Cambiemos el mundo poco a poco
Severus Snape espera de pie, con la espalda apoyada en el muro exterior del castillo y el pelo cubriéndole superficialmente las cejas. En contra de su voluntad su padre decidió en vacaciones que tenía que cortarse "esas melenas" de una vez por todas. A Severus no le gusta; no le gusta por varias razones: la primera es que odia su cara y como la odia no quiere que nadie la vea y el flequillo siempre ha sido un perfecto muro que le aislaba de todo el mundo y la segunda es porque una vez Lily le dijo que su pelo era liso y bonito. Y para Snape esa razón vale más que los mil complejos que tiene.
Tiene entre las manos un libro viejo y gastado y todavía lo está ojeando cuando la familiar cabellera roja aparece por la esquina con los ojos verdes brillantes. Severus la mira, la mira mientras ella se acerca y en apenas unos segundos su corazón comienza a palpitar tan fuerte que cree que se le va a salir del pecho como en los dibujos animados de los muggles. Lily lleva el pelo suelto, como cada día impar del mes y la bufanda con los colores rojo y dorado se ha desprendido de su hombro derecho, probablemente porque la chica ha salido de clase con prisas para poder encontrarse con él. Pensar en que es por eso y no simplemente por un sencillo despiste le hace ser el chico más feliz del planeta. Y eso en Severus Snape es decir mucho.
- ¡Hola! – Lily se detiene justo delante de él, se recoloca el pelo detrás de la oreja izquierda en un gesto tan habitual en ella que Severus podría dibujarlo, si supiera dibujar, claro – Vengo casi corriendo. Alguien había colapsado la salida del aula de Transformaciones y he tenido que abrirme paso a empujones.
- No me puedo imaginar quiénes eran esos "alguien"
- Oh vamos, Sev... – Lily medio sonríe a su amigo y suspira echando a caminar. Severus la sigue de cerca, arrastrando la capa a su espalda.
- ¿Por qué no te sentaste conmigo en el Expreso? Creía que vendrías y al final tuve que ir con Lucius y los demás y... No es que me apeteciese demasiado.
- Bueno... – La chica baja la cabeza y se detiene, y cuando vuelve a levantarla, sus ojos verdes se encuentran con los oscuros, tan negros como la noche de su mejor amigo – Sabine y las chicas se enfadaron porque no les mandé ninguna carta en navidades prefirieron que no me sentase con ellas. Al final compartí el viaje con esa chica que comenta el Quidditch, Mary MacDonald, y estuvimos hablando un rato y compartiendo ranas de chocolate.
- ¿MacDonald? La gente dice que está loca, Lily.
- La gente dice muchas cosas, Severus. Creía que tú entre todo el mundo comprenderías que lo que dice la gente no siempre es verdad.
- ¿Pero la has visto? Siempre grita, e interrumpe en clase y ese ridículo corte de pelo despreocupado...
- ¿Seguro que hablamos de Mary? – Ríe la pelirroja.
Severus por el contrario esboza una mueca de desagrado y cruza los brazos sobre el pecho. Lily piensa que el Slytherin hace ese gesto demasiado a menudo, que tal vez podría llamarse "el gesto de Severus", claro que entonces le quitaría el puesto a la forma en la que Snape arruga la nariz cuando algo no le gusta, la posición de sus rodillas cuando se siente cohibido por algo. Normalmente por ellos. A Lily le gusta Severus, le gusta la forma en la que simplemente pronunciando su nombre parece que entona una balada triste, un vinilo que emitió los sonidos más bellos en algún momento y que después dejó de hacerlo, un violín al que le falta su cuarta cuerda. Porque a Lily le gusta Severus y de la misma forma que él desea por encima de todo la felicidad de la joven pelirroja, la niña no busca otra cosa que la felicidad de su amigo; y a veces, Lily Evans desearía ser esa cuarta cuerda que consiguiese que la melodía se afinase, que el vinilo volviese a dar vueltas en el gramófono o que la balada volviese a sonreír, pero con Severus es complicado. Con Severus es tan complicado como no mancharte de barro una tarde de lluvia en el campo; pero Lily es positiva y piensa que igual que esa lluvia es la que hace que el barro ensucie sus zapatillas, también es el agua la que las limpia. Y es por es razón, porque la música se compone, porque la lluvia existe, que Lily Evans estira el brazo y lo entrelaza con el codo de Snape con una sonrisa tan amplia que parece de ficción.
