Nota de las autoras: ¡Hola, chicos!:

No solemos hacer esto pero… Ya sois 200 personas las que habéis marcado como favorita esta historia en Potterfics y otros muchos en Fanfiction y por lo tanto creemos que os merecéis que os digamos unas cuantas cosas.

Tenemos que decir que no tenemos palabras para explicar la forma en la que esto se ha convertido en algo tan grande; nosotras comenzamos el proyecto de Here Comes the Marauders un día de aburrimiento en el que simplemente pensamos que el mundo necesitaba que alguien tratase de entender toda la historia de los que son nuestros personajes favoritos de la saga de J.K. Rowling, pero en ningún momento pensamos que tanta gente dedicaría su tiempo a leernos. Esto era impensable. Hace días que encontramos comentarios de personas hablando del fic por Twitter, por blogs y otras redes sociales y… ¡y qué decir! Ver cómo el trabajo de dos personas se convierte en el entretenimiento de muchos nos provoca una satisfacción que es imposible de explicar. Gracias a vuestros comentarios en Twitter estamos encontrando a gente que lee el fic, lo que nos permite conocer bien el tipo de personas que nos están leyendo y dedicarnos más duramente a esto. Cada vez que leemos un comentario, una recomendación o simplemente sube un favorito, las fuerzas y las ganas de continuar con esto se hacen más grandes. Es por eso que siempre os invitamos a comentar, a decirnos lo que os gusta y lo que no, porque al fin y al cabo, ni Peter, ni James, ni Remus ni Sirius son nuestros; nos pertenecen a todos y somos nosotros los que tenemos que ir dándoles forma. Pensad que vosotros formáis parte de esto tanto como nosotras, porque si no tuviéramos vuestro apoyo de ninguna manera continuaríamos escribiendo.

El verano acaba de comenzar, tenemos mucho tiempo libre y demasiadas ganas para continuar, así que esperamos que poco a poco haya capítulos con más frecuencia y que sean del agrado de todo el mundo.

Y como siempre decimos: disfrutad con la lectura y hasta pronto.

Algo compartido

La habitación que se esconde tras la puerta se desdibuja en un rayo de luz brillante y cegador que lo difumina todo. Por unos segundos, es imposible ver nada; después, la estancia comienza a recuperar nitidez poco a poco. Se vislumbran cientos de colores, todos distintos y vivos, en miles de formas y tamaños. Y el olor: el olor es dulce e intenso y se desliza por debajo de la nariz, llenando los pulmones y empapando la garganta de fresa, naranja, limón, chocolate y menta. De un lado a otro se pasean decenas de jóvenes, ataviados con túnicas de Hogwarts y charlando animadamente entre ellos. Una chica Ravenclaw guarda entre sus brazos una gigantesca bolsa de grageas Bertie Bott de todos los sabores, y otro estudiante, más mayor, de Gryffindor, trata de alcanzar sin éxito una caja de droobles que descansa en una de las estanterías más altas, de madera barnizada de color verdoso. Pero a decir verdad, es casi imposible prestar atención a la multitud que deambula por aquel mágico lugar; pronto, la vista se desvía en todas las direcciones y los ojos vagan tras pirulíes mágicos de tonalidades azules, rojas, verdes y violetas que, según dice el envoltorio, nunca se terminan, ratones de helado que hacen chirriar los dientes o chicles cuyo sabor cambia de forma aleatoria cada media hora. Estantes y mostradores recogen la mayor cantidad de tabletas de chocolate que se haya visto jamás, y el papel de celofán dorado que las envuelve las hace parecer aún más deliciosas y tentadoras. James piensa que no puede soportarlo un segundo más, y se dispone a dar un paso hacia delante; pero cuando la suela de su zapatilla está a punto de colisionar con el suelo de madera, la sala se desvanece bajo sus pies, y comienza a caer al vacío […]

