Elemental, querida Evans.
Elemental, querida Evans
Los baños del cuarto piso de las chicas son amplios, con una hilera de espejos los cuales muchas juran que están encantados para poder verte más cerca; a alumnas como Sabine Lingwood le encanta ese hecho, observar su rostro aumentado durante minutos, para otras como Lily Evans no es más que un incordio.
Es por la mañana, un domingo; ninguna de las cuatro ha decidido madrugar demasiado, así que rondan casi las once y media cuando, como casi siempre, "ellas" como Lily suele referirse a sus amigas, se decantan por pasar el rato delante de esos espejos arreglándose el pelo, maquillándose y hablando de todo lo que ocurre entre las cuatro paredes del castillo y al mismo tiempo de nada interesante.
Lily se mira al espejo, que le devuelve el mismo reflejo que cada mañana, ojos grandes y cansados; cejas de tono rojizo oscuro, no muy arregladas pero sí finas, fruncidas, creando unas cuantas arrugas en la frente que su madre siempre dice que le durarán para toda la vida. En realidad a veces su cara le recuerda a la de una anciana que ha tenido mal humor toda su vida, pero en realidad ella no tiene la culpa, al menos no es mi culpa que todo el mundo a mi alrededor me haga enfadar. Se retira el flequillo de la cara, bufa cuando uno de los mechones no se le sujeta detrás de la oreja y se ondula en el centro de su rostro. Sabe que no debería haber cogido las tijeras en Navidad, pero claro, eso habría sido hacer caso a Petunia, y no es algo por lo que quiera pasar. Además es pelo, y el pelo crece. El pelo siempre crece.
Hay otras cosas que le preocupan más, como el hecho desquiciante de que cada vez tiene más pecas en la cara y que el poco sol que puede llegar hasta ellas las transforma en colores dorados.
Sabine a su lado espolvorea un maquillaje; polvos que te hacen rejuvenecer, o al menos eso es lo que decía la revista de moda que lo regalaba. También se pinta la línea del ojo y utiliza la varita para rizarse las pestañas. Sophie y Lucy hacen lo mismo. Y vaya que sus ojos sí que parecen más grandes, pero Lily no las imita, porque quién querría hacer que sus ojos pareciesen más grande teniendo los suyos, ojos de sapo que suele decir su hermana.
- Dicen que Sirius Black ha estado con otra chica, ¡otra! – Lucy se pinta los labios con un tono rosado suave – No me lo puedo creer.
- Yo lo que no me puedo creer es que Mary MacDonald tontee con James Potter – Sabine frunce el ceño, se peina, perfecta, siempre queriendo ser perfecta -. ¿La visteis? Riéndose a su lado… ¡Pero si ni siquiera parece una chica!
- Tal vez sea eso, Sabine – Sophie puede ser muchas cosas, pero si Lily tuviera que elegir un adjetivo para definirla probablemente avispada no se encontraría entre los posibles -. Tal vez a Potter no le gusten las chicas.
- ¿De qué diablos hablas? – Sabine mira a izquierda y derecha, como si hablar del tema fuera ya algo peligroso – He visto como me mira y por supuesto que no es como tú dices.
- ¿Creéis que se ha… Que habrá besado a MacDonald? – Lucy parece pensativa, apoyada en la pared, elaborando una trenza con su largo pelo.
- ¡Por supuesto que no! Esa chica tiene muy pocas luces… ¿Me queda bien este peinado?
- Divino – Lily interrumpe la conversación. Si fuera físicamente posible probablemente de su nariz saldría humo.
Están listas, guapas; imitan el estilo de las chicas más mayores, las de sexto o séptimo, las chicas de verdad, como dice Sabine. A veces, sólo a veces, no muchas, Lily desea poder ir con otras chicas, tal vez las que duermen en la puerta contigua; hablan de chicos, pero juraría que alguna vez hay otros temas de conversación, pero claro, quién es ella de todas formas para rechazar lo que tiene o incluso exigir algo mejor. En realidad Sophie no es tan mala, a veces se puede hablar con ella de otras cosas, de deberes, o bueno… A veces Sophie le pide ayuda con los deberes. En realidad Lucy es lo más parecido a una amiga que ha tenido nunca, suele contarle sus problemas, que normalmente se reducen a Petunia mandándole cartas quejándose de ella, o Petunia sin mandarle cartas. Porque al fin y al cabo Lily tiene 13 años, ¿qué otro tipo de problemas podría tener? ¿Chicos? No es un tema que la mantenga en vela por las noches.
