Los elfos domésticos son unas criaturas mágicas que desde que todo el mundo recuerda han sido explotados por parte de alguna de las familias más adineradas del mundo mágico. Criaturas de poco menos de un metro, uno podría decir que todos son iguales pero al mismo tiempo completamente diferentes. Los elfos están obligados a servir a sus amos incluso en contra de su propia voluntad, y la prueba física de ello son los trapos con los que suelen ir vestidos. Sin embargo, los elfos domésticos que trabajan en las cocinas del colegio Hogwarts de Magia son un poco diferentes y Peter, Remus, James y Sirius empezaron a comprenderlo cuando descubrieron el pasadizo hacia la habitación donde todos los manjares de la escuela son preparados en 1972, y acabaron por entenderlo a la perfección durante los años siguientes.
Algunos de ellos son de piel grisácea, otros más pálidos e incluso hay alguno que clarea hacia un tono aceitunado. Los machos son barbilampiños, pero tienen largos pelos en el pecho que algunos de ellos dejan al descubierto. Las hembras por el contrario cuentan con unos cuantos mechones tras las orejas acabadas en punta. Lo que más llama la atención de Remus y de los demás son esos ojos saltones parecidos a pelotas de tenis y de infinitos colores: verde como la hierba, azul como el mar o marrón como la madera recién cortada. Los cuatro chicos se consideran afortunados; probablemente nadie más aparte de ellos haya podido disfrutar de la compañía de los trabajadores seres desde hace mucho tiempo. En realidad la mayor parte de las veces que deciden escabullirse por el cuadro de la pera hacia las cocinas no es para otra cosa que atacar las sobras de la cena o suplicar un poco para que les preparen una deliciosa tarta de manzana. Pero hay otras veces que simplemente se aburren, que la Sala Común se les queda pequeña y la opción de pasar el rato con los elfos se presenta de lo más llamativa.
Ese día son las seis de la tarde cuando uno a uno, saltan por el hueco y el olor a empanada les sube por la nariz. Sirius no espera un segundo y se acerca a los hornos donde un par de elfinas se le cuelgan de las rodillas con entusiasmo. Peter no tarda en seguirle con un poco más de duda y Remus y James no se mueven de dónde están, disfrutando, una vez más del espectáculo.
Decenas de elfos corretean de un lado a otro con las manos llenas de lechugas, tomates, conejos y pollos recién desplumados; vestidos con delantales tamaño niño y hasta con algún que otro gorro de color blanco alto digno de un verdadero chef. Dos de ellos abandonan su tarea y se les acercan.
- ¡Qué alegría, amos! – Exclama uno con voz aguda y nariz puntiaguda.
- ¡Ey! – James le da una palmadita en la espalda y sonríe - ¿Andáis muy liados?
- Preparando la cena, señor – informa el otro elfo -. Pero no es problema siempre tenemos comida para ustedes, lista para servir y llevar.
- Hoy no venimos a por comida exactamente… - James se vuelve hacia Remus, que más pálido que habitualmente niega con la cabeza en desacuerdo.
- James… Esto no va a salir bien…
- ¿Quieres apoyarte en mí? – Pregunta preocupado – Tienes una cara horrible, tío.
- No… Estoy bien.
- ¿Quiere zumo, amo Remus? – Pregunta el elfo más cercano – Tenemos de muchos sabores.
- No, de verdad que no…
- ¿PERO VENIS YA O QUÉ? – Sirius berrea desde el otro lado de la habitación con un muslo de pollo en la mano – Me van a salir canas.
- ¡Que no grites! – James coge de la capa a Remus y los dos se acercan al lugar en el que Sirius y Peter observan cuatro mesas con cara de concentración.
- Los elfos colocan los platos una vez terminada la comida sobre estas mesas – explica Peter -, cada una de ellas corresponde a una de las del Gran Comedor, son réplicas exactas, así que lo único que tenemos que hacer es…
- ¡Poner en marcha el plan! – Completa Sirius sacando una botella del bolsillo del pantalón del uniforme con sonrisa maligna.
El plan ha surgido como no podía ser de otra forma de la retorcida mente de James y Sirius funcionando al mismo tiempo. En realidad Remus no puede evitar sentirse también un poco culpable. Sirius se aburría, James sugirió envenenar la comida de los Slytherin y Remus ironizó sobre echar poción crecepelo en su cena.
