Un regalo inesperado

El centro de Londres recibe a Remus con una gran bocanada de aire gélido al salir del metro y él se estremece bajo la ropa durante unos instantes hasta que su cuerpo consigue acostumbrarse a la temperatura del exterior. Aún es Agosto y los termómetros no apuntan todavía demasiado bajo pero el subsuelo de la ciudad británica acoge un cálido ambiente entre sus muros que contrasta con la temperatura del exterior. Es ese momento del verano en el que puedes sentir físicamente cómo el sol va escondiéndose tímidamente tras las nubes en el cielo y no brilla tan intensamente como antes, y el frío va acomodándose poco a poco, buscando su sitio entre la multitud que abarrota las calles. Remus solo tiene que recorrer un par de éstas para llegar a su destino, y el reloj que reposa en su muñeca derecha le indica que aún faltan unos veinte minutos hasta la hora a la que ha quedado con James y Sirius. Así que camina despacio; se para a observar a la gente, los coches y los escaparates. Justo antes de llegar a su destino, se detiene delante de uno de éstos para observar su propio reflejo. Va vestido con unos pantalones vaqueros por encima de los tobillos y un amplio jersey gris de lana; el pelo claro cae sobre la frente y a ambos lados de la cara bajo un gorro del mismo material, y Remus trata de recolocarlo todo lo bien que le es posible con la ayuda de un peine que saca de la bolsa que carga sobre su hombro izquierdo, y que contiene además su cartera, con dinero tanto muggle como mágico, para comprar el material escolar. Después, se sienta en un banco, impaciente, a esperar la llegada de sus dos amigos.

Aquel día Remus Lupin aprenderá que Sirius Black y James Potter siempre llegan tarde: no solo a clases y exámenes sino a cualquier acontecimiento que requiera un mínimo de puntualidad. Cuando el reloj pasa ya veinte minutos de la hora acordada, suspirará y encogerá las rodillas sobre el asiento mientras juguetea con el borde de las mangas del jersey. Cuando el retraso es de ya cuarenta minutos se plantea una gran cantidad de veces que Sirius y James no vayan a acudir a la cita o simplemente la hayan olvidado. Y cuando finalmente les ve aparecer en la lejanía, olvida por completo la tardanza: Sirius le saluda con un gesto de cabeza y James mueve enérgicamente la mano en el aire y sonríe, y Remus no puede evitar sonreír también mientras camina hacia ellos. Finalmente, después de dos meses, se funden en un gran abrazo que se prolonga durante un largo rato, pues ninguno de ellos parece querer ponerle fin.

- Qué pena que Peter no haya podido venir… — se lamenta James. Los otros dos asienten.

- Pero de todos modos — añade Remus — supongo que se lo estará pasando bien de vacaciones, ¿no? Eso es lo que cuenta…

- Bueno, Remus. Dinos… ¿Cómo te va? El verano, y eso… ¿Hay algo que quieras contarnos? — pregunta Sirius, ganándose un disimulado codazo en las costillas por parte de James.

- Eh… Yo… No, bueno, no sé, no he hecho muchas cosas… ¡Seguro que vosotros os habéis divertido mucho más!

- Pues claro, Sirius… ¿Qué iba a tener que contarnos Remus? No es como si nos ocultase algo. Quiero decir… Siempre está con sus libros y sus cosas, ¿no?

- Eh… Sí, bueno, tienes razón. ¡Y he empezado a ver una serie en la televisión!

- Televisión. — repite James - Tele…visión. Es ese cacharro de los muggles que funciona con eclecticidad y que tiene como imágenes en movimiento que hablan.

Remus no puede evitar reir incontroladamente, ante la desconcertada mirada de tanto James como Sirius.

— Es la mejor descripción de una televisión que he oído en mi vida, James — dice, cuando consigue recuperarse — Pues es una serie sobre astronautas…

— ¿Astronautas? ¿Astronautas… como los que van al espacio? ¿De esos astronautas?

— Sí, Sirius, de esos… Tienen una nave muy grande y exploran el espacio y el capitán es alto y guapo y su mejor amigo es muy inteligente y…

— Yo pensaba que a ti solo te gustaban cosas de chicas y, bueno, no te ofendas, pero un poco aburridas… Pero… Eso suena muy divertido.

