Nota de las autoras: Nos lo habéis sugerido alguna vez, y dado que nuestra falta de actualizaciones últimamente ha hecho que muchos os preocupéis sobre si vamos a abandonar el fic, hemos decidido abrir una pequeña vía para que podáis poneros en contacto con nosotras. Hemos creado una página de facebook: /hctmarauders Mediante ella podréis poneros en contacto con nosotras en privado y enteraros de las actualizaciones. Además, iremos posteando adelantos de los próximos capítulos y otras cosas de interés. ¡Un abrazo muy grande a todos y muchas gracias por vuestro apoyo!

A day in the life

Durante el resto de la semana que Sirius pasó en casa de los Potter, el chico empezó a desarrollar una familiaridad, una confianza y un sentimiento de hogar que jamás había experimentado hasta que puso un pie en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Vivir en casa de los Potter significa muchas cosas; la primera que descubrió el joven Black fue que no parecía haber relojes o alarmas que marcasen un ritmo de vida no caótico. El segundo día James y él amanecieron a las dos y media del mediodía y la señora Potter no tuvo ningún inconveniente en prepararles un desayuno que consistió en tortitas con sirope de arce y una descomunal cantidad de bollos recién hechos. Evidentemente no volvieron a tener hambre hasta las seis de la tarde y ninguno de los dos se presentó a la cena. En ese momento Sirius comprendió el porqué de los problemas de su mejor amigo para llegar con puntualidad a las clases. La señora Black es una mujer de costumbres, de horarios fijos y rígidos y le gusta que sus dos hijos estén sentados a las mesa a las ocho y media de la mañana para tomar un café recién preparado y recordarles la lista de "cosas que nunca debéis hacer" que con el tiempo cambió su título a "cosas que Sirius ha hecho mal y por las que tiene que ser castigado". Por eso, el descontrol y la libertad se presentan ante Sirius como un bálsamo y no duda en aprovechar cada minuto del día que le apetece y desperdiciar otros tantos a su gusto. Como comprueba, también el segundo día; la casa de los Potter casi siempre está en silencio, únicamente roto por la música que llega desde el salón cuando la señora Potter está tejiendo (James le explica que le gusta regalarles a los vecinos ropa hecha a mano porque se siente culpable por los "inexplicables" accidentes que han tenido lugar a lo largo de los años por vivir cerca de ellos). Ese mismo salón cuenta con una gigantesca chimenea, conectada a la Red Flu y una alfombra con una enorme quemadura que salta a la vista. La señora Potter le explica que a principio de verano a James se le cayó una de las velas cuando estaba leyendo por la noche y segundos después el joven Potter le susurra a su amigo en el oído algo que suena como "nunca enciendas una super bengala triple en el salón". A Sirius le entretiene ver las fotos de James de pequeño que llenan las paredes; es muy evidente que los señores Potter están muy orgullosos de haber sido los creadores, del "bebé más guapo que ha visto el Valle de Godric en muchos años": James con un gigantesco chupete con una escoba tallada y riendo en los brazos de su madre, un poco más joven, pero con un par de canas en el pelo; James llorando mientras intenta aprender a caminar de las manos de su padre; James jugando con una pequeña escoba y una segunda foto en la que la está rompiendo en dos; James un poco más mayor, ya con gafas y moviendo la varita de su padre en el aire "quería ser ministro de Magia desde pequeño…", le explica la señora Potter. Sirius ríe ante lo descabellado de la idea y pasa a observar otro tipo de cosas, como la enorme lámpara de araña que a pesar de ser parecida a la que cuelga del techo del salón de la Mansión de los Black otorga luminosidad a la habitación y no un brillo verdoso que te hace sentir enfermo.

