Lucecitas.

Una vez, unos años después de la separación de los Beatles, un entrevistador le preguntó a Ringo Starr que qué era lo que más echaba de menos de estar en el grupo. Ringo le miró a los ojos, vaciló medio segundo y después contestó, con voz firme y clara: "tener tres hermanos". Remus Lupin no lo sabe, o al menos no en ese momento; no escuchará aquella cita hasta dentro de mucho tiempo, cuando su estancia en Hogwarts acabe de terminar. En ese momento pensará que, si alguien le preguntase a él qué es lo que más echa de menos de sus años en el colegio, la respuesta sería exactamente la misma. Son días como aquel dos de septiembre de 1973 los que contribuyeron a que, muchos años después, incluso cuando la guerra se volvió más fría y más cruel y amenazaba ya con asfixiarles, Remus siguiese considerando el periodo de tiempo que pasó en el colegio y los amigos que allí obtuvo como lo mejor que le había pasado en la vida.

Aquella podría ser una mañana cualquiera de un domingo cualquiera del inicio de su tercer curso escolar, excepto porque no lo es en absoluto. Por primera vez en muchos meses (casi se atrevería a decir que por primera vez en toda su vida desde que tiene memoria) Remus está durmiendo tranquila y profundamente, sin absolutamente nada de lo que preocuparse en mente. No tienen que asistir a clase aquel día, así que Sirius, James y Peter, que sorprendentemente y también por primera vez han amanecido antes que el joven hombre lobo, no se han planteado en ningún momento despertarle. James garabatea en un trozo de pergamino, tumbado en el suelo, Sirius lee uno de los cómics de éste último, en la misma posición que él pero en la cama, y Peter juega con su mascota, que parece particularmente nerviosa aquel día. Tratan de hacer el menor ruido posible y de vez en cuando echan un vistazo a Remus, que aún dormita plácidamente bajo dos mantas y entre tres cojines.

Cuando despierta, se encuentra desorientado y desconcertado, como si ni siquiera las abundantes horas de sueño hubiesen conseguido hacerle asimilar lo sucedido la noche anterior. Abre los ojos con dificultad, y la luz que entra por la ventana le araña la mirada con la fuerza de un millón de navajas. Tarda unos largos segundos en acostumbrarse a ella, y cuando lo logra y consigue mirar a su alrededor, le reciben las miradas atentas de sus tres amigos desde sus respectivas posiciones.

— Bueno, bueno, Remus... Te parecerá bonito, ¿eh? — dice James, con una sonrisa maliciosa en el rostro que no se esfuerza ni un ápice en ocultar.

— Vaya, vaya... No me lo esperaba de ti, tío... — continúa Sirius, con una expresión en el rostro tan similar a la de James que aquella es una de esas veces en las que realmente cuesta creer que no sean hermanos de sangre y no tan solo de corazón.

— Es increíble, desde luego, sí... — añade Peter.

— ¿Q...qué? — Por un momento, Remus cree que lo ha soñado todo. Piensa que no fue en ningún momento capaz de decirles la verdad, o, aún peor: que consiguió confesárselo, pero su reacción no fue la que él cree recordar. Un sudor frío le recorre el cuello.

— Que te has quedado durmiendo unas cien horas, aproximadamente, y se nos ha pasado la hora del desayuno, Lupin. — ríe James, y su risa suena a pequeña victoria personal, a "sabía que ibas a asustarte así. Ha merecido la pena."

— Venga, vístete — continúa Sirius, sacando un suéter y unos pantalones de su baúl y lanzándoselos. Remus, que aún está medio dormido y no tiene habitualmente demasiados reflejos, no es capaz de ni siquiera estirar el brazo a tiempo, y las prendas caen al suelo de la habitación. — Vamos a las cocinas a pedirle a los elfos algo que meternos a la boca antes de que mi estómago empiece a autodevorarse a sí mismo.

— Pero... Es de día... — comienza a decir, y a mitad de la oración cambia de opinión, y rectifica — Bueno, no importa. Ya voy, ya voy...

Sacude la cabeza para tratar de despejarse y se viste con toda la celeridad que sus extremidades, aún adormiladas y perezosas, le permiten. Tan sólo se pone el jersey y los pantalones del uniforme; se han arrugado un tanto por su desafortunada caída al suelo, pero no parece importarle. Sirius se fija en que está especialmente sonriente, extrañamente predispuesto a realizar una travesura sin oponer apenas resistencia. No puede evitar sonreír él también mientras saca la capa invisible de su escondite bajo la almohada de James y se encaminan hacia el vestíbulo.

