El primero en dejar de gritar es Remus; no porque considere que sea lo más apropiado dejar de hacerlo, sino porque le entra un ataque de tos y es incapaz de emitir sonido alguno. Se lleva la mano a la garganta y al instante tiene a un preocupado Sirius a su lado que parece haber olvidado la situación "de vida o muerte" en la que se encuentran.

— ¿Estás bien, Remus?

— Sí…— Jadea el chico volviendo a toser.

De repente a ninguno de los tres les preocupa la enorme figura de ojos pequeños y relucientes que abre los brazos sobre ellos; el ambiente se llena de "¿seguro que no te pasa nada, Remus?" y "si tienes alguna enfermedad me lo puedes contar, Remus. No se lo diré a nadie" o incluso un "¿pero no te vas a morir, no?".

— ¡¿Pero se puede saber qué diantres hacéis aquí a estas horas?! ¿Es que estáis locos?

Los cuatro chicos se juntan tanto que es difícil distinguir donde empieza el cuerpo de uno y acaba el del otro y observan con miedo a la gigantesca silueta que acaba de hablar con voz grave y casi se podría decir que autoritaria. El hombretón da un paso al frente y la luz de la media luna ilumina su ancho rostro cubierto por una poblada y desordenada barba de color castaño oscuro que apenas se diferencia del enmarañado pelo que cubre su cabeza; dos pequeños ojos hundidos les escudriñan con cierto asombro y al mismo tiempo preocupación.

— Señor Hagrid — Remus traga saliva y es el primero en identificar al gigantesco guardabosques.

— ¿Hag… qué? — Sirius inclina la cabeza hacia un lado y entrecierra los ojos claros intentando ver mejor en la oscuridad.

— ¿Remus Lupin? — Hagrid levanta los brazos y les ilumina con una pequeña lámpara de aceite — ¿Se puede saber…? ¿Qué…? — Levanta la vista al cielo estrellado — ¿Qué haces aquí?

— Nosotros… — James sale del estado de estupor en el que se encontraba segundos antes y se muerde el labio durante una fracción de segundo, el único tiempo que necesita para inventarse una excusa — Señor, nosotros no teníamos la intención de acabar aquí. Nosotros no somos de ese tipo de alumnos. Remus se encontraba mal ¿ve? Tiene muy mala cara el pobre.

— ¡Eh!

— ¿Te encontrabas mal? ¿Y por qué no habéis ido a la enfermería?

— Porque queríamos que le diera el aire — explica James —, a Remus se le pasan las cosas con el aire fresco y claro, pensamos que… Pensamos que sería buena idea salir por la noche, pero en ningún momento creímos que fuera algo ilegal ni nada. Fue por la salud de nuestro compañero.

— Sí, Remus se pone pesado cuando enferma ¿sabe? — interviene Sirius con exagerada seguridad — Creímos que así se le pasarían todos los males.

Remus se muerde la lengua para no decir nada; observa a Hagrid, que consternado cree una palabra tras otra de los muchachos y que finalmente coge al propio Lupin de la túnica con una de sus enormes manazas.

— Si lo que dicen es verdad… Ven, creo que tengo algo para ti. Seguidme, con cuidado, este sitio es peligroso — el gigante les indica que se coloquen delante de él y mira por encima de su hombro a la oscuridad —, cuatro niños no deberían estar solos por aquí.

De repente, con la presencia de Hagrid con ellos y el pequeño farolillo, el Bosque no parece tan oscuro ni tan siniestro como segundos antes, pero aún así los corazones de los cuatro siguen latiendo demasiado rápido debido al miedo de meterse en problemas. Remus no sabe hasta qué punto la historia estúpida de James puede evitar que les castiguen algo así como cien años seguidos limpiando la suciedad de las estanterías de las mazmorras del castillo. A la cabeza James y Sirius caminan con los hombros muy juntos y el primero estira el cuello para poder susurrarle a su mejor amigo lo que todos saben "creo que hemos muerto aquí, compañero" y Sirius asiente "moriremos juntos, con dignidad, amigo". Los cuatro comienzan a imaginarse la mirada de McGonagall; la forma en la que el labio superior vibra cuando va a gritar mucho y James casi puede escuchar su voz retumbar en el interior de su cabeza "se lo dije, ¡se lo dije! Una más y…"

Cuando por fin los árboles dejan de cubrir sus cabezas y sus pies descansan sobre la fina hierba de los terrenos cercanos al castillo, los cuatro niños sienten en su piel las vibraciones de una verdadera misa de réquiem.

