Criaturas nocturnas

El castillo de Hogwarts tiene siete pasadizos a través de los cuales se puede ir al exterior de los terrenos. Desde que Argus Filch comenzó a trabajar allí se encargó de apuntar cuatro, y evitó que los alumnos los utilizasen durante años. Remus, Peter, Sirius y James descubrieron en su primer año el que hay oculto tras uno de los espejos del baño de los chicos, que lleva a los viejos invernaderos y también el que se encuentra escondido tras la estatua de la Bruja Tuerta y que conduce a la tienda de caramelos y dulces, Honeydukes. El primero es conocido por varios alumnos y el conserje, el segundo fue un secreto durante muchos años; al menos hasta que el espíritu de los cuatro jóvenes se transmitió a la siguiente generación. En marzo de 1973 Sirius Black descubrió lo que era un beso de verdad y lo que significaba tener a una chica entre los brazos, pero también se hizo sabedor de otro de los pasillos secretos, el cual sería usado con el paso de años más como lugar predilecto para llevar a las chicas que como salida de Hogwarts. Principalmente porque Filch supo de su existencia desde que atrapó a una pareja de Hufflepuff en el año 1965 en mitad de un arrebato pasional, y en segundo lugar porque con el tiempo los cuatro de Gryffindor encontrarían vías más eficaces de desafiar a las normas y de abandonar el castillo. Pero hasta entonces, la revelación se planteó como una auténtica oportunidad para poder acumular más problemas, y como le gustaba decir a James "merodear más allá de estos muros".

Sirius le contó a su mejor amigo la sensación física de frío en el rostro y el chisporroteo entre los dedos. La electricidad. Algo más espiritual y que todo bromista y alborotador entendería a la primera. Remus Lupin y Sirius Black charlarían años después sobre muchas cosas; a veces recordar el tiempo pasado es lo único que no te impide abandonar la vida presente. Y una de esas cosas sería la forma en la que el joven James Potter solía reaccionar exageradamente ante cualquier situación. Sonreirán; amargamente, porque las risas dejaron de ser una opción para ellos; y en sus cabezas aparecerá la imagen del moreno, introduciendo los dedos en el pelo despeinado, abriendo mucho los ojos, la boca también y gritando como un poseso "no me lo puedo creer, no me lo puedo creer, ¡esto tiene que ser lo mejor que hemos descubierto nunca!". James repetirá esa frase tantas veces durante los siete años en la escuela que para ellos perderá valor. Siempre que la diga Sirius sonreirá de medio lado, enseñará los dientes y le quitará importancia, Remus le recordará que siempre dice lo mismo y Peter le dará la razón. Aquella vez no fue distinto, James Potter se sube a la cama, da un par de saltos para sentirse vivo y exclama "esto es perfecto, Sirius. Tiene que ser lo mejor que nos ha pasado nunca" y Sirius asiente, porque de verdad lo cree, porque ¿qué diablos podría ser mejor que un maldito pasadizo para salir del castillo a cualquier hora del día?

Esa noche esperan, aguardan impacientes hasta que los cuatro ocupan sus respectivas camas y transmiten la noticia a sus dos compañeros de habitación.

- Entonces… ¿Entonces de verdad de la buena que besaste con lengua a una chica? - Peter no capta por donde llega el entusiasmo al contar la historia.

- ¡Rayos! - James no puede soportarlo y le propina un fuerte capón - ¿Es más importante la chica que el pasadizo?

- En realidad es interesante - Remus entorna los ojos -, ¿quién era? ¿Era Anna? ¿Cediste al final? ¡Sirius!

- Por las barbas de Dumbledore, Lupin - Sirius suspira y se deja caer sobre la almohada -. Sí, era Anna. Y sí cedí. ¿Qué tiene de malo? Es perfecto, es cálido, es genial y… Creo que me gustan más las mujeres que el chocolate.

- A nadie le pueden gustar más las mujeres que el chocolate - niega con la cabeza Peter.

- A nadie le puede gustar algo más que el chocolate - corrige Remus.

- A mí Lily me gusta más que el chocolate.

- Potter - Sirius frunce el ceño -, te juro que si repites eso te meto la cabeza en el váter.

- ¿Qué? - James se indigna - Sus labios seguro que saben mejor que el chocolate…

- ¡Venga! Di que te gusta más que el quidditch si quieres, y entonces dejamos de ser amigos.