Los elfos les reciben cálidos y amables otro año más tras las vacaciones. Les ofrecen chocolate caliente, tostadas recién hechas, bizcocho, bollos rellenos de nata, algo de café y un pastel especial de calabaza ("lo habíamos preparado porque estábamos seguros de que vendríais a saludar pronto, amo Potter, amo Black, amo Pettigrew, amo Remus.") Con los bolsillos llenos y el estómago rugiendo insistentemente de anticipación, emprenden el camino de vuelta a la habitación mucho más rápido de lo que lo recorrieron la primera vez, esquivando hábilmente a los pequeños grupos de estudiantes que transitan los corredores, cuchicheando animadamente y contando historias y recuerdos de las vacaciones. Cuando por fin se encuentran en el dormitorio de nuevo, depositan todo su recién adquirido desayuno sobre la cama de Sirius.

— Bueno, Remus — comienza éste, al tiempo que parte un pedazo de bizcocho de chocolate y le da un mordisco. Continúa hablando con la boca llena — apfí que eref un homfre lobo.

— Uhm... Sí. Es cierto, lo soy. — contesta él. Le resulta un poco extraño hablar del tema sin darle mayor importancia, y sin duda le costará acostumbrarse: pero al parecer, ninguno de sus amigos considera el asunto un problema. Da un sorbo al café directamente del recipiente que los elfos les han proporcionado.

— O sea, que, ¿no me lo he imaginado, verdad? Teníamos razón y todo eso. — James coge una tostada entre sus dedos índice y corazón y también empieza a masticar, al tiempo que mira fijamente a Remus. — Wow. Un hombre lobo. Eso es... Eso es genial. ¡En serio!

— Ya te digo, Jimmy. Piensa en la cantidad de cosas que podríamos hacer con un amigo hombre lobo. Vamos a ser la envidia de todo el colegio...

— Esto... Chicos... Yo... Tendréis que mantener mi secreto en secreto, ya sabéis. Podrían... Expulsarme. Supongo que el resto de los alumnos no se sentirían seguros conmigo cerca, y...

— ¡Tranquilo, Remus! — Exclama James — ¡Ya lo sabemos!

— Claro, tío. Cómo íbamos a decírselo a nadie...

Pero sus palabras no suenan convincentes. Absolutamente nada convincentes.

Tú no te preocupes. Jimmy, Peter y yo sabemos guardar un secreto a la perfección. Y más cuando es un secreto tan grande... Tan, tan grande...

— Oye, Remus... Tú... — comienza a preguntar Peter — ¿Tú desde cuando eres un hombre lobo? ¿Eras ya un hombre lobo cuando nos conociste?

— Sí... Sí, ya lo era. Llevo siéndolo desde que tengo memoria. Me convirtieron cuando era un niño... Siempre me han dicho que fue un accidente, pero — traga saliva — en el fondo creo que fue culpa mía.

Los tres le miran, preocupados. Nunca, hasta ese momento, se habían parado a pensar en la carga emocional que su propia condición de hombre lobo supone para Remus. En un instante, y desde sus ojos, Remus parece pequeño, frágil y de papel, y la llama de la culpa en el fondo de su mirada parece decidida a hacerle arder de un momento a otro. James se apresura a cambiar de tema.

— Eh, tío. No fue culpa tuya. ¡Claro que no fue culpa tuya! No fue culpa de nadie... Sólo... Sólo pasó. Piensa que... Que pasó para que tú pudieses estar ahora mismo aquí, contándonoslo a los tres. ¡Como en los cómics de aventuras! ¡Piénsalo así! Yo soy, por supuesto, el guapo del grupo. Sirius es el que es un poco tonto... Pero... Pero es simpático. Y Peter es su leal compañero. Y tú, Remus, tú eres el más listo de todos. ¡El cerebrito que guarda un oscuro secreto! ¿Lo ves? Un día escribirán libros sobre nosotros, Remus.

No es para nada el mejor argumento que alguien podría utilizar para tratar de animarle, pero sin duda le ha puesto un gran empeño que hace que no pueda evitar sonreír. James sonríe con él, primero con la boca y después con los ojos, y continúa comiendo su tostada.

— Y... Vosotros... ¿Desde cuando lo sabíais? — pregunta Remus, aunque teme cuál puede ser la respuesta a aquella cuestión.

— Desde... Desde finales del curso pasado. O algo así. Antes de la final de quidditch. — contesta Sirius, sin pensarlo apenas, denotando la cantidad de tiempo que había dedicado previamente a pensar sobre el tema.

— ¡Síp! — confirma James — Nos dimos cuenta de, bueno, ya sabes, siempre estabas enfermo cuando había luna llena... Intentamos buscar signos de que lo fueses. Colmillos y pelo y cosas así. Incluso intentamos comprobar si tenías rabo, ¿te acuerdas?