Así que ahí están, en las cocinas, los cuatro en fila, con una botella de poción recién preparada cortesía del armario de Slughorn y la habilidad de James para moverse debajo de su capa y un montón de comida lista para hechizar. Así que cada vez que Remus ve la botella brillar entre los dedos de Sirius siente como su estómago se revuelve, y no sabe si es fruto del remordimiento o de que su amiga la luna estará llena esa noche. Debería ir a al enfermería, debería haber puesto una buena excusa, pero las prisas, el plan y la insistencia de sus amigos han hecho que sea más de media tarde y siga allí. Seguro que la enfermera Pomfrey se enfada.
- Eh, Kirpk, ¿esta es la mesa de los Slytherin? – Sirius coge del pescuezo a un elfo de piel pálida y ojos anaranjados medio desenfocados.
- Sí, señor, la mesa de los señores Slytherin.
- ¡Perfecto! – El chico destapa la botella y vierte una gota sobre uno de los platos llenos de patatas cocidas - ¿Así, Remus?
- Si no quieres matarles sí… - Contesta con desgana – En serio, nos van a pillar. Otra vez.
- Siempre dices lo mismo – James ayuda a Sirius acercándole otro plato -, es imposible que sepan que hemos sido nosotros y los elfos no van a cantar.
- No puedo esperar a ver a los Slytherin con pelo en la lengua – ríe Peter.
- Seguro que cuando la boca de Snape parezca el culo de un viejo Lily no se le acercará tanto… - James echa otra gota sobre un cuenco de manzanas – Ay, cómo me divierte todo esto.
- ¡James! – Protesta Remus – No deberías hablar así y – tose – y sois unos inmaduros y – tose de nuevo – creo que tendríamos que marcharnos porque – tose otra vez.
- En serio, Remus, si vas a morirte hazlo rápido pero deja de toser, por favor – bufa Sirius.
Remus ni se molesta en contestarle, simplemente se cruza de brazos y espera a que sus amigos acaben con la tarea, que a pesar de todo les lleva un buen rato, pues los elfos tienen que acabar de preparar todos los platos y colocarlos en su lugar, por lo que a las siete y media deciden que ya es suficiente y vuelven sobre sus pasos. Se aseguran de que no hay nadie cerca y saltan por el hueco del retrato.
- Os lo creáis o no voy a estar toda la cena pendiente de Dan Snape para disfrutar de la visión – dice Sirius llevándose la mano al estómago con gesto de hambre.
- Es Severus… - Remus no tiene ni ganas de discutir sobre el nombre de Snape; se apoya en la pared y siente cómo su cuerpo cada vez está más caliente – Creo que voy a ir a la enfermería, tengo fiebre.
- Está bien – James le pone la mano en el hombro -, pero asegúrate de estar esta noche de vuelta… Pídele a la enfermera un remedio mágico o algo así.
- Lo haré – murmura mientras les da la espalda y sigue un camino diferente.
Los otros tres se encaminan hacia el Gran Comedor; no hablan demasiado, tampoco hay nada que decir. En sus corazones vibra la emoción de una travesura bien realizada. Es posible que minutos después, eso que ellos consideran una pequeña "travesura" sin importancia sea recordado como una gran "gamberrada", pero en ese momento a ellos no se les puede pasar por la cabeza que vaya a haber alguien que se sienta ofendido.
James se queja de que no entiende cómo Sirius sigue teniendo hambre después de haberse zampado un montón de cosas en las cocinas y su mejor amigo le recuerda que no tiene que hacer el papel de Remus cuando el chico está ausente. Por el contrario, Peter parece animado, sonriente, y observa a cada Slytherin con el que se cruzan con cierta maldad.
En realidad el episodio de aquel 17 de febrero se sucedió con tanta rapidez que nadie llegó a entender qué había ocurrido realmente o quién había sido el causante. Cuando James Potter introdujo una aceituna en su boca con calma se escuchó el primer grito; cuando Sirius Black partió en dos un muslo de pavo se escuchó el segundo, y cuando los tres amigos se volvieron, toda la mesa de Slytherin era un revoltijo de personas chillando, levantándose y llevándose la mano a la boca.
Una chica de sexto, vestida con el jersey bordado en verde movía las manos en el aire con la lengua afuera, llena de pelos rojos, iguales a los de su cabeza.