- ¡Te queda bien ese pelo, Sev!
- No mientas, sabes lo que le pasaba al niño ese del cuento muggle cuando mentía, ¿verdad?
- ¿Tú hablando de cosas muggles?
- ¿Qué pasa? – Snape se muerde el labio, casi con culpabilidad – No soy como ellos, Lily. Nunca seré como ellos.
- Lo sé, sé que nunca lo serás – la chica vuelve a sonreír – ¡pero eso no quita que te quede endiabladamente bien ese nuevo corte de pelo!
- Lily... – Severus siente como todo su pecho arde, y es que si tuviera que elegir una cosa de Lily Evans, más allá de esos ojos de vértigo por los que suspira cada hora, sin duda alguna sería la capacidad sobrehumana que tiene la chica para quitarle importancia a las cosas que realmente la tienen. Sabe que a ella no le gustan sus amigos, sabe que ella es consciente de que su amistad no es algo común entre esos muros, sabe incluso que si Lily dice que le queda bien el pelo es para demostrarle que no importa cuánto cambie o el aspecto que tenga, que ella siempre seguirá a su lado. Pero lo hace con tanta maestría, de una forma tan natural que incluso parece que en realidad sea verdad que no le importe.
- Sí... Podrías ponerte la raya en medio, ¡por cambiar! Siempre llevas la raya a un lado... – Continúa ella sin preocupación, colocándole un par de mechones a su amigo por la frente.
- ¡Ni hablar! ¿Quién te crees que soy? ¿Remus "siempre llevo raya en medio" Lupin?
- ¡Severus!
- ¿Qué pasa?
- ¡Que no te metas con Remus!
- ¿Remus? – Snape frunce el ceño – ¿Desde cuándo es Remus?
- No lo sé, Severus... Remus Lupin no es como los otros. Lo sabes tú y lo sé yo.
- Lily, no deberías juntarte tanto con ellos.
- ¿Perdón? – La voz de la pelirroja suena peligrosa, tanto que Snape da un paso hacia atrás – ¡No paso tiempo con ellos! Disculpa si me los encuentro de vez en cuando en la Sala Común, ya le pediré al profesor Dumbledore que me cambie de casa y así dejaré de estar en peligro de que... No sé, ¡de que Sirius Black me gruña! – Al instante Lily se da cuenta de que no ha sido demasiado ingeniosa, pero en realidad no le importa. No le importa porque Severus no tiene ni idea de nada yo no le echo en cara que sus amigos sean unos cretinos. Es más, ni siquiera estamos hablando de mis amigos porque Remus no es... No es mi amigo.
- No he querido decir eso... – Snape vacila, estira el brazo con la intención de ponerlo en el hombro de su amiga, pero se arrepiente al instante – Perdóname, no soy quien para decirte lo que tienes que hacer o lo que no. Lo siento.
- No pasa nada... – Lily baja la mirada, entristecida – A veces creo que se juzga demasiado a la gente por su apariencia. Hay personas bellísimas en el exterior y que son monstruos por dentro y otros que por parecer diferentes les acribillan a insultos. No creo que sea justo para nadie.
- Bienvenida a las reglas del mundo.
- Pues si esas son las reglas por las que se rige el mundo estoy dispuesta a cambiarlas; las cambiaré por mí, por ti y por todo aquel que lo necesite.
Snape deja escapar una risa que podría hasta parecer alegre, sincera, de verdad y se aparta el pelo de la frente.
- Sigue siéndolo, Lily.
- ¿El qué?
- Tú misma.
