Hierba de la Muerte y otras curiosidades del destino

A veces, son las pequeñas decisiones, aquellas tomadas de forma espontánea e imprevista, las que de una manera u otra determinan el azar y dibujan, aunque sea de forma vaga, lo que sucederá después. Actos insignificantes, nimios, son capaces de cambiar el curso de las cosas de una manera que nadie podría jamás imaginarse.

Después de comer, James Potter y Sirius Black se encaminan hacia la Sala Común de Gryffindor, dispuestos a embarcarse en una reñida partida de ajedrez mágico o naipes explosivos. Peter Pettigrew les ha dejado atrás hace unos minutos. Se ha marchado del Gran Comedor, apresurado, aún mordisqueando los restos de un muslo de pollo y guardando bajo la túnica un par de pedazos de tarta de melaza para más tarde, en dirección a la primera reunión del club de Gobstones al que recientemente se ha apuntado. Remus Lupin camina a su lado y, por su parte, planea nada más y nada menos que pasar el tiempo restante hasta la hora de la cena en la biblioteca de Hogwarts, ultimando los detalles del pergamino de treinta centímetros que contiene, escrita con letra pequeña y meticulosamente cuidada, la redacción sobre la recolección, conservación y usos de la Hierba de la Muerte para clase de Pociones que deben entregar al día siguiente. Sirius y James no saben qué es lo que les lleva a seguir a su amigo cuando, distraído, gira la esquina que le lleva al pasillo del cuarto piso al tiempo que se despide de ellos con un vago gesto de cabeza y un "adiós" que casi es un susurro y que se pierde entre el ir y venir de alumnos, las conversaciones animadas de los retratos y el sonido de las escaleras mágicas del castillo al moverse.

El 30 de octubre de 1972 será un día de casualidades, de resoluciones casi aleatorias que terminarán por ordenar y moldear los acontecimientos posteriores. De la misma forma que no hay acción sin reacción, cada uno de sus movimientos tendrá su consecuencia, y hará que, de entre todas las diversas posibilidades según las cuales los hechos habrían podido sucederse, terminen por acaecer del modo en el que ocurrieron y no de ninguna otra forma. Sea cual fuere el motivo por el cual el subconsciente de Sirius y James se decantó por acompañar a Remus a la sala de estudio, repentinamente, en lugar de continuar su camino hacia el destino previsto, desencadenará una serie de sucesos que no habrían podido predecir en ese mismo momento. Es divertido cómo funciona el destino en ocasiones.

Remus se sorprende cuando toma asiento en su sitio habitual de la biblioteca y, segundos después, James y Sirius ocupan los puestos a ambos lados del suyo, a izquierda y derecha, respectivamente. Abre la mochila y esparce su contenido sobre la mesa, con parsimonia: el tintero, dos plumas, el escrito de Pociones, algo de pergamino extra y un par de libros de texto, y solo después pregunta.

- ¿Qué se supone que hacéis aquí?

Sirius se encoge de hombros y James murmura "no sé, Remus, no todo tiene un motivo. A veces… Las cosas pasan y ya está, ¿no?".

La primera hora, mientras Remus termina definitivamente su redacción, los dos chicos simplemente se limitan a vagar entre los laberintos de estanterías y papel de la gran estancia. Apenas hay nadie allí, tan temprano, y con la época de exámenes notablemente más lejana y vaga que la excitación por el banquete de Halloween del día siguiente y el ya casi incipiente sentimiento navideño incitado por la fuerte ventisca que ha despertado Hogwarts aquella mañana. Buscan y hojean libros sobre quidditch "eh, mira, ¡aquí salen los Chudley Cannons!" y juegan a ver quién encuentra el tomo con el título más largo. Tras una doble victoria de James con su apuesta por "Análisis de la posibilidad de invertir los efectos físicos y metafísicos de la muerte, con especial reintegración de la esencia y la materia" de Bertrand de Pensées-Profondes, primero, y "Poderes que no sabías que tenías y qué puedes hacer con ellos ahora que te has enterado", de autor desconocido, después, Sirius dictamina que es injusto jugar contra él porque "esas enormes gafotas que tienes hacen que encuentres las cosas más rápido y no es justo, tío, si algún día me quedo ciego como tú verás como te gano". Así que vuelven con Remus, que acaba de poner el punto y final en su redacción y, después de repasar la ya de por sí impoluta ortografía y caligrafía un par de veces, se despereza sobre la silla y se pregunta cuál será su próxima tarea. Está debatiéndose entre buscar algún libro nuevo que leer en la sección de literatura muggle o comenzar a estudiar el material extra que el profesor Flitwick ha recomendado sobre encantamientos no verbales cuando sus dos amigos reaparecen, claramente dispuestos a no dejarle realizar ninguna de las dos cosas.

- Oye, Remus, ¿tú crees que la Señora Norris es una chica que le gustaba a Filch y como no le hacía caso porque huele mal y es muy feo, la encantó para que fuera un gato y tuviera que quedarse con él para siempre? - pregunta James en el oído de éste.

