Nota de las autoras: Empezamos el tercer año de los chicos en Hogwarts de una forma distinta que de costumbre; además, os pedimos perdón por haber pasado un par de semanas sin subir capítulo. ¡A partir de ahora volvemos al ritmo de publicación habitual! Esperamos que sigáis disfrutando de HCTM.
Lennon y McCartney
Querido (y es una formalidad) Sirius:
¿Llevas esperando esta carta mucho tiempo, eh? Bueno, que sepas que mis padres me dijeron que podías venir desde el primer momento en el que les propuse la idea, pero quería que sufrieras un poquito. A ver, mi padre me ha dicho que todo sería más rápido si utilizásemos un cabina telefónica, pero Sirius, sinceramente, no tengo ni idea de cómo se usan esos cacharros y tampoco creo que te llegase mi llamada (mi padre se cree que todos los cachivaches muggles funcionan; con eso de su cruzada por la integración y blahblah). Por eso te mando la carta y en cuanto lo haga espero que cojas la maldita maleta y pilles el primer autobús hacia aquí, (¿tu casa queda muy lejos de la mía? Te diría que tu madre te trajese, pero creo que no es factible) si no puedes entonces le diré a mi padre que conecte nuestra chimenea con la tuya y así será todo más rápido, aunque más sucio.
Antes de que vengas tengo que advertirte un par de cosas: en mi casa no se dicen palabrotas porque a mi madre le molesta y moverá la varita y te lavará la boca con jabón; tampoco quiero que hables de lo que hacemos en el colegio ni nada de eso, a no ser que sea para felicitarme por mis buenas notas y todas esas pantomimas. Mi madre me ha dicho que quiere que duermas en el dormitorio que hay contiguo al mío pero creo que es tontería, porque al fin y al cabo vienes para pasar tiempo conmigo, así que estoy intentando convencerla de que duermas conmigo, pero no para de decir que eso es "tercermundista" o algo por el estilo. Para que no te asustes te adelanto que hay una chica en mi casa que viene a ayudar a mi madre con las tareas, en realidad no hace mucho y lo poco que hace lo podríamos hacer nosotros con magia, pero desde que le dimos la libertad a nuestra elfina doméstica mi madre se siente sola cuando mi padre trabaja y así las dos se pegan la mañana hablando en la cocina. No quiero que te acerques a ella, te lo advierto. Y es muggle, por si no había quedado completamente claro. Y guapa. Tío, es muy guapa. He rebuscado en la biblioteca de casa a ver si encontraba algo que nos pudiera ayudar con lo de Remus (ya sabes de lo que hablo no lo voy a decir por carta), pero en realidad no hay mucho más de lo que leímos en Hogwarts, parece que lo único que podemos hacer es hablar directamente con él. Bueno, ya lo comentaremos cuando vengas.
Mi padre me ha dicho que nos puede llevar algún día a Londres y dejarnos solos si queremos, ¿te lo imaginas? Tú y yo en la gran ciudad. Londres. Londres. James Potter y Sirius Black en Londres. Suena tan bien que podría haberlo escrito con tinta de luces de neón. Podemos ir a una heladería buenísima a la que me llevaba mi madre cuando era pequeño. Si se te ocurre algo más bien y si no pues… Ya improvisaremos.
Le he escrito a Remus un par de cartas, me ha contestado con un tono un poco más angustiado que de costumbre, aunque tampoco sé si es cosa mía por eso de que son letras en un papel. ¿Sabes algo más de él? Me da un poco de cosa que se moleste si le digo que te he invitado a mi casa y a él no… Peter no me preocupa, tengo dos cartas suyas sin abrir en la mesa y creo que ahora le voy a contestar a una. (Igual se me cae el tintero "sin querer" y no se puede leer o algo así que le haga rabiar un rato).
Espero que muevas tu culo (el cual creo que ya será peludo a juzgar por los pelos que te estaban saliendo en las orejas cuando nos fuimos de Hogwarts) pronto hasta aquí o tendré que ir, batirme en duelo con tu madre y toda tu familia y arrastrarte hasta mi habitación. ¿Entendido?
Disfruta de tus adorables vacaciones en la Mansión de los Black porque pronto se te va a acabar la tranquilidad.
Cordialmente:
El maravilloso y atractivo James Potter.
Tonto (y a mí las formalidades me dan igual) de remate:
Mis adorables vacaciones no han hecho más que empezar y ya se me están haciendo condenadamente largas. Es más, si hubieses tardado un solo día más en escribirme esta endemoniada carta invitándome a tu casa hubiese ido yo mismo personalmente a hacerte una visita sin tu permiso. Mi queridísima madre (esta vez sí que tengo que ser formal porque, tío, te lo juro, estoy casi casi seguro de que la dichosa arpía puede leerme la mente cuando hablo o pienso en ella) se ha enterado por culpa de Regulus de que he entrado en el equipo de quidditch, así que ahora está presionándole a él para que intente apuntarse el año que viene. Él ha dicho que no va a ser golpeador como yo, pero que la snitch le parece bastante graciosa y no le importaría ser buscador. Así que ten cuidado, tío. Si te gana un partido un Black (un Black que no soy yo, por supuesto. Yo puedo ganarte siempre que quiera) voy a tener que dejar de ser tu amigo. Al menos temporalmente, hasta que vuelvas a machacarle y todo eso.
