El club de los corazones solitarios

- ¿Crees que debería peinarme? Peinarme… bien, quiero decir. ¿A las chicas les gusta que me peine? No sé si Lily…

- Y yo que sé, James - contesta Sirius de mala gana. Es aproximadamente la quinta vez que su amigo le hace la misma pregunta, y está empezando a considerar la posibilidad de empujarle por las escaleras que separan el dormitorio de la Sala Común - pregúntale a Remus. No tengo ni idea.

James sale del cuarto de baño y Sirius escucha cómo comienza a decir "oye, Remus, tú crees que a las chicas les gusta más si…" y después deja de prestar atención. Respira hondo y comienza a atarse la corbata despacio, con resignación. No es que Sirius sea alguien a quien le guste llevar corbata, y mucho menos bien atada, pero aquella noche tiene una "cita" (y la palabra suena muy extraña en su cabeza cuando la piensa) y no tiene ni la más remota idea de cómo debe vestirse alguien en este tipo de ocasiones. El hecho de que tengan que ir al baile de Halloween con ropa normal y no con el uniforme de Hogwarts solo empeora las cosas para él. Aun así, ha reutilizado la camisa blanca que suele llevar a diario, junto con unos pantalones de color negro que Remus dice que le quedan demasiado ajustados pero que a él le gustan. De hecho, ha sido Remus el que le ha prestado la corbata negra no tengo ni idea de por qué este chico tiene alguna corbata más que la del uniforme, ¿quién quiere llevar corbatas por propia voluntad? que se está anudando en ese momento. Se retira el pelo de la cara, salvo el característico mechón que suele caerle sobre la frente. Tras numerosos intentos de domarlo, ha comenzado a gustarle, como si fuera una seña de identidad. Después, se reúne con sus otros tres amigos. James le mira y murmura "eh, Sirius, si fuese una chica me enamoraría de ti" y después se ríe y Sirius ríe con él, y eso le basta para olvidarse de toda preocupación sobre su aspecto.

Remus lleva un grueso suéter de lana azul oscuro que parece tejido a mano, y tiene bordados multitud de pequeñas formas de color blanco que recuerdan a copos de nieve. Peter viste pantalones de pana, y una chaqueta de botones de color verde pálido. James se ha ataviado con un jersey sin mangas de color marrón claro, y bajo éste sobresale una camisa de color granate con las solapas del cuello perfectamente colocadas. Y no lleva corbata. En ese momento está ocupado tratando de aplastarse el pelo contra el lado derecho de la cabeza, en un vano intento de que parezca ordenado y no enmarañado y revuelto, como de costumbre.

- ¿Cuándo has aprendido a combinar colores, gafotas?

James no contesta, pero mira vagamente en dirección a donde se encuentra Remus, sentado sobre su cama, y se encoge de hombros.

- James quiere pedirle una cita como la tuya a Lily, Sirius. - le explica Peter, que juguetea con Susan, sobre su regazo.

- ¡No es verdad! - exclama James - Solo… Yo solo…

- Es verdad, James. - apostilla Remus.

- Vale, vale. Bueno. Seguro que me dirá que sí, y no te ofendas, Sirius, pero te habré ganado, porque Lily es más guapa que esa tal Natalie…

- No tienes ni idea - gruñe Sirius. - Bah. ¡Me aburro! ¡Tengo hambre! Vamos a hacer algo ya, venga. Ya hemos estado bastante rato arreglándonos como si fuéramos chicas.

- Aún quedan dos horas para que empiece el banquete, Sirius… - le recuerda Remus.

- ¿¡Dos horas?! ¿¡Voy a tener que ir así vestido dos horas más de lo que pensaba!?

- No habrá nadie en la Sala Común… ¿Y si vamos allí a jugar a algo? - sugiere Peter.

- ¡Remus! ¡Vamos a bajar el grimófono abajo! Hay que enseñar a la gente a escuchar música de verdad. Antes he oído a alguien tarareando a Frank Zappa…

- ¿Qué tiene de malo Frank Zappa? Y no, no vamos a bajar el gramófono a la Sala Común.

- ¡Que es horrible! ¿Quién quiere escuchar esa música teniendo a los Beatles y a los Rolling y…? ¡Venga, Remus!

A final Remus cede, y Sirius y Peter se enfrascan en una reñida partida de ajedrez mágico mientras James canta a voz en grito Hello, Goodbye con una entonación tan incorrecta que Peter piensa que haría al mismísimo John Lennon revolverse en su tumba. Sirius le hace los coros, a veces, intentando chillar más alto que él.

- You say "yes", I say "no", you say stop and I say go, go, go… - Sirius mueve a su torre, que golpea y hace que uno de los peones de Peter salga fuera del tablero.

