Caminando a destiempo
La Sala Común de Gryffindor tiene tres puertas: la primera es el retrato de la Dama Gorda, que es usado por los estudiantes para acceder al interior; las otras dos señalan la entrada hacia los dormitorios de las chicas a la izquierda y los de los chicos a la derecha. Desde que Godric Gryffindor diseñó esa habitación siglos atrás la Sala Común es utilizada por los alumnos de su casa como sala de estudio, de entretenimiento, lugar perfecto para echar una cabezada, escenario de peleas e incluso pista de baile. Pero habitualmente no ejerce otra función que la de acoger a los alumnos cansados de las clases del día y brindarles la comodidad de unos sofás amplios de terciopelo rojo y una chimenea que se enciende sola cuando alguien tiene frío. No es lo único mágico en esa habitación: un pequeño cuenco de plata descansa sobre la mesa de madera clara y se llena de caramelos de colores siempre que alguien lo desea. El tablón de anuncios, decorado con una bufanda larguísima de tonos rojos y dorados cambia a su placer y puede mostrar desde los resultados de los exámenes a una útil receta para cocinar pavo asado con nueces. Todos los alumnos son sabedores de que bajo una de las tablas del suelo, exactamente en la décimo tercera empezando a contar desde la lámpara de pie que hay junto a la chimenea, hay escondida una caja de petardos de increíble tamaño y que se rumorea que pertenecieron al Doctor Filibuster. En realidad nadie sabe si es cierto, ni siquiera saben con seguridad si fue un Gryffindor o si tan siquiera existió, pero los petardos son una realidad y nadie en por lo menos cincuenta años los ha tocado.
La mañana del 6 de enero de 1973, James Potter y Sirius Black están sentados en uno de los cómodos sofás; el primero apoya los pies sobre la mesa y el segundo juguetea con la varita lanzando chispas al cielo de vez en cuando. Se aburren. Se aburren mucho. Es sábado y no tienen deberes que hacer, o bueno, al menos no tienen ganas de hacerlos. Remus ha madrugado tanto que ninguno de los dos ha visto su rubia cabellera en toda la mañana y a Peter parece habérselo tragado la tierra; así que los dos amigos, después de levantarse, gritar un rato porque Sirius no encontraba su camisa y aseguraba que James se la había escondido porque "no quieres que sea más elegante que tú, hortera, que eres un hortera", acicalarse en le baño, volver a pelearse otra vez porque James aseguraba que Sirius tenía una cana, bajar a desayunar, discutir por qué tarta estaba más rica: la de chocolate, como aseguraba James o la de crema, como rebatía Sirius, volver a la Sala Común y fastidiar a unos niños de primero se encuentran en uno de esos momentos en lo que sus jóvenes cabezas son incapaces de encontrar diversión en nada.
James juega con le hebilla de su pantalón y después estira la camiseta de manga corta de color rojo oscuro con un hipogrifo estampado en ella hasta casi cubrirse las rodillas.
- Si yo fuera Remus ahora te diría "no hagas eso que se te estirará la camiseta" - Murmura Sirius esbozando una sonrisa.
- Por eso lo hago ahora, porque si me ve igual se pega diez días persiguiéndome por los pasillos dándome razones por las que no debo hacerlo.
- ¿Sabes qué diablos está haciendo? Igual se le han comido los gusanos de la biblioteca.
- O igual se los ha comido él.
- Eres tan tonto que no sé si reírme o llorar, Jimmy
James se encoge de hombros y se estira dejando escapar un quejido que retumba en toda la habitación y provoca una larga mirada en un grupo de chicas de tercero que cuchichean en bajo sentadas en la alfombra. El chico les guiña un ojo y después se levanta.
- Necesito hacer algo o me moriré.
- Muérete y te transformas en fantasma y persigues las faldas de Lily Evans sin que se de cuenta.
- Puedo perseguir las faldas de Lily sin que se de cuenta y no por eso lo hago... - James se fija en que las chicas le siguen observando y que ahora le miran como si hubiera cometido un crimen, así que se dirige a ellas - ¿Qué?
- Nada... - La más alta lleva el pelo recogido en una alta coleta y la falda lo suficientemente arrugada como para que Sirius se fije - ¿Qué decías, Diana?
- Ah, sí, que hoy le compraré a mi hermana pequeña chocolate de fresa en Honeydukes; se lo mandaré por correo y espero que la lechuza no se lo coma...
- ¡Con lo bueno que está no estaría muy tranquila!
- ¡Con lo bueno que está no estaría muy tranquila! - Sirius la imita con tono agudo. Las niñas le fulminan con la mirada, las cuatro se cogen de la mano y suben las escaleras hacia su dormitorio.