— Maldita sea, James, tenemos que conseguir una televisión de esas…

— Otro día podéis… — Remus comienza la frase muy decidido y se detiene a mitad, como si no hubiese sido consciente en un primer momento del peso de sus palabras. Vacila un segundo y decide que no queda más remedio que continuar — podéis venir a casa y, bueno, podemos ver la televisión si queréis.

Y la aparentemente inofensiva oración le araña la garganta conforme es pronunciada. Y quiere pensar que no hay ningún motivo real por el que preocuparse pero el fondo de su mente sabe que no puede ignorar mucho más tiempo lo que ocurre. Porque sí. Porque Remus Lupin no es un chico tonto. Quizás es un licántropo. Quizás es un poco más torpe de lo que le gustaría y tropieza con frecuencia y se llena la bufanda de migas de pan en el desayuno y a veces deja caer sin querer la manga de la túnica en la sopa; es posible que sea demasiado tímido y tenga, en su opinión, la nariz demasiado larga; puede ser que sea excesivamente maniático en algunos aspectos y que deba aprender a relajarse y tomarse las cosas menos en serio. Pero no tiene absolutamente nada, ni siquiera un ápice de tonto. Y como Remus no es tonto también sabe que, bajo las sonrisas despreocupadas y las conversaciones casuales, James y Sirius son mucho más inteligentes de lo que cualquiera de las personas que convive con ellos habitualmente podría imaginarse. Y sabe que lo saben. Lo saben, o al menos lo intuyen. Sus mejores amigos saben su secreto mejor guardado y no sabe muy bien desde cuando es consciente de que no tiene sentido ocultarlo durante mucho más tiempo y cuánto tiempo lleva negándose a sí mismo la inevitable realidad. Pero de repente, y en esa frase, todos sus temores más profundos se hacen más visibles y completamente tangibles: un simple "Otro día podéis venir a casa" hace que toda la atmósfera cálida e idílica creada por el reencuentro se difumine rápidamente porque, si realmente está en lo cierto en los presentimientos que llevan meses atormentándole, quizás no haya "otro día". Quizás esto ha durado mucho más tiempo de lo que me merezco y sea esta vez cuando les pierda.

- Tío, estás todo atontado, ¿eh? ¿Nos estás oyendo? - Sirius le saca de su ensimismamiento con un fuerte golpe en el hombro, y si los dos chicos habían estado hablando de algo durante los últimos minutos, Remus no ha escuchado ni una sola palabra - entiendo que no quieras que Jimmy vaya a tu casa por eso de que le huelen los pies, pero tío, a mí me vas a dejar ir a tu casa a ver a los astronautas, ¿verdad?

- ¡Oye, imbécil! No hablemos de a quién le huelen cosas porque me sé de alguien que no ha usado desodorante hoy, amigo mío.

- Total, que llevamos un montón de rato aquí pasmados… ¡Venga, vamos a algún lado!

Sirius pasa un brazo por los hombros de sus amigos; primero de James y luego de Remus, y los tres comienzan a caminar hacia el norte. Y mientras andan, éste último no puede evitar seguir pensando. Está más que claro que sus amigos saben qué es lo que lleva ocultándoles todo este tiempo: lleva sospechándolo desde antes del fin de curso anterior, cuando éstos comenzaron a perseguirle con preguntas extrañas y comprometidas y se mostraron cada vez menos convencidos por sus improvisadas excusas para desaparecer al menos una noche al mes. Y sin embargo se negó a aceptar la realidad como jamás se había negado a aceptar nada más en su vida; aquella vez era distinta a todas las demás, porque lo que estaba en riesgo era demasiado importante como para poder simplemente aceptar que podía desvanecerse de un momento a otro. Y aun así, y a pesar de que llegados a ese punto y tras un largo verano de reflexión sobre el tema, podría asegurar que su secreto ha sido ya casi descubierto, hay algo que no termina de entender. La pregunta se repite en su cabeza una y otra vez, buscando insistentemente una respuesta que parece no existir si quiera. ¿Por qué siguen hablándome? ¿Por qué siguen mandándome cartas y han quedado conmigo hoy si saben que soy… un monstruo?

- Oye, Sirius, ¿dónde se supone que estamos yendo? - pregunta James, al tiempo que se desembaraza del abrazo de éste.

- Tengo que llevar a Remus a conocerla, tío.

- ¿Llevar a Remus a conocer a quién?

- ¡¿A quién tengo que conocer?!

- No puede ser que estés hablando de…

- Pues claro, Jimmy. Verás… Bueno, es mejor que lo veas por ti mismo. Ya casi estamos.