- You say goodbye, and I say hello, hello, hello! - James simula tocar una guitarra imaginaria - ¡Ah! ¡Ya es muy tarde! ¡Vámonos! Tengo que encontrar a Lily pronto, no sea que se me adelanten…

- Aún queda un rato…

- ¡No! No quiero que nadie se lo pida antes que yo, no es que no sepa que ella solo iría conmigo, pero… Bueno, ya sabéis. - sin mediar una sola palabra más, agarra a Remus por la manga del jersey y le obliga a seguirle, a trompicones, hasta el Gran Comedor. Cuando comienzan a alejarse, Sirius y Peter abandonan la partida y salen tras ellos.

Pero Lily no está allí. Ni allí, ni en ninguna parte. James la busca desesperadamente con la mirada durante la cena, y después, cuando el profesor Flitwick hace que las cuatro mesas de las casas se hagan a un lado dentro del comedor, y se abre una amplísima pista de baile. Incluso han dejado a Adrian Brett, un chico Hufflepuff de cuarto, que escoja la música que sonará en un enorme gramófono, muchísimo más grande que el de Remus y encantado para amplificar su sonido y que resuene por toda la estancia. En otra situación, a James le hubiese encantado escuchar Waiting for the Sun de The Doors a todo volumen, pero en aquel momento en su mente hay una preocupación más importante. Waiting for you to come along, no deja de mirar entre la multitud, esperando identificar, por fin, a aquella larga cabellera pelirroja waiting for you to hear my song, deseando con todas sus fuerzas que su mirada se encuentre con los grandes ojos verdes waiting for you to tell me what went wrong que tan bien conoce.

Pero no lo hace. No la encuentra. Aun así, James Potter no es alguien que se dé por vencido con facilidad, así que deciden separarse: él y Peter van a ir al vestíbulo y a buscar por los pasillos, y Sirius y Remus quedan encargados de permanecer en el comedor "por si vuelve Lily, y si vuelve, ¡decidle que quiero hablar con ella! O mejor no, que sea sorpresa…". Sirius y Remus le observan mientras sale por la gran puerta, pensando simultáneamente que este chico no tiene remedio y después, mirándose el uno al otro, desconcertados.

- ¿Qué demonios le pasa a este chico con esa Evans? No lo entiendo, de verdad, ni siquiera es tan guapa…

- Bueno - replica Remus - sí que es muy guapa... Pero yo tampoco sé por qué le gusta tanto. Pobre James…

- Oye, Remus… - murmura Sirius, asegurándose de que nadie más que el aludido le escucha - Es normal que… que esté… un poco nervioso, ¿verdad?

Remus esperaba cualquier pregunta como esa. Mira a Sirius a los ojos un segundo, como si no se lo creyese, y después sonríe.

- Por… ¿Por la cita? Bueno, nunca he estado en la situación, pero apostaría a que sí. - se acerca un poco a él, como si fuese a abrazarle o tratar de reconfortarle dándole una palmada en la espalda, pero antes de llegar a tocarle se arrepiente y vuelve a la posición anterior - Quiero decir, es normal que estés nervioso, pero ya se te pasará… Siempre hay una primera vez, ¿no?

- Sí - sonríe, como si hablar con él realmente le hubiese tranquilizado - eso creo.

Y en ese preciso momento ven, a lo lejos, cómo Natalie Hawkins, la afortunada acompañante de Sirius en aquel baile, se acerca entre la multitud hacia donde ellos dos aún están sentados. Lleva un vestido de color rosa con volantes cuyo vuelo le llega hasta unos centímetros por encima de la rodilla, y el cabello rubio recogido en una trenza que le cae sobre el hombro derecho. La niña coge a Sirius de la mano y le insta a levantarse, y éste mira a Remus, preocupado, como si se sintiese culpable por dejarle solo. Remus le indica que se marche con un gesto de cabeza y pone su mejor cara de "no importa que me dejes aquí" y mientras pierde de vista a ambos entre el gentío, piensa que Natalie es una chica objetivamente guapa, pero no es el tipo de chica sobre el que alguien escribiría liras o sonetos. Y por algún motivo, el pensamiento le entristece.

