¡A por la victoria!
— ¿Una amiga? Quieres decir… ¿Una chica? ¿En serio?
James arrastra los pies escaleras abajo, en dirección al vestíbulo. Son las cinco de la tarde. A su lado, Sirius Black habla demasiado y está enfadado y a él no suele importarle cuando lo hace, pero en aquel momento hubiese pagado porque su amigo fuese un poco menos temperamental y tuviese un tono de voz más bajo.
Ha sucedido todo tan rápido que apenas ha tenido tiempo de asimilarlo, pero la situación se resume en que James, escoba en mano, se disponía a salir de la Torre de Gryffindor cuando Sirius, ya molesto por su ausencia el día anterior, le ha interceptado en uno de los pasillos y ha insistido decenas de veces en saber "por qué te vas de la habitación a estas horas" "qué demonios vas a hacer con tu escoba" y, la más importante: "por qué demonios no me lo has contado, gafotas."
Llegados a ese punto, James sabe que no hay solución. Sirius es extraordinariamente posesivo, condenadamente testarudo y mucho más inteligente de lo que a él le gustaría en algunas ocasiones. No tiene más remedio que contarle la verdad.
— Sí, Sirius, una amiga.
— ¿Quién? ¿Qué amiga?
— Eh… Mary.
— ¿Mary? ¿Mary MacDonald?
— S-si…
— ¿Mary "la loca" MacDonald? ¿Mary, según tus propias palabras, "una chica rara que habla siempre demasiado alto, dios mío, qué pesada es" — Sirius trata de imitar su voz con un tono agudo — MacDonald?
— Sí, Sirius. Esa.
— Me estás diciendo — carraspea — Me estás diciendo que me abandonaste durante toda una tarde para ir a entrenar quidditch con… Una… ¿¡CHICA!?
— No te abandoné, venga. Solo me… Ausenté.
— Las chicas no saben de quidditch — gruñe.
— Ella sí. En serio. Me prometió… Me prometió convertirme en un gran jugador, y yo… Es por el bien del equipo, Sirius.
— ¿El bien del equipo? ¡¿Y qué demonios hay del bien de la amistad con tu mejor amigo?!
— Solo dices eso porque lo más parecido que tienes a una amiga es Remus y a él no le gusta el quidditch. Prueba con la chica de Hufflepuff de la nariz de cerdito. Tiene pinta de ser fan de los Estallidos de Banchory.
— James Potter… Juro que un día de estos voy a matarte.
— Sí, sí, vale, Sirius. Ahora… ¿Me dejas ir a entrenar?
— Claro. Voy contigo.
— ¿¡Qué!? ¡No!
— Es por el bien del equipo — repite, en tono burlón.
Así que aquella tarde, James no se dirige solo al entrenamiento. Sirius le sigue, sonriendo victorioso pero aún un tanto enfadado y reticente. Una chica. No puede saber más de quidditch que yo, es una chica, es imposible…
Ambos conocen el sitio porque lo utilizaron aquella vez, hace meses, en la que intentaron sin éxito enseñar a Remus a volar en escoba. Es un pequeño claro que se encuentra escondido bordeando el Bosque Prohibido y el lago y donde se pueden volar tan alto como quieran, puesto que los altos y frondosos árboles hacen su presencia imperceptible. Cuando llegan Mary ya está allí y mientras se acercan, James no puede ocultar enormemente nervioso. Si se enfada porque he traído a Sirius voy a matarle porque, Merlín, la necesito, no puedo perder el siguiente partido. Saluda a la chica con la mano y Sirius, por su parte, le dedica una sonrisa y una mirada de esas que gritan a los cuatro vientos "me llamo Sirius Black y soy fantástico y lo sé, por favor, ponte en cola para que te firme un autógrafo" y después examina a Mary de arriba abajo.
