With a Little Help from my Friends

Y después volvieron a Hogwarts.

Y no hubo mucho más que contar.

Consiguieron llegar al pasadizo a duras penas; habían pasado ya unas horas desde su llegada y Honeydukes se encontraba abarrotada y llena de alumnos de cursos superiores que toquiteaban golosinas y probaban todos los sabores de helado disponibles en el mostrador. Tuvieron que dividirse y utilizar la capa por turnos, de dos en dos: primero James transportó a Peter hasta el sótano y dejó a Remus y Sirius solos durante un momento, ocultos en un pequeño callejón. Sirius se sentó en el suelo mojado, pálido y cansado, y Remus no pudo evitar preocuparse por la mirada perdida y las gigantescas ojeras del joven Black. Cuando preguntó, él le quitó importancia al tema diciendo "bah, no he dormido mucho. James no deja de dar vueltas en la cama y de roncar. Si no fuese tan ruidoso…" y en ese momento el susodicho volvió a aparecer y decidió que Remus sería el siguiente en volver al castillo. Cuando éste protestó "no, en serio, no me importa estar aquí, ve con Sirius", ambos, Sirius y James protestaron, porque "tío, si te dejamos aquí un segundo más con este frío vas a pillar una gripe que te va a durar hasta el día de mi boda con Lily" y al final deciden tratar, con cuidado, de abrirse paso los tres. Recorrieron el largo pasadizo arrastrando los pies y bosteando, somnolientos, y cuando llegaron a la habitación las camas de James y Sirius estaban demasiado deshechas como para poder dormir en ellas, así que unieron las de Remus y Peter, formando un gigantesco colchón, y los cuatro se dejaron caer sobre él como si acabasen de volver de un viaje muy largo. Charlaron en voz baja y poco a poco el sueño se fue apoderando de ellos, y durmieron juntos hasta casi la hora de cenar. Cuando despertaron, la Casa de los Gritos y todo lo sucedido aquella mañana parecía distante y fantasioso, como si formase parte de un cuento o de un sueño difuso.

Y después de eso los días pasaron rápidos.

Aquel misterio siguió allí, omnipresente, como algo compartido entre los cuatro que, como un buen secreto entre amigos, no necesita ser nombrado para mantenerse vivo en la memoria. Sin duda todos pensaron en ello, pero decidieron no nombrarlo: quizás porque Sirius, James y Peter no eran capaces de descubrir qué había tras esos gritos que escucharon un día de noche y les congelaron el corazón, y porque Remus no tenía el valor suficiente para darles la respuesta que llevaba ya casi dos años ocultando porque eso significaba correr el riesgo de perder lo único valioso que había tenido en mucho, muchísimo tiempo.

Sirius y James trabajaron duro en los entrenamientos de quidditch; Peter y Remus pasaban algunas tardes en la habitación, aguardando a que regresaran para pasar las últimas horas del día bromeando, planeando la próxima travesura o cantando al son de los vinilos que se reproducían sin descanso en el gramófono mágico de Remus. Cuando Peter no estaba, el joven licántropo pasaba las tardes con Lily, primero en la biblioteca y más tarde y cuando la confianza comenzó a aflorar entre ambos, en las mejores butacas de la Sala Común, frente a la chimenea. Hablaron de sus libros favoritos y sobre películas y obras de teatro muggles y sobre los chicos y chicas de su curso y sobre los Beatles, y conforme su aprecio por la chica pelirroja comenzaba a ser menos platónico y más real, tuvo que aceptar que por una vez, James no podía haber elegido mejor: cualquiera querría estar enamorado de Lily Evans.