— Así que por eso estabais tan extraños a final del año pasado... — ríe (y realmente se sorprende cuando se encuentra a sí mismo riendo) Remus.

— Y después... Sirius y yo hablamos mucho de ello cuando vino a mi casa este verano, ya sabes.

— ¡Ojala hubiese podido ir yo con vosotros este verano, chicos!

— Yo... Cuando quedamos en Londres... Yo... Lo supe. Supe que ya lo sabíais... No sé como, pero lo supe. Así que... No entendía por qué aún querríais verme.

— Porque somos tus amigos, Remus. — contestan James y Sirius, al unísono.

"Porque somos tus amigos, Remus." Cinco, tan solo cinco palabras. Es una oración tan sencilla como "pásame el bote de pimienta" o "no he hecho los deberes". Y sin embargo, hace que Remus se sienta diferente. Aliviado, querido, comprendido.

En casa.

Y así, mientras llenan sus estómagos con pastel y bollitos rellenos y chocolate caliente, Remus les explica todo lo que cree que deben saber pero nunca tuvo oportunidad de contarles: cómo recibió su lechuza y se obligó a sí mismo a rechazarla, cómo Dumbledore se presentó en su casa y trató por todos los medios de convencerle de que asistiese al colegio; cómo construyeron la Casa de los Gritos y el director extendió falsos rumores de monstruos y fantasmas viviendo en su interior para tratar de acallar la verdadera naturaleza del lugar. Les contó todo sobre el pasadizo hasta el Sauce Boxeador, cómo la señora Pomfrey le acompaña a través de él cada noche de plenilunio y le mantiene encerrado allí mientras su transformación dura para después curar sus heridas. Y mientras Remus relata todo esto, James, Sirius y Peter le observan con una atención que jamás nadie había visto en ellos antes: sin hablar, sin reír, sin apenas parpadear, como si hubiera algo hipnótico y sobrenatural en los hechos que su amigo les está narrando que les mantuviese atrapados en el mundo de sus palabras. Y cuando finaliza, los tres tardan un momento en reaccionar y asimilar toda la información, como después de un sueño muy largo; pero sonríen y asienten y él lee en sus caras felices algo que dice "lo entendemos, Remus, y no nos importa."

El primer lunes lectivo del curso del 73 de lo único que se hablaba en el Gran Comedor a la hora del desayuno era del nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Los alumnos de tercero tuvieron el honor de ser los primeros en conocerle. El aula se encuentra en el primer piso; al fondo del pasillo, a la derecha, exactamente a treinta y cuatro pasos desde que pones el pie izquierdo en la primera baldosa que señala el final de la escalera. Por supuesto eso los chicos no lo saben todavía, pero un día, no muy lejano James lo calculará y lo apuntarán en una hoja de papel para no olvidarlo. Ese día, son los últimos en llegar: un grupito de chicas tanto Slytherin como Gryffindor parecen haber olvidado la rivalidad ancestral de las dos casas y mueven las manos en el aire, hablan entre ellas y dan pequeños saltos de emoción. Sirius y James caminan los primeros y se detienen a escasos pasos de donde acaba la fila; el primero frunce el ceño y el segundo abre la boca indignado. Remus, que hasta hace dos segundos hablaba con Peter de las razones por las que ha decidido no escoger Adivinación, choca con la espalda de Sirius y se lleva la mano a la nariz.

- ¡Ay! - Se queja - ¿Qué os pasa?

- Son como gallinas - Sirius le señala a dos chicas en concreto de Slytherin que gritan tanto que se las tiene que escuchar en el quinto piso -, ¿qué les pasa en la cabeza?

- Es por el profesor Jeffrey. - Explica Remus.

- Bah - Sirius echa a andar hacia el grupo de chicas -, ¡me vas a comparar a ese tío con Sirius Black!

- Y ahí va un idiota… - Susurra Remus cerca de Peter, que deja escapar media sonrisa. James sigue a su mejor amigo. Por supuesto - Y ahí va el otro.

Normalmente, cuando Sirius Black y James Potter cruzan por un grupo de chicas de su curso o inferiores, estas giran la cabeza hacia ellos, susurran en voz baja y los dos se sienten los tíos más interesantes del castillo. Ese día, cuando Sirius se planta, piernas separadas, brazos en jarras, delante de las chicas, ninguna le hace caso y continúan con su charla animada. James experimenta lo mismo cuando intenta llamar la atención de Sophie, a la que conoce de vista por ser amiga de Lily y por siempre mirarle con ojos de cordero degollado, y esta le ignora por completo.

- Está bien, está bien… - Sirius respira hondo - ¿POR QUÉ DIABLOS NADIE ENTRA EN CLASE? ¿EH?

- Es Sirius…

- ¿Por qué grita?

- ¡Qué chico!

