosa tinta. Después, saca la varita del bolsillo de la túnica, exclama: ¡Fregotego! Apuntando primero a la camisa, el pelo y las sonrojadas mejillas de Lily y al pupitre y los libros de James después, y consigue dejar ambas cosas impecables y libres de cualquier rastro del líquido negro justo en el preciso momento en el que la profesora McGonagall entra por la puerta del aula.
- Pero… Pero si yo solo quería…
- Tío, Jimmy… No puedes simplemente ir y tirarle un bote de tinta encima a una chica y pensar que así vas a conquistarla…
- ¡Pero es que yo no quería!
- Lo que tienes que hacer, tío, es ir, agarrarla de la cintura y darle un beso, y eso seguro que funciona. – ríe Sirius, intentando sonar convincente.
- ¡NO! – exclama Remus, sin ser completamente consciente del elevado tono de su voz hasta que se da cuenta de que McGonagall y varios alumnos le miran fijamente – Quiero decir, está enfadada, si haces eso… No te hablará nunca más.
- ¿Nunca-nunca? – gimotea.
- Nunca-nunca, James.
Y parece entenderlo, porque traga saliva y cruza los brazos sobre el pupitre. Cuando la clase comienza, la voz de McGonagall suena para él como un eco lejano que no consigue distraerle de sus propios pensamientos. Aún sin entender demasiado bien lo que acaba de suceder, James Potter piensa que no entiende a las chicas. Y duda mucho, muchísimo que llegue a hacerlo algún día.