- Bueno más que el quidditch… Regalaría mi escoba por un beso de Lily.

Y Sirius explota. E incluso Remus considera que es pasarse "es el quidditch, James; no sé, es algo vital para ti como dormir y eso" y Peter considera que no es para tanto. Discuten, James y Sirius se pelean, el primero acaba en el suelo y Sirius se emociona tanto que Remus acaba recibiendo un puñetazo en el estómago que valdrá disculpas durante toda la noche. "Remus, lo siento, tío, de verdad… Ay madre, no te mueras, no te mueras por esto… ¡NO ME CONVIERTAS EN ASESINO!" y al final decidirán que la única forma de enmendar el error de James es que sufra un castigo.

- Pero no un castigo como esas limpiezas de nada que nos manda McGonagall. No, tú necesitas algo tan vergonzoso que no volverás a decir una barbaridad como - Sirius se estremece - como eso que acabas de decir.

- No voy a hacer nada.

- Oh sí, claro que lo vas a hacer. Vas a ir al despacho de McGonagall y le vas a decir que… Que te has meado encima.

- ¡JÁ! - James se sienta en el suelo, se aparta el flequillo de la cara y les observa atónito. Remus permanece serio, con el hombro pegado al de Sirius; los dos con esa expresión de madre que parece decir "esto me duele más que a ti, hijo" y Peter apenas se mueve, en un rincón, temeroso de que la tomen con él - ¿En serio? ¿Y vosotros sois mis amigos? Remus, pensaba que eras diferente.

- El chocolate es un tema serio, James. Lily es Lily pero el chocolate…

- Os odio tanto que… - Se levanta - Sabed que me da igual, que McGonagall no se va a creer esta tontería y que… Que sois unos infantiles.

- Eso ya lo sabías cuando nos compraste en la tienda, hermano - y la voz de Sirius suena seria. Y James le mira, y se da cuenta de que ha dicho "hermano" y que no ha dicho "James" o "Jimmy" o incluso "Potter". Probablemente James no se habría dejado convencer por una estupidez como esa en la vida; es más, habría protestado, se habría indignado y se habría acabado por salir con la suya, pero aquella vez es diferente, porque de pronto el estómago le arde, la garganta se le cierra y algo en su pecho da golpes con cada palabra que pronuncia Sirius -; y además, ¿a que no eres capaz de llamarla mami por accidente?

El "a que no eres capaz" se queda flotando en el aire, como un pentagrama invisible que obliga a todos a seguir el ritmo. Dos por cuatro. Cinco por ocho. A quién le importa. James se quita los pantalones, se pone una camiseta granate sobre los calzoncillos de gatos de color canela y coge la varita. "Aquamenti" dice sin que le tiemble la voz. Se le humedece la entrepierna y un par de gotas caen por la pierna derecha hasta la rodilla.

- Minerva no va a olvidar esto en su vida.

Y no lo olvidó; y en realidad ninguno de ellos lo hizo, porque cuando Minerva McGonagall se despertó alarmada, a las dos de la madrugada aquella noche lo último que se esperaba era que la persona que aporreó su puerta fuera James Potter con expresión culpable y en ropa interior. Y lo segundo último que esperó fue que el muchacho le dijera "mami, creo que me he hecho pis". McGonagall le hizo pasar, le cogió del brazo un segundo antes de que se sentase en una de sus sillas favoritas y le ofreció una taza de té. James se la rechazó asegurando que no quería volver a beber ningún líquido en su vida. Fueron eternos los minutos que Minerva tardó en darse cuenta de que le había tomado el pelo, pero fueron solamente dos segundos los que tardó en gritarle a su mejor alumno en Transformaciones que iba a pasar todo el fin de semana limpiando la lechucería. Después le empujó fuera del despacho, cerró la puerta y fue incapaz de no reírse mientras negaba con la cabeza y murmuraba esa frase que la acompañaría durante mucho tiempo "este chico me va a matar".

James limpió muchas cagadas de lechuza, sufrió la mirada asesina del búho que le aterraba desde primero, pero pasó la prueba, y lo más importante; descubrió por fin que Minerva McGonagall duerme con camisón rosa y un bonito gorro con estampado de nubes y un enorme pompón de hebras doradas.

Al día siguiente de la mítica noche de "el accidente de James", Remus, Peter y James siguieron a Sirius hasta la entrada del pasadizo; encendieron sus varitas con un ligero "lumos" y caminaron con más curiosidad que otra cosa. Tal y como les había informado el mayor, el largo camino llegaba hasta el exterior; al seguir una línea completamente recta, el frío comienza a refrescarles y el viento les despeina, a algunos más que otros.

