Los monstruos sólo salen por la noche

— Oye… Sirius… ¿Estás despierto?

La voz de James sobresalta a éste sólo levemente. Son las siete de la mañana y tan solo acaba de empezar a amanecer; los rayos de sol violáceos y anaranjados entran a la habitación, vacilantes, a duras penas atravesando las espesas cortinas de terciopelo. James no ha pegado ojo desde hace ya mucho rato. Remus y Peter aún le roban a Morfeo los últimos minutos de sueño y Sirius, y aunque sería común pensar lo contrario, no suele conciliarlo fácilmente: despega los ojos cansados y enrojecidos del techo, juraría que he estado así toda la noche los frota y se despereza sin ganas bajo las sábanas, emitiendo un gruñido leve que nace desde el fondo de la garganta y suena como el ronroneo de un gato muy, muy grande. Pero no protesta.

— Para variar — asiente, se peina el pelo hacia atrás con los dedos y se levanta de la cama de un salto perezoso, con el pijama mal colocado por las numerosas vueltas bajo las mantas durante aquellas horas que a él le han parecido siglos, y lanza un breve vistazo a los otros dos ocupantes de la habitación que aún dormitan — y con estos, ¿qué demonios hacemos?

Sirius puede observar cómo la malicia brilla en el fondo de los ojos de James aun sin apenas un ápice de luz en la estancia. Él también se peina el cabello hacia atrás, en una especie de mímica inconsciente; pero, a diferencia del de Sirius, su pelo desordenado no se deja domar tan fácilmente y pronto vuelve a su posición inicial. Después, se dirige a la cama de Remus, que permanece con los ojos cerrados y la cabeza escondida entre los brazos cruzados sobre la almohada.

— Chst, Sirius — musita James a su amigo, que se ha desplazado hasta su lado — A la de tres, le quitas las mantas y yo… Bueno, ya verás.

— Hecho.

— Una… Dos… Y…

— Ni se te ocurra, James. — interrumpe el propio Remus, que había fingido estar dormido todo ese tiempo. Se incorpora súbitamente, alcanza uno de sus cojines y lo lanza hacia Sirius con una mano. No obstante, éste lo atrapa en el aire. — Merlín, sois imposibles.

— Pero… ¡No lo entiendo! ¡Mi plan era perfecto! — se lamenta James.

— ¿Cómo demonios te has despertado?

— Tenéis un tono de voz tan alto, ambos, que podríais haber despertado a alguien que estuviese durmiendo en Pekín.

— Seguro que ha sido culpa tuya — Sirius, que todavía tiene el cojín entre las manos, lo lanza hacia James con un pase rápido que éste no deja escapar — Eh, espera…

— ¿Estás pensando lo mismo que yo? — sonríe él.

— Por supuesto – rápidamente, Sirius roba otra de las almohadas de Remus y ambos se dirigen hacia donde se encuentra Peter, completamente dispuestos a atormentar al pequeño Pettigrew con ellas hasta que éste se decida a levantarse.

Alrededor de las siete y media de la mañana todos están ya preparados; es sábado, así que visten ropa de diario en lugar del uniforme del colegio. Eso significa que Remus aprovecha para abrigarse con al menos cuatro capas de ropa, camisetas de manga larga y gruesos y anchos jerséis superpuestos, unos sobre otros, hasta que apenas se puede vislumbrar la pálida delgadez del muchacho que se esconde bajo la tela. A Peter le gusta usar ropa de colores llamativos; Sirius, por su parte, rebusca en su baúl los pantalones vaqueros más desgastados que posee, y tanto él como James tan sólo visten una sudadera remangada hasta los codos sobre la camiseta de manga corta. Pero las siete y media sigue siendo demasiado temprano para ir a ninguna parte, y no tienen más remedio que obligar al impaciente James a aguardar hasta una hora menos intempestiva. Después de media hora en la que Remus trata desesperadamente de distraer su nerviosismo entre las páginas de Frankenstein, James y Peter discuten sobre la Casa de los Gritos "quizás allí dentro haya un monstruo, o algo peor, ¡un dragón!" "yo no quiero que haya un dragón…" y Sirius interrumpe mientras bosteza "en serio, tíos, de los cientos de cosas que podría haber allí dentro, desde luego que un dragón no es una opción considerable siquiera", la impaciencia les supera y emprenden su marcha hacia Hogsmeade, bajo el acertado pretexto ofrecido por Remus de que "bueno, si vamos a hacerlo de todos modos, cuanto más pronto vayamos, menos gente habrá, y por tanto menos posibilidades de que nos pillen".