Son las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana y James Potter dormita profundamente sobre la rodilla de Sirius, que ocupa la cama de al lado, a pocos centímetros de la suya propia. Nadie tiene ni idea de cómo ha llegado hasta allí, pero es bien sabido que James es dado a moverse y enredarse entre las sábanas cada noche, y casi no supone una sorpresa para el joven Black cuando, después de un sueño largo pero intranquilo, amanece encontrándose a su mejor amigo en su propia cama, con el pelo revuelto y las gafas aún puestas, reposando en precario equilibrio sobre su nariz. Los primeros diez minutos, aquella visión le resulta casi divertida; James está allí, inconsciente y sonriendo bobaliconamente de vez en cuando sin darse cuenta, soñando con que Lily le regala unos calcetines usados o algo así, y él contempla un enorme abanico de jugarretas y posibilidades para interrumpir su descanso. No obstante, después de más de media hora y varios intentos fallidos de molestarle la próxima vez tengo que pensar algo mejor que hacerle cosquillas en la nariz, maldita sea, la presencia tan cercana del chico está comenzando a hacerse molesta. Cuando Remus y Peter terminan de vestirse y salen del baño, Sirius ha perdido ya completamente la paciencia.

— Tío, estás babeándome encima, James — brama, al tiempo que trata de quitarse a este último de encima propinándole un fuerte codazo.

James se despierta súbitamente y se incorpora, sobresaltado y desconcertado, tomando tanto impulso que resbala sobre el borde de la cama de Sirius y cae al suelo con un golpe seco. A duras penas se recoloca las gafas y escucha la risa ahogada de Remus y Peter, y las carcajadas graves y estruendosas de Sirius de forma distante, como un eco. Poco a poco recupera la conciencia y se frota los ojos, levantándose y volviéndose a sentar esta vez sobre su propio colchón con una mezcla de pereza y frustración apagada.

Ya han pasado cuatro días, pero sigue sin poder quitarse de la cabeza aquella visión que encontraron casi de casualidad, mientras acudían, como de costumbre, a "el sitio de los chocolates", su lugar secreto. Sirius y Peter no parecen haberle dado tanta importancia; pero, al fin y al cabo, ellos dos no vieron lo mismo que él. Remus sí lo hizo, pero Remus nunca le da demasiada importancia a nada. Su mente, sin embargo, sigue vagando por aquel lugar de vez en cuando, embriagándose de sabores dulces y curiosidad; James no sabe cuánto tiempo será capaz de resistir sin volver allí, pero si algo es seguro es que desde luego, no será mucho.

— ¿Utilizas mi pierna de almohada durante media noche y ahora te vas así, sin darme un beso ni nada, Jimmy?

— Déjame en paz. — gruñe éste, y comienza a vestirse con desgana.

— Chicos… — interviene Remus - Supongo que esto os sorprenderá, no es como si fuese algo habitual… Pero veréis, llegamos tarde a desayunar.

Sirius y James le fulminan con la mirada.

— ¿Qué? — suspira él. — ¿Qué mosca os ha picado?

— Nada — murmuran ambos al mismo tiempo.

— Bueno, vale, pues yo me voy… — contesta Remus, al tiempo que se dispone a salir de la habitación, seguido por Peter, que todavía tiene sueño y no está prestando demasiada atención a la conversación.

— No, espera — interrumpe James mientras termina de colocarse la zapatilla derecha y se levanta de la cama de un salto, y Remus se detiene y le mira casi con ternura — Voy con vosotros.

Sirius pronto les pierde de vista, y tras unos minutos decide, de mala gana, seguirles. Desciende las escaleras de la torre de Gryffindor solo, malhumorado sin ningún motivo aparente, y se encamina hacia el Gran Comedor. Cuando alcanza a sus tres amigos, éstos están ya a punto de sentarse en su sitio habitual de la mesa, y Peter extiende el brazo para alcanzar un bollo de chocolate recién hecho de una de las bandejas doradas. Sirius se sienta a su lado. Mientras tanto, Remus comienza a prepararse un café con leche y rebusca entre su mochila un pergamino pulcramente atado y lo extiende, revisando por última vez su redacción para la clase de Defensa Contra las Artes oscuras que tienen que entregar ese mismo día a última hora. James, sin embargo, no come ni dice nada; simplemente se revuelve la parte trasera del pelo, distraídamente, y mira al infinito.

