It's gonna be all right (We all want to change the world)

Cuando el tren se detiene en la estación de Hogsmeade se forma un gran barullo para poder salir; Sirius es el primero que se levanta y mira a izquierda y derecha con el ceño fruncido, después les indica a sus amigos una salida y se abre paso a codazos entre los más pequeños, que chillan, berrean, sujetan sapos entre las manos y resbalan sobre la piedra del pequeño andén, humedecida a causa de la fina lluvia que cae sobre sus cabezas y que algunos pretenden evitar cubriéndose con el gorro puntiagudo del uniforme. Dejándose llevar por la multitud, James, Remus, Sirius y Peter no pierden el tiempo y alcanzan el camino embarrado y serpenteante en el que aguardan numerosas diligencias dispuestas a llevarles a Hogwarts. Cuando es su turno suben rápidamente y se envuelven en las capas; afortunadamente, un precavido Remus les ha aconsejado ponerse el uniforme en el expreso.

– En serio, tengo una duda – James se aplasta el pelo contra la cabeza con tanta fuerza que es obvio que tiene que haberse hecho daño –, ¿por qué hay gente que utiliza los estúpidos gorros del uniforme?

– Porque en el reglamento se exige que los llevemos. – Explica Remus.

– Pues yo no veo que tú lo lleves.

– Bueno, es que son muy feos. – Se encoge de hombros el otro y deja escapar una media sonrisa que si no fuera porque se trata de Remus cualquiera diría que está cargada de cierta rebeldía.

– A mí me recuerdan a mi madre, y Merlín me libre de parecerme a mi madre. Que nos hagan llevar falda. Que nos obliguen a ponernos tacones, pero esas cosas no, por favor.

– En realidad los magos somos bastante horteras – James se estira del cuello de la capa –. Los muggles visten mejor.

– Espero que eso no lo digas por la ropa muggle que te pones tú, James, porque juraría que en este país a eso no se le llama vestir bien.

– ¿A qué te refieres?

– Naranja y rojo.

– ¿Qué le pasa al naranja y el rojo?

– Exacto – Remus abre mucho los ojos y gesticula durante un par de segundos en silencio –. Naranja y rojo. En marzo. El año pasado. Nunca más, prométemelo.

– ¡Pero el rojo es mi color favorito! Y el naranja es el color de los Cannons y…

– Nunca más.

– Haré lo que me dé la gana, como si quiero salir al Gran Comedor esta noche con una bufanda de los colores del arcoiris.

James y Remus siguen discutiendo sobre "que no, James, que esa combinación es un crimen" cuando bajan y caminan hasta el profesor Flitwick, que como cada año, de pie, diminuto, les espera con la lista de sus nombres. El resto del camino Sirius le cuenta a Peter más cosas sobre su estancia en casa de los Potter y el otro asiente con la cabeza entusiasmado, como si realmente él hubiera formado parte de esa aventura "jo, otro año podemos estar todos juntos", murmura muy bajito. Mientras tanto, Remus se queda callado: ahora que tiene las torres de Hogwarts encima, que el ambiente del castillo se puede palpar con los dedos, el peso de lo que se le viene encima parece ser mil veces mayor. Apenas tiene tiempo de preocuparse, porque James parece haber olvidado todo el tema de la ropa y le pasa el brazo por los hombros, y Remus se da cuenta de que huele bien, y de que el pelo de su mejor amigo contra su mejilla es suave, y de que los ojos oscuros tras las gafas brillan cuando le señala la entrada del monumental castillo.

– ¿Lo escuchas?

– ¿El qué?

– El castillo, Remus, el castillo. Se sabe nuestros nombres y los susurra. Tienes que lavarte las orejas.

– Eres imbécil – Sirius a su lado se cruza de brazos y estira el cuello también, perdido en las diminutas ventanas –. Algún día nuestros nombres estarán ahí escritos, Potter. Y el tuyo también, Remus. Pero sólo si estás dispuesto a afrontar el castigo que venga después.

– ¿Y el mío? – Peter gimotea un paso por delante de ellos – ¿El mío también?

– Sí, claro – Sirius se pone serio –. Con letras bien grandes y rojas.

– Eso es vandalismo, ¿lo sabías? – Remus frunce el ceño.

– No finjas que no te gusta, Lupin.