Es bajita: muy, muy bajita. Más bien podría decirse que es pequeña, en concepto: tiene las piernas delgadas y las manos pequeñas, ocultas bajo las mangas de una sudadera que debe ser de la talla de Sirius, más o menos, pero que en ella parece ridículamente grande y desproporcionada, como si se hubiese vestido con la ropa de un semigigante. A diferencia de la mayoría de niñas de su curso tiene el pelo corto y negro y los ojos marrones y brillantes, casi del mismo color que James: en realidad nunca se había parado a pensarlo, pero Mary parece algo así como una versión femenina de su mejor amigo y tiene algo en el fondo de la mirada, como energía desmedida o fuegos artificiales, que le despierta curiosidad y casi le hace prescindir del detalle de que es del sexo opuesto. Pero no del todo.
— Eh, tú — le llama James, y le propina un fuerte codazo. De pronto, se da cuenta de que lleva divagando un buen rato — Ya que te has empeñado en venir, al menos muévete, ¿no?
— Sí, sí, ya voy, Merlín, cállate.
— Aunque no sé cómo demonios vamos a hacerlo si solo tenemos una escoba…
— No — interrumpe Mary. Es la primera vez que pronuncia palabra desde que han llegado y Sirius nota que rehúye el contacto visual, tanto con James como con él mismo; juguetea con los cordones de la gigantesca sudadera y mira al suelo. — He traído otra.
— ¿Qué? — pregunta James.
— En principio era para mí, pero no importa — añade, y sonríe — a él le hará más falta.
Se agacha y toma una vieja Barredora del suelo y la lanza en dirección a Sirius, que la atrapa al vuelo. James no se da por satisfecho.
— No. En serio. ¿Cómo has conseguido esa escoba?
— Ser la comentarista de los partidos de quidditch tiene ventajas, Potter.
— ¿Qué ventajas?
— La llave del armario de las escobas, por ejemplo.
— ¿¡Tienes la llave del armario de las escobas!? — exclama Sirius, sorprendido.
— S-sí. McGonagall me la prestó un día, y… Bueno, no me acordé de devolvérsela, pero tampoco ha vuelto a pedírmela…
— Maldita sea, James. Puestos a entrenar con una chica, al menos has elegido una chica lista.
— ¡Pero es que no es justo! ¿Por qué tú tienes llaves del armario de las escobas y nosotros no, MacDonald? ¡Somos del equipo!
— Porque…
— Porque todo el mundo en este castillo sabe que si tuviésemos esa llave, tío, robaríamos todas las escobas y las usaríamos para desplazarnos entre clases.
— Sí, sí, tienes razón… Y bueno, la quaffle, para jugar en el dormitorio. Y hm, no me disgustaría poder ir por ahí con una snitch en el bolsillo…
— Y las bludgers, para lanzarlas a la Sala Común de Slytherin — apunta Sirius.
— Seguramente nos llevaríamos todas y terminaríamos perdiéndolas, o Peter se sentaría encima o Remus se tropezaría con ellas y se romperían y tendríamos que jugar los partidos con esas pelotas blancas y negras de fu…fu…
— "Fúnbol". Creo que se llama así. La cosa esa de los muggles, tío.
— ¿Fúnbol?
Mary no puede resistirse y estalla en carcajadas. Sirius piensa que tiene una risa extraña, mucho más armónica y melodiosa que su tono de voz habitual, y sin darse cuenta él también se está riendo sin saber por qué, y contagia a James su propia risa, y permanecen ahí, los tres, en ese orden: Mary, Sirius y James, desternillándose sin ningún motivo en particular. Cuando terminan, descubren sin darse cuenta de que la situación ya no es incómoda, y se disponen a comenzar el entrenamiento. La chica de pelo negro se remanga la sudadera y se remueve el pelo, con un gesto extrañamente familiar, y pronto se convierte en un pequeño punto borroso en el suelo cuando Sirius y James agarran sus escobas, fuerte, y despegan a la vez como han hecho tantas otra veces, con una compenetración envidiable y casi inhumana como solo ellos dos podrían conseguir.
