Chudley Cannons
La noche sucede de una forma un tanto diferente para Sirius. No sin cierto remordimiento por dejar atrás a sus amigos, se deja arrastrar por la pequeña Ravenclaw hacia el centro de la pista de baile. Natalie Hawkins tiene el pelo claro y rizado, y a pesar de llevarlo recogido pequeños tirabuzones rebeldes se escapan hacia ambos lados de su delgada cara. Para ser una chica, es una compañía agradable. Siendo sincero consigo mismo, a Sirius nunca le ha gustado bailar; pero hay algo de misterioso y excitante en aquella situación desconocida que hace que no le importe tener que moverse al ritmo de la música para complacer a su acompañante. La niña no habla mucho al principio, como si la presencia del joven Black le infundiera demasiado respeto como para pronunciar dos frases seguidas. Y entonces entre ellos se crea una especie de silencio al que Sirius no presta atención pero que parece inquietar un tanto a Natalie. Él se distrae en el vuelo de su vestido, en la forma en la que mueve los pies al ritmo de la canción, al tiempo que se pregunta si aquella mezcla de pánico e incertidumbre en el estómago es lo mismo que James siente cada vez que ve a Lily Evans. Y por algún motivo comprende que la sensación no es la misma, pero no le importa. Ella se muerde las uñas de la mano izquierda y el labio distraídamente mientras le examina atentamente, como si quisiera almacenar en su cabeza toda la información posible sobre sus rasgos, expresiones y todo aquello que hace y dice para recordarlo más tarde.
Después de un rato deciden abandonar el gentío y trasladarse a una esquina más tranquila del Gran Comedor. Escogen dos taburetes un poco apartados de donde el resto de alumnos están sentados. Natalie se sienta más cerca de lo que Sirius esperaba al tiempo que coge una cerveza de mantequilla de una de las mesas.
- ¿Bebes cerveza de mantequilla? – pregunta Sirius, intrigado. Las chicas no beben cerveza de mantequilla.
- Sí. ¡Mis padres me dejaron probarla este verano! – sonríe pícaramente, y después extiende la mano que sujeta la pequeña botella de vidrio hacia él - ¿Quieres un poco?
- Hm… Claro. – Sirius se levanta, camina hacia la mesa y coge otra bebida idéntica, rechazando sin quererlo la proposición de Natalie de compartir la suya. – Y… Bueno, ¿qué sueles hacer en tu tiempo libre?
La pregunta suena mucho más absurda al ser pronunciada de lo que parecía en la mente de Sirius tan solo unos segundos antes. Sin embargo, la niña rubia no parece darle importancia y contesta animadamente, mientras juguetea con uno de los mechones de pelo que se esconden tras su oreja. Él intenta con todas sus fuerzas prestar atención a lo que está diciendo, pero le sucede algo parecido a cuando Remus comienza a tratar de explicarles a él, a James y a Peter el argumento de un libro que acaba de leerse o la interminable lista de motivos por la que deberían hacer sus deberes a tiempo. Su mente es capaz de entender los tres primeros minutos de conversación, pero todo lo demás se pierde como un susurro inconexo entre la multitud y sus propios pensamientos.
- …así que no leo libros muy a menudo, pero me gusta mucho. ¿Y tú, Sirius?
Sirius vacila un momento, y va a contestar algo así como "molestar a las sucias sabandijas de Slytherin" o "pegar a James" o "molestar a Remus y escuchar a los Beatles" cuando, afortunadamente, las risitas ahogadas de otras tres chicas le interrumpen. Tres Ravenclaws de su misma edad que se acercan caminando con paso ligero hacia donde se encuentra Natalie y comienzan a hablar con ella, tratando de que Sirius no escuche la conversación pero fallando en su propósito.
- ¿Cómo va la noche, Natalie? – sonríe la más alta de las tres, que tiene el pelo negro y largo y la nariz demasiado grande.
- Te lo estás pasando de miedo, ¿eh? – murmura otra.
- ¡Seguro que está siendo la mejor noche de tu vida!
- ¿Te has enterado de que Lily Evans se ha enfadado con sus dos amiguitas? – ríe, de nuevo, la chica del pelo negro.
- Bah, ¡dejadme tranquila! – contesta, finalmente, la acompañante de Sirius - ¿Qué hacéis aquí?
- ¡Asegurarnos de que realmente tenías una cita con Sirius Black y no nos habías mentido! – contesta la chica del pelo oscuro.