Como habían supuesto, el pueblo de Hogsmeade se divisa a unos cinco minutos de camino; un par de arbustos taponan la salida del pasadizo y al mismo tiempo la protegen de cualquier intruso que quiera acceder. James es el que expresa en voz alta lo que todos están pensando "podremos ir a Hogsmeade por la noche. No tendremos que ir por la entrada de Honeydukes".

Los cuatro se sienten radiantes, como los mismísimos rayos del sol; Sirius se estira, se cruje la espalda y se adjudica todo el mérito. "No sé qué harías sin mí" y la verdad es que los demás simplemente callan y otorgan.

Pero "el pasadizo de los morreos", cómo sería llamado tiempo después, sin someterse a votación, por decisión popular, después de que una tal Amanda de apellido desconocido llenase de babas a Sirius, coronándola como la peor besadora de Hogwarts, intentase inspeccionar su anatomía un año después y todos se rieran de él, no cobró importancia hasta la noche del 18 de marzo de 1973.

Hace buen tiempo; las ventanas de los dormitorios se mantienen abiertas, en el caso de la habitación de Sirius, James, Remus y Peter, los tres primeros lo agradecen "rezo todo el año para que llegue el verano y podamos olvidar el olor de tus pies" dice Sirius el día 18 por la mañana; y James no se corta en añadir que también es reconfortante no tener que aguantar la peste de "la rata esa". Se visten; Sirius y James dejan olvidadas las corbatas y únicamente cogen sus camisetas de manga corta; Peter coge una chaqueta con el escudo de Gryffindor grabado en el pecho y Remus no sustituye ni su jersey ni su capa negra.

En clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, Remus y Peter se sientan juntos, y James y Sirius deciden (para martirio de los otros dos) colocarse en el pupitre de atrás. La hora y media que tendría que haber servido para aprender qué hay que hacer cuando una sirena está en celo les ofrece a Sirius y James la oportunidad de molestar a sus amigos. Sirius se apoya sobre el puño derecho y no deja de hacerle cosquillas a Remus en la nuca hasta que este acaba por hartarse, girarse, gritar "voy a meter cucarachas en tu cama, Black" y que sirve de cinco puntos menos para Gryffindor que hacen que el joven hombre lobo se ponga más pálido de lo habitual y que les retire la palabra durante la siguiente clase.

Antes de comer tienen que asistir al aula de Pociones; Remus ya parece haber olvidado el incidente de por la mañana y ríe junto a Sirius cuando este le explica que en la última clase metió pimienta en la poción de Peter y que por eso se volvió negra y pringosa. A la víctima no le hace ninguna gracia.

- Oye, James, defiéndeme…

Pero al apelado no está; Remus se da la vuelta desconcertado y Sirius se encoge de hombros "ya sabéis lo mucho que le gusta a este chico dormir entre horas"; y en realidad no es cierto, porque sabe perfectamente dónde se encuentra su mejor amigo, pero también es cierto que no hay mejor mentiroso que él.

En realidad James camina en ese momento bajo su Capa Invisible; se sorprende de lo cómodo que es moverse sin tener que sincronizare con los pasos de los demás; entra en la Biblioteca y le dan ganas de hechizar a la señora Pince, pero se contiene tengo cosas importantes que hacer.

Lo de la capa es simplemente para evitar que nadie le atosigue a preguntas de "¿por qué estás aquí?" o "¿tú no tienes clase, jovencito?", así que se mueve entre las mesas, les echa una mirada curiosa a unas alumnas de séptimo que preparan sus exámenes y se distrae varios segundos en sus piernas. Está seguro de que la falda de Lily es más larga. Igual con el paso de los años puede llevarla más corta. Se muere de ganas por que eso ocurra.

Para él la biblioteca es territorio desconocido, así que tiene que mirar todos los pequeños carteles de color plateado que coronan las estanterías y en los que pone cosas del tipo "encantamientos", "ciencia muggle", "adivinación", o incluso "cocina"; pero lo que él busca es otra cosa, y se encuentra al final del tercer pasillo, en una enorme colección de libros de tapas verdes y rojas. "Criaturas salvajes".