Al tercer día James le obliga a salir a la calle después de comer a pesar de las protestas de su mejor amigo de "pero quiero echarme una siesta"; llovizna, el pelo se les moja un poco pero aún así caminan tranquilamente por las calles de Godric. A Sirius le gusta el ambiente, muggle pero lleno de magia por todos los rincones. Es un sitio pequeño y Sirius se da cuenta de que la gente conoce a James, pero ninguno hace ademán de saludarle; al contrario, la mayoría de los chicos con los que se cruzan fruncen el ceño y cambian de dirección. "Creen que les he hecho la vida imposible, pero te juro que son imaginaciones suyas". Sirius no se lo cree pero no puede evitar sonreír. Los dos amigos alcanzan la plaza, en la que hay una enorme fuente y se sientan en el borde; Sirius deja caer el brazo y se moja los dedos distraído mientras disfruta del viento fresco de la tarde en la cara.

- Este sitio no está tan mal, Potter. No sé de qué te quejas.

- No me quejo… Pero siempre estoy encerrado en casa porque no tengo amigos, ¿sabes?

- Porque eres un bicho raro - Sirius pone los ojos en blanco y mueve los pies en el aire, echando la cabeza hacia atrás y sonriendo ampliamente -. El tipo que diseñó la snitch vivió aquí, ¿no?

- Sep - James señala con la cabeza lo que parece un parque lleno de vallas -. Está enterrado allí, en el cementerio, ¿quieres ver su tumba?

Sirius asiente con la cabeza; emocionado, como si esperase encontrar al auténtico Bowman Wright trabajando en su próximo diseño de la pelota más rápida de toda la historia de la magia.

En la entrada del cementerio hay una cancela; James la abre sin cuidado alguno y ambos se deslizan al interior, pisando las piedras del resbaladizo sendero que conduce hacia un edificio que Sirius da por hecho que es la iglesia a juzgar por la decoración de vidrieras de las ventanas y la gigantesca puerta con motivos religiosos. El sol le ciega los ojos cuando intenta mirar hacia el campanario en el que con dificultad distingue una campana de grandes dimensiones. Rodean el edificio y James le guía hasta la parte trasera en la que hay hileras y más hileras de lápidas; algunas decoradas con flores de colores y otras desgastadas y abandonadas desde hace mucho tiempo. Sirius se fija en los nombres; Abbot, Knighton, Williams…

- ¿Dumbledore? - Sirius señala una lápida un poco más grande que las otras con varios nombres grabados en ella.

- Sí, no sé… ¿Será su familia? Probablemente nació de una mujer. O igual creció del suelo, como las lechugas.

- Eres imbécil.

Finalmente los dos amigos llegan delante de la lápida; antigua, decorada con una snitch y gastada por el paso del tiempo. "Le debemos mucho a este tío, colega"; dice el joven Black mientras se cruza de brazos. James asiente con la cabeza y mira a su alrededor: lápidas y más lápidas, tierra húmeda por la lluvia y cuerpos sin vida bajo sus pies durmiendo una siesta eterna. Algo en su pecho se encoge y levanta la cabeza para mirar a su compañero.

- Cuando me muera no quiero que me entierres, ¿vale? Ata mi cuerpo al palo de una escoba, hechízala y mándame a tomar por saco. Donde nadie me venga a ver y esas cosas.

- Eso es jodidamente raro - Sirius niega con la cabeza -; además, sé con seguridad que serás tú el que me entierre, así que más te vale hacerme un panteón gigantesco, con una estatua con mi cara, para que todas las mujeres del mundo puedan llorar. No mi muerte… Llorarán por no haber podido conocer al hombre más guapo de la historia de la humanidad.

- ¿Crees… - James vacila - que hay algo detrás de la muerte? Ya sabes… Algo.

- ¡Pues claro! - Sirius abre la boca indignado y sus mejillas se hinchan, como su pecho - Somos capaces de mover cosas con un palito de madera, un día hicimos explotar nuestra habitación preparando una sopa mágica; ¿recuerdas eso que hizo Remus el año pasado de convertir mi baúl en una silla? ¡Somos increíbles, James! No hay nada que pueda pararnos. Ni a ti, ni a mí, ni al monstruito de Lupin ni al lameculos de Pettigrew.