Así que se escabullen bajo la capa: como siempre, ésta puede taparles sin problemas, pero coordinar los pasos de los cuatro chicos suele ser una tarea mucho más complicada. Al final, logran llegar hasta el pasadizo del tercer piso, y se adentran en el hueco tras la estatua como ya han hecho decenas de veces antes de aquella. Una vez en el oscuro sótano, sopesan sus opciones.

— Bueno, vale, y ahora qué hacemos… — susurra Peter.

— A ver... — James hace un gesto con la mano, indicando a sus amigos que se tranquilicen — Ahora… Ahora subimos las escaleras, ¿no?

— James Potter, el rey de la planificación.

— Cállate, Sirius. ¿Tienes tú una idea mejor?

— Un chimpancé tendría una idea mejor que la tuya.

— Eh — interrumpe Remus — Vale ya, los dos. Y si… ¿Y si volvemos?

— Ni hablar — contestan ambos al unísono.

— Yo creo que Remus tenía razón y a esta hora no habrá nadie en la tienda, así que podríamos simplemente entrar… — musita Peter — Comprobar si hay gente e… Intentar salir rápido de allí.

Aquella, por tanto, parece ser la única forma posible de proceder. Nerviosos y en parte atemorizados se deciden a subir las escaleras despacio, sin hacer ruido. James, que va delante, posa los dedos sobre el pomo de la puerta de madera con suavidad, y después lo gira velozmente. Se abre con un "clic", y las bisagras chirrían levemente.

No necesita observar la habitación que se abre ante ellos: es capaz de recordar perfectamente cada milímetro de lo que vio la primera vez. Remus, el último, no puede evocarlo con tanta exactitud, pero el nudo que atenaza el fondo de su estómago hace que considere explorar de nuevo aquel lugar como la menor de sus prioridades. Sirius y Peter, sin embargo, se muestran excitados ante la visión de todos aquellos llamativos dulces de colores y delicioso aspecto.

— Joder — murmura Sirius — James, tío, ¿¡por qué demonios nunca se nos ocurrió subir aquí antes?! ¿¡Has visto esto?!

— Sí — suspira él — Y cállate. Nos van a ver.

— ¿Quién?

En realidad, y tal como esperaban, es tan temprano que no hay nadie allí. Un gran montón de cajas y más cajas de cartón brillante de diversos contenidos reposan sobre el mostrador, esperando a ser colocadas en su sitio. Una a una, levitan un palmo por encima de las demás y flotan hasta su correspondiente estante, superponiéndose unas encima de otras y formando larguísimas filas que se extienden hasta el techo. Pero aquel es el único movimiento que son capaces de percibir allí; en la lejanía, a través de otra puerta cerrada de una especie de trastienda, se puede escuchar canturrear a lo que parece ser un hombre de mediana edad y voz grave.

— ¿No trabaja nadie aquí, o qué? ¿Y quién narices está cantando? Que deje de hacerlo, por favor, me irrita. – inquiere Sirius.

— Merlín, Sirius, tranquilízate… — Remus coloca una mano en su hombro. Él hace ademán de retirarla, pero finalmente la deja estar.

— ¿El dependiente? Estará buscando más cajas… — puntualiza James.

— Igual aún no han abierto — señala Peter — ¿Qué hacemos si no han abierto, James?

— Sí que han abierto. Estoy seguro.

— ¿Cómo puedes estar seguro? ¿Y si no…?

— Estoy seguro de que han abierto porque si no hubiesen abierto, el señor cantarín no podría estar dentro de la tienda. ¿No?

— ¿Y si ha abierto la puerta, ha entrado y después la ha cerrado, lumbreras?

— Cállate, Sirius — gruñe James, y trata de propinarle un codazo, olvidando que Peter se interpone entre ellos dos y terminando por golpear inintencionadamente a este último, que gime de dolor — ¡Au! Perdona, Peter… A ver… Voy a contar hasta tres. Después vamos a ir hasta la puerta lo más sigilosamente posible, la abrimos rápido y salimos corriendo. Nada puede salir mal.

— Nada puede salir mal — repite Sirius, en tono burlón.