- ¿Tal vez porque la puerta está cerrada? - Una Lily Evans, calmada, surge de la nada de detrás de Callidora; una chica de grandes dimensiones que Sirius está seguro que es pariente lejano suyo. Pero evidentemente, eso es algo que nunca admitirá.

- ¿Y desde cuando una puerta cerrada es un impedimento? - James empuja a Sirius con el codo y se abre paso. Ahora sí que tiene completa atención de todo el grupo y Dios, qué bien sienta no hay nada que le guste más al joven Potter. Se cruje los huesos del cuello y coloca la mano en el pomo de la puerta, con suavidad. Siente la mirada de Lily Evans a su espalda, esperando que haga el ridículo, que se ponga en evidencia delante de toda la clase. Lo siento, Lily, querida, pero eso no va a pasar. Y de un golpe fuerte atiza con la rodilla la zona de la cerradura y empuja con el antebrazo, todo al mismo tiempo. Y entonces, se escucha un "click" y la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras les da la bienvenida.

El corredor se llena de aplausos y James hace una reverencia al mismo tiempo que Sirius simula echarle flores, mientras los dos entran en el aula, representando una danza que parecen estar improvisando pero que al mismo tiempo cualquiera juraría que está misteriosamente preparada. Lily frunce el ceño, al lado de la puerta y cuando ve que Remus se acerca le coge del brazo.

- ¿Cómo ha hecho eso? ¿Por qué sabía que la puerta se abría así?

- Porque esta puerta está atrancada siempre… ¿No? - Remus se encoge de hombros y luego siente que se arrepiente de haber hablado.

- ¿Cómo que siempre? El profesor Shropshire era muy puntual y siempre abría la clase para nosotros. ¿Tú también sabías eso, Remus?

- ¡Qué va! - Le entra la risa nerviosa y echa a andar, pero la chica le sigue de cerca, hasta tal punto que se sienta a su lado en el pupitre de la primera fila - Lily… Lo de James ha sido suerte.

Claro que no ha sido suerte. Pero Remus prefiere excusarse en algo tan absurdo que contarle a su amiga que no es la primera vez que confían en la dejadez del ex profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras de dejar la puerta abierta porque se atranca, para pasar las noches tumbados encima de su mesa y jugando con los objetos raros que hay colgados de las paredes. "Sí, mira, Lily… Es que el año pasado, James y Sirius se pasaron dos horas seguidas empujando la puerta con el codo hasta que le cogieron el truco, ¿sabes?".

- No me preguntes por qué pero no me lo creo.

- No deberías, Evans - Sirius se apoya casualmente en su pupitre; el mechón de pelo oscuro tapándole la nariz y los ojos fijos en la chica -. Remus miente. Remus miente muy bien, ¿sabes?

- Me molestas, Black.

- Lo siento, nena, pero me has robado a mi compañero de pupitre, así que lo menos que puedes hacer es pedir permiso, ¿no?

- No sabía que Remus fuera tuyo.

- A tiempo parcial sí.

- ¡Oye! - Remus bufa indignado, pero Sirius le guiña un ojo y decide que es mejor callar. Porque al fin y al cabo esa página llena de dibujos de sirenas parece endiabladamente interesante y didáctica.

- ¡Está bien, está bien! - Levanta las manos como si no fuera culpable de ningún delito, a pesar de que Remus podría enumerar una larga lista de ellos - Me pondré con Potter. Maldito sea, siempre pegado a mi culo y…

- Creo que alguien se te ha adelantado. - Lily se ríe cuando señala con la mano abierta a Mary y James. Ella sentada en la silla, apoyada en un codo y James en la mesa, con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada. Charlando animadamente.

- Sois repugnantes. De verdad. No os soporto a ninguno de los dos - Sirius se cruza de brazos -. Ya veo, ya veo lo que significa la amistad para vosotros.

El chico se suelta un poco la corbata del uniforme y de mala gana responde a la llamada de Peter, que sentado en segunda fila le saluda sonriente. No es que Sirius no quiera sentarse al lado de Peter; de hecho en Pociones siempre ese sienta con él, pero es cuando se trata de Defensa Contra las Artes oscuras es mejor tener a Remus de compañero, por la sencilla razón de que si la vida de James dependiera del amor que le tiene a esa asignatura habría muerto tiempo atrás.

- Lily, sé que esto puede parecer muy repentino pero, ¿qué te parece Mary MacDonald?

- ¿Mary? - Sonríe sinceramente - Es genial e interesante, sobre todo interesante.

- Entiendo.

- ¿Por qué? ¿Ocurre algo?

- Oh, no… - En realidad ese "oh, no" significa todo menos "oh, no" y si Remus estuviera hablando con cualquiera de sus amigos probablemente ninguno se habría dado cuenta de ello, pero es Lily Evans, y evidentemente, lo nota.