Sabe que no tiene sentido quedarse allí más tiempo así que trata de que nadie le vea y huye del Gran Comedor mientras casi todo Hogwarts permanece allí, entre risas y canciones. Cuando la puerta se cierra tras él el bullicio y la música se apagan, y mientras camina por el vestíbulo piensa que jamás, a excepción de las veces en las que se ha escabullido de noche junto a sus tres amigos bajo la capa invisible, había visto aquel lugar tan vacío de gente y de vida. Sus pisadas resuenan sobre el suelo de mármol en un eco sordo que aumenta su melancolía. No tiene ninguna razón para no estar feliz, en realidad, pero la propia personalidad de Remus Lupin le impide no sentirse un poco solo a veces. Aunque esté rodeado de gente. Aunque tenga (y sea completamente consciente de que tiene) los mejores amigos que podría tener; hay veces en las que para él, es inevitable que la amargura salga a la superficie de vez en cuando, como un recuerdo eterno de lo que es y siempre ha sido, de lo que le separa de todos los demás, la barrera entre él y el resto del universo. Comienza a subir las escaleras, y no sabe si, en realidad, está buscando a James y Peter o simplemente un lugar donde huir de sus propios pensamientos y heridas. Sus pasos le llevan, casi sin quererlo, hacia la Sala Común de Gryffindor. Murmura la contraseña en voz muy baja, casi un suspiro; piensa que no habrá nadie allí y quizás pueda tranquilizarse y despejarse sin tener que preocuparse por que nadie le vea.

Quizás si James Potter y Sirius Black no hubiesen acompañado a Remus a la biblioteca en la tarde del día anterior, Lily Evans hubiese podido terminar sus deberes a tiempo y no hubiera permanecido despierta más horas de las que debería aquella noche, inmersa en la lectura de un libro. Si se hubiera ido a la cama a la hora habitual, no se habría quedado dormida esa misma mañana y no hubiese tenido que saltarse el desayuno para llegar a tiempo a la primera clase de aquel día, Herbología. Y si no hubiese tenido que saltarse el desayuno, quizás sus tres amigas no hubieran escuchado que Sirius Black tenía una cita aquella noche y no hubiesen hecho todo lo posible por conseguir una ellas mismas sin consultar a Lily. Si las cosas no hubieran ocurrido así y hubiesen sido de otra forma, Lily no se habría sentido abandonada por las tres aquella noche y no hubiera decidido no asistir al baile y permanecer en la torre de Gryffindor. Y James y Peter no estarían buscándola desesperadamente por todo el castillo. Pero, por curiosidades del destino, sucedió así, y por eso cuando Remus Lupin entra por el hueco del retrato de la Señora Gorda hacia la Sala Común buscando tranquilidad y soledad, sabe al instante que allí no va a encontrarla.

Porque escucha música.

Es una melodía lenta y desconocida, pegadiza, bajo unas voces que le suenan familiares e inconfundibles. Podría reconocer la música de los Beatles a kilómetros, pero aquella canción no la ha escuchado jamás. Se adentra en la habitación para tratar de encontrar el lugar del que proviene el sonido y no tarda en averiguarlo: su propio gramófono. Recuerda que ha olvidado llevarlo al dormitorio antes de cenar, cuando la insistencia de James le ha hecho tener que abandonar la Sala Común a toda prisa. Solo un segundo después, observa una pequeña figura agazapada en una de las butacas de terciopelo rojo, frente a la chimenea, que tararea y sigue el ritmo de la música con los pies, mientras la voz de Paul McCartney desaparece entre las últimas notas de la que él aún no sabe que es Fixing A Hole. Camina un poco más, dubitativo. El silencio entre el fin de la canción que suena y la siguiente delata el sonido de sus pasos, y su mirada se encuentra, sin quererlo, con los grandes ojos verdes de Lily Evans entre la penumbra. Ella le observa desde su asiento, hecha un ovillo. Remus no sabe cómo reaccionar; sabe que debería avisar a James, pero no le parece buena idea. La tenue luz que emana del fuego que crepita en la chimenea ilumina parcialmente el rostro de la chica, y Remus puede advertir cómo pequeñas lágrimas brillantes ruedan por sus mejillas. Lily se apresura a enjuagárselas con la manga del jersey de color blanco que viste y hace ademán de levantarse, mientras la piel pálida de sus mejillas se enciende. Pero Remus la detiene. No sabe qué es lo que le lleva a hacerlo; ni siquiera sabe qué es lo que le ocurre, por qué llora. Pero sabe que quiere ayudarla, que siente un irrefrenable deseo de hacer cualquier cosa para que se tranquilice. Le gustaría decirle que quiere escucharla, que no le importaría pasar toda la noche en silencio mientras ella le explica qué le sucede si eso le ayudase a olvidarlo. Pero las palabras se le atragantan antes de llegar a ser pronunciadas y se pierden en algún lugar entre lo que su mente le dice que debe hacer y lo que su instinto, lo que su corazón sabe que no puede evitar.