Los títulos de los libros son bastante similares "Mordeduras de duende y qué hacer con ellas", "Polvo de hada, ¿artes oscuras o un cutis más fino?", "Escarabajos; conozca su suerte", pero él se decanta por uno bastante grueso y de cubiertas negras: mucha gente lo ha usado antes porque el lomo está despegado de las hojas y hay anotaciones con letras diferentes en casi todas las páginas. "La noche: qué sucede cuando duermes". Lee el resumen; una guía de animales y bestias nocturnas, los dueños de la noche y el terror; de las pesadillas de los más pequeños y sabe que es justo lo que necesita. Lo esconde bajo la camiseta y se estremece al notarlo en contacto con la piel, pero se desliza de nuevo hacia la salida. Es consciente de que ese libro nunca jamás volverá a las estanterías de la Biblioteca de Hogwarts. No es un robo "es tomarlo prestado" se autoconvence. Sube hacia la Sala Común es demasiado tarde como para interrumpir en clase y de todas formas, ¿a quién le importan las estúpidas pociones? Eso no es magia ni nada. Probablemente Snape sienta lo mismo al oler una poción que cuando se besa a una chica. Bueno, eso tampoco puedo saberlo porque nunca he besado a una chica. Se enfada; ¿por qué no he besado a una chica y Sirius sí? ¡DOS VECES! No puede aguantarlo; no le parece justo que el bocazas de Sirius, con ese mentón y las cejas pobladas y todo eso haya sido capaz de ganarse a dos chicas decentes y él no. Porque evidentemente en eso de ser más guapo James lleva ventaja. Lo sabe él, lo sabe Sirius y lo sabe hasta Argus Filch y eso que él es corto de entendederas. A lo mejor es porque Sirius va a lo fácil y nunca conseguirá a una chica como Lily Evans.

Sí, eso será.

Se sienta en una de las butacas frente al fuego, que permanece apagado; no hace frío y nadie necesita de su calor. A James no le gusta leer, de hecho si tuviera que elegir una muerte lenta y dolorosa probablemente sería leyendo esos libros que tiene Remus, pero no le queda más remedio que quitarse las gafas, abrir el tomo por la página número uno y sumergirse en la lectura.

El primer animal es la acromántula: una estúpida araña gigantesca que puede llegar a hablar como los humanos. No, eso no puede ser. Aunque si fuera me moriría de asco. Lee que se cree que fueron creadas por magos y brujas y se pregunta quién en su sano juicio querría que una araña fuera más grande que la planta de su pie. El libro también nombra a las arpías y James descubre que son algo más que un equipo de quidditch femenino. Se comen a los niños. Eso explica el carácter de alguna de las jugadoras. Serpientes. El ave fénix. Quería uno de mascota cuando era más pequeño pero nunca llegó. Babosas. Las banshees. James sabe lo que son. Su madre le contó que su bisabuelo había estado enamorado de una y que finalmente, al "consumar el acto", palabras que James no entendió, ella le llevó a la tumba. "Mamá, di que el hombre estaba loco y santas pascuas" le dijo a la señora Potter cuando se lo contó. Hay cientos de criaturas más; basiliscos já, claro, ¿quién metería es mierda en una casa? En realidad duda de su existencia. Kappas. Licántropos. Lechuzas. ¿Qué pasa? ¿Este libro se cree que soy analfabeto? Quimeras…

Se desespera, cierra el libro, lo golpea contra la mesa más cercana y para cuando mira el reloj se da cuenta de que es casi hora de comer, así que sube corriendo al dormitorio y guarda su nueva adquisición bajo el colchón, junto a la Capa Invisible, varios kilos de chocolatinas y sus cómics de superhéroes.

Para cuando vuelve a bajar, los alumnos de segundo ya vuelven de Pociones y Remus y Peter le preguntan que qué diablos ha estado haciendo, pero él se encoge de hombros e intercambia una mirada de circunstancias con Sirius.

- ¿No tenéis un hambre de mil demonios? - Se lleva la mano a la tripa - Me comería un jabalí entero.

- Tú siempre tienes hambre, Sirius…

Comen muchísimo; incluso Remus, que habitualmente se conforma con primer y segundo plato decide repetir, todos prueban un gigantesco pastel de frambuesa y Sirius lo baña en chocolate caliente, relamiéndose hasta casi tocarse las mejillas. Peter le imita, pero es incapaz de llegar a la quinta porción como su compañero y amenaza con vomitar.