— Oye, tú — Sirius llama a James, que le mira de reojo, pero apenas se inmuta — ¡Vale ya! No te aguanto así un segundo más. ¿Se puede saber qué te pasa?

— ¿¡Que qué me pasa!? — exclama, visiblemente enfadado — ¡¿Qué os pasa a vosotros?! Encontramos aquello… Aquella cosa… ¿Y os da igual? ¿No queréis ir a investigarlo ni un poco? Sois una desgracia de amigos… No sé qué he hecho yo para merecer esto… Seguro que si me… Si me atacase un dragón o algo así, os daría igual.

— Pero que tampoco es para tanto, Jimmy… Solo que… No sé.

— ¿Que no es para tanto? Tú qué sabes, si no lo viste…

— Pero tú siempre exageras, tío.

— Yo no… ¡Agh! ¡Díselo tú, Remus! ¡Tú lo viste!

— Yo… — el chico rubio se sobresalta, alarmado por haber sido introducido en la discusión. — Bueno… James no exagera, quiero decir… Era un sitio muy… ¿Bonito? Y eso, pero… Pero no podemos ir otra vez. Nos pillarían, y…

— ¡¿Pero es que no lo entendéis?! ¡Había gente allí! ¡Alumnos! Demonios… Eso significa que… Que alguien conoce un sitio del castillo que nosotros no. Es más, ¡seguro que lo sabe todo el mundo menos nosotros! ¿Y qué hacemos? ¡Quedarnos aquí como si nada!

— Tío, pero tranquilo… Ya averiguaremos…

— ¡No! No me da la gana, ¿me escuchas, Black? No me da la maldita gana, demonios. No va a haber un solo rincón de este castillo que no conozca. Ni uno solo. Lo juro por… Lily. ¡Lo juro por Lily! - dice esta última frase en voz más baja, sin querer arriesgarse a que la aludida lo escuche. Los tres chicos le miran, sorprendidos, como si acabase de decir algo extremadamente serio, y solo Peter se atreve a contestar.

— Pero James… — titubea, sin estar muy seguro de cómo convencerle de que ir a aquel sitio no es buena idea — Podemos preguntar a alguien o…

— ¿Preguntar? — la simple idea parece ofender a James — Mira… Desisto. Me voy. Me voy a contárselo a la loca de Macdonald o al chico de Ravenclaw de las cejas gruesas que se come los mocos, que seguro que me hacen más caso que vosotros. ¡Es más, incluso Snape me haría más caso! ¡Snape!

Se levanta de la mesa y sale del comedor, ante la mirada atónita de Remus, Peter y Sirius.

— No entiendo qué diantres le pasa a este tío - gruñe Sirius, enfadado — ese golpe contra el suelo que se ha dado esta mañana le ha sentado mal de veras.

— Tranquilo, Sirius… — Remus le coloca una mano en el hombro y le extiende una tostada untada con mantequilla con la que le queda libre — ya se le pasará, no te preocupes. Come algo

— Pfero efque — Sirius habla con la boca llena y mastica casi con rabia. Después, da un largo trago a su copa de zumo de calabaza y continúa — es que James nunca se enfada. ¿Por qué está cabreado conmigo, tío?

— No creo que esté enfadado contigo, Sirius… — Peter se encoge de hombros — Creo que… Está enfadado consigo mismo y como tú… Bueno, como tú eres con quien más tiempo pasa pues… Lo paga contigo. Porque eres su amigo. Eso tendría sentido, ¿no?

— Bah. Vamos a clase, venga.