Mientras el calendario dejaba atrás el mes de Enero y los días pasaban a velocidad alarmante, Remus se sintió culpable: se sintió culpable por tener que ocultar a sus mejores amigos su licantropía, se sintió culpable por no poder confiar en ellos completamente, se sintió culpable por que, si un día lo descubrían por sí mismos y comenzaban a odiarle sería su culpa; se sintió culpable por mentirles, por pasar tiempo con la chica de la que James llevaba declarando estar enamorado desde que podía hacer memoria. Pero cuando llegaba a la habitación, al final del día, y encontraba a Sirius tumbado en la cama, los zapatos sucios de barro encima de las sábanas y jugueteando con la varita entre los dedos, y a James colgando boca abajo del colchón, con las gafas en peligroso equilibrio sobre la nariz, balanceándose con las piernas y recitando de memoria cientos de nombres y términos de jugadas y tácticas de quidditch que acababa de aprender, la culpabilidad se evaporaba rápido y se convertía en calidez, en sensación de hogar. Un jueves después de comer ambos se pelearon con dos chicos Ravenclaw de tercero porque se habían reído de Peter cuando, distraído, había tropezado y caído en un tramo de escaleras del tercer piso. Uno de ellos, rubio y alto, propinó un codazo a James en las costillas que hizo que cayese al suelo, de rodillas, y Remus, que no quiso inmiscuirse en un principio, murmuró un hechizo aturdidor que hizo que cayese al suelo con un estruendoso golpe. El conjuro les costó una semana de castigo a los cuatro ordenando los libros de la biblioteca después de cenar que aceptaron de buen grado y un par de moratones al joven Ravenclaw. Peter se deshizo en halagos hacia Remus y Sirius no dejó de repetir que "así me gusta, tío" y "joder, ya era hora, empezaba a pensar que eras un empollón sin más y no eras digno de ser mi amigo". James, por su parte, insistió en que aquella detención no era justa porque "Remus se pasa el día en la biblioteca de todos modos. La próxima vez, Lupin, consigue que nos castiguen con algo más gordo".

Rieron y merodearon bajo la capa y Peter encontró una vieja radio muggle que Sirius había comprado en Londres y escondido bajo la cama y cuya existencia ya apenas recordaba y se decidió a arreglarla sin usar la magia, o usándola lo menos posible. Mientras él jugueteaba con botones, tornillos y palancas y James fantaseaba con poder escuchar a los Rolling Stones sonando en las emisoras cada mañana, Remus pensó en aquel vinilo de los Beatles que no era suyo y que llevaba reposando en el fondo de su extremadamente ordenado baúl desde Noviembre. Apartó filas y filas de libros, jerséis y bufandas y pergamino y finalmente logró alcanzarlo. El Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band reposaba en el interior de su caja de cartón, que a pesar de estar extraordinariamente bien cuidada tenía las esquinas desgastadas por el uso, y cuando se lo mostró a sus amigos los tres exclamaron "¿¡tenías un vinilo de los Beatles que no hemos escuchado y no nos lo habías dicho?!" y cuando Remus explicó que Lily se lo había prestado y después de que James murmurase "le gustan los Beatles. Es perfecta y creo que voy a desmayarme. Soy el mejor eligiendo chicas", lo dejaron girar bajo la aguja, empapándose de acordes y melodías entre el pop de los 60 y la psicodelia, desde With a Little Help From My Friends hasta When I'm Sixty Four cantando y saltando sobre las camas, y pasando por Lucy In The Sky With Diamonds que repitieron varias veces, con los ojos cerrados y su mente vagando por parajes fantásticos con cielos del color de la mermelada, flores que crecen hasta el infinito y caleidoscopios. Siguiendo el ritmo de Getting Better, rápido y vibrante, dándoles ganas de bailar, y sintiendo escalofríos con She's Leaving Home, pero por distintos motivos. Remus se enamoró de Being for the Benefit of Mr. Kite! y les explicó a sus amigos cómo le recordaba a los circos muggles ("cercos", según James), con payasos, magos, trapecistas y domadores de leones y elefantes. Despidieron los últimos versos de A Day In The Life sonriendo y dispuestos a volver a escuchar aquel álbum, en repetición y hasta el infinito. Más tarde y de entre todos los trabajos de los cuatro de Liverpool, Remus elegirá aquel como su favorito: no solo por Lily y la noche de Halloween de 1972 sino porque puso banda sonora a aquel gélido mes de Febrero que no hacía más que empezar entre dudas y miedos e inseguridad, y llenaba la habitación de vida y calor. Para él siempre sabrá a chocolate caliente preparado por los elfos de las cocinas y escondido bajo las mantas, y recordará a James tumbado en el suelo, cantando entusiasmado I'm fixing a hole where the rain gets in and stops my mind from wandering simulando que uno de los peines de Sirius es un micrófono, y al propio Sirius tocando la batería en el aire y sin baquetas y con los ojos cerrados. Los demás, los que les conozcan a los cuatro, siempre recordarán sus grandes hazañas, sus notas sobresalientes en el colegio. Remus, sin embargo, atesorará para siempre aquellos pequeños momentos: las travesuras, las escapadas nocturnas, las noches sin dormir. Aquellas pequeñas cosas que son suyas y solo suyas, de los cuatro y de nadie más, y hacen que el pequeño hombre lobo se sienta feliz, querido y mucho menos roto y herido: por primera vez tiene un hogar, y en aquellos momentos siente que nada podrá arrebatárselo.