— Por aquí, por aquí… — La voz de Hagrid suena de la misma forma que un año atrás pronunciando un "los de primero, los de primero por aquí" — Seguidme por aquí.

Ninguno dice nada y Sirius desde luego es mucho mejor aplazar el encuentro con McGonagall, tal vez podría quedarme a vivir en el Bosque levanta la cabeza para descubrir una cabaña redondeada con las ventanas iluminadas. Hagrid se detiene en la puerta para dejar en el suelo una ballesta acorde con su tamaño y a la que los chicos miran con recelo y después, con un solo empujón les señala el interior de la que es su casa.

El primero en entrar es Remus, quien inconscientemente murmura un suave "¿se puede?" y después se queda inmóvil, como si realmente esperase un permiso para moverse; casi al segundo James patea el suelo de madera y con los ojos muy abiertos apoya las manos en una mesa que bien podría tener el tamaño de un coche; Sirius bufa mientras se coloca al lado de Remus y el pequeño Peter decide que quedarse en la entrada, justo al lado de una de las ventanas es la mejor opción.

— ¡No seas tímido! — Hagrid golpea la espalda de Peter y hace que de un par de pasos al frente y al segundo vuelva a recuperar su posición.

Hagrid no se quita el grueso abrigo y con un suspiro que podría tumbar un árbol se acerca a una de los pequeños armarios que cuelgan de la pared.

— Os preparo un té, ¿no bebéis whisky de fuego? — Sirius abre la boca pero el gigante parece recapacitar y continúa — No claro que no… ¡En qué estaría pensando! ¿Cuántos años tenéis? ¿Quince? Los niños no beben whisky de fuego; mejor un té.

Ninguno tiene ganas de explicar que evidentemente no beben whisky de fuego y que para nada tienen quince años, pero el frío, la noche y la tensión hacen que ninguno de ellos tenga voz para hablar.

Hagrid coloca cinco tazas sobre la mesa y con poco cuidado vierte un líquido verdoso en cada una, salpicando la madera vieja y humedecida; Remus nervioso pasa la mano envuelta en la manga del jersey sobre las pequeñas gotas y el gigante le observa sin comprender.

— Se había caído un poco… — Se da cuenta de que tanto James como Sirius se están aguantando la risa y se sonroja — Nada.

— Bueno… Remus, bebe, lo necesitas. Y vosotros también. Bebed.

Peter y Sirius alcanzan las dos tazas que tienen más cerca; el segundo se moja los labios y luego da un gran sorbo relamiéndose los labios. Remus vacila, no quiere beber eso; claro que no quiere. Para empezar el color no parece el adecuado para que un ser humano lo ingiera y segundo la taza es demasiado gruesa; y Remus odia beber en tazas tan gruesas. Pero frente a todo eso hay algo más importante no puedo rechazar la bebida porque pensará que le hemos mentido sobre lo del Bosque… o lo que es peor, pensará que soy un maleducado así que con dedos dudosos bebe un poco y sonríe con amabilidad.

— Yo no quiero beber eso.

La sonrisa de Remus se le congela en los labios y se sustituye por una mueca de horror cuando mira a James qué te crees que estás diciendo con los ojos como platos.

— ¿No te gusta el té? — Pregunta Hagrid sorprendido.

— Ni me gusta el té ni me gusta esa taza.

— ¡James! — Remus chista como quien le dice a un niño pequeño que se acabe la comida.

— ¿James? ¿Tu nombre es James?

— James Potter para servirle — el joven Gryffindor muestra su sonrisa más radiante, y sus ojos brillan con tanta fuerza que por un momento todos parecen olvidar que acaba de rechazar el té del guardabosques.

— James Potter ¿eh? — Hagrid ríe — ¡No me olvidaré de tu nombre! ¡Nunca nadie había rechazado mi té! Pero tú te lo pierdes…

— Me gusta ser el primero en todo, señor.

— Eres tonto, Jimmy — Sirius abre la boca por primera vez, y cuando lo hace un débil ladrido inunda la estancia. Un pequeño cachorro de color oscuro y ojos tristes se estira sacando una lengua, babeante y de color rosado y se acerca al chico de pelo largo que abre mucho los ojos y luego sonríe — ¡Hola!

