Superhéroes, villanos y pasadizos sin nombre

Normalmente es difícil ver a Remus, Peter, James y Sirius sin ir juntos a cualquier lado; a las clases, al Gran Comedor, a dar una vuelta por los jardines… Pero a veces Remus se escabulle para ir a la biblioteca, Peter se reúne con sus compañeros del club de gobstones y es entonces cuando James y Sirius no tienen otra opción que quedarse en el dormitorio de la torre de Gryffindor con la única actividad posible de mirar al techo y esperar que se les caiga encima o que se les ocurra algo novedoso que hacer.

Ese día, Sirius está tumbado, con las zapatillas encima de las sábanas, la varita en la mano y una taza de porcelana revoloteando sobre su cabeza sin dificultad. James por el contrario sujeta un cómic entre las manos, con la tripa reposando sobre el colchón y las gafas enredadas en el pelo oscuro.

- ¿Estás seguro de que no necesitas las lupas para poder leer eso, Jimmy? – Sirius hace que la taza casi golpee la pared pero la frena en el último instante.

- Ja-ja – James pasa una página furiosamente -. Veo bien de cerca, siempre he visto bien de cerca, lo que pasa es que nunca te fijas.

- Ah. Yo pensaba que estabas ciego completamente.

- ¿Viviré para ver el día que dejes de hacer la bromita?

- ¡Por supuesto! – Sirius deja caer la taza sobre la cama y se recuesta para mirar a su mejor amigo – Yo me moriré antes; probablemente aplastado por un montón de chicas o haciendo acrobacias o… O no sé, igual me asesina mi madre.

- Eso no tiene gracia que lo sepas – James se incorpora sobre la cama y vuelve a colocarse las gafas encima de la nariz -, ¿sabes dónde guarda Remus esas libretas grandes?

- ¿Las que usa para escribir poemas?

- ¿Escribe poemas?

- ¿Qué otra cosa puede hacer? ¿Enumerar sus ligues? – Ríe con malicia y luego señala el baúl de su amigo – Creo que ahí.

James se arrodilla en el suelo y gira la llave que Remus siempre deja puesta, confiando lo suficientemente en ellos como para no tener necesidad de esconderla, pero esto es para una emergencia, seguro que no le molesta y aparta unos cuantos libros de lectura para encontrar un enorme cuaderno de anillas de portada púrpura.

- Es curioso cómo los muggles utilizan estas cosas como muelles para que las hojas no se separen.

- ¿Son los muggles? Pensaba que Remus los encuadernaba así o algo.

- Pero… ¿Cómo va a hacer él esto? – James observa las pequeñas espirales blancas - ¿Tú crees? Le preguntaré. Diablos, si es capaz de hacer esto le pediré que lo haga en todos mis libros.

- ¿Y para qué quieres esa cosa?

- Ahhh – James se levanta y le guiña el ojo a su mejor amigo -, ¡me voy a la biblioteca!

- ¿A la biblioteca? – Sirius pone la misma cara que habría puesto de haber visto a Severus Snape duchándose - ¿Tú? Jimmy, ¿te pasa algo?

- Lo que me pasa es que no me dejas leer y para estar en silencio y en comunión con mi alma necesito una biblioteca.

- ¿Vas a ver si está Evans?

- Oh, cállate – sonríe al mismo tiempo que cierra la puerta de un golpe.

La verdad es que por primera vez Lily no es la razón principal; y eso es decir mucho, porque en realidad Lily siempre es la razón principal. Para levantarse, para ir a clase, para hacer los deberes si ve que los hago creerá que soy listo e incluso para hacer travesuras. James cree que hay algo enfermizo en la forma en la que observa a Lily Evans, pero también considera que tiene algo de romántico; no de ese tipo de romanticismo que se ve en las películas de amor, un chico entregándole un ramo de rosas a la chica de sus sueños; no, el romanticismo entre él y Lily es distinto, porque para empezar Lily no necesita que nadie le regale flores, principalmente porque cualquier flor a su lado parece un hierbajo crecido en el campo.