¡Ah! Yo también he pensado cosas sobre La Cosa de Remus. Haces bien en no decirlo por carta, tío. Quizás es ilegal hablar de ello. No lo sé. Tendremos que andarnos con cuidado. Podemos hablarlo tranquilamente cuando nos veamos, justo después de que te haya apaleado en un par de partidas al ajedrez mágico y los naipes explosivos. Tendrás ventaja, de todos modos, porque estoy un poco desentrenado; los estúpidos y quisquillosos elfos domésticos de esta casa, además de oler ligeramente mal, no son nada buenos a los juegos de mesa.
Respecto a lo de las palabrotas y todo eso, maldita sea, James, no me digas que voy a tener que convivir contigo siendo un maldito repipi con el pelo repeinado y diciendo palabras raras que nadie sabe qué significan. Aún me acuerdo de la última vez, antes de coger el Expreso... Dijiste algo como "rudo". ¡Rudo, maldita sea! Reconóceme que esa te la inventaste. En fin. Me comportaré como Merlín manda y no pondré los pies encima de la mesa ni diré palabras feas ni hablaré de lo mucho que te gusta Lily Evans ni de cómo te morreaste con Noah Collins después del último partido ni contaré que después de Navidades nos castigaron durante tres semanas porque chantajeamos a los elfos para que nos dijesen dónde guardaban la ropa recién lavada de los Slytherin y les echamos polvos pica-pica en los calzoncillos, pero tienes que reconocer que tus padres algún día merecen saber esa gran anécdota.
No sé qué más tengo que contarte. ¡Ah! Londres, claro. Bueno, como tú ya sabes yo ya vivo en Londres y todo eso, pero estaría muy bien poder pasar un día por allí contigo. Te enseñaré todas las tiendas de discos y heladerías y tiendas de dulces y sitios donde van las chicas guapas. Este verano he estado vagando bastante por allí y he visto un montón de bares llenos de bebidas con muy buena pinta, tías mayores y músicos y gente guay, pero como somos menores no nos dejarían entrar ni de coña. Aunque tu pequeña amiga la capa invisible quizás ayudaría, tío. Imagínate lo que podríamos ligar en un bar de personas adultas. Sería increíble.
En fin, voy a dejar de escribir tonterías y voy a empezar a meter ropa y todo lo que se me ocurra que puede sernos útil dentro de una maleta o algo así. Supongo que no me hará falta pedir permiso y mis padres estarán encantados de perderme de vista. De todos modos, creo que no podré ir en autobús o mi madre se enfadará muchísimo porque dirá que es un sucio transporte de muggles y... No. No, espera, olvida eso. ¡Viajar en autobús me parece una idea fantástica!
¡Prepárate para saber lo que es pasar unas vacaciones con Sirius Black, Jimmy!
Atentamente,
El aún más maravilloso y aún más atractivo Sirius Black.
La Victoria Coach Station es la mayor estación de autobuses de toda la ciudad de Londres, y su edificio de color blanco impecable, cuya fachada adornan cientos de pequeñas ventanas metálicas, se extiende casi hasta donde alcanza la vista. Es mucho más alto de lo que Sirius Black considera que es necesario para cumplir su propósito y ni de lejos tan familiar y acogedor como la ya conocida estación de King's Cross. De hecho, es la primera vez la visita. Aquella mañana el calendario deshoja los últimos días de agosto con lentitud, casi con pereza, como si no quisiese despedirse del verano a pesar de que las nubes grisáceas comienzan a cubrir de nuevo el cielo londinense. Sirius va a terminar las vacaciones en compañía de su mejor amigo durante una semana entera y ni la más intensa de las tormentas podría eclipsar su ilusión y su impaciencia. Está solo; no le importa. Es más, casi se atrevería a afirmar que lo prefiere. Enfrentarse a aquel viaje sin compañía añade a aquella improvisada excursión cierta emoción e inquietud, el sabor dulce de la aventura que ni en un millón de años cambiaría por nada del mundo.