- Más vale que no te escuchen decir eso…

- ¿Te imaginas lo increíble que será? Todo el mundo preocupándose como tú y nosotros por ahí; juntos, riéndonos de las dudas de los demás y… Seguro que seguimos molestando a Snape… ¡De descanso eterno nada de nada!

- Y seguirás siendo igual de feo…

- Y tú un canijo - Sirius le pone la mano en la cabeza, golpeándole con cierta fuerza y luego echa a correr, desandando el camino que han seguido minutos atrás -, ¡no has crecido una mierda este verano, Potter!

James tarda un par de segundos en reaccionar pero después persigue a su mejor amigo, con toda la energía que tiene en el cuerpo y pronto se encuentran los dos gritándose improperios bajo la atenta mirada de algunos de los habitantes del Valle de Godric. Pocos sabrían que ese joven de pelo alborotado y sonrisa encantadora se convertiría en leyenda años después en ese mismo lugar, tampoco demasiados serían conscientes de que el chico de ojos grises que se cayó aquel día en la plaza y que fue golpeado sin piedad por el otro sería tratado como un vulgar asesino durante muchos años. En ese momento nadie en el mundo muggle, ni en el mundo de los magos habría podido imaginar que esas dos personas, llenas de sueños e ideas locas sobre la vida acabarían siendo testigos de los horrores de una guerra sinsentido. Cuando James Potter ayuda a Sirius Black a levantarse y sus manos se entrelazan en un fuerte apretón nadie será testigo de esa mirada cómplice que parece decir que una vez más, juntos, son ellos contra el mundo.

Es al día siguiente cuando reciben la contestación de Remus, con perfecta caligrafía y una ortografía impecable "digno de un poeta" como hace notar Sirius; en ella el joven les hace saber que ese mismo sábado pueden quedar en el centro de Londres; justo delante del Caldero Chorreante y especifica que si no recibe contestación dará por hecho que van a presentarse puntuales a las doce del mediodía. Gastan parte del tiempo en hablar de la temporada de Quidditch, sobre todo después de que Sirius babee delante de todos los pósters que cubren las paredes de la habitación de James; en ellos los jugadores de su equipo favorito vuelan a toda velocidad y parecen querer salir de su prisión en dos dimensiones. El jueves, después de haber comido exageradas cantidades de chocolate caliente con bizcocho se meten los dos en la cama, corren las cortinas y en el silencio de la noche se permiten el lujo de soñar. Sirius mueve los brazos en el aire cuando vaticina que será un famosísimo golpeador "de los Cannons" y que devolverá la gloria al equipo. James le apoya y juntan los dedos meñiques en la oscuridad, en un pacto poco premeditado pero excesivamente serio, y se prometen alcanzar la gloria en el campo. Codo con codo. Espalda con espalda.

El viernes por la mañana los dos se encuentran en el salón, tumbados en el sofá; Sirius mueve la varita en el aire, consciente de que no puede usarla, pero aprovechando para pincharle a James en el costado cada vez que boquea, medio dormido sobre uno de sus cómics. Sin embargo no son los golpes lo que hace que su mejor amigo se caiga del sofá; un par de lechuzas pardas entran volando por la ventana y se lanzan contra ellos como si fueran ratones.

- ¡Malditos bichos! - Sirius espanta a la que ha intentado posarse sobre su cabeza y le arranca la carta que lleva entre las patas - Me quedaré con tu cara y te mataré, maldita rata voladora.

- Son las cartas de Hogwarts - James abre el sobre dándole un ligero puntapié al animal que intenta picarle el bajo de los pantalones -; Dios Mío, esto cada vez es más caro.

- Y lo dice el que se baña en agua con burbujas mágicas.

- No son mágicas; es un mecanismo que…

- Gracias, Remus - Sirius pasa el dedo sobre las letras de color verdoso -. No me había planteado que Dumbledore tendría que mandar mi carta aquí, ¡qué tío más listo!