Y Remus no finge; al contrario, no puede evitar sonreír imaginándose los nombres en letras gigantescas y brillantes, sobre ese muro, a la vista de todos. Una firma imborrable durante poco más de dos semanas (lo que se tarda en eliminar por completo un hechizo de permanencia), tal vez un poco más si ponen el suficiente empeño. Puede saborear el cosquilleo de una mala intención que desemboca en una travesura de alto nivel. Sus dedos se crispan ante la emoción del peligro de ser encontrados, cosa que seguro que pasará; al fin y al cabo no puede existir alguien tan idiota en el mundo como para firmar con sus verdaderos nombres en un muro y esperar no ser descubiertos. Nosotros.

Casi puede ver la cara de McGonagall, con los labios en una línea recta, los ojos de Dumbledore brillando divertidos y el fondo de un retrete bien sucio. Y… La verdad es que no le importa.

Juntos, los cuatro cruzan las puertas una vez más, y cuando lo hacen todo se respira distinto; el hall de Hogwarts no ha cambiado un ápice y sin embargo hay algo diferente, algo más maduro y desde luego, no son ellos. Nick Casi Decapitado flota sobre sus cabezas y les saluda amablemente "¡bienvenidos de nuevo!" y Sirius le guiña el ojo, como si se tratase de un viejo amigo. "Aunque en realidad lo es", piensa Remus.

Se hace raro entrar al Gran Comedor y verlo tan adornado: el techo muestra una noche de cielo abierto, con las estrellas brillando intensamente y una gigantesca nebulosa de color morado que es obra de la magia del director. Las velas se mueven lentamente en el aire, encendidas, dejando tras ellas un rastro de humo tan fino que a primera vista es casi imposible apreciarlo. Se sientan en la mesa de Gryffindor, son casi los primeros: James y Remus a un lado y Peter y Sirius de ellos. El último empieza a golpear la madera con los dedos, impaciente, esperando a que todo el mundo se una a ellos. De repente, James se agacha y murmura algo como "Remus, tío, tienes la capa arrugada por esta esquina…" y los otros tres ven pasar a Noah Collins, con el pelo rubio cortado por los hombros, los ojos verdes más grandes que nunca y una tirita en la mejilla. Ninguno necesita pedir más explicaciones. En realidad James no ha hablado con ellos de la chica, pero tal y como ocurrió con Sirius dos años antes, es suficientemente obvio que no quiere enfrentarse a una conversación con la joven cazadora. Tras ella camina Jack, el capitán del equipo de Gryffindor, junto con un par de amigos suyos, todos de séptimo. Levanta la mano y sonríe y después ocupa su sitio, justo al lado de Noah, más cerca de la mesa de los profesores.

Mary MacDonald hace acto de presencia, con las manos en la espalda y la mirada perdida, sin compañía, así que cuando les ve sonríe y se lanza a ocupar el sitio al lado de James que la empuja con el hombro "tenía que sentarse, Lily", pero la chica no le hace caso y saluda a una Ravenclaw de la otra mesa con un efusivo levantamiento de brazo que hace que a su amigo casi se le caigan las gafas "perdona, perdona, perdona" y "¡es que nunca te fijas en las cosas, Polly"

– ¿Qué me acabas de llamar?

– Polly. – James es incapaz de aguantarse la risa cuando la mira directamente a los ojos.

– Serás bastardo, ¿quién te ha dado el derecho?

– Nadie, pero Polly es le diminutivo de Mary así que a partir de ahora eres Polly.

– ¡Ni hablar! Te juro que si me llamas así serás para siempre Jamie y te recuerdo que mi voz se escucha en todos los partidos de quidditch.

– No te atreverás.

– Ponme a prueba.

– Vale – se hace el silencio –, Polly.

– ¡ARGGGGGGGGGH!

La voz de Dumbledore les interrumpe a los dos, y no les queda más remedio que girar la cabeza hacia el director, que con los brazos abiertos sonríe a todo el comedor al tiempo que las puertas se abren y los nuevos alumnos, diminutos, resguardándose en sus uniformes recién comprados entran apiñados, muy cerca unos de otros. James busca con la mirada a Lily Evans, y la encuentra un poco lejos "maldita Mary", sentada al lado de Sabine y sus amigas. Por casualidad se encuentra con la mirada de esta última, que le guiña un ojo juguetón y el chico se golpea sin querer la rodilla contra la mesa, que se levanta y provoca un "shhhhhhhhhhhh" por parte de Remus.