Natalie murmura "vámonos, Sirius" en el oído de éste, y su aliento cálido le causa un escalofrío bajo el cuello. Después, ella le agarra de la muñeca izquierda y le conduce fuera de aquella sala, hacia el vestíbulo. Sirius se deja arrastrar sin mostrar mucha resistencia, y cuando ya se encuentran solos y lejos de aquellas chicas, pregunta.
- ¿Qué demonios les pasaba a esas tres crías?
Ella se encoge de hombros, suspira y mira hacia otro lado, como si estuviese realmente avergonzada y preocupada por lo que acaba de suceder.
- Son mis tres compañeras de habitación – responde, enfadada, y continúan caminando hacia las escaleras – Querían asegurarse de que realmente había quedado contigo. ¿Cómo iba a inventármelo?
- De que… ¿Habías quedado conmigo? ¿Por qué? – Sirius está notablemente sorprendido. No había visto a ninguna de las tres Ravenclaw anteriormente en ninguna ocasión, así que el hecho de que conozcan su nombre y apellidos le resulta intrigante. – Quiero decir, ¿por qué les importa?
- Bueno, Sirius… - se sonroja Natalie – Ya sabes que tú… Tú y James Potter…
- ¿Qué pasa con James? – se alarma – Oye, espero que nadie haya dicho nada malo de James porque si no yo…
- No… ¡No! Es solo que, bueno, ellas querían invitaros al baile, pero solo yo me atreví a pedírtelo. ¡Ja! Sarah creía que era imposible que me dijeras que sí, y creo que está celosa porque ella no consiguió pedírselo a James al final.
- Que… ¿qué?
Sin darse cuenta han comenzado a subir por la gran escalinata de mármol hacia los últimos pisos del castillo. Sirius, casi por inercia, emprende el camino hacia la Sala Común de Gryffindor y la niña le sigue, sujetando la falda del vestido con las manos mientras camina para no tropezar. No termina de asimilar la información que acaba de recibir: ¿Querían invitarnos al baile? ¿A James y a mí? Quizás incluso a Remus y a Peter, pero, ¿por qué?
- ¿En serio no os habíais dado cuenta? – pregunta Natalie, intrigada, como si realmente entendiese lo que Sirius está pensando.
- No tenía ni la menor idea de… De nada.
- Me refiero a que… Bueno, que sois populares, tú y James y… Supongo que los cuatro. Pero todo el mundo sabe que James está enamorado – y pronuncia la palabra "enamorado" con cierto énfasis – de esa tal Lily Evans, así que todas las chicas querían invitarte, pero… Pero creo que les dabas miedo o algo así, así que yo lo hice, y ahora tienen envidia.
- ¿Querían invitarme? ¿La chica de la nariz del tamaño de la torre de Astronomía quería pedirle salir a James? Ojalá lo hubiera hecho, creo que él se hubiese reído tan alto que le hubieran escuchado desde la Luna.
La niña deja escapar una risita ahogada y culpable. Se encuentran en el rellano del séptimo piso, justo delante de la entrada del pasadizo que conduce al retrato de la Señora Gorda, y se quedan mirando durante unos segundos, sin decir nada. Sirius piensa que no entiende por qué nunca se había dado cuenta antes de que las chicas quieren salir con ellos, y de lo que se le pasa por la cabeza a Natalie en ese momento no tiene ni la más remota idea, pero ella retrocede unos pasos y se sienta sobre uno de los escalones con las piernas cruzadas, así que decide tomar asiento a su lado, aún pensativo.
- Oye – comienza a hablar ella, sin atreverse a mirarle directamente a los ojos, con la vista perdida en algún punto entre la barbilla y el cuello de Sirius – Siento mucho si la noche no ha sido lo que esperabas o… Te han molestado esas chicas o… Lo siento mucho, de verdad, nunca había salido con nadie antes y…
- No – la interrumpe Sirius. Natalie hace ademán de ir a levantarse, y él la detiene agarrando su brazo como un acto reflejo – no, de verdad. Ha estado bien. No te preocupes, te lo prometo, ha estado muy bien.
- Pero, yo…
- ¿Cuál has dicho que es tu equipo de quidditch favorito?
- No te lo he dicho. La verdad es que…
- ¿Te gustan los Chudley Cannons?
- Bueno, la verdad es que… Ganaron la liga hace… Unos cuantos años, ¿no? Supongo que son un buen equipo.
- Perfecto – sonríe Sirius.