La Sala Común de Gryffindor es posiblemente uno de los lugares favoritos de Lily, al menos cuando está vacía; cuando está llena es posiblemente uno de los lugares que menos le gustan. Puede que la mayor virtud de los Gryffindor sea la valentía, pero desde luego si Lily tuviera que elegir una característica más representativa sería lo ruidosos que pueden llegar a ser algunos, sin duda. Los dos asientos están ocupados; el de más a la derecha por una niña de primero con un libro casi más grande que ella y la segunda por dos chicos más mayores que buscan la boca del otro con avidez. Lily aparta la mirada avergonzada; los únicos besos a los que está acostumbrada son a los que están escritos en papel. Un grupo de chicos de cuarto se amontonan alrededor del tablón de anuncios y hablan tan alto que no es necesario prestar atención para saber que "McGonagall es una hija de una criatura no muy buena".
En ese momento se abre el retrato y aparecen dos figuras con el pelo agitado y aparentemente discutiendo.
- ¡Que no, MacDonald! Que no pienso dejarte ni oler mi Nimbus. Es mi última palabra.
- ¡Vamos, Potter! ¡Será sólo un vistazo! Quiero saber qué tipo de cera utilizas, ¿has cortado ya las puntas? Es importante que cortes las puntas y...
Mary MacDonald persigue a James Potter moviendo mucho los brazos y con los ojos brillantes; como un niño que se encuentra con Papá Noel en un centro comercial.
- ¡MERLÍN! ¡DÉJAME EN PAZ! – El chico sube un par de escalones hacia el dormitorio de los chicos y después se gira con sonrisa pícara – Y peínate un poco.
- Pero...
Mary se queda quieta, con los brazos cruzados, pero aún sonríe cuando la risa del chico se escucha escaleras arriba, unida a un "Sirius tengo que..."
- ¿No le has escuchado, MacDonald? ¿Por qué no intentas acercarte a un chico que esté a tu altura? No sé... Ese de Hufflepuff que tiene una verruga en la nariz.
- Lingwood – Mary reconoce a la chica de pelo marrón. Sabine tiene los ojos pequeños y oscuros fijos en ella, con malicia... como siempre. Mary está acostumbrada a eso, está casi más acostumbrada que a su propio cuerpo, así que el hecho de que la estúpida de Sabine Lingwood esté ahí, de pie, mirándola como si fuese mejor que ella no le preocupa en absoluto –, creía que ya no te metías en los asuntos de los demás.
- Me has dado pena persiguiendo a Potter; soy buena persona y prefiero avisarte de que nunca se interesará en una chica como tú.
- Me interesa más su escoba, gracias.
Las risas de las dos chicas que están al lado de Sabine creo que se llaman Sophie, Lucy... ¿no era Alice? Llenan la sala y Mary tarda en darse cuenta de por qué. Suspira, decide no caer en ese juego infantil y con un gesto de desprecio les da la espalda para acercarse a la chimenea donde el fuego se ha ido apagando poco a poco en la última media hora.
- Lily, querida – Sabine se coloca el pelo hacia atrás como siempre hace y sonríe ampliamente –, ¿cómo estás?
- ¿Ahora me habláis? – Lily abre la boca indignada, pero algo en su interior comienza a bailar un vals, un vals por no haber sido ella la que tuviera que dar el primer paso, un vals por no tener que volver a pasar un día en Hogwarts ella sola.
- Te echábamos de menos... – Sophie asiente con entusiasmo.
- Entendemos que no pudieras mandarnos las cartas – corrobora Lucy.
- Sí, a veces se me olvida que no todo el mundo puede tener acceso a una lechuza, ¡ya ves tú qué tontería! – Sabine le coloca una mano en el hombro. Ella es más alta, algo así como cinco centímetros, pero cinco centímetros que la convierten en la líder, en ella, en la que siempre tiene razón – Espero que me perdones... Que nos perdones.
- Yo... – Lily duda, sus ojos vuelan por la habitación y se encuentran con la espalda de Mary, que ahora charla animadamente con la niña de primero con el libro gigantesco, y recuerda lo que Sabine acaba de hacer "¿Por qué no intentas acercarte a un chico que esté a tu altura? No sé... Ese de Hufflepuff que tiene una verruga en la nariz" y se pregunta si realmente merece la pena perdonar claro que merece la pena, no tengo más amigas, las necesito a ellas – Claro, yo también os echaba de menos.
- ¡Pues claro! Somos amigas, ¿no?