Como si se tratase de un suspiro, Febrero llegó en un abrir y cerrar de ojos; el San Valentín de 1972 sería difícil de superar, nadie olvidaría jamás el famoso poema escrito en caligrafía ofensiva en las paredes del castillo, dedicado a Lily Evans. Pero tiempo después Remus probablemente elegiría el del año 1973 como lo que sería el principio de una larga lista de problemas, de trapicheos y lo que marcaría los pasos de su estancia en el colegio de Hogwarts. En realidad no ocurrió nada digno de destacar; Sirius se levantó por la mañana con pocas ganas de repetir su hazaña del año anterior, así que durante el desayuno y la comida se limitó a aceptar cuatro cartas de varias niñas de primero y otra de su mismo curso que parecía un poco más segura de sí misma que las demás. El chico de pelo largo las dejó sobre la mesa y fue el propio Remus el que las recogió después para subirlas al dormitorio, donde se perdieron irremediablemente entre la ropa de James y las sábanas de los cuatro. A media tarde los cuatro amigos charlan animadamente en la entrada del Gran Comedor; "es San Valentín, me tenéis que regalar comida, así que será mejor que os deis prisa y la robéis" exige Sirius airado, Remus niega con la cabeza cansado y sujeta el brazo de James por décima vez en los últimos minutos: el chico insiste en dar golpecitos a una armadura que a juicio de Peter "tiene que tener más años que el profesor Dumbledore, incluso". Es en ese momento que Noah Collins dobla la esquina y se acerca a ellos con la sombra de duda en sus ojos verdes.

- Ho… Hola. – Parece que tartamudea al principio, pero al instante recupera su habitual pose rígida; los brazos en las caderas y la boca siempre torcida hacia la izquierda.

- ¡Ey! - James aparta de un manotazo el brazo de Remus y levanta la cabeza en forma de saludo - ¿Qué pasa?

- ¡Venía a advertiros que no tenéis que perder la concentración para el partido que se avecina! - Noah mira a Sirius, después a Remus e incluso se detiene un segundo en Peter; mete las manos en los bolsillos de la túnica con nerviosismo y se muerde el labio – No quiero que perdamos y que Jack nos eche la bronca otra vez...

- ¡No te preocupes por eso! - James sonríe ampliamente – Tengo un as en la manga y ganaremos sin ningún problema.

Remus se fija en la chica; el pelo claro, incluso más que el suyo y con un brillo que él nunca conseguirá, recogido en una larga trenza a su espalda. Su rostro es bonito, de proporciones casi perfectas y de una simetría asombrosa; un pequeño lunar adorna su mejilla derecha que al mismo tiempo le otorga un aspecto sofisticado. Remus no puede evitar acordarse Marilyn Monroe y por unos momentos se pierde en esas curvas que bien podrían ser arte, y en esos labios carnosos que si supiese dibujar habría plasmado sobre cientos y cientos de papeles. Pero Noah no es Marilyn, en realidad no es el tipo de persona que llama la atención hasta que te fijas en ella, o al menos no llama la atención para alguien como Remus, pero Sirius, en ese instante coloca los brazos detrás de la cabeza y chasquea la lengua traspasándola con la mirada. Eres idiota, Sirius Black.