— ¡Fang, atrás! No es peligroso pero suele lanzarse sobre la gente y… ¡Atrás!

— ¡No pasa nada!

Remus apoya el codo en la mesa y observa cómo Sirius se agacha y extiende la mano con la palma hacia arriba; el perro ladra animadamente y coloca la pata con obediencia y después saca la lengua para lamer la mejilla del joven. Todos esperan que los gritos llenen la cabaña, sin embargo, Sirius ríe en alto y acaricia al cachorro que se tira al suelo y mueve la cola esperando más cariños.

— Creo que le gustas — Murmura Hagrid —. Nunca había hecho eso.

— Se me dan bien los animales — se encoje de hombros Sirius —, la bruja de mi madre nunca me ha dejado tener un perro y me encantan.

La cabaña se queda en silencio, interrumpido únicamente por la fuerte respiración de Hagrid, los ruidosos sorbos de Peter, la risa de Sirius y alguna que otra esporádica tos de Remus. James, de pie se dedica a mirar por las estanterías de la habitación única y sus ojos curiosos por naturaleza envían tantas preguntas a su cerebro que es incapaz de procesarlas todas juntas; en un pequeño armario hay un bote de cristal con una pegatina escrita en letra ilegible y lleno de pequeños escarabajos que pegan suaves golpecitos a las paredes de su prisión; justo al lado una sustancia pegajosa incita a James a alargar el dedo y tocarla, pero una burbuja salvaje le hace cambiar de opinión; más abajo (y el chico tiene que agacharse para poder observar) hay una o al menos lo parece fregona que se revuelve inquieta y casi podría jurar habla de vez en cuando.

— Hagrid, ¿es divertido ser guardabosques? Tiene que serlo ¿no? Vas al bosque mucho y eso tiene que ser increíble.

— Uhhmmm — el gigante se rasca la cabeza como si fuese la primera vez que alguien le hace esa pregunta —, el bosque no es divertido, muchacho. No os buscaréis más que problemas si os acercáis.

— ¿Pero es divertido ser guardabosques o no?

— Seguro que puedes hacer lo que quieras, ¡imaginad vivir en el jardín y poder tumbarte por la noche en la hierba! — Exclama Sirius, quien se ha sentado en el suelo y tiene a Fang encima.

— Y no tienes que ir a clase. — Susurra Peter.

— ¡Y no te tienes que duchar! — A James le brillan los ojos.

— En realidad James eso no… — Remus parece apurado y mira a Hagrid, pero se sorprende cuando lo único que encuentra es una amplia sonrisa tras la espesa barba.

— Me da en la nariz que ninguno de vosotros es muy amigo de las normas.

— ¿Por qué piensas eso? — James juguetea con un tarro entre las manos y se lo pasa de una a otra, izquierda a derecha, derecha a izquierda, sin prestar ningún tipo de atención — Yo solamente quería saber si tengo futuro como guardabosques...

— A los adultos hay que tratarlos de usted y… — Remus levanta el dedo índice de la mano derecha como siempre que va a regañar a sus amigos, pero la voz cada vez la tiene más grave de Sirius le interrumpe.

— Eres demasiado enclenque para ser guardabosques. Se te comerían los bichos.

— Además vas a ser jugador de Quidditch ¿no? — Peter deja la taza sobre la mesa.

— Es cierto… Vaya — James se revuelve el pelo —, pues nada. Otro sueño frustrado…

Sirius ríe en alto y Fang comienza a ladrar sobre su regazo; Remus suspira exasperado y mira por la ventana, fijando sus ojos claros en la todavía incompleta luna.

— Queda poco más de una semana para la luna llena. — Hagrid apoya la mano en el hombro de Remus, que inconscientemente se estremece y su rostro se vuelve del color de la cera ante la mención de su más profundo secreto. Sí, queda poco más de una semana para que vuelva a perder el control; poco más de una semana para que vuelva a mentir a sus mejores amigos.

— ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! — Sirius abre mucho la boca mientra imita a un lobo y sus ojos claros se encuentran un segundo con las aterrorizadas pupilas de Remus. El chico de pelo largo no parece darse cuenta del miedo que oculta ese iris azul porque le dedica una amplia sonrisa a su amigo. Remus decide romper el contacto visual y siente que el corazón se le va a salir por la boca.