Y sabe que es absurdo, que ella es una chica normal, que no es tan diferente de las demás, pero algo en su corazón, esa pequeña parte que canturrea cuando ella le mira, o cada vez que Lily le observa, también sabe que podría conocer a cientos y cientos de chicas y la joven Gryffindor seguiría siendo la mejor.

Decide olvidarse de esos pensamientos mientras baja por las escaleras, con la libreta que le ha "tomado prestada" a Remus, un cómic de Spiderman y un libro de Transformaciones del que no tiene ninguna intención de hacer uso entre los brazos.

La biblioteca siempre le ha dado reparo; siendo sincero preferiría estar en cualquier sitio antes que ese, pero también sabe que a Remus le encanta, y James sabe que Remus es listo, por lo que tiene que existir algún encanto entre esas cuatro paredes del que todavía no es consciente. Se acerca a la mesa en la que la señora Pince repasa un pergamino larguísimo lleno de nombres.

- Vengo a estudiar. – Le informa. Cree que es algún tipo de protocolo, de modelo a seguir, pero en realidad lo único que recibe es la mirada asesina de la mujer, por lo que simplemente sonríe y busca a su amigo entre las mesas.

Allí está. Sentado en su sitio, en el mismo de siempre, la espalda recta y los codos reposando con calma sobre la mesa. Un libro abierto delante de sus ojos y la pluma entre los dedos, juguetona. Y allí está ella. A su lado. Una mano apoyada en la mejilla y la otra sobre una página de pergamino a medio escribir con una caligrafía que debería reproducir las palabras de los dioses. O eso cree James. Su pelo rojo cae sobre los hombros, desordenado, pero con cierto orden dentro del caos, ese orden que él nunca jamás podrá conseguir con la maraña negra que le ha dado la creación. Inconscientemente, James se intenta pegar el pelo a la cabeza. Y falla.

Se pregunta a sí mismo si tendrá buen aspecto; se observa, la corbata mal colocada, la camisa del uniforme arrugada después de haber peleado con Sirius una hora atrás y por fuera de los pantalones. Simplemente espera que a ella no le importe.

- Ey, Remus – susurra ocupando la silla delante de los dos chicos, haciendo que esta arañe el suelo y entrecerrando un ojo con culpabilidad.

- ¿James? – Remus le mira impresionado, hace revolotear su pupila por la sala en busca de la parte que le falta para que eso tenga sentido, pero no le encuentra - ¿Y Sirius?

- Demonios, siempre igual – sisea dejando los libros caer sobre la mesa -. No es como si fuéramos simeses o algo así.

- Siameses – le corrige Remus. Pero James no le presta atención, porque Lily, que hasta ese momento le ha ignorado por completo deja escapar una suave risa que para él suena a un himno -, ¿y qué haces aquí?

- Estudiar – señala el libro de Transformaciones - ¿no lo ves? No soy el amigo tonto que creías, eh.

- Ese libro es del año pasado, ¿por qué guardas el libro del año pasado?

- ¿QUÉ? – Primero se sorprende, después simplemente ríe y un segundo más tarde todas las clases del curso en las que sus páginas no coincidían con lo que McGonagall explicaba cobran sentido – Pues para repasar conocimientos del año pasado, por supuesto.