— Vale, vale — chilla Mary, desde abajo — ahora bajad aquí. Tengo cosas que deciros.
De mala gana, ambos descienden al mismo tiempo hasta el suelo. No obstante, ninguno baja de la escoba, expectantes por volver a alzar el vuelo pero al mismo tiempo intrigados sobre lo que la chica quiere decirles.
— Bueno — se aclara la garganta — Veréis, chicos. Tenemos que revisar vuestra estrategia.
— ¿Revisar nuestra qué? ¿Perdón? — le espeta Sirius.
— Cállate, Sirius. Vale, Mary. ¿Qué le pasa a nuestra estrategia?
— Que no tenéis ninguna — apunta ella.
— ¿Y qué sugieres, colega?
— Lo que sugiero, colega — Mary fulmina a Sirius con la mirada — Es que deberíais empezar a mirar más allá de vuestras propias narices. Al equipo contrario, básicamente.
— Oye… Que nosotros sí que nos fijamos en…
— Vale, James, ¿cuál es el principal defecto de los dos golpeadores del equipo de Hufflepuff contra el que, por cierto, tenéis un partido la semana que viene?
— Que… ¿Qué tienen la nariz muy grande?
— ¡James!
— ¡No! ¡No! ¡Lo tengo! La respuesta es "que no son tan buenos como los de nuestro equipo", ¿verdad? — le da un suave codazo a la chica de pelo negro, que gruñe — Era una pregunta trampa, eh, pillina…
— De hecho, James, y por su cara — murmura Sirius. No sabía que las chicas podían arquear tanto las cejas — creo que no lo era, y también creo que vas a morir en menos de cinco segundos.
— ¡James Potter! Eres más tonto que un pie.
— ¿Más tonto que un pie? ¿No se te ocurría nada mejor?
— A lo mejor se me ocurre encantar tu escoba en medio del partido para que te caigas y golpees esa enorme cabezota tuya contra el suelo. Con suerte te ponen una nueva y dejas de ser tan cretino.
— Woah. Eso ha dolido, desde luego. Punto para MacDonald.
— Me llaman cretino tan a menudo que — James simula un bostezo — creo que ya no me impresiona. Lo siento, Mary. No ha sido un mal intento para una principiante.
— Tienes suerte de que me importe tanto que mi equipo gane la copa de quidditch de una vez, Potter. — dice ella, y suspira — En fin. El problema con los golpeadores de Hufflepuff, panda de idiotas, es que son nuevos.
— ¡Eh! ¿Y qué pasa con los golpeadores que son nuevos? ¿Cuál es el problema?
— No. No es eso, Sirius. Verás… Ellos dos. Paul y Steve, se llaman. No se conocían antes de entrar en el equipo, así que no están compenetrados y son un poco torpes. Tú y Gideon… Funcionáis mucho mejor, digamos.
— ¡Chúpate esa, James!
— Bueno. Paul es pequeñito, es rápido, pero no tiene mucha fuerza. Steve es más fuerte porque es más alto, pero tiene menos puntería que James cuando no lleva las gafas puestas. Si simplemente lanzas la bludger lejos de ellos, es prácticamente imposible que la intercepten, Sirius.
— Entendido. Entonces solo tengo que liarme a mamporros con las bludgers donde los dos patanes no puedan pillarlas.
— No. ¡No! Es mejor si esperas un poco. Tú también eres nuevo. Supongo que el resto del equipo sabe que sus golpeadores son un poco novatos. Si creen que tú tienes el mismo defecto que ellos, se confiarán, y entonces…
— ¡Entonces les machaco!