- ¿Por qué has hecho eso? - James se ríe demasiado alto.
- ¿Y por qué no hacerlo?
- Tío, ojala pudiéramos ir a Hogsmeade... Dicen que Honeydukes tiene unos dulces que podrían valer más que todos los galeones del mundo...
- Pensé en falsificar la firma a principio de curso, pero luego pensé que no tendría ningún sentido, ¿no? McGonagall sabe perfectamente quiénes somos.
- Por desgracia... - James se lleva la mano a la barbilla – Claro que... Podrías ligarte a McGonagall y entonces igual hacía la vista gorda.
- O podrías ligarte tú al Fraile Gordo que te pega más.
- No es mi tipo.
- Si ni siquiera sabes qué es tu tipo – Sirius adopta su pose de "soy mejor que todos vosotros", que se traduce en una mano metida en el bolsillo y el brazo contrario cayendo de forma inerte -, que yo recuerde lo más cerca que has estado de una mujer es cuando tu madre se despidió de ti en la estación con un beso.
- Mi madre no se despidió de mí con un beso.
- Sí lo hizo.
- Calla.
- Si quieres te beso yo, Jimmy, ¿quieres que te bese? ¿Quieres que sea tu primer beso? ¿Quieres, Jimmy?
- Me voy a buscar a Remus – gruñe el chico malhumorado -, a lo mejor él no actúa como un niño de tres años.
- ¿Y qué vas a hacer con Remus?
- Ir a por chocolate; a la habitación con chocolate.
- Pero espérame, idiota...
Los dos salen por el hueco del retrato, James a la cabeza con el ceño fruncido y Sirius detrás, tocándole de vez en cuando en el hombro y susurrando "que es broma, que siempre es broma" y añadiendo después "¿pero seguro que no quieres que te de un buen beso?"
Los corredores están prácticamente vacíos a excepción de grupos de alumnos de primer curso y segundo que aprovechan el fin de semana para descansar, alejar su mente de las clases y disfrutar de sus recientes regalos de Navidad. Sirius está seguro de que no hay ningún alumno de los cursos superiores que tenga la desgracia de tener que quedarse en el castillo en vez de ir a Hogsmeade; no concibe unos padres que se puedan negar a firmar la autorización, quiero decir, no puede haber padres peores que los míos en el mundo.
Del mismo modo, la entrada a la Biblioteca está completamente desierta y la bibliotecaria Pince bosteza con cansancio tras su escritorio. Los dos chicos entran, buscando con la mirada a su amigo, y la mujer alza en ese momento la cabeza y abre la boca para protestar.
- Que no venimos a molestar... - Se queja James antes de que ella pueda decir nada.
- Más os vale.
James busca a través de las estanterías una cabellera pelirroja, tal vez pueda usar la oportunidad para entablar una conversación con Lily; ¿qué podría preguntarle? Seguro que su color favorito es el rojo. Tiene que ser el rojo. O el verde. Diablos, seguro que es el verde... Si se mira en el espejo todos los días y ve esos ojos como para que no le guste el verde pero la niña no parece encontrarse allí.
- Mira, cabezón, ahí está Remus. - Susurra Sirius en su oído.
- ¿Por qué me llamas cabezón?
- Porque tienes la cabeza muy grande, no sé, ya sabes... Cabeza, cabezón...
- ¿Peter? ¿Qué demonios haces aquí? - Sirius empuja un par de mesas y se acerca a sus amigos. James mira preocupado a la bibliotecaria que levanta un dedo amenazador.
- Estudiar con... Estudiar con Remus.
Remus está sentado en su sitio, con la nariz metida en un viejo y polvoriento volumen de Historia de la Magia. Sus ojos claros se mueven con rapidez sobre las líneas y sus labios se tuercen en esa mueca que todos conocen ya como "estoy aprendiendo". Pero no es él quien les llama la atención a los chicos sino la persona que ocupa la silla de al lado.
- ¡Mientes! - James se pone las manos en las caderas y echa un vistazo alrededor – No sé a quién pretendes engañar con esa basura de mentira, no sé con quién te crees que hablas, Peter y... Oh... Ya veo...
Los dos recién llegados se vuelven para seguir la mirada apurada de Peter, que va directamente a una chica de pelo oscuro sentada en una de las mesas contiguas. Es de primer curso, viste con un grueso jersey de color azul oscuro que hace juego con sus ojos grandes del mismo color y despiertos, adornados con unas pestañas tan largas que podrían mover el aire. La niña lee un libro y sonríe de vez en cuando, dejando entrever unos dientes blancos y perfectos. James no aparta los ojos de ella durante más de diez segundos y al final la chica levanta la cabeza y se sonroja hasta la raíz del pelo. El chico de gafas levanta la mano y saluda animadamente.