A James no le gusta Sabine, no le gusta la forma en la que trata a Lily y por supuesto no le gusta la manera en la que su barbilla se divide en dos. Esa es la razón principal por la que no entiende que siempre se dedique a ir detrás de Sirius y él, como si fueran amigos, como si realmente le tuvieran algo de simpatía. A veces incluso le gustaría hacerse amigo de ella, simplemente para acercarse a Lily, poder reírse con la pelirroja en la Sala Común o incluso sentarse con ella en alguna clase. Pero eso es fantasear demasiado.

Le despierta el ruido de aplausos pretenciosos desde la mesa de Slytherin, encabezados por un repeinado Lucius Malfoy, de pie, pómulos rígidos y labios pequeños, ocultando una lengua de serpiente…

– ¡GRYFFINDOR!

Todos a su alrededor se levantan para aplaudir con entusiasmo; todos menos Remus, que a pesar de que es fiel seguidor del silencio y la tranquilidad, parece un poco más tenso y callado de lo habitual. James no dice nada, porque no quiere equivocarse, pero cuando la ceremonia de Selección termina, las mesas dan la bienvenida a sus nuevos integrantes y los platos se llenan de comida, no aparta la vista del joven supuesto hombre lobo, que ahora mira anhelante la fuente llena de empanada dulce, pero que no hace ademán de mover un solo músculo.

Su primer instinto es el de preguntar, preocuparse, pero la voz del director eclipsa esos pensamientos, al menos de momento.

- ¡Bienvenidos, todos! Veo caras nuevas y otras no tanto... ¡Pero lo importante es que de nuevo todos nos reunimos aquí como viejos amigos! – Dumbledore sonríe, delante del atril con forma de lechuza; los brazos extendidos y los ojos brillantes tras las gafas de media luna - Siempre es un placer ver esas cabecitas que os habéis asegurado de vaciar este verano y saber que a final de curso estarán llenas de ¡magia, conjuros, pociones, historia, amistad, aventuras!

- Chicas... – Sirius susurra a Peter en el oído que ríe temblorosamente.

- ¡La educación es tan apasionante! Y hablando de educación... Me complace presentarles al que será su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras... Profesor Richard Jeffrey.

Cuando el profesor se levanta se escucha algún aplauso ahogado entre los profesores, pero durante unos tres segundos todo el Gran Comedor permanece en silencio, inmóvil, y en la mesa de Gryffindor, un grupo de chicas de séptimo ríe de forma insoportable y aguda; un murmullo imposible de entender se extiende por toda la habitación cuando el hombre, joven, de pelo rubio, largo y liso, anudado en una coleta, que reposa perfectamente sobre su hombro derecho, y adornada con un lazo de color granate, el cual contrasta con el blanco roto de un jersey sin mangas que ha decidido utilizar para cubrir una camisa blanca, ajustada a las muñecas. En un intento pobre de parecer más serio, ha decidido adornar su cuello con una corbata, verde escarlata, que a cualquier persona le habría quedado muy mal pero que en él parece gritar una seriedad un tanto rebelde y juvenil. Su voz es suave cuando murmura "hola" y se vuelve a sentar, y entonces el efecto de silencio que se había creado se rompe de golpe y el ambiente se llena de gritos, aplausos, silbidos y golpes en la mesa, estos últimos patrocinados por Sirius Black.

- Parece simpático – Peter sonríe, entusiasmado.

- Bueno, contando el odio que te tenía el viejo... No creo que sea peor – Sirius se encoge de hombros y no deja de mirar hacia su izquierda, donde Sabine y las otras cuchichean en voz baja.

- No me odiaba, no me odiaba... No me odiaba, ¿verdad, Remus?

El apelado no contesta, por alguna razón está más pálido que de costumbre y no aparta la vista de las fuentes, ahora llenas de comida a la que todo el mundo ataca sin piedad. Remus coge un tenedor, pincha una albóndiga bañada en salsa y la mira como quien admira una obra de arte. Solamente cuando James le da un suave codazo en el costado vuelve a la realidad.

- ¿Eh?

- Que Peter te ha preguntado algo, Remus.

- ¿Eh? - Repite otra vez, con voz ronca – Disculpa, Peter... Estaba distraído.

- Tienes cara de lelo, tío - Sirius intenta quitarle peso al asunto, pero la verdad es que mira a su amigo con cierta preocupación –, ¿te encuentras bien?

- Sí... Eh... Peter, sí, o sea, eso que me has preguntado... La respuesta es que sí.

- ¿QUÉ?

- ¿Qué?