- ¿Qué? ¡Oh, no! ¿TE GUSTA?

- ¿QUÉ? - La mandíbula de Remus se desencaja y arruga la página que tiene entre los dedos - ¿Qué dices? ¡No! Mary… ¡No!

- Entonces… - Lily hace que sus ojos se hagan más pequeñitos. Remus lo encuentra adorable - Entonces le gusta a Potter. Es eso, le gusta a Potter. Agh, no. A nadie le puede gustar Potter.

- ¿Por? - Ahora Remus está interesado - James es… Guapo y… Bastante inteligente. Un poco ruidoso, pero atractivo al fin y al cabo. ¿Le has mirado a los ojos?

- ¿De qué demonios estás hablan…

No le da tiempo a acabar la frase porque se escuchan pasos rápidos acercándose y un segundo después el profesor Jeffrey aparece en la puerta, resoplando, debido a la evidente carrera que acaba de hacer desde su despacho o donde quiera que estuviera hasta el aula.

- Per- Perdón… - Sonríe con los ojos cerrados y parece que todo va a ir bien, pero entonces la manga de la camisa se engancha en la manivela de la puerta - Ay, ay, ay…

La clase entera rompe a reír, a excepción de unos pocos, que observan la escena con cierta preocupación. Entre ellos Lily y Remus.

- ¡No pasa nada, no pasa nada! - Remus piensa que su voz es tranquilizadora, grave, pero al mismo tiempo recuerda al caramelo. Y es complicado decir que una voz te recuerda a una comida, pero también es difícil que no lo haga - Vaya contratiempo…

Nadie dice nada, solamente se escucha el ruido del forcejeo del pobre hombre, que apurado intenta no establecer contacto visual cuando recorre el pasillo casi a la velocidad de la luz y deja el maletín sobre la mesa. Lo abre bajo la atenta mirada de los alumnos; los que se encuentran en la última fila estiran el cuello para poder ver mejor y sueltan un "oh…" decepcionado cuando el Profesor Jeffrey saca una libreta y una pluma, como si esperasen que apareciese de la nada un vampiro o un gigante.

- Bueno er… Mi nombre es Richard Jeffrey, así que supongo que podéis llamarme Profesor Jeffrey, ¿no?

- O también podemos llamarle profesor inútil - Remus ignora el comentario casi susurrado de Sirius a su espalda. Prefiere no mirarle, pero sabe perfectamente que tiene los pies encima de la mesa y podría escucharle mascar chicle a metros de distancia.

- Perdonad por llegar tarde, emmm… - Mira alrededor, buscando con los ojos algo, y entonces sonríe, acercándose a su silla. Antes de que logre sentarse, Remus ya sabe lo que va a pasar, así que se levanta instintivamente y estira el brazo intentando advertir al nuevo profesor; pero es demasiado tarde.

A finales de marzo del año anterior, Remus subió al dormitorio después de haber estado leyendo dos horas seguidas y se encontró a James y Sirius riendo como locos. El segundo, sentado en el suelo apenas podía respirar y el primero, con la varita en la mano daba verdadero miedo. En sus ojos brillaba la luz de las malas intenciones. Remus nunca pensó que se atreverían a probar aquel hechizo con nadie. Y mucho menos pensó que serían capaces de hacérselo a un profesor. Richard Jeffrey no se llega a sentar nunca en la silla, porque en realidad… No hay silla. Aparentemente esta se encuentra intacta, pero cuando el trasero del profesor intenta ocupar el lugar que le corresponde, este se desliza a través del aire y el hombre cae al suelo con un fuerte golpe que provoca más carcajadas. Remus se vuelve a sentar y mira de reojo a James y Sirius, que se guiñan un ojo mutuamente.

- Vaya - el Profesor Jeffrey se incorpora, apoyándose en el escritorio, casi temiendo que sea víctima del mismo hechizo y luego sonríe -. ¡En mis tiempos también hacíamos este tipo de cosas! Bueno, tampoco es que yo sea demasiado mayor… ¡Muy gracioso, muy gracioso! Comenzamos, ¿vale? - Se lleva la mano a la espalda con expresión de dolor pero no hace ningún comentario al respecto - Entonces… ¡Hoy hablaremos de los sueños! ¿Todos habéis tenido sueños alguna vez?

- Sí, pero no se pueden contar en voz alta, que hay menores - Sirius ríe y Peter lo hace con él.

- ¿Te importa? - Lily se vuelve airada - Quiero atender.

- Lávate las orejas entonces, Evans.

- Sirius, por favor - Remus gruñe sin volverse.

- Dime, Remus.