Después, él y Sirius se embarcan en una larga conversación, por supuesto, en voz alta, sobre si en realidadSnape es un murciélago o un vampiro y por eso casi nunca sale a la luz del Sol. Sirius está defendiendo encarnecidamente su argumento de que en efecto, Mark Snape es un vampiro y "por eso nunca se lava ni se ducha, porque no puede verse en el espejo y sería incapaz de peinarse", cuando Remus no puede contenerse más e interviene diciendo que "se llama Severus, Sirius" y que "en realidad los vampiros sí que pueden verse en los espejos; lo de que no les reflejan es solo una leyenda muggle, pero en realidad el razonamiento es interesante". Y se ríen, y por un momento los tres se olvidan por completo de que se encuentran en un lugar en el que en teoría deben guardar silencio. No hay nadie allí para recordárselo, tampoco. Nadie más que Lily Evans, que también se encuentra en la habitación, en un asiento que no puede verse desde la posición de los tres chicos, pues una gran estantería llena de libros de Encantamientos medievales les bloquea la vista. Lily, sin embargo, es completamente consciente de que Remus, James y Sirius se encuentran allí.

Si James Potter y Sirius Black no hubieran acudido aquella tarde a la biblioteca y hubieran proseguido su trayecto a la Sala Común, Lily Evans no estaría mordiéndose las uñas en ese momento, completamente fuera de quicio e incapaz de escribir una sola palabra más sobre la Hierba de la Muerte. Si James y Sirius no estuviesen hablando tan alto, ella hubiera podido concentrarse a la perfección, hubiera terminado su notable redacción antes de que el Sol cayese y hubiera empleado el espacio de tiempo comprendido entre el fin de la hora de la cena y las doce de la noche para leer alguna novela o repasar sus apuntes de diversas asignaturas. Pero James y Sirius están allí y se ríen a carcajadas, y la chica pelirroja no consigue entender dos párrafos seguidos de su libro de texto sin ver sus pensamientos interrumpidos por sus estruendosas y para ella horrísonas voces. Así que no termina sus deberes aquella tarde y tiene que proseguir después de la cena. A las once y media de la noche, malhumorada, finaliza su escrito, enrolla el pergamino meticulosamente y lo guarda en la mochila. Sus compañeras de habitación ya se han acostado, y Lily sabe que debería hacer lo mismo. Posiblemente, si hubiera podido aprovechar la tarde para terminar su redacción y hubiera podido disfrutar de aquel tiempo tras la cena para ella y su pasatiempo favorito, leer, no hubiera sentido la urgente necesidad de enfrascarse en la lectura del Retrato de Dorian Gray bajo las sábanas y a la tenue luz de su varita hasta altas horas de la noche.

Desde luego, el destino funciona de forma curiosa y caprichosa en ocasiones.

James y Sirius tampoco duermen demasiado aquella noche. Sirius porque sufre de insomnio ocasional, y porque hay sombras y fantasmas que solo atormentan bajo la luz de la luna. James simplemente está inquieto y rueda hacia el lado derecho de su cama, donde el nuevo colchón casi roza con el de Sirius, encogido sobre las sábanas a solo unos centímetros.

- Sirius, ¿estás despierto? - pregunta James, sin molestarse siquiera en susurrar.

Son alrededor de las cinco de la mañana y Sirius gruñe, le da la vuelta a la almohada y se gira hacia donde está su amigo.

- Sí, y dale las gracias a Merlín por ello, porque si hubiera estado dormido y me hubieses despertado con ese vozarrón tuyo en el oído, te juro que iba a cortarte el pelo al cero y pegártelo en el culo para que no pudieras ponerte ningún pantalón nunca más.

- Oye, cállate.

- Que sí, que estoy despierto… ¿Qué te pasa?

James vacila un segundo y contesta.

- Es que me estaba preguntando… ¿Qué se hace con una chica cuando tienes una cita?

- Por Merlín, James, ¿qué demonios estás diciendo?

- No sé, quiero decir, ¿nunca te lo has preguntado? No es como estar con tus amigos, ¿no? A una chica no puedes decirle que Peter se come los mocos o que vas a hacer estallar el armario donde guardan las escobas del equipo de quidditch de Slytherin porque ellas no hacen esas cosas. ¿Qué cosas hacen las chicas?

- No sé, tío, cosas… De chicas. Supongo que hablan de… de lo que sea que les guste. No sé qué les gusta a las chicas.

- ¿A las chicas les gustan los Beatles?

- No creo. Supongo que habrá un grupo o algo así que sea como los Beatles pero esté hecho de chicas, y ese grupo les gustará a las chicas. Pero los Beatles son nuestros.

- Pero entonces, ¿por qué los chicos mayores tienen citas con chicas todo el tiempo? Jo, no puedes hablar de nada con una chica, ¿no? ¿Qué hacen, entonces?

- No tengo ni la menor idea.

