Érase una vez

Las últimas semanas de Enero se mantienen gélidas como los primeros días de invierno; y las habituales ventiscas, que aquel año se habían hecho esperar más que de costumbre, no tardan en arreciar. La nieve comienza a hacer aparición en los terrenos del castillo con avidez, como si llevase mucho tiempo esperando para hacer suyo cada rincón y cada esquina y recubrirlo todo de un grueso manto de escarcha albina que resplandece bajo el sol de la tarde, transformando por completo el ya de por sí idílico paisaje escocés. A Remus le gusta la nieve, de la misma forma que le gustan el viento y las tormentas. Le permiten embriagarse de aquella melancolía distante, la tristeza dulce del repiquetear de las gotas de lluvia en los cristales, el olor a tierra mojada y el calor huidizo bajo las mantas. Al resto de alumnos no parece entusiasmarles tanto el clima desfavorable como a él, o al menos no de la misma forma, así que atesora sus sentimientos como algo distinto, un secreto entre él y la niebla. Piensa en ello mientras camina por los pasillos, sólo acompañado por el sonido del viento afilado que silba en los rincones. Se dirige, como es habitual, a la biblioteca, caminando con pesar después de un día particularmente duro. Es día dieciséis de Enero y Sirius y James tienen entrenamientos casi diarios hasta el próximo partido de quidditch, que tendrá lugar en aproximadamente un mes. El último ni siquiera les ha dirigido la palabra a ninguno de los tres en toda la mañana, por motivos que si bien Remus intuye, no comprende. Peter, por su parte, se reúne con el club de Gobstones los lunes, miércoles e incluso algunos jueves, lo que deja a Remus demasiado tiempo solo, incluso más del que a primera vista le hubiese gustado estar.

El gran portón de madera de la sala de estudio de Hogwarts le aguarda allí, cerrado, e incluso antes de atravesarlo Remus sabe a ciencia cierta que Lily ya se encuentra allí. Se recoloca las mangas del largo y grueso jersey grisáceo y la bufanda de lana con los colores de Gryffindor: a escasos dos días de la luna llena, hay multitud de cicatrices que no quiere que nadie vea. Después, avanza, con el paso firme y un pequeño nudo en el estómago que se deshace poco a poco en la calidez de la mirada de color verde brillante que le observa sin mirarle desde la esquina de la estancia. No hay apenas nadie más allí, y Lily se ha sentado en el asiento contiguo al que él ocupa habitualmente, la intersección entre dos estanterías de libros sobre encantamientos no verbales y transformaciones de objetos inanimados. También ha sido ella quien le ha propuesto estudiar juntos aquella tarde en la clase de Historia de la Magia, cuando él mismo no se atrevía a sugerirlo. Cuando se acerca más, la observa sin que ella sea consciente de ello: lleva el pelo suelto cayendo sobre los hombros en una especie de desorden organizado, con dos mechones más largos y gruesos enmarcando el rostro y resbalando sobre la piel pálida de la frente, y los puños de la camisa colocados en perfecto y estático equilibrio sobre las delicadas y finas muñecas que sostienen la pluma, escribiendo rápido pero sin un solo error con letra precisa y curvada. Curvada a la derecha. Un escalofrío extraño le recorre la nuca y los antebrazos sin motivo aparente y en aquel momento, mientras desplaza la silla para tomar asiento con pulso tembloroso, Remus hubiera pagado cualquier precio para poder ser un poco menos inteligente y un poco más valiente.

— Hola — consigue pronunciar, tras un esfuerzo titánico y al tiempo que deja sus cosas sobre la mesa —Perdona, espero que no lleves mucho rato…

— No — interrumpe Lily, con una sonrisa amplia pero tímida — No, no te preocupes…

Aquella tarde, Lily y Remus estudiaron.