Se detienen frente a la puerta de una pequeña tienda de ropa; las paredes están pintadas de color negro y cubiertas por posters varios en vivos colores de lo que Remus adivina que son motocicletas y coches; puede distinguir unos probadores en una esquina, justo al lado de un espejo que cubre casi la mitad de la pared a su derecha. Pero no es la propia tienda a lo que Sirius quiere que le preste atención, sino que le está estirando de la manga del jersey para que dirija su mirada hacia otra cosa: el escaparate de ésta.

- ¿Es o no es preciosa? ¿Eh, Remus?

Tras el vidrio puede observarse una cazadora de cuero que parece ser al menos dos o tres tallas más grande de lo que su amigo necesitaría; es sencilla, pero hay en ella algo que la hace especialmente bonita: la piel oscura parece extremadamente suave al tacto y está colocada sobre el maniquí de forma casual, pero al mismo tiempo parece encajar perfectamente.

- La verdad… Es que es muy bonita, Sirius. ¿Vas a comprártela?

- Ojalá - Sirius gruñe - Pero es demasiado cara y no tengo dinero muggle…

- Vaya… ¿Cuánto cuesta?

- Sesenta libras - contesta James, instantáneamente, señalando una pequeña etiqueta de color blanco que cuelga de una de las mangas - Bueno, Sirius, ¿pero por qué no te la pruebas al menos? Me has hecho andar hasta aquí dos veces, es lo mínimo…

- Pero…

No le da tiempo a contestar porque James ya le está empujando hacia el interior de la tienda y Remus se apresura a seguirlos a ambos. El dependiente es un hombre mayor; no es anciano, pero muestra unas cuantas arrugas bajo los ojos y la nariz y abundantes canas en el cabello peinado hacia atrás que en otro tiempo fue marrón oscuro. Viste un chaleco, de cuero también, adornado con parches cosidos con hilo negro similares a los expuestos en uno de los mostradores. En los brazos descubiertos pueden observarse multitud de tatuajes que adivina que también serán abundantes en el resto del cuerpo. Y a pesar de todo, y aunque aquel hombre desprende un aspecto realmente amenazador, les recibe al entrar con una amplia y amable sonrisa.

- ¡Buenos días, chicos! - tiene la voz sorprendentemente grave, tanto que a Remus le sorprende que no haga vibrar las paredes al hablar - ¿Puedo ayudaros en algo?

- Sí. Esto… Veníamos a probarnos la chaqueta de cuero del escaparate - le explica James, que no está demasiado seguro de cómo debe proceder en una tienda muggle.

- ¿A probárosla? - el dependiente ríe. Una risa profunda y larga, como si hubiese emitido una sola carcajada y el resto hubieran sido el simple eco de la inicial. - ¿Los tres?

- No, ¡no! Solo él. - señala - Se llama Sirius.

- Vaya, vaya, Sirius… Tienes buen ojo, ¿eh? Entre tú y yo - se acerca a los tres chicos antes de seguir hablando, por encima del mostrador de cristal, y guiña un ojo - es un secreto, pero Mick Jagger se pasó por aquí la semana pasada para llevarse una igual.

- ¿¡Bromeas!? - exclama Sirius, abriendo mucho los ojos y apoyándose en el brazo de James, como si fuese a desmayarse - ¿¡Mick Jagger!? Mick Jagger como… Como Mick Jagger. Ese Mick Jagger.

- Ese mismo, muchacho. ¡Pero no se lo digas a nadie!

Treinta segundos después, un emocionado Sirius entra al probador y cierra tras sí la cortina de color negro. Es entonces cuando James aprovecha para susurrar en el oído de Remus:

- Mis padres me han dado muchísimo dinero… Creo que podría comprársela o algo así. Está muy ilusionado, jo. Podría ser… Su regalo de cumpleaños anticipado o…

- Eso sería un buen regalo, James…

Remus duda un momento. Después, abre su bolsa y rebusca en ella en busca de su cartera. Cuenta el dinero en su interior: tiene treinta y cinco libras exactas. Juguetea con los billetes entre los dedos durante unos instantes, pensativo.

- ¿Sabes qué? Podríamos pagarla a medias, James. Así sería un regalo entre los dos. Tus padres pueden enfadarse si te gastas todo ese dinero tú solo…

- No hace falta, Remus… Puedo pagarla yo.

- ¡Pero me hace ilusión que sea un regalo mío también!

- ¿Qué os parece, tíos?