- ¿Y tú qué tal vas? - Está diciendo en ese momento James, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor – En la última práctica hasta un mono sin brazos lo habría hecho mejor que tú - Remus le observa con cara de "excelente, James, tú sí que sabes cómo hablar con las chicas", que es básicamente fruncir el ceño y soplar de forma que el flequillo se le levanta un poco hacia arriba.

- ¡No es cierto! Yo... ¡Para ti! - Noah evita el contacto visual y saca los brazos de la capa; entre sus manos descansa un paquete de color rojo que golpea contra el pecho de James. Después echa a correr por el pasillo cabizbaja.

- ¿Qué diablos? - James juega con la bolsa entre los dedos y no aparta la vista del lugar en el que la joven cazadora ha desaparecido.

- ¡Ábrelo, ábrelo! - Peter aplaude en el aire con los ojos brillantes de emoción.

- Ni de coña. No soy Sirius. Es para mí y me lo quedo yo.

- Seguro que se ha equivocado y me lo quería dar a mí – Sirius frunce el ceño ante la derrota y se mete las manos en los bolsillos -. En fin, supongo que hay gente ciega.

- O gente con gusto.

- ¡Bésame Jimmy! - Sirius le pasa el brazo por los hombros y apoya la barbilla en el pelo desordenado de su mejor amigo – Acaríciame como acaricias a la snitch.

Remus no puede evitar reírse; empiezan a caminar sin rumbo alguno, con James y Sirius delante, golpeándose el uno al otro, haciendo bromas, siendo ellos mismos. Lily Evans dirá muchas veces que Remus es demasiado observador para su propia salud mental, y para la de la propia chica, quien tiempo después tuvo que escuchar todos y cada uno de los pensamientos de su amigo; y tal vez es por eso, por esa capacidad casi única de fijarse en los pequeños detalles, que su cabeza un día de San Valentín de 1973 no parece decidirse entre qué fijarse o qué, por le contrario, obviar. Así que decide concentrarse en sus tres amigos, relajarse un poco y como habitualmente seguirles la corriente.

Es Sirius el que se detiene delante de una puerta entreabierta en un corredor del segundo piso, es James el que entra primero y da vueltas sobre sí mismo al tiempo que su cerebro empieza a maquinar cosas que nadie jamás podría imaginar; es Remus el que protesta, una, dos, tres veces, casi hasta una cuarta y es Peter el que se olvida de cerrar el portón de madera a sus espaldas.

No será hasta años después, cuando Lily Evans se atreva a contarle a Remus primero y a James después lo que vio aquel San Valentín del año 1973. Ese día, niebla, demasiado frío para salir al exterior y el latido de los corazones de cientos de personas buscando el amor verdadero tenía la atmósfera perfecta para las amigas Lily; chicos, cartas declarando sentimientos, galletas y chocolate en forma de corazones mejor o peor hechos. Para Lily no es más que otra ocasión para sentirse avergonzada de tener que aguantar a Sabine gritando a los cuatro vientos la forma correcta de besar a un chico o cómo su madre le enseñó a maquillarse el verano anterior. Es Sophie la que cansada de estar sentada en el Gran Comedor sugiere subir a los dormitorios; pero todas las miradas se centran en Sabine, porque es ella la que siempre toma las decisiones. Y ellas acatan sin rechistar.