- Sí, lo somos.
- ¡No te lo vas a creer, Lily! – Y no, Lily no se cree que la discusión haya terminado tan pronto; no se cree que después de los reproches, las acusaciones y un par de días tan sola que sentía que su sombra era la única compañía ahora todo se arregle con un "te echamos de menos" – Esta mañana Sirius Black se ha chocado conmigo al salir de clase y... – Lucy se sonroja – Y me ha dicho "perdona".
- Bueno – Sophie se lleva un dedo a la boca pensativa –, en realidad ha sonado algo así como un gruñido, pero seguro que era un perdón.
- Ah... – Lily no sabe qué tiene que hacer o decir vaya, no es como si me importase que Sirius Black te haya dicho perdón, que probablemente no lo haya hecho porque no se habrá dado cuenta ni de que estabas ahí – Eso es genial... ¿no?
- ¿Creéis que le gusto?
- Creo que se besó con Natalie Hawkins en Halloween, esa chica de Ravenclaw, ¿sabéis? – Sabine esboza esa mueca de "lo sé absolutamente todo" – Lo va diciendo por ahí como si fuera un mérito. Es evidente que la besó a ella porque se me adelantó a pedirle una cita.
- ¿Entonces se besaron de verdad? – Sophie parece decepcionada.
- Creo que sí... – Lucy asiente.
- Bueno, siempre podéis intentarlo otro día ¿no? – Lily intenta sonar convincente ¿qué hago? Se supone que a Lucy le gusta Sirius, pero a Sabine también, ¿a alguien no le gusta el estúpido de Black? A mí pero...
- ¡Ni hablar! Si Sirius Black besó a Natalie es porque es un chico fácil, ahora me interesa James Potter.
- ¿J... James? – Repite Lily – ¿Cómo te puede gustar Potter?
- La cosa es cómo no te puede gustar a ti, Lily – Sabine frunce el ceño – Porque más vale que no me estés mintiendo. Si descubro que intentas fingir que no te gusta para luego robármelo entonces sí que no podremos ser amigas nunca más.
- ¡Claro que no me gusta! ¡Antes elegiría a Nick Casidecapitado!
- Cuánto te queda por aprender, niña...
- ¿Niña? – Lily cabecea y luego recuerda algo; se mete la mano en el bolsillo y saca una Rana de Chocolate – ¿Quieres?
- ¡¿Estás loca?! ¿Ha visto qué hora es? Además, el chocolate engorda y... En fin, subo al dormitorio a prepararme para la cena. Quiero sentarme cerca de ellos – Sabine se da la vuelta y con un gesto de mano Lucy y Sophie se colocan a su lado –, ¿vienes, Lily?
- No, yo... Creo que tengo que acabar de leer algo.
- Como quieras.
Lily se deja caer sobre la pared; está cansada, cansada física y mentalmente, y es ese cansancio el que parece haberla sumido en una depresión constante desde que volvió al colegio. Se mira las manos, pequeñas y con alguna herida provocada por querer ayudar a su madre a preparar galletas esas navidades. Todo sería más fácil si pudiera simplemente abrir un libro y charlar con los personajes, o bailar, o... sí, podría bailar. Juguetea con el envoltorio de la rana que le acaban de rechazar y finalmente lo abre y deja escapar un "¡ah!" cuando el animal se le escapa entre los dedos y salta hasta la alfombra.
- Una pena, sólo saltan una vez – Mary la observa, con la cabeza inclinada y las manos apoyadas en las rodillas – ¿ocurre algo?
- No... nada. – Lily arruga el cromo de "otra vez Albus Dumbledore" y lo guarda en uno de los bolsillos de la túnica.
- ¿Segura? – La chica de pelo oscuro no parece muy convencida y se sienta a su lado, con pesadez, se ha tenido que hacer daño.
- Mary, ¿es raro que no te gusten los chicos?
- ¿Raro? – Mary empieza a reírse – ¡Lo raro es que te guste esa panda de borregos! Y por si te quedaba alguna duda; no he cambiado de opinión respecto a hace unos minutos. Me sigue gustando más la escoba de James Potter que él.