Por dentro las paredes del edificio son de ladrillo pálido y conservan el calor ya casi inexistente en el exterior mucho mejor de lo que podría esperarse; tanto que tras tan solo unos segundos allí, el joven Black se ve obligado a despojarse de prácticamente toda su ropa de abrigo. Transporta el jersey y la chaqueta de color marrón sobre el hombro y camina despacio, con el pesado baúl en una mano y la jaula de su lechuza en la otra: el pequeño animal grisáceo se remueve y aletea en el sitio a veces, y llama la atención de los viandantes muggles, que le miran con una mezcla de asombro e incredulidad de la que él no se da cuenta. Durante un rato tan solo vaga por aquel lugar; no está demasiado seguro de lo que tiene qué hacer ni de cómo funciona el transporte público de la gente no mágica, pero tiene unas cuantas libras en el bolsillo y una intención y un destino muy claros, así que se repite a sí mismo que eso debería bastar. No puede evitar observar a la gente, a la mayoría de familias que vuelven de vacaciones y a aquellas pocas que aprovechan esos últimos días estivales para marchar; a niños pequeños que lloran casi en silencio de la mano de sus madres y a adultos trajeados que viajan solos y arrastran rostros pálidos y preocupación, como si intentasen desesperadamente seguir el ritmo frenético de una vida que no les da apenas descanso. Finalmente se decide a acercarse a las taquillas; tiene que ponerse levemente de puntillas para alcanzar el mostrador. Tras el cristal, una chica joven pero aun así mayor que él, morena, con el pelo liso recogido en una alta coleta, le pregunta a dónde quiere ir. Sirius, sin dudarlo ni un solo momento, responde, con una amplia sonrisa:
- Voy a casa de James.
Ella le mira con incredulidad y le insta a ser un poco más específico. Sirius asiente de nuevo, un poco incómodo, y vuelve a hablar.
- Ah, claro. Esto... Voy a casa de James Potter. A casa de los Potter, sí, eso. ¡A casa de los Potter!
Pero aquella vaga referencia tampoco es suficiente para saber qué autobús debe tomar; la chica de la taquilla le observa con una mezcla de ternura y compasión a partes iguales, y trata de hacerle entender que necesita saber al menos en qué ciudad vive "su amiguito James" para venderle el billete. Sirius reflexiona durante unos instantes.
- Creo que vive en... En el lago de... No, no, en la llanura de... ¡Ah, claro! ¡En el Valle de Godric! ¡Sí, eso!
Cruza los dedos tras la espalda, deseando con todas sus fuerzas que aquella información sea suficiente para poder llegar hasta James, y suspira aliviado cuando la joven le extiende un papelito blanco por debajo de la ventanilla. Ella le indica que el suyo es el autobús número cinco y que la próxima salida es en tan sólo cinco minutos y Sirius deposita unas cuantas monedas plateadas en el mostrador y se va corriendo sin esperar a recoger el cambio, pensando que qué complicados son estos muggles. Usando polvos flu con decir que iba a casa de James hubiese bastado.
Los autobuses efectúan su salida en una zona contigua a la gran habitación en la que se encuentra; Sirius atraviesa una enorme puerta de cristal que tiene que empujar con todas sus fuerzas para conseguir abrir y que da a un área al aire libre. Allí descansan varias decenas de vehículos formando una larguísima línea recta que los hace parecer irreales, como si acabase de entrar por casualidad en la caja de cochecitos de juguete de una cría de gigante.
Vuelve a sacar el tíquet del bolsillo de la chaqueta y observa la diminuta letra impresa en tinta negra durante unos instantes hasta que da con la información que está buscando: el número de andén correcto en el cual comenzará, esta vez de verdad, su particular aventura para llegar a casa de su mejor amigo. El fino papel blanco le indica que debe dirigirse al número catorce, que está situado a tan solo unos metros de donde él se encuentra. El autobús que le llevará a su destino tiene solo un piso, a diferencia de la mayoría allí estacionados, y aunque parece bastante nuevo la pintura de color amarillo intenso ha comenzado a desprenderse en algunas zonas. El conductor se encuentra de pie frente al vehículo y es un hombre mayor, mucho más delgado de lo que cabría esperar en alguien de su edad y con pulso tembloroso bajo una camisa holgada de color azul que parece parte del uniforme de trabajo. Lleva bigote y una larga y espesa barba blanca que Sirius no puede evitar mirar constantemente mientras entabla una breve conversación con él.
- Ehm... Oye, tío... Quiero decir... Disculpe, señor.
- ¿Sí? ¡Buenos días, jovencito! ¿Su billete?
- Esto... ¿Es este el que lleva a casa de...? No, no. Al... Valle de Godric. Sí. ¿Lleva al Valle de Godric? – Todavía tiene el billete en la mano y balbucea mientras se lo entrega.
- Sí. Hmmmm – el hombre lo examina durante un segundo y después vuelve a mirar a Sirius – Todo en orden. Puedes subir. Pero, espera, ¿viene alguien más contigo? ¿No eres muy joven para viajar solo, pequeño?
- Eh... No, la verdad es que no lo soy. – gruñe éste.