La morena asiente y con lentitud abandonan la mesa en la que un par de chicos todavía la miran con lo que a Lily le parecen las expresiones más parecidas a un cavernícola que ha visto en su vida. Lily nunca recordará por qué decidieron cruzar el corredor del segundo piso; tampoco será muy consciente de por qué fue ella la que se paró en mitad del pasillo y sintió la curiosidad de asomarse a una puerta a medio abrir. En realidad todo de lo que podrá acordarse será difícil expresarlo con palabras.

Una a una las cuatro chicas se asoman, Lily con un poco de reparo, hasta que escucha la voz de Remus decir "en serio, Sirius que no quiero" y no le queda más remedio que hacerse un hueco y abrir los ojos para no perderse ningún detalle.

Lo primero que se le pasa por la cabeza es que James Potter canta condenadamente mal; y sin embargo, a pesar de su tono irritante, es capaz de adivinar la canción que está entonando en ese momento e involuntariamente, como un bebé que levanta su pequeña manita hacia la de su madre, Lily mueve los labios a la vez que el chico de pelo revuelto y a pesar de que la voz femenina no se oye, todos los presentes escuchan do you need anybody? I need somebody to love. Could it be anybody? I want somebody to love. Would you believe in a love at first sight? Yes, I'm certain that it happens all the time.

Peter, sentado sobre una mesa le hace los coros, que sorprendentemente suenan bastante bien; y los ojos verdes de la chica acaban por detenerse en un avergonzado Remus que por su expresión no sabe dónde esconderse. Sirius le ha cogido de las manos, como si bailase como una chica y le hace moverse adecuándose a sus pasos, lo que para el torpe Remus supone una auténtica tortura. Con la voz del chico de gafas actuando de gramófono, Sirius hace girar a su amigo sobre sí mismo y luego le empuja suavemente hacia James, que sin dejar de cantar le atrapa por la cintura y la distancia que Lily considera inapropiada se supera con creces.

Ahora es Sirius el que sigue con la cantinela, que tampoco parece ser de mejor calidad; pero Lily se ríe, por lo bajo, tan silenciosamente que nadie puede escucharla, porque en ese momento, James coloca su frente sobre la de Remus y el pecho de la pelirroja se agita, y reflejo de ello es la propia Sabine que murmura algo como "Dios mío"; porque de repente la escena se vuelve íntima; tanto que Lily cree que está interrumpiendo algo, algo que solamente les pertenece a ellos cuatro.

Y a nadie más.

Oh, I get by with a little help from my friends, mmm, gonna try with a little help from my friends.

Y es que es entonces, justo en ese segundo, en el que James le susurra algo a Remus al oído, que ellas son incapaces de escuchar, y este le empuja casi sin fuerzas para caer sobre los brazos de Sirius, que vuelve a obligarle a bailar al ritmo de Los Beatles, que Lily Evans se da cuenta de que incluso más allá del poco aprecio que les tiene, tal vez, en un resquicio de su mente, ese sitio en el que guarda con llave muchas cosas que nunca jamás admitirá, que si tuviera que definir la palabra "amistad" con una imagen sin duda alguna tendría la obligación moral de escoger esa. Y es que se graba a fuego en su iris verde la forma en la que Sirius pellizca la mejilla de Remus con un cuidado que le recuerda al de ella misma cogiendo la vajilla de la boda de sus padres; queda plasmado en su retina el momento en el que James, cansado se deja caer sobre una mesa, con las piernas abiertas, la camisa medio desabrochada. Se quita las gafas y se aparta el pelo de la frente. Después sonríe y alza los brazos en el aire con un "yujú" que seguro que el profesor Dumbledore ha escuchado en su despacho.

Lily se da la vuelta y pega la espalda a la puerta; cierra los ojos y escucha la conversación de los chicos. Primero Remus "sois idiotas, sois extremadamente idiotas" y después Sirius "creo que te has equivocado, rubito; somos extraordinariamente magníficos" y al momento James "¿qué te ha dado ahora con llamar a Remus por el color de su pelo?" y Peter "yo también soy rubio...".

Después entran en una discusión que acaba por zanjarse cuando James determina que no pueden llamar rubio a Peter existiendo Remus, del mismo modo que Sirius no puede ser moreno porque él tiene el pelo más oscuro.

