El lado oscuro de la luna
El lado oscuro de la lunaNo hay forma. No hay manera. Aquella mañana Remus Lupin tiene un secreto que ocultar y hasta Godric Gryffindor sabe que Sirius Black y James Potter tienen un olfato prodigioso para los secretos, los misterios y las preguntas sin respuesta. Pero nunca, nunca jamás podría haber llegado a imaginarse que llevarían su empeño por descubrir algo hasta aquel punto.
Durante el desayuno, le miran. Apostados uno a cada lado. "Desde que el mundo es mundo", como suele decir Sirius (es decir, en la mente de los cuatro, desde que entraron a Hogwarts), los asientos del comedor durante los almuerzos han estado repartidos de forma estudiada y equitativa: James y Peter, a la derecha, y enfrente suyo, en el banco de la izquierda, Sirius y Remus, en este orden de cercanía al gran portón del comedor. Pero no, aquel día no. Aquel día James se ha decidido a colocarse a la izquierda de Remus y está invadiendo el espacio personal de la chica rubia creo que se llama Sandy de quinto que suele utilizar ese lugar y que en ese momento está enfrascada en una trifulca unilateral por comerse una tostada de queso y mermelada mientras el codo del novato buscador de Gryffindor ocupa el espacio legítimamente destinado a colocar su plato.
La chica refunfuña y comenta con la chica sentada en frente suyo cómo "estos niños de primero y segundo son cada vez más maleducados", pero James no se percata de una sola palabra de la conversación porque está demasiado ocupado intentando hacer sentir incómodo a su amigo el aún no declarado licántropo.
— Vaya, vaya, Remus Lupin… Su cortada se desmorona por momentos… — dice, muy serio, y sin dejar de observarle fijamente un solo momento por encima de las gafas, como si quisiera evitar que el cristal de éstas erosionara la mirada intimidatoria que pretende adoptar pero que no consigue del todo. Coge un tenedor, previamente manchado de mantequilla por Sirius, y simula amenazar a Remus con él
— ¿¡Dónde estabas anoche a las…
— Once — apunta Sirius.
— …once de la noche, Remus Lupin!?
— Por enésima vez… Me encontraba mal. Fui a la enfermería. Ya está. Solo eso. — suspira éste.
— ¿El acusado tiene alguna prueba que lo demuestre?
— ¿¡El acusado!? Por Merlín, James Potter…
— No hay pruebas, señoría — sentencia Sirius, con voz grave, al tiempo que da un puñetazo en la mesa que hace temblar la vajilla — No hay pruebas. ¡Miente!
La conversación lleva prolongándose más de treinta minutos y a Remus cada vez le tiemblan más las piernas. Y sería sin duda extremadamente más fácil deshacerse del vacío abismal que tiene en el estómago en aquel momento si Sirius dejase de gruñir y murmurar inteligiblemente para sí mismo. Parece que nunca jamás se van a cansar de insistir en aquella infernal conversación cuando Peter entra al Gran Comedor caminando rápido, nervioso. Remus se había dado cuenta de que su amigo no se encontraba allí al principio de la mañana, pero tras más de media hora de martirio incesante por parte de sus otros dos amigos y aunque se siente mal reconociéndolo, se había olvidado por completo de su ausencia. Pero ahora Peter acaba de llegar y está pálido y le tiembla un poco el pulso, como si estuviese asustado o alguien acabase de confiarle un gran secreto que no estuviese completamente seguro de poder guardar. Lleva, para sorpresa de todos, un libro entre las manos; es sorprendente porque es domingo y es por la mañana y ni siquiera hay deberes para el día siguiente. El joven licántropo le mira, sorprendido, y durante unos instantes tampoco James y Sirius dicen nada: simplemente le observan sentarse en la mesa y dejar el grueso volumen encima de ésta, casi derramando una copa de zumo de calabaza que descansaba a su derecha.
— Chicos… Ch-chicos, creo que ya sé lo que es.
— ¿Ya sabes lo que es? — pregunta Sirius, que parece un poco menos enfadado, aunque no demuestra demasiado interés.
— La cosa… La cosa de la Casa de los Gritos.
La simple mención de la Casa de los Gritos sí que consigue captar la atención de los tres. Sirius y James se acercan más hacia donde está Peter, inclinándose sobre la mesa, haciendo caso omiso a toda la comida y objetos que reposan sobre ella; Remus trata de mantener la cabeza fría. Piensa que no hay posibilidades reales de que sepan qué es lo que ocurre de verdad, pero aun así, no puede evitar que un escalofrío le recorra la espalda, y no es solo por la leve probabilidad de que Peter sepa la verdad sobre su secreto sino por la forma en la que lo ha dicho: se ha referido a "la cosa de la Casa de los Gritos". Y al fin y al cabo, eso es lo que es: una "cosa", un monstruo, una aberración. Y eso es lo que pensarán de mí si se enteran.
— B-bueno… Me he quedado dormido esta mañana, y como Remus no estaba, bueno, no me habéis despertado…
— ¡Uy! — exclama James — Estabas tan mono durmiendo…
— Eres tonto, Jimmy, te lo juro. ¿Y qué más?
— Bueno, pues… Me he despertado y he visto que no estabais ahí, así que me he vestido rápidamente…
— Por Merlín, Peter, que eso no nos importa…
— ¡Bueno! Pues resulta que no encontraba ningún par de calcetines limpios, así que he buscado debajo de la cama de James, porque debajo de la cama de James siempre hay calcetines…
— ¡Oye! ¿Llevas puestos mis calcetines?
— ¡Calla, James!
— Y-yo… Bueno… Pues resulta que debajo de tu cama encontré este libro — deposita el pesado tomo que guardaba bajo el brazo sobre la mesa y comienza a pasar las páginas con cuidado. A juzgar por las ilustraciones, Remus puede adivinar que se trata de un libro sobre criaturas mágicas — tiene que estar por aquí…
— ¿Un libro debajo de tu cama, James? — acierta a preguntar Remus, con voz temblorosa, intentando eliminar un poco de tensión a la situación que, en apariencia, solo es tensa para él.
— Lo cogí de la biblioteca — murmura — Quería comprobar… Algo. Pero no había nada en ese libro que se pareciese a lo que sea que hay ahí dentro.
— ¡Aquí! — exclama Peter, señalando una de las páginas, y acto seguido girando el ejemplar para que los otros tres puedan leerlo con claridad.
Y en ese momento a Remus le falta el aliento.
Porque aquel pesado tomo titulado "La noche: qué sucede cuando duermes" tiene, a simple vista, unas ochocientas páginas, aproximadamente, y el desgastado interior de éstas contiene información sobre probablemente cientos de criaturas mágicas y Peter podría haber elegido como posible habitante de la Casa de los Gritos cualquiera de ellas y seguramente no hubiese estado ni siquiera levemente cerca de dar con la respuesta correcta.
Pero por algún motivo que él aún no entiende, aquel día Peter acertó.
— ¿Un hombre lobo? — pregunta James, mostrándose visiblemente asombrado, primero, y transformando drásticamente su expresión después, como si hubiese comenzado a plantear seriamente la posibilidad. Parece que va a continuar hablando, pero no dice nada más; se limita a observar el libro abierto sobre la mesa del desayuno, intentando encajar mentalmente aquella información.
— ¿Un hombre lobo en Hogwarts? — continúa Sirius, menos sorprendido que su amigo, pero no mucho más convencido — ¿Es la nueva mascota de Hagrid o qué?
— No, tío. No iban a dejarle tener un hombre lobo por ahí suelto, ¿no? Además, ¿qué te hace pensar eso?
— Aquí... aquí, mirad esto — Peter señala con sus dedos regordetes uno de los pasajes del volumen, bajo el título "hombres lobo: cómo identificarlos" — Pone que se transforman una vez al mes...
— ¿Cuánto hace de la última vez? — pregunta James, alarmado.
— Fue... Fue antes del partido de quidditch, ¿no? Hace...
— Hace un mes más o menos — completa Sirius.
— No, no puede ser. ¿Un hombre lobo? Eso sería... raro.
— No sé, Jimmy — el joven Black se encoge de hombros — En realidad tiene que ser divertido tener un hombre lobo solo para ti, tío. Imagínatelo.
— Pero... ¿Cómo demonios domesticas un hombre lobo? ¿Qué comen? ¿Tienes que sacarlos a pasear y todo eso?
Sirius sonríe. Con malicia. Agresivo, de medio lado. Cuando sonríe así parece capaz de conseguir cualquier cosa y a Remus le fallan las rodillas ante la expectativa de tener que comprobar qué está planeando.
— No lo sé. No lo sé, tíos. Pero sin duda habrá que comprobarlo. — y su expresión no se mueve un milímetro y su mirada convencería a un titán. Se remueve el pelo despacio, no de la forma en la que James, distraído, suele hacerlo; hay algo más ahí, una leve madurez implícita o masculinidad incipiente que asoma tras los ojos del niño rebelde que ya no es tan niño y ha decidido que necesita respuestas, a cualquier precio. Y es entonces cuando Remus comienza a sentir preocupación real; porque sabe que en algún momento aquella lucha entre su verdad y su miedo ha dejado de ser un simple juego y se ha convertido en una batalla de verdad que Sirius está decidido a combatir hasta el final y que puede arrebatárselo todo. Y ni siquiera la voz de Peter es capaz de distraerle de ese pensamiento.
— ¿¡Estás loco, Sirius!? ¡No vamos a acercarnos a eso nunca más! ¡Es peligroso! — peligroso. La palabra resuena en la mente de Remus, una y otra vez. Eso es lo que creen que soy, y tienen razón. Soy peligroso.
— Yo no estoy tan seguro de que sea un hombre lobo, Peter... — añade James, aún pensativo, deslizando la vista por la tinta que ya se torna de color azulado sobre el papel amarillento. — ¿Cómo va a estar un hombre lobo ahí encerrado todo el día? ¿No tiene que hacer... cosas de lobos? No sé, gruñir, mear por ahí, aullarle a la Luna, comer, qué se yo... ¡Eso! Además, ¿qué come?
— Hmmmm — murmura Peter, mientras se apresura a pasar las páginas del antiguo libro, buscando una respuesta convincente a todas las incógnitas recién planteadas.
— Además — añade Sirius — la Casa de los Gritos no es muy segura. Un hombre lobo tiene que ser muy grande... Creo que la destruiría, ¿no?
— Pero a lo mejor esta encantada, tío. Para que no se caiga o algo...
— No encuentro nada sobre qué comen... — suspira Peter, cerrando el pesado volumen de una vez por todas y cruzando los brazos sobre él como si estuviese cansado — Pero...
— ¡Ah! ¡Claro, tíos! — James parece sentirse terriblemente orgulloso de haber llegado por fin a una conclusión — ¡Los hombres lobo solo son lobos una vez al mes! ¡Así que el resto del tiempo es una persona! Comerá... No sé. Carne, y pastel de calabaza, y esas cosas. Lo que comen las personas.
— Ah... Ah. No, espera. ¿¡Y si es alguien que conocemos!? — exclama Sirius, en voz tan alta que hace sobresaltarse a dos chicas de Ravenclaw que pasaban tras él, dirigiéndose a la puerta del comedor.
— Pero Sirius, tío, no puede ser un alumno... — James primero y después Peter niegan con la cabeza — No, es imposible. Nos habríamos dado cuenta si, yo que sé, el tipo de la nariz grande de Hufflepuff o la chica de las cejas juntas a la que Lily ayuda con los deberes a veces fuesen un hombre lobo.
— ¿Y si es un profesor? — sugiere Peter, inicialmente como una broma, pero cuya proposición es tomada por sus amigos como algo completamente serio. Los tres miran hacia la mesa donde los maestros del colegio están desayunando tranquilamente, observando con atención cualquier mínimo movimiento que pudiera hacerles sospechar de alguno de ellos.
— Slughorn es demasiado rechoncho para serlo, tío. — apunta Sirius.
— Y McGonagall ya es un gato y no se puede quedar todos los animales para ella, tío. Quiero decir, sería genial que fuese un lobo y un gato a la vez, pero es demasiado.
— ¿Y la profesora Sprout?
— Qué va, Jimmy, a ella la hubieran encerrado en los invernaderos o algo así. Total, se pasa el día ahí entre mandrágoras asquerosas y tubérculos grimosos que escupen pus.
— Hmmm... Flitwick no, porque más que un hombre lobo sería... No sé, un cachorrillo lobo o algo así.
— Podría ser Dumbledore — dice Peter — ¡Imagináos que el director del colegio es un hombre lobo! Qué miedo...
— ¡¿EL DIRECTOR DE NUESTRO COLEGIO ES UN HOMBRE LOBO!? — exclaman James y Sirius al unísono, en un tono de voz demasiado alto, por supuesto, que hace que cada alumno en cuatro metros a la redonda les mire con una mezcla de exasperación y asombro. Sirius continúa — eh... No, claro que no. ¿A quien se le ocurre pensar semejante tontería? ¡Qué cosas tienes, Peter! ¡Hay que ver!
— Oye, Remus — pregunta James, intentando quitarle importancia al hecho de que acaban de convertirse, por unos segundos, en el centro de atención de toda la sala — ¿Y tú qué opinas del tema?
A Remus le hubiese gustado contestar, pero se siente incapaz de pronunciar una sola palabra. La simple posibilidad de sus tres amigos descubriendo aquello que con tanto empeño se ha visto obligado a ocultarles durante casi dos años le aterroriza, le paraliza en su asiento; se nota palidecer mientras desea con todas sus fuerzas poder cerrar los ojos y esconderse bajo la ropa, encogerse entre la tela negra de su túnica y desaparecer. Siente náuseas; frío, y luego calor, luego frío de nuevo, y escucha el bullicio y las conversaciones de los jóvenes magos del Gran Comedor solo a lo lejos en un eco lejano, como si en realidad se encontrase a cientos de metros de allí.
— Remus... Tienes mala cara. ¿Estás bien? — continúa el chico de pelo desordenado, preocupado — ¿Quieres que te llevemos a la enfermería de nuevo? A lo mejor no te has recuperado del todo...
— ¡No! ¡No! — consigue exclamar éste — Estoy... Bien. Creo que... Sigo un poco resfriado, eso es todo. Y creo que... Que ya es tarde y tenemos que ir a clase, chicos.
— Este chico es un aguafiestas, Jimmy, te lo digo de verdad. Un día va a explotar por culpa de su propia pedantería y nos va a tocar recoger los trocitos y no podrás decir que no te lo advertí.
Se dirigen hacia el vestíbulo; Remus camina con dificultad, temblando, y James pasa una mano por su hombro y dice en voz baja "no te preocupes, Remus, verás como te pones bien... ¡Tengo chocolate relleno de fresa, tu favorito! ¡Eso seguro que te ayuda!" , que le reconforta un tanto, pero al mismo tiempo le hace sentirse enormemente culpable. Y aunque el asunto del hombre lobo termina por ser olvidado al final del día y sustituido por animadas conversaciones sobre el próximo partido de quidditch, la nueva blusa de color azul pálido de Lily Evans y una acalorada discusión en la cual Sirius defendía que Strawberry Fields Forever era la mejor canción del Magical Mistery Tour de los Beatles mientras James sostenía que The Fool On The Hill era insuperable, "el misterio de la Casa de los Gritos", cómo ya se habían habituado a llamarlo, fue un tema recurrente durante los días e incluso semanas siguientes. Y es por eso que, la noche del 17 de abril de 1973, cuando Remus ya siente el brillo amargo de la luna arder en sus cicatrices y escucha al lobo gruñir bajo cada centímetro de su piel, parte hacia la enfermería con más miedo que nunca: miedo de sí mismo, miedo de lo que James, Sirius y Peter puedan llegar a deducir en su ausencia; miedo a lo que saben y a lo que ellos aún desconocen que no saben. El camino hacia el primer piso es lento y sabe en cierto modo a despedida; y, mientras baja las escaleras, es consciente de que no podrá sostener esa situación durante mucho más tiempo. Sabe que tiene que tomar una decisión, y que aquella decisión puede acabar con todo lo que más valora. Y aquella incertidumbre le persigue y le atormenta, y de ningún modo es capaz de escapar de ella: incluso cuando la luz de la luna vuelve a rozar su piel de nuevo aquel día, en la frontera entre el hombre y la bestia, su último pensamiento es para ellos tres: para Sirius, James y Peter, que se encuentran en ese momento en los dormitorios, a solo unos metros de allí. Para aquellos que son todo lo que Remus jamás ha tenido, más de lo que cree merecer, y más de lo que jamás volverá a tener cuando poco a poco, uno a uno, muchos años después, todos ellos se apaguen despacio bajo el peso de la más oscura de las guerras y sus recuerdos se desvanezcan dejándole solo otra vez: tan solo como la Luna que brilla en el cielo nocturno y que en ese momento es, y siempre será, la segunda peor de sus pesadillas.
El primer aullido se escucha claro y desgarrador desde los dormitorios de la torre de Gryffindor y atraviesa el cielo nocturno estrellado como el filo de una espada larga y plateada. Y James, Sirius y Peter, que hasta hacía un segundo se encontraban tumbados en la cama, corren hacia el marco de la ventana abierta de la habitación como si llevasen esperando aquel momento desde el mismo segundo en el que el sol se había perdido en el horizonte, en una marea de luz anaranjada. Aquella noche hace un mes de la última vez que escucharon los gritos que dan a la destartalada casa de Hogsmeade su nombre y si la teoría de Peter era cierta y lo que en ella residía era un hombre lobo, aquel era el día en el que debían escuchar aquel inquietante sonido de nuevo.
Y allí está.
Otro estruendo se superpone al anterior; más sonoro, más doloroso. Escuchan en silencio, con la carne de gallina y con el misterio vibrante, palpable, esperando a ser desvelado flotando en el aire y entremezclándose con el sonido de la vieja radio que Peter consiguió arreglar y más tarde James encantó para que funcionara sin electricidad y que ahora susurra despacio and if the cloud bursts thunder in your ear, you shout and no one seems to hear mientras ellos apenas son capaces de prestar atención. Saborean esos segundos despacio, notan como el miedo y la intriga y la adrenalina van haciéndose hueco en sus estómagos y en sus corazones, poco a poco, and if the band you're in starts playing different tunes, I'll see you on the dark side of the moon. Finalmente James se decide a hablar, intentando quitar tensión a la situación.
- Oye, Sirius, no es por nada, pero a ver si vas a ser tú el hombre lobo, ¿eh? – sonríe, con esa sonrisa infantil espontánea que nadie sería capaz de fingir jamás – Ya sabes, esos bichos tienen mucho pelo y bueno, solo hay que mirarte las cejas...
- Pero cállate, imbécil – gruñe éste - ¿No ves que estoy aquí ahora mismo? Siempre he estado aquí cuando...
No termina la frase. No hace falta. Los dos, James y Sirius, se miran mutuamente, alarmados, atónitos, sin querer creer en el pensamiento que ha recorrido sus mentes simultáneamente durante una milésima de segundo y que tiene mucho más sentido de lo que a ellos les gustaría en aquel momento.
- No. No puede ser, Sirius. No. – James niega con la cabeza – No puede ser.
- ¿Qué pasa, chicos? – pregunta Peter, que no parece haber llegado a la misma conclusión que ambos.
- Remus... – se atreve a contestar Sirius – Remus nunca está cuando esa cosa aulla.
- Pero...
- ¡Remus no es un hombre lobo, Sirius!
- ¡Piénsalo, James! Nunca está... Él nunca ha podido escucharlo. ¿Es mucha casualidad, no? Las enfermedades repentinas... Las cicatrices... No es la primera vez que lo pienso. Desaparece una vez al mes. ¡Una vez al mes! No puede ser otra cosa..
- No... No... ¡No es verdad! ¡No puede ser un hombre lobo y no habérnoslo contado!
- Pero... ¡Pero los hombres lobos son peligrosos!
- ¿Y qué más da, Peter? Él... Él nos lo contaría, es nuestro amigo...
Discuten un rato. Entre Sirius, que aunque no sabe por qué, tiene la certeza absoluta de que por fin ha descubierto aquello que llevaba sospechando levemente tantísimo tiempo. James, que no quiere creer y Peter, aterrorizado, que se niega a planteárselo. Tras unas horas, desisten y deciden dejar de lado el tema; se tumban sobre sus respectivos colchones y cierran los ojos, esperando que de algún modo al día siguiente nada de aquello haya ocurrido; buscan a ciegas una explicación distinta, algo más lógico, menos doloroso.
El brillo de la luz de la luna llena sobre las sábanas vacías de la cama de Remus no les dejará dormir, a ninguno de los tres.