Remus asiente, no demasiado seguro de si tiene que reírse o por el contrario ponerse a llorar. Su brazo roza sin querer el codo de Lily y se siente culpable, de ese tipo de culpabilidad que te rodea el cuello y te estrangula hasta que no puedes respirar. Por eso lo retira al segundo. Sin embargo, ni James ni Lily parecen notarlo, porque los dos han bajado la cabeza para concentrarse en sus asuntos. Remus no puede dejar de mirar a James; ha subido las gafas hasta enredarlas en el pelo y el flequillo ha dejado de cubrir su frente. Sus ojos marrones se ven más que habitualmente; no es que no esté acostumbrado, James suele quitarse las gafas para dormir o leer, pero ciertamente no es lo mismo. Merlín, no es lo mismo para nada. Los ojos del chico transmiten concentración, un brillo inteligente que normalmente queda eclipsado por el destello picaresco. Remus piensa que James es el tipo de chico que les gusta a las chicas. Piensa que probablemente su mejor amigo no sea consciente de ello, que para él, igual que para Sirius, tener una cara bonita no es más que el día a día. Pero Remus sabe lo que es estar al otro lado. Ser el que mira y no el que es observado. Durante las últimas semanas pasear por el colegio con ellos ha sido un auténtico desfile de moda, como si ellos vistieran modelos de Coco Channel. Después del segundo triunfo consecutivo de Gryffindor por la Copa de Quidditch, las chicas han empezado a fijarse más en James y Sirius, y quien dice más dice demasiado. Dos días atrás Anna Thompson decidió dejar caer un pequeño papel en la mesa en la que se encontraban comiendo los cuatro. Delante del plato de Sirius. Una cita. Y no con alguien cualquiera. Una chica de cuarto.

Y cuarto curso son palabras mayores.

No es que a Remus le importe toda la situación, ciertamente está acostumbrado, a ser "ese" sin más, pero por alguna razón le ataca la curiosidad, el deseo de saber qué se siente cuando eres el centro de atención, cuando la gente te mira de la forma que miran a sus dos amigos. Podría escribir varios libros sobre la forma en la que las pupilas de las chicas se dilatan, cómo sus pestañas pelean por casi alargarse, cómo sus dedos juguetean los unos con los otros, cómo sus sonrisas son tan amplias que cohíbe no ser el destinatario de ellas. Pero sobre todo, podría escribir capítulos sobre las miradas; iris azules, verdes, marrones, negros, color miel, grises… Tantos tonos que es imposible enumerarlos; arcoiris que persiguen a Sirius por los pasillos, auténticas nebulosas que se comen a James cuando entra en clase. ¿Algún día alguien me mirará de esa manera?

James vive completamente ajeno a los pensamientos de su amigo, en realidad lo único que hace es pelear con su yo interno por no mirar a Lily de una forma que a ella probablemente le asustaría. Le entran ganas de pegarse golpes en la cabeza, de tirar el estúpido libro de Transformaciones al suelo y pisotearlo, pero en vez de eso coge la pluma y hace líneas sobre el papel. Unta muchas veces, arranca muchas páginas, y solamente cuando va a desesperarse y comerse el cuaderno entero, una voz fina y delicada le despierta de su ensimismamiento.

- ¿Te gusta Spiderman? – Lily le mira. A él. A James. A nadie más. En su pupila se refleja su rostro y ningún otro. Y ella está hablando. Le está hablando a él.

- Oh… En realidad… En realidad no demasiado, porque… Bueno, Johnny Storm es mi superhéroe favorito y él y Peter Parker tienen una relación complicada… Pero yo creo que son buenos amigos. Que se odian pero al mismo tiempo no pueden evitar trabajar juntos y eso – y no sabe por qué dice eso, por qué le cuenta algo que no cree ni que ella vaya a entender no le interesan mis estúpidos cómics.

- A mí me gusta Spiderman – sonríe ella, y más bien sonríe al cómic que a él, pero eso no parece importarle al chico -, porque siempre salva a la chica y es sensible… Y es periodista. Pero la Antorcha Humana es un engreído al que simplemente le apasiona el deporte y que busca ligar con todas las chicas que puede.

- ¿Sabes quién es la Antorcha Humana… - James analiza lo que ella acaba de decir - ¡No es cierto! La Antorcha Humana salva a gente; muchas vidas y lucha contra el mal… Lo que pasa es que aún no ha encontrado el amor verdadero y por eso tiene que probar muchas cosas.