Sube el autobús sin detenerse a pronunciar una palabra más, malhumorado y negando con la cabeza cuando el conductor se ofrece a ayudarle a cargar sus pertenencias. ¿Jovencito? ¿Pequeño? ¡¿Demasiado joven para viajar solo?! No sabe con quién está hablando... Decirme eso a mí. ¡A mí! ¡A Sirius Black! El pensamiento le persigue durante prácticamente todo el trayecto. Arrastra el baúl y la jaula de la lechuza hasta uno de los sitios del fondo; todavía no hay demasiados viajeros a bordo, así que no tiene que preocuparse por que el pequeño animal les alarme. Los asientos son de felpa azul, están agrupados de cuatro en cuatro y parecen, a simple vista, mucho más cómodos de lo que resultan ser en realidad cuando Sirius escoge uno de ellos y finalmente se sienta junto a la ventana. Coloca todas sus pertenencias alrededor, ocupando gran parte de los asientos contiguos, y apoya la mejilla contra el frío cristal que el motor encendido del vehículo hace vibrar levemente, cansado e impaciente a partes iguales, esperando a que éste arranque. Por suerte, no tiene que permanecer allí mucho tiempo antes de que eso suceda.
Durante el trayecto, Sirius pasa el tiempo observando a los pasajeros; aunque el número de éstos ha aumentado desde que subió, no habrá allí más de veinte personas: algunas de ellas acaban de llegar y miran a los lados en busca de algún lugar libre para colocarse. Si algo sabe con seguridad es que todos ellos son muggles; en primer lugar, porque los magos no utilizan habitualmente el transporte público, y en segundo lugar porque se encuentran allí, en sus sillas, tranquilamente, como si fuese algo habitual en sus vidas, con una naturalidad que Sirius sabe que no posee ni será capaz de poseer jamás.
– Perdona... ¿Te importaría apartar tus cosas para que pueda sentarme, por favor? ¡Muchas gracias! - una voz aguda interrumpe sus pensamientos.
Pertenece a una joven de cabello claro y piel pálida ataviada con un vestido largo de color rojo y un gran bolso de cuero negro. La chica sonríe mientras indica a Sirius con un gesto que haga a un lado sus pertenencias. De mala gana, sin saber muy bien cómo reaccionar, obedece y coloca el baúl en el suelo, bajo sus piernas, y la jaula de la lechuza sobre éstas: ahora el espacio del que dispone se ha visto reducido considerablemente, y es mucho más difícil encontrar una postura cómoda entre todo el equipaje. Mira a su nueva improvisada acompañante de reojo y gruñe, en voz lo suficientemente alta para que pueda oírle; la chica es bastante guapa y parece realmente agradable, pero eso no importa porque ha tenido que sentarse al lado mío y maldita sea, joder, ¿en serio? Casi todo el autobús está vacío, ¿has tenido que sentarte precisamente al lado mío? Maldita tía estúpida y su estúpido "¿te importaría apartar tus cosas?" ¡Pues claro que me importa! ¡¿Qué se ha creído?! y maldice en voz baja durante un rato. Y mientras tanto fuera comienza a llover: las gotas de lluvia impactan contra el cristal de la ventana creando un sonido constante, repiqueteante e inesperadamente tranquilizador que hacen que, poco a poco, Sirius entre en un sueño profundo pero intranquilo, casi sin darse cuenta.
Cuando James se despierta esa mañana lo segundo que piensa es que hace demasiado frío para estar en pleno verano. Es lo segundo porque lo primero que se le viene a la cabeza es que ha dormido muy bien, que le parece increíble encontrarse tan descansado, sobre todo después de haber puesto el despertador la noche anterior a las ocho de la mañana para estar bien listo y preparado cuando Sirius llegase de Londres. Se tapa con el edredón hasta la cabeza y se envuelve como en un burrito antes de sentarse y alcanzar las gafas que quedan sobre la mesilla. Bosteza tan fuerte que le duelen las comisuras de los labios y emite un quejido lastimero cuando hace crujir los huesos de los brazos al estirarse. Alguien ha descorrido las cortinas oscuras y la luz entra brillante, aunque con cierta tonalidad grisácea que se funde en el naranja de la pared. Cuando consigue acostumbrar los ojos y se los frota con fuerza mira el reloj que Remus insistió en dejarle el curso anterior y el grito que emite hace que la pequeña lechuza de color oscuro que reposaba dormida sobre su palo en una jaula que cuelga del techo empiece a aletear nerviosa.
– ¡Maldita mierda muggle! – Las manecillas del reloj no marcan las ocho. O James ha desaprendido las horas o esa posición indica que son las doce y cuarto de la mañana – Toma, James. Funcionan, James. Te despertarás todos los días a la hora que decidas tú, James. Estúpido Remus y sus estúpidas ideas.
Se revuelve el pelo, todavía protestando y corre hacia la puerta vestido únicamente con calcetines, los calzoncillos y una camiseta de color azul lisa. A su espalda deja todas las sábanas esparcidas por el suelo y la almohada a medio caer del colchón, siendo sabedor de que él no tendrá que ordenar ese desastre. Baja las escaleras a la carrera tropezando en el último escalón y trastabillando por el pasillo hacia la cocina. Un retrato de su abuela saluda amablemente mientras acaricia un gato, pero James la ignora, como cada mañana.
– ¡MAMÁ! – La señora Potter está sentada en una silla, con un ejemplar de El Profeta apoyado en la mesa y una taza de té recién hecho en la mano derecha – ¿Pero tú has visto qué hora es?