- ¿Qué haces? ¡No la saludes!...
- ¿Por qué no? - James sigue dándole la espalda a sus amigos y ahora le guiña un ojo a... - ¿Cómo se llama?
- Su nombre es Emma Miracle; es Hufflepuff – murmura Remus -, suele estar siempre aquí.
- ¿Y te gusta, Peter? - James se apoya en la mesa y mira a su amigo con expresión triste.
- Es guapa – gruñe Sirius -. Es una cría pero es guapa.
- ¿Cría? - Remus no puede evitar reírse – Se me había olvidado que cumpliste los treinta hace unos meses, ¿verdad?
- Callate, Remus.
- ¿Pero te gusta o no?
- ¡Que no me gusta! Simplemente creo que es... Es guapa... y lista y...
- Le gusta. - Tose Remus volviendo a su lectura.
- ¿Le decimos algo? - Pregunta James. Sus manos se mueven nerviosas, deseoso de pasar a la acción.
- No... No... No le puedes decir nada porque... Porque yo no le gusto.
- ¡No digas chorradas, Peter! Seguro que puedes gustarle, quiero decir, ¡Sirius le gusta a la gente! Y tú eres mejor que Sirius.
La mano de Sirius se dispara contra la cabeza de James que lo único que hace es reírse.
- James, es mejor que le dejes en paz, cada cual que haga lo que quiera. - Interviene Remus.
- Está bien... - El Gryffindor se da por vencido, pero aún lanza una última mirada a Emma quien le sonríe a través de las páginas de su libro con timidez vaya, qué ojos tan bonitos tiene... - ¿Qué hemos venido a hacer aquí, Sirius?
- Después de confesarme tu amor por el Fraile Gordo querías buscar a estos dos para ir a la sala del chocolate.
- ¿A la sala del chocolate? ¿A plena luz del día? - Remus no puede creer lo que está escuchando - ¿Estáis locos? Nos pillarán.
- Chocolate, Remus; es chocolate.
- Mucho chocolate – añade Peter -, mucho mucho chocolate.
- ¡Grandes cantidades de chocolate! - Casi grita Sirius.
- ¡Merlín! - El chico da un golpe en la mesa, se levanta y deja el libro en la estantería más cercana les odio, les odio tanto que no se puede ni expresar con palabras, después se coloca la bolsa en el hombro, deja la silla paralela a la mesa y echa a andar hacia la entrada – Pero sólo porque es chocolate.
Recorren el pasillo y bajan las escaleras hasta alcanzar el tercer piso. Cualquier otro día, realizar esa tarea hubiera sido imposible, pero justo un sábado, con Filch lejos y los ojos de la Señora Norris fuera de su alcance, corretear hasta la estatua de la Bruja Tuerta no supone ningún reto para los cuatro. Peter se apoya en la esquina y mira a izquierda y derecha al mismo tiempo que James saca la capa y cubre a sus otros dos amigos con ella.
- ¿Dónde estáis? - Peter tantea en el aire desorientado y finalmente el brazo de Sirius se agarra a su mano y tira de él para hacerle invisible.
- Siempre me ha dado mal rollo la estatua esta - Comenta James mientras estira el brazo y le da un toque a la chepa de la estatua de forma familiar - ¿Esta mujer existiría de verdad?
- Claro... Y su alma sigue dentro. - Ironiza Remus.
- ¿En serio?
- No, claro que no.
- A veces no te entiendo Remus, pareces el tonto de los cuatro.
- Eso – Sirius interviene -, y todos sabemos que ese puesto lo tiene James.
- Lo que tú digas, Black, pero yo soy el guapo del grupo también, así que no sé en qué puesto te deja eso.
Discuten mientras recorren el estrecho pasillo, iluminados por las varitas de Peter y Remus, el primero situado al final de la fila y el segundo el primero. Durante el trayecto James les quita la capa y la guarda bajo el brazo, para poder avanzar más rápido; en realidad tienen la seguridad de que allí no les encontrará nadie. Al fin y al cabo es su secreto. De los cuatro. Y probablemente nunca jamás nadie sepa de él a no ser que ellos lo permitan. El único sonido que se escucha es el de sus pies repiquetear sobre la piedra; Remus, James, Sirius y Peter podrán ser considerados como una sola persona, como los cuatro alumnos más unidos que jamás vivirán o vivieron allí, pero al mismo tiempo, del mismo modo que sus pisadas son tan diferentes como el negro del blanco; sus personalidades no podrían ser más opuestas.