— Sí, vale. Algo así, supongo…
Durante aquella tarde, Mary les explicará decenas de cosas de las que ni James ni Sirius hubieran sido capaces de percatarse por sí mismos. Relata como el capitán de Hufflepuff, Liam, está en séptimo curso y es alto y musculoso, por lo que es muy difícil de marcar, pero eso también hace que sus reflejos sean menores: la forma perfecta de superarle, por tanto, son pases cortos y veloces. Los cazadores del equipo oponente, por otro lado, dos chicos y una chica: Bobby, Eric y Rose. Rose, les cuenta, es "endemoniadamente rápida. Merlín, chicos, en serio, es muy rápida". La táctica del equipo contrario, por tanto, se basa en dejar que ella recupere la quaffle del equipo contrario.
— Y después, la pasa a los dos chicos, y ellos recorren el campo lo más velozmente que pueden para marcar lo antes posible — habla muy rápido, nerviosa, y gesticula con las manos, tratando de simular los movimientos de los jugadores en el aire — Entonces, Sirius, en cuanto Gryffindor pierda la quaffle, Gideon y tú tenéis que…
— Que atizarles como si no hubiese mañana — completa él.
— Exacto. — sonríe — No… No les hagas daño. Solo… Bueno, ya sabes. Despístalos. Haz que pierdan el equilibro. Los golpeadores no podrán detener las bludgers, así que…
— James, tío. Esta chica es fantástica. En serio. Fantástica. No sé cómo sabe todo esto, pero es genial. Vamos a arrasar, Merlín.
— Bah. — gruñe James, y cruza los brazos sobre el pecho mientras frunce el ceño.
— ¿Qué te ha picado a ti ahora, gafotas?
— ¡Que ella se ofreció a entrenarme a mí! ¿Por qué solo hablamos de Sirius?
— Así que estás celoso, eh…
— No creas que me he olvidado de ti, Potter — sonríe Mary — El problema es que a ti no tengo mucho que decirte. Solo… Lo de siempre.
— Que no me distraiga. — dice él, con tono burlón, repitiendo una frase que ha escuchado cientos y cientos de veces.
— Que no te distraigas.
— ¡Pero si yo no me distraigo nunca!
— Tú te distraes siempre… La buscadora de Hufflepuff es muy buena y conoce la snitch más que tú, James. Tienes que concentrarte o seguro que ella la verá antes.
— Bah.
— En fin… — suspira Mary, y vuelve a sonreir — Ahora tenéis que entrenar.
Han pasado tanto tiempo hablando sobre tácticas y sobre las debilidades del equipo contrario que Sirius y James prácticamente habían olvidado del propósito de aquel encuentro en primer lugar, aunque aún siguen allí de pie al lado de sus escobas. Mary alcanza una mochila negra de piel de dragón que había reposado abandonada en el suelo durante toda la tarde y comienza a rebuscar en ella. Primero saca un guante de color negro de uno de los bolsillos más pequeños y lo sostiene con la boca mientras sigue removiendo los objetos en el interior hasta encontrar una bolsa de tela fuertemente cerrada con un cordel amarillo. Satisfecha por haber conseguido llegar hasta ella entre el desorden de sus pertenencias, la lanza hacia James y después se coloca el guante en la mano derecha con un movimiento rápido. James observa el objeto desconocido entre las manos con curiosidad y se dispone a abrirla. Mary se la arrebata rápidamente, alarmada.
— ¡No la abras! — le ordena.
— ¿Qué es? Se mueve, Mary. Si es lo que creo que es te juro que eres mi chica no chica favorita en el mundo.
— ¿Chica no chica? — ríe Sirius.
— Sí, James. Tal y como piensas… Es una snitch. El buscador de Slytherin es un bruto y le aplastó un ala en el último partido. Así que no volará muy lejos. Últimamente no hacéis más que romper snitch… Al final vamos a tener que jugar sin ellas, ya veréis… — Sirius y James miran a Mary desconcertados y ella se da cuenta, repentinamente, de que ha comenzado a divagar. Es algo que le pasa habitualmente, y aunque ella está verdaderamente acostumbrada a ello, suele desconcertar un tanto a la gente a su alrededor. Se aclara la garganta — Bueno. Vamos a usarla. Para ti, Sirius, tengo unas cuantas pelotas que he encantado… Creo… Espero que lo haya hecho bien. Se supone que si ha funcionado, son igual de pesadas que las bludgers…
— ¡Perfecto! — James intenta, de nuevo, desatar el nudo de la diminuta bolsita que contiene la pelota dorada, pero Mary le detiene de nuevo.