Remus sacó de su mochila su ejemplar de Mil Hierbas Mágicas y Hongos y descubrió, muy a su pesar, que algunas de las páginas se habían doblado durante el transporte. Maldijo en voz baja "¡relámpagos!" y se apresuró a tratar de alisarlas con el dedo pulgar de la mano derecha. Lily rió en voz baja y él no pudo evitar hacer lo mismo, notando como los nervios y la tensión desaparecían en cada carcajada. Juntos, lograron terminar todos los deberes y trabajos en menos de una hora que pasó rápido y, antes de que tuvieran tiempo a darse cuenta, se encontraban vagando entre las estanterías de la sección de "novela muggle", husmeando entre tomos y volúmenes de distintos tamaños y colores con las cubiertas desgastadas del uso. Remus recomendó a Lily Los Miserables, de Victor Hugo, y la niña cogió el pesado volumen con mirada brillante y, sin mostrar ni un ápice de preocupación por su larga extensión, como el joven hombre lobo temía, prometió comenzar a leerlo esa misma noche. Encontraron, en una de las estanterías más altas, un antiguo ejemplar encuadernado en terciopelo verde y con la portada decorada con adornos en hilo dorado, una recopilación de cuentos de los Hermanos Grimm. Vuelven a su rincón y Lily pasa las páginas, rápida pero cuidadosamente, hasta encontrar la historia que busca:Rapunzel. Después, extiende el libro hacia Remus, y él entiende, de algún modo, lo que ella le pide que haga: comienza a leer en voz baja, de forma que nadie más pueda oírles, pero Lily pueda hacerlo sin problemas. Ella no lo sabe, pero pronto se acostumbrará a aquello; encontrará especialmente reconfortante escuchar la voz rasgada de Remus recitando cualquier cosa: poesía, la novela que esté leyendo en ese momento o simplemente repitiendo los apuntes del próximo examen que se avecine. Y pensará frecuentemente que hay algo distinto en Remus, en la forma en la que pronuncia el final de cada palabra y sus labios se deslizan sobre la siguiente que es más mágico que todas las cosas fantásticas que se ven cada día entre los muros del castillo. Cruza los brazos sobre la mesa y apoya la cabeza en ellos, notando como poco a poco los párpados se tornan más y más pesados y le invade el sueño, y lucha por mantenerlos abiertos sin dejar de escucharle. Remus termina de leer y Lily se despereza, como si acabase de despertar de una siesta muy larga, y éste sonríe con pesar.

— Creo que te he aburrido un poco… — inquiere — Perdona, Lily. Siempre me pasa, cuando le leo a la gente… La última vez James y…

— No, no, ¡no! — se apresura a interrumpir Lily — Me ha gustado mucho… Es uno de mis cuentos favoritos. Ha sido perfecto, Remus. No se por qué…

— No hace falta que te excuses… Ha sido mi culpa, creo que me he emocionado…

— No, de verdad, te juro que…

— Tranquila, Lily, de verdad.

— ¡Remus! — exclama ella, con un tono de voz más alto de lo que debería; pero de todos modos, la biblioteca está casi desierta, así que nadie parece molestarse — ¿Me… prometes una cosa?

— Cl-claro — titubea — ¿Qué cosa?

— ¿Volverás a leerme algún día?

Remus esboza una sonrisa tímida y ambos se miran durante un segundo. Y sellan aquella promesa sin palabras.

Después Lily echó un rápido vistazo su reloj de muñeca y descubrió que las horas habían pasado más rápido de lo que jamás hubiese imaginado. A las ocho de la tarde ambos decidieron que era un buen momento para volver a la Sala Común antes de la cena y comienzan a recoger sus pertenencias. Justo antes de marchar, Lily saca un pequeño libro con cubiertas negras de cartón y se lo entrega a Remus.

— Es Frankenstein. — aclara. — Supongo que ya lo habrás leído, pero si no, creo que te gustará. Para mí es especial.

— Yo… Muchas gracias, Lily. Lo leeré en cuanto pueda.

— Siempre había querido tener a alguien con quien comentar los libros que leo, ¿sabes? A Tuney no le gusta leer, y Sev lee a veces las cosas que le presto, pero a veces creo que ni siquiera las entiende, no como yo... — suspira — A veces creo que me lo tomo demasiado en serio.

— ¿Demasiado en serio? — pregunta Remus, extrañado.

— Como si…

— Como si fuera real — pronuncian los dos a la vez, y dejan escapar una media sonrisa.

— ¿A ti también te pasa? — pregunta Lily.

— Casi siempre… En realidad, sí, siempre. Ellos… — se refiere a "ellos", a James, Sirius y Peter, y aunque no lo aclara, la forma en la que pronuncia la palabra hace que no requiera ningún tipo de explicación — Me suelen decir que vivo en mi mundo, que siempre estoy "metido en tus libros, Remus" - imita el tono de voz de James - pero… No puedo evitarlo. Cuando una historia te llega dentro, es…

— Como si estuviese pasando de verdad, ¿verdad? Como si conocieses a los personajes, y cuando les pasa algo malo, te duele…

— Sí. Es… exactamente eso.