La voz de Sirius, que acaba de salir del probador, hace que ambos se sobresalten y traten, nerviosos, de fingir que no estaban planeando hace tan solo un segundo. Remus desliza con torpeza su cartera de nuevo hasta el interior de su bolsa y James simula toser un par de veces, distraído. Pero Sirius no parece estar prestándoles atención a ninguno de los dos porque está infinitamente más ocupado observando su reflejo en el gigantesco espejo de marco plateado. Si James y Remus ya sabían que debían conseguir que su amigo saliese de allí con aquella prenda bajo su propiedad, verle con ella puesta solo les convenció aún más. Tal y como Remus había presupuesto, la cazadora de cuero es mucho más grande de lo que debería ser para sentarle bien a un chico de casi catorce años: sin abrochar, la parte inferior le cubre hasta la mitad del muslo, y apenas pueden distinguirse sus manos bajo las larguísimas mangas. Y sin embargo, es innegable que le sienta bien. Aunque no tiene mucho mérito, porque a Sirius le sentaría bien incluso un traje de payaso. Hay algo extraño en aquella chaqueta y en la forma en la que el joven Black parece extraordinariamente pequeño bajo la gruesa tela; algo diferente en el modo en el que las costuras de los hombros encajan perfectamente con la forma de los suyos y los botones resplandecen bajo la luz de artificial de las bombillas, como si la prenda de ropa se hubiese enamorado de su nuevo portador y estuviera decidida a quedarse con él a toda costa, a verle crecer y hacerse más alto con los años hasta que el final de la cremallera ya no quede muchos centímetros por debajo de la cintura sino varios por encima; los hombros se ensanchen y los brazos se alarguen y las manos sobresalgan sobre la ya desgastada pero aún brillante tela de las mangas. Y es entonces cuando visualiza claramente a un casi adulto Sirius Black (dieciocho, diecinueve años, quién sabe) vestido con aquella misma cazadora, más alto, con el pelo más largo pero la misma sonrisa frenética; más maduro, pero sin perder un ápice de su esencia. Y en ese momento es cuando Remus definitivamente decide que, si Sirius ha de tener un regalo de cumpleaños, aunque adelantado, tiene que ser ese y no otro; intercambia una rápida mirada con James y ambos caminan con seguridad hacia el mostrador.

- ¡Nos la llevamos! - dice James, como si realmente no fuese aquella la primera compra que hace por sí mismo en la vida. Pronuncia la frase tremendamente convencido, como si hubiera estado ensayándola mentalmente durante un buen rato.

- ¿¡Qué!? - exclama Sirius, desde el otro lado de la habitación - No, pero espera… No puedo…