Pasan el rato en la Sala Común, esperando a que sea una hora apropiada para comer; charlan, incluso se ríen, Sophie cuenta algún que otro chiste sobre hipogrifos y esfinges y luego bajan al Gran Comedor. Lily no tiene mucha hambre; generalmente no suele ser de gran apetito, pero justo ese día el vacío es casi inexistente. Se sirve unos pocos tomates y los saltea con comino. Están buenos, sabrosos y en realidad, no cree que haya algo en esa mesa que no recibiera cinco tenedores en el mundo muggle.
Siempre se sientan en un lugar estratégico; la mesa de Gryffindor es grande y amplia, pero los alumnos son de costumbres fijas y la costumbre más fija de sus amigas es tratar de acercarse a ellos. Una y otra vez. Y a veces Lily se encuentra a sí misma regodeándose un poco en el fracaso de sus compañeras.
- Y luego… Y luego díselo tú, Sirius, luego cogí la varita y la moví en el aire y… Magia. Magia pura. Tengo tanto talento que debería ser ya Ministro de Magia – James Potter mueve el cuchillo peligrosamente cerca de la nariz del grandullón de Sirius Black.
- El día que tú seas Ministro de Magia huiré del país. Creo que Europa ofrece grandes posibilidades – Remus Lupin sonríe mientras echa comino no me lo puedo creer sobre un par de tomates rojos -. Y dicen que la comida es exquisita.
- Allí hablan raro, Remus – Sirius apuñala una empanadilla -. Eso sí, seguro que hay mujeres exóticas.
- ¿Qué tal si dejas de pensar en mujeres durante un segundo?
- Lo decís porque no habéis probado a ninguna… - probado. Lily prefiere no entender a qué se refiere – Cuando lo hagáis me entenderéis.
- Yo no quiero besar chicas, yo quiero besarme con – es Sirius, sentado al lado de James el que le da un codazo en el costado, carraspeando y señalando en la dirección de la propia Lily.
Aparta la vista al instante, concentrándose de nuevo en su comida y maldiciéndose por haber sido descuidada. No es que le importe de todas formas. No es que le importe lo que ese engreído de Black opine de ella. No es que le importe lo que ese bocazas de Potter opine de ella. Es más, ¿por qué tendría que importarle algo de lo que opine alguien de ella?
- Lily – una voz rasgada, dolida, casi melancólica la hace sobresaltarse. Severus Snape sonríe de esa forma amarga que solamente él sabe, esa sonrisa que a la chica la hace sentirse en casa. Lejos de problemas de chicos y Blacks y Potters -, ¿estás ocupada? ¿Quieres dar un paseo?
- No… - Mira el plato a medio acabar pero no el da importancia – No, ya había terminado, ¡vamos a dar una vuelta!
Se enfrenta a las miradas acusadoras de Sabine, Sophie y Lucy, como siempre, como cada vez que Severus se acerca a ella y no es que Lily crea que sea un delito. Al menos no de momento. Pasan al lado de "los borregos", "los inútiles", "los palurdos" y a pesar de que es apenas un segundo, a "ese idiota de Black" le da tiempo de lanzar una bola de pan a Severus y reírse a mandíbula batiente "te lo dije, Jimmy. Me debes un knut, en toda la cabezota". Lily les ignora, porque es lo que tiene que hacer, porque si no lo hiciera probablemente ellos pensarían que sus actos tienen gracia. Y no, la verdad es que no la tienen. Es más graciosa una lección del profesor Binns. Severus resopla, hunde los hombros, pero calla también, mudo, sufriendo en silencio.
No salen fuera del castillo, porque en realidad hace todavía un poco de frío, y también porque inconscientemente sus pasos les llevan al claustro, a los bancos de piedra cubiertos de techo que resguardan del viento y la lluvia. Sobre todo en primavera.
Snape se sienta primero, y Lily después; ella entrelaza las manos sobre el regazo y él juguetea con la túnica oscura pero desgastada, con pequeñas quemazones.
- ¿Has leído El Profeta últimamente, Sev?
- Sí, a Lucius le llega todos los días de la semana y ya sabes que me gusta mantenerme bien informado – reflexiona -, pero confieso que a veces solamente me leo las páginas de los líos del Ministerio.