– Mmmm – ella mira el reloj que adorna la pared y le concede una sonrisa –, casi las doce y media, ¿tienes hambre?
– Sí… ¿Qué? ¡No! Mamá, que hoy viene Sirius y no me has despertado…
– Me parecías adorable durmiendo y no quería despertarte por si estabas teniendo un bonito sueño.
James abre la boca para decir algo como "¿y qué diablos importa eso?", pero se muerde el labio y suspira angustiado. Se deja caer en la silla contigua a la de su madre y alcanza un trozo de bizcocho.
– Sirius dormirá conmigo. Os lo dije el otro día, ¿te acuerdas?
– Sí, hijo y no quiero volver a tener la misma discusión. No entiendo por qué tenéis que dormir incómodos cuando hay más de una habitación que él podría usar.
– Porque así es más divertido, mamá…
– Algún día le explicarás a tu vieja madre qué tiene de divertido para dos jovencitos compartir un colchón.
James decide no contestar, o más bien es salvado por el timbre; que actúa sobre él como una aguja en el culo, obligándole a levantarse y correr hacia el vestíbulo. Derrapa y se sujeta a la pared, emocionado, antes de lanzarse contra la puerta y abrirla de golpe.
– Dios, Potter. ¿Me invitas a tu casa y no tienes la decencia ni de peinarte?
Sirius Black sonríe ampliamente, con el pelo no entiendo cómo su madre le deja llevar esas greñas largo pegado a los mofletes y empapado por la lluvia. Enrollada alrededor de la cabeza lleva la chaqueta, de la que caen pequeñas gotas de agua. Evidentemente va en manga corta, una camiseta ajustada de cuello de pico, grisácea y que deja poco a la imaginación. Los bajos de los pantalones resaltan por la suciedad, el barro y más cosas que James espera que no procedan de ningún ser vivo.
– ¿Y tú qué? – No puede dejar de mirarle con desagrado – ¿Has venido en un establo con ruedas o algo así?
– Oye tío, llovía, ¿vale? El suelo se ha mojado, había barro… ¿Te hago un mapa?
– ¡Quítate las zapatillas! – Gruñe James mientras le ayuda a coger la jaula en la que una lechuza de tamaño medio gorjea de felicidad – Y déjalas en el porche. Si mi madre te ve así…
– ¡Sirius Black!
Sirius nunca consideró a su madre como tal; en realidad desde este preciso instante siempre entendió que la señora Potter era mucho más para él de lo que lo había sido la señora Black en sus casi catorce años de vida. El hecho de considerarse algo así como el hermano mayor de James motivó el sentimiento que poco a poco creció en su pecho de que esa mujer con pelo canoso y sonrisa encantadora era y siempre sería la figura materna que había buscado por tanto tiempo y que nunca había logrado encontrar.
La señora Potter es guapa, Sirius se da cuenta de que tiene los mismos ojos que James y cuando le mira divertida nadie podría negar que son madre e hijo. Ella se acerca y el chico de pelo largo espera una reprimenda por haberse mojado, por haber ensuciado su ropa y el porche en el que todavía está de pie, sujetando el pesado baúl con la mano derecha. Pero eso no pasa.
– Señora Potter – tartamudea un poco e intenta no demostrar demasiada culpabilidad.
– Dios Mío, Sirius… – Ella frunce el ceño en una arruga casi invisible – Te vas a resfriar… Pasa por aquí, por favor. ¡Te haré un buen chocolate caliente y prepararemos el baño del piso de arriba! No quiero dormir con una banda sonora de estornudos esta noche.
Sirius se quita las botas, las deja a un lado y sigue a los dos Potter por el pasillo que a diferencia de cualquier rincón de su casa, está normalmente iluminado y pintado de colores brillantes y no un verde oscuro que recuerda a las mazmorras de Hogwarts. Una vez en la cocina no se mueve, temeroso de sentarse en una de las pulcras sillas de color blanco.
– Ey, ¡siéntate, siéntate! – James le empuja por la espalda y le obliga, ocupando un lugar a su lado – ¡Tienes que contármelo todo! ¿Has venido en autobús? ¿Cómo era? ¿Había muchos muggles? ¿Se paraba en los mesafóros?
– Jamie, no atosigues al pobre chico – la señora Potter se acerca y le deja a Sirius una taza decorada con lechuzas que el chico coge entre las manos con avidez.
– Gracias, gracias, muchas gracias señora Potter – vuelve la mirada a su mejor amigo –. Pues no ha sido tan complicado; le dije a la chica guapa de la ventanilla que quería ir a tu casa y me dio un papelito blanco como el billete del Expreso y solamente tuve que ir al número que indicaba y el señor que conducía me dejó cerca de aquí. Soy un chico listo, Potter.
– Bueno, seguro que dabas pena caminando bajo la lluvia con la lechuza y el baúl… Tendré algo con lo que reírme en las próximas semanas.
– Te lo concedo, porque con las pintas que llevas yo podría reírme año y medio.