- Vaya. – Remus finge toser y pasa una página de su libro.

- ¿Qué mosca te ha picado? – Bufa James fulminándole con la mirada.

- Que no sabía que esos tipos tuvieran sentimientos; ¿no se pegan con monstruos y villanos y ya está?

- ¿Y eso qué tiene que ver? Pelean contra el mal para defender a la raza humana de la extinción, parece mentira, Remus. De verdad. Tan listo para unas cosas y luego…

- Así que en realidad cuando te haces el duro leyendo cómics lo que haces es leer novelas gráficas románticas…

- Dormir cerca de Sirius te mata neuronas, que lo sepas – James se cruza de brazos -. Os podríais los dos ir juntitos un rato a la m…

- ¿J… James Potter?

Una niña de aspecto menudo, ojos grandes y oscuros les observa, retorciéndose la falda entre los dedos fruto del nerviosismo y las mejillas encendidas.

- ¿Quién pregunta?

- S… Sirius Black me ha dicho que te diera un mensaje.

- ¿Que Sirius ha hecho qué? – James abre la boca sorprendido y Remus niega con la cabeza "increíble, lo que me faltaba por ver".

- Un mensaje, yo… Dice – la chica pone voz grave –: "O mueves tu maldito culo hasta el dormitorio en menos de cinco minutos o empezaré a quemar tus calzoncillos. Es urgente."

- ¡Vaya! – James coge todo lo que hay encima de la mesa con premura - ¿Creéis que por fin se ha decidido a confesarme su amor?

- Pues si lo hace pasad la luna de miel lejos de mi cama, por favor.

Lily se sonroja, pero James no entiende ni media palabra de lo que acaba de decir su amigo, así que le da las gracias a la chica y levanta la mano para despedirse. Va a empezar a caminar pero se vuelve una última vez hacia Remus y Lily.

- Haré que te guste la Antorcha Humana, Evans. – Y se va con paso rápido.

Los dos chicos se quedan en silencio, Remus garabatea sobre una esquina del pergamino, distraído y Lily golpea suavemente la madera con la pluma.

- Lily.

- Dime. – Ella vuelve a la realidad y le dedica una mirada tierna.

- Que has escrito la misma frase cuatro veces seguidas.

- ¡Agh! – Lily da un golpe fuerte y maldice por lo bajo. Remus se ríe con discreción y los dos vuelven al trabajo.

Sirius espera más de cinco minutos desde el momento en el que James deja la habitación con su estúpido plan de acercarse a Lily Evans. Se aburre. Golpea la pared. Se quita la camisa y se le la vuelve a poner. Lanza un zapato que no es suyo al techo y jura en todos los idiomas posibles. Se aburre.

Mucho.

Se deja caer sobre la cama de Remus, arrugando las mantas y sonriendo con maldad; en eso se encuentra, dándole la vuelta a la funda de la almohada cuando su mano roza un pequeño papel arrugado. Oh. Es cierto. Casi se había olvidado de la nota que Anna Thompson dejó caer un par de días atrás sobre su comida.

a.

En realidad no se ha planteado la idea de hablar con ella; al menos no hasta ese momento. Anna tiene quince años, y quince años no es lo mismo que doce, ni que trece, y Merlín sabe que tampoco es lo mismo que catorce. Quince años es algo serio. Algo muy serio. Sirius observa la caligrafía cursiva, con pluma de color rosa "ven a buscarme cuando quieras" y se siente estúpido y cómo es estúpido qué forma mejor para demostrarlo que haciendo una estupidez. Porque al fin y al cabo se llama Sirius Black y "estupidez" suele ser su segundo nombre.