— ¿Qué acabas de decir? — pregunta Remus, sorprendido.

— Que vamos ya a clase. ¡Daos prisa! No tengo todo el día

.

Mary camina rápido por los pasillos, en dirección a la clase de Historia de la Magia. Es todavía temprano; apenas las nueve y cuarto de la mañana, y la mayoría de los alumnos de Hogwarts están apurando aún el último sorbo de su vaso de leche con chocolate o zumo de calabaza en el desayuno. Ella, sin embargo, no suele tener hambre por la mañana; es por eso que ha preferido dirigirse a clase directamente, cuando los corredores del castillo están aún vacíos, y puede vagar por ellos a sus anchas, con el eco de sus propias pisadas sobre el mármol antiguo persiguiendo y acompañándola a la vez. Mary sabe, al igual que otros tantos descubrieron antes que ella, que aquel castillo es mágico; no el tipo de magia que se hace con varitas, encantamientos y pociones, sino otra cosa, algo más fuerte que solo puede encontrarse en aquel lugar. Hogwarts se nutre del poder de sus cientos de habitantes, y de aquellos que lo habitaron antes que éstos: es por eso que le gusta caminar por allí, en silencio, respirando hondo, llenando los pulmones de siglos de magia y fantasía. A veces, y aunque nunca lo reconocería ante nadie, le gustaría tener alguien más con quien pasear por allí. Desde su llegada al castillo ha observado, incluso entablado conversación con algunos de los magos y brujas de su curso, pero ninguno de ellos le ha parecido… diferente. No parece encajar en ninguno de los grupos de amigos formados por los niños de su casa. No es que le importe, claro. No necesito a nadie más. Pero a veces le gustaría saber si el resto de personas con las que convive también son capaces de sentirlo: el cosquilleo en las manos, la nuca y la punta de la nariz, el nudo en el estómago y la sensación de calidez al cruzarse con una puerta que aparece y desaparece cada Martes, cada vez que las bandejas de oro del Gran Comedor se rellenan solas o el profesor Flitwick reordena todos los pupitres de la habitación, esparcidos en todas las direcciones después de una práctica complicada, con un simple chasquido de dedos. Esa sensación de encontrarse ante algo enorme, gigantesco e inconmesurable, y querer empapar cada centímetro de tu cuerpo con ello, teniendo la certeza de que jamás lo encontrarás de nuevo en algún lugar que no sea aquel. Piensa en su hermano mayor, Magnus, que acabó sus estudios en Hogwarts años atrás. Sí, seguro que él lo entendería.

Cuando llega, empuja la puerta del aula despacio, y le reciben pupitres y sillas vacíos. En realidad, Mary no está acostumbrada a llegar temprano a los sitios, sino más bien lo contrario. Así que no sabe muy bien cómo reaccionar ante aquella excepción: toma asiento en uno de los pupitres de la fila de en medio y cruza los brazos sobre la mesa. Pronto empieza a morderse las uñas distraídamente, y a juguetear con los mechones de pelo negro que caen, desordenados, sobre la frente. No obstante, un fuerte golpe la saca de su ensimismamiento.

James Potter entra en la habitación: abre la puerta de madera propinándole un fuerte puntapié y lanza sus cosas sobre el pupitre contiguo al de Mary. Ella no es muy buena entendiendo las emociones ajenas, pero James está visiblemente cabreado, no hay que ser un genio para darse cuenta. Decide que es mejor no decir nada, pero el chico, que se recoloca las gafas y se revuelve el pelo mientras se gira hacia ella, no parece tener los mismos planes.

— ¿Qué haces tú aquí, MacDonald? — pregunta. Mary no sabe distinguir si tiene interés real, o simplemente se está burlando de ella.

— Disfrutar del silencio, hasta que has llegado y lo has estropeado todo…

— Bah. Silencio… ¿Quién quiere silencio? — James se sienta en la esquina del pupitre, con las piernas cruzadas.