- Me encuentro fatal - le da una arcada y James se aparta tan rápido que parece que ha visto la snitch.

- Wow, wow, wow, Pettigrew… - Sirius coloca un plato de barrera entre Peter y él - Será mejor que mantengas esa boquita tuya lejos de mí.

- Vale, voy a vomitar. - Remus se levanta con cuidado y le coge de los hombros "me lo llevo a la enfermería".

James y Sirius se quedan solos, observan como los otros dos doblan la esquina bajo la atenta mirada de medio comedor y finalmente rompen a reír.

- No me lo puedo creer - James se lleva la mano a la tripa -. No me puedo creer que haya picado con un truco tan viejo.

- Tío, se ha comido cuatro trozos tan grandes como mi puño - Sirius guarda la varita en el bolsillo del pantalón -, no sé cómo no se ha dado cuenta de los hechizos reductores.

- Pobrecito - se compadece James untando el dedo en el chocolate y saboreándolo con deliciosa maldad -, a veces me da pena - Sirius arquea un ceja -, pero luego me acuerdo de lo gracioso que es esto y se me pasa.

- ¿Has averiguado algo?

- No, mierda, claro que no - gruñe -, el estúpido libro que he cogido está lleno de mierda, fantasmas, más mierda, diablillos que sueltan mierda y, ¿sabes qué más?

- ¿Mierda?

- Exacto.

- Pues sí que andamos buenos - se deja caer en el banco desilusionado -, creía que sería más fácil.

- Tal vez si se lo contásemos a Peter o a Remus…

- No. - Sirius niega con la cabeza, y es una negación tan rotunda que James no se atreve a volver a preguntar.

Cuando acaban de comer vuelven de camino a la Sala Común de Gryffindor; suben al dormitorio y es el turno de Sirius para ojear el libro, durante casi tres horas, con el mismo inútil resultado. Mientras tanto James se entretiene en mover la pluma sobre el cuaderno de anillas de Remus, que ha pasado a ser oficialmente de su propiedad. Sin discusión alguna.

Cerca de las ocho de la tarde, Peter aparece por la puerta; tiene aspecto enfermizo y le tiemblan las rodillas cuando se sienta en su cama. James y Sirius se miran y hacen un esfuerzo sobrehumano para no empezar a reírse otra vez. En lugar de eso, la ausencia de su otro amigo les llama más la atención.

- ¿Y Remus?

- Vomité - explica Peter -, vomité mucho y de color rosa.

- Ahórrate los detalles, colega.

- La enfermera me regañó; dijo que era un empacho pero le dije que tú habías comido lo mismo y me dijo que nadie humano sería capaz de hacerlo… - Sirius se muerde el labio para no carcajearse - El caso es que cuando el suelo se llenó de… Ya sabéis, eso a Remus le empezó a pasar algo. Se puso de color gris y dijo que no se encontraba bien. La enfermera le colocó el termómetro y yo vi como tenía mucha fiebre. Así que ella se lo llevó y yo me quedé esperando hasta que me dio una infusión y me dijo que me largara.

- ¿Se lo llevó?

- Sí, a curarle. Necesitaría atención y reposo, parecía a punto de vomitar. Como yo.

Ninguno dice nada: James se tira en el colchón y lanza el cuaderno debajo de la cama, junto a un par de pantalones de uniforme. Sirius cierra los ojos y apoya la cabeza en la pared, parece cansado, y esa arruga en la frente que aparece siempre que está enfadado hace acto de presencia. Peter observa a sus amigos y no entiende, pero tampoco se atreve a preguntar. Hay tensión en el ambiente, en algún momento de la tarde casi noche, James se agacha y saca una bolsa llena de chocolatinas de alguno de esos sitios que utiliza para esconder petardos y otras cosas; se acerca a Sirius y le ofrece una barra entera, rellena de miel, que el otro acepta con gusto. Peter levanta la mano y recibe en compensación un barquillo cubierto de mermelada de melocotón caramelizada. Esto es lo que a James no le gusta. Pero no protesta. Solamente se les escucha a ellos masticar, y desenvolver paquetitos, para luego tirarlos al suelo. Nadie lo ha dicho, pero todos han decidido que no bajarán a cenar.