James fue el primero en considerar que sería mejor marcharse antes de que alguien se diese cuenta de que su sorpresa no era ni tan evidente como la de los demás.
Sirius se levanta de la mesa, jugueteando con un par de bombones en la mano, Peter se desliza hacia la puerta. James mira la mesa de los profesores; Slughorn corre hacia sus alumnos y la profesora McGonagall habla gesticulando mucho con el director.
- Creo que tenemos que irnos, Jimmy – susurra Sirius en su oído, haciéndole saltar en el sitio y girando noventa grados automáticamente -, esto se va a poner peliagudo.
- ¿En serio? ¿Peliagudo? ¿Es todo lo que puedes decir? – Ríe el chico de gafas.
- Oh, vamos, te ha hecho gracia.
La verdad es que sí, que le ha hecho gracia y que sería incapaz de negarlo; por eso cuando doblan la esquina se ríe a carcajadas, como los otros dos, y esas tres sonrisas se quedan congeladas en los labios cuando una figura alta, delgada y vestida con una túnica rojo escarlata los observa con los brazos cruzados y ojos azules tras unas gafas de media luna.
- Buenas noches, alumnos.
- Ay mi madre – Sirius se queda quieto.
- No soy su madre, señor Black; supongo que eso es una suerte para los dos, ¿no cree?
Los tres chicos tragan saliva; se miran los unos a los otros y luego al director, que a pesar de que no sonríe, su expresión tampoco deja ver el enfado que esperan encontrar. Sin que Dumbledore diga nada, se da la vuelta y ellos le siguen, totalmente conscientes de cuál es su destino. Sirius coge a James de la capa y le obliga a mirarle "no tiene pruebas, Jimmy, así que mantén esa bocaza tuya cerrada, ¿me oyes?" dicen sus ojos.
A pesar de que hace muchos meses que siguieron ese camino, los recuerdos están tan vivos como el día anterior. El despacho del profesor Dumbledore no es frecuentado habitualmente por los alumnos; el director se mantiene distante y solamente está ahí cuando más lo necesitas o como en este caso cuando no tienes ningunas ganas de verle.
Como la última vez, se sienten extrañamente cohibidos por la enorme estatua que da la bienvenida a los visitantes antes de entrar en el despacho del profesor, sin embargo, de nuevo, la magia del lugar, tal vez la forma en la que el polvo se mueve en el aire, como cientos de granos surgidos de las alas de un hada, hace que la fascinación supere unos nervios que podrían provocar algún que otro infarto en sus jóvenes corazones. James se fija otra vez en las paredes, llenas de cuadros, insignias, diplomas, vitrinas llenas de libros, ventanas tapadas por cortinas de seda de color granate brillante y bordadas en oro y algún tapiz que probablemente tenga tantos años como el propio castillo, o incluso que el profesor Dumbledore. El chico no está demasiado seguro de cuál es más viejo de los dos.
Sirius y Peter se encaminan hacia tres sillas estratégicamente colocadas delante del escritorio de Dumbledore, pero James se detiene delante de un alto espejo, decorado con hierros negros con salpicaduras plateadas y una ancha pila de piedra repleta de agua cristalina. No sabe por qué lo hace, en realidad muchas veces no es capaz de explicar la razón de sus acciones, pero en esa ocasión hay algo más, unas voces susurrantes, como el silbido del viento en los oídos una tarde de ventisca, o los labios de una madre murmurando un buenas noches después de contar un cuento; el caso es que estira el brazo, con el deseo de alcanzar el agua, que a sus ojos ahora luce plateada y brillante, como si alguien hubiera vertido en ella una sustancia más sólida.
- Oh, no, no, no – la mano de Albus Dumbledore se posa sobre la suya -, creo que eso no es algo que deba tocar, señor Potter.
- ¿Qué es, profesor?
- Algunos lo llaman pensadero, otros como yo preferimos simplemente decir que es un baúl donde guardar nuestras ideas… A veces uno tiene demasiadas y no hay espacio aquí – se señala la cabeza – para almacenarlas. Pero supongo que tres mentes como las suyas no necesitan de esto.
- ¿Y cómo lo hace? – James observa de nuevo el agua maravillado – ¿Se quita los pensamientos como quien… - está a punto de decir "como quien se saca un moco" pero decide pensárselo dos veces – como quien se quita la ropa?