— ¿Por qué no estás con tus amigos, Potter?

— Bah. ¿Y a ti que más te da?

— Oye, eres tú el que ha venido a molestar…

— Yo nunca molesto.

— En el mundo al revés, supongo.

— Bah.

— ¿Bah? ¿Cómo que bah?

— Bah sin más, MacDonald. Déjame en paz. Por Merlín, eres pesadísima.

— ¡Pero si has sido tú el que…!

James se da la vuelta, dándole la espalda a Mary. Esta vuelve a cruzar los brazos sobre el pupitre, frunciendo el ceño. Permanecen así hasta que el resto de alumnos llegan al aula y ocupan la mayoría de los pupitres a su alrededor. James no alcanza a ver a ninguno de sus amigos, pero trata de no prestar demasiada atención. No, no quiero que piensen que estoy dándole importancia al tema. Se concentra en mirar a la pizarra, que el profesor Binns pronto atraviesa sin esfuerzo. Unos segundos antes de que la clase de comienzo, Remus, James y Peter entran por la puerta, a toda prisa.

— ¿Qué leches te pasa, Jimmy?

— Nada — James le sonríe a Sirius y después pasa un brazo sobre la desprevenida Mary, que no tiene tiempo de resistirse. — Aquí estoy, divirtiéndome con mi amiga MacDonald. ¿Tú te diviertes, Sirius? ¿O es que no sabes?

— Vete al cuerno.

El joven Black se desplaza hacia el otro extremo del aula, y toma asiento al lado de Peter, no sin cierta resignación. Remus, mientras tanto, permanece de pie unos instantes, un tanto desconcertado, y cuando la lección comienza no tiene otro remedio que escoger un pupitre rápidamente. Cuando James quiere darse cuenta, éste se encuentra sentado en el pupitre contiguo al de Lily Evans.

- Pero qué demonios haces, Remus… — murmura para sí mismo. O eso cree: James no tiene en cuenta que su tono de voz habitual es más elevado de lo que el resto de la gente considera normal, así que lo que para él es "susurrar" o "hablar para sí mismo", para el resto del mundo suele significar que habla en un tono de voz normal y perfectamente audible en al menos un metro a la redonda. Lily le escucha; por supuesto, Remus también, pero ninguno de los dos dice nada. Mary, sin embargo, se muestra visiblemente contrariada.

— Oye, tú, Potter, ¿qué pasa con Lily? - pregunta, casi gruñe.

— ¿Y a ti qué?

— A mí nada. Dímelo.

— Y tú qué sabes.

— ¡Te lo veo en los ojos! ¡Te pasa algo con ella! Si tienes algo en contra de Lily, yo tendría que…

— ¡No! No, quiero decir, no tengo nada en contra de… Solo que… No, nada, en serio, déjalo, ¿por qué iba a contártelo? Eres una entrometida.

— ¡Así que te gusta! Uf, menos mal que te gusta…Pensaba que ibas a decir algo malo de ella, y tendría que haber… - aparta la mirada, distraída, como si estuviese esforzándose por buscar en algún rincón de su mente algún tipo de tortura o castigo realizable y acorde con la situación — haberte… tirado al Lago Negro, sí, eso.

— ¡No! A mi-mi… No… N-no me… — las mejillas de James comienzan a arder, y éste intenta ocultar con las manos el color rojo encendido del que comienzan a teñirse rápidamente — ¡Déjame! ¿Al Lago? ¿No se te ocurre nada mejor? Patético.

— Bueno. Está bien que te guste — Mary continúa hablando, ignorando la reacción del chico, que ha escondido la cabeza entre los brazos y simula no oírla — Bueno… Yo no sé de chicas. Pero… Pero está bien, ¿no? Lily es guapa. Tiene… No sé, unos ojos bonitos. Y grandes. Y su cuello… Es bonito. Tiene un cuello bonito. Como… Para ponerse collares. Creo que me pondría muchos collares si tuviese el cuello de Lily… No sé si a los chicos os gustan esas cosas…

— ¿Te has fijado? — James se sobresalta, y mira a la chica con los ojos muy abiertos — En el cuello.