James y Sirius se echan a reír, al tiempo que Peter solloza y se sirve un sandwich de carne como consuelo. El resto de la cena hablan del verano, del nuevo curso, de las típicas cosas que todo el mundo habla el primer día de colegio. Los nuevos alumnos no dejan de plantear dudas sobre el castillo, las clases, las asignaturas... Incluso los dormitorios. Y es ese momento, cuando Gideon, compañero de equipo de James y Sirius empieza a explicarle a un chico de pelo rizado cómo funcionan las escaleras, que los cuatro se levantan, agotados, con las extremidades cansadas y deciden que es hora de volver a su propia habitación y disfrutar de su pequeño santuario personal.

— Tengo algo que contaros, chicos.

Remus inspira. Coge aire: mucho, muchísimo, y después lo expulsa en un eterno suspiro en un vano intento por tranquilizarse. Pronunciar esa frase ha sido muchísimo más fácil de lo que se hubiera esperado, pero sólo una vez dichas ha sido capaz de darse cuenta del verdadero peso y poder que tienen. Ahora le tiemblan las manos, el pulso y el alma, y ya no hay vuelta atrás: tiene que explicarles a sus amigos, de una vez por todas, aquello que lleva ya casi dos años ocultándoles.

James, Sirius y Peter le observan, atentos. El gramófono, en el suelo, no ha dejado de sonar ni un solo momento desde que han llegado a la habitación, pero por primera vez en aproximadamente media hora, nadie está escuchando a los Beatles cantar I'm a loser, and I'm not what I appear to be en el nuevo vinilo comprado en Londres. Treinta minutos: eso ha sido lo que ha tardado Remus en decidirse definitivamente a dar aquel aparentemente pequeño pero en realidad gran paso, y a cada segundo que pasa la convicción en lo que tiene que hacer y la seguridad en sí mismo disminuyen más y más. Ha preparado las palabras una y otra vez, millones de veces desde que decidió que tarde o temprano, la situación comenzaría a ser insostenible y tendría que dar todas aquellas explicaciones que llevaba evitando tantísimo tiempo. Las ha repetido mentalmente por las escaleras, mientras subían al dormitorio tras la cena. Ha cuidado la entonación y la pronunciación mientras James, Peter y Sirius se acomodaban en sus respectivas camas, y este último insistía en poner algo de música porque "joder, tíos, he echado de menos escucharla durante todo el verano". Una y otra vez, el discurso retumbando en su mente como una cantinela infinita: "Chicos, llevamos siendo amigos ya casi tres años, y bueno, que a pesar de cómo sois y las cosas que decís y hacéis, hay una cosa que siempre habéis cumplido y que después de todo este tiempo he llegado a entender." mientras Sirius se levanta y rebusca el gramófono en el baúl de Remus como si fuese el propio. Piensa que debe explicarles que cree que "cuando eres amigo de alguien no se pueden tener secretos. Al menos no el tipo de secretos que ocultarías a tu familia. Porque no sé si vosotros sentiréis lo mismo, pero estas cuatro paredes han hecho que para mí seáis lo más parecido a unos hermanos que he tenido jamás… Y los hermanos no se mienten.", mientras él discute con James por cuál será el disco que amenizará aquella noche. "Y creo que del mismo modo que James nunca ha tenido ningún problema en confesarnos que daría lo que fuera para que Lily Evans le diera un beso, o que Peter nunca nos mintió sobre su miedo a la oscuridad, o tú, Sirius... Que... Que desde el primer día nos dejaste ver cómo eras realmente, sin fachadas… Creo que yo tengo que actuar en consecuencia." Y después viene la parte más difícil, e incluso las muñecas le tiemblan un poco al escenificar mentalmente la forma en la que tendría que decirles que "Entiendo que lo que voy a contaros ahora haga que queráis dejar de ser mis amigos, alejaros de mí, lo que sea. Puedo pedir un cambio de habitación y no volver a molestaros. Pero sea cual sea vuestra reacción quiero que sepáis que habéis sido los mejores amigos que he tenido jamás y que nunca tendré palabras suficientes para agradeceros que hayáis hecho que estos dos años hayan sido los mejores de toda mi existencia."

Después de eso habría una pausa. Una toma de aire larga y profunda y un tono de voz extremadamente serio. Remus se imagina a sí mismo de pie, decidido, con la convicción del mejor de los capitanes y dispuesto a hundirse con el barco. A perder todo lo que aprecia a cambio de dejar de traicionar lo único que tiene y que no cree que se merezca. Con el peso de la verdad sobre sus hombros y la certeza de que quizás puede perder a sus amigos, pero al menos nunca podrá decirse que no fue sincero con ellos. En el fondo sabría que eso no apaciguará el dolor, al menos a corto plazo, pero evitaría pensarlo. Y entonces y de una vez por todas lo diría. "Soy un hombre lobo."