- ¿Y entonces que vas a hacer con el paquete, Jimmy?

- En primer lugar esconderlo para que tú no lo encuentres y en segundo lugar comerme lo que haya dentro.

- Ojala sea una poción crecepelo y no puedas salir del dormitorio en meses.

- Seguiría siendo más guapo que tú, Sirius.

- Yo también quiero que una chica me regale algo... - Murmura Peter atándose el zapato – Creo que igual le digo algo a Emma.

- ¿Emma? - Pregunta James distraído - ¿Quién es Emma?

- Emma Miracle, de Hufflepuff – explica Remus -, la chica de la biblioteca.

- ¡AH! - James mira a Peter con cierta compasión en los ojos oscuros – Creo que no deberías hacerlo, tío...

- ¿Por qué? Tú dijiste que igual le gustaba.

- ¿Yo dije eso? Bueno pues... ¡Claro que le puedes gustar! Pero son las chicas las que tienen que declararse. Te dan las cartas y los bombones y todas esas chorradas que les gustan.

- Exacto, Pettigrew – Sirius se cruza de brazos -. Las chicas acuden a ti, no tú a ellas, que no se te olvide. Es la regla número uno y la que este imbécil se salta cada vez que babea por Lily Evans.

Lily frunce el ceño desde su posición y Sabine la fulmina con la mirada antes de apartarse de la puerta y dar un par de zancadas que son seguidas por las de Sophie y Lucy. Lily se apresura a ponerse a su altura.

- A veces me gustaría ser Remus Lupin – murmura Sophie en voz baja, casi temiendo que Sabine salte sobre ella -; tiene tanta suerte...

- ¿Estás tonta? - Sabine se aparta el pelo de la cara con gesto violento – Lupin no es nadie comparado con lo que puedo llegar a ser yo. ¿De verdad te crees que si Potter o Black tuviera a una chica como yo delante elegirían a ese andrajoso?

- Yo creo que sí, y además, Remus no es un andrajoso. - Lily es incapaz de contenerse.

- Oh, es cierto. Los dos perdéis el tiempo en la Biblioteca... Ay Lily, te falta tanto por aprender...

- Pero ella le gusta a Potter – sonríe Lucy -, ¿no es genial, Lily?

- Yo... - Lily se muerde el labio – No me interesan los chicos, y menos Jam... Potter. Es un engreído y no sabe cantar.

- ¿Estaba cantando algo en concreto? - Pregunta Sabine – No veía más allá de su camisa desabrochada.

- ¡Eran Los Beatles! - Exclama Lily indignada – Estaba cantando With a Little Help from my Friends; ¿no sabéis lo que es?

- ¿Quiénes? - Sophie esboza una mueca que se parece a la de los dos gorilas del Gran Comedor – Tendrías que dejar de ser tan rara, Lily.

- ¡Está bien! - La Gryffindor se encoge de hombros y se detiene – Id al dormitorio, ya subiré yo más tarde.

- Como quieras. - Las tres le dan la espalda y siguen parloteando mientras se alejan.

Lily se queda inmóvil, intenta controlarse, no salir corriendo y gritar y golpear cosas porque yo no soy el problema porque no merecen que pierda los nervios por ellas, así que saca un coletero de uno de los bolsillos más pequeños de su cartera de cuero y con poco cuidado se peina con una coleta alta que deja ver su nuca. A pesar de que todavía hace frío siente que su cuerpo ha comenzado a arder y que en cualquier momento explotará en llamas. Apoya la mejilla en el cristal de uno de los ventanales más cercanos, colocando la palma de la mano en la superficie empañada por la diferencia de temperatura y observa el exterior. Se fija en el bonito sauce que parece moverse con rabia a veces, allí, a lo lejos y simplemente pierde la atención cuando las voces de los cuatro chicos vuelven a sorprenderla.