– ¡Chicos, chicos!
La señora Potter ríe de nuevo y con la varita en la mano hace que un par de tomates salgan de ninguna parte (en realidad Sirius da por hecho que los Potter tienen algún tipo de despensa en la que almacenan la comida y ella simplemente los ha invocado. Porque todos los magos saben que no se puede hacer aparecer comida de la nada; tal y como se explica claramente en la Ley de la Transfiguración Elemental de Gamp) y un cuchillo los corta por la mitad con eficacia. James espera paciente a que su amigo termine la taza de chocolate y cuando Sirius está apurando las últimas gotas, se levanta, con una galleta en la mano y le indica con la cabeza que le siga.
La casa de los Potter es muy grande, no tanto como la Mansión Black pero desde luego lo suficiente como para perderte por los largos pasillos. Tal vez sea un efecto óptico, la luz que entra por los grandes ventanales, o la emoción contenida que tiene Sirius, pero todas las habitaciones le parecen de lo más espaciosas y brillantes. James le conduce hacia una puerta que permanece cerrada y gira el pomo redondo y dorado para entrar en la habitación. Es un baño, amplio, con las paredes blancas impecables y una gigantesca bañera que parece crecer del suelo. Un enorme espejo les devuelve un reflejo un tanto patético y sobre un armario en la pared de la izquierda reposan cientos de botes que el chico es incapaz de identificar.
– Este es mi baño así que no tengas miedo de utilizar cualquier cosa. Las toallas las tienes en ese armario del fondo y mira – James se inclina sobre la bañera y le señala un grifo de color azul –; papá lo encantó para que haga burbujas, como las cosas esas de los muggles. Solamente tienes que girarlo.
– Gracias, tío.
– Te diría que te sientas como en casa pero creo que mejor me ahorro el comentario. Mi habitación está al final del pasillo, ¿vale?
Los dos se sonríen y James cierra la puerta con cuidado; vuelve a bajar las escaleras hacia la entrada y con ambas manos se hace cargo del baúl que un rato antes dejasen a un lado; coloca la jaula de la lechuza encima y reza para no caerse en el camino de vuelta a su habitación.
Aprovecha para apartar el edredón y recoger un par de zapatillas tiradas encima de la moqueta. En realidad su dormitorio tiene un aspecto cien veces mejor que habitualmente por lo que Sirius tendría que sentirse honrado de poder disfrutar de ello. Le da tiempo a darle una chuchería a la pequeña lechuza que le saluda con un gorgorito de reconocimiento y felicidad.
Después de eso abre el armario y se cambia de camiseta, sustituyéndola por una de cuadros de mangas anchas hasta los codos un poco grande para él y se viste con unos vaqueros ajustados. En el interior del ropero hay un espejo de tamaño humano, así que lo utiliza para revolverse el pelo un poco y recolocarse las gafas. Finalmente se sienta sobre la cama y cuenta los minutos hasta que Sirius aparece en la puerta envuelto en un aura de vapor. Lleva una toalla blanca alrededor del cuerpo y otra enrollada alrededor de la cabeza.
– Creo que jamás en mi vida me había sentado tan bien un baño.
– Se te ve radiante. Espléndido. Guapísimo. Arrebatador.
– Me vas a sacar los colores, Jimmy.
Se agacha delante de su baúl para empezar a sacar ropa y dejarla sobre el suelo y comienza a vestirse mientras se vuelve hacia su mejor amigo.
– Te has comprado una lechuza – señala al animal que intenta mover las alas dentro de su jaula.
– Sí, tenía intención de comprar una el año pasado pero al final se me olvidó. Estoy harto de usar la de Hogwarts o la de mi padre. No quiero que tenga problemas porque su hijo usa su lechuza del Ministerio para traficar con cosas ilegales.
– ¿Vamos a traficar con cosas ilegales este año?
– Todo es posible, amigo mío.
– ¿Y cómo se llama?
– ¿Tiene que tener nombre? – Observa al animal que nervioso juguetea con el candado de la puerta – No sé, es una lechuza. Así que supongo que Lechuza.
– Merlín, James. Si tus padres te hubieran llamado "humano" al nacer, ¿qué pensarías de ellos?
– Humano Potter – ríe absurdamente.
– Eres más tonto que un plato de mocos – estira el brazo para coger la jaula de su lechuza, la cual ni se inmuta –. Pues yo te presento a Lennon, ¿qué te parece?
– ¿Has llamado a tu lechuza como… COMO JOHN LENNON?
– Es posible. Es posible también que se llame Lennon por cualquier otro Lennon del mundo pero yo diría que puede que sea por John Lennon.
– Es… ¿Por qué has tenido una buena idea?
– Suele ocurrirme a menudo, compañero.
– ¡Entonces llamaré a mi lechuza McCartney! ¡Porque Paul es el mejor!
– Paul no es el mejor; John le da cien vueltas. ¡Y no me copies la idea!