Finalmente llega el sábado y los dos chicos se despiertan entre quejidos y bostezos lastimeros de los cuales culpan únicamente a Remus Lupin y su manía de aprovechar las mañanas haciendo cosas productivas. Se visten sin mucho entusiasmo; Sirius pelea con unos pantalones vaqueros ajustados y pierde más de cinco minutos en atarse las zapatillas de color vino que están bastante desgastadas por los laterales; James por el contrario agoniza delante de su armario tratando de decidirse por una camiseta y finalmente elige una lisa, de color negro y una camisa de cuadros azules encima. Alarga el brazo para apoderarse de una mochila de piel de dragón que su padre le compró días atrás y se la cuelga a la espalda. Después mira a Sirius impaciente hasta que este berrea "ya voy, ya voy" y bajan las escaleras de dos en dos para encontrarse con los señores Potter en el vestíbulo de entrada.

- ¿Seguro que estaréis bien? - Ella parece preocupada cuando intenta arreglar el pelo de su hijo sin éxito - El transporte de los muggles no es seguro y…

- Son ya mayores, querida - el señor Potter saca una cartera seria, como él, de uno de los bolsillos de su túnica y extrae un montón de billetes sujetos con una goma -. Tomad, creo que será suficiente.

La señora Potter pierde más tiempo abrazándoles a los dos y metiendo un par de bocadillos en la mochila "seguro que la comida muggle no es muy buena…" y cuando finalmente les deja marchar los dos chicos se quedan de pie delante de la puerta principal de la casa de los Potter y respiran hondo. No se lo dicen con palabras pero los dos piensan al mismo tiempo que una aventura excitante está por comenzar.

Cuando el autobús se para delante de ellos, el motor palpitando nervioso, James sonríe curioso, sube el pequeño escalón y todo su cuerpo tiembla inconscientemente al observar el interior; nunca antes ha viajado en transporte público y para él es una experiencia similar a la de descubrir una receta de comida por primera vez. Sirius le coge del hombro y le indica que tienen que darle dinero al conductor. Un hombre de mediana edad, hombros anchos y una nariz que parece un garfio les gruñe cuando depositan varios billetes en su mano, llena de manchitas marrones pequeñas. "¿Es suficiente?" pregunta James dudoso, sacando otro billete del bolsillo con la intención de añadirlo al montón. El conductor asiente con la cabeza y centra su atención en el volante.

Sirius y James pasan por delante de una mujer con una niña que pide caramelos a gritos, una pareja de novios que parecen haber olvidado los límites de mostrar afecto en un lugar público y un anciano con gafas de sol que no aparta la mirada de la ventanilla, ligeramente empañada. Los dos chicos ocupan un par de asientos justo detrás de él, Sirius en el lado interior y James en el exterior, cruzando las piernas y estirando el cuello para poder escudriñar los rostros de los viajeros.

- Esto es tan emocionante - la voz de James vibra cuando abre la boca por primera vez desde hace un buen rato -, ¿te puedes creer que esta cosa se mueva por si sola? Benditos muggles.

- Bah, pero aquí no hay chicas guapas. En mi autobús había una chica guapa.

- ¡Los asientos son cómodos! Vaya... Es genial, Sirius; ¡mira, un martillo! - Señala un cristal en el que se puede leer "usar en caso de emergencia" - ¿Emergencia? ¿Qué nos puede pasar?

- Puede que vayan a atacarnos zombies.

- ¿Zom... qué?

- Los muggles se creen que los muertos vuelven a la vida y eso; vi anunciada una película uno de los días que fui a Londres. Se comen los cerebros de la gente.

- ¿ESO PUEDE PASAR?

- ¡Claro que no! Bueno... Igual hay algún mago oscuro que puede hacer eso... No... En realidad no lo creo porque entonces mis abuelos serían zombies y te aseguro que están bien muertos. Para alegría del mundo, vaya.

- ¿Y se comen los cerebros de los más listos?