Remus suele caminar erguido y atento, nunca demasiado rápido. De vez en cuando, resbala o tropieza, pero se incorpora rápidamente y con facilidad, como si nada hubiese pasado, y prosigue en su marcha. James, sin embargo, no apoya completamente las plantas de los pies, es más, se podría decir que si no fuera por su torpeza, su forma de caminar sería tan grácil que se compararía a la de un animal acostumbrado a esquivar a sus presas y sortear árboles. No hace ruido, es sigiloso y suele llevar las manos en los bolsillos, únicamente sacándolas para despeinarse o pasarle el brazo por los hombros a Sirius.
El propio Sirius acostumbra a dejar los brazos muertos a ambos lados y sus piernas se arquean en forma de u invertida. Sirius no es grácil como su mejor amigo, al contrario, Sirius es salvaje, brusco, capaz de empujar a alguien que no le deja pasar o de pisotear el suelo con tanta fuerza que molestaría a los más quisquillosos.
Peter, por el contrario, prefiere moverse de forma casi fantasmal; con los hombros hundidos y la cabeza gacha, es una sombra, lento, calmado pero al mismo tiempo atento a cualquier movimiento a su alrededor para sincronizarse con él.
Cuando finalmente llegan y Remus les detiene con la mano, estrechando los ojos, James vuelve a cubrirles con la capa, se colocan más juntos y se deslizan con cuidado por la pequeña trampilla que les lleva al lugar de sus sueños.
El primero en darse cuenta de que algo no es como siempre es Remus, al fin y al cabo es el que va primero, y de entre los cuatro, presume de ser el que mejor oído tiene. Son voces, son ruidos, pasos y risas; es decir, personas. Remus piensa que tiene sentido; si la sala de chocolate se encuentra en un lugar alejado del castillo, puede haber gente viviendo cerca, y durante las noches duermen, pero a lo largo del día es normal que se propaguen sonidos a través de la madera. O eso espera.
Cuando empuja la trampilla con la mano tiene que pedirle ayuda a Sirius, que suspira y hace fuerza, y así, uno tras otro, consiguen subir hasta la habitación.
Está iluminada; los candelabros que habitualmente permanecen apagados emiten luces de colorines, unos se decantan por el azul, otros por el amarillo y uno más grande brilla en un intenso magenta. Las cajas parecen incluso más grandes que en la penumbra; llenas de chocolates y dulces de todo tipo y con los que todo niño se atrevería a soñar. No se quitan la capa, y ninguno se atreve a ser el primero en alcanzar alguno de esos dulces; la razón siguen siendo las voces.
Observan las escaleras en silencio, esas escaleras que nunca antes se han atrevido a subir y que por alguna razón ahora mismo les atraen de manera sobrehumana. Sirius tose en bajo y le da un suave codazo a Remus.
- Va, tío, sube ahí y echa un vistazo.
- ¿Y por qué tengo que ser yo?
- Porque… Porque sí.
- ¡Ni de broma!
Discuten, pelean, alzan la voz y luego se arrepienten; Peter decide coger una pequeña piruleta de color morado y se la mete en la boca. Y entre el sonido de su saliva, los chicos agudizan el oído para poder tener un poco de idea de qué es lo que ocurre sobre sus cabezas. "yo quiero uno de esos", "¡me encanta este chocolate!", "Kate, ¡mira esto, mira esto!"
Remus, Sirius, James y Peter se miran, con los ojos entrecerrados en expresión de sospecha y finalmente es James el que toma la iniciativa.
- Vale, Sirius y Peter os quedáis bajo la trampilla y Remus y yo subimos ahí arriba.
- ¿Pero por qué tengo que ser yo? –Se queja Lupin con expresión cansada.
- No protestes, Remus. –James le coge de la manga y con mirada de circunstancias le indica con la cabeza que camine primero y Sirius y Peter se dejan caer por el hueco en silencio.
Remus se agarra a la barandilla e intenta que sus pies no hagan crujir la madera; James detrás de él hace lo mismo y siente cómo el corazón se le va a salir del pecho ¿y si es una reunión de ladrones de dulces? Oh, dios, ¿y si son traficantes y trafican con nosotros? Conforme van subiendo las voces se hacen más intensas y las risas más numerosas; finalmente, los dos se quedan en pie delante de la puerta y vacilan, incapaces de saber si estarán tomando la decisión correcta o no.
- Abre. – susurra James en el oído de su amigo.
- Pero se darán cuenta de que la puerta se ha abierto sola. – protesta Remus.
- Bueno, puede ser el aire.
- Ya claro… El aire. – murmura Remus nada convencido. Le tiembla la mano, sabe que incluso le suda, pero traga saliva y se recuerda a sí mismo que algo como eso no es nada comparado con lo que tiene que lidiar una vez al mes; así que con el pecho henchido de valentía gira el pomo y la luz les ciega a ambos.