Siguen charlando en voz baja, de preguntas inocentes e intrigas casuales bajo las sábanas, hasta que despiertan a Peter y luego a Remus, y los cuatro observan en silencio cómo el sol comienza a deslizarse tras el horizonte, despacio. Ninguno de ellos había visto antes amanecer, o al menos no de aquella forma; el brillante astro pinta de colores, despacio, la eterna inmensidad de los terrenos de Hogwarts, tiñendo con una especie de palidez brillante y azulada donde antes solo había oscuridad y grisáceas sombras.

Unos metros más allá de su habitación, Lily Evans, sin embargo, no ve la salida del sol. Se despierta, de hecho, más tarde que habitualmente, tumbada sobre la cama aún sin deshacer; el libro que le ha robado el sueño abierto a un lado, el cabello pelirrojo despeinado, vestida con el uniforme del día anterior y desprendiendo un cansancio tan evidente que puede casi palparse. Esto hace que sus compañeras de habitación decidan no despertarla a la hora habitual para bajar al Gran Comedor. Una de ellas, Sophie, piensa que "quizás está enferma y necesite dormir en lugar de ir a clase hoy", al tiempo que termina de atarse los zapatos y sale de la estancia.

Quizás si Sirius y James no hubiesen decidido acompañar a Remus a la biblioteca la tarde anterior, Lily hubiera conseguido acabar sus deberes a tiempo y no hubiese permanecido despierta hasta altas horas de la noche, inmersa en la lectura de una de las tantas historias en las que frecuentemente se sumerge con tanta facilidad. Y posiblemente, si eso no hubiese sucedido, Lily no se hubiese levantado tarde aquel día, tan tarde que tiene que saltarse el desayuno, vestirse con toda la rapidez posible y recoger el pelo enmarañado en una cola de caballo para lograr llegar a tiempo a la primera clase, Herbología, con unas notorias ojeras y pocos ánimos para aprender sobre la col masticadora china, pero siempre puntual.

Pero el caso es que Sirius y James, en efecto, lo hicieron.

Así que Lily se despierta tarde, y sus tres compañeras de habitación bajan a desayunar sin ella. Si Lily hubiera estado allí, posiblemente se hubieran sentado en una esquina de la gran mesa de Gryffindor y hubiesen tomado una abundante cantidad de leche con chocolate. Pero Lily no hace acto de presencia aquella mañana, y Sabine insiste en ocupar los tres sitios libres que descansan al lado de Sirius Black, Peter Pettigrew, Remus Lupin y James Potter, y sonríe levemente cuando logra colocarse justo al lado de éste último. Desayunan tostadas, café y risitas ahogadas. No le dedican ni una sola mirada a la ostentosa decoración de Halloween que luce aquella mañana el Gran Comedor.

Sirius Black, sin embargo, sí que la observa. Sigue con la mirada los cientos de pequeños murciélagos de juguete encantados para revolotear sobre las mesas y se pelea distraídamente con un mechón de pelo que le cae, rebelde, sobre la frente. No está prestando demasiada atención a nada en particular cuando Natalie, la chica de Ravenclaw que le invitó a ir al baile con ella el día anterior, se acerca a él por la espalda y le pregunta si tiene una respuesta.

Es curioso. Si James no hubiese pasado toda la noche anterior atormentando a Sirius con cientos de dudas y preguntas sobre qué y cómo se hace en las citas con las chicas, a éste ni siquiera se le habría ocurrido aceptar la proposición de aquella niña; sin embargo y tras no haber dormido demasiado a causa de las inquietudes existenciales de su amigo, decirle que sí a la chica es irresistible; negarse, casi imposible. El rostro se le ilumina, los brillantes ojos azules se abren mucho y en todas las direcciones y una enorme sonrisa aflora a la superficie tras la piel pálida de la joven Ravenclaw cuando Sirius acepta.

Sirius acepta y Lily Evans no está allí para verlo; ni siquiera está allí. Sus tres amigas: Sabine, Alice y Sophie, por el contrario, presencian la escena, y ésta abre en su mente un mundo de posibilidades que en ningún caso se les hubieran ocurrido de otro modo. Una mezcla de envidia y celos hacia la chica rubia de los ojos grandes hace que surja en las tres niñas el irremediable deseo de encontrar pareja para el baile de aquella noche; si bien los tres amigos de Sirius Black y el propio Sirius quedan descartados, hay multitud de chicos en su curso susceptibles de ser sus acompañantes. Sabine se lo propondrá a un tal Mark Philips, de Slytherin, Alice será invitada por Martyn Norrington y finalmente incluso Sophie logrará una cita con Justin Craig, con el que se había sentado alguna vez en clase de Transformaciones cuando no quedaban más pupitres libres.

Se reúnen con Lily después del desayuno, en los invernaderos. No hablan mucho con ella sino que cuchichean interrumpidamente, pero ella no le da demasiada importancia. Cansada, en la frontera entre el sueño y la conciencia, su mente aún vaga por los cientos de universos y mundos fantásticos que solo existen en su imaginación.