- Sí, claro, porque son más jugosos - Sirius le pasa el brazo por el hombro -. Así que tú no tienes que preocuparte, querido cabezahueca.

El resto del trayecto James lo emplea en poner las expresiones de enfado más exageradas que conoce: se cruza de brazos, suelta varios "tsk" en cadena y entrecierra los ojos cada vez que su mejor amigo le señala algo destacable, como el momento en el que la niña que va con su madre se come un moco o un gato muerto y espachurrado en la carretera; pero nada de eso surge efecto. Solamente cuando el autobús se detiene y tienen que levantarse y bajar con cuidado detrás del resto de pasajeros, Sirius se da por vencido.

- Está bien, ¿qué tengo que hacer para que me perdones?

Están en mitad de la calle, transeúntes pasan a su lado con mucha prisa, y algunos con ninguna; un taxi toca la bocina a una chica con falda que cruza por donde no debe y un señor con gabardina les echa el humo que emerge de su pipa cuando se les acerca para entrar a la tienda de ropa y moda a su espalda.

James se ajusta la mochila a la espalda y suspira.

- Puedes comprarme un helado luego...

El autobús tiene su parada cerca de la boca de metro de Tottenham Court Road; una calle de edificios modernos a excepción de una gigantesca construcción de ladrillos oscuros ennegrecidos por el paso del tiempo y el habitual clima húmedo de la ciudad. Justo delante de ellos una señora saca un billete único para tomar la línea subterránea; en un cartel se indica que está conectado con la "línea central" y la "línea norte", pero por supuesto ninguno de los dos tiene ni la menor idea de lo que eso significa.

- ¿Dónde hemos quedado con Remus? - Pregunta Sirius, mirando de soslayo un reloj de agujas que adorna uno de los comercios de la acera de enfrente.

- Pues... - James rebusca en sus bolsillos y saca un pergamino arrugado - En la puerta de la Catedral de San Pablo.

- Tienes suerte de que me conozca la ciudad, porque tienes una cara de panoli…

- Está bien, listillo.

Sirius ha vagado muchas veces por las calles de Londres; en realidad se la conoce casi a la perfección, debido a sus paseos en las tardes de verano en las que Grimmauld Place se convertía más en una prisión que en un hogar; lo que lleva ocurriendo casi toda su vida. Por alguna razón siempre le han gustado los escaparates muggles, con esos muñecos de tamaño natural vestidos con ropa a la última moda, o esos bares de los que sale humo con olor a tabaco y risas graves de garganta. Nunca jamás ha entrado a ninguno de ellos porque no se ha atrevido o tal vez porque, tal y como supone, debido a su edad no tiene permitido hacerlo. Siente curiosidad por la gente que se sienta en la calle con un cartel de cartón pidiendo dinero. Una vez echó un galeón en el plato de un hombre de barba blanca y ojos rojos cerca de Russel Square. A veces lo vuelve a hacer y se siente mejor, a pesar de que los muggles no pueden comerciar con esa moneda, da por hecho que el oro tiene el mismo valor que en su mundo. A veces a Sirius le gusta sentirse mejor persona.

Pero a pesar de todas esas veces de idas y venidas por la ciudad, nada parece lo mismo con James a su lado, visiblemente excitado y dispuesto a pegar la nariz a los cristales de los escaparates, a exclamar "wooooooooow" cada vez que una moto hace ruido cerca de ellos, o incluso ilusionado en saltar las líneas de los pasos de cebra.

A Sirius le gusta ese entusiasmo en James, y la razón de que le guste no es otra que lo increíblemente contagioso que resulta. A los diez minutos están los dos delante de una tienda de cómics, respirando vaho sobre la superficie transparente y con los ojos tan abiertos que se les olvida parpadear.

Desde allí pueden ver altas estanterías repletas de cómics de todos los colores que pueden imaginar: niveles y niveles llenos de hojas de papel con dibujos en blanco y negro, ilustraciones a todo color y cientos de historias que leer.

- Se te cae la baba, Potter.