- A ver, a ver - el profesor levanta la varita en el aire señalándoles -, ¿quién es el jovencito que masca chicle? Sí, sí, tú.

- Sirius Black, señoría.

- Eh… No me llames señoría, eso… Profesor Jeffrey está bien, ¿vale? Y dime… Sirius Black, ¿qué sueñas tú? Y baja los pies de la mesa… Eso.

- Mire, yo es que no me acuerdo nunca de mis sueños, ¿sabe?

- ¡Correcto, correcto! ¿Veis? Es muy normal no acordarse de lo que soñamos pero en realidad sigue aquí - se señala la cabeza -. Y cualquiera que sea lo suficientemente listo puede acceder siempre que quiera, ¿no da miedo? ¡Alguien que no somos nosotros puede escuchar nuestras fantasías nocturnas!

- ¿Has oído, Jimmy? Ten cuidado o Evans se enterará de lo que murmuras por las noches.

- Eres gilipollas. - Contesta el otro desde el extremo opuesto de la clase.

Lily se sonroja y Remus le pone la mano en el hombro, compadeciéndose, intentando transmitirle la idea de que él lamenta igual que ella la estupidez de sus dos mejores amigos.

- No, no, no, no, ¡ese lenguaje, chicos! Es cierto que a veces no queremos hablar de lo que soñamos y por eso es importante mantener a los malos alejados de nuestro coco. ¡Y por eso vamos a estudiar muy duro este año!

- Toooooooooooodos los días - Sirius ataca de nuevo y a cada palabra que deja escapar, la espalda de Remus se va tensando más y más.

- El conocimiento de los sueños y los deseos más profundos de una persona nos puede ayudar a manipularlos a nuestro antojo. Evidentemente, no estamos hablando de una de las maldiciones imperdonables, que altera completamente la percepción que tiene una persona sobre sus actos; pero sí que estamos hablando de que es muy sencillo hacer creer a una persona que su meta o deseo en la vida es diferente al que él piensa. Por ejemplo, en el año 1939 un mago entró en Gringotts y juró que alguien había hurgado en su cerebro y que había sentido la necesidad de robar un banco.

- ¿Le creyeron? - Pregunta Mary en voz alta.

- Le creyeron lo suficiente como para hacer que uno de sus dragones le devorara - explica el Profesor -. Por eso es muy importante que estéis alerta sobre lo que os puede pasar y… ¡Para eso estoy yo!

A esas alturas de la lección, Remus es incapaz de apartar la vista del joven maestro; cada palabra que sale de su boca le parece diez veces más interesante que la anterior, y para cuando él les indica que es mejor que comiencen con una práctica para que todo el mundo comprenda mejor el concepto, el chico sale de su ensimismamiento.

- Necesito un voluntario para... - Casi todas las manos femeninas se alzan - Para salir aquí y mostrarme sus sueños - después de eso parece que la idea no convence a más de una y el número de brazos se reduce -, ¿nadie? ¡No muerdo!

- ¡Está bien! - Sirius se levanta de mala gana, recolocándose el flequillo y mascando con fuerza el chicle - Lo haré yo.

- ¡Fantástico, fantástico! - el Profesor Jeffrey estira el brazo para ponérselo en el hombro y le indica que suba a la tarima, donde todo el mundo pueda verle - ¿Y ese chicle, Sirius?

- Mire, es que me gusta tener las mandíbulas en movimiento y ya sé que está prohibido y...

- No, no, me preguntaba si tenías más - sonríe, con los dientes blancos perfectos y se escucha un suspiro apagado al final de la clase -, ¡me encantan los chicles!

- Yo... - El joven Black parece descolocado, incluso se vuelve hacia James, inconscientemente. Su amigo se encoge de hombros - No me quedan, señor.

- ¡Maldita sea! - Mueve el brazo en el aire con fastidio y después hurga en el bolsillo del pantalón hasta sacar una varita corta, de color claro y muy bien cuidada - De acuerdo, Sirius; vas a sentir como... Como si... ¿Has estado mucho rato debajo del agua y sentido cómo tu cerebro hacía... ruido?

- ¿EH?

- Vamos, vamos, que no duele, lo prometo.

- Oye, oye, pero nadie va a ver lo que usted vea, ¿no?

- Podría hacer que todo el mundo viera lo que yo pero - se vuelve hacia el resto de alumnos -, creo que eso sería invadir la intimidad de Sirius, ¿verdad? ¡Vamos allá! Primero movéis la varita así y gritáis muy alto...