— ¡NO LA TOQUES! ¡Ponte los guantes! Si la tocas con las manos desnudas, se acordará de ti. Tienen memoria táctil, nunca olvidan al primero que las sostiene, ¿tengo que recordártelo?
— Q-qué… — James mira a Sirius, desconcertado y preocupado a partes iguales — S-sí, claro que no se me había olvidado…
— No. James, por favor, dime que no…
— ¡No! ¡Claro que no! — interviene Sirius — No sé que insinúas, Mary, nosotros nunca hemos robado ninguna snitch de ningún armario de ningunas escobas.
— ¡Eso! — le respalda el chico de gafas — Nunca, nunca.
— Merlín, James…
— ¡Pero que no, MacDonald! — Sirius golpea a James en un hombro y sonríe todo lo ampliamente que puede — ¡No seríamos tan patanes!
— ¡Además, era solo una snitch vieja!
— ¿¡ME ESTÁS DICIENDO QUE ES VERDAD, JAMES POTTER?!
— Muy bien, tío. En serio. Dime quién te enseñó a disimular peor que un mono con malaria porque te juro que me encantaría darle una patada en la cara.
— Pero… Pero… No puede ser, en serio, esto está muy mal…
— Jo, Mary — gime James, en voz baja, titubeando y tratando de mostrarse visiblemente arrepentido. — Yo… Necesitabamos entrenar para las pruebas. Si no, nunca nos hubiesen cogido… Yo… No quería…
— Eso no funcionará conmigo, Potter… En fin. Ya no hay remedio, supongo. Por tu bien, ponte los guantes y no toques esta. ¡Vamos allá!
Ya se ha hecho tarde y no tienen tiempo para volar demasiado. Pero aun así, James y Sirius despegan con ansias y dispuestos a dar lo mejor de sí en aquel entrenamiento. La idea de Mary es sencilla pero extraordinaria e inesperadamente efectiva: mientras James trata de encontrar la snitch, Sirius tendrá que intentar acertarle a su amigo bateando las pelotas encantadas que Mary le lanzará desde abajo. James, por tanto, no tendrá más remedio que concentrarse completamente en su tarea si quiere alcanzar su objetivo sin ser derribado, al mismo tiempo que Sirius mejora su puntería. A los dos chicos les parece una increíblemente buena forma de practicar sus principales debilidades; Mary no está tan segura de que vaya a funcionar a la primera. Los cinco minutos iniciales transcurren sin ningún percance: el golpeador redirige los lanzamientos de Mary casi sin inmutarse, de forma certera, y James los esquiva de forma grácil. Transcurrido un rato, éste atrapa al vuelo una de las esferas blancas que Sirius ha lanzado en dirección hacia él y comienza a juguetear con ella entre los dedos, tirándola hacia arriba y atrapándola la mayor cantidad de veces posible sin que se resbale. Unos minutos después, su nueva distracción consiste en girar sobre sí mismo durante el vuelo a la mayor velocidad que su escoba puede alcanzar, cerrando los ojos para aumentar la sensación de mareo. Y tras cientos de "concéntrate, Potter, maldita sea, ¡concéntrate!", James consigue rozar, primero, y aprisionar dentro de su propio puño, después, a la diminuta e inquieta pelotita dorada cuando el sol está comenzando a caer y la luz anaranjada les arropa en un abrazo tibio que les indica que deberían irse pronto. Sirius y James aterrizan y Mary comienza a recoger sus cosas; durante toda la tarde se ha llegado a sentir frustrada y desesperada por la poca predisposición de los dos jóvenes a recibir y obedecer órdenes, pero lo cierto es que en aquel momento, se siente satisfecha. Casi puede ya saborear la victoria de su equipo en el próximo partido, y en el fondo sabe con certeza que los dos chicos que se encuentran a su lado en ese momento se convertirán algún día en grandes jugadores de quidditch. No sabe por qué, pero está segura de ello, del mismo modo en el que está segura de que les ayudará a lograrlo con todo lo que esté en su mano.