- Es inquietante, ya sabes, esa gente que desaparece: todos magos… - Lily se muerde el labio – Parece que tener una varita en las manos te hace inmune a todo y de repente salen esas cosas y bueno… Te sientes más pequeña y débil que nunca.
- No tienes que preocuparte, los muggles desaparecen todo el tiempo, es lógico que los magos también. No todos los magos y brujas son buenos. Seguro que tenían alguna rencilla con unos vecinos o no sé.
- Eso espero… Hace frío para ser marzo y apenas hay flores.
- Bueno, pero ya han florecido algunas – Severus la mira y Lily no entiende, pero entonces el chico coloca los dedos sobre su pelo y enreda en un par de hebras una bonita margarita de pétalos blancos. Lily sonríe, ampliamente, se le escapa una risa cantarina y Snape bebe de esos sonidos como si en algún momento fueran a dejar de sonar. Piensa en lo que ha dicho la chica "te sientes más pequeña y débil que nunca" y la mira sin mirar, perdido en sus ojos una vez más; una de tantas.
No, definitivamente no puede dejar que le pase nada malo.
Se les hace tarde, hablando de cientos de cosas, recordando el hogar de infancia y algo en el corazón de Lily se siente bien, relajado, como si por un momento toda la presión del colegio y las preocupaciones desapareciesen de un plumazo.
Finalmente se despiden, de un abrazo, rápido, fugaz, pero el calor de los brazos de Lily alrededor de la cintura del chico se queda atrapado en el alma de Snape durante horas. Tal vez para toda la vida.
Lily retrocede sobre sus pasos, mira el reloj que adorna su muñeca izquierda; toda la tarde por delante y nada interesante que hacer. Se asegura de que no haya nadie cerca y pasa la palma de la mano por los ladrillos de la pared; es rugoso, frío, pero al mismo tiempo se siente como si centenares de chispas de magia atravesasen las puntas de sus dedos. Es reconfortante, grita Hogwarts por todos los costados; y es que en cierto modo, es una palabra que respira cosas increíbles.
- Se oyen cosas, ¿verdad? – Una voz aflautada la sorprende a su espalda – Como si hubiera bichitos pequeños dentro de los muros.
- Puede que nuestras voces se queden atrapadas en la pared… - Sonríe Lily – Hola, Mary.
- ¿Qué tal? – La chica lleva un par de libros entre los brazos, la capucha del uniforme colocada y un par de mechones de pelo negro sobre la frente – Vengo de coger estos dos machotes – señala los dos ejemplares de cubiertas oscuras -, que parece que todo el mundo siente pasión por ellos y nunca están disponibles.
La chica le enseña los dos títulos Escobas; ¿los muggles las saben usar? y Las mujeres en la historia del Quidditch; Lily no reconoce ninguno de los dos, pero extiende la mano para rozar el segundo título.
- ¿Hay muchas chicas famosas en equipos de quidditch? Creía que era un deporte de chicos… A nivel profesional. Me refiero.
- ¡Oh, no, no, no, no! – Mary abre mucho los ojos – Hay muchísimas chicas que son maravillosas sobre una escoba, ¡mucho mejor que algunos hombres! ¿No has escuchado hablar de las Arpías de Holyhead? Además no solo eso, muchas de ellas contribuyeron a hacer el quidditch lo que es al día de hoy. La primera mujer que vio algo parecido a este deporte fue una anciana ¡y si no fuera por ella ahora no jugaríamos en Hogwarts!
- Increíble… - Lily se sorprende a sí misma, sintiéndose interesada – No sé mucho de quidditch… En realidad me limito a animar un poco en los partidos, pero no entiendo demasiado. Sé que hay portero y delanteros y el buscador y poco más.
- Lily, que no hablamos de fútbol… - Mary ríe, en alto, casi escandalosamente, pero a Lily no le importa – Solamente has acertado con lo del buscador. ¿Vamos a la Sala Común y hablamos un rato? Solo si tú quieres, claro.
- ¡Por supuesto!
Caminan juntas, durante mucho rato Mary no deja de hablar, y Lily se da cuenta de que es algo que le apasiona; habla de equipos, de formaciones, de jugadores, de jugadoras, de la liga, de trampas y de comentaristas y hay algo en el brillo entusiasta de sus ojos que impide que la joven pelirroja pueda dejar de prestar atención. En realidad no es un tema por el que haya mostrado interés nunca, pero hay algo en la forma en la que Mary lo explica, en la pasión que pone en cada palabra, en cada frase, que provoca en ella cierta curiosidad por conocer más detalles. Suben por las escaleras, Mary se tropieza en uno de los escalones que desaparecen y Lily le tiende la mano y ella la coge agradecida.