Cuenta en voz baja y después hace un gesto con la mano. Durante unos quince segundos que parecen eones los cuatro caminan por el suelo de madera de Honeydukes, con el corazón en un puño, aguantando la respiración y con una coordinación extraordinaria comparada con los habituales tropezones y traspiés que sufren bajo la capa. Después, logran alcanzar la entrada y accionar la manivela del pórtico con dedos temblorosos, y cuando por fin se encuentran al aire libre y pueden sentir el frío invernal de la mañana, los cuatro emiten un largo suspiro simultáneo que, de haber habido alguien alrededor suyo, sin duda les hubiese delatado.

— Bueno — James da media vuelta y dirige una amplia sonrisa a sus tres amigos, que no hubiesen necesitado siquiera ver su cara para adivinar cuán satisfecho se siente — Creo que lo hemos logrado, ¿eh?

Es una mañana apacible y cálida a pesar de la estación del año en la que se encuentran; el sol resplandece, brillante, sobre los pequeños jirones de nieve que se mantienen en el suelo, aún sin derretir. El antiguo pueblo de Hogsmeade irradia magia en cada esquina y el aire húmedo y fresco llena los pulmones de Sirius, James, Peter y Remus y sabe a aventuras y a travesuras aún no realizadas. Incluso este último olvida sus preocupaciones durante unos instantes para dejarse encantar por aquel lugar que se alza ante ellos por primera vez. Y mientras tratan de observar y memorizar cada pequeño detalle que logra atisbar bajo la tela de la capa invisible, Remus no puede evitar preguntarse por qué cualquier problema, incluso su propia licantropía, el más grande de todos ellos, parece mucho más leve y llevadero a su lado.

En aquel momento empiezan a sentirse incómodos y atrapados bajo la capa: hay demasiados lugares por explorar y demasiado poco tiempo, y las dificultades de movimiento bajo ésta no colaboran a su propósito. Permanecen unos instantes quietos, sin terminar de decidir hacia dónde dirigirse en primer lugar: un delicioso olor emana de la puerta entreabierta del local de enfrente, que parece grande y bullicioso aún a pesar de ser tan temprano, y cuyo letrero reza "las Tres Escobas" en caligrafía de color dorado. A su izquierda, la calle se extiende hasta donde alcanza la vista. No es un pueblo muy grande, pero los coloridos y variados escaparates hacen cada rincón especialmente atractivo. Y finalmente, James, que por encontrarse delante posee mejor visión de lo que se encuentra a su alrededor que los demás, selecciona el siguiente destino sin esperar siquiera a una respuesta afirmativa de sus tres compañeros.

— Ahí. — señala, con enorme entusiasmo — ¡Quiero ir ahí!

Zonko. La tienda de artículos de broma por excelencia. Aquella de la que todos los alumnos de Hogwarts han oído hablar, y que los más traviesos sueñan con visitar durante sus primeros años de escuela. Una reserva inagotable de bombas fétidas, polvos pica-pica, varitas de pega que salen volando cuando alguien las agita y golpean al dueño en la frente, tazas de té que muerden la nariz, bengalas del Dr. Filibuster y todo lo que la pequeña mente inquieta de los magos bromistas puedan imaginar. Y está a solo unos pasos de ellos. James, Sirius y Peter devoran el escaparate con la mirada y se disponen a entrar; Remus, que aguarda un paso atrás, les mira reticente y con los brazos cruzados sobre el pecho.

— No vais a entrar ahí, chicos.

— ¡¿Por qué no?! — braman Sirius y James al mismo tiempo, mucho más alto de lo que deberían.

— Porque somos cuatro, y la tienda es más pequeña que Honeydukes. ¡Van a pillarnos! Además, no lleváis dinero…

— ¿Quién quiere dinero si eres invisible? — murmura Peter.

— ¡No! Ya hemos robado bastantes dulces, no vais a hacerlo con esto. Me niego.

— Pero Remus…

— Y qué vas a hacer, ¿eh, rubiales? ¿Cómo nos lo vas a impedir?

— Me quedaré aquí. Si vais los tres, me tendréis que quitar la capa, y por tanto me pillarán. Os delataré.

— ¿Nos delatarías, Remus? — pregunta James, visiblemente decepcionado.

— N-no… Lo cierto es que…

— Bueno, pues ya está, tío. Vamos dentro.