— Bueno — concluye ella — Será mejor que no tardemos mucho en irnos… Podemos entrenar otro día si hace falta.
— ¡Sí! — exclama Sirius — Si seguimos así, seguro que ganamos.
— Bueno, Sirius, lo cierto es que… — murmura Mary — Se lo estaba diciendo solo a James. Perdona, pero…
— Ah.
Sirius gruñe. Gruñe tan alto que puede oírse perfectamente como el sonido emerge del fondo de la garganta y suena como un motor de coche muy antiguo que acaba de encenderse de nuevo tras muchísimo tiempo. Y después y sin decir nada comienza a caminar, alejándose de Mary y James, en silencio y con los puños apretados, hasta que los dos, que no saben a ciencia cierta si deberían dejarle estar o ir tras él, casi le pierden de vista en la distancia.
— ¿¡Por qué has hecho eso?! — grita finalmente James, al tiempo que le propina un puñetazo a Mary en un hombro no muy fuerte, no sé si una chica puede romperse si haces eso — ¡Ahora va a estar queriendo estrangularme mientras duermo durante meses!
— ¡Pero si solo le estaba tomando el pelo! — mira al infinito, buscando la pequeña manchita en el horizonte que es el en ese momento enfadado Sirius — No pensaba que fuese a reaccionar así.
— Es Sirius. Siempre reacciona así. Creo que, de hecho, siempre está cabreado, así que…
— Bueno… Dile que era broma cuando le veas. Que quiero que venga de nuevo.
— ¿Quieres que venga de nuevo?
— ¿Qué? No sirve de nada si eres el único buen jugador del equipo, James.
— Bueno… Bueno.
Y finalmente echan a andar hacia la Sala Común. Pasan prácticamente todo el camino en silencio, como si se sintiesen culpables por haber enfadado a Sirius. Pero caminar en silencio no es, desde luego, nada habitual en ninguno de los dos, y la tarea se les antoja demasiado extraña como para permanecer serios durante todo el trayecto. Justo antes de llegar a la entrada del castillo, Mary no es capaz de soportarlo ni un minuto más y estalla en carcajadas sin ningún motivo aparente.
— De qué te ríes. Por qué te ríes. No te rías, eres tonta. Deja de reírte — le ordena James, con tono muy serio al tiempo que le propina un leve codazo en las costillas, pero tampoco puede controlarse y se echa a reír él también.
— De qué te ríes. Por qué te ríes. No te rías, eres tonto. Deja de reírte — repite Mary en tono burlón, y con ello tan solo consigue que la situación se convierta en mucho más cómica para ambos.
Continúan andando por la escalinata, emitiendo risas ahogadas de vez en cuando, bromeando sobre todo y nada en particular. Cuando casi han llegado a la torre de Gryffindor escuchan pasos ajenos doblar la esquina del séptimo piso. James endereza la espalda y abre mucho los ojos, como activado por un resorte, ante la visión de Lily Evans, que se dispone a bajar a cenar, acompañada de sus amigas.
— ¡Hola, Lily! — saluda Mary, alegremente.
— Hola, Mary. ¿No bajáis a cenar?
— Sí, ahora ir…
— ¡HOLA, LILY! — exclama James, con mucho más entusiasmo que su amiga.