— ¿Qué…? ¡No! ¡No me he fijado… quiero decir… no!

— Y por qué te fijas en Lily, ¿eh, MacDonald? - Sonríe pícaramente, y esta vez es Mary la que se sonroja. James se revuelve el pelo, satisfecho de haber tomado el control de la situación.

— ¡No me fijo en ella! ¡No me fijo en nadie! No sé qué te has creído…

— Bueno, bueno, MacDonald… — se acerca un poco a su oído, y habla, esta vez sí en un tono lo suficientemente leve como para que nadie más lo escuche — Parece ser que ahora conozco tu punto débil…

— Estás exagerando. Eres un estúpido, James Potter. Déjame en paz.

— Hm.

Se quedan en silencio. Durante un momento tan solo se escucha la profunda voz del señor Binns, que suena lejana, como un eco, y un par de risitas ahogadas femeninas procedentes del final de la clase. Mary se resuelve en su asiento, incómoda.

— Oye.

— ¿Qué te pasa, MacDonald?

— ¿Qué te pasa a ti? ¿No vas a decir nada? ¿Qué hay de malo en que me fije en ella?

— Hm.

— ¿Hm? ¿Hm qué? Por Merlín, eres idiota…

— Hm, solo hm.

Callan, de nuevo. Mary suspira, busca un trozo de pergamino en su mochila, pluma y tintero y comienza a garabatear en una esquina, con expresión ausente. James sigue la fina línea negra con los ojos, inmerso en sus pensamientos. Finalmente habla.

— Que…Tú solo quieres ser su amiga, ¿no? Eso está bien.

— Yo… No sé. Es solo que… — dirige una rápida mirada a Sabine, Lucy y Sophie, las amigas de Lily, sentadas en varios pupitres a su derecha, no lo suficientemente indiscreta como para ser percibida por ellas, pero que James de algún modo comprende a la perfección.

— Creo que te entiendo — James se estira y bosteza antes de continuar y, sin necesidad de verlo, puede sentir la mirada de desaprobación de Remus por lo que él llama "mala educación" — Son… Son estúpidas, qué demonios.

— No me gusta juzgar a la gente, de verdad que no, pero ellas… No sé por qué te he dicho esto. Se lo contarás a todo el mundo.

— Bah — James arruga y arranca la esquina del pergamino que Mary estaba usando hace tan solo unos minutos, formando una pequeña bola de papel — Qué te apuestas a que le acierto a la cabeza hueca.

— ¿Cuál de las tres? — sonríe la chica, y se aparta el flequillo oscuro de la frente. James ríe.

— Nunca reconoceré que me ha hecho gracia.

— Acabas de hacerlo, idiota.

— Déjame — El joven Potter guiña un ojo y sujeta el pequeño proyectil entre los dedos índice y pulgar, tratando de apuntar con mayor precisión, y después dispara, golpeando de lleno a Sabine en la parte trasera de la cabeza. — ¡Já!

El impacto alarma a Sabine. Ésta se lleva la mano a la nuca y se gira en dirección hacia donde ambos están sentados. James y Mary, por su parte, aguantan la risa a duras penas, y tratan de fingir su mejor cara de apasionado interés sobre la clase.

— Bueno. — Mary arranca dos pedacitos de pergamino de la hoja — No ha estado nada mal, pero…

Su tiro es más rápido, certero, James habría jurado que casi al azar. Las dos bolas de papel impactan directamente contra Sophie y, de nuevo, Sabine. Las risas son mayores esta vez; y mucho menor la capacidad de hacer como si nada hubiese pasado cuando las niñas miran en dirección a ellos dos. James susurra "pero cómo has hecho eso…" y, sin ninguna intención de dejarse vencer, arruga el resto del pergamino en una gran esfera y se dispone a efectuar un último lanzamiento, justo en el momento en el que la clase se da por finalizada. El revuelo formado por los alumnos recogiendo sus pertenencias y levantándose de los pupitres rápidamente para acudir a la siguiente lección suena a victoria para Mary.