- ¿Le han dicho alguna vez que es usted demasiado curioso?
- Cientos de veces, señor.
El director ríe con voz ronca y le pone la mano en la espalda para darle a entender que no va a responder a su pregunta y que es mejor que tome asiento. James obedece y de repente recuerda por qué están ahí y todo su cuerpo recupera la tensión.
Dumbledore tarda un poco más en ocupar su silla, antes se acerca al fénix de plumas rojas que dormita en una jaula de color dorado y el cual los chicos jurarían que es más pequeño que la última vez que estuvieron allí y le acaricia la cabeza con cuidado.
- Bueno, cuéntenme, ¿qué ha pasado? – Suspira, se sienta y cruza las manos sobre el escritorio, lleno de cachivaches y objetos brillantes, que emiten pequeños sonidos cada cierto tiempo.
- ¿A qué se refiere, profesor? – Pregunta Sirius llevando a cabo el plan que ha ido desarrollando mientras subían las escaleras. "No decir nada que pueda inculparnos".
- Juraría que la señorita Livingston no tenía tantos pelos en la lengua la última vez que hablé con ella.
- Oiga – Sirius se aparta el pelo de la cara -, nosotros no tenemos nada que ver en esto, ¿vale? Fuimos a cenar como todos los demás y nos hizo gracia, como a todos los demás, pero no por eso va a ser nuestra culpa.
- Eso. – Susurra Peter.
- Disculpe, disculpe, señor Black… - Dumbledore le observa a través de las gafas, cuidando cada palabra y esperando la reacción a ellas – No me refería a que ustedes tuvieran algo que ver con el… Digamos "altercado" de hoy en el Gran Comedor. Quería que ustedes me confirmasen que el verdadero culpable de esto es el señor Lupin, como buenos amigos que son de él.
- ¿Remus? – James no controla el volumen de su voz – Pero, ¿Remus?
- Sí, señor Potter. Creo que todos saben quién es el señor Lupin.
- Pero Remus no tiene nada que ver – Sirius se inclina sobre la mesa -, entre usted y yo, señor, ese chico no haría daño a una mosca. Es más, es probable que una mosca le hiciera daño a él. Es débil y enfermizo y todas esas cosas… Remus no ha hecho nada.
- Remus está en la enfermería, profesor – susurra Peter desviando la mirada hacia los cuadros -. Se encontraba mal y se marchó, él no pudo ser, señor.
- Eso, tiene una cortada – explica James -, créanos señor, profesor… Si tuviera que señalar un culpable por algo, antes me señalaría a mí y mire que yo soy un chico de buenas intenciones antes que al pobre Remus… Pero si él no sabe lo que es la maldad.
- Comprenderán que tengo que tomar cartas en el asunto. Verter poción crecepelo en la comida de los alumnos es algo muy muy grave – Dumbledore suspira -, en primer lugar implicaría que los culpables o culpable sabrían de la localización de las cocinas del colegio, y en segundo lugar habrían faltado al respeto a sus compañeros. Y Hogwarts aboga por el respeto de unos hacia otros…
- ¡Pero no puede acusar a Lupin… - Sirius se levanta y da un golpe en la mesa – quiero decir Remus! Él no es el culpable, no tiene pruebas, es más… Castígueme a mí si quiere, pero él no ha hecho nada.
- Y a mí – James frunce el ceño -, mándele una carta a mis padres, écheme o lo que quiera, pero no puedo permitir que sea injusto con mi amigo.
Dumbledore se queda en silencio; primero observa a Sirius, ahí levantado, con el ceño fruncido y los nervios a flor de piel, sí, sin duda es impulsivo, después a Peter, que a pesar de mantenerse callado, cierra los puños fuertemente sobre el regazo con frustración, no es valiente, pero es leal y por último a James, que a pesar de seguir sentado, y con los brazos cruzados, sus ojos brillan serios y su boca se tuerce de una forma que al anciano director se le antoja peligrosa sí, en efecto estos chicos…
- Por supuesto que no voy a ser injusto con su amigo, señor Potter – ríe el anciano -, no tengo pruebas de que el señor Lupin haya sido el causante de este desastre. En realidad no tengo pruebas para incriminar a nadie… Los culpables tienen que ser inteligentes.