Lily se sobresalta y no contesta, pero esboza una sonrisa tímida y después ella y las otras chicas siguen caminando en dirección al Gran Comedor. James agarra a Mary del brazo, obligándola a detenerse, y la zarandea agresivamente.
— ¡¿La has visto?! ¡Me ha sonreído!
— Sí, bueno, es muy amable, suele sonreír a la gente, creo…
— Dioses, Merlín, llevaba el pelo recogido…
— Sí. A lo mejor no le ha dado tiempo a lavárselo y lo lleva sucio…
— Y la blusa. ¡La blusa que llevaba! ¿La has visto? Qué blusa, madre mía…
— Oye, oye, James, para el carro. ¿Tanto te gusta Lily? Apuesto a que si ahora mismo te vendase los ojos no sabrías decir qué ropa llevo puesta y has estado conmigo toda la tarde. ¿La blusa? ¿En serio?
— Yo… Jo. Déjame. No. No lo entiendes, Mary. Da igual.
Llegan al retrato de la Señora Gorda y se dan cuenta de que ninguno de los dos sabe la contraseña de aquella semana, pero por suerte justo en ese momento otros dos alumnos salen por él, también en busca de la cena, y consiguen escurrirse por el hueco antes de que se cierre. Se despiden hasta el día siguiente y James sube las escaleras hasta el dormitorio aún embelesado, alimentándose del vago recuerdo del perfume que Lily emanaba hacía tan solo unos segundos. Justo antes de abrir la puerta puede escuchar la grave voz de su mejor amigo hablando mucho más alto de lo que debería.
— ¿CÓMO SE HA ATREVIDO A DECIRME QUE NO QUERÍA QUE VOLVIESE? ¡YO! ¡SIRIUS BLACK! ¡SI DEBERÍA AGRADECERME QUE LE HAYA HONRADO CON SU PRESENCIA!
— Eh, Sirius Black — consigue pronunciar James entre carcajadas — Mary estaba bromeando. Realmente puedes volver cuando quieras, pero eh, ha sido genial el numerito de enfadarte e irte. Me ha encantado, tío. Repítelo.
Se hace el silencio. Sirius mira a James, un tanto confuso, como si no asimilase lo que acaba de decir, y James da un paso atrás cautelosamente, temiendo recibir un puñetazo o un chillido demasiado alto como para que mis delicados tímpanos puedan soportarlo sin explotar. Dioses, Merlín, la he hecho buena… Todo por culpa de Mary, maldita sea.
Es Peter, que se encuentra sentado sobre su cama, el que habla primero.
— Te ha… ¿Te ha engañado una chica, Sirius?
Ni siquiera Remus puede evitar reírse porque sí, es cierto: Sirius Black, o "el gran Sirius Black", como le gusta llamarse a sí mismo, acaba de tomar un poco de su propia medicina y ha sido fruto de una jugarreta y un buen golpe a su extraordinariamente inmenso ego.
— Me ha engañado una chica — repite él, como si estuviese en trance.
— No pasa nada, Sirius — le consuela Remus — sé que te resultará sorprendente, pero las chicas no son animales y también son seres humanos. No pasa nada porque te hayas dejado engañar por una.
— Vamos a cenar antes de que te dejes engañar por la rata de Peter, tío.
— No. — contesta Sirius, fríamente, y se tira sobre la cama boca abajo — Id vosotros, estoy cansado.
Evidentemente ninguno de los tres quiere dejarse convencer fácilmente, pero después de la insistencia continua de Sirius de que tan solo quiere quedarse solo y dormir, acceden y se encaminan hacia el Gran Comedor sin él. Cuando cierran la puerta tras ellos, Sirius hunde la cabeza en la almohada, exhausto. Ha sido un día largo, al fin y al cabo, y el cansancio no era solo un pretexto para que sus amigos le permitiesen estar solo durante unos minutos: está verderamente agotado. Durante unos segundos, en el limbo entre la consciencia y el sueño, piensa.
Mary MacDonald es una chica muy rara.