Lo siguiente Sirius ya no lo escucha, por sus ojos se desenfocan y no es capaz de ver nada más. Todo está borroso; alcanza a escuchar la voz de James, gritándole a lo lejos, levantando el brazo y él, por supuesto corre hacia él. Hay estrellas. Se ríen. La luna brilla en el cielo y Peter hace una broma que no tiene gracia. Nadie le sigue el rollo. De repente hace frío, pero no importa porque están los cuatro y porque de algún modo Sirius sabe que es un sueño; tal vez sea porque de repente el suelo se ha convertido en hierba o porque un aullido rasga la noche cerrada. Y es ese sonido, de ansias de libertad lo que le provoca un pequeño dolor en el pecho que únicamente amortigua un poco cuando dos ojos azules le colocan la mano en el hombro y le sonríen apaciguadores. Remus a su izquierda, James a su derecha y...

- ¡Y suficiente! - El Profesor Jeffrey retira la varita de su frente y Sirius vuelve a la realidad, un poco desconcertado todavía - ¿Habéis visto cómo lo he hecho? Dime, Sirius, ¿ha funcionado?

- Yo... No sabía que soñaba ese tipo de cosas.

- ¡Bien, bien! ¡Todo el mundo! ¡Vamos, vamos! Colocad la varita sobre la frente de vuestro compañero de pupitre y repetid lo que yo he hecho... ¡Rápido!

Sirius camina despacio y ocupa el lugar al lado de Peter, que parece entusiasmado, deseoso de que su amigo conozca sus sueños; tanto que se pone a hablar sin parar "pues el otro día soñé que íbamos a las cocinas y nos hacían una trata de melaza en mal estado, ¿te lo puedes creer? ¡Una pesadilla!", pero su compañero pierde el interés demasiado rápido.

Al otro extremo de la clase, Mary MacDonald está nerviosa; James y ella están discutiendo sobre quien empieza primero y la chica no está dispuesta a que el otro se meta en su coco me tendría que haber puesto con Lily maldita sea porque le da vergüenza, porque Mary es ese tipo de personas que no sabe lo que sueña pero que está segura de que es algo de lo que podría sentirse muy culpable.

- ¿Quieres hacerlo tu primera? Pues hazlo, pero después te lo hago yo a ti.

- No quiero que sepas lo que sueño.

- Entonces suspenderemos.

- Entonces suspenderemos.

- ¡Mierda! Eso con Remus funciona…

- ¿Algún problema, chicos? - El profesor apoya la mano en la mesa y les mira a ambos - ¿Alguna duda?

- No… Yo… - Mary busca su varita entre los pliegues de la túnica, inquieta.

- Es que Mary no quiere que practique con ella porque no quiere que vea con qué cosas sueña. - Explica James, poniendo los ojos en blanco.

- ¡Oh! Mary, Mary… ¡Mary MacDonald! Está bien, está bien… Entiendo que te de vergüenza que tu chico vea lo que piensas de él.

Dos pupitres a su derecha Sirius Black mete su varita en el ojo de Peter Pettigrew y éste grita de dolor. Mary cierra los puños con fuerza y evita sonrojarse, sin éxito y por supuesto sus intentos de aclarar la situación no sirven de nada, porque la risa de James eclipsa cualquier otro sonido.

- Merlín, ¿cómo puede ser tan ruidoso? - Lily Evans respira hondo mirando a Remus.

- Bueno, es su habilidad especial. Ser ruidoso.

- Agh… En fin, ¿yo primero?

- Eh… - Remus lleva un buen rato dudando. Siente un nudo en el estómago, porque soñar significa liberación y libertad va de la mano de secretos. No sabe exactamente si por las noches sueña con su licantropía. No hay modo de que pueda saberlo, pero si existiera una mínima posibilidad, no puede permitir que Lily Evans tenga vía libre dentro de su cabeza - Primero yo, ¿te parece?

- ¡Vale!

Cuando Remus experimenta por primera vez lo que es penetrar en los sueños de alguien, lo que siente al inicio es que se trata de un intruso. Que es alguien que no debería estar ahí. Un extraño que no llama a la puerta y se cuela hasta la cocina. Es posible que si hubiera elegido a otro compañero no hubiera sentido esa invasión a la intimidad, pero con Lily Evans es distinto. Porque ella sonríe, porque tiene muchas pecas en los mofletes y porque está dispuesta a ofrecerle algo tan personal a él. A Remus. Sin haber dudado un instante.