La realidad no es tan fácil.

En la realidad, Remus está allí, sentado en su cama, encogido sobre sí mismo. Tiene los brazos cruzados sobre las rodillas para intentar apaciguar el dolor en el estómago causado por los nervios que le está consumiendo poco a poco como uno de esos agujeros negros espaciales. Y ninguna de todas esas oraciones tan cuidadosamente colocadas y ensayadas parece tener ninguna voluntad de salir por su boca, y por mucho que intenta pelear consigo mismo y pronunciarlas, solo consigue emitir balbuceos inteligibles.

– Y-yo… Yo… T-teng… Es…Que…

– ¿Estás bien, Remus? ¿Qué sucede?

Es James el que pregunta. Remus piensa que ojalá pudiera contestarle. Y se maldice a sí mismo miles de veces. Comprende su situación: comprende que ya no hay escapatoria, que sus tres amigos son, de lejos, demasiado insistentes como para dejar pasar aquello como si nada. Comprende que debe ser valiente y no echarse atrás y tiene sus argumentos perfectamente preparados y sólo necesita explicarlos. Pero no puede. Por mucho que lo intenta. Se siente como si hubiese un gran vidrio transparente entre él y el resto del universo que hace que sus palabras se desvanezcan antes de ser escuchadas.

– Remus, tío, ni que hubieras visto un fantasma. – continúa Sirius – ¿Nos vas a decir qué tienes que contarnos?

– ¿Estás bien, Remus? – Peter parece mucho menos intrigado por aquello que tiene que explicar y mucho más preocupado – ¿Ha pasado algo grave?

– Yo… Yo solo… Lo… Lo s-si…Lo siento…

Al principio es completamente involuntario. No quiere y lucha por evitarlo pero antes de que pueda darse cuenta las lágrimas están resbalando por sus mejillas, a toda velocidad hasta la boca y después la barbilla y el cuello, en un contraste cálido y salado. Y después ya no puede más y llora. Llora como no se ha permitido llorar en muchos años, sin preocuparse de mantener la compostura ni la apariencia de madurez. Respira con dificultad mientras sus amigos le miran, preocupados.

– Pero… Remus… Remus, no llores… Remus… No…

James, preocupado, le abraza, tratando de tranquilizarle. Treinta segundos después, él también está llorando sin saber muy bien por qué. Quizás por la impotencia de no saber cómo consolar a Remus o quizás por temer aquello que el chico tiene que decirles. Se limpia las lágrimas que empañan y humedecen las gafas con las mangas del pijama. Es raro, ver a James Potter llorando, de hecho es tan raro que pocas personas tendrán el honor o la desgracia de poder verlo. Una de ellas es Remus, esa misma noche; las lágrimas de los dos se mezclan cuando el moreno presiona la mejilla contra la del otro.

– ¿¡Pero tú también, James!? – exclama Sirius – ¿¡Estáis locos o qué!?

Su asombro aumenta aún más cuando, acto seguido, presa del pánico, Peter también comienza a lamentarse. Durante unos instantes la habitación es un mar de pánico, gimoteos y sollozos. Remus, Peter y James sentados sobre la cama del primero y Sirius aún de pie, mirándoles, a medio camino entre el enfado y la incredulidad.

– Pero vamos a ver, tíos, sois idiotas o qué. ¿¡QUERÉIS DEJAR DE LLORAR!? – grita, pero no surte ningún efecto. Desesperado, con la paciencia a punto de agotarse, eleva más la voz – VAMOS A VER. James. ¿¡Por qué demonios estás llorando, maldita sea!?

– Yo… Y-yo… ¡YO NO QUIERO QUE REMUS ESTÉ TRISTE!

– Pues Remus no va a estar triste, mendrugo. Tú, Remus. ¿¡Qué tripa se te ha roto!?

Remus no responde. Ni siquiera le mira a los ojos. Habitualmente se le hace difícil enfrentar la mirada del mayor, con esos ojos grises, pupilas pequeñitas y cargadas de energía, pero justo esa noche, Sirius Black parece terriblemente amenazador. Y si Remus no supiera que es la última persona en el mundo que le haría daño, tendría verdadero pánico a contestar. El chico gruñe. Malhumorado, se acerca a él y repite la pregunta.

– Remus, maldita sea. ¿¡POR QUÉ ESTÁS LLORANDO!?