- Estas malditas cosas cambian de lugar siempre, te lo aseguro… - Se excusa un poco avergonzada.
Recorren el pasillo que lleva al cuadro de la Dama Gorda; y Lily está intentando recordar la contraseña cuando el retrato se abre y dos figuras salen a través de él, hablando en voz alta.
- Pues no, Lupin, claro que no lo entiendo; no entiendo por qué demonios dices que los muggles quemaban a brujas – Sirius Black vocea -; de toda la vida de Merlín mi madre me contaba que era al contrario, que los magos y brujas destrozaban a los muggles hasta que pusieron en orden la ley esa que lo prohibía.
- ¡Y no te digo que no! Pero durante mucho tiempo los muggles acabaron con muchos magos y brujas. Y no me grites, te lo he dicho cien veces; que por mucho que alces la voz no tienes más razón.
- Maldito seas, deja de sonar como mi abuela.
Los dos chicos se paran en seco cuando se dan cuenta de que ellas están allí: Remus mira primero a Mary, sus ojos azules revolotean sobre ella y después se posan en Lily, sonríe, parece que se arrepiente y luego vuelve a hacerlo otra vez. No habla, pero mueve los labios en un "hola" silencioso y Lily le corresponde con la mano, sin apartarla del costado.
- Tú por aquí, MacDonald.
- Sí, es lo que tiene ser de Gryffindor, que me gusta pasar el tiempo en mi Sala Común; Sherlock.
- Si yo soy Sherlock entonces tú tienes que ser Watson, porque vas siempre detrás de mis pasos – Lily abre la boca ha entendido la referencia, lo ha hecho.
- No te estreses, Black. No queremos que Gryffindor pierda la final. Confío en James pero en ti…
- TE VOY A… - Remus coge a su amigo de la manga, murmura un "disculpad, disculpad" y le arrastra lejos de ellas. Lily sabe que Lupin no es fuerte, que Sirius Black podría partirle en dos si quisiera, y es por eso que le impresiona aún más que de un solo gesto haya conseguido que la bestia de Gryffindor se rinda ante él.
Las chicas entran a la Sala Común; allí no hay nadie apenas. La gente suele preferir estar en los dormitorios. Pero Lily no es "la gente", porque escaleras arriba lo único que la separa de los cotilleos y los temas desinteresados es la gruesa cortina de terciopelo rojo que hace de muro entre su cama y el resto de la habitación más veces de las que debería. Hay noches que simplemente se cubre con las mantas, murmura "lumos" y lee hasta que se le caen los párpados, pero otras veces escucha con atención, esperando el momento de poder participar en la conversación y nunca lo consigue.
- ¿Cómo has sido capaz de provocar a Black de esa forma? – Se vuelve hacia Mary, que anda entretenida en encender una de las velas que reposa sobre la chimenea.
- Sólo hay que saber donde pinchar – explìca - ¿y qué me dices de Lupin? He visto como te miraba… - Pone ojos melosos.
- Te pareces a Sabine diciendo esas cosas.
- ¡No! – Mary dramatiza, y se lanza sobre el sofá, riéndose, recuperando su expresión habitual – En realidad Remus Lupin me interesa, ¿por qué no le gusta el quidditch? ¿A quién no le gusta el quidditch?
- A Remus Lupin.
- Tiene los ojos bonitos ese Lupin, cara de niño bueno y siempre rodeado de libros… ¿Y aún así es capaz de ir con la bestia de Black y el bocazas de James a cualquier sitio? Aquí hay algo Lily – Mary saca la varita y la introduce en la boca, fingiendo que fuma en pipa -. Seguro que es la mente pensante; seguro que a él se le ocurrió volar su dormitorio el curso pasado.
- La verdad es que no creo; Remus estaba aquí abajo cuando los dos borregos lo hicieron explotar. Supongo que él es diferente.
- O tal vez sea el peor de todos… - Finge poner voz tenebrosa, fallando en el intento y mueve los brazos en el aire "para crear ambiente"- Este es un misterio a resolver.
- ¿Estás imitando a Sherlock? – Ríe Lily impresionada.
- Elemental, querida Evans.