- En serio, Remus, como vuelvas a decirme que tengo que acabar los deberes de Transformaciones igual apareces colgado de la Torre de Astronomía – gruñe Sirius -, jamás había conocido a alguien tan pesado.

- Luego no te dejaré copiar mi trabajo, que lo sepas.

- Al final se lo dejarás copiar, siempre lo haces – interrumpe James con su tono de voz alto -; y como a mí me quieres mucho me lo dejarás también.

- Esta vez no – mientras Remus habla sus ojos se encuentran con los de Lily; y en un mudo saludo se dicen "hola, ¿qué tal?" e incluso "Remus, vas a dejarles que se lo copien igualmente"que es respondido con "lo sé, pero quiero que entren en pánico un rato"-, y no hay más que hablar.

Cuando el contacto visual entre Remus y Lily se rompe, la chica se encuentra con la mirada grisácea de Sirius Black, y por primera vez se da cuenta de que le chico es alto, no tan alto como Remus pero sí más... Más grande. Se siente un poco intimidada, como un pequeño insecto al lado de un gigantesco pie humano.

- Evans. - Es un saludo; el primero de muchos. Y se refiere a ella como "Evans", como siempre hará a pesar de las protestas de James y la insistencia de Remus. Incluso años después, una Navidad fría en una habitación; marcos de fotos con bonitos y frescos recuerdos, mantel de cuadros, promesas de una noche de alta velocidad y una muchacha pelirroja de pie, apoyada en la pared con expresión de preocupación, incluso esa noche en la que el invierno no volvería a ser verano, Sirius Black dijo "hasta luego, Evans, te lo devolveré de una pieza" y ella contestó lo mismo de siempre.

- Black.

Hay tensión en el ambiente, ambos saben que no hay forma de que se lleven bien, incluso que se aguanten y a pesar de todo existe ese acuerdo común a respetar la presencia del otro. Solamente cuando James empuja a su amigo y la mira, con las gafas en el puente de la nariz salpicada de suaves pecas, Lily es capaz de relajarse.

- ¡Hola, Lily! - El chico se detiene un momento, la mira, como quien observa en un escaparate el vestido más precioso que jamás se haya diseñado - ¿C... Cómo estás?

- Bien, gracias. - Contesta secamente.

James asiente con la cabeza, y sonríe, sonríe tan ampliamente que Lily se encuentra a sí misma preguntándose el por qué, la razón que tiene el universo para hacer de James Potter aparentemente la persona más feliz del planeta. El chico levanta la mano como despedida y le pasa el brazo a Remus por los hombros con un poco de dificultad para continuar el camino que llevan sus amigos.

Lily se lleva un dedo a la boca y piensa, siempre piensa; es incapaz de olvidar, justo en ese instante el momento cumbre del año pasado en San Valentín. Podría escribir en una hoja todas y cada una de las palabras que James inventó para ella doce meses atrás y volvería a enfuercerse tanto o incluso más.

Pero en ese momento, siendo consciente de que todas los muros de Hogwarts están limpios de poesía infantil y que lo único que ha hecho James ha sido saludarla, ella tambíen sonríe. En realidad de repente la idea de haber entrado en la habitación donde los cuatro chicos bailaban no le parece tan descabellada. Se imagina a sí misma bailando con Remus, como lo hizo meses atrás, mientras James berrea ooh, I get high with a little help from my friends. Yes, I get by with a little help from my friends, with a little help from my friend.

Sacude la cabeza, recuerda que tiene que acabar su trabajo para Transformaciones si no quiere que la profesora McGonagall se enfade y corre hacia la Sala Común de Gryffindor, donde probablemente Sabine, Sophie y Lucy sigan hablando de chicos, sigan sin saber quiénes son los cuatro de Liverpool y sigan pensando en ella como un monstruo que habita entre las hojas de los libros de hechizos; pero mientras la chica sube las escaleras y evita pensar en todo eso lo único que se repite en su cerebro es la letra de su canción favorita del vinilo que le dejó a Remus Lupin meses atrás.