– PORQUE SOY UN HOMBRE LOBO, SIRIUS. – ¿Ya? Dice, por fin. Lo ha dicho. Su expresión se torna de compungida a sorprendida en un milisegundo. De forma repentina, extraña, para nada como se la hubiese esperado, pero lo ha hecho. Observa a Sirius con la mirada aún borrosa y húmeda – Yo… Soy un hombre lobo… Y… Y no me atrevía a decíroslo… Yo… Lo… Lo siento…

Se hace el silencio. Un silencio espeso, palpable. Tiempo después, cuando Remus cuente la forma en la que sus mejores amigos se enteraron de su pequeño secreto; omitirá el hecho de que la única forma en la que fue capaz de hacerlo fue gritar exactamente lo que quería expresar. "Soy un hombre lobo, Sirius". Nadie sabrá realmente lo que ocurrió en esa habitación, nadie será conocedor jamás de esos pequeños momentos. Secretos. Secretos que únicamente les pertenecieron a ellos cuatro. Por y para siempre. Porque por casualidades de la vida o no, Remus Lupin gritó aquella noche que era una criatura de la noche como quien pide una hamburguesa en un restaurante de comida rápida; y probablemente si no lo hubiera hecho así sus amigos le habrían tomado demasiado en serio, o tal vez no, pero en realidad eso es algo que nunca se sabrá. Porque las cosas ocurren de una forma porque tiene que ser así, y tal vez, si el joven hombre lobo hubiera tenido la oportunidad de volver al pasado, de repetir aquel momento, habría hecho exactamente lo mismo, y sin duda alguna, sin importar qué planetas estuvieran alineados o qué grado de inclinación tuviera la Tierra, James, Sirius y Peter habrían reaccionado de la misma forma.

Y es entonces que Sirius ríe. Ríe alto y claro. En realidad, decir que "se está riendo" sin más sería un eufemismo. Las carcajadas graves resuenan más allá de las paredes del dormitorio y derrumban sin ningún remordimiento lo poco que queda de las barreras que Remus había construido a su alrededor durante aquellos años. Él las siente debajo de la piel, como electricidad estática. Escalofríos vibrantes desde el interior de los huesos, pánico, vacío y dos palabras a media voz.

– ¿Qué pasa?

No contesta. James lo hace por él.

– Que ya lo sabíamos, Remus.

Se fija en que ya no llora. Aún le tiembla un poco el labio pero cualquiera podría jurar que no puede ser está sonriendo. Y es una sonrisa expresiva, segura, sincera. Los ojos tras el cristal de las gafas sonríen con él y Remus se queda observándolos un segundo, brillantes, aún húmedos, mientras piensa que en absolutamente ningún compartimento de su cerebro hay almacenada una respuesta para aquella reacción. Respira hondo. Se siente aliviado en cierto modo, pero no del todo, y hay cientos de preguntas agolpándose en su interior que no se atreve a pronunciar. Un "¿qué? ¿por qué? ¿cómo? ¿desde cuándo?" en la boca del estómago y arañando en su paso hacia la garganta. Y cree que va a atragantarse cuando Sirius le golpea en el hombro: un puñetazo suave, casi cariñoso, pero que le sobresalta y le incita a moverse unos centímetros a la izquierda en la cama para dejarle sitio.

– Pero a ver, tío. ¿Qué te crees, que somos tontos? – dice, y mientras tanto pasa su brazo derecho por encima del hombro de Remus. No le está viendo la cara, pero podría jurar que sonríe. Probablemente sería capaz de describir la expresión que tiene el joven Black. Después el chico añade – Y no digas "sí, un poco" o alguna de esas cosas tuyas, Remus.

– Eso, Remus. Nosotros ya lo sabíamos – continúa Peter. – Al menos lo teníamos casi, casi, casi seguro.

– Y no sé por qué no nos lo has contado antes, porque la verdad, tío, es que mola un montón. ¡Un hombre lobo! ¡Tengo un amigo hombre lobo…!

– No, James… Yo… De verdad, que no hace falta que… Lo entiendo si… Si… Si queréis dejar de ser mis amigos por esto, chicos. Yo… No pasa nada. No pasa nada, en serio.