Dos segundos después, las sesenta libras ya están camino de su sitio en la caja registradora sobre la vitrina de cristal; treinta de James y otras treinta de Remus que terminan por ser veinticinco porque James insiste en que "bueno, seguro que Peter también hubiera querido participar en esto. Yo pagaré su parte". Le dan las gracias al vendedor, una vez cada uno, y salen de la tienda. En la puerta se funden en un largo abrazo de nuevo; exactamente como el primero que se han dado al encontrarse aquella mañana, pero con olor a tela nueva y el cosquilleo en el estómago del trabajo bien hecho. Sirius les dará las gracias: no solo una vez, sino cientos, miles de ellas, hasta tal punto que resulta incluso impropio que alguien tan testarudo y pagado de sí mismo como lo es Sirius Black pueda llegar a insistir tanto en agradecer algo tan banal como un regalo de cumpleaños. Les da las gracias cuando caminan lejos de allí y van a comer a un gran restaurante de comida rápida que acaban de abrir en la esquina de una gran avenida muy transitada. James insiste en invitarles a comer y pide hamburguesas con queso para él y para Sirius y sin queso para Remus y se equivoca tantas veces contando los billetes y monedas que tiene que utilizar para pagarlas que termina dejando todo el efectivo que lleva encima sobre la barra y este último tiene que ayudarle, ante la sorprendida mirada de la camarera. Mientras mordisquea el borde de su panecillo, Sirius les da las gracias de nuevo. Comen con las manos y beben con pajita e ingieren tales cantidades de patatas fritas que termina por dolerles el estómago; compran vinilos en una pequeña tienda de una calle estrecha. El Indelibly Stamped de Supertramp captará la atención de James al instante "eh, tíos, tiene una canción que se llama como yo. Bueno, no se llama James, se llama "Potter", pero es lo mismo. Casi." Se llevarán todo lo que tienen de los Beatles: Abbey Road y Please, Please Me, A Hard Day's Night y With the Beatles; de camino a su próximo destino, el Callejón Diagon, se lo agradecerá otra vez. Miles de veces dirá que "joder, tío, sois los mejores amigos del mundo. De verdad que no merezco unos amigos como vosotros." y otras tantas recibirá un "pero Sirius, un cumpleaños es un cumpleaños. No es nada. Y además, sabes que voy a terminar poniéndomela yo muchas veces" como respuesta. Y los tres saben que no es verdad, que la chaqueta de cuero de Sirius Black será suya y de nadie más hasta el fin de los tiempos, pero a nadie le importa demasiado en aquel momento en el que la luz del día se va apagando despacio y llevan muchas horas en Londres, caminando demasiado rápido como para darse cuenta de que el día es efímero y no durará para siempre y cuando la tibia luminosidad del Sol sea sustituida por la luz anaranjada de las farolas de las calles, tendrán que volver de nuevo al lugar donde se encontraron, pero esta vez para despedirse hasta dentro de unos días que se harán terriblemente largos. Cargados de libros y material escolar y de un apabullante cansancio se sientan en las escaleras de la Catedral de San Pablo con un helado recién comprado que lamen despacio, temiendo que cuando termine tengan que enfrentarse a una despedida mucho menos definitiva que las habituales pero no por ello más fácil. El de Sirius es de chocolate y menta, el de James de chocolate y Remus no sabe muy bien si el suyo de limón sabe realmente tan delicioso como le está pareciendo o solo es la compañía y la situación lo que lo hacen especialmente destacable. No hace más de diez horas que se reunieron en ese mismo lugar aquel día y parece que ha pasado un periodo de tiempo mucho más largo, un año o una vida. Y se sienten distintos, influidos por el aura melancólica que rodea a las cosas buenas que llegan a su inevitable fin.

- ¿Sabéis? - comenta Remus, distrayéndose durante unos instantes de su helado y señalando a lo alto de la catedral con la mirada - Parece muy pequeña desde aquí abajo, la cúpula… Pero en realidad es enorme, ¡no sabéis cuanto! Y puedes subir allí arriba si quieres. Si subes doscientos cincuenta y nueve escalones en su interior, llegarás a un lugar que se llama "la galería de los susurros", y dicen que allí puedes escuchar un murmullo a treinta y dos metros de distancia.

- Vaya… - murmura James, asombrado, y Remus espera que después haga un comentario sobre lo ingeniosos que son los muggles, o un "no son tan tontos como parece, tío, os lo digo yo". Pero no es así, y lo que sigue a esa expresión de admiración le desconcierta. - Tú siempre sabes todo, Remus. ¿Por qué siempre sabes todo?

- Yo… Esto… No sé. Me gusta saber cosas. Es… Divertido.

- Eres muy listo, Remus.

- Sí - añade Sirius, todavía con la mirada fija en la cúpula que se cierne sobre ellos. El cielo poco a poco se va tornando violáceo, amarillo, anaranjado tras ella - Es increíble que alguien como tú, Remus, que sabe de todo, sea amigo de alguien como nosotros, que… Bueno…

- Nosotros no sabemos cosas. No sabemos cosas de libros ni de las cosas que te gustan y… - la voz de James casi tiembla mientras apoya su cabeza en el hombro de Remus - Y aun así eres nuestro amigo y por eso eres el mejor. Y por eso no me importa que hables con Lily, Remus… Porque ella te entiende, ¿verdad?

- No… No es eso… Yo… Quiero decir, sí… A Lily le gustan las cosas que a mí me gustan, pero a vosotros también os gustan las cosas que a mí me gustan. Porque… - y respira hondo, tan hondo como puede - porque a mí lo que me gusta es estar con vosotros, chicos.

No dicen mucho más. Ya es tarde y Sirius y Remus han terminado sus helados y los restos del de James están escurriéndose por debajo del cucurucho y manchándole las manos y muñecas. Son aún demasiado jóvenes como para andar por ahí solos de noche así que no tardan mucho en marcharse, y Remus se despide con la mano mientras ve a sus dos amigos perderse en la lejanía. Y después se marcha él también, lleno de preguntas y ninguna respuesta, intentando luchar contra la incertidumbre con aquello que es lo único que tiene seguro en aquel momento: que si alguien se merece la verdad, son sus amigos, y nadie más.