Caminan por los pasillos, charlando tranquilamente, como si de repente se conociesen de toda la vida. Remus mira por la ventana. Ya no nieva, y la noche parece haberse tornado incluso un tanto apacible; la luna brilla en lo alto del firmamento, pero no siente miedo. No en ese momento.

Cuando alcanzan el séptimo piso, Remus piensa que no puede retrasarlo más, y consigue reunir el valor para decir:

— Oye, Lily. Tu vinilo, el de… Bueno, aquella noche. Aún lo tengo. Supongo que quieres que te lo devuelva.

— ¡Ah! El vinilo… — Lily mira a la ventana, tal y como Remus hacía hace tan solo unos segundos, pensativa — No, en realidad, me gustaría que te lo quedases. Ojalá tuviese alguna forma más de agradecerte lo que hiciste por mí.

— Yo no hice nada…

— Sí, sí que lo hiciste, Remus, aunque no te dieses cuenta. Gracias.

— Respecto a aquel día… Espero que ya esté todo bien. ¿Puedo preguntar qué ocurría?

Lily duda durante unos segundos, hace una pausa, y después contesta.

— Sabine, Lucy y Sophie... Creo que se olvidaron de mí. Me sentí… sola. Creo que… Creo que me tomo demasiado en serio las cosas, Remus, ya te lo he dicho…

— Yo… Yo no creo que te tomes las cosas demasiado en serio, Lily.

Una vez atraviesan el retrato de la Sala Común, se despiden, separando su paso hacia diferentes direcciones. Lily, hacia la habitación de las chicas; Remus, hacia la de los chicos. Lily dice "hasta mañana" y no simplemente "adiós", y eso a él le basta.

Sube las escaleras hasta el dormitorio para encontrar a un aburrido Sirius, tumbado boca arriba en el suelo, en el hueco entre su cama y la de Remus, y a Peter sentado sobre el marco de la ventana.

— ¿Dónde demonios has estado, Remus? — gruñe el primero, al tiempo que se incorpora y trepa hasta su propio colchón — ¿Sabes cómo me he aburrido? ¿Tienes la más mínima idea?

— Estaba estudiando.

— ¿¡Estudiando?! Siempre estudiando. ¿Con quién? ¿Con una chica? Hueles a chica.

— Con… Con Lily.

— ¿¡Con Lily!? Con Lily Evans, ¿no? Lily la que es una chica.

— Sí, Sirius, juraría que Lily es un nombre femenino tanto aquí como en el resto del planeta…

— ¡Cállate! ¡No tienes derecho a hablar! ¡Me has dejado aburrirme por culpa de una chica! Verás cómo se entere el gafotas… Bueno, no, que le den. Es estúpido.

— ¿James aún no…? — comienza a decir Remus, y la mirada de Sirius y la expresión triste de Peter desde el otro lado de la estancia le contestan antes de que termine de formular la pregunta.

— Tío, Remus, en serio, este chico… Este chico no está bien. De la cabeza, y eso. Puedo aguantar que mi mejor amigo sea torpe y esté ciego, pero, ¡diantres!, no puede estar loco, tío, eso no puede ser.

— Sirius… No está bien que digas eso de James.

— ¿Por qué? Es imbécil. Le odio.

— No le odias, y tú también tienes malos días.

— De hecho, casi siempre tienes malos días, Sirius. — añade Peter.

— Bueno, sí, vale, me he pasado con la princesita Potter, ¿y qué? Demonios, ni que vosotros nunca os enfadaseis…

Nadie contesta, pero cuando el reloj toca las nueve deciden espontáneamente que ya es hora de cenar. Mientras caminan hacia el vestíbulo, Sirius no puede dejar de pensar en algo.

Remus nunca se enfada.

Cuando llegan al comedor, James ya está allí. Y, de forma contraria a lo que pudieran haberse imaginado, no está enfadado, ni siquiera un poco malhumorado; les mira, primero a Peter, luego a Remus y luego a Sirius, y sonríe ampliamente.

— Tengo cosas que contaros, chicos.