Rebusca entre sus cosas, no encuentra su jersey y está seguro que es culpa del estúpido de James que o bien se lo ha llevado o lo ha perdido en algún sitio. Maldito Cuatrojos, algún día lo mataré y vendrá El Profeta a contar el suceso. Mira el jersey de repuesto de Remus, pero desde luego no hay forma humana de que él quepa ahí estúpido que parece una rama de árbol y probablemente si tuviera que elegir entre vestirse con ropa de Peter o ir desnudo escogería la segunda opción sin rechistar.

Se convence de que llevar camisa tampoco está tan mal, y que en realidad a él todo le queda bien. Sonriente abre la puerta y baja las escaleras; no tiene ni idea de dónde puede encontrar a Anna, tampoco sabe si tiene que decir algo o simplemente saludarla y pasar a la acción. La acción. En realidad no está seguro qué significa "la acción".

Tiene suerte; no necesita preguntar, porque Sirius odia preguntar y sobre todo odia preguntar por alguien que no sea Remus, o James o Peter, porque eso significa que él está preocupado por otra persona que no son sus amigos y desde luego es intolerable.

Anna está sentada en la alfombra, con una caja de cristal delante de ella, llena de pequeños abalorios y piedras de colores y ríe animadamente con sus tres amigas. ¿Y ahora qué hago? Traga saliva, mira a izquierda y derecha y luego simplemente se acerca al círculo en el que las chicas se entretienen fabricando pulseras.

Ellas le miran, al segundo dos estallan en risitas estúpidas y Sirius tiene ganas de levantar el pie y metérselo en la boca, pero se contiene y extiende el brazo hacia Anna, dejando caer la nota que ella misma le entregó.

La Gryffindor tarda un poco en darse cuenta de lo que está pasando, lee el papel un par de veces y luego otra más antes de dejar escapar un sonido similar al de un gato atropellado.

- Hola, Sirius Back.

Sirius no sabe si el decir su apellido hace que la chica se sienta más importante, pero lo cierto es que le asquea un poco; pero tampoco está demasiado exigente, Sirius se aburre, y cuando se aburre nada importa.

- ¿Tienes algo que hacer?

- Por… Por supuesto que no – tira las pulseras sobre la alfombra e intercambia una larga mirada con sus amigas -, ¿q… quieres que vayamos a algún lado?

Sirius se encoge de hombros. Le gustaría poder decirle que cualquier sitio al que le lleve le sabrá a poco, que en realidad cualquier habitación que ella conozca no podrá superar una tarde en las cocinas con James cambiándoles los peinados a los elfos con la varita o una noche saltando de mesa en mesa en el aula de Encantamientos mientras Remus protesta, pasado el toque de queda. Pero desde luego no va a ser desagradable.

- Decide tú. – Casi hasta sonríe.

La chica se toma la libertad de cogerle de la mano; y en un principio a Sirius le desagrada, pero con el paso de los minutos, mientras bajan escalones y más escalones, la sensación no parece tan mala. Es cálida. Y ella tiene los dedos pequeños y finos. Y los brazos delgados. Y habla en tono cordial y sin tacos. No dice "mierda" cada dos por tres y en todo el trayecto no eructa ni una sola vez. Puede que esto sean las chicas.

Anna no cabe de emoción, recorren el pasillo del primer piso, en el ala sur, la más cercana a la entrada, y Sirius empieza a preguntarse a dónde demonios están yendo.

- Hace un año un… un amigo me descubrió este lugar – explica ella nerviosa-. No creo que mucha gente sepa de la existencia de este rinconcito en este enorme castillo. Pero es bastante íntimo.

Sirius observa un muro con expresión impasible vale, está loca. Pero entonces la chica saca la varita y golpea primero un ladrillo a sus pies, el segundo, después otro par más arriba, los dos contiguos y por último hace un círculo con la varita a la altura de sus cabezas hacia la derecha. Ante sus ojos, y con el mismo efecto que la entrada al Callejón Diagon desde El Caldero Chorreante, un pasillo húmedo y poco iluminado se abre ante ellos.