— ¡No! Yo… Yo me quedaré aquí. Es demasiado temprano… Ni siquiera hay aquí alumnos mayores. Me pillarán y me castigarán. ¿Eso es lo que queréis?

— Pero Remus… ¿No sería más fácil que vinieses con nosotros? Solo un ratito… — dice Peter.

— No debemos… Está mal…

— Está bien — gruñe Sirius — Remus, eres…

— Un… — continúa James.

— ¡Aguafiestas! — completan ambos, al unísono. Después dejan escapar una carcajada ahogada y chocan las manos, satisfechos de haber logrado comunicarse sin palabras.

— Podríamos ir a algún sitio a quitarnos la capa. Donde no nos vean… Al menos hasta que decidamos donde ir… Estaría bien, ¿no? — sugiere Peter.

No tienen un plan mejor, así que se desplazan hacia el oeste, más cerca del Lago Negro y la estación de Hogsmeade, donde el Expreso de Hogwarts da por finalizado su recorrido a principio de cada curso escolar y las vacaciones. Toman un camino poco transitado y caminan despacio, dejándose atrapar poco a poco por la maleza y el sonido de sus pisadas sobre el suelo helado y la escarcha. Tras unos minutos, y sólo cuando consideran que es seguro dejar de esconderse, dejan caer la capa con suavidad.

Frente a ellos se alza la Casa de los Gritos.

Ninguno de los cuatro será capaz de olvidar aquel momento hasta dentro de mucho, muchísimo tiempo. Sin buscarlo, sin apenas recordarlo el fin último de aquella excursión se encuentra allí, aún a una distancia considerable pero a pesar de todo cerca, tangible. La casa de los gritos y las leyendas, los fantasmas y las noches sin dormir, sobre la cual tantas veces han hablado y especulado; aquellos muros de piedra destartalados a pesar de haber sido construidos recientemente despiertan una sensación de victoria en el estómago de James, Sirius y Peter, que observan atentamente, fascinados y excitados a partes iguales, deseosos de recorrer lo antes posible los metros que les separan de aquel lugar y desentrañar todos sus misterios. Y para Remus, es distinto.

Para Remus es frío y oscuridad y la sensación en el estómago es como un puñetazo muy fuerte que hace que se maree y sienta que va a caer al suelo de un momento a otro. Se nota palidecer de forma instantánea y enfermiza y cuando sus amigos le instan "eh, Remus, venga, vamos" no está demasiado seguro de recordar cómo se camina. Ha visto muchas veces la Casa de los Gritos por dentro pero nunca así, desde lejos, y cuando intenta mirarla el horizonte se curva y gira a su alrededor y Merlín, voy a desmayarme porque todo se mueve, de repente, y como en un terremoto nota como el suelo le tiembla bajo los pies, pero cuando baja la mirada hacia éstos está todo quieto, de nuevo, y siente que no puede respirar correctamente como si estuviese en una de esas montañas rusas muggles, justo un segundo antes de que ésta se ponga en marcha. A Remus nunca le gustaron pero montó una vez en una y juró un millón de veces que jamás habría una segunda, ni tenía ninguna intención de volver a experimentar nada parecido, porque el vértigo infernal que sufre hizo que casi le estallase el corazón dentro del pecho. Y sin embargo en ese momento se siente cayendo a cien metros de altura.

— Remus, ¿estás bien? — pregunta Sirius, de forma casi casual. Remus sabe que ignora cómo se está sintiendo en ese momento y se alegra y lo siente al mismo tiempo — Estás pálido.

— S-sí — acierta a decir — Solo tengo frío. Deberíamos ponernos la capa otra vez.

Sirius murmura algo así como que "ni en broma vuelvo a pasar más rato pegado al culo de Peter a no ser que sea estrictamente necesario" con voz seca pero pasa un brazo por los hombros de Remus como pocas veces hace y la diferencia entre la temperatura corporal de ambos hace que el contacto casi queme. Se siente más pesado a cada paso, más cansado, más culpable.

Juraría que no pasa el tiempo pero sí que lo hace, maldita sea, porque en un santiamén se encuentran más cerca de la tenebrosa casa de lo que cualquier alumno de Hogwarts hubiese osado a aproximarse. Pero Sirius Black y James Potter son dos cretinos demasiado curiosos y llevan el león de Gryffindor grabado a fuego en cada centímetro de la piel, caminando impasibles con la convicción infantil de que si no son ellos los primeros en hacer aquello, nadie lo hará jamás.