El silencio que se hace entre ellos dos después no es como ninguno de los que han ocurrido durante el resto de la noche. Un silencio en el que Sirius, por una vez, no piensa y sin querer y de repente están muy cerca, y Natalie tiene los ojos azules y la nariz muy pequeña, casi diminuta. Después su mirada se detiene en su boca, y no entiende qué le lleva a hacerlo pero se acerca aún más, no muy rápido pero lo suficiente como para que en solo unos segundos los labios de Sirius colisionen con los de la niña, que se muestra a la vez sorprendida y complacida. El primer roce es extraño y suave, y poco a poco se torna húmedo y desconocido. Respiran el aliento del otro y sus labios juguetean casi sin quererlo, en un beso torpe y cuidadoso, casi temeroso. Permanecen rígidos e inmóviles, como si sus cuerpos quisieran acercarse más pero no encontrasen el valor para hacerlo y simplemente se quedasen allí, observándoles desde lejos. Nadie les dijo, a ninguno de los dos, que el primer beso no es como en las películas románticas, ni se parece a lo que se dibuja en la imaginación de las niñas mientras crecen y fantasean con princesas y príncipes. Nadie podría haberle explicado a Sirius aquella mañana que iba a besar a una chica en las escaleras del séptimo piso, y que aquella vez, que iba a ser la primera de muchas, iba a ser una mezcla de casualidad y causalidad, de intriga y cautela e inocente deseo. Y casi sin mirarse, pierden la noción del tiempo.
Cuando James Potter sale de la Sala Común de Gryffindor por el hueco del retrato, seguido de Peter y Remus, contrariado, dando por finalizada la incesante búsqueda de Lily Evans que le ha mantenido ocupado durante toda la noche, camina rápido y sin pensar hasta el final del pasillo. Y cuando gira la esquina, sigue sintiéndose triste y decepcionado, pero lo que ve hace que no pueda evitar reír a carcajadas.
- Pero Sirius - dice, en voz lo suficientemente alta como para hacer que tanto el aludido como su acompañante se sobresalten y se separen el uno del otro - ¿Esto es lo que haces cada vez que te pierdo de vista, pillín?
Peter y Remus observan, unos metros más atrás. El primero no puede evitar un gemido de asombro y Remus emite una risita ahogada.
- ¿Qué pasa? – pregunta Peter, intrigado - ¿Estaba con una chica? ¿Estaban…?
- ¡Besándose! – consigue pronunciar James, entre carcajadas - ¡Sirius estaba besando a una chica!
Natalie se levanta rápido, con las mejillas sonrosadas, lanza una última mirada avergonzada a Sirius y comienza a bajar las escaleras caminando todo lo rápido que puede. Pronto la pierden de vista. Sirius tarda unos segundos en reaccionar, como si no acabase de comprender lo que acaba de ocurrir. Después se gira hacia donde están sus tres amigos, aún sonrientes, y les fulmina con la mirada.
- ¿¡Qué demonios te crees que estás haciendo, gafotas?!
- ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho? – contesta James, mientras se acerca a su amigo y le pone una mano en el hombro.
- ¡Quita! No me toques, déjame. ¡Has interrumpido el mejor beso de mi vida!
- Pero si no habías tenido ningún otro… - comenta Remus en voz baja.
- ¡Cállate, Remus! No tenéis ni idea, en serio.
- Pero si solamente la estabas chupando, tío. De verdad, qué asco. Se os veían las lenguas y todo – James se lleva una mano al estómago y finge tener arcadas – En serio, voy a vomitar.
- A mí me parece que está bien – interviene Peter – en las pelis lo hacen, y parece que les gusta. ¡Seguro que tú besarías a Lily!
- Bueno… Quizás, pero… ¡Pero Lily es Lily!
- Eso es lo que te pasa, ¿eh, gafotas? – Sirius se acerca mucho a James, mirándole amenazadoramente, hasta que sus frentes chocan. Después, le empuja hacia atrás con una mano, haciendo que se tambalee – Que Lily no quiere besarte a ti y tienes celos.
- Oye…
- Oye, Sirius, creo que no deberías…
- Bah. Vosotros os lo perdéis. Ha sido increíble, en serio, no sé cómo he vivido tanto tiempo sin… esto. ¿Y vosotros qué? ¿Dónde ibais?
- Eh… - vacila James – No lo sé, la verdad. Pensaba robar algo de comida de las cocinas, pero creo que ya es tarde.