- ¡Pues claro! – Berrea Sirius con el pecho henchido de orgullo; Peter le da un codazo – Hay que ser inteligente para poder preparar esa poción y echarla sin que nadie se dé cuenta, sólo digo eso.
- Bueno, entonces no tenemos nada más que hablar… ¡Aún no he probado nada de la deliciosa cena de los elfos! – Exclama Dumbledore levantándose e invitándoles a hacer lo mismo – Son criaturas serviciales si sabes cómo tratarlas, y guardan bien los secretos… Sí, jamás traicionarían a sus amos por miembros de fuera de la familia. Es una suerte que los que trabajan en Hogwarts nos consideren una gran familia a todos y no existan los secretos.
Sirius se queda congelado, traga saliva y mira a James con cierta desesperación; "tío" y James simplemente niega con la cabeza y levanta la barbilla para que continúe con su camino.
Peter sale el primero, respirando fuertemente, como si llevase meses sin hacerlo bien; después Sirius, que suelta un bufido en voz alta, y por último James, que con paso lento se detiene una última vez delante de la puerta del despacho.
- Profesor – se gira y el anciano le dirige una sonrisa amplia -, yo… Gracias.
- ¿Gracias por qué, señor Potter?
- Pues… ¡Pues no lo sé! ¿Ve? No tengo buena memoria… Me tendré que pedir un pensadero de esos para mi cumpleaños.
Dumbledore observa como el chico desaparece y se ríe; lentamente se acerca a la pila de agua y saca la varita, desgastada por el uso y la coloca en la sien. Un pequeño hilo plateado brota de ella y el anciano lo traslada hasta el pensadero. Allí, los rostros de tres niños, brillan, expresivos, Sirius Black enfadado por algo relacionado con su amigo Remus Lupin, James Potter preguntando sobre la forma de extraer los pensamientos y Peter Pettigrew encogido y asustado sobre sí mismo; y el director no sabe por qué, es una de esas ideas que habitualmente tiene y que no se pregunta de dónde surgen, pero sabe que ese recuerdo no puede olvidarlo y que es mejor que quede allí guardado para siempre.
Cuando James, Sirius y Peter bajan por las escaleras, los pasillos ya están prácticamente vacíos, pues el toque de queda no anda muy lejano; los candelabros ya están encendidos y la sensación es similar a cuando salen a merodear bajo la capa, salvo que no van cubiertos y no es ilegal que estén fuera de sus camas. Están cansados, Sirius repite varias veces que no entiende la razón de que Dumbledore les haya llevado a su despacho, y los otros dos tampoco tienen demasiada idea. Además, James anda perdido en sus pensamientos, en el agua cristalina y en los reflejos plateados. Y Merlín sabe que cuando algo se le mete en la cabeza no hay quien lo saque. Peter y Sirius charlan sobre quidditch, sobre si habrán sido capaces de quitarles todo el pelo a los alumnos y sobre la maravillosa suerte que han tenido.
En realidad ninguno de ellos piensa que haya sido suerte, después del comentario del director sobre los elfos creen que ha sido un favor de Dumbledore más que otra cosa, pero tampoco les importa demasiado. Sirius gruñe que no le apetece ponerse el pijama, que ojala pudiera dormir desnudo, o sin quitarse el uniforme cuando se escucha un suave quejido en el exterior.
James abre mucho los ojos, despierta de su ensimismamiento y corre hacia la ventana más próxima. Pega la oreja al vidrio y vuelve a escucharlo. Con cuidado mueve la varita que extrae del bolsillo trasero del pantalón del uniforme y la abre, dejando que el frío entre a través de ella. Pero no es sólo el gélido viento lo que les envuelve, es también el recuerdo de una noche un mes atrás, es el recuerdo de un viaje bajo la capa hasta Hogsmeade y un sueño que más bien parece una pesadilla roto en mil pedazos.
Gruñidos, gemidos, arañazos, es algo fuera de lo común.
- ¡Son ellos! – Lloriquea Peter.
- ¡Os lo dije! Sólo salen por la noche – James no cabe de emoción -, ¡por eso no pudimos ver nada cuando fuimos de día! Porque son bestias nocturnas.
- ¿Y qué sugieres? – Sirius se aparta de la ventana - ¿Ir ahora?