Y la Casa de los Gritos da miedo desde fuera.

Da miedo porque está construida a base de ladrillos destartalados y casi mal colocados que parecen ir a derrumbarse en cualquier momento con un estruendo. El tejado es demasiado empinado para que la nieve se estacione en él así que ésta se derrite y el agua resbala y se congela en estacas transparentes y afiladas bajo el alero. Tiene las ventabas tapiadas con cemento y madera y huele a polvo y a cerrado incluso desde la distancia. Remus está seguro de que Dumbledore la construyó así, como si fuese antigua e improvisada, para alentar los rumores que él mismo alentó de que esconde monstruos y criaturas terroríficas jamás imaginadas. Lo que él espera que jamás nadie sepa es que esas leyendas son en parte ciertas, y la casa encierra entre sus muros secretos y fantasmas que le resultan más terroríficos que los que habitan las historias de miedo: los suyos propios.

Inmerso en sus propios pensamientos casi no se percata de que Sirius y James, envalentonados, han comenzado a rodear los muros en busca de una entrada. Peter permanece a su lado, asustado pero intentando disimularlo y aparentando estar pasando tanto frío como él mismo. Después de unos segundos los dos chicos desisten y regresan, cada uno por un lado y suspiran, notablemente decepcionados.

— Es imposible — concluye Sirius — Todas las ventanas están tapiadas menos alguna de las del piso de arriba, pero igualmente están cerradas y las paredes están demasiado resbaladizas por el hielo para trepar. Y lo mismo con la puerta…

— ¿Habéis probado con Alohomora? — sugiere Peter, y Remus no sabe por qué pero en aquel momento, le hubiese dado un puñetazo. Tan solo un segundo después se siente culpable por su pensamiento.

— Claro que lo hemos probado, idiota — contesta James, y se agacha, cogiendo una piedra de tamaño considerable que reposaba en el suelo.

— ¿Qué vas a hacer, tío?

No es necesaria una respuesta porque James, sin pensárselo dos veces, lanza la piedra hacia el tejado de la maltrecha construcción con todas sus fuerzas. La roca rebota y cae de nuevo al suelo con un golpe seco y se hace entonces un silencio extraño, expectante. Pero no sucede nada.

— Eh, eh, tíos — dice James — ¿Lo habéis oído?

— ¿El qué?

— El ruido. ¡He oído un ruido!

Y nadie quiere decirle que es bien sabido que es un poco hipocondríaco y un tanto exagerado. Nadie se lo dice porque están cansados y congelados y han caminado mucho y se han despertado demasiado temprano, y la inocencia y la ilusión de James es lo más cálido que hay en muchos metros a la redonda. Así que Sirius y Peter asienten y él sonríe y razona "no, jo, pero es que es de día. Todo el mundo sabe que no hay monstruos de día" y Sirius sentencia que tendrán que volver de nuevo otra vez e intenta quitarle importancia mientras se da la vuelta y comienzan a caminar de vuelta al pueblo. A mitad del trayecto recuerda el sonido de los gritos y aullidos que provenían de aquel lugar y se le eriza el pelo de la nuca, pero por una vez vence la batalla a la curiosidad y acelera el paso. James camina charlando animadamente con Peter; Remus y Sirius avanzan unos metros por detrás, silenciosos como la mismísima muerte. En algún momento éste repite el gesto que ya ha efectuado unos minutos antes y rodea a su amigo con un brazo: casual, descuidado, fraternal y cariñoso a partes iguales, aunque nunca jamás nadie podría lograr que lo reconociese en voz alta. Y bajo ese abrazo Remus recupera el calor corporal y la conciencia, poco a poco, y emite un suspiro de alivio. Y sin decir una sola palabra da las gracias, una y un millón de veces, a Sirius y a sí mismo, por haber logrado tranquilizarse y recuperar el control sobre sí mismo. Da las gracias porque por un momento, una sola milésima de segundo, la idea de desvelar a sus tres amigos su más profundo secreto le ha parecido aceptable, incluso razonable.

Sacude la cabeza, dejando el cabello claro caer sobre la frente y las mejillas, y sigue caminando sobre la nieve, que cruje bajo el peso de las cuatro pisadas unísonas.