— No pasa nada, puedes intentarlo otra… ¿Qué? — La chica de pelo negro comienza, con tono triunfal, una frase que nunca llega a terminar. James se incorpora sobre la pequeña mesa de madera, atrayendo las miradas de muchos de los Gryffindor a su alrededor. Y tal y como ella temía, lanza su última munición, que persigue el mismo objetivo que la anterior.

— ¡James Potter! — chilla Sabine Lingwood, con los ojos brillando de ira — ¡Pienso decírselo a…!

— ¡CORRE!

James salta de la mesa, agarra a Mary de la mano y ambos huyen de la habitación, esquivando con gran habilidad a estudiantes de todas las casas y cursos que transitan los corredores despreocupadamente y se sobresaltan cuando los dos chicos de cabello color azabache les sortean y rápidamente les dejan atrás, girando a la derecha en la primera esquina y luego a la izquierda, con toda la velocidad que sus propios pies les permiten y guiándose el uno al otro sin necesidad de palabras o gestos. Finalmente van a parar a un aula que parece vacía desde hace mucho tiempo: James es el primero en entrar, y espera a que Mary pase para cerrar la puerta y desplomarse sobre el suelo, exhausto y con la respiración entrecortada. Ella se tumba en el suelo unos centímetros más allá de él.

— ¡Eres idiota! — jadea Mary — ¿Por qué has hecho eso?

— No lo sé — consigue pronunciar James, entrecortadamente, mientras respira largas bocanadas de aire — Pero tú también eres idiota. Me has seguido.

— Porque me has agarrado… — Mary tose, como si se ahogase, y después emite una sonora carcajada — Está bien… ¡Ha sido divertido! Ojalá pudiera volver a ver su cara cuando la bola le ha golpeado…

— Va a chivarse a McGonagall, seguro, pero, ¡ah!, qué más da. Ha valido la pena.

— Sí… Pero deberíamos volver a… — ella iba a decir "a clase", pero un profundo rugido del estómago de su compañero la interrumpe, y de repente recuerda algo; comienza a rebuscar entre las cosas que, desordenadas, llenan su mochila, y encuentra una tableta de chocolate al fondo de ésta. Se la extiende a James — ¿Tienes hambre? Yo tengo muchísima, ¡no he desayunado!

— Ahora que lo dices… — observa a Mary partir la tableta en dos, ofrecerle una de las mitades y comenzar a mordisquear la suya nerviosamente. Él decide dar un mordisco también, irme sin comer nada no ha sido buena idea. El chocolate se deshace rápidamente al contacto con su lengua, y el sabor le resulta extrañamente familiar — Oye… ¿De dónde has sacado este chocolate?

— Hmmm — se encoge de hombros — siempre me lo envían desde casa. Mi hermano empezó a traerlo cuando estaba en Hogwarts… Nos acostumbramos a comerlo, así que cuando acabó los estudios siguió comprándolo de vez en cuando. Es de Honeydukes, una tienda de aquí al lado, en Hogsmeade, ya sabes…

— ¿¡Qué!? — James se incorpora, sorprendido, y mira a la chica con los ojos muy abiertos, sintiendo como todas las pequeñas piezas del rompecabezas que le atormenta desde hace unos días encajan poco a poco. Ella le mira, desconcertada — Dios mío, Mary, ¡eres fantástica! Agh, cómo he podido ser tan tonto… Te debo una… ¡Por Merlín!

Aquel día, Mary buscaba compañía y James necesitaba una respuesta. Ambos la encontraron, aunque, por supuesto, no fue en la forma que esperaban. Y de algún modo, casi fruto del azar y las casualidades, lograron hacer de sus necesidades algo compartido.