Con el contacto de Sirius en su espalda, la frase se hace imposiblemente difícil de pronunciar. Y mientras habla, se da cuenta de que ni una sola de aquellas palabras es cierta, y de que echaría de menos todos y cada uno de los pequeños detalles y aspectos que los tres chicos han incorporado a su vida: los abrazos inesperados y las noches en vela y las carcajadas después de una travesura bien realizada y las miradas cómplices entre clases y en los pasillos. Los pies de Sirius sobre la mesa del desayuno, a James comiendo con las manos y a Peter atragantándose de risa con su zumo de calabaza. Los castigos por las tardes y las escapadas nocturnas y despertar por las mañanas unos minutos antes que todos los demás y encontrarles aún dormitando plácidamente: tranquilos, felices, como si jamás hubiese pasado por su mente la mínima intención de hacer algo perverso o que estuviese siquiera levemente fuera de las normas. Así que, en un acto impropio de sí mismo y haciendo de tripas corazón, Remus añade:

– …pero os agradecería de todo corazón si no lo hicieseis.

La respuesta es un abrazo. Uno muy, muy largo. Primero es James el que se abalanza sobre él y murmura en su oído "claro que no vamos a dejar de ser tus amigos, Remus" y luego todos los demás. Un abrazo que suena a promesa y amistad, a "nunca podríamos dejarte solo. Nunca jamás." A Remus le parecía algo imposible hace tan solo unos instantes, pero en ese momento no puede evitar sonreír. Y es una sonrisa sincera, llena de alivio y esperanza; la sonrisa de alguien que por primera vez siente que ha encontrado su lugar en el mundo. Permanecen así, tumbados sobre la cama de Remus, los unos junto a los otros por más tiempo del esperado porque ninguno de ellos se atreve ni quiere en realidad moverse y romper aquel momento que parece llevar meses, años, toda la vida predestinado a suceder.

– Bueno, Remus, pero vamos a ver… Ahora, lo importante. – es Sirius el primero en decidirse a hablar – ¿Eres grande? En plan… Muy, muy grande. ¡Como un lobo de verdad!

– Yo… Bueno, la verdad es que…

– ¡Seguro que tiene un montón de pelo, Sirius! ¡Woah! Hemos escuchado como aúllas, Remus, y entre tú y yo, no lo haces nada mal…

– Seguro que tiene unas garras afiladísimas y… Madre mía… ¡Podrías ser un superhéroe!

– ¡¿PODRÍAMOS TENER UN AMIGO SUPERHÉROE?!

– No, James, la verdad es que…

– ¿Y los colmillos? ¿Qué me dices de los colmillos, tío? – interrumpe Sirius – ¡Ojalá tuviese yo colmillos!

– ¿Podrías comerte a una persona, Remus? – pregunta Peter, tímidamente.

– Pues claro que no, Peter – se apresura a contestar James – Es Remus, tío. Cómo va a comerse a nadie.

– Aunque a nadie le molestaría mucho si le dieses un mordisquito a Nigel Snape…

– Se llama… ¡Agh! Da igual. No voy a morder a nadie nunca, Sirius…

– ¿Nunca? ¿Nunca… En plan… Nunca-nunca? ¿Ni uno pequeño?

– ¡Nunca!

– Un arañazo pequeñito, venga…

Inquietos, emocionados, bombardean a Remus a incesantes preguntas. Ninguna de ellas tiene que ver con todo aquello que una persona normal y corriente se cuestionaría si un día se enterase de que su mejor amigo es un hombre lobo. Ni un solo "¿por qué? ¿desde cuándo?", ni el más mínimo "¿es peligroso? ¿tiene cura?". Ardiendo en curiosidad infantil y entusiasmo, no dejan escapar un solo detalle sobre cómo de rápido es capaz de correr cuando se transforma o si es capaz de comunicarse con otros animales. Y en medio de todas estas incógnitas les sorprenderá el amanecer, y un sueño profundo, tranquilo y feliz que les atrapará bajo las mantas hasta mucho más tarde de lo que deberían. Al día siguiente es domingo. No hay clases, pero aunque las hubiese, tampoco importaría: lo único que importa en aquel momento es que por fin pueden dormir de nuevo, sin preocupaciones, sin misterios, sintiéndose más fuertes, más cercanos, más amigos que nunca.

La suya es y siempre será una historia de cosas que pudieron decirse, pero jamás se dijeron. Y no se dijeron, porque nunca hizo falta. Del mismo modo que James Potter jamás tuvo que decirle a Lily Evans que estaba enamorado de ella para que la joven de cabello rojizo pudiese darse cuenta. Y del mismo modo que Sirius no necesitó decirle a éste que le consideraba un hermano de verdad para que ambos lo comprendiesen en una especie de juramento sin palabras; igual que Remus tampoco necesitó explicarles a sus tres amigos que tenían un hueco especial en su corazón, allí donde jamás había entrado nadie. La noche en la que el gran secreto de Remus dejó de ser un secreto para James, Sirius y Peter, Remus había preparado un extenso discurso, había calculado al milímetro cada frase y cada mínima explicación. Lo había ensayado mentalmente cientos de veces, pero finalmente, nunca lo pronunció. No fue necesario.