– Vaaaaa – James pone pucheros y Sirius le aparta la cara con una mueca de asco fingida –, ¡todo el mundo nos tendrá envidia!
Una vez que Sirius acepta que James le copie su idea y que llame a su nueva mascota como Paul McCartney, los dos amigos no pierden un segundo en contarse todo lo que no han podido decirse por carta. Sirius le explica que Regulus tiene escoba nueva, que su madre decidió que sería un buen regalo de cumpleaños "el suyo no lo ignoran, ¿sabes?"; le cuenta también que uno de sus estúpidos amigos de Hogwarts con cara de sapo y la cabeza tan hueca que "si le susurrabas en el oído hacía eco" decidió tomarse la libertad de pasar un fin de semana en la Mansión de los Black, "tenía nombre de idiota, Mulciber o algo así".
– ¿Mulciber? Ese frecuenta el grupito de Lucius y Snape, ¿no? – James se muerde el labio pensativo – Son todos unos cretinos.
– Sí, tal vez sea ese.
James le explica que apenas ha salido de casa y que se ha aburrido tanto que incluso tiene los deberes de verano terminados. Sirius le recrimina que es un empollón y se enzarzan en una pelea de puñetazos amigables. Cuando la respiración de los dos vuelve a la normalidad, Sirius se pone de rodillas y mira el escritorio del dormitorio de James, en el cual hay un par de libros apilados, un montón de pergaminos y una vela que en ese momento está apagada pero a medio consumir. El joven Black se levanta con el ceño fruncido y se acerca a la amplia mesa, con el ceño fruncido.
James que en ese momento juega con uno de los hilos de la alfombra le mira interrogante y al segundo sus ojos se abren como platos, tropieza con sus propios pies y se lanza contra su amigo, intentando evitar lo que ya ha ocurrido.
Sirius sostiene entre las manos un pergamino escrito en caligrafía redondeada y haches alargadas como rascacielos; las cejas de Sirius casi le rozan el comienzo de su nariz, la cual mantiene muy abierta, como si estuviese oliendo algo.
– ¿Sabes qué es esto, Jimmy? – Suena tan serio que James se mete las manos en los bolsillos y desvía la mirada.
– ¿El correo?
– Esto es traición, James Potter. Una alta traición. TRAICIÓN – alza el puño como si estuviera dando un discurso a un ejército y luego señala a su mejor amigo directamente –, ¡JAMÁS SERÁS PERDONADO!
– Pero Sirius…
– Cuántas. ¿Cuántas veces te tengo que recordar cuál es la regla que mantiene en pie nuestra amistad? ¿CUÁAAAANTAS?
– Esa regla es absurda… Es absurda en este caso.
– Mary MacDonald no cuenta como chica.
– ¡Y encima te dice que eres gracioso! – Sirius señala una de las líneas, enfadado – Pero ella qué sabrá del arte de la broma… ¡Es una chica!
– Es mi amiga, y entiende muchísimo de quidditch y tenemos más cosas en común y me gusta hablar con ella – James se encoge de hombros y comienza a guardar los pergaminos en uno de los cajones en los que hay un montón de plumas y varios botes de tinta –; así que si no te gusta te aguantas.
– Eres un traidor.
– Y de los más grandes, ¿ya no te acuerdas? Te lo dijo tu madre en cuanto se enteró de que éramos amigos.
– Eres insoportable – Sirius se cruza de brazos y finalmente respira hondo –. Te voy a perdonar por esta vez, pero solamente porque Mary no tiene tetas.
– Sí que tiene tetas.
– ¿Y tú cómo lo sabes? ¿SE LAS MIRAS?
– Y dale.
Continúan discutiendo sobre el pecho de Mary MacDonald hasta que James se cansa y se tira sobre la cama cambiando de tema. Primero hablan sobre lo que harán los próximos días; James tiene pensado ir a Londres. A pesar de que Sirius siempre vive cerca del centro de la gran ciudad los dos comparten la opinión de que juntos cualquier experiencia tiene que ser cien veces mejor. Tienen ganas de tomar un helado, de mirar escaparates y en definitiva hacer Londres suya. Es inevitable que el "tema de Remus" aparezca en un momento determinado de la conversación. Después de cruzar un par de miradas llenas de significado Sirius sugiere que tal vez sería buena idea quedar con él y James asiente alcanzando un pergamino y escribiendo con letra desigual.
– Podría empezar tal que "¡querido Remus! ¿Qué te parece si quedamos en Londres en unos días? Podríamos hablar sobre tu problemilla; ya sabes, ¡eres un hombre lobo! No es como si te hubiera tocado la lotería, ¿verdad?" – Ironiza James.
– No, no puedes ponerle eso, ¿no? ¡No vendrá! – Sirius parece no entender la broma y se muerde el labio – Escribe que estamos juntos y que podríamos ir a comprar los libros del colegio. Dile "tenemos muchas ganas de verte" y "¡hace un tiempo fatal para ser verano!"
– No quiero sonar palurdo, Sirius…
– Siempre suenas palurdo.