- ¿Acaso tienes una idea mejor?
- Bueno, la verdad es que dentro de las malas ideas esta se lleva la palma y… ¡Qué diablos! Es el mejor plan que he escuchado en mi puñetera vida.
- Pero chicos… - Peter tiembla y titubea antes de continuar – Remus dijo que era peligroso y que no podíamos ir y que…
- ¡Es cierto! – James se lleva la mano a la frente – Casi se me olvida; tenemos que ir a buscar a Remus a la enfermería y decirle que venga con nosotros. No importa que tenga fiebre, quiero decir, podría tener viruela y esto sería más importante.
- Vamos. – Murmura Sirius echando a correr.
Apenas les queda aliento cuando llegan a la puerta de la enfermería, se equivocan dos veces hasta encontrar el camino correcto y suben y bajan escaleras innecesarias más de lo que les gustaría admitir; pero cuando la señora Pomfrey les abre la puerta con el ceño fruncido creen que el esfuerzo absurdo ha merecido la pena.
- ¡Señora! – James jadea – Venimos a buscar a Remus Lupin.
- ¿Qué dices, niño?
- A ver, mujer – Sirius se aclara la garganta -. Remus ha venido esta tarde porque tenía fiebre o algo así, de forma que, como buenos amigos que somos, hemos decidido que estaría genial hacerle una visita.
- Remus Lupin no puede ser visto por nadie – bufa ella -, tiene gripe y no quiero tener a tarugos como vosotros en mis camas.
- ¡Pero señora! – Protesta James – Es de vital importancia, ¿no lo entiende?
- No, no lo entiendo – y les cierra la puerta en las narices.
- ¡BRUJA! – Berrea Sirius antes de dar un puñetazo a la pared – Estúpida vieja.
- ¡Mierda! – James se revuelve el pelo nervioso – A ver, está bien, no pasa nada… ¿Os quedáis aquí mientras voy a por la capa y bajo?
- ¿Y quedarme a solas con Pettigrew? ¿Es una cita?
- Calla, Sirius… - Protesta Peter.
- Dadme… Cinco minutos.
Los cinco minutos se convierten en diez, porque según James "Lily estaba leyendo un libro en la Sala Común, con la luz de esa vela que hacía que sus ojos parecieran más brillantes que nunca y bueno…"; así que once minutos después de la negativa, los tres se cubren con la capa y rezan para que la enfermera no note cómo se abre una puerta mágicamente.
Tienen éxito y la señora Pomfrey no se encuentra en la entrada, sino más al fondo arreglando un jarrón de margaritas amarillas.
Caminan con cuidado, como auténticos ladrones de guante blanco, y estiran el cuello para poder ver las camas, que en su práctica totalidad están vacías. Un par de Slytherin conversan en voz baja como pueden, con la lengua todavía llena de pelos y ellos dan por hecho que son los que más poción crecepelo han ingerido, a juzgar por los síntomas y por su "anchura de huesos" como susurra Sirius con sarcasmo.
Pero no hay ni rastro de Remus.
Lo buscan, se arriesgan demasiado, pero ninguno de ellos es capaz de encontrar a su amigo, así que dan media vuelta y vuelven a salir al pasillo.
- ¿Qué diablos… - Empieza Sirius.
- ¿Habrá escondido la señora Pomfrey a Remus para que no lo podamos ver? – Pregunta Peter – Porque ella ha dicho que él estaba ahí.
- No… - James frunce el ceño – No entiendo absolutamente nada.
- Pero Remus estaba resfriado, casi se ha muerto delante de nosotros esta tarde.
- Sí, y tenía ojeras y todo eso que tiene él siempre – coincide Peter.
- Pero no está en la enfermería – James pliega la capa y se la pega al pecho -, y si no está en la enfermería, ¿dónde está?
- Tal vez esté en cuarentena de eso – dice Sirius intentando darle sentido a la situación – y lo tienen encerrado en una habitación a él solo y no puede comunicarse con nadie.
- Sí.
- Sí, - coincide James – eso o…
- ¿O qué? – Pregunta Sirius con voz ronca.
- O nos ha mentido. – Completa su mejor amigo. Y no quieren creerle. Porque Remus nunca miente, porque Remus no haría eso, pero de repente una losa fría como el hielo comienza a cubrir sus corazones.