Cuando Remus Lupin tenía cuatro años, un hombre lobo llamado Fenrir Greyback se coló por la ventana de su dormitorio y le convirtió en una bestia nocturna. Los padres de Remus intentaron por todos los medios devolverle a la normalidad, pero eso había dejado de ser una opción posible para el niño de ojos tristes y pelo enredado. Remus conoció muchas ciudades distintas por el temor paterno a que su secreto fuera descubierto. Visitó muchos lugares y no encajó en ninguno. Su madre, muggle, de pómulos finos y labios dispuestos a besarte hasta conciliar el sueño le enseñó todo lo que pudo: desde la literatura muggle a la forma adecuada de coger el tenedor. A veces era difícil olvidar que no era un niño normal; en ocasiones se levantaba una mañana y solamente cuando se miraba en el espejo y veía las cicatrices recientes, destrozando parte de su brazo, desfigurando temporalmente sus rasgos infantiles, recordaba que no lo era, y que por supuesto no lo sería nunca. Cuando James Potter y Sirius Black bromeaban sobre Remus, diciendo que ya nació viejo, él nunca les llevó la contraria; de hecho, el joven hombre lobo supo desde el momento en el que unos colmillos blancos se clavaron en su costado, bajo la luz de la luna llena, que su reloj de la vida, que los granos de arena que marcaban los segundos de su existencia comenzaron a caer a mucha más velocidad.

Uno, dos, tres y para cuando quiso darse cuenta, era un adulto al que la vida le había dado una patada y robado un tiempo precioso, encerrándole en el cuerpo de un niño de diez años.

Cuando James Potter, Sirius Black y Peter Pettigrew tenían once años, un hombre lobo llamado Remus Lupin ocupó la cama contigua en su dormitorio en Hogwarts y compartió sueños, aventuras y abrazos en la penumbra. Del mismo modo que años atrás una situación similar cambió la vida de Remus, este hecho, por simple que pudiera parecer tergiversó la vida de los otros tres de un modo que jamás habrían imaginado.

A los trece años, Remus casi les gritó a la cara a sus mejores amigos la naturaleza de su existencia. A los trece años Sirius, Peter y James se enfrentaron a la situación más complicada que jamás vivirían.

Porque, ¿quiénes eran ellos? Cuatro niños, en un dormitorio desordenado: James, pelo negro azabache, ojos del color del caramelo fundido y sonrisa encantadora. El James de trece años habría abierto los brazos delante de un centauro en el Bosque Prohibido. Habría protegido a sus amigos hasta el último suspiro. El James Potter de trece años jamás le habría dado la espalda a su mejor amigo, Remus Lupin por ser un hombre lobo; Sirius, cabello largo, castaño oscuro, ojos grises y carcajada estridente. El Sirius de trece años se habría batido en duelo con cientos de Slytherin simplemente por defender el honor de sus amigos, y a cada movimiento de varita habría sonreído de una forma irrepetible en la historia de la magia. El Sirius Black de trece años jamás habría dejado escapar a su amigo, Remus Lupin, por el simple hecho de ser un hombre lobo; Peter, pequeño, rechoncho y de ojos pequeños y nerviosos. El Peter Pettigrew de trece años habría hecho todo lo posible para proteger sus compañeros y lo último que habría pensado habría sido apartar a Remus Lupin de su vida.

Los Merodeadores: pocos sabrían quiénes se escondían bajo esos motes en apariencia sin sentido; muy pocos llegarían a imaginar la cantidad de secretos que acumularon en tan poco tiempo; nadie, probablemente podría haberse planteado ni por asomo las numerosas reglas que incumplieron, pisotearon y sobre las que escupieron. Remus, Peter, Sirius y James. Cuando una noche, dos años después, Remus, con caligrafía curvada escribió sobre un pergamino: Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta, lejos habría estado de pensar que estaba firmando la historia, que estaba formando parte de ella y que si tal vez años antes no hubiera tenido el valor de decir la verdad a sus mejores amigos nunca habría disfrutado de las aventuras más fantásticas que un alumno de Hogwarts ha vivido jamás.