Al principio es raro, la sensación es la misma que cuando crees volar en los sueños pero no vuelas, cuando intentas hablar pero no puedes o cuando te miras las manos y no las ves. Lily está sentada en el suelo, con las piernas cruzadas; Remus reconocería aquel lugar con apenas echar un vistazo. Porque está en Hogwarts. El Lago Negro se extiende delante de los dos como un gigantesco abismo y el cielo es de color púrpura. La chica pelirroja se recoge el pelo en un alto moño. Y en realidad eso habría significado un mundo y habría hecho que Remus prestase toda su atención a ese gesto tan pequeño si no fuera porque presencia algo que habría creído imposible. Hay música, hay música y es capaz de reconocerla. Porque es With a little help from my friends, porque la ha cantado a voz de grito muchas veces antes con Peter, James y Sirius. Porque la reconocería en cualquier lugar y hacerlo en los sueños de Lily hace que se rompa un poco por dentro, que las piezas que componen su alma y todo lo que le hace ser quien es se haga mil pedazos. Se supone que los sueños son mudos, que son sordos; pero aquello es real, es bonito y es mágico. Remus puede ver las notas en el aire, puede ver cómo los hombros de la chica se balancean de un lado a otro. Puede ver cómo se levanta y empieza a bailar y casi puede ver cómo su propio rostro esboza una amplia sonrisa antes de que el hechizo deje de hacer efecto y los dos abran los ojos.

- ¿Qué tal? ¿Qué tal? - Está emocionada, le brilla el iris y tiene las mejillas sonrosadas - ¿Has visto lo mismo que yo?

- Supongo... - Remus no sabe qué contestar, porque la sensación es la misma que cuando por casualidad has visto alguien haciendo algo sin que note tu presencia. Algo tan cotidiano como respirar, incluso. Todavía siente la esencia de Lily dentro de su cabeza - Los sueños son un poco borrosos.

- ¡Vaya! Está bien, ¡te toca a ti!

- Esto sí... - el chico vacila. Mira de reojo el reloj de muñeca en su mano izquierda "casi cinco minutos para que acabe la clase". Siendo sincero consigo mismo tiene ganas barbáricas de experimentar el hechizo, pero por otro lado, esa vocecita impertinente que le recuerda cada dos minutos que es una bestia salvaje le pide a gritos que no sea estúpido y que no ponga en peligro su secreto. Es muy probable que si Lily se introduce en su cabeza lo primero que vea sea a Sirius, James o Peter, ya que los sueños suelen estar hechos de los recuerdos del día y la mayor parte del tiempo son sus caras lo que ve a través de los ojos, pero es también posible que haya resquicios de la última luna llena, o peor, de la conversación con sus amigos la noche de su llegada a Hogwarts. Y Lily no puede saber eso.

A Remus Lupin se le da bien disimular, pero todo el mundo sabe también que si hay alguien en la clase capaz de producir una cadena de sucesos accidentados, desde luego es él. Cuando se incorpora sobre la silla, la capa se engancha en la pata de la mesa y el chico tiene que agacharse para quitarla de ahí. Eso no está hecho a propósito. El golpe en la cabeza que viene después desde luego que tampoco, pero cuando Remus se queda sentado y finge no poder levantarse, Lily Evans experimenta por primera vez las habilidades teatrales de su amigo.

- ¡Ay! Qué golpe, qué golpe - se toca la zona dolorida con una mueca -. Me duele mucho, me duele mucho y... - no me voy a perdonar la absurdez en la vida - ¡Veo luces, Lily!

- Que ves... ¿Qué?

- ¿Luces?

- ¿De qué hablas, Remus?

El chico jadea al levantarse y vuelve a mirar la hora dos minutos, se arregla el pantalón "vaya, este suelo está muy sucio" y no sabe qué más hacer, y se siente estúpido y por un momento cree que tiene el mismo síndrome que afecta a James y Sirius a diario. Soy un borrego.

- ¿Remus? - Insiste ella, con cierta preocupación.

- ¡Lucecitas! - Coge el libro, lo mete en la bolsa y se la cuelga al hombro. Agradecerá mil veces a James, en su intento de acercarse a Lily que esté a dos pasos de distancia, porque es la excusa perfecta - ¡James! ¡Ey! ¿No tenías prisa?

- ¿Eh?

- ¡Prisa! - Le coge de los hombros y le empuja a pesar de las protestas del otro - ¡Siempre andas con prisa!

Quejarse es inútil, y eso es algo que James aprende cuando se encuentra a sí mismo en las escaleras, al lado de Remus, que respira muy hondo y se sujeta a la barandilla.

- Venga, ¿qué mosca te ha picado ahora?

- El sueño... No podía dejar que Lily viera... Ya sabes. Algo.

- Oh - James parece entender -, pues amigo, has elegido una forma de mierda para evitar el problema. Debería darte lecciones, que aprendas del maestro.

- No quería mentirle...

- No es mentir. Es no contar la verdad completa - sonríe, seguro de sí mismo y cuando lo hace es imposible que nadie crea que es cierto. Que no es mentir y de repente las leyes del universo las mueve él, con su mano izquierda, del mismo modo que juega con la snitch entre los dedos -. Ah, pero una cosa. La próxima vez que me robes la frase te pegaré una colleja.