Alrededor de las diez James se quita la camiseta y Sirius hace lo mismo, después los pantalones y los dos se meten en la cama; Peter vacila, coge su pijama y se viste lentamente, observando el hueco vacío que ha dejado Remus. Apoya la cabeza en la almohada y cierra los ojos, esa noche no habrá chistes, peleas ni tampoco será maquinado ningún plan, eso lo da por sentado. Por eso le sorprende cuando escucha a James y Sirius susurrando en voz baja. Alcanza la varita de forma silenciosa y en un movimiento rápido susurra "lumos" y enfoca a sus dos amigos.

Tal y como ha supuesto, ellos están muy juntos, con las frentes casi pegadas y hablando de algo que por supuesto le han excluido.

- Está bien, ¿qué es lo que pasa?

- Peter… - James desvía la mirada - Duérmete, estás empachado y todo eso. No queremos que nos potes encima por la noche.

- Ya no me pasa nada - se queja -. O me contáis lo que pasa o…

- ¿O qué? - Gruñe Sirius en la penumbra - ¿Vas a clavarnos la varita en el ojo?

- Chicos…

- No es nada que no sepas, quiero decir - James vacila -. Es eso de Remus, que a veces se comporta raro y lo de la enfermería y bueno... Creemos que él nos oculta alg…

Nunca llegó a terminar esa frase, porque el silencio de la noche se vio roto por el quejido de su obsesión, por el sonido que le persiguió durante meses. Y no dudó ni un instante en tomar la decisión que tomó. James Potter es impulsivo, quizás demasiado, obstinado, siempre consigue lo que quiere. Sirius Black es tozudo, quizás demasiado, malhumorado, nunca se le resiste nada.

Y por eso, esa noche del 18 de marzo de 1973 los dos se lanzan al mismo tiempo al suelo y levantan el colchón ante la atenta mirada de Peter Pettigrew. Cogen la capa invisible de un extremo cada uno.

- ¿Bueno, qué? - Sirius espera impaciente mirando al chico de ojos pequeños y mechones castaños pegados a la cabeza - ¿Vienes o vas a quedarte ahí pasmado?

- Sí claro pero… - Coge un par de jerseys y se los tira a las manos - Ya que no está Remus para decirlo: no creo que debáis salir medio desnudos a la noche.

- Es cierto, no está Remus… - Sirius se viste - ¿Deberíamos ir a pesar de que no está?

- Remus nunca está y yo no pienso perder un día más en esto - James parece enfadado -. Si él quiere ponerse enfermo cada dos por tres es su problema. Iremos, descubriremos al monstruo y se lo contaremos. Y nos dará las gracias.

- O nos insultará por temerarios. - Interviene Peter.

- O nos insultará por temerarios. - Asiente James.

El castillo de Hogwarts es muy diferente por la noche que por el día, pero a las tres personas que bajan las escaleras a paso rápido no parece importarles ningún detalle que cualquier otro día les habría fascinado. James apenas tiene que pensar por donde caminan, y Sirius tras él podría haber hecho el recorrido con los ojos cerrados. De nuevo, como días atrás Sirius mueve la varita en el lugar correcto, da gracias a su memoria fotográfica y los tres se cuelan por el pasadizo hacia el exterior, la noche o el misterio, que para ellos es lo mismo en ese momento.

Hogsmeade por la noche es distinto; parece uno de esos pequeños pueblecitos de las postales de Navidad que se mandan los muggles, solo que sin estar cubierto de nieve. Las ventanas de las casas están apagadas, alguna brilla con poca intensidad y los tres deducen que se trata de alguna vela olvidada por algún ávido lector.

No se quitan la capa, sienten como si fuera a prueba de balas, o en su caso a prueba de maldiciones. Moverse es más complicado, pero tienen miedo de que las tres varitas iluminadas puedan ser detectadas por alguien mientras bajan por la ladera de poca pendiente que lleva hasta la calle principal del pueblo. Siguen el mismo camino que meses atrás, cuando por primera vez se atrevieron a usar el pasadizo de Honeydukes y lograron llegar hasta la codiciada Casa de los Gritos. El mismo camino que les golpeó con la decepción en los dientes. Pero esa vez se siente diferente, porque es de noche, porque la tensión se les congela en la sangre o porque sus ojos apenas parpadean.

Es difícil seguir esa dirección, sobre todo porque los sonidos y los golpes se hacen cada vez más fuertes, más graves, más sensibles en la piel. Peter coge del brazo a Sirius y este gruñe un "quita" y le empuja molesto; James sin embargo lleva un buen rato con los dedos cerrados alrededor del jersey de su mejor amigo y este no dice nada. En realidad Sirius también está asustado; puede que más asustado de lo que ha estado en su maldita vida. Más incluso que aquella vez que quemó un vestido de su madre y Regulus se lo contó. Más incluso que aquella vez que su padre le encontró intentando darle la prenda a Kreacher. No es el mismo tipo de miedo, no es el simple temor a una reprimenda o incluso un castigo físico; se trata de algo más, es una soga alrededor del cuello que amenaza con ahogarte y no dejarte respirar nunca más. Es esa sensación de bañarte en el mar y no hacer pie.

Peter, Sirius y James se quitan la capa delante de la Casa de los Gritos esa noche. La dejan en el suelo porque nadie en su sano juicio aparecería por allí. Pero los años demostraron que eso del juicio era algo que ninguno de los cuatro poseía en abundancia. Tal vez si hubieran sido un poco menos impulsivos y un poco más temerosos; un poco menos curiosos y un poco más responsables, las cosas no habrían salido como lo hicieron. Pero no fue así. Y aquella noche tiritan, no fruto del frío, sino a causa de la tensión y el temor. Los golpes que suenan contra las paredes de la casa se sienten como los latidos del corazón. James se lleva la mano al pecho y abre la boca, imitando el sonido en silencio. Peter se encoge en su sitio, inmóvil, congelado por el terror. Sirius sin embargo, traga saliva y se acerca a la valla con pasos que al exterior parecen decididos pero que internamente le duelen más que clavarse agujas en los dedos. James le sigue con un poco más de duda, pero la curiosidad brillando en sus ojos oscuros.

Se escucha algo similar a un ladrido y después un gruñido de amenaza cuando Sirius salta por encima de la cerca.

- Sirius, cuida.

- No te preocupes…

Sirius Black coloca la mano sobre la pared de la Casa de los Gritos y el ruido cesa. Por primera vez en toda la noche el valle queda en silencio y parece que duerme. Los dedos de Sirius se crispan contra la madera y da un paso hacia atrás cuando un fuerte ruido golpea justo el lugar en el que la tiene apoyada. Algo en el interior de su ser le dice que se marche, que corra tan rápido como pueda y supone que es el instinto; pero otra parte de él, que al parecer es mucho más fuerte suplica que se quede allí. Es la misma sensación que le envuelve cuando vuelve a Hogwarts un 1 de septiembre, la misma que cuando juega al ajedrez mágico con Remus y le gana con facilidad, la misma que cuando Peter cae en una broma o la misma que cuando está con James. Y es una sensación tan fuerte que la mano continúa allí; su vida está siendo protegida por el muro de una casa a medio derruir y sin embargo tiene los pies clavados al suelo.

- Sirius - James susurra a su lado, le coge del brazo y estira. Hay algo en sus ojos marrones que le obliga a hacerlo. Deja que su mejor amigo le haga retroceder hasta el lugar en el que Peter espera con la capa en la mano.

- ¿Q… Qué es? - Consigue articular una vez que se ha recuperado a sí mismo - ¿Qué es eso?

- Gruñe como un perro. -Murmura James tan bajito que no parece ni él.

- Un perro asesino - traga saliva Sirius -. Pero…

- ¿Qué?

- Me resulta familiar, algo… Huele a familia.

- ¿Huele? - Parece que James casi se ríe - ¿Ahora tú eres un perro? Eso es un monstruo, tío.

- Sí, es una chorrada… Supongo que me habré acordado de mi madre.

Vuelven por donde han venido, en silencio; parecen muertos vivientes, y es que los tres podrían asegurar que una parte de ellos se ha quedado en esa colina, en la Casa de los Gritos. Una parte muy importante. Parece que hace más frío que minutos antes, incluso el pasadizo se les hace más largo y estrecho que a la ida, y cuando llegan al dormitorio y guardan la capa de invisibilidad bajo el colchón y se tumban cada uno en su cama, los pensamientos casi podrían verse en el aire. Primero se duerme Peter, cuando consigue normalizar el ritmo de su respiración. Después James, que tiene una idea en la cabeza tan aterradora que no sabe ni si se atreverá a compartirla con el muchacho que respira hondo a su lado. Sirius es el último. Para cuando consigue cerrar los ojos, lo último en lo que piensa es que puede que su madre sea un monstruo, pero en la Casa de los Gritos olía a familia y desde luego Sirius no ha conocido el significado de esa palabra hasta que puso los pies por primera vez en esa habitación.