Pide un deseo y puede que se te cumpla

La victoria del equipo de Gryffindor duró mucho, pero no lo suficiente como para borrar de la cabeza de los alumnos del castillo la presencia acechadora de los exámenes finales. Durante toda una semana los pasillos del colegio estaban llenos de gritos de enhorabuena y los más escépticos todavía no se podían creer que los leones hubieran desbancado a Slytherin en una victoria que llevaba perteneciéndoles cuatro años seguidos. Pero al lunes siguiente, cuando los jefes de las casas movieron sus varitas y un montón de papeles aparecieron delante de sus narices, las ganas de fiesta y celebración se borraron de un plumazo. Quedaba casi un mes para que comenzaran los exámenes, y para alumnos como James o Sirius eso era una eternidad, pero para alguien como Remus parecía estar a la vuelta de la esquina.

Ese año, como el anterior y los siguientes se creó un enorme conflicto en la habitación de los chicos; Remus intenta estudiar incluso después de haber terminado de cenar y a pesar de llevar todo el día encerrado en la biblioteca y James da patadas a la pared rítmicamente, escuchando a Sirius maquinar un plan para molestar a Severus Snape.

- Cangrejos... – Murmura por quinta vez – Quiero meterle cangrejos en los calzoncillos.

- Claro, vete a pescar, yo te espero sentado – James juega con las gafas a varios centímetros de su cara –. ¿Qué te parece si le tiramos por ese hueco de la escalera a las mazmorras en el que se escuchan voces?

- Pero podría morirse.

- ¿Qué te parece si le tiramos por ese hueco de la escalera a las mazmorras en la que se escuchan voces?

- Seguro que Lucio lloraría mucho por la pérdida de su amor.

- ¿Qué te parece si le tiramos por es… – No puede volver a repetir la pregunta porque Remus le tira el almohadón con un gruñido que suena como un perro enfurecido – Oye Remus, si quieres que matemos a Snape con almohadas podrías haberlo sugerido de forma pacífica.

A pesar de que James y Sirius consideraban que "un mes" tenía que durar por lo menos un año, a las tres semanas los dos amigos decidieron ponerse a estudiar y dos días antes de los dos primeros exámenes; Defensa Contra las Artes Oscuras y Encantamientos, las preguntas, la desesperación y los "voy a dejar los estudios" inundan de nuevo el dormitorio a las diez de la noche.

- Tíos, el día que me muera quiero que en mi tumba ponga "era deliciosamente guapo pero odiaba la Defensa Contra las Artes Oscuras y todo lo que tenía que ver con ellas. Pero era deliciosamente guapo, eso sí." – James se golpea la cabeza con el manual de segundo.

- Yo creo que voy a suspender Encantamientos – lloriquea Peter –, sé que no me va a salir el examen práctico…

- Si eso es lo fácil – Sirius mueve la varita en el aire al tiempo que obliga a su zapatilla a dividirse en dos zapatillas más pequeñas, y luego tres, y luego cuatro y así sucesivamente –, la mierda es el teórico. Seguro que Godric Gryffindor era analfabeto y no por eso deja de ser un gran mago.

- No era analfabeto – Remus repasa de mala gana las formas de acabar con los Gorros Rojos –, si hubiera sido analfabeto no habría fundado un colegio. Creo que tiene sentido.

- ¿El teórico de las dos es por la mañana y el práctico por la tarde? – Pregunta James incorporándose y tirando el libro debajo de la cama.

- Sí, Jimmy; y en el descanso puedes ir a por Lily Evans y preguntarle si quiere practicar contigo.

- Algún día querrá practicar conmigo y tú llorarás, imbécil.

- ¿Practicar el qué, Jimmy?

A esa altura de la conversación Remus se levanta, le quita la varita a Sirius y señala la cama de mal humor "o te vas a dormir ya o te juro que cerramos la puerta con llave y te quedas ahí fuera esperando a que los fantasmas te hagan compañía". A eso le sigue una serie de protestas "jo, es que cuando hay exámenes estás insoportable" y "pues que sepáis que si suspendo será vuestra culpa". Y luego los cuatro se duermen, soñando con demonios de agua, tazas que bailan claqué y arbustos que arden cuando agitas la varita.