Extiende la mano derecha y Lily comprende, como si el simple gesto explicase a la perfección lo que Remus piensa y siente en aquel momento en un lenguaje que solo ellos dos pueden descifrar y que acaba de ser hablado por primera vez. No existe un motivo. No les importa. El primer roce con los dedos de Lily es frío y desprende más energía que millones de tormentas eléctricas. Y Remus podría jurar que brillan en la oscuridad, en el momento en el que aquella piel fina, suave y delicada se encuentra con la suya, que oculta demasiados secretos que no deben ser desentrañados. No sabe por qué, pero un escalofrío le recorre las muñecas, el cuello y la espalda cuando ella se incorpora y le mira y el gramófono comienza a suspirar violines y contrabajos lentos, dulces y cálidos. Las primeras notas de She's leaving home bastan para que comiencen a moverse, impulsados por la propia música o por la fuerza de todo aquello que comparten y comprenden del uno del otro pero no se atreven a decirse. Bailan. Poco a poco los movimientos torpes y tímidos se tornan naturales pero casi solemnes. No importa que Remus nunca haya sido especialmente hábil porque Lily le guía y se desliza suavemente al compás, silently closing her bedroom door, leaving the note that she hoped would say more. Lento y rápido, frío y calor al mismo tiempo cuando giran sobre sí mismos una y otra vez, con la fuerza de universos que se destruyen y galaxias que colisionan, quietly turning the backdoor key, stepping outside she is free, y el capricho del destino que ha hecho que se encuentren allí y no en cualquier otro lugar, compartiendo aquel pequeño secreto de cadencias y acordes. Sonríen (we gave her most of our lives) sin atreverse a mirarse directamente los ojos pero se dejan llevar, (sacrificed most of our lives) y Lily se balancea grácil en los brazos de Remus y su cabellera pelirroja ondea en todas las direcciones (we gave her everything money could buy) y se difumina en tonos naranjas y dorados y rojos y escarlata y granate.

Why would she treat us so thoughtlessly, how could she do this to me.

She is leaving home after living alone for so many years.

Pierden la noción del tiempo y el espacio, la razón y la conciencia, porque solo existen ellos y las voces de John Lennon y Paul McCartney que les acaricia y les transporta a otro mundo en el que no hay decepciones, heridas ni preocupaciones. Y justo cuando la canción se apaga, el ruido de pasos al otro lado del retrato en la entrada de la Sala Común les despierta y les saca de su ensueño. Lily se aleja de Remus rápido y, sin pronunciar palabra, corre escaleras arriba, hacia su habitación. Y él no entiende por qué, pero solo un segundo tras perderla de vista, no puede evitar pensar que cada pequeña partícula de ella está hecha de la misma magia que inspira a los poetas románticos que tanto admira.

- ¡Remus! - exclama James, al tiempo que casi salta por el hueco tras el retrato de la Señora Gorda, seguido de cerca por Peter - ¿Dónde estabas? ¿Y Lily?

James le observa y nota un ápice de cansancio y frustración bajo su mirada. Durante un segundo Remus no sabe qué contestar. No quiere mentirle, pero tampoco puede contarle lo que acaba de suceder. En primer lugar, porque heriría sus sentimientos, y en segundo lugar, porque sigue notando la ausencia de Lily allí, frente a él, tan fuerte como si pudiera verla y tocarla, y siente como si hubiese hecho una promesa sin palabras de que aquello permanecería en secreto. Así que reacciona como puede, y reza por que no le tiemble la voz al decir:

- Me he acordado de que nos habíamos dejado el gramófono aquí y he subido a buscarlo. Y creo que he visto a Lily subir a su habitación justo cuando he entrado…

- ¿En serio? - se lamenta James, y suspira - Crees… ¿Crees que está bien? ¿Estará enferma? Jo… No quiero que esté enferma.

- Estará bien, James, no te preocupes. Seguro que la próxima vez puedes pedirle que salga contigo, de verdad. - Remus traga saliva - ¿Y Sirius?

- No tengo ni idea - contesta Peter - Hace horas que no le veo…

- Bueno… Vamos a dejar el gramófono en la habitación y vamos a buscarle, ¿no?

- Claro - contesta James, con la mirada perdida en la chimenea aún encendida - Sí, vamos.

Remus coloca una mano sobre el hombro de su amigo, tratando de reconfortarlo. Su expresión ausente le hace sentir culpable. Y se plantea si debería contarle lo que acaba de suceder. No quiero tener más secretos. Pero considera que, por aquella vez, quizás una verdad a medias sea suficiente, y se limita a recoger el viejo gramófono y comenzar a avanzar en dirección a su habitación. Una vez allí, lo deposita en el suelo y levanta la aguja despacio. Solo entonces se da cuenta de que aquel disco de vinilo que no es suyo sigue allí, y se dispone a guardarlo, con cuidado, como si fuese aquella la prueba física de las casualidades y deseos del destino, del azar y la suerte, que a veces son capaces de cambiarlo todo cuando menos te lo esperas.

N/A: No os olvidéis de que podéis comentar con vuestras opiniones y sugerencias para el futuro desarrollo de la historia. ¡Muchas gracias por leer!