– Pero no sé qué decirle a Remus sin sacar el tema, ¿podremos estar con él un día entero sin hacer algún comentario?
– Bueno, y si lo hacemos él nos tendrá que decir la verdad, ¿no?
– ¿Estás seguro de que es eso lo que quieres? – Los párpados de James se entrecierran en una mueca de seriedad excesivamente adulta para un chico de trece años – ¿Quieres saber si Remus es un… Un hombre lobo?
– Sí – Sirius asiente tan fuerte que el mechón de la frente le golpea la nariz –. Remus es nuestro mejor amigo y no me importa si es medio lobo o medio sireno o lo que sea. Quiero que me lo diga a la cara. ¿Tú no?
– ¡Por supuesto!
El resto del día lo pasan leyendo cómics; sin volver a tocar el tema, tal vez porque los dos lo consideran lo suficientemente delicado como para no darle demasiadas vueltas. Antes de que se den cuenta es hora de cenar; los dos bajan al comedor. Sirius sigue a James y se queda detrás de él cuando ve al señor Potter esperándoles; vestido con una túnica de color oscuro y mirada seria tras una montura de carey que le concede un aspecto imponente. El joven Black no se atreve a hablar hasta que el hombre se acerca a él y le tiende la mano con una sonrisa. Sirius se da cuenta entonces que a diferencia de la mayoría de las personas que ha conocido en su vida, el señor Potter no tiene maldad alguna en su interior y le devuelve una mueca de agradecimiento. Sirius no podría decir en qué consiste la comida, porque la señora Potter coloca tantos platos con diferentes tipos de alimentos que parece que quiera alimentar a un ejército entero. Al principio tiene reparo en servirse de las fuentes, pero cuando ve que James prácticamente se abalanza sobre un plato de pasta y que sus padres no le dan importancia; cambia de idea y pierde la vergüenza.
– ¿Tienes más hambre, Sirius? – La señora Potter casi ríe cuando le ve servirse su segundo plato de pollo – ¡Parece que llevas días sin comer!
– Sigius siempge come musho – James mastica con la boca abierta.
– James. Tu educación, por favor.
– ¡Sí, papá! – El chico reacciona poniendo los ojos en blanco y limpiándose con la servilleta.
– En realidad no es que tenga mucha hambre, señora Potter… Pero es que su comida es deliciosa. Jamás había probado algo tan bueno, ¡y eso que la comida de Hogwarts…! ¡Es comida de Hogwarts!
Cuando terminan Sirius cree que va a reventar. Los dos chicos ayudan a llevar los platos a la cocina mientras el señor y la señora Potter se sirven un café en el salón y una vez en la cocina protestan en voz baja y maldicen impacientes por que llegue el día en el que puedan utilizar la magia para cualquier estupidez. Se despiden de los padres de James y suben al dormitorio enumerando las cosas que tienen ganas de hacer cuando cumplan la mayoría de edad.
– Imagínate no tener que recoger la habitación nunca más. – A James le brillan los ojos.
– Imagínate poder embrujar a la gente por la calle sin que se den cuenta para que bailen claqué.
– ¿Eso no es ilegal?
– ¿Y eso importa?
– La verdad es que no – el chico de gafas ríe y cierra la puerta para concederles cierta intimidad, a pesar de que tal y como explica "podríamos morir entre gritos de agonía y mis padres no nos escucharían" –. Pero preferiría usarla para hacer que Lily se enamorara de mí.
– Eso sí que es ilegal. Ilegalmente estúpido.
– Es lo único que se me ocurre… A este paso acabará casándose con Snape. Y teniendo hijos con la nariz muy grande. Sirius, sé cómo funcionan estas cosas y Snape arruinará los rasgos preciosos de Lily. Hijos deformes. ¡Hijos deformes!
– ¿Te imaginas a un Snape en miniatura pero pelirrojo?
– NI EN BROMA.
– No te preocupes, colega – Sirius se quita los pantalones dando un par de saltos y con las manos en la cintura sonríe ampliamente –. Este año tenemos de optativa Adivinación, ¿verdad? Seguro que podemos ver el futuro y te verás a ti mismo con Evans teniendo cien hijos con tu cara de pánfilo y sus fantásticos ojos verdes.
James no contesta mientras se pone el pijama; la noche se queda en silencio, roto únicamente por la pequeña pelea de "no, yo me pongo a la izquierda" y "¡no! ¡Que ese es mi sitio!" pero cuando los ronquidos de Sirius se escuchan en su oreja James mira el techo, ahora negro de la habitación y trata de imaginarse cómo sería tener a Lily todas las mañanas a su lado. Cómo sería poder oler su perfume nada más levantarse. Cómo sería abrazarla. Cómo sería acariciarle el pelo. Cómo sería poder disfrutar de ella en todos los sentidos. Cuando se duerma soñará con cabellos rojos, ojos verdes esmeralda y pecas en la nariz, y lo hará con una gran sonrisa únicamente interrumpida por las patadas nocturnas del que será su mejor amigo durante toda su vida.