- ¿Volvemos a la habitación? – sugiere Peter – Ya es tarde, es verdad…
Así que vuelven sobre sus pasos. Una vez allí, Remus se deja caer sobre su cama, agotado. Peter se coloca en la suya, y Sirius también se sienta sobre el colchón con los brazos cruzados. James se pone a su lado y le susurra en el oído, rompiendo el extraño silencio que les ha perseguido todo el camino hasta allí.
- Bueno, bueno. Entonces, ¿no vas a contarnos como ha ido?
- ¿Qué quieres que te cuente? ¿Has estropeado mi cita y quieres que encima te explique cada detalle? – gruñe él.
- ¡Venga, Sirius! – le anima Peter.
- ¡Eso!
- Va, Sirius, si no te cuesta nada… - añade Remus.
- ¿Remus? ¿Tú también? ¡Lo que me faltaba! – Sirius cruza los brazos sobre el pecho y deja caer el peso de todo su cuerpo sobre el colchón, de mala gana.
- Es, bueno, curiosidad científica, no sé.
- No te hagas de rogar, venga.
Finalmente Sirius se incorpora, con las piernas cruzadas, mira a sus compañeros, se aclara la voz y sonríe maliciosamente.
- ¿Qué queréis saber?
- Bah, ni que fueses un experto…
- ¿Has besado a una chica alguna vez, Remus?
Remus gruñe y se escabulle bajo las sábanas, fingiendo no prestar atención, aunque en realidad sigue escuchando. Es solo curiosidad. ¿A quién le importa un beso? Pero, bueno, no sé, no voy a ser el único que no escuche la historia.
- Pero… - comienza Peter – ¿Pero cómo besas a una chica? Hay que… Pedir permiso, o algo así, ¿no? No puedes besarla y ya está, se enfadaría…
- Pero cómo le vas a pedir permiso… - ríe Sirius, y se encoge de hombros. – No sé, tío, simplemente pasa y ya está.
- ¿Y cómo sabes si te quiere besar? – insiste.
- ¿Quién no iba a querer besarme a mí?
- Engreído – gruñe James, al tiempo que coge su almohada y la lanza sobre su amigo, que sigue riendo descontroladamente – Y… ¿Cómo pasó? Seguro que le echaste pócima de amor en la bebida o algo así. Te huele demasiado mal el aliento como para que una chica quiera besarse contigo porque sí.
- Sí, lo que tú digas, pero ella no parecía opinar igual… Bueno, resulta que en cuanto me vio quedó deslumbrada por mi belleza y me suplicó que nos quedásemos solos. Y entonces la besé, y guau, en serio, esa chica besa de miedo, de verdad.
- ¿Te dejó tocar algo?
- ¡James! – Bufa Remus.
- ¿Qué? Eso es lo que hacen en las películas, ¿no?
- Claro, tío. Lo hice.
- ¡Bah! Venga, Sirius, eres un exagerado…
- Ya verás cuando beses a una chica, Jimmy. Supongo que Lily no va a dejar que lo hagas ni en un millón de años, pero ya te encontraremos a otra.
- Déjame en paz.
Después de eso, se hace el silencio. Apagan las luces, cansados, y poco a poco dejan que el sueño se apodere de ellos. Peter da vueltas en la cama, inquieto, preguntándose y fantaseando sobre cómo y con quién será su primer beso. Sirius piensa en Natalie, en todo lo que ha sucedido aquella noche, y la mente de Remus no puede despegarse de Lily y de aquel momento inesperado que sin quererlo han compartido. Se pregunta si habrá significado lo mismo para ella. Y no encuentra una respuesta. James también piensa en Lily, pero de forma distinta. No piensa en ella como Remus lo hace, ni tampoco piensa en ella como suele hacerlo durante la mayor parte del día. Piensa en ella como un concepto universal, un animal fantástico, un sueño imaginario que es capaz de rozar con la punta de los dedos, pero que se desvanece antes de alcanzarlo. En doce años, James Potter jamás se ha encontrado con algo que quisiera y no pudiese conseguir, y Lily parece tan inalcanzable en aquel momento que le causa un gran nudo en el estómago, un dolor casi físico. Poco a poco comienzan a pesarle los párpados, más y más, y se sumerge en un sueño profundo e intranquilo.
Suena que corre por un larguísimo pasillo, oscuro, persiguiendo una cabellera pelirroja y unos ojos verdes que brillan con luz propia.