- Es que… - Suspira muy alto - La gente que hace estas cosas dibuja tan bien…

- Tú tampoco lo haces mal.

- ¿Qué?

- Oh - Sirius juega con un mechón de pelo intentando quitarle importancia al asunto -. Puede que encontrase ese cuaderno que le robaste a Remus y que viese algún dibujo y…

- ¿QUÉ?

- No deberías dejar las cosas tiradas… Los dibujos están bien, pero deberías dejar de dibujar al pobre Lupin o pensaré cosas raras sobre ti.

James parece querer decir algo pero se sonroja y con un giro brusco baja la calle dando largas zancadas; primero el pie izquierdo, indignación cómo se atreve a tocar mis cosasdespués le derecho, enfado yo nunca jamás haría algo así con sus estúpidas pertenencias.

- ¡Jimmy! - Sirius corre hasta su lado - No me preocupa que te guste Remus, de verdad…

- ¡No me gusta Remus! - Tiene el ceño tan fruncido que parece que le va a tocar la nariz - Simplemente tiene una cara fácil de dibujar. A diferencia de la tuya, que eres tan feo que es imposible tratar de sacarte agraciado.

- ¿Insinúas que Remus es más guapo que yo? - Parece que hasta le duele. Siguen caminando y discutiendo, esquivando a la gente que no les presta ningún tipo de atención.

- Insinúo que hasta un hipogrifo en tacones es más guapo que tú, Black.

- A veces eres tan tont… OH DIOS MÍO.

Sirius Black reconocerá tiempo después haberse enamorado tres veces en su vida; sin duda la primera fue en mitad de la calle, con James Potter a su lado. En efecto, como en las películas románticas de la época el tiempo se detiene, los pájaros dejan de trinar y lo único que se escucha es un violín desde la boca de metro más cercana. El cielo se vuelve azul, las macetas se llenan de flores como si entrase la primavera y si no fuera porque es imposible incluso Severus Snape parecería atractivo en varios kilómetros a la redonda bajo esa aura de romance. Y allí está, brillante, reluciente, elegante, perfección en cada centímetro de existencia. Sirius se imagina cómo sería su aspecto con ella cubriéndole el cuerpo y…

- James, pellízcame.

- Vale.

- ¡AU!

- Querías que te pellizcase.

- Maldito seas, nadie pellizca a otra persona cuando esta dice pellízcame.

- ¿Entonces qué propósito tiene decir que te pellizque?

- Calla - Sirius se lleva el puño al pecho y señala a su primer amor -. Es preciosa, Jimmy.

- Es negra. No me gusta demasiado el color negro, pero… Supongo que es bonita, sí.

El escaparate muestra a un maniquí de hombre con una cazadora de cuero de color oscuro; no lleva parches, ningún tipo de decoración a excepción de la cremallera plateada y un bolsillo a la altura del pecho. Brilla, nueva, dispuesta a ser utilizada.

- La necesito. - Murmura Sirius finalmente.

- Pues cómpratela. - Para James parece algo lógico, se encoge de hombros sin darle importancia.

- Pero… - Sirius estira el cuello para ver el precio - ¡Sesenta libras! No llevo tanto dinero encima pero… Dios Mío, podría parecer Marlon Brando[1]. No, podría parecer mejor que Marlon Brando.

- Sesenta libras… - James coloca los brazos detrás de la cabeza y mira hacia arriba, al reloj que cuelga de la puerta de la tienda - ¡Mira qué hora es! Date prisa o Remus nos matará, ¡Marlon!

Sirius maldice, echa una última mirada a la cazadora, está a punto de guiñarle el ojo, dejarle su número de feletono o gritar su nombre para que le recuerde pero entonces piensa en Remus, en que llegan diez minutos tarde, suspira pesadamente y echa a correr detrás de James que le lleva ventaja, dando saltos rítmicos a lo largo del bulevar.


[1] Sirius se refiere al papel protagonista del actor estadounidense en The Wild One (1953)