- ¡Toma ya! – Sirius olvida que tiene a la chica al lado y entra sin pensárselo dos veces - ¿A dónde lleva esto?

- No lo sé… - Anna se acerca a él y le pone la mano en el brazo para que se vuelva hacia él. No le hace falta ponerse de puntillas, porque es tan alta como él. Pero le besa.

- ¡Eh, eh, eh, eh! – Sirius se aparta con rapidez - ¿No nos podrá ver alguien? – Señala el pasillo a sus espaldas.

- No. Se trata de un hechizo no muy complicado: nosotros podemos ver lo que ocurre en el exterior una vez que has adivinado la clave para entrar, pero desde fuera lo único que pueden ver es un muro de piedra.

- ¡Pero esto es perfecto para… - para venir por la noche, para hablar sin que nadie nos escuche, para tomar una recena a la una de la mañana, para que James y yo nos saltemos clases y…

- ¿Para besarme otra vez? – Completa ella.

- Esto… Claro.

Es diferente; diferente a cómo lo recordaba. Juntan los labios, y Sirius sabe que lo hace bien, nota el roce y su única preocupación es dónde demonios dejar las manos. Los brazos le quedan a los lados, inmóviles, sin poder meterlos en los bolsillos eso sería raro y por supuesto sin tocarla a ella eso sería aún más raro.

Anna parece notarlo, porque le coge de las muñecas y las coloca sobre su cintura; Sirius no puede evitar abrir mucho los ojos y echarse hacia atrás, pero apenas tiene tiempo de reaccionar porque ella abre la boca y demonios qué se supone que tiene que hacer él aparte de abrirla también. Y es cálido, raro, raro y cálido, porque la respiración de ella se siente justo ahí donde normalmente solamente puede sentirse a sí mismo; y pronto ocurre lo que cambiará su vida para siempre. Lo que provocará noches en vela para James y Sirius.

La lengua, con la que normalmente saborea los helados, con la que chupa el plato en el que había carne con salsa, con la que atrapa las migas que se le quedan en el contorno de la boca después de comer tarta. Esa misma lengua se entrelaza lentamente con la de ella. Y a pesar de que al principio cree que la chica se ha vuelto loca, que ese tipo de cosas solamente se ven en las películas, luego se encuentra pensando que es lo más divertido que ha hecho en su vida.

Es húmedo, obviamente baboso; a veces se aparta para poder respirar, y otras simplemente para limpiarse un poco. Pero inmediatamente sus manos vuelan a la cintura de Anna, porque no es recta, tiene curvas y eso por alguna razón le hace querer besarla más y más. Sin descanso.

Y así lo hace; durante casi veinticinco minutos. Los famosos "veinticinco minutos de Anna Thompson" que serían recordados por los cuatro como el bautizo de Sirius, como su ceremonia de iniciación en lo que más tarde sería su disciplina favorita.

Cuando se cansan, Anna ni le mira, se sonroja y sale con paso rápido del pasadizo, musitando un "nos vemos más tarde" y Sirius se queda allí, quieto, con los brazos a los lados y el corazón adolescente palpitando sediento. Reacciona pronto, saca la varita y murmura "Lumos". Es incapaz de ver más allá de diez metros, en lo que parece ser un pasadizo recto y unidireccional; es por eso que camina un rato, casi durante cinco minutos y finalmente se detiene. Se detiene porque lo siente, el frío, la brisa del exterior. Lejana pero caliente en las palmas de sus manos extendidas. No duda ni un instante, da media vuelta y sale corriendo, sin comprobar que a alguien le pueda importar que atraviese un muro de piedra.

En su ímpetu se choca con una chica de aspecto menudo que le mira con cierto terror.

- ¡Hola! – La saluda con entusiasmo al tiempo que la ayuda a levantarse.

- H… Hola.

- ¿Tú sabes quién es James Potter?