— Creo que es hora de que os marchéis… No vaya a ser que tengáis un problema y… — Hagrid juguetea con los rechonchos dedos, nervioso, y los cuatro chicos se preguntan por qué el enorme hombretón se preocupa de esa forma por ellos.

— Yo tengo sueño. — Bosteza Peter mientas le lagrimean los ojos.

Remus se levanta al mismo tiempo que se envuelve en la capa y le hace un gesto a James con la cabeza para que deje la caja que tiene en las manos y se acerque a él. El chico de pelo desordenado hace caso de mala gana y en un par de pasos se pone a su lado.

— Muchas gracias por cuidar de nosotros, señor Hagrid — Remus inclina la cabeza un poco —. Perdone si le hemos causado molestias.

— ¡No os preocupéis! Y tú chico, vuelve cuando quieras para estar con Fang, creo que le has caído bien. — El gigante abre la puerta que chirría un poco.

— ¿Puedo venir a verle? — Los ojos de Sirius brillan con entusiasmo infantil — ¡Gracias!

— De nada… ¡Bueno, nos vemos la semana que viene!

Los cuatro le dan la espalda y cuando escuchan la madera crujir a su espalda de nuevo, James saca la capa de debajo del jersey y les cubre las cabezas con ella.

— ¿La semana que viene? — Pregunta en alto James mientras en la delantera les dirige hacia el castillo — ¿Por qué ha dicho la semana que viene?

— Igual quiere que volvamos… — Sugiere Peter intentando que Sirius no le pise el bajo de los pantalones demasiado grandes para él.

— Igual quiere que vuelva a ver al perro.

Remus agradece que esté a oscuras y que ninguno de sus amigos pueda verle la cara, porque en ese momento parece más el rostro de El Barón Sanguinario que el de un chico de doce años. Está nervioso, sus piernas tiemblan un poco a la par que camina y agradece que sea James el que tiene delante, porque no duda en cogerle de la parte de atrás del jersey y cerrar los puños con fuerza. Por primera vez en mucho tiempo Remus empieza a tener miedo; las excusas no pueden ser eternas, el problema no va a acabar y cualquier día a él no le quedará más remedio que ser sincero, arriesgarse y ver cómo los ojos de sus mejores amigos se llenan de miedo y desconfianza "no puedes seguir viniendo con nosotros". Se quedará solo, todo el mundo se enterará y puede que hasta le manden de vuelta a casa.

Intenta contener las lágrimas mientras, en silencio, recorren los pasillos del castillo a través del pasadizo e intenta calmarse cuando suben las escaleras hacia el dormitorio. Teme tener los ojos hinchados, o rojos o que incluso su propia piel se ponga a gritar su secreto. Pero ninguno de sus amigos enciende la luz cuando cierran la puerta a su espalda.

Remus tantea en la oscuridad y encuentra su pijama doblado con cuidado sobre la almohada; con lentitud se quita el jersey, después la camisa y rápidamente se abrocha la parte superior del pijama a rayas que le proporcionará la comodidad necesaria como para dormir de un tirón toda la noche. A su lado Peter hace lo mismo, y justo enfrente, Sirius y James tiran las zapatillas al suelo y se quitan los pantalones, pero sin deshacerse de las camisas. A ellos no les importa que se les arrugue el uniforme, ellos no tienen preocupaciones, ojala fuera como ellos.

Los dos niños cuchichean en voz baja y Remus, sentado en la cama les observa; sus siluetas marcadas por la débil luz que se filtra por una rendija de la ventana: el pelo desordenado de James parece el de un animal salvaje e incluso en la oscuridad los movimientos de Sirius son elegantes. Tal vez todo sería más fácil si me alejara de ellos. Tal vez todo sería mejor. Tal vez debería dejar de ser un problema.

El joven hombre lobo se abraza las rodillas y deja que el pelo claro le caiga por la cara, deseando por primera vez en su vida poder dejar la mente en blanco.

— ¿Remus? — Escucha la voz de Peter muy cerca de él y se sobresalta — ¿Estás bien?

— ¿Q… Qué? — Intenta sonar convincente y procura eliminar todo rastro de tristeza — Sí, estaba pensando.

— ¿Pensando en qué? — James gatea hacia su cama y se sienta a su lado, inclinando la cabeza y mirándole tan de cerca que incluso en la oscuridad puede distinguir perfectamente el brillo intenso de sus ojos marrones.

— Cosas.

— Va, Remus; ahora no puedes dejarnos con la intriga. — Bufa Sirius a su izquierda.

— Pensaba en que estamos ya casi en Navidad y todavía no ha caído un mísero copo de nieve — miente —. El tiempo está loco.

— Por un lado quiero que llegue Navidad porque quiero saber qué regalos tendré, pero por otro lado no quiero irme de aquí; me apetece estar con vosotros. — Murmura James.

— ¿Te irás con tus padres otra vez? — Sirius se tumba junto a Remus, que nota el peso muy cerca.

— Sí, mis padres quieren pasar la Navidad conmigo porque… — Su voz se silencia un segundo — Porque les gusta pasar tiempo con su hijo, digo yo.

— Claro — asiente Remus —, seguro que te echan de menos.

— Seguro que mi madre no — ríe Sirius —. Seguro que se encarga de amargarme las Navidades, ¿cuánto os apostáis a que este año me regala una cabeza de gnomo cortada o algo así?

— Qué miedo. — Gime Peter entre bostezos.

— ¿Y tú, Remus? ¿Volverás a casa también?

— Sí… Volveré con mis padres. — Vuelve a mentir.

— ¿Y tú, Peter? — No hay ningún tipo de respuesta — ¿Peter?

— Creo que se ha dormido… — Remus se recuesta sobre la cama y apoya la mejilla en las manos; ha asumido que sus dos amigos dormirán esa noche a su lado y no es algo que le importe; de hecho me apetece disfrutar mientras dure.

A los pocos minutos Sirius empieza a roncar y Remus reprime una sonrisa, con los ojos cerrados, sintiendo la respiración de su amigo en el cuello; echaré de menos que te enfades conmigo, que me grites, echaré de menos vuestras tonterías. Suspira y se maldice por ser tan dramático, pero después recuerda que la mayoría de los autores que lee lo son y se plantea entonces que tal vez su problema sea que no está hecho para ese mundo.

— ¿Sigues despierto, Remus? — La voz de James suena justo en su oído.

— Sí.

— No estés triste, Remus.

— ¿Qué?

— Antes me has cogido del jersey cuando volvíamos de casa de Hagrid; nunca haces eso.

— Es que tenía sueño y tenía miedo de caerme, ya sabes que soy torpe.

— ¿Y por eso sigues despierto? — Remus se queda con la boca abierta, la réplica en la punta de la lengua tiene razón, parece mentira pero tiene razón — Si no quieres no me lo cuentes, pero sé que te pasa algo; aunque a veces parezca que solamente me preocupo por mí también me preocupo por ti.

— No tienes que preocuparte, no es nada, de verdad. — Le cuesta pronunciar esas palabras; porque sería mucho más fácil gritar que es un hombre lobo, que es peligroso, que no es normal y poder ver el rechazo en los ojos de James y suspirar tranquilo, pero Remus es un cobarde, y como es un cobarde calla.

— Está bien. Confío en ti, Remus.

Remus se queda en silencio, en su cerebro se repite la frase una y otra vez "confío en ti, Remus", "confío en ti, Remus" y la única respuesta posible que el chico de pelo rubio puede plantearse es un "yo también confío en ti, James"; pero no puede decirla, no puede decirla porque tiene secretos. Y los amigos no tienen secretos. Vuelve a revolverse inquieto, cansado, abrumado por el alubión de pensamientos repetitivos que le acechan desde hace más de media hora y justo cuando casi le vence el sueño, un segundo antes de que los brazos de Morfeo le acunen, la nariz de Sirius roza la parte de atrás de su cuello está fría; yjusto cuando casi le vence el sueño, un segundo antes de que los brazos de Morfeo le acunen, la mano de James se cierra alrededor del puño de la camisa de su pijama; yjusto cuando casi le vence el sueño, un segundo antes de que los brazos de Morfeo le acunen a Remus se le escapa una pequeña lágrima disimulada que acaba por ahogarse en la almohada y susurra en voz tan baja que nadie le escucha.

— Yo también confío en vosotros.

N/A: ¡Estamos un poco atareadas con los exámenes! Contestaremos a todos los comentarios en cuanto podamos e intentaremos subir más rápido. Lo sentimos mucho, esperamos que sigáis leyendo y diciendonos vuestras opiniones. ¡Un beso!