Tal y como había dicho Sirius dos noches antes, el examen de Encantamientos tiene lugar en su aula habitual, con las mesas mágicamente separadas y bajo la supervisión del profesor Flitwick; James rellena el examen tan rápido que el pequeño profesor le pregunta cinco veces seguidas si está seguro de que no se ha dejado nada, después de contestar a sus preguntas, Sirius también lo entrega, no sin antes escribir en una esquina que "estoy muy seguro de que Godric Gryffindor no era analfabeto, señor, porque si lo hubiera sido no se le habría ocurrido la idea de ser profesor en un colegio. Me gusta mucho que hagamos exámenes teóricos y lo considero extremadamente útil para mi futuro profesional". Remus y Peter tardan un poco más, pero para cuando salen del aula no hay tiempo de comentar nada, ya que el examen de Defensa Contra las Artes Oscuras es media hora después y ninguno de ellos quiere que por alguna razón desconocida todo lo que han memorizado se esfume de sus cabezas como si fuera humo. El examen tiene cinco preguntas y Sirius y James intercambian una larga mirada cómplice cuando una de ellas se trata de enumerar criaturas que habitan en la noche y a Remus le tiembla el pulso cuando escribe "hombre lobo" en letra curvada y clara.

Por la tarde Sirius consigue hacer una copia perfecta de un jarrón de "esos chinos" como dice él, James se queda pensativo un instante antes de duplicar un escritorio, argumentando que probablemente sería más útil multiplicar a gente, en concreto gente atractiva como él que le vale las risas del profesor Flitwick y un dedo acusador que le obliga a salir del aula. Remus completa el proceso perfectamente y Peter lo consigue después de que se le caiga la varita un par de veces y que una de sus sillas sólo tenga tres patas.

El examen de Defensa Contra las Artes Oscuras no le sale tan bien a Remus como esperaba; tropieza con una rama de árbol y quema el gorro del profesor, disculpándose diez veces seguidas antes de completar la prueba con éxito; Sirius sale bastante contento, después les dice que en lugar de atacar a una de las salamandras del tamaño de un ratón que han estado estudiando le ha amputado la pierna a una rata que se había colado por un agujero de la pared; Peter sale llorando y tienen que consolarle durante quince minutos seguidos y James ni siquiera lo acaba. Los gritos del profesor se escuchan en todo el corredor "SEÑOR POTTER VUELVA AQUÍ AHORA MISMO Y COMPLETE EL EXAMEN" y un "que no, profesor, que no, que la vida no funciona así".

Esa noche duermen mucho y cualquiera que no los conociese pensaría que son simplemente unos niños de trece años libres de malas intenciones e ideas que sacarían de quicio a cualquiera. Al día siguiente James se levanta excesivamente pronto y baja las escaleras con los ojos entrecerrados y las gafas mal colocadas, ni se molesta en ponerse camiseta, lo que provoca una reacción de indignación en la persona que le espera; vestida con el uniforme y un libro de Transformaciones de segundo en las manos; Mary MacDonald se recoge el pelo en una corta coleta en la nuca y los dos se sientan en una de las mesas, con la varita en la mano y durante casi dos horas repasan todos los hechizos hasta que la chica se siente lo suficientemente segura como para presentarse al examen.

- Te debo una, James.

- No me des las gracias, tú me ayudaste a ser un buen buscador.

- Bah.

- Con tal de que te refrotes contra mí como hiciste después del partido…

Mary le golpea en el hombro, se sonríen y luego ella se despide recordándole que más le vale vestirse antes de bajar a realizar el primer examen, que es el de Historia de la Magia. James vuelve a subir al dormitorio de los chicos y se tira encima de Sirius con cansancio; deseando no volver a levantarse, quedarse allí para siempre y esperar a que vuelva a comenzar el curso otra vez y que no haya más exámenes.

Sin embargo, ese día tienen que enfrentarse a la dura mirada de Minerva McGonagall y a la fría presencia del profesor Binns y Sirius Back juraría que es la peor combinación de examen del mundo si no fuera porque al día siguiente le espera juguetear con probetas y calderos y estúpidas recetas memorizadas para hacer pociones y después enfrentarse a las malditas plantas del invernadero bajo la supervisión de la profesora Sprout.

Y justo cuando todos los alumnos creen que van a explotar, que no serán capaces de hacer un hechizo más en su vida, llega el viernes y por fin todo acaba. Y Peter deja de lloriquear por las esquinas y Sirius pierde su especial mal humor y James se queja menos de lo duro que es vivir y Remus puede relajarse en los jardines de Hogwarts sin tener que pensar en las notas cada dos segundos y medio.

El año anterior los cuatro se atrevieron a acercarse a los lindes del Bosque Prohibido, pero ese día ninguno de ellos tiene ganas de aventuras; y a veces eso es bueno, descansar, sentarse bajo la sombra de uno de los cedros cercanos al lago y cantar alguna canción, contar algún chiste o recordar alguna anécdota del curso. Remus cierra los ojos, exhausto, apoya la cabeza en el tronco y respira tranquilamente. James no aparta la mirada de él, serio, incapaz de dejar de pensar en la loca idea que por alguna razón cada vez le parece menos descabellada y que comparte con su mejor amigo. Sirius decide fijarse en un par de chicas que se acercan al lago; la pelirroja deja caer la mano en el agua y sonríe mientras la morena ríe a carcajadas y la salpica un poco.

- ¿Evans y MacDonald son amigas?

- ¿Eh? – James levanta la cabeza para observar a las dos chicas. Ahora están sentadas, con la falda por encima de las rodillas y él desearía no tener ojos, o al menos poder arrancárselos para no sufrir de esa forma tan cruel. La piel de Lily es blanca, pero parece más oscura por las pecas salteadas que le cubren los gemelos y las pantorrillas. Los calcetines le cubren los tobillos y los lleva perfectamente ajustados, a diferencia de Mary, que nunca se preocupa por esas cosas. Las dos tienen los brazos al descubierto; Mary se tira contra el suelo y bosteza, la falda se le levanta hasta el muslo y tanto James como Sirius estiran el cuello para ver si pueden ver más allá. Lily parece darse cuenta porque se le escucha protestar y les arruina la diversión – Supongo. Están juntas… Creía que Lily iría con sus amigas de siempre; las que nos miran.

- Pues como vaya mucho con MacDonald dejará de ser una princesita, Potter.

- ¿A quién le importa? ¿No lo ves? Jamás había visto a Lily tan sonriente – contesta el chico. Y es que en ese momento cree que el sol no existe y que la razón por la que es de día es que Lily Evans ríe –, ¿se le harán arrugas en los ojos al sonreír? Hay a muchas personas que les pasa eso, ¿y tendrá hoyuelos?

- James – el chico se espera un "tío, deja de ser tan cursi" o "no sabía que tenía a una mujer de amigo" o "voy a vomitar" pero por primera vez en el día Sirius Black le sorprende –, eso sólo lo podrás comprobar cuando la tengas cerca y la hagas reír.

- ¿Crees que lo conseguiré?

- Aún no hay nada en el mundo que James Potter no haya conseguido, ¿no?

- Bueno, creo que cuando entré a Hogwarts tenía la intención de conseguir a los mejores amigos del mundo pero me quedé con vosotros; se ve que no soy tan perfecto como dicen…

Sirius se indigna y decide retirarle la palabra durante varios minutos, después Remus les coge del brazo y les obliga a hacer las paces, Peter intenta calmar la situación y después cansados acaban durmiéndose y solamente un prefecto de Gryffindor les toca en el hombro y les obliga a regresar a la habitación.

Es la última noche en el castillo antes de que comience el verano y los cuatro están sentados en sus respectivas camas, con la mirada perdida y muy pocas ganas de marcharse. Porque al fin y al cabo a nadie le gusta dejar su hogar; aunque vayas a pasar casi dos meses en India como Peter. Es el único que se va a ir fuera, los demás pasarán el verano observando cómo pasa el tiempo y esperando que llegue el 1 de septiembre.

Todos los estudiantes del colegio pasarán esa noche dando vueltas en la cama, martirizándose por el fin de las clases y los menos contados deseando disfrutar de un verano largo y caluroso; pero es que ni Peter, ni James, ni Remus ni Sirius eran como todos los demás; y la razón por la que eran diferentes no era que tuvieran una Capa Invisible, ni que supieran unos cuantos pasadizos, ni que necesitasen merodear por la noche tanto como respirar. La razón por la que eran distintos no era otra que la del insoportable deseo de sus corazones de querer ser parte de Hogwarts como lo son sus cuadros, o sus pasadizos, o las clases, o esa corriente de viento que huele a primavera que llena el corredor del ala este del quinto piso los viernes con número par de cada mes. Así que aquella noche de 1973, bajo la capa descendieron por las escaleras, bajaron al Gran Comedor y se sentaron en la enorme mesa de Gryffindor, en silencio, sin preocupaciones, sin pensar en Filch, en su gata o en las rondas de noche de los prefectos. Remus, Peter, Sirius y James pusieron las manos sobre la pared más cercana a las ventanas; levantaron la cabeza hacia el cielo lleno de estrellas y como muchas personas antes, muggles o magos, pidieron un deseo. Un deseo común que susurraron a los muros del castillo, un deseo que los ladrillos escucharon y que permanecería en secreto para siempre, encerrado allí, formando parte de los cimientos, formando parte del hogar de Los Merodeadores. Y Hogwarts cumplió. Nunca importaron las guerras, nunca importó Voldemort, nunca importó la profecía, nunca importó el Valle de Godric, nunca importó el Departamento de Misterios ni nunca importaría un duelo perdido. Nunca jamás importó nada aparte de ellos, aparte de la vida que compartieron allí y los recuerdos que paso a paso fueron creando. Porque hay muchas cosas que pueden ser arrebatadas, pero los recuerdos nunca se pierden y Hogwarts se aseguró de eso. Durante los cinco largos años siguientes hizo caso a los cuatro niños que con el corazón en un puño le pidieron una noche de verano que velara por ellos, que guardase todo suspiro de su existencia y que los hiciera eternos. Y eso es lo maravilloso de la magia, que hay cosas, por pequeñas que sean en un universo lleno de estrellas enormes y de nebulosas gigantescas, que nunca jamás desaparecen.

A la mañana siguiente, Minerva McGonagall se presentó en la Sala Común y les dio, como el año anterior los sobres con sus nombres y las notas, o lo que es lo mismo, los números que podían llevarles por el camino de la alegría o de la amargura.

Remus no dejó que vieran sus notas, las escondió detrás de la espalda y Sirius acabó por casi quitarle el jersey hasta que por fin consiguió leerlas y montar un escándalo "esto no es normal, os digo que esto no es normal. ¿De qué planeta eres?" Las calificaciones perfectas de Remus pasaron un poco desapercibidas cuando James y Sirius se pusieron a discutir sobre quién era más listo; matemáticamente la media de James era mejor, pero Sirius consideró que era injusto que siempre le pusieran un 100 en Transformaciones cuando "eres un palurdo y tienes las mismas habilidades que un mono con una varita de plástico". Consiguieron calmarle entre Peter y Remus señalándole que había sacado 95 puntos en Pociones y que eso no lo conseguía cualquiera y Sirius dijo que si no había sacado un 100 era porque Slughorn le tenía manía.

Lily Evans se acercó a Remus Lupin aquella mañana y le felicitó poniéndole la mano en el brazo y de nuevo Sirius murmuró algo como "Dios los cría y ellos se juntan" que le mereció una colleja por parte de James.

Después de eso, cada uno subió a su habitación a acabar de preparar las maletas y dar el último adiós.

- Seguro que me dejo algo… – James repasa mentalmente cada una de sus pertenencias por segunda vez – ¡Es que seguro que me dejo algo!

- Tío, qué más te da – gruñe Sirius sentándose encima de su baúl para poder cerrarlo –, ni que tuvieras maquillaje escondido.

- No, maquillaje no. Pero no quiero que Dumbledore utilice mis calzoncillos.

- No creo que Dumbledore quiera utilizar esos calzoncillos de pollitos que tienes, James. – Remus no puede evitar reírse mientras se ajusta la bolsa de cuero al hombro.

- No sé qué me preocupa más, que conozcas el gusto de Dumbledore o que sepas qué calzoncillos uso, Remus.

- Todo el mundo sabe de la existencia de tus calzoncillos de pollitos amarillos – Sirius mete baza –; son tan bonitos como los de gatitos, los de los perritos con los huesos y oh, esos con nubecitas me gustan tanto que algún día te los pediré.

- Oh, cállate.

Es difícil decirle adiós a la habitación, sobre todo porque con cada minuto que han pasado entre esas cuatro paredes han añadido algo más que echar de menos: las noches en vela, las peleas de almohadas, las mañanas en las que ninguno quiere despertar, los ruidos procedentes de la Casa de los Gritos, los partidos de quidditch imaginarios, las peleas en el suelo, los hechizos que salen mal y los que salen aún peor, la conversación después de que Sirius besase a su primera chica, el día en el que Noah besó a James, las odas a Lily Evans firmadas por James Potter día sí día también, los gruñidos de Sirius, las protestas de Remus y sus risas escandalosas cuando Peter suelta una tontería. Todas esas cosas son fáciles de echar de menos; pero es aún más difícil no sentir cierto vacío en el estómago al saber que van a tener que despedirse de nuevo de las personas que provocaron todas esas situaciones.

Es Sirius el que cierra la puerta y el que susurra un "hasta pronto, nena" que solamente escucha su mejor amigo y que provoca en él una risa pausada. Son menos niños que el año anterior, pero no son tan mayores cómo lo serán cuando esas puertas se vuelvan a abrir y Hogwarts los reciba de nuevo.

Antes de subirse a los carros James se vuelve hacia el castillo y se lleva la mano a la frente, estilo capitán que se despide de su tropa, y es que qué sería de mí sin ti, Hogwarts. El trayecto hacia la estación de Hogsmeade es silencioso; Remus no lee, Peter no se saca los dedos de la boca y los otros dos ni siquiera tienen ganas de hablar.

El expreso de Hogwarts espera, reluciente, negro y ruidoso; puente de ida y vuelta hacia los terrenos más mágicos de toda Escocia. Los cuatro arrastran las maletas hacia las escaleras y suben con cuidado, lentamente; alargando la despedida todo lo que pueden. Pero el tiempo corre y eso es algo irremediable.

Van a entrar al compartimento cuando alguien sube gritando y con el pelo alborotado.

- ¡James, James, espera! – Mary MacDonald viste con una camiseta de manga corta hasta los codos de color púrpura y pantalones estrechos acabados en unas zapatillas bastante masculinas; antes de que ninguno pueda reaccionar ella tiene los brazos alrededor del cuello del chico de gafas y le da un beso en la mejilla – Gracias, gracias, ¡setenta puntos en el examen práctico de Transformaciones! ¡Eres el mejor! ¡El mejor!

James boquea sintiendo calor en el pecho; el pelo suave de Mary se mueve contra su mejilla y cuando por fin consigue sobreponerse la estrecha entre sus brazos con cariño. "Igual te escribo hasta alguna carta, pero solamente si me aburro" le dice, y ella pone los ojos en blanco y casi grita "eres un memo", antes de marcharse.

- ¿Piensas ligarte a MacDonald? – Gruñe Sirius.

- No, claro que no. No es mi culpa volverlas locas.

- Pero serás borrego y creído y malnacido y…

- ¿Piensas ligarte a MacDonald? – James repite la pregunta con tono agudo – Yo no me ligo a las chicas; ellas me caen del cielo.

- Por Dios, James – Remus es incapaz de mantenerse en silencio –, cállate antes de que nos sintamos ofendidos con tu discurso machista.

- Yo no soy machista – replica –, soy adorable. Y guapo. Y bueno, el resto ya lo sabéis.

- Y un imbécil de campeonato, también.

Se sientan en su compartimento y tratan de exprimir las últimas horas de viaje; Sirius se ríe de que el segundo nombre de Remus sea "John" y por decisión popular consideran que llamarse "Sirius" de primer nombre es cien veces peor. El enfado le dura a Sirius lo que tarda en llegar el carrito con dulces y chocolate. Compran un montón de ranas de chocolate, algunos bizcochos y regaliz, llenando los asientos de envoltorios de papel.

- Este año os escribiré menos… – Dice Peter cuando por la ventana se divisa la estación de King's Cross – Creo que estaré fuera tanto que no tendré tiempo.

- Pues vaya – James no se corta un pelo –, creo que lloraré todas las noches.

- ¡James!

- ¡Remus!

- Remus, déjale al chico si es una nena y le gusta llorar.

- Sirius, odio muchas cosas, pero dentro de esas cosas que odio tú eres la que más odio de todas – James se le acerca y le pone el dedo acusador en el pecho –, ¿puedes vivir con eso?

- Creo que lo soportaré.

El sonido de la campana les hace quedarse en silencio y esperan sentados a que todo el mundo baje para salir ellos después. En el andén Peter les da la mano uno a uno antes de echar a correr hacia su madre, que le coloca la mano en la cabeza y lo estrecha contra sus brazos.

James, Sirius y Remus se quedan de pie, en fila, delante de la locomotora, con las maletas en el suelo y el pelo revuelto. Cualquiera que los viera pensaría que no tienen a donde ir, que se han perdido, pero tal vez sea cierto; que nunca se sintieron cómodos fuera de los muros de Hogwarts, que nunca supieron llevar bien eso de despedirse.

James rompe finalmente la línea y le pasa los brazos a Remus por los hombros, le da unas palmadas en la espalda y por un momento duda; es imposible. Es imposible que Remus sea… Remus es bueno, Remus es calmado, Remus tiene la piel no cubierta de cicatrices muy suave y tiene unos ojos azules que moverían mareas. Remus es cálido cuando lo abrazas, y es blandito a pesar de estar delgado y Remus no es su hermano como Sirius, pero es el mejor amigo que James podría haber imaginado. Por eso, cuando le suelta tiene miedo, tiene miedo de perderle, de confirmar cosas que no desea y de que se cree un vacío entre los dos que nada pueda salvarlo.

Remus sonríe y se vuelve hacia Sirius.

- Te escribiré, y si quieres te puedo recomendar otro libro…

- ¡Calla, calla! – Sirius le pone la mano en la boca impidiéndole que siga hablando y luego le guiña un ojo que dice "si eres tan amable".

- Nos vemos, chicos – Remus levanta la mano izquierda, arrastra el baúl y desaparece entre la gente, dejándoles a los dos a solas.

- Sirius.

- Dime, Jimmy.

- Sé que me vas a decir que es imposible y que blah blah blah pero, ¿quieres venir este verano una semana a mi casa?

- ¿BROMEAS?

- No, no… Estoy seguro de que a mis padres no les va a importar. Saben cómo eres y quién eres y todo eso y bueno, me soportan a mí, así que no creo que tú seas mucho problema.

- ¡Me fugaré! – Los ojos de Sirius brillan emocionados – Me da igual lo que diga mi madre, Potter. ¡OH, SÍ! Godric no va a olvidar quién es Sirius Black. Vamos a romper el valle, Jimmy. El viento susurrará nuestros nombres.

- Sí, eso lo sé – sonríe ampliamente –; pero también quiero que hablemos del tema de… la cosa de la Casa de los Gritos. Ya sabes.

- Sí.

- ¿Tienes miedo?

- Apenas.

- Eso está bien, porque los cobardicas no pueden entrar en los dominios de los Potter.

- Creía que los Black tampoco.

- Ya, bueno, pero tú eres de mi familia.

Cuando los padres de James aparecen este se despide con un fuerte abrazo y las promesas de un verano diferente. Después Sirius se queda solo, quieto; observa a Regulus que le espera mirando el reloj y se acerca él, le propina una colleja y le empuja hacia la salida del andén nueve y tres cuartos.

El final de curso de 1973 no fue el más emotivo para Remus, Sirius, James y Peter. Tampoco hubo lágrimas, abrazos de horas, besos apasionados, ni un duelo con algún Slytherin de pelo lacio como ocurriría en los años posteriores. Pero era el fin de un año en Hogwarts y eso le hacía ser tan importante como el resto. El final de curso de 1973 fue la puerta que se abriría a las verdaderas aventuras, las experiencias que más les unirían, los secretos inconfesables y al fin y al cabo el inicio de una historia; una historia firmada por cuatro adolescentes inquietos y con ganas de luchar por la amistad, que como tiempo después escribieran en una hoja de papel nombrada como "Las leyes de Los Merodeadores" sería el valor que ocuparía el número uno.

"Los amigos son lo primero y lo